CAPÍTULO 7: PRESA.

La oscuridad reinaba en aquella pequeña mazmorra. Igual que el miedo, la desesperación y las ganas de libertad. Perdí la cuenta de los días que pasé entre esas rejas. ¿Quince días? Tal vez, veinte. Todos los días, venía un esbirro dos veces a darnos una bandeja de comida. La comida consistía en unas verduras mal cocinadas y un jugo de aspecto y olor asqueroso. Los primeros días me negaba a comer aquella basura, pero no podía enfermar, ni mucho menos morirme de hambre. Estaba segura de que vendrían a buscarme.

A pesar de no estar sola, no había nada que hacer en aquel espacio. Me pasaba el día tumbada en un futón para esclavos. Era realmente incómodo, puesto que el suelo era rocoso, y sentía las piedras en mi espalda. Koga jamás se estiraba, solo se sentaba y apoyaba su espalda en la pared, cerrando los ojos. Ayame se sentaba entre sus piernas a la vez que su marido la acunaba.

A pesar de la gravedad de la situación, me alegraba por ellos porque se tenían el uno al otro.

La mujer lobo me dijo que en mis primeras noches con ellos, solía gritar mientras dormía. Gritaba el nombre del demonio de la luna en la frente. No había tenido noticias, no sabía nada. Ni siquiera sabía si estaba vivo o muerto, puesto que la última vez que le vi le acababan de atacar.

Habían sido muchos los intentos en intentar hablar con los esbirros para que nos sacasen de ahí, pero todo era en vano. Las rejas de la celda, tenían un poderoso hechizo que restaba fuerza a los demonios y les quitaba, también, el poder demoníaco. Con lo que ninguno de los dos lobos, podían siquiera acercarse a las barras de la celda, puesto que el hechizo les abrasaba.

Koga me explicó que poco después de la muerte de Naraku, se casó con Ayame. Dijo que al principio lo hizo por la unión de sus clanes, pero luego se dio cuenta de empezó a amar a Ayame, y ahora tenían una relación amorosa que les iba muy bien.

Los primeros días de cautiverio, no me atreví a preguntarles cómo era que estaban allí encerrados. Así que jamás pregunté, no hasta que saliese el tema. No sabía si, tal vez, habían hecho algo en contra de las tierras del Este y por eso se hallaban encerrados, como verdaderos delincuentes.

Ayame no dejaba de parlotear acerca de cualquier cosa. Cuando comenté lo incómodo que era el futón, empezó a explicarme que una vez estuvo en una aldea donde se fabricaban futones... Y estuvo hablando durante horas. Incluso Koga parecía fastidiado, puesto que estaba serio, con los ojos cerrados y los brazos cruzados. La mujer lobo, podía llegar a ser muy pesada.

Los lobos, me preguntaron qué tal les iba a mis amigos de la aldea. Ayame se molestó cuando notó el fuerte interés que tenía su marido en saber cómo estaba la sacerdotisa. Les conté que estaban todos bien. Que la sacerdotisa y el medio-demonio se habían casado, que el monje y la exterminadora formaron una familia, y les conté también que mi querida anciana Kaede, había fallecido.

Todo parecía que sería otro día más encerrados en ésa jaula, cuando me giré y empecé a contar las rayas que hacía cada día, para así poder llevar una cuenta del tiempo que llevaba allí encerrada.

Veinte en total. Resoplé. Añoraba el olor de la tierra, añoraba los ríos, el sol, la luna, las paredes del castillo, la aldea, a mis amigos... A Sesshomaru. Deseaba con todas mis fuerzas que estuviese bien. Que todos estuviesen bien.

Jamás había visto tan herido al demonio de la luna en la frente. Ni cuando le conocí, en el bosque cercano a mi aldea. Ésta vez tenía varios agujeros en el abdomen. Sangraba demasiado...

A pesar de no llevarme mal con los lobos, decidí girarme, ponerme de espaldas a ellos para que no viesen que me caía una lágrima.

