Disclairme: Naruto es de Masashi Kinomoto, yo solo soy una soñadora que se atrevió a escribir.
Cuando nos volvamos a encontrar
Capítulo VI
No me rendiré, hasta estar a tú lado.
El sonido de pasos le advirtió que no estaba solo, por lo que enderezó su postura sobre uno de los pocos sillones que habían sobrevivido al ataque unos días atrás. Apoyó el mentón en la palma de su mano y el codo en el apoyabrazos, expectante. En medio de la eterna noche de aquella Luna rota, pudo apreciar como la lejana luz de las estrellas ilumina la figura de uno de sus subordinados que se acercaba lentamente. El hombre, mucho más alto que él y no tan fornido, se detuvo a un par de metros de distancia, retirándose la máscara.
Un par de ojos oscuros le regresaron la mirada.
— ¿Y bien? —preguntó quién era el líder, inclinándose hacia adelante con interés.
—Las encontré —declaró el recién llegado, con las comisuras de sus labios tirando en una tensa sonrisa —. Se han refugiado en Konohagakure no Sato.
El hombre, frunció el ceño.
—Eso lo complica.
—Ni tanto, podemos usar el Kamui para entrar sin ser detectados.
—Pero seguramente el Hokage habrá reforzado la seguridad de la aldea —dijo, apoyando la espalda contra el respaldar —. Lo más probable, es que la niña este bajo vigilancia continúa, eso es lo que yo haría.
Su subordinado sonrió, un gesto torcido que le recordaba al rostro de una serpiente.
—A usted no le importaría eso —dijo, ganándose una mirada fría del otro hombre.
—La verdad es que no —admitió, cerrando los puños —. No pensé tener que enfrentarme con una Aldea Oculta antes de hacerme con el Buque de Energía.
—Pero el alienígena lo destruyo —le recordó el recién llegado.
—Por eso es que necesitamos esos ojos, esos muy preciosos ojos.
— ¿Es necesario que los tengamos? —preguntó, sentándose sobre un montón de escombros —. Ya tenemos el Sharingan y el Rinnegan, dos de los Dōjutsus más poderosos. Sí quisiéramos, podríamos intentar un golpe de estado contra cualquiera de las Aldeas Ninjas.
Pero no tuvo que escuchar su respuesta para saber cuál sería, ya que la mirada amenazante que le envió su superior fue suficiente para obligarlo a cambiar de opinión.
—Bien —suspiró, esquivando los ojos de un color morado con cinco anillos alrededor de la pupila —. Debemos hacernos con el Tenseigan y el Byakugan.
El hombre asintió, conforme.
—Usaremos al alienígena —dijo, su voz resonando por los pasillos destruidos del castillo —. La madre no querrá arriesgar la vida de su hija, ni siquiera por su esposo —afirmó —. Pero la niña, oh la niña querrá ayudar a su padre, y ella a su vez traerá a su madre. Oh, dos Dōjutsus.
El otro sonrió.
—Oh, estoy seguro que a la pequeña le encantará reencontrarse con su progenitor.
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La luz del sol que se filtraba por la ventana le da dio de lleno en el rostro, se coló entre sus parpados y la hizo fruncir el ceño levemente. Los móviles tintineaban acompañando el sonido del viento que danzaba entre los árboles. Hinata no recordaba haberse quedado dormida, pero siente el peso de las mantas sobre ella y la resistencia natural del cuerpo al despertar, por lo que especula que debió haberse dormido mientras lloraba sobre el pecho de Kiba. Por un instante, solo es consciente de las luces que se filtran por sus pestañas y la calidez que baña su rostro. Lentamente, como el revoloteo de las alas de una mariposa moribunda, abrió los ojos.
La ventana se encontraba abierta y desde su posición, puede apreciar las copas de los árboles, las hojas secas que son arrancadas por la brisa y una que otra gota de roció deslizándose por la vegetación. Vio un ave volar, su sombra se reflejaba en las nubes blancas y cada aleteo la llevaba más alto, hacia el cielo azul. Contuvo el aliento hasta que el animal desapareció entre las nubes.
Perezosamente ladeó la cabeza hacia su derecha esperando encontrarse a Himeko aún dormida, pero en cambio encuentra un revoltijo de mantas y las cintas que el día anterior habían adornado su cabello.
— ¡Himeko! —jadeó, incorporándose inmediatamente.
Sus pies hicieron contacto con el frío piso y sin importarle llevar la misma ropa que el día anterior, se dirigió lo más rápido que sus heridas le permitieron hacia la salida de la habitación. El pasillo estaba desierto, el baño también. El miedo comenzaba a treparle por la garganta, las lágrimas a acumularse en sus ojos. Había sido una tonta, dejándose llevar por la avalancha de emociones que se le vino encima después de hablar con Naruto, en vez de preocuparse por lo que realmente importaba, su luz. Corrió hacia el comedor, sin notar las voces que provenían de él, ni el olor a tortillas que comenzaba a inundar el aire. El miedo la había cegado, no queriendo perderla a ella también.
Sus dedos alcanzaron el fusuma y jaló. Lo que encontró le arrebató el aliento por segunda vez en el día.
