7

Leeverfield era una hermosa localidad costera. Demasiado pequeña para ser considera una ciudad y demasiado grande cómo para catalogarla de pueblo. House había tardado menos de lo previsto en llegar. Durante el camino se había limitado a escuchar música y a disfrutar el paisaje. No había querido planear nada. Sabía que, si pensaba demasiado en el encuentro, al final las cosas no saldrían como había esperado y volvería decepcionado a casa.

Decidió que ni si quiera se preguntaría qué hacía Cuddy en un sitio así. Probablemente la respuesta fuese sencilla y lógica. Especular era perder el tiempo.

Dejó su pequeña maleta en un hostal del centro. Era mediodía y la calle tenía un alegre ambiente de pueblo marinero. Cuddy estaría trabajando a esas horas así que decidió ir a dar una vuelta.

El pueblo era realmente bonito. Un casco urbano antiguo y elegante daba paso a un barrio costero de casas blancas. La playa era grande y el Atlántico rompía a lo lejos contra los acantilados.

House se descalzó y caminó por la arena. Hacía un día templado y todo a su alrededor era agradable. Los olores, los sonidos…

Durante un momento cerró los ojos y se permitió el lujo de soñar, algo que no hacía muy a menudo, algo que había prometido no hacer durante el viaje hasta allí. Pero soñar era gratis y decidió que únicamente se haría daño a sí mismo cuando las cosas resultasen totalmente decepcionantes.

Se imaginó a Lisa Cuddy, aún guapa a pesar de los años, dirigiendo un hospital de alguna ciudad cercana...volviendo cada noche a dormir a alguna de aquellas casas situadas frente al mar. Pensó que sería perfecto que estuviese divorciada y que su hija viviese con su ex marido.

Por un instante imaginó lo perfecto que sería que ella le abriese las puertas de su casa y lo invitase a quedarse. Él lo dejaría todo… su trabajo rutinario, su apartamento oscuro, su único amigo…

¿Y si la gitana de la feria había acertado? ¿Y si una mujer iba a cambiar su vida? Quizá esa mujer fuese Lisa Cuddy.

House no quería seguir pensando. Sólo sabía que era ese lugar, ese pueblo perdido, donde se quería quedar. Había algo en el ambiente que le decía que había encontrado su sitio en el mundo.

Finalmente abrió los ojos y sacudió todos esos absurdos pensamientos de su cabeza. Había decidido que no iría aún a la dirección que le había dado Lucas. Cuddy terminaría de trabajar sobre las 5. Si frecuentaba ese bar, lo haría probablemente por las tardes. Mientras tanto él buscaría un lugar en el que almorzar y pasar el rato hasta que llegase la hora.