Empezaron a escucharse unos pasos acercarse hasta la celda. Era la hora de la comida. Como siempre, verduras mal hechas y un jugo que olía mal. El esbirro, de aspecto pequeño, siempre nos decía que nos pusiéramos al fondo de la celda, o no nos daría la comida. Koga, Ayame y yo, nos apoyamos en la pared más lejana de la puerta. Me fijé que ésta vez el esbirro, se había dejado unas llaves colgando en la cerradura.

Estiré el brazo hacia una de las bandejas y cogí el vaso con el jugo, que me llevé a los labios y simulé que bebía. Cuando el esbirro se acercó a darle la comida a la mujer lobo, yo le tiré el líquido en el rostro y salí corriendo. Koga y Ayame le tiraron las bandejas al demonio mientras yo les abría la puerta de par en par para que pudiesen salir sin acercarse a las barras. Ellos salieron a toda prisa y yo me cogí las llaves tras encerrar al esbirro dentro de la celda.

Los lobos y yo empezamos a correr por unos pasillos, subiendo escaleras, explorando las puertas... Pudimos salir de las mazmorras con rapidez, pero al salir teníamos a un grupo de demonios esperándonos, rodeando la puerta por la que salimos. Chasqueé la lengua, ninguno de los tres nos encontrábamos en condiciones como para luchar, y yo no iba armada. La falta de buen alimento y movilidad nos mantenía débiles. Pero, para mi sorpresa, los demonios no atacaron.

Entre la multitud de demonios, se escuchó la voz de una mujer.

– ¿Os rebeláis, presos?

– ¡Escuchad! -gritó Koga- A la que vosotros adoráis por ser vuestra terrateniente, sabed no es más que un demonio dentro del cadáver de Sayaka. ¡Por eso nos encerró a Ayame y a mí! ¡Porque vimos cómo se metía dentro del cuerpo de la verdadera doncella!

Los demonios empezaron a reírse de Koga. Yo fruncí el ceño. Ahora sabía por qué motivo les habían encerrado. Los lobos se pusieron en posición de guardia, pude notar cómo se miraban Koga y Ayame. La última, cogió una hoja del lirio de su pelo, y lo tiró hacia los esbirros, a la vez que él y Koga corrían juntos formando dos remolinos y combatiendo así a los demonios, a toda velocidad.

En menos de pocos segundos, todos los esbirros estaban inconscientes, y Ayame me tendió una lanza de uno de los caídos.

Entre los tres, medio rodeamos a Sayaka, quién nos miraba con cierta hipocresía y arrogancia.

Sayaka fijando su mirada en mí.

– Tú has demostrado una valía que estaba esperando de ti.

Para mi sorpresa, Koga y Ayame, convertidos en remolino, desaparecían del lugar. Huían. No estábamos nada unidos, pero tampoco esperaba que se fuesen sin prestarme nada de ayuda, cuando yo les ayudé a salir. Malditos chuchos.

– ¿Qué quieres exactamente de mí, Sayaka?

– Solo eres un cebo vivo, para que vengan hasta aquí Sesshomaru o Haruka. Tarde o temprano vendrán a matarme y salvarte. Cuando lo hagan, les mataré, y podré vivir en paz.

– Vaya, entonces no tienes intención de matarme-dije, a la vez que tiraba a un lado mi lanza- Qué bien.

– Pero necesito algo de ti, joven Rin.

– Eso me temía. ¿Puedo preguntar qué necesitabas de Koga y Ayame?

– Les mantuve vivos porque sabía que llegaría el día en que alguien querido para Sesshomaru vendría aquí. Ellos dirigirán a Sesshomaru o Haruka hasta mi castillo.

– Lo tenías todo planeado.

– En efecto. ¿Vas a brindarme tu ayuda?

Debía aprovecharme de aquello. No iba a poder escapar, estaba segura. Pero debía aprovecharme de la situación para ganar tiempo.