Himeko se encontraba sentada sobre el regazo de Kiba, vestida con un delantal demasiado grande para ella y el cabello recogido en una cola desordenada mientras batía un tazón con huevos, una niña de nueve o diez años jugueteaba con Akamaru, mientras que una mujer de ojos rojos se encargaba de colocar un par de filetes de salmón a la plancha. Sus ojos devoraron la escena, queriendo grabarla a fuego en su mente. De repente, se sentía atrapada en un sueño.
— ¡Okāsan! —exclamó Himeko al verla parada en la puerta.
— ¡Hinata! — le sonrió Kiba, mostrando sus colmillos.
Pero sus ojos estaban fijos en los ojos rojos de la mujer quién llego a considerar como una madre. Las lágrimas acudieron nuevamente, nublándole la visión.
— ¡Kurenai-sensei! —chilló, sintiendo un nudo en su garganta.
La ex jōnin se limpió las manos en el delantal que llevaba puesto, dejó un paño de cocina en la encimera y se adelanto hasta su alumna. Una sonrisa curvo sus labios agrietados y un par de arrugas deformaron su rostro, delatando el paso del tiempo. Rodeó a Hinata con sus brazos, atrayéndola a su pecho y jugueteando con su cabello, sus dedos abriéndose paso entre las cascadas de hebras oscuras.
—Te ha crecido mucho el cabello, Hinata —apreció la mujer, sintiendo como la joven entre sus brazos le respondía al abrazo —. Te ves muy bien, has crecido tanto.
—Kurenai…—gimió.
—Pero aún lloras, eso no me gusta —le confesó, depositando un beso en la frente —. Estoy orgullosa de ti, así como de todo lo que has hecho. No llores más.
— ¡Hai! —exclamó, secándose las lágrimas y dedicándole una sonrisa.
—Bien, porque vamos a desayunar y luego nos pondremos al día ¿estas de acuerdo?
Ella asintió, no podía negarle nada.
A partir de ese momento, el desayuno transcurrió con cierta normalidad. Kurenai evitó que Hinata se incorporara al rol de cocinera, en cambio, la mando a sentarse junto a Kiba y pidió la ayuda de Himeko y Mirai, quienes buscaron ingredientes, lavaron verduras y arreglaron la mesa, mientras la ex jōnin comentaba sobre el clima y regañaba al único hombre del grupo por sus "travesuras" como ella definió los problemas en los que se metía el castaño.
—No es mi culpa —se defendió Kiba —. Lee estaba tardando más de la cuenta, y esos bandidos iban a escapar.
—Y en vez de esperar a tú compañero te fuiste detrás de ellos —le riñó Kurenai —. ¡Casi causas un accidente internacional!
Mirai se rio.
—Shikamaru-niisan, estuvo quejándose de los "muchos informes" que tuvo que llenar por eso —comentó la niña, mientras se servía más arroz.
—Shikamaru siempre se está quejando de algo —dijo el castaño, sin darle importancia.
Himeko los observaba, con sus grandes ojos azul claro volando de Kurenai a Kiba y de Kiba a Mirai, sonreía tímidamente, quizá preguntándose quienes eran los protagonistas de las historias que escuchaba, pero sin llegar a interrumpir. Hinata, en cambio, la observaba. Era fácil olvidarse que para su pequeña, todos ellos, todo ese mundo era completamente nuevo. De un día a otro, paso de ser la pequeña heredera de la Luna, a penas acompañada por sus padres y un ejército de marionetas, a conocer todo su pasado, tantos nombres y personalidades diferentes.
La niña ladeo su rostro hacia ella, dedicándole una sonrisa.
— ¿Te gustó el desayuno? —preguntó.
— ¡Si! —asintió, llevándose una bola de arroz a la boca —Cuando Otōsan regrese por nosotras, le prepararé el desayuno.
Aquella afirmación la congelo, sus manos temblaron por debajo de la mesa y sus dedos se enroscaron a la tela de su yukata. Sabía que tanto Kiba como Kurenai la observaban, así que armándose de valor alzó la cabeza y continuó su desayuno, limitándose a responder las inquietudes de Mirai y Himeko, o escuchar la conversación entre Kiba y Kurenai. Sintió que Akamaru posaba su cabeza sobre su regazo y no pudo estar más agradecida por su atención, le acarició detrás de las orejas como recompensa.
— ¿Qué van a hacer hoy? —pregunto Kurenai, sus ojos rojos fijos en Hinata.
—Hinata aún debe estar en reposo —contestó Kiba por ella —. Así que estaba pensando llevar a Himeko-chan a dar una vuelta por los terrenos Inuzuka, mientras ella descansa.
—Pero… —intentó decir la mujer, interesándose por primera vez en la conversación.
—Pero nada —cortó el castaño, apoyando su cabeza en su palma —. Tienes que descansar, puedes quedarte en la casa mientras Himeko-chan, Mirai-chan y yo podemos pasear junto con Akamaru.
— ¡Yo quiero ir, Okāsan! —pidió la niña, y en sus ojos se podía apreciar la forma del Tenseigan.
Esos ojos…
—Estoy segura de que Kiba la protegerá —afirmó la mayor de las mujeres —. Él daría su vida por ella.
Hinata bajo la cabeza, lo sabía.
—Mientras tanto, tú y yo podemos hablar —continuó Kurenai —, hay mucho que me tienes que contar.
