¡LOS PERSONAJES DE KUNG FU PANDA NO ME PERTENECEN!

(A EXCEPCIÓN DE LOS OC'S QUE SALDRÁN MAS ADELANTE)

Sin más que agregar los dejo con la historia.


VII

Marca

Tigresa parpadeó aturdida cuando vio la sangre de Po manchándole la ropa, entonces reaccionó y con un paso al frente, lo tomó por el cuerpo, abrazándolo cuando se desmayó de pie y empezó a caer.

Contuvo un gruñido por el dolor en sus brazos y clavó los pies en el suelo, se giró el cuerpo de Po encima y se lo echó a la espalda. Jadeó, tratando de ignorar el ardor en los cortes de las patas. Intentó pedir ayuda, pero se abstuvo, todos estaban impresionados.

Inspiró con fuerza y empezó a correr hacia el Palacio de Jade con el peso de Po encima de ella, en su espalda, los brazos del panda colgaban flácidos a los lados moviéndose al ritmo de los trotes de ella. Jadeando, Tigresa sabía que tenía que llevarlo al Árbol de Durazno de la Sabiduría Celestial, con él se curaría Po. No sabía por qué, pero así era.

Las exclamaciones de que tuviera cuidado de alguno de los Furiosos e inquisitivas de los demás sobre qué le pasaba a Po, la acompañaron hasta que se perdieron a lo lejos.

Al girar en una esquina, disminuyendo un poco su corrida, tropezó y trastabilló hacia adelante, a punto de caer. Rugió por lo bajo y de su cuerpo emanó Chi dorado oscuro, como la tierra, que se envolvió en torno a sus piernas para evitar que cayera al suelo. Salieron sin siquiera pensarlo.

Contra todo su sentido común, se puso en cuatro patas y corrió hacia el palacio, con el cuerpo de Po dando botes en su espalda. Con cada zancada el dolor le subía por los brazos como cortes de espadas en los huesos, mas lo aguantó. Po lo valía. Corrió lo más rápido que su cuerpo maltrecho le permitía, evitando escombros y puestos ambulantes en el suelo. Pasó por el restaurante del señor Ping sin detenerse, aunque cuando miró de soslayo hacia allí, le pareció notar que el Chi que salía de sus patas, ahora de sus cuatro patas, curvaba el suelo, como si este fuera simple arcilla.

«He perdido tanta sangre que deliro», pensó.

En la base de las escaleras del palacio, dio un salto para comenzar a subirlas. Ahí comenzaría el verdadero desafío. En un lugar plano el peso de Po no era mucho inconveniente, en una subida le afectaría.

La subida fue algo impreciso, no pudo decir cuándo estaba en qué escalón ni a qué ritmo los subía, sólo que lo hacía. La falta de sangre le hacía mella y el cansancio, el dolor y la preocupación inundaban sus pensamientos. Po, toda su mente era para él. Po y su respiración sumamente débil.

Rugió y juró que los escalones se combaron bajo ella a causa de su Chi, la roca vibro y tembló por un instante antes de volverse una depresión que le dio una gran base para saltar un gran tramo. Al caer más arriba, las escaleras volvieron a la normalidad.

Se irguió en dos patas, con Po en su espalda y la visión siendo un borrón negro. Su cuerpo ya no sentía dolor, sino que le exigía se detuviera para que descansara; una parte primigenia de ella le decía que si lo hacía, caería inconsciente por quién sabe cuántos días.

Sus pasos fueron erráticos y tentativos, uno después del otro, cruzando el recibidor del palacio hacia el patio y las escaleras de piedra en la montaña que llevaban hacia los dormitorios, luego hacia las otras que llevaban hacia el salón de entrenamiento y luego hacia las que llevaban al Durazno.

Su mente era una niebla.

Po.

Llevar a Po.

Un paso.

Otro.

Uno.

Dos.

Uno.

Dos.

Concentrarse en el siguiente paso, siempre en el siguiente.

Uno más.

Otro paso.

Sigue así...

Otro.

La cuesta hacia el Árbol se combó a sus pasos, el Chi dorado oscuro, casi como el barro, salía de su cuerpo a raudales, como cintas o gallardetes que ondearan al viento. Sus pies eran un borrón brillante e intenso que doblegaba las rocas, el suelo, la tierra misma parecía ajustarse a sus necesidades.

Otro poco...

Un último paso y llegaron al Árbol de Durazno de la Sabiduría Celestial. Tigresa se desplomó de rodillas, el Chi envolviéndola, y dejó caer a Po, lo abrazó hacia ella con el poco pensamiento que le quedaba y afincó su pata en la de él, para luego apretarla y afincarla sobre el tronco del árbol.

Muy bien...

Entonces la luz se apagó y cayó inconsciente.


Despertó en una cueva. O bien había sido una cueva, ya que fue excavada de tal forma que pareciera un gran salón, algunas estalactitas pendían del techo y dejaban caer ínfimas gotitas de agua que repiqueteaban en un lago artificial.