– Depende. ¿Voy a seguir en una mazmorra? Porque tal vez, mi cansancio, hambre y poca higiene no me permiten ayudarte.

– ¿Intentas negociar conmigo en mi castillo?

– Si no vas a matarme, no me das ningún miedo.

– Puedo recurrir a la tortura.

– Eso puede matarme. Recuerda que solo soy humana.

Sayaka me miró, con el ceño fruncido y los ojos entrecerrados, a la vez que yo le sonreí, a modo de reto.

– Trato hecho. Uno de mis sirvientes vendrá a ayudarte en todo lo que necesites. Pero atente a las consecuencias si no me ayudas. Te veré mañana aquí. -dijo Sayaka a la vez que llegaba un esbirro muy parecido al de la mazmorra y ella abandonaba el lugar.

– Gracias, entonces.-alcé la voz un poco y sonreí para mis adentros.

El esbirro empezó a caminar entre unos pasillos. Me fijé en cada puerta y ventana del castillo, por si debía huir en un momento dado. Intenté memorizar cada camino. Pronto llegamos a unas escaleras de forma de caracol, las que subimos. Arriba olía fuertemente a comida, y mi estómago reaccionó con un fuerte gruñido.

El esbirro me abrió la puerta del comedor, y allí se encontraba una mesa con un gran festín. Había todo tipo de sushi, maki, bolas de arroz, mariscos, carnes... Me senté en la mesa y empecé a comer despacio. Como sabía que no querían matarme, descarté que la comida estuviese envenenada. Todo lo contrario, era delicioso todo. Llevaba un mes comiendo asquerosidades enanas, y ahora debía aprovechar para reponer fuerzas. Debía ingeniar un plan para huir, ya que no podría purificar a Sayaka sin mi lanza.

Notaba poco a poco cómo se me llenaba el estómago. ¡Qué delicioso era todo! Jamás llegué a pensar que podría aprovecharme así del enemigo, pero también debía preocuparme por mi salud. Estaba segura de que hubiese podido enfermar en aquella mazmorra.

Ahora lo más importante era preocuparse por el motivo por el que Lady Sayaka quería mi ayuda. El Señor Sesshomaru no me dijo que ella necesitase nada, y estaba segura de que la mujer fénix sabía que yo podría purificarla. Entonces, ¿porqué yo era importante para ella?

Al terminar de comer, bebí un sorbo de sake, para celebrar que había salido de la mazmorra. No me gustó. El esbirro que anteriormente me trajo al comedor me llevó ahora por unos pasillos muy largos, con muchas puertas, hasta llegar a una puerta corrediza. El demonio se paró delante de dicha puerta, e hizo una ligera reverencia, supuse que aquella habitación me la asignaban a mí.

Entré y lo observé todo, las paredes eran de un color marrón carne. Había una mesita de té muy elegante y un enorme futón en medio de la sala. Habían dos puertas, y entonces me dí cuenta de que las habitaciones de los castillos eran todas parecidas, puesto que en la que me encontraba, era muy similar a mi habitación del castillo del Oeste.

Decidí darme un cálido baño, así que entré en lo que sabía que era un vestidor y cogí un yukata negro con un obi de color rojo. Al entrar en el baño, preparé toda la ropa, y toallas y también el agua caliente.

El cálido chorro logró que los músculos de mi espalda se relajasen. Fregué la suciedad con una esponja y volví a enjabonar, puesto que estaba realmente sucia. También enjaboné mi pelo. Disfruté del agua caliente con tranquilidad, a la vez que mi cabeza se llenaba de dudas.

¿Estaría vivo Sesshomaru?

¿Qué querría Sayaka?

¿Podría huir del castillo?

Salí de la bañera y me sequé el pelo con toalla. Peiné mi melena y me vestí con el yukata. Volví a la habitación y me dejé caer encima del futón. Por fin algo cómodo...

No me costó nada quedarme dormida.