Ella asintió.
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Kurenai dejó su vaso de té en una bandeja, mientras cerraba los ojos y agradecía la fresca brisa. La luz del sol se colaba entre el follaje, destellando contra las hojas y acariciando los pequeños arbustos que crecían al pie de los árboles, y aunque no pudiera verlos, estaba segura que los ANBUs que vigilaban el lugar, se encontraban con los ojos cerrados (alertas, siempre alertas), disfrutando de aquella mañana calmada. La única que no parecía hacerlo, era su ex alumna. Ahora mujer.
Hinata a su lado, no dejaba de observar con ansiedad el lugar donde Kiba junto con las niñas y Akamaru se habían marchado hace un par de minutos. La joven, entrujaba la tela de su yukata, jugueteaba con sus dedos y se mordía los labios, ignorando completamente el té que le había preparado. Por un instante, la imagen de la mujer en que se había convertido su alumna se confundía con la niña nerviosa y tímida que una vez fue, y a pesar de las circunstancias no pudo evitar que sus labios se curvaran en una efímera sonrisa.
Alargó su mano hacia ella, provocando que esta pegara un bote y que sus ojos blanquecinos se encontraran con los de ella. Ambas mujeres se miraron, detallando los cambios que había sufrido la otra a lo largo de esos siete años, hasta que la más joven de las dos bajo la cabeza.
—Gomen ne —susurró Hinata —. No puedo evitarlo, no después de todo lo que ha sucedido.
—Lo sé —dijo Kurenai con un tono de voz maternal —. Pero confía un poco más en Kiba, en los Inuzuka y en los ANBUs que están para protegerlas.
Ella asintió.
—Confió en Kiba y en los ANBUs. Confió en Naruto-kun —dijo, abrazándose a sí misma —. Pero tengo miedo.
— ¿Cómo fue? —preguntó, y Hinata sabía exactamente a lo que se refería.
—Fue como estar de vuelta a la guerra —respondió —. Había fuego por todas partes, explosiones que lo arrasaban todo. Sentí que mo-moriría, estaba aterrada en pensarlo, pues sí moría nadie más podría proteger a Himeko. También estaba preocupada por Toneri-sama, quería regresar, luchar a su lado, asegurarme que estuviera bien… pe-pero Himeko estaba oculta en mis brazos mientras escapábamos. No podía arriesgarla, solo pensaba en protegerla. Nos estaban atacando…
—Y lo hiciste, lograste escapar —susurro la mayor.
Ella asintió, dejando caer los brazos.
—Sí… pe-pero —las lágrimas volvieron a nublarle la visión — de-de repente estábamos cayendo y supe, en ese momento lo supe.
— ¿Qué supiste?
—Que Toneri-sama estaba mu-muerto —afirmó, sin evitar que las lágrima se le escapara.
—Himeko-chan, no lo sabe ¿verdad? —preguntó, ella asintió.
—N-no tengo la fuerza para de-decírselo —admitió.
Ambas guardaron un silencio pesado.
— ¿Lo amabas?
Hinata alzó la mirada. Sentada en la engawa no podía apreciar el cielo azul, sino las frondosas copas de los árboles que apenas se rozan con timidez, dejando pequeños espacios donde apenas se vislumbra los haces de luz.
—Desde que llegue, todos me han hecho esa pregunta —susurró —. Pero si —contestó sin dudar, sintiendo como su corazón se encogía en su pecho —, yo me enamoré de Toneri-sama. A pesar de todo…
—Para amar no existe un manual o un compendio de reglas —dijo la mayor, pensando en su propio amor —. Muchas veces es irracional, simplemente acontece sin que nosotros podamos evitarlo y cuando ocurre, es como el amanecer o el ocaso, incontrolable —explicó, sintiendo la calidez del té que se colaba a través de su taza —. Aunque, siempre pensé, que en tú corazón solo podía existir un amor.
Una mariposa voló erráticamente entre ellas, de alas blancas y brillantes, posándose en una rama rota.
—A veces, el sol es demasiado brillante y lejano —respondió Hinata, en un hilo de voz.
— ¿Y por eso preferiste a la Luna? —inquirió, con sus ojos rojos detallando su perfil.
Ella negó suavemente.
—No, no es tan sencillo —contestó, llevándose la mano derecha hacia su corazón —. Elegí a la Luna sin darme cuenta, porque en algún momento su brillo no solo iluminó mis días y me enseñaron un camino distinto, sino que realmente me alcanzó. Él me vio. Como mujer, como amiga, como su igual. Y yo también lo vi, a pesar de todos sus errores y defectos, lo vi.
Kurenai asintió.
—Lo entiendo…
—Además, yo creo que merecía ser feliz ¿no? —dijo Hinata casi en un susurro, interrumpiendo a su sensei y frotándose las manos con nerviosismo — Aunque fuera solo un poquito.
La mujer la observó, tomando las manos de Hinata entre las suyas, en un intento de calmarla.
—Lo merecías —afirmo, clavando sus ojos rojos en la mirada perla de su discípula —. Lo mereces.
Ella bajo la cabeza.
