Casey POV
Indigna. Detestable. Repugnante. Repulsiva. Estos son los adjetivos que más me definían por el momento. Jake me lo dejó todo claro; ¡Eres despreciable! Ojalá no te hubiera conocido. ¡No quiero verte nunca más!No se lo negaba. Me había comportado como tal. Segura que todo el campamento me odia, ¿qué pensarán de mí? ¿Y mi madre? Pero ellos no lo entienden. Nadie lo entiende. Solo yo y Alex. Y la verdad, me sentía orgullosa de lo que estaba haciendo. Puede que al final se sepa la verdad y me perdonen. Por el momento, haré lo que me pidan, eso entraba dentro de mi plan.
"¿Por qué estás usando a ésta humana para llevarnos a la guarida?" pregunté a Alex.
Se removió en el asiento del coche y me miró incómodo.
"Necesitábamos un chófer."
"Qué buena razón..." dije con ironía.
"Los humanos son una especia bastante extraña, Casey. Son capaces de cualquier cosa por conseguir otra. Son destructores y peligrosos y, a la vez, débiles y estúpidos."
Tras un largo viaje- que fue largo de verdad porque tuvimos que ir desde el estado de Nueva York hasta Montana que se encuentra al otro lado del país- llegamos por fin a nuestro destino. Nunca creí que volvería a ese lugar. Puse la mano en la ventanilla y miré fijamente aquello que Jake y yo destruimos sin querer el año pasado. Había sido reconstruido y ahora era tres veces más grande. Era el Internado John Collins. El sitio donde había residido durante años hasta que me encontraron y fui a Campamento Mestizo. El sitio donde conocí a mis mejores amigos, donde había vivido algunos momentos peligrosos y otros de felices. Ésta vez, el muro que rodeaba el internado, el bosque, el lago y los campos de trigo era más alto, grueso y su perímetro era más largo. Las puertas metálicas que permitían entrar en la zona, estaban pintadas de color negro y tenían relieves de monstruos aterradores: la medusa, el minotauro, un escorpión gigante, Caribdis y Escila, Quimera, dracaena, Campe, una hidra, guerreros esqueleto... Todos esos monstruos fueron derrotados, durante los años, por increíbles héroes. Pero lucharon contra ellos uno por uno, si atacaran todos juntos sería terrible.
Antes había dos edificios: el área residencial, que siguió en pie después de la explosión de dinamita, y la zona escolar, que quedó en escombros. Ahora, los dos edificios que había eran muy diferentes: la zona de entrenamiento y la residencia de los guerreros. Parecían un castillo embrujado. Habían puesto barreras mágicas para que ningún humano sin permiso pudiese entrar, o ver, lo que pasaba allí dentro.
El coche se detuvo delante de una estatua de dos metros colocada sobre un pedestal. Reconocí aquella imagen. En el campamento, durante artes y oficios, nos enseñaron a identificar a los dioses y héroes cuando los veíamos en algún lugar, ya fueran estatuas, cuadros o vasijas. Era la estatua de Adonis. Dice la historia que cuando nació Afrodita lo llevó a Perséfone para que lo cuidase. Cuando creció las dos se enamoraron de él por su extremada belleza. Zeus, para resolver aquel asunto, dijo que pasara cuatro meses con una y cuatro meses con la otra. Los cuatro meses que restaban quedaba libre. Pero él decidió pasar ocho meses con Afrodita. Un día, mientras cazaba, fue herido mortalmente por un jabalí. La diosa lo compadeció y le concedió la inmortalidad. De su sangre hizo brotar una flor.
Cogí mi equipaje y fui a buscar mi antigua habitación. Los pasillos estaban llenos de dioses y monstruos que me miraban con repugnancia. Alex estaba a mi lado por si acaso.
"No te preocupes, no te harán nada malo si no los provocas. Ya están avisados" susurró a mi oído.
Eso no me tranquilizaba mucho pero aún así evité mirarlos directamente a los ojos. El aire estaba lleno de maleza y eso no conseguía mejorar la situación. Tuve que instalarme sola en un cuarto a parte porque los monstruos se quejaban de mi olor. Al principio pensé que apestaba pero recordé que los monstruos odian el olor a mestizo. Me alivió un poco el saber que olía mal para ellos. Tampoco quería pasar la noche rodeada de monstruos que, aunque estuviera de su parte, querían matarme.