La noche pasó rápido, no soñé, ni me desperté hasta que los primeros rayos solares chocaron en mi rostro. Eran cálidos. Al abrir por fin los ojos, me levanté a horcajadas, hasta poder estar recta del todo. Me asomé por la ventana y vi que hacía un día precioso.

Me vestí rápidamente, tras lavar mi rostro, con un kimono con un estampado de hojas de cerezo, sobre un fondo azul.

Salí al pasillo, que era desconocido para mí. Y sin saberme el camino empecé a recorrerme los pasillos, buscando la sala principal, donde Lady Sayaka me estaría esperando.

Bajé una escalera, recorrí varios pasillos, me metí en varias habitaciones... Definitivamente, me había perdido. El castillo de Sayaka parecía un laberinto por dentro.

Traté de mantener la calma y seguir inspeccionando la zona.

Subí al piso superior y crucé un pasillo que era más oscuro que los demás. La tenebrosidad del lugar, logró provocarme un ligero escalofrío por la espalda. Al fondo del oscuro pasadizo había una puerta, que por instinto, abrí poco a poco y sin hacer ruido. Me adentré en lo que parecía ser una habitación, y sobre el futón había una niña durmiendo.

¡Una niña! ¿Qué diablos hacía Sayaka con una niña?

La niña reposaba en un futón, tenía suelta su melena de color anaranjado. Su tez era blanca porcelana, pero tenía las mejillas teñidas en rojo, como si estuviese enferma.

La niña abrió sus morados ojos, sin moverse de donde estaba y clavó su mirada en mi rostro. Sus estaban húmedos, como si quisiera llorar. Me habló con una voz temblorosa, con miedo o tal vez, dolor.

– ¿Quién eres...?-susurró la niña mirándome. Se me partía el alma ver a una niña en tan deplorable estado.

– Mi nombre es Rin... ¿Tú cómo te llamas?

– Me llamo Keiko...-dijo la pequeña, antes de echarse a toser- ¿Tu me vas a curar...?

Sonreí mirándola, y acaricié su mejilla. Tenía mucha fiebre.

– ¿Donde está tu madre, pequeña?

– Mamá está muerta... -tosió varias veces- Un demonio devoró su alma...

– ¿Eres la hija de Lady Sayaka?

– Sí...

– Ven, debo bajarte ésa fiebre o te pondrás grave...-dije a la vez que cogía a la pequeña en brazos.

Notaba la alta temperatura de la piel de Keiko, en los brazos que rodeaban mi cuello. ¿Qué estaba pasando? ¿Porqué motivo el demonio que se había metido dentro de Sayaka no había eliminado a la hija? ¿Porqué la mantenía con viva? ¿Porqué la niña estaba enferma?

Salí de los pasadizos, andando rápido, mientras la niña me indicaba dónde estaban las habitaciones de invitados. Subí y bajé varias escaleras, y recorrí varios pasillos, hasta llegar a la habitación que me habían asignado.

Una vez allí, le quité el kimono a la niña y le dí un baño de agua fría, para que así le bajase la temperatura corporal. Después, la volví a vestir y la tumbé sobre mi futón, y le puse una toalla húmeda en la frente.

La niña irradiaba un aura de luz que no era pura. Keiko era un demonio, como Sesshomaru, estaba segura de ello. Pero su aura, era extraña, parpadeaba pureza y maldad.

La puerta corrediza de mi habitación se abrió de repente, y unos pasos rodearon el futón.

Era Sayaka, que miraba a la niña con ojos llenos de preocupación.

– El cuerpo que tienes delante, es el de Keiko. La hija de la verdadera terrateniente. -me explicó- Pero dentro de ella se encuentra mi hija Kasumi tratando de devorar el alma de Keiko, para así, apoderarse de su cuerpo y poder vivir. Del mismo modo que lo hice yo.

– ¿Pretendes deshacerte del alma de Keiko? Pero entonces... Keiko morirá.