—No me arrepiento —dijo, aferrándose a las manos de Kurenai —. No me arrepiento de mis decisiones, de haber desobedecido las órdenes del Hokage ni del trato que hice con Toneri. Él cumplió su promesa, no volvió a atacar a la Tierra. Tampoco me arrepiento de haberme quedado cuando pude volver o de amarlo —dijo en un susurro —. No me arrepiento, porque gracias a ese amor nació Himeko. Y ella es lo mejor de ambos, nuestra luz. Pero quisiera que los demás lo vieran así —concluyó, agachando la cabeza.
—Hinata —la llamó Kurenai, alzando su barbilla para que sus miradas se encontraran —, cuando te fuiste, nadie estaba preparado para asumir aquello. Incluso, algunos de nosotros ni siquiera estábamos enterados de tú misión —explicó, con voz maternal —. En su mayoría, nos encontrábamos confundidos. Hanabi estaba débil y deprimida al llegar, Sakura no sabía ni qué decir. Tanto Shikamaru y Sai estaban heridos y Naruto ni siquiera pronunciaba palabra.
— ¿Shikamaru-kun? ¿Sai-kun? ¿Qué, cómo? —inquirió, sintiendo un nudo en la garganta — Cuando los dejé, ellos estaban bien.
—Shikamaru fue quién me explicó todo —continuó Kurenai, con calma —. Al parecer, cuando Naruto los alertó de lo que había ocurrido, quiso regresar por ti. Sin embargo, Shikamaru se puso de tú parte e intentó detenerlo. Y debó decir que eso no salió bien, tuvo que intervenir Sai y Sakura para poder evitar que Naruto regresara.
Hinata bajo la mirada, sintiendo las lágrimas inundar sus ojos. ¿Cuánto había llorado desde que regresara? Demasiado, supuso.
—Así que cuando regresaron, todo era un desastre ¡Pensamos que habías muerto! No fue hasta que Kiba confrontó a Naruto, que este nos dijo que te habías quedado. Que nos habías traicionado.
— ¡Eso no es así! —chilló la joven.
—Lo sé, luego todos lo comprendimos cuando los detalles comenzaron a salir a la luz. El Clan Hyūga y el Hokage, te tomaron como una heroína de Konoha. Pero tú ausencia nos pesaba, era como si hubieras… Kiba armo mucho barullo, quería ir por ti y traerte, pero al igual que Shikamaru, Kakashi pensaba que tú sacrificio era la solución pacífica para el problema con la Luna. Shino también estaba molesto, pasó mucho tiempo enfurruñado y apático —dijo, con un suspiro —. A tú padre también le afectó tú perdida, llegó a ir a mí apartamento para conversar sobre ti, para solicitar mi perdón.
—Otōsan —susurró Hinata, sin evitar que una lagrima solitaria se deslizara por su rostro.
—A Hanabi tampoco se le veía bien, le hacía falta su hermana mayor —continuó —. Y Naruto… Bueno, creo que todos nos dimos cuenta de sus sentimientos por ti, se hundió en el trabajo ¡Hasta Kakashi estaba sorprendido por su diligencia y responsabilidad!
— Yo… —dijo entre sollozos, había empezado a llorar sin querer — yo l-lo siento, l-lo s-siento tanto, Kurenai-sensei.
—No llores — le pidió la mujer, secándole las lágrimas a la más joven —. No hay nada que perdonar —afirmó, con una sonrisa pequeña suavizando sus gestos —. Con el tiempo, Kiba dejó de rabiar y armar escándalos, mientras que Shino salió de esa apatía en la que había caído. Tú padre se dedicó completamente a la preparación de Hanabi, mientras que ella empezó a demostrar sus capacidades al máximo. Y Naruto volvió a sonreír. Todos seguimos nuestras vidas, aunque yo siempre me preguntaba por tú bienestar y tú felicidad, y sé que todos hacían lo mismo.
— ¡Fui feliz! —Jadeó Hinata, apoyando su mejilla en la mano de Kurenai —Lo fui, aunque también pasó mucho tiempo para que lo fuera.
—Lo sé, me lo imagino. Por eso te cuento esto, para que entiendas un poco lo que nosotros sentimos —dijo, acariciándole el rostro—. En aquel viaje a la Luna, nos robaron algo muy preciado para nosotros. Nuestro tesoro. Por eso, no es fácil para nosotros aceptar que el hombre que nos arrebató aquello que tanto queríamos, hubiera conquistado su corazón.
Ella asintió, comprendiendo.
—Pero ante todo, tú felicidad y bienestar es mí prioridad. Lo fue cuando eras mi estudiante, lo es ahora cuando eres una mujer. Mereces ser feliz, de verdad. Tú y tú pequeña. Sin importar lo que los demás digan o sientan, a la final, sí te quieren lo comprenderán.
—Gracias —dijo, secándose las lágrimas.
—Eso sí —le advirtió la mujer —. Sí Ōtsutsuki, o cualquiera, llegara a lastimarte… bueno, solo diré que le dedicaré mi peor genjutsu.
A pesar de la broma, Hinata bajo la mirada con tristeza.
—No creo que sea necesario —dijo, tragándose el nudo de su garganta —Toneri se ha ido.
Kurenai solo atino a envolverla con sus brazos, así como una madre haría con su hija.