Tigresa estaba confundida. Su mente, embotada. Intentó andar, y fue allí cuando se dio cuenta de que no tenía un cuerpo físico, sólo «estaba allí».

En la cueva habían cuatro animales sentados en una mesa redonda hecha de la roca misma del suelo, tallada de tal forma que hubieran ocho puestos ornamentados, de piedra, a su alrededor que también salían del suelo. En los asientos había un pavo real, un cocodrilo, un lobo y un búfalo. Hablaban entre ellos, pero no lograba entender qué era lo que decían.

El cocodrilo, que era el que tenía el aspecto de ser el más viejo, dijo algo que Tigresa no oyó, el búfalo azotó sus pezuñas con fuerza contra la mesa, haciendo que pequeñas cuchillas metálicas surgieran de la roca, como si las hubiera invocado. El pavo real hizo un ademán con su ala y del suelo surgieron plantas de gruesos tallos que ataron al búfalo y lo hicieron sentar recto en la silla. Mientras tanto, el lobo tocaba una melodía en una flauta, inmerso en su mundo, de tonada relajante, y el cocodrilo se limitó a tomar un líquido transparente, aunque demasiado brillante, para ser agua.

El aire a unos palmos de ellos se abrió como una cortina y aparecieron un zorro y una leopardo de las nieves. Conocimiento y Dimensión. Aquello le hizo saber a Tigresa que los otros cuatro animales hacían parte de los Ocho Inmortales. «¿Y los dos faltantes?». Conocimiento se sentó, seguido de Dimensión, y empezó a hablar. Sus palabras no se entendían, sus labios se movían, sin embargo, lo único que se escuchaba era un siseo serpentino. Al cabo de un rato, las voces se hicieron más nítidas.

—Es un Maestro del Chi completo —dijo Conocimiento. «Están hablando de Po».

—Entonces debemos matarlo —dijo el búfalo—, antes de que se reúna con los otros cuatro.

—Calma, Lucha —dijo el pavo real—, existe una solución más sencilla. ¿O no, Visión?

El cocodrilo asintió.

—En efecto, Cultivación —dijo Visión—. Sólo tenemos que evitar que los cinco se reúnan. Ya le tenemos la pista a los otros tres Guerreros, sólo que... el problema es el Catalizador. No logro verlo.

—¿No logras verlo, Visión? —El pico de Cultivación se cerró con sorpresa—. Eso no es algo peculiar. ¿Por qué?

El lobo dejó de tocar su flauta, la colocó en la mesa y sonrío, con aquellas sonrisas que tienen los animales verdaderamente peligrosos.

—Ya se habrá manifestado en ello la Marca, entonces —dijo—. No apoyo el belicismo de Lucha, pero opino lo que él. Hay que matar al menos a uno de los Guerreros o al menos hacer salir al Vinculador para matarlo.

—Concuerdo con Sonido —dijo Conocimiento—. Mandaremos a uno de nosotros con cada Guerrero restante y haremos salir al Vinculador, luego lo mataremos y podremos...

Su voz se cortó, volviendo a ser aquellos murmullos serpentinos.

Tigresa se quedó aturdida por un momento antes de que su mente tomara las riendas. ¿Marca? «Van por los otros Guerreros, tenemos que detenerlos», pensó, recordando que los demás Guerreros eran los maestros de los Palacios de Granate, Citrino y Zafiro.

La cueva se disipó en humo, como las ascuas murientes de una hoguera y se recompusieron en un campo de batalla. Depresiones en el suelo y rocas quebradas delataban la violencia de la lucha, y Tigresa notó que era contra el búfalo, aquel Inmortal que fue llamado Lucha.

El búfalo estaba con una sonrisa de éxtasis puro, un rictus, los ojos (pupilas e irises) sendos pozos rojos; Po jadeaba del esfuerzo; una figura frente a él se enfrentaba a Lucha; y Tigresa se ponía de pie al lado de Po, con lágrimas surcándole las mejillas.

«¿Estoy llorando; por qué?», pensó viéndose a sí misma en aquella ¿visión tal vez?

Y de nuevo, la imagen se deshizo en humo.

Todo se tornó oscuro, pero Tigresa seguía consciente, lo que quería decir que aquella visión no había acabado. Un gong sonó y un susurró la alcanzó.

Diez almas escogidas...

Ese verso era de la piedra que cayó en el palacio, ¿pero qué tenía que ver?

El susurro se repitió.

—¿Oogway? —preguntó, y por alguna razón su voz género eco.

No...

—Muéstrate —exigió Tigresa.

Aún no tienes la capacidad de verme...

»Extraño, muy extraño. Pensé que podrías ya que usaste mi Potencia. Hum..., muy curioso. Hablaremos en otra oportunidad, hija de los tigres.

Y de un instante a otro, la oscuridad se disipó con una luz cegadora.