– Para que mi hija pueda vivir, sí. Por eso necesito que tú elimines la luz sagrada de su alma, y así Kasumi pueda apoderarse del cuerpo de Keiko.

– ¡Me pides que mate a una niña inocente! ¡Tu hija es un ser malvado, igual que tú! Escúchame bien... ¡jamás te prestaré mi ayuda!

– ¡Guardias!

– Si me matas tu hija Kasumi morirá, tenlo por seguro. El cuerpo es incompatible con ella. Keiko es demasiado pura y Kasumi es un foco de maldad. El cuerpo de Keiko no soportará el choque de almas durante mucho más. Ya ha enfermado, acabarán muriendo ambas.

Una de las dos debe morir. Y debe ser Kasumi., pensé.

– ¿Cuál es la auténtica forma de tu hija?

– Ella y yo tenemos la misma forma. Somos aves demoníacas.

– ¿Dónde está el verdadero cuerpo de tu hija?

– Lo destruyeron hace siete años.

– Sayaka, tu hija ya está muerta. Lo único que puedo hacer es salvar su alma, o irá al infierno. Además, no tengo el poder suficiente... Es Kagome quién sí puede hacerlo. Yo no soy sacerdotisa todavía.

Sayaka se levantó y entraron varios guardias que me inmovilizaron cogiéndome entre todos.

– Las dagas con las que herí a tu querido Sesshomaru, estaban envenenadas. ¿Recuerdas a un tal Naraku? El veneno es todavía más poderoso que el suyo. Si se acerca al castillo, el veneno empezará a hacerle efecto como reacción al aura que emite el edificio. Una vez el veneno se haya activado, no hay marcha atrás, por mucho que se aleje del castillo. No dudes en que morirá si viene a salvarte. Si salvas a mi hija, te dejaré ir con él. Mira esto.

Sayaka extendió su brazo y abrió la palma de su mano, de donde salió una esfera de luz. Allí pude ver a Koga y Ayame en la aldea, hablando con Sesshomaru y los demás. Koga había ido a pedir ayuda para que me salvasen, pero si venían... Sesshomaru moriría. Todos hablaban de atacar el castillo esa noche.

– ¡Lo tenías todo planeado!

– Exactamente. Tienes hasta ésta que se ponga el sol. Si no salvas a mi hija, te mataré. Luego usaré a la sacerdotisa Kagome que se acerca. Ten en cuenta que tus amigos llegarán ésta noche.

Los esbirros me soltaron cuando Sayaka abandonó la habitación. Entonces escuché un jadeo ahogado, que venía del futón. Keiko estaba muy roja, la fiebre le había vuelto a subir.

Miré a un esbirro.

– Traed comida, fruta y agua fría. La niña debe comer o morirá.

El pequeño demonio se fue de la habitación, hacia la cocina.

Me arrodillé delante de la cabeza de Keiko. La niña parecía estar sufriendo. Cogí una de sus manos. ¿Qué debía hacer? Estaba segura que debía salvarla a ella, y no a la hija de Sayaka. Pero sin mi lanza, era incapaz de canalizar mis poderes de sacerdotisa. Aunque nunca lo había intentado.

Concentré mi toda mi fuerza en la mano de Keiko. Su aura no cambiaba, seguía en un constante parpadeo. Si lograba separar a Kasumi de Keiko, probablemente nos atacaría. Estaba segura de que si se daba el caso, nos mataría. Pero si nos metíamos entre los guardias del castillo, que desconocían tal hecho, tal vez atacarían al demonio. Pero no podía arriesgarme a ello, ni podía huir puesto que había un guardia detrás de la puerta de mi habitación y la ventana era muy alta.

Pronto trajeron una bandeja llena de comida. Había caldo, carne a trozos, y un plato lleno de fruta pelada y cortada. Incorporé a Keiko y ella empezó a comer con lentitud.