—Llora todo lo que tengas que llorar, Hinata —le susurró al oído —. Llora por estos siete años de ausencia, por las palabras de Hanabi o las palabras de Naruto. Sí, Kiba me contó —agregó, antes que la mujer le interrumpiera —. Llora por Ōtsutsuki, por la Luna. Llora por tú esposo y el hombre que descubriste en él. Llora por las batallas que vendrán, las palabras punzantes y por el destino incierto. Llora por ti y por Himeko. Llora. Pero cuando te quedes sin lágrimas, prométeme que no lo harás más —dijo, acariciando su largo cabello y sonriéndole, aunque Hinata no podía verla —. Himeko te necesita fuerte y entera.
Y Hinata lloró.
Lloró por la desconfianza que reinaba entre sus amigos, por las palabras de Hanabi y el corazón roto de Naruto. Lloró por el orgullo que le generaba ser parte del Clan Ōtsutsuki, y a la vez por la vergüenza que pesaba en la sangre de su familia política. Lloró por Toneri, su amor nunca declarado y los besos que jamás volverían a compartir. Lloró por su pequeña de cinco años, quién anhelaba a su padre y apenas comenzaba a descubrir ese mundo tan diferente a su verdadero hogar. Lloró por ella, por su corazón roto y por ese amor infantil, que aún le dolía.
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Kiba observó orgulloso, como Mirai tomaba impulso y corría hacia uno tantos árboles que le rodeaban, trotando por la corteza un par de metros antes caer ágilmente sobre la hojarasca. La niña era realmente talentosa, aunque mucho de ello se lo debía al cuidado e interés que tanto los ex integrantes del Equipo 10 así como Shino y él había tomado en su educación ninja, así como en todos los aspectos de su vida, intentando acompañar a Kurenai-sensei en su crianza.
— ¡Ah! —exclamó una sorprendida Himeko, cuando Mirai dio una voltereta en el aire aterrizando perfectamente a un par de metros del árbol — ¡Increíble!
Aunque parecía imposible, la sonrisa de Kiba se ensanchó mucho más. Himeko se encontraba sentada sobre Akamaru, sujetándose de su lomo y siguiendo con sus grandes ojos azules cada paso que daba Mirai, quien a su vez portaba una sonrisa presuntuosa, sabiéndose el centro de atención.
— ¿Alguna vez lo has intentado? —preguntó, provocando que la niña clavara sus ojos tan inusuales en él.
—No, aunque he visto muchas veces a otōsan hacerlo —dijo, sonriendo—. Él dijo que me enseñaría cuando estuviera un poco más grande.
Él asintió, no queriendo indagar mucho sobre aquel hombre.
— ¿Y tú madre qué piensa de eso? —inquirió, recordando a la tímida e insegura Hinata de su infancia, la pequeña niña que no creía en la violencia.
—Okāsan me dijo que era parte de mí legado, aunque no sé qué es eso —dijo encogiéndose de hombros —Pero a ella le gustan mis lucinagas de chakra.
— ¿Lucinagas? —preguntó, a lo que niña asintió.
— ¡Sí! ¡Mira!
La niña juntó sus manos ante la atenta mirada de Kiba, frunciendo el ceño en un gesto de concentración mientras que en sus ojos florecía el diseño tan peculiar del Tenseigan. Por un instante, el hombre fue capaz de sentir el potente chakra que emanaba desde sus manos, una luz intensa que por un segundo lo deslumbró y llamó la atención de Mirai, quién detuvo su entrenamiento para ver. Tras ese instante, la niña sonrió alegremente, abriendo las manos y dejando escapar una mota de luz. Kiba estrechó los ojos antes de darse cuenta que era lo que apreciaba.
— ¡Una luciérnaga! —exclamó, asombrado.
— ¡Si! —Chilló la niña — También puedo hacer marposas y li-libélulas.
— ¡Increíble! ¿Y son de chakra? —dijo, apreciando el pequeño insecto que comenzaba a desaparecer.
—Sí, eso creo, eso dijo otōsan —explicó la niña —. A okāsan le gusta, siempre que las hago sonríe. Dice que le recuerdan a su casa, a sus amigos.
—A Shino le encantaría ver algo así —comentó Kiba, comprendiendo a lo que se refería Hinata.
— ¿Puedes hacer más? —preguntó Mirai, quién se había acercado hasta ellos.
— ¡Si! Es divertido.
Ninguno de los tres se dio cuenta del hombre que sonreía escondido en entre el follaje de los árboles, el mismo que dejó entrever una sonrisa ladina y que desapareció en un parpadeo. Había encontrado a la niña. Ya entendía por qué su superior se encaprichó con esos ojos, eran fantásticos.
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Naruto no había podido concentrarse aquel día, aun rememorando una y otra vez la conversación con Hinata del día anterior. Le dolía el pecho, ahí donde se encontraba su corazón. En toda la noche no pegó un ojo, como sí el sueño se resistieran a alcanzarlo. En cambio, su mente lo torturó una y otra vez, recordándole todas aquellas veces en las que Hinata había tratado de alcanzarlo en su juventud y él nunca la vio. Hasta que fue muy tarde.
