Alguna vez, estando muy enfadada con él, Lily Evans le había dicho que iba a ser un infeliz y un amargado durante toda su vida, porque era tan retrógrada que jamás iba a conocer el verdadero placer. Fue uno de esos comentarios explosivos, que hizo callar a todos los presentes en la Sala Común de Gryffindor, que se regó como pólvora por todo Hogwarts en apenas una hora. Un comentario por el cual Lily se había disculpado y arrastrado durante días. Un comentario que, poco a poco, como casi todo en cualquier lugar social, finalmente fue olvidado para que pasara a hablarse del romance de turno.
Pero Remus no lo olvidó. ¿Cómo podría? Qué difícil que era tener una amiga mujer. Sirius y James podían hacer bromas, fastidiarlo, hacer insinuaciones ridículas, pero jamás un comentario de ese estilo. Peter ni siquiera eso. Un hombre, cuando está realmente molesto, reacciona de dos maneras: golpea al culpable, o lo castiga con un obstinado e impertérrito silencio. Las mujeres son mucho más venenosas: saben poner el dedo en la llaga que más duele.
Porque Lily no tenía razón. Claro que no. Pero, ay, que cerca que había estado.
Porque no era que no existieran cosas que a Remus Lupin le dieran placer. No. Simplemente, a Remus Lupin le costaba aceptar (no hablemos de provocar) aquellas cosas que le daban placer.
La verdad era que, en cierto modo, había nacido para el martirio. Quizás hubiera debido unirse a alguna de esas sectas religiosas en las cuales se predicaba el sufrimiento para contentar a Dios; eso hubiera encajado con su target. No hubiera sido hasta ser mucho mayor y vivir demasiadas cosas que se hubiera dado cuenta de que, de haberlo hecho, hubiera tirado su vida completa por la cañería.
Porque el problema era que a Remus Lupin le costaba hacerse a la idea de que podía merecer el placer, de que cualquier ser humano (e incluso un licántropo) tienen derecho al placer.
Tampoco fuera nadie a creerse que sus fuentes de placer eran ilegales; ni siquiera eran demasiado complejas o extrañas.
Para Remus Lupin, el placer era la luz del sol calentándole los pies descalzos mientras Lily Evans le leía un libro en voz alta, recostados en primavera en el parque de Hogwarts.
Era saltar de alegría cuando Gryffindor ganaba un partido (y saltar el doble, en calidad y cantidad, si le habían ganado a Slytherin).
Era ver las caras de enamorado perdido de James, y sus aseveraciones sobre el feliz futuro que le esperaba con Lily, y oír las respuestas mordaces de la pelirroja.
Era descubrir los gestos de asentimiento y aprobación en los rostros de sus profesores favoritos, especialmente de Dumbledore.
Era sentir que, finalmente, había encontrado su lugar en el mundo, que no podría pedir nada más en la vida que lo que Hogwarts le había brindado.
Pero había un motivo más de placer para Remus Lupin, y ese era, sin lugar a dudas, el que lo llevaba a reprimir todos los demás.
Porque ese motivo era Sirius Black. Así, al completo, con virtudes y defectos. Era la simple existencia de Sirius Black lo que a Remus Lupin realmente le provocaba placer.
Su risa. Su cabello negro y sus ojos profundamente azules. Su voz profunda. Sus manos de dedos largos, de familia de alcurnia. Su desprecio por, precisamente, su familia de alcurnia. Su risa de lobo, de dientes afilados. Su sentido del humor ácido. Su lealtad a toda prueba. Su devoción a la causa. Su absoluto placer por la vida.
A Remus le daba la impresión de que Sirius gozaba tanto de la vida, que cualquier expresión de placer a su alrededor significaba robarle un poco de dicha. No puede haber tanta felicidad en el mundo. Y el licántropo prefería achicarse hasta convertirse en un ser amargado y retrógrada, incapaz de sentir placer, con tal de no robarle a su preciado Sirius ni un gramo de su felicidad.