– Si no huyes pronto, te matarán. -dijo Keiko, tocando mi brazo.- No quiero que te maten.

– No puedo huir, estamos rodeadas, y la ventana está muy alta.

– Pero te van a matar...

– Ya lo sé. No podré liberarme, Keiko. Pero vendrá una amiga mía, ella va vestida con un kimono de sacerdotisa. Ella podrá liberarte de Kasumi. Y te llevarán al castillo del Oeste. Te llevarán con tu tía Haruka...

– ¿Mi tía está viva?

– Sí, así es.

– No lo sabía... Creí que estaba muerta, eso me dijo mi madre.

– ¿Tu madre dijo que Haruka estaba muerta?

– Sí, me dijo que cuando se arrepintió de haberla desterrado, ella misma acudió a la que era la aldea en la que vivía, pero estaba arrasada por demonios. Y como que mi tía no puede defenderse porque no tiene poderes, mi madre dijo que seguro que estaba muerta. Luego se puso muy mala, y el demonio se aprovechó y se apoderó de su cuerpo debilitado.

– No es así... El Señor Sesshomaru, la llevó a vivir a su castillo del Oeste. Supongo que antes del ataque a la aldea en la que vivía Haruka.

– ¿Y cómo es mi tía Haruka...?

– Ella, al principio no me gustaba nada... Pero luego descubrí que estaba ciega por un odio que ella no merecía. Tu tía es una persona muy respetuosa y amable, seguro que te gustará.

– Rin... ¿Te puedo pedir un favor...?

– Claro.

– Intenta quitarle el demonio al cuerpo de mi madre...-dijo, y se puso a toser de nuevo-

– Yo no voy a poder hacerlo, Keiko. No soy tan poderosa... Pero estoy segura que mi amiga Kagome podrá con ello... Tu tía Haruka también quiere que ése malvado ser salga del cuerpo de su hermana...

Keiko se quedó dormida en el futón. Yo me apoyé sobre la pared, y miré la ventana. El cielo estaba anaranjado, sabía que ya pronto alguien vendría a por mí, para llevarme ante Sayaka y matarme. Y luego, sabía que cuando llegase Sesshomaru, él moriría... Y yo no podía hacer nada para detener todo aquello. Cerré los ojos unos instantes, y suspiré amargamente, notando cómo caía una lágrima por mi mejilla. No me preocupaba morir. Me daba miedo que Sesshomaru viniese a salvarme, y muriese él. Es lo que iba a pasar. Si solo pudiese alertarles...

Pensé en lo bueno que tendría morir. Sayaka no se saldría con la suya, respecto a la vida de Keiko. Y con un poco de suerte, incluso podría volver a ver a mis padres y a la anciana Kaede. Pero Sesshomaru... Él moriría. Y yo no podría evitarlo.

– ¡Maldito gato! ¡Muere! -se escuchó desde fuera de mi habitación.

Corrí hacia la puerta, para asomarme, y en el suelo se hallaba sentado Sora, el gato que conocí en el castillo del Oeste. Mi gato. El esbirro le atacaba varias veces con una lanza, pero no lograba hacerle daño, puesto que el minino estaba rodeado de un campo de fuerza. Yo agarré un plato de la bandeja, y lo rompí. Cuando el esbirro estaba de espaldas, le clavé el pedazo de plato más largo en el cuello, y el esbirro murió al acto. El gato al verme se abalanzó sobre mí y empezó a lamerme el rostro, yo sonreí.

– ¿Qué haces aquí, Sora...? ¿Vienes a decirme adiós...?

Entonces caí en la cuenta de que si el gato estaba allí, solo podía significar que Sesshomaru estaba cerca, y Kagome o el monje habían colocado un campo de fuerza alrededor del gato. Cogí a Keiko en brazos y con la lanza del esbirro caído empecé a seguir a Sora, el que se puso a correr entre los pasillos. Tuve que eliminar a varios demonios más, pero me resultó fácil, puesto que eran muy débiles.