Tigresa se despertó con un jadeo, irguiéndose de golpe quedando sentada en la cama, conteniendo un gemido. Al levantarse gruñó por lo bajo por el dolor.

«¿Qué había sido ese sueño? —pensó, sin embargo, al ver la luz del sol entrar por la ventanilla de su cuarto, pensó—: ¿Cuánto dormí?

»¡Por las Cuatro, Po!».

Salió dando tumbos de su habitación, pasó por el cuarto de Po y se dio cuenta de que había sido adaptada para Lei-Lei. A la cocina, pues. Le costó lo suyo llegar ya que su cuerpo aún no estaba sano del todo. Al abrir la puerta de la cocina, se encontró con un Po preocupado, los Furiosos, Shifu y Lei-Lei.

Todos la llamaron cuando entró, alegres de que por fin estuviera despierta, Po en cambio se levantó de su asiento y, sin más dilación, le plantó un abrazo a Tigresa frente a todos. Por un momento, se tensó por el repentino acto, pero luego se relajó y le correspondió el abrazo.

El tiempo pareció detenerse, sus almas sincronizaron la misma melodía y daba el parecer que todo mejoraba. Podían estar heridos y haber salido por los pelos vivos de los Inmortales, pero un abrazo de Po mejoraba todo. Inspiró con fuerza, sintiendo su pelaje contra ella.

—¿Cuánto tiempo, Po? —preguntó.

—Una semana, pensamos que no despertarías, habías perdido mucha sangre.

—¿Algo que deba saber?

—Le conté a Shifu y los chicos lo nuestro. Lo tomó bien, Lei-Lei ayudó. Víbora se desmayó de la alegría, mis padres casi hacen un festival. Un poquito exagerado. —Suspiró—. Gracias al cielo que estás bien.

Se separó muy despacio de Po y sonrió, no sentía aquella ansiedad temerosa, sólo estaba en paz, tranquila. Trabó la mirada con la de Po, reprendiéndose de no haber aceptado sus sentimientos mucho antes. Su mirada bajó a su cuello.

—Así que tú también la tienes —dijo Po.

—¿Qué? —preguntó llevándose una pata al cuello.

Disculpándose con los demás, Po le tomó la mano y la sacó fuera, llevándola a su habitación, que ahora se volvía la de ambos. Tomó el espejo y lo sostuvo de tal forma que Tigresa podía verse el cuello, y en el mismo, de una forma extraña, como decolorándole el pelaje de éste, había una flor del loto de un delicado rosa.

Po se llevó una pata al hombro derecho y empezó a quitarse el vendaje que tenía, para mostrar que él también tenía la marca.

Marca. Recordó el sueño y se tensó.

—¿Quiénes la tienen? —preguntó a Po.

—Contigo, los Cinco Furiosos y yo.

—Seis —dijo Tigresa—. Entonces faltan cuatro. Tal vez los tres maestros de los Palacios y alguien más.

«¿El Catalizador, sea lo que sea?».

Tigresa le contó sobre el sueño que había tenido, y Po escuchó con diligente obediencia. Asentía sorprendido y ensimismado en su voz, tanto que Tigresa podía haberle dicho algo fantasioso y él le hubiera creído. Bueno, ¿su sueño no sonaba fantasioso?

—Deberíamos ir a los distintos palacios, entonces —dijo Po al ella acabar—, y advertir a los maestros.

Tigresa asintió y cuando fue a preguntar si de verdad creía lo que le contó, la puerta del cuarto se abrió. Lei-Lei, con un atuendo de entrenamiento, estaba cruzada de brazos en la puerta, su pequeño ceño estando fruncido.

—Hola, terremoto —saludó Po con una sonrisa.

Tigresa tragó grueso.

—Hola, Lei-Lei.

—Me dijiste que confiara —murmuró—. Tigresa, me dijiste que confiara en ti y faltó poco para que los mataran. —Inspiró, temblorosa—. No mola.

—Lo siento —dijo Tigresa, sinceramente—, de verdad que lo siento. La prox... —No pudo terminar la frase, Lei-Lei salió corriendo y la abrazó con fuerza, tanta que le sacó una mueca por su cuerpo adolorido.

Tigresa se sintió extraña, los abrazos de Lei-Lei eran distintos a los de Po en cuanto a significado, sin embargo, aquel abrazo... hizo que naciera en ella una sensación protectora que había estado generándose desde la aldea de los pandas. La abrazó de buena gana y apretó a Lei-Lei contra ella.

Entonces Po las abrazó a ambas y se quedaron allí.

Por primera vez Tigresa comprendió por qué los cachorros del pueblo buscaban a sus madres, a su familia, cuando estaban tristes o temerosos, aquella sensación de que nada malo podía alcanzarla era maravillosa.

Sonrió a todas sus anchas por primera vez en su vida, sinceramente.

Y se sintió muy bien.