7._ Dos Buenos Actores
Recuento:
Soren se cortó el pelo y salió a explorar el mundo para crecer como persona y dejar de depender de alguien más. Poco después conoció a unos bandidos, que le tomaron apego. Luego de eso llegó a un pueblo, en donde se encontró a la reina Elincia trabajando como mesera. Cuando ambos se disponían a ignorarse, un grupo de bandidos los capturó y los hizo rehenes, pero por gracia de Ashera, los bandidos eran los mismos que le habían tomado cariño a Soren unos días antes, por lo que lo dejaron libre. Sin embargo pronto apareció la guardia real de Crimea para hacer frente a los bandidos, que tenían muchos rehenes (y a la reina Elincia entre ellos, aunque estos no lo sabían). Soren, al comprender que la situación acabaría con la vida de muchos inocentes, y también por cierto cariño que les había tomado a los bandidos, decidió ayudarles. Pero al hacerlo reveló la identidad de Elincia e hizo enojar a Lucía. Ahora tiene que encontrar la manera de salvar todas las vidas que pueda.
…
Soren aún no podía creer lo que había hecho. Hacía unos momentos, los bandidos y sus rehenes se habían marchado de la villa, acompañados por el mago y la reina.
Hugin y Munin no podían creer que la verdadera reina de Crimea había estado junto a ellos todo el tiempo, aunque por instrucciones de Soren no se lo habían dicho a ninguno de sus hombres, para no tentarlos a nada estúpido.
-¿Deberíamos ponerle un bikini a ella?- se preguntó Hugin, mientras caminaban.
-¡Oh, pero qué buena idea!- exclamó su hermano Munin.
Mientras tanto, Soren intentaba concentrarse en idear un plan rápido, antes que los soldados intentaran alguna hazaña ridícula.
El grupo caminaba por un valle bastante plano. Se veían unos cuantos bosques a lo lejos, pero Soren no quería adentrarse a uno tan pronto. Tenían que esperar.
Tan sumido en sus pensamientos se encontraba, que no notó cuando Elincia se puso a caminar a su lado.
-¿Te encuentras bien, maestro Soren?- le espetó, como solo ella podía preocuparse de los demás.
El chico se sorprendió al oír su voz tan cerca, pero se sacudió el estupor con rapidez.
-Sí, solo pensaba.
La cara de Elincia se iluminó con interés. No se lo había dicho a nadie, pero como gobernante admiraba mucho a Soren por las estrategias y trucos que podía sacarse de la manga cuando todo parecía perdido.
-¿En qué pensabas?
Soren hizo un gesto con la mano que recorría todo a su alrededor.
-Tenemos una tanda de bandidos con rehenes, y a tu guardia personal con una emputecida Lucía liderándolos. Me da miedo que intenten algo tonto, especialmente porque estás aquí.
Elincia asintió. Lucía podía ser un poco cerrada de mente en algunas ocasiones.
-¿Qué tal si nos perdemos en los bosques?- sugirió- Podríamos dejar a los rehenes ahí para que los bandidos huyan.
Soren la miró con honesto estupor. Aunque fuesen quienes la habían tomado prisionera junto con otros ciudadanos, aunque fuesen criminales, aun así Elincia intentaba dar con una solución al problema que no involucrara lastimarlos. En el fondo, muy en el fondo, a Soren le agradaba que existiera gente así en el mundo, y mucho más, que una de ellas fuera la reina de Crimea. Si hubiese sido más expresivo, quizás hasta le habría mostrado una sonrisa.
-Bien pensado, pero si nos dirigimos a un bosque ahora, los soldados tendrán una forma de acercársenos sin que los notemos. Basta que unos pocos se quiten las armaduras, nos rodeen y nos bañen con flechas y magia. Con buenos tiradores, hasta podrían dejar vivos a un puñado de rehenes. Lo que necesitamos es avanzar por terreno abierto.
Elincia esperó que Soren terminara, pero el joven no dijo más.
-¿Y después?- preguntó.
Soren lo pensó un momento.