Bajé unas escaleras que llevaban al gran salón y ahí estaba él, junto a Kagome.

Fijé los ojos en el demonio del pelo de plata. Estaba allí, estaba bien. Me acerqué rápidamente a él, no había tiempo para saludos, no había tiempo para nada.

– Tenemos que purificar a...

– No. Hay que salir de aquí. Ahora.

Sentí la mirada interrogativa del demonio y la sacerdotisa.

– Hacedme caso, por favor. Hay que salir de aquí, ahora. Tú no deberías estar aquí... Vá-vámonos, por favor...

Sesshomaru no entendía nada, lo sentía en su mirada. En su ceño fruncido. Pero finalmente asintió. Los tres salimos corriendo por los jardines del castillo de Sayaka, y pronto empezaron a perseguirnos. Ah-Un estaba escondido entre unos árboles. Le dí la niña a Kagome, y ella, se subió sobre Ah-Un. Sesshomaru me cargó entre sus brazos , al estilo nupcial,mientras yo cogía a Sora y empezó a volar junto al dragón bicéfalo.

Recorrimos los aires, y pronto salimos de las tierras del Este. Fijé mi mirada en Sesshomaru, el cual estaba apretando su mandíbula, y sudando. Entonces empecé a preocuparme, el demonio de la luna en la frente, parecía estar sufriendo. Y solo podía estar sufriendo por el veneno. Entonces, era verdad...

Pronto se me llenaron los ojos de lágrimas. Me abracé a Sesshomaru a la vez que volaba, y nos adentramos en las tierras del Oeste. Llegamos a la aldea y Sesshomaru me dejó en el suelo, mirándome.

– ¿Quién es la niña?-preguntó, con voz dolorida.

– No te lo vas a creer... Pero... Ahí ves a una niña, con dos almas. El cuerpo de la chica, es la sobrina de Haruka. Pero dentro del cuerpo, también hay el alma de la hija del demonio que está dentro de Sayaka.

Miré a Kagome y ella, puso a Keiko en el suelo. Ambas nos arrodillamos a su lado, y cogimos las manos de la niña. Gracias al poder de Kagome, el aura de la niña empezó a purificarse, hasta que finalmente, salió despedida un alma de su cuerpo. Era el alma de Kasumi. Kagome tocó el alma que salió del cuerpo, y ésta se purificó en un momento y ascendió al cielo.

Keiko se despertó al instante y se puso de pie. Ahora se encontraba libre de sufrimiento. La muchacha tenía un color realmente mejorado, y ya no tenía fiebre. Su sonrisa era preciosa, y sus ojos morados destellaban felicidad.

– ¡Rin!-sonrió, a la vez que noté sus brazos entorno a mi cuerpo-

– Te dije que mi amiga te salvaría, pequeña Keiko...-sonreí, a la vez que pasaba la palma de mi mano por su pelo.

Mientras abrazaba a Keiko, alcé la vista para mirar a Sesshomaru. Llevaba veinte días sin verle, y dudando de si estaba vivo o no. Él parecía estar bien, pero estaba demasiado serio.

– Escucha, pequeña, ¿porque no vas con Kagome? Dile que te presente a Sango, y sus hijos.

– ¡Vale! -dijo la pequeña, sonriente, a la vez que se iba con la sacerdotisa- ¡adiós!

Sonreí mirando a la pequeña, y la despedí con la mano. Después mi giré a mirar a Sesshomaru y me acerqué a él.

– ¿Cómo estás?

– Eso tú, que has estado con ellos casi un mes.

– Me preocupas más tú... Sayaka dijo que... Te había envenenado con un veneno más fuerte que el que usaba Naraku. Si eso es cierto, Kagome y yo podemos purificarlo...

– Rin, estoy bien.

Asentí ante las palabras de Sesshomaru, aun que no me creía sus palabras. Le miré y cogí aire, para volver a asentir. Me acerqué a él y dejé caer mi mejilla sobre su pecho, a la vez que él me rodeaba con sus brazos.