Dejé la maleta en el suelo y me tumbé en la cama. Alex me miró nervioso.
"¿Te encuentras bien?"
"No. ¿Cómo quieres que me encuentre bien? Todo esto es culpa tuya."
"Querida, ya te acostumbraras a traicionar a la gente. Al fin y al cabo, fuiste tu la que accedió a venir conmigo."
"Tú me obligaste" dije.
"Yo no te obligué" repuso. "Solo te di dos opciones y tu elegiste quedarte a mi lado. ¿O no te acuerdas?"
Aparté mi mirada de él y me mordí el labio de lo enfadada que estaba.
"Mañana, después del almuerzo, habrá las pruebas" comentó. "Es donde elijen si vale la pena que luches con nosotros o no. Si le gustas al jurado, te quedas. Y si no... bueno, ya lo verás. Confío en ti."
Salió de mi cuarto y me quedé sola. Hundí mi cabeza en la almohada y eché a llorar. Todo ocurrió tan rápido. Traicioné a mis compañeros, abandoné a mi padre sin decirle nada, solo dejé una nota y en ella no dije mucho.
Esa noche me dormí entre lágrimas. Era la traidora de la que hablaba la profecía.
La mañana siguiente me despertó el sonido de un gong. Del susto que me llevé me caí de la cama.
"¡Ay!, mi trasero" me quejé.
Miré el reloj y eran las doce del mediodía. ¿Cómo puedo dormir tanto? Eso no lo sé ni yo. Simplemente me gusta. Me di una ducha y me vestí, luego fui a por algo de comer. Tuve que sentarme sola al lado de la basura ya que no me gustaba estar muy cerca de los monstruos. Cuando el Minotauro- sí, el mismo de los mitos- pasó cerca de mí para tirar sus sobras en la basura el suelo tembló tanto que tuve que sostener el vaso para que no se derramase la Coca-Cola.
Después de comer estuve buscando a Alex. Pregunté a los dioses por él. Algunos me decían: "¿Quién es este?", otros me ignoraban. Supongo que no les importa lo más mínimo recordar los nombres de un ser vivo inferior a ellos. Los dioses eran muy egocéntricos y engreídos.
No lo encontré en ningún sitio y eso que recorrí todos los pasillos de arriba abajo. Decidí que era el momento de ir a las pruebas de las que Alex me habló. Cuando salí fuera del edificio había un montón de dioses y monstruos colocados a cada lado del camino formando un pasillo hacia el anfiteatro improvisado. Todos fijaron sus miradas en mí y sentí que tenía ganas de salir corriendo. Pero no lo hice. Caminé en medio del pasillo, al lado de otros monstruos que tenían que pasar la prueba.
"No sabes dónde te metes, pequeña" me susurró un gigante lestrigón al oído. "Vas a morir quieras o no."
"Anda, qué simpático" murmuré.
"Yo solo te aviso."
"Y... ¿cómo funciona eso de las pruebas? ¿Quiero decir... quién elige y cómo lo hacen?"
"Depende" dije. "Desde que reformaron este edificio se han hecho muchas pruebas. De estos monstruos que están a cada lado del camino contemplándonos hay muchos que ya han pasado las pruebas y algunos que aún no las han hecho. Dan miedo, créeme. Deberás luchar contra un león y ellos decidirán si vales la pena o no. Si no les gustas, pero les caes bien, te dejarán seguir con vida o deberás luchar a vida o muerte con otro. Si no les gustas y te odian, pueden matarte o castigarte el resto de tus días. Luego, los que son seleccionados sufren una semana de novatadas. Si puedes sobrevivir a todo eso... bienvenida seas, mestiza."
"Me llamo Casey" dije intentando evitar aquel tema de conversación.
Sonrió sobradamente y me chocó la mano con la suya.
"Yo soy Lamos, me llamo como la ciudad de los lestrigones. Un pequeño honor a mi patria" dijo colocando su mano derecha en donde está su corazón.
¿Qué os puedo decir de los lestrigones? Pues si creíais que los ogros eran asquerosos, aún no habéis visto nunca a un gigante de estos. Sobrepasan los dos metros de alto y deben pesar una tonelada debido a su masa muscular y sus michelines. Sus dientes de caballo están sucios y mohosos. Creo que les compraré un cepillo de dientes a todos con tal de no volver a mirar directamente aquel montón de suciedad bucal. Su aliento apesta a atún y casi todos los que he visto llevan tatuajes en sus brazos fuertes y peludos.