-Pues lo que estabas diciendo. Lo más lógico será dejar a los rehenes en cierto punto de un bosque, contándote a ti. Los bandidos deberían ser capaces de alejarse lo suficiente antes que lleguen los soldados, porque parece que han mantenido su palabra sobre no seguirnos, hasta el momento… aunque hay algunas complicaciones.
-¿Qué complicaciones?
-Sentimientos- contestó secamente, como si fuera el nombre de su enemigo acérrimo- los sentimientos siempre son lo que desbarata un plan excelente. En este caso, me imagino que habrá uno que otro bandido que quiera quedarse con alguna señorita del grupo de los rehenes.
-Pero Hugin y Munin tienen bastante influencia entre sus hombres- le espetó Elincia- y tú también. No creo que hagan nada que ustedes tres no quieran.
Soren asintió, sorprendido de que Elincia hubiera captado esas sutilezas.
-El otro problema es Lucía.
Elincia suspiró, sintiéndose en parte responsable.
-Querrá vengarse de los bandidos a toda costa- alegó Soren.
Elincia meditó esa frase un momento, y al ver un pequeño error, se lo corrigió.
-No- aseguró- Lucía querrá vengarse de ti.
Soren abrió mucho los ojos en sorpresa, pero al pensarlo un segundo más, comprendió que Elincia estaba probablemente en lo cierto.
-Es verdad, fui yo quien la hizo enojar.
-Ella está acostumbrada a pelear con criminales- le hizo ver Elincia- No me pareció que Hugin o Munin causaran mucha impresión en ella. Más bien, tenía toda su atención puesta en ti.
-Es verdad…- Soren supo que este nuevo dato cambiaba todo su plan, pero al integrarlo se formó uno mucho mejor, más redondo y fuerte.
En ese momento, cuando Elincia miró a Soren, pudo ver una sonrisa en su cara, una sonrisa de verdad, que le salía del corazón. Sin embargo, no era una sonrisa inocente o iluminada, sino que la malvada mueca de alguien que no puede esperar a demostrar su superioridad.
De pronto Soren la miró, y por un momento Elincia temió por su cuello. En ese mero instante le pareció que un espectro demoníaco la detectaba con sus ojos rojos, pero un pestañeo después ya había vuelto a ser aquel calmo y seguro joven estratega.
-¿Qué tan bien actúas, "Linci"?
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El grupo de bandidos avanzó un buen tramo por el valle, y cuando Soren supuso que ya habían ganado suficiente terreno, los hizo dirigirse hacia un bosque cercano. Ahí prepararon todo como él les dijo y seguidamente se dispusieron a marcharse con el cofre lleno de oro.
-¿Entonces solo nos vamos?- inquirió Hugin- ¿Qué harás tú, maestro Soren?
-Yo distraeré a los soldados- indicó el mago.
A Hugin y Munin se les llenaron los ojos de lágrimas, y de un momento a otro abrazaron a Soren por ambos lados, estrujándolo entre sus enormes y musculosos cuerpos.
-¡Maestro Soreeeeeeeeeeen!- chillaron a coro.
-¡Ya, quítense, maldición!
-¡No mueras, maestro Soren!- le rogó Munin.
-¿Nos volveremos a ver?- preguntó inocentemente Hugin.
-Con mi suerte, seguro que sí- alegó el mago- Ahora vayan. No se preocupen por mí, soy demasiado inteligente para morir.
Hugin y Munin se despidieron con respeto, y de la misma forma hicieron muchos de los otros bandidos, conmovidos por cuánta admiración causaba este mago en sus jefes. Mientras los bandidos se marchaban, Soren y Elincia se los quedaron mirando.
El resto de los rehenes se encontraba en otra zona. No les habían contado su plan, puesto que era necesario que no supieran que la amenaza había desaparecido.
Soren miró a Elincia para preguntarle si estaba lista, pero al hacerlo advirtió que esta lo miraba con una sonrisa pícara.
-¿Qué?- inquirió, molesto por la mirada de la reina.
-No sabía que fueras tan popular, Soren.
Este se sonrojó, y para que Elincia no viera su cara, dio media vuelta y comenzó a caminar hacia el caballo que les había pedido a los bandidos que dejaran ahí.
-Vamos, no nos queda mucho tiempo.
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Después de un par de horas, no muy lejos de ahí, la guardia real de Crimea inspeccionaba la zona. Iban todos a caballo, con sus estandartes y sus armaduras puestas, sus capas blancas agitándose al viento y sus armas listas para desenvainar. Lucía se encontraba a la cabeza, con semblante serio. Pensaba en lo que le haría a ese bandido delgado de ojos rojos que había jugado con la vida de su querida reina.
-¡Señorita Lucía, por allá se ve algo!- escuchó que le decía uno de los soldados.
Al girar su cabeza, notó que algo rojo se movía en la entrada a un bosque. Era una camisa que habían atado al árbol, indicándoles dónde se encontraban los rehenes.
Lucía sonrió con malicia.
-¡Muy bien, soldados! Quiero cuatro exploradores que rodeen el bosque, dos por cada lado. Busquen por señales de una emboscada, nunca se sabe lo que esos criminales tienen en mente ¡Todos los demás, síganme!
Lucía apresuró a su caballo hacia el bosque, y como una enorme estela, sus soldados cabalgaron tras ella a toda velocidad.
Les habían dado bastante tiempo, por lo que personas inteligentes podrían haber escapado, pero Lucía estaba segura que esos perros sarnosos simplemente habían hecho tiempo para buscar un lugar desde donde les fuera fácil emboscarlos.
Pronto se adentraron en el bosque. La espadachín se apeó de su caballo, así como muchos otros que no estaban tan acostumbrados a montar. La distancia entre árbol y árbol era suficiente para pasar entre varias personas al mismo tiempo, pero el terreno estaba lleno de baches y relieves, lo que hacía el andar lento.
Sin embargo, para la sorpresa de los soldados, no les tomó mucho tiempo dar con un grupo de personas, todos juntos y sentados en un terreno bajo. Al verlos mejor, se notaba que estaban atados de pies y manos.
-Los rehenes- reconoció Lucía.
Inmediatamente dividió a los soldados que iban con ella en tres grupos; unos que rodearan a los rehenes por la derecha, en busca de los bandidos que obviamente estaban ocultos, otros que fueran por la izquierda, y un grupo más pequeño de soldados acorazados que la acompañaran para hacerles creer a los criminales que su trampa había funcionado.
Lucía avanzó hacia el terreno bajo, donde se encontraban los rehenes. Su mano en su espada, lista para saltar y contraatacar. Incluso pensó en la posibilidad de que los bandidos se hubieran mezclado con los mismos rehenes para atacarla mientras esta los rescataba, pero todos ahí se veían asustados, legítimamente asustados.
-¿Dónde están los ban…- quiso preguntar, pero en ese momento un grito lejano la alertó.
-¡Lucía!- se oyó la voz de una mujer, y no de cualquier mujer.
-Elincia…- la reconoció Lucía, sin aliento.
-¡Lucía!- volvió a oír.
Y de pronto apareció. Elincia se encontraba maniatada sobre un caballo, reposando en los brazos de un joven de pelo oscuro y ojos rojos, quien llevaba las riendas.
-¡Lucía, sálvame!- le rogó Elincia.
La espadachín reconoció al sujeto en un instante. Furiosa, le apuntó con su espada.
-¡Quita tus sucias manos de la reina, ahora mismo!- exclamó.
Pero Soren sonrió con exagerada malicia.
-¡La reina es mía!- y en un gesto desagradable, se acercó a la cara de Elincia y le lamió el cuello y parte de la mejilla- ¡Ella dará a luz a mis hijos y…
Quiso seguir, había preparado todo un discurso malvado para ese momento, pero Lucía no pensaba esperar. Se lanzó a toda velocidad hacia el caballo en línea recta. Soren, comprendiendo que no podía jugar más, dio media vuelta con el caballo y echó a cabalgar lo más rápido que podía.
-¡Lucía, sálvame!- continuó gritando Elincia.