– Perdóname; te he estado buscando. Pero no sabía en qué zona estaba el castillo.

– Creí que estabas muerto...-murmuré cerrando los ojos.

– Estoy vivo, Rin. No temas más. Ahora está todo bien.

Cogí aire lentamente escuchando sus palabras, a la vez que escuchaba los latidos de su pecho. Él ponía una mano sobre mi mejilla. Su piel era fría, pero seguía siendo tan suave. Puse una mano en su abdomen, encima de la armadura, justo donde estaría su herida.

– Se ha curado, no te preocupes Rin...-susurró y depositó un suavísimo beso sobre mi pelo.

Noté de nuevo ésas mariposas en mi estómago, formando un huracán dentro de mí. Recordé que la última vez que estuvimos así, casi nos besamos. Noté un fuerte sonrojo, y oculté mi rostro, apretándolo contra su hombro.

Nadie sabe cuánto te quiero...,pensé.

– Deberías ir a la aldea, están preocupados por ti.

Asentí ligeramente, ante sus palabras. Me costaba separarme de él, pero sabía que había gente que me esperaba. Así que me separé de él, y cogí su mano, con suavidad. Ambos empezamos a andar hacia el poblado.

Shippo fue el que primero me recibió, con un fuerte abrazo y un "me alegro de que estés bien. Le sonreí, el pequeño Shippo era adorable.

– Rin...

Me giré al oír mi nombre, y encontré a Kohaku tras un árbol. El exterminador se acercó a mi, pero mantuvo las distancias. Yo le miré y le dediqué una ligera sonrisa. Me dí cuenta de que todo lo que sucedió ya no tenía importancia para mí, y que siendo mi amigo no podíamos estar enfadados. Me acerqué a él y le rodeé con ambos brazos. Él respondió a mi abrazo.

– Siento todo lo que pasó.-dijo- Estaba preocupado por ti. Cuando Koga llegó explicando dónde estabas, quise ayudarte pero...

– Está bien, Kohaku, era muy peligroso. Pero debo ir a ver a los demás.

Él asintió y me dejó ir. Sesshomaru me miraba, y él asentía, con orgullo en la mirada.

– ¡Rin! -se escuchó a unos metros de distancia.

Era la exterminadora, que vino corriendo hasta mi posición y me dio un fuerte abrazo. Yo cerré mis brazos entorno a sus hombros y sin saber el motivo, me eché a llorar. Tal vez era la tensión, o la emoción del momento.

– No sabes cuánto os echaba de menos...-susurraba- Ha sido horrible estar encerrada... Echaba de menos la luz del sol...

Sango llenaba de besos mis mejillas y acariciaba mi espalda. Nos separamos a los pocos minutos y de la mano fuimos juntas a su casa, donde me esperaban también el monje e Inuyasha. Y los lobos Koga y Ayame.

Todos me recibieron muy bien, festejaron mi llegada, mi buena salud... Incluso sacaron unos dulces que comimos entre risas. Me estiré en el suelo y apoyé la cabeza en las rodillas de Kagome.

– Kagome.-susurré- ¿Has visto algo raro en...Sesshomaru? ¿Crees que puede estar envenenado...?

– Yo no le he visto ninguna luz oscura, pero volveré a mirar.

Asentí, ambas nos levantamos y salimos de la cabaña, hacia donde estaba el demonio de la luna en la frente. Miré a Kagome, la que negaba mirándome.

– Está limpio, no te preocupes. -me dijo, dándome una caricia en el brazo.

Asentí mirándola y me acerqué a Sesshomaru cuando Kagome se metió en la cabaña. Dejé caer mi frente sobre el hombro de Sesshomaru durante un corto segundo.

– Han sido veinte días largos. -dijo él.

– Muy largos.-coincidí.- ¿Volvemos a casa?

Él sonrió.

– Sí, volvamos.