Antes de su llegada, unos meses atrás, pensó que ya la había superado. Ya no veía su sombra en los ojos de cada mujer que se le acercaba, ni anhelaba sus sonrojos ni su presencia constante. Hasta había dejado de mirar a la Luna, evitando así que la rabia y el dolor florecieran en su pecho. Pero ahora que la tenia de vuelta, que no solo conocía por encima los detalles de su vida en el satélite, sino que también sabía de sus sentimientos y de esa niña que era un testimonio físico de entre ellos nada podía ser igual, todos esos sentimientos que creyó superados, volvían, como una avalancha que hacía tambalear su entereza.
Pero sabía que también era su culpa. Él nunca la vio. No hasta esa misión, cuando sin saberlo el tiempo se le había agotado. Y que sí en sus manos hubiera estado proteger a la Tierra, sin la necesidad de poner en peligros a sus amigos, él no hubiera dudado. Él habría actuado igual que Hinata, tomando la misma decisión que ella hizo. Sacrificando su vida, sus sueños y su corazón para asegurarse que su mundo estuviera a salvo. De que su hogar lo estuviera.
Lo que le costaba entender era el por qué Hinata se había enamorado de aquel hombre. Para él, Ōtsutsuki Toneri era el enemigo y aunque había cumplido con su palabra de no volver a atacar a la Tierra, era una amenaza constante para su hogar. Y él no podía perdonarle tan fácil, no después del dolor que había causado.
— ¿Pensando en cosas que no deberías? —inquirió Shikamaru, revisando unos documentos.
—Ayer hable con Hinata-chan —explicó, no queriendo ahondar en el tema.
—Tsk, problemático.
—Creo que le dije cosas hirientes —confesó, hundiendo su cabeza entre sus brazos cruzados sobre el escritorio —. Nunca la había visto llorar así.
— ¿Y qué hiciste? —inquirió el Nara, cerrando el folio, entendiendo que por más que lo obligara, Naruto no se podría concentrar en el trabajo.
—Nada —dijo, hundiéndose más sí era posible —. La deje ahí, llorando… Con Kiba.
Shikamaru se froto los ojos, antes de tomar asiento frente a Naruto y encender un cigarrillo. Delgados hilos de humo comenzaron a ascender y el olor a nicotina inundó la oficina.
— ¿La amas? —preguntó de golpe, directo al grano.
Naruto se enderezó al instante, abriendo los ojos desmesuradamente y quedándose sin palabras. ¿La amaba? Sí, lo hacía. Al día anterior intentó convencerla de que había dejado de amarla, quizá en un intento de herirla y demostrarle lo que perdió cuando tomó la decisión de quedarse con Toneri. Pero, ella no fue la que perdió. Fue él quien la perdió, él que no supo aprovechar todos esos años de amor incondicional que Hinata le brindó. Él, quién siempre buscó el amor de Sakura, la amistad de Sasuke o la aceptación de Kakashi, sin darse cuenta de que Hinata siempre estuvo ahí dispuesta a brindarle todo lo que él necesitaba. Y aún la amaba, con culpa y rabia, de una forma posesiva y egoísta, pero la amaba.
—Lo hago —respondió, cerrando los ojos y apoyando la espalda en el respaldar de su silla —. Pensé que la había olvidado, que ya no me importaba, pero cuando la vi de nuevo, cuando se aferró a mí para llorar, desde ese instante supe que no la había dejado de amar.
Ambos hombres permanecieron en silencio, Shikamaru analizando la situación y Naruto profundizando en sus sentimientos.
—Las mujeres son problemáticas —se quejó Shikamaru, aplastando los restos de su cigarrillo contra la suela de su zapato.
— Que no te oiga, Temari-san —dijo el rubio, sonriendo tristemente.
El Nara se encogió de hombros.
—No soy bueno para estas cosas —afirmó el pelinegro —. En su mayoría, no entiendo a las mujeres, mucho menos a Hinata-san, cuya personalidad está a millas de kilómetros de la escandalosa de Ino o de la malhumorada de Temari—dijo, analizando con ojo crítico varias de las carpetas que descansaban en el escritorio del Hokage —. Así que probablemente no sea la mejor persona para aconsejarte, pero creo que Hinata-san tomo la mejor decisión en su momento y sacrificó más de lo que nosotros podemos llegar a entender —eligió tres carpetas del montón y suspiro.
—Lo sé —admitió el rubio, entre dientes.
—Y creo que ella debe sentirse mal, no solo por todas las medidas que hemos tomado con respecto su caso, sino por la reacción que su regreso ha generado en el consejo de la aldea y en su familia. Sin mencionar, que es una mujer que acaba de perder a su esposo y que tiene una hija que cuidar.
—Pero…
—No importa lo que nosotros pensemos. Sí Hinata-san se enamoró, es porque vio la luz en la oscuridad —explicó, incorporándose con las carpetas —. Recuerda, que ella fue la primera en verte realmente —concluyó —. Bien, yo me llevó esto para adelantar trabajo, ve a hablar con Hinata-san.
— ¿Ah…? —jadeó, sorprendido.
—Mientras estés en ese estado no vas a poder concentrarte y tenemos mucho trabajo —dijo, como si fuera obvio —. Es problemático, pero yo me encargaré de adelantar esto. Mientras tanto, aclara tus sentimientos con respecto a ella.
Y sin agregar nada más, Shikamaru se dio la vuelta y salió de la oficina murmurando algo que sonó a "Hokage problemático".