Nos tuvieron encerrados en unas mazmorras subterráneas y encadenados a la pared. Ya habían salido muchos monstruos a demostrar lo que valían. Lamos fue el primero. Me preguntaba si aún seguiría con vida. Las tripas se me removían cada vez que oía gritos de dolor o rugidos de los leones. Tras largos y duros duelos la celda se vaciaba. No podía creerme lo que estaba a punto de ocurrir. ¿Sería Alex, el chico del que siempre he estado enamorada, capaz de hacerme luchar a vida o muerte contra un león? Al parecer, sí. Llegó el momento de enseñarles a estos monstruos que por ser medio humana no soy un fraude. Dos guerreros-esqueleto me desencadenaron y me arrastraron hasta el centro de la arena.
El Sol ardía con fuerza y olía a perros muertos. Los espectadores vitoreaban mientras un par de telekhines recogían los cuerpos sin vida de algunos monstruos o de un par de leones. Antes que yo, unos quince monstruos-mucho más grandes y fuertes que yo- salieron a pelear, y si solo había dos leones muertos... las probabilidades de que sobreviviera eran casi nulas.
El corazón me latía tan rápido que creía que se me saldría del pecho en algún momento u otro. Ya empecé a notar como algunas gotas de sudor resbalaban por mi cuello. Me recogí el pelo en una cola de caballo y aún así tenía calor, así que decidí rasgarme un poco la camiseta y dejar que se me viera el obligo. Ahora me sentía un poco mejor; unos shorts, una camiseta de manga corta rasgada y sandalias estilo gladiador. No hay vestimenta mejor para una batalla como esa. Una corriente de aire caliente acarició mi piel. Esto iba a ser una larga pelea.
Los guardias que controlaban la jaula del león levantaron la vista hacia la tribuna donde había los tres jurados. Uno era enorme y tenía los brazos cubiertos de tatuajes de serpientes y mujeres hula. Estaba al cien por cien segura que era un gigante lestrigón, uno importante. Los otros dos eran dioses que reconocí a simple vista. Uno era Adonis, era igualito a la estatua que había en la entrada. Un Eros en forma de bebé volaba a su alrededor. El otro era Tánatos, el dios de la muerte no violenta. El año pasado me maldijo con la muerte más dolorosa de la historia después de haberlo atacado. Yo solo quería salvar la vida a mi amigo así que le metí un tajo por detrás y de la herida que dejé en su espalda salió Icor, la sangre dorada de los dioses. Pero nunca me arrepentí de lo que ocurrió aquella noche. Aún soñaba con aquello.
El jurado dio la orden de soltar al felino. Yo, instintivamente, llevé mi mano al collar-espada que me regaló Jake por mi aniversario. Él, Denisse, Mark y yo teníamos el mismo y los cuatro se transformaban en espadas en cuando separabas los imanes que unían el medallón a la cadena. Tenía la bandera de estadounidense hecha con el logo de M&M's por un lado y las iniciales M-D-C-Jgrabadas por el otro. Mi espada creció y su hoja destelló a la luz del Sol. Leí la inscripción que había en ella:Cascadia, así nombré a mi espada. Sería la protectora de la humanidad. Ésta podría ser la última vez que lucháramos juntas, así que le di un beso y respiré hondo preparándome para morir. Cuando tu vida ya no sirva, te juro por el Río Estíge que serás la persona con la muerte más dolorosa de la historia.Las palabras de Tánatos resonaban en mi cabeza. Por el rabillo del ojo pude ver que éste sonreía perversamente. Sabía que lo que me esperaba.
El felino se acercó lentamente hacia mí. Su densa y dorada melena le daba una impresión más intimidante, no se parecía nada al de El Rey Leónde Disney, os lo aseguro. Me miraba con ojos asesinos y sedientos de sangre. Soltó un rugido descomunal y arañó el suelo con una de sus patas delanteras. Aferré mi espada con fuerza aunque no quería matarlo. Parecía que la luz del sol era más intensa a cada paso que daba el león. Las voces de los espectadores disminuyeron hasta morir en un vacío silencio; eso solo conseguía ponerme más nerviosa. El león arremetió contra mí violentamente. Di una voltereta hacia un lado para esquivar su mandíbula y le metí un tajo en el costado. Éste rugió de dolor y volvió a probar suerte. Desde dos metros dio un salto y se me lanzó encima. Vi como abría la boca para darme un gran mordisco y que los espectadores gritaban de emoción. No, yo no quería morir así. Busqué todas mis fuerzas en mí y justo antes de que me hincase el diente le di una patada en el estómago y lo lancé a tres metros. ¿De dónde había sacado tanta fuerza? Un león puede llegar a pesar 250 kg, ¿cómo lo había hecho? Me incorporé de nuevo y dejé que me embistiera esquivándolo justo en el último segundo. Hice lo mismo varias veces hasta que el león se cansó. Los dos quedamos cara a cara mirándonos fijamente a los ojos. Las tripas parecían querer salir de mi interior y las piernas me temblaban. Respiraba pesadamente y tenía la cara y los brazos magullados. Noté como la sangre se me subía a la cara, seguro que debía estar roja. El león intentó de nuevo atacarme y saltó hacia mí. Levanté mi espada instintivamente y algo ocurrió; de ella salieron disparados distintos rayos de luz de los colores del arco iris que cegaron al león. Éste cayó al suelo desplumado y del golpe quedó inconsciente. La luz cedió y seguro que mi expresión era igual de sorprendida que la de los demás. Adonis y Tánatos me miraban expectantes. No sabía qué había hecho, pero al parecer, la diosa Iris me había ayudado.
Ella fue la que me regaló la espada, una igualita a la suya. Además de espada también podía convertirse en cuchillo, lanza o arco. ¿Mola, no?
El león se sacudía intentando levantarse de nuevo y yo aproveché la ocasión para intentar inmovilizarlo. Me senté encima de su lomo y lo cogí por la melena apretándolo con todas mis fuerzas contra el suelo para que no me tumbara. Pero los espectadores hacían una única señal; un pulgar hacia abajo. Eso era un signo de muerte. Miré a los jueces y ellos hacían lo mismo. Pero yo no podía matar a un ser vivo. No es lo mismo que matar a un monstruo. Los monstruos reaparecen tiempo después de haberlos matado, un ser vivo no podía hacer eso. Me quité de encima del animal que estaba ya sin fuerzas y me volví cara a la tribuna. Miré al jurado y empecé a gritar para que se me oyera entre los gritos de la multitud:
"¡No pienso matarlo!"
"¿Cómo que no?" gritó Tánatos.
"Lo que has oído, ¿o a caso eres sordo?" dije en un tono impertinente.
"Niñata impu-" iba a insultarme, pero Adonis lo cortó en seco.
"¡Vamos a hacer las votaciones!"
El público golpeaba el suelo con los pies y gritaban diferentes opiniones: "¡matadla!" decía uno; "¡enviadla al Tártaro!" gritaba otro; "¡que viva!" aulló una voz conocida.
Era la de Lamos. Había salido a luchar antes que yo y no estaba al cien por cien segura de que estuviera vivo. Ahora sí lo estaba. Le sonreí agradecida. Creo que había hecho un amigo.
"¿A favor de su muerte?" preguntó Adonis.
Tántalo y algunos espectadores levantaron el brazo. Pero solo contaba la opinión de los jueces. Parecía que el gigante lestrigón dudaba en levantar la mano o no. Algunos monstruos lo incitaron a levantarla y Lamos y unos pocos le obligaron a no hacerlo.
"¿A favor de que viva?" preguntó el dios.
Éste levantó la mano y algunos monstruos del público también. Seguro que preferían matarme ellos con sus propias manos.
"Vamos, Antífates. La chica ha luchado bien" comentó Adonis. El dios empezaba a caerme mínimamente bien. Por ser de los malos, no era tan pérfido como parecía.
"Estoy dudando, Adonis. La chica ha luchado bien, sí, pero si no fuera por la ayuda de los dioses, no habría llegado muy lejos."
Me cachis. Se habían dado cuenta que Iris me ayudó. Ahora yo me preguntaba: ¿Por qué me ayudó? Yo les había traicionado y ella me ayudaba. No lo merecía.
Estaba nerviosa, la elección de Antífates sería la decisiva para escoger entre mi muerte o mi vida. Pero, ¿Qué elegiría?