Lucía podía correr condenadamente rápido si se lo proponía, y se encontraban en un terreno supuestamente desventajoso para cabalgar, mucho más dos personas en el mismo caballo, sin embargo Soren había previsto esto, y había elegido meticulosamente el camino que seguiría. Por supuesto, los rehenes habían permanecido en aquel específico terreno bajo, precisamente porque era un punto de partida para un camino ancho y sin relieves dentro del bosque, que daba directamente hacia la salida. De esa forma Soren pudo cabalgar más rápido que Lucía, muy para el pesar de esta.
Así pasaron un buen rato, Elincia gritando, Lucía corriendo a todo dar y Soren intentando no mirar hacia atrás. Poco a poco fue aumentando la distancia entre Lucía y el caballo, hasta que se perdieron de vista. Sin embargo, Lucía no dejó de correr, guiada por los gritos de su reina y el sonido de los cascos del animal al pisar el suelo.
En poco tiempo Soren y Elincia salieron del bosque. Ya casi era la hora en que se despedirían. Soren disminuyó la velocidad, confiado en que Lucía estaría sin aliento para ese entonces.
-Gracias por todo- le espetó Elincia.
-¿De qué hablas? Casi te ejecuto allá en el pueblo.
-Pero te aseguraste de que todos salieran sanos y salvos ¿No quieres venir conmigo? Podríamos trabajar juntos…
-No, gracias. No me gusta la política.
Elincia asintió. No había esperado convencerlo en unos pocos segundos.
-Aun así, muchas gracias. Es un agrado ver que hay ciudadanos ejemplares como tú en este reino.
Soren se sonrojó un poco y desvió la mirada. No estaba acostumbrado a los halagos, menos a recibirlos de una muchacha bonita. El caballo finalmente se detuvo.
-Ya, bájate antes que Lucía nos alcance y me mate.
Elincia asintió, pero antes de apearse, tomó a Soren por el mentón y le dio un cálido beso en la mejilla. El mago se llevó una mano a la cara, anonadado, mientras la reina se bajaba de la montura de un salto. Se miraron por un momento, él sin saber qué decir, ella con una sonrisa complaciente. Finalmente ella le dio una palmada al caballo para que siguiera su rumbo. Así el animal echó a andar, haciendo reaccionar a Soren. Este se sacudió la cabeza, miró hacia adelante y echó a cabalgar a toda velocidad.
Elincia se lo quedó mirando un momento, hasta que se volvió muy pequeñito en el horizonte. Entonces se giró hacia el bosque, solo para encontrar a Lucía con cara de pocos amigos mirándola desde la sombra de un árbol.
-¡Lucía!- la saludó Elincia, al acercarse.
Pero Lucía no se quitaba la cara de pocos amigos.
-Reina- le espetó- ¿Podría decirme por qué besó a ese bandido?
Elincia abrió mucho los ojos, sorprendida. No se había esperado que Lucía viera eso.
-Ah… yo…- miró hacia los lados, pero ya no había ningún Soren para sugerir una excusa convincente- pues…
Lucía la tomó de las mejillas, las apretó y las estiró, todo sin quitarse la cara de interrogatorio.
-¿Qué relación tiene con ese sujeto, si se puede saber? ¿Eeeeh?
-Lu… Lushía…- intentó hablar la reina.
Entonces Lucía soltó la cara de Elincia.
-¿Al menos no te hizo nada? ¿No te…- y se notó que le tomó trabajo seguir hablando- fecundó?
Elincia sonrió, y negó con la cabeza.
-Es más amable de lo que aparenta.
Lucía suspiró, y de un momento a otro abrazó a su reina con fuerza.
-Al menos estás bien. Con eso me basta.
Elincia cerró el abrazo de su amiga. Quería decirle todo lo que había pasado, pero Soren le había pedido que no revelara su identidad a nadie. "No quiero a una Lucía persiguiéndome la espalda por el resto de mi vida", había argumentado, aunque Elincia tenía la idea de que la preocupación de Soren iba más por el qué pensaban de él que por una estrategia extravagante.
Y así fue como el bandido misterioso evitó una masacre. Después de eso marchó hacia el este, encontrando más aventuras que no había pedido, pero esas ya son historias para otro día.