Naruto observó la ciudad desde su oficina, se quitó la capa del Hokage y tomo su bufanda roja. Shikamaru tenía razón, tenía que ir a hablar con Hinata.
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La encontró sentada en el mismo sitio en que la había dejado la última vez, pero acompañada por su hija, Kiba y Akamaru. Al sentirlo, aunque estaba seguro que lo habían detectado desde que entro a los terrenos de los Inuzuka, el ninja como su perro le dedicaron un par de miradas fieras y amenazantes. Por un instante, vacilo, dudando de continuar, pero fue la mirada que Hinata le ofreció lo que lo obligó a cubrir la distancia que los separaba.
— ¡Yo! —saludo, alzando una mano.
— ¿Qué haces aquí, Hokage-baka? —inquirió Kiba, acompañado por un ladrido de Akamaru.
—Vine a disculparme por lo de ayer—dijo, clavando su mirada en Hinata —. Y sí me lo permites, me gustaría hablar contigo, Hinata-chan.
— ¡Hinata no tiene nada que hablar contigo, baka! —exclamó Kiba, frunciendo el ceño y mostrando los dientes.
— ¡Kiba-kun! —Chilló la aludida, tomando la mano del castaño — Por favor.
—Pero Hinata…—susurró el Inuzuka, desviando la mirada a su compañera.
—Me gustaría oír lo que Naruto-kun tenga que decir —dijo, presionando levemente la mano que aún sostenía.
Naruto observó el intercambio atentamente, sintiendo un nudo en su garganta al apreciar la confianza y proximidad que parecían compartir Kiba y Hinata, pero pronto desecho esa idea. Él conocía de los sentimientos de Kiba, en ese instante, era capaz de apreciar la adoración que este le profesaba a la mujer; la misma, que le obligó a bajar la cabeza y asentir a su petición. Sin embargo, se obligó a apartar la vista y controlar los celos que se extendían por su organismo como sí se tratase de veneno.
—Está bien —aceptó, liberándose del agarre de Hinata —. Iré a donde Hana, de todas maneras tengo que ir a revisar a los nuevos cachorros. Pero cualquier cosa, no dudes en llamarme, Hinata. Te escucharé.
—Arigatô, Kiba-kun.
Sin nada más que agregar, el castaño se incorporó y empezó a caminar alejándose de la casa. Al pasar al lado de Naruto, el rubio fue consiente del instinto asesino del otro hombre. La amenaza de Akamaru fue más explícita, ya que el can le mostró sus colmillos antes de irse trotando detrás de su dueño.
El aludido suspiro, agotado.
—Konnichiwa —saludo la niña cuando estuvo a menos de dos pasos de distancia. Ella se encontraba sentada junto a Hinata, apoyada de su costado.
—Konnichiwa, Himeko-chan —respondió Naruto.
—Himeko-chan, él es Naruto-kun —dijo Hinata, rehuyéndole la mirada del rubio.
— ¡Yo te he visto! —soltó la niña ignorante de la tensión entre ambos adultos — Aquella noche en el hospital…
Hinata lo encaró, regalándole una mirada interrogante. Él solo se sonrojo.
—Sí —aceptó en un murmullo —. En esa ocasión, solo quería saber cómo se encontraba tú mamá.
Himeko asintió, como sí hubiera resuelto un gran misterio.
—Pensé que eras otōsan.
Naruto trago con fuerza ante la sorpresiva respuesta, fijándose en el rostro de Hinata que había perdido el escaso color de sus mejillas.
—Himeko —le llamó Hinata, captando la atención de la niña —, Naruto-kun y yo debemos hablar. Sí quieres puede jugar por aquí, sin alejarte de mí vista.
En el rostro de la niña floreció una sonrisa que hizo que sus ojos relampaguearan, revelando su iris de un diseño extraño. Himeko asintió, poniéndose de pie y saltando al jardín. Naruto observó con la boca ligeramente abierta, como las manos de la niña se imbuían en chakra celeste, brillando ligeramente y en el momento en que las junto, una forma hecha de chakra surgió de sus dedos, volando como una mariposa.
—Eso es…
—El Tenseigan —afirmó Hinata, interrumpiéndolo —. Desde los tres años, Himeko ha sido capaz de manipular su flujo de chakra, hasta moldearlo. Y tiene una afinidad natural al elemento Yin-Yang.
—Eso es increíble —admitió Naruto, sin apartar la mirada de la niña.
—Toneri-sama decía, que con entrenamiento, Himeko podría ser capaz de controlar el Modo Chakra y más de un elemento.
Naruto ladeo su rostro hacia ella, pero Hinata no vario su postura. Su atención estaba enfocada en la pequeña niña que había comenzado a perseguir los insectos de luz, intentando atraparlos en su errático vuelo. En sus ojos perlas, solo se reflejaba un fuerte orgullo maternal y todo el amor que le tenía. Naruto trago en seco. Porque de alguna manera, nunca la había visto con el semblante tan calmo y entero; o quizá sí, tal vez lo hizo cuando le dedico un te amo en su batalla con Pain.
—Eso es sorprendente —dijo, sintiéndose incomodo —. Hinata, yo…
—No tienes nada por qué disculparte, Naruto-kun —afirmó la mujer, sin que su voz temblara.
—Claro que sí —dijo, y sus dedos alcanzaron la bufanda que llevaba alrededor del cuello —. He sido muy duro contigo Hinata-chan.
Ella sonrió, aunque aquel gesto se le antojó una mueca más bien triste.
—Para mí, Naruto-kun es una de las personas más importantes de mi vida —explicó, cerrando los ojos —. No podría, ni queriendo, resentirlo de alguna manera. Por eso, no tiene nada por qué disculparse. Menos, cuando estoy segura, que yo también lo lastime con mis decisiones y mi ausencia.
Naruto se mantuvo en silencio, sin querer agregar nada más. No quería darle la razón, al contrario, deseaba disculparse y que ella lo perdonara, borrar sus lágrimas y comenzar de nuevo sea lo que sea que tuvieran. Pero, la verdad, era que hasta en esa situación Hinata demostraba ser superior a él, perdonándole solo por ser él y achacándose su conducta, responsabilizando a sus decisiones y acciones pasadas.
— No es justo —murmuró —. No lo es, al menos para ti.
» ¿Siempre debes cargar con todo? —preguntó, exteriorizando un pensamiento que le venía acosando desde la noche anterior.
La pregunta la sorprendió, parpadeó un par de veces antes de dirigir su mirada hacia el rubio.
— ¿Cómo?
—El dolor de Neji, la vergüenza de tú familia, la seguridad de Hanabi, tú amor…. —enumeró, desviando la mirada hacia una mariposa de luz que volaba justo enfrente de ellos —. Tú, mejor que nadie entendías el dolor de Neji, pero en vez de hablarlo o buscar ayuda, recibiste cada uno de sus golpes. Igual, nunca comentaste lo que tú familia les había obligado a hacer a Hanabi y a ti, en cambio preferiste cargar con la vergüenza para que no lastimaran a tú hermana menor. Y tú amor… —explicó, apretando sus puños sobre sus muslos— Recuerdo cómo luchaste aquel día contra Pain o en la Cuarta Guerra, como pretendiste sacrificarte por mí. Lo recuerdo. Pero a pesar de estar dispuesta a dar tú vida por mí, nunca pediste nada más.
» Cuando estuvimos en la Luna, decidiste sacrificar tú vida por salvar a la Tierra. Sin importarte lo que podrías perder.
Hinata boqueó, apretando con sus dedos la tela de su kimono.
—Siempre das más de ti, más de lo que se te pide —continuó —. Prefieres cargar con todo el peso del mundo tú sola.
—Naruto-kun…
—Sí, sufrí —afirmó el rubio, sin dejarse interrumpir —. En aquel viaje, me di cuenta de que te amaba desde hace tiempo, solo que hasta esa misión no entendí del todo mis sentimientos por ti. Y me sentí… Bueno, no recuerdo muy bien cómo me sentí —dijo, pasándose la mano por el cabello —. Estaba molesto, dolido, y me sentía traicionado. Shikamaru me decía que dejarte era lo correcto, Sakura entendía pero no se atrevía a decir nada y Sai… bueno, Sai nunca ha sido muy bueno con los sentimientos. Me sentía como la primera vez que luche con Sasuke en el Valle del Fin, cuando él se marchó con Orochimaru.
»Y quería buscarte, como lo hice con Sasuke. Pero en cambio, no hice nada. No sé por qué actué así, quizá Shikamaru me hizo entrar en razón. No sé, ahora no lo sé. Y cuando todo paso, intenté ser feliz.
Hinata asintió, comprendiendo. Mordisqueó sus labios, obligándose a no llorar más. Le había prometido a Kurenai-sensei y a su hija, que no volvería a hacerlo.
—Y es muy egoísta de mí parte, no entender que tú también hubieras buscado la manera de ser feliz.
—Yo…
—No tienes que excusarte, todos buscamos nuestra felicidad —admitió Naruto, encogiéndose de hombros y jugando con su bufanda de un rojo desteñido por el tiempo—. Solo que quizá pensé que siempre me amarías.
Hinata se llevó ambas manos a sus labios, tratando de reprimir el sollozo que comenzaba a formársele en la garganta.
— ¿Sabes? —Continuó el rubio — te mentí, cuando dije que te amaba —explicó, clavando sus ojos azules en los pálidos iris de Hinata —. Porque la verdad, es que podría ser, que aún, a pesar de todo este tiempo y de que en verdad intente olvidarte, aún te amo, dattebayo.
—Naruto-kun —susurró, llevándose las manos al pecho.
— ¿Sabes? Al hablar contigo odio aún más a Ōtsutsuki —prosiguió, ignorando las manos temblorosas de la mujer y las lágrimas que bailaban en la comisuras de sus ojos — Porque no solo te apartó de mi lado hace siete años, sino que se robó tú amor —sus ojos se posaron en Himeko, que en ese instante abría sus manos liberado otra luciérnaga de chakra con una sonrisa en el rostro —. Y ambos crearon su propia luz.
A pesar de todo, Hinata no pudo evitar la efímera sonrisa que cruzo su rostro como una estrella fugaz cuando sus ojos se desviaron a su hija. Su luz.
—Nunca deje de amar a Naruto-kun. Nunca —confesó Hinata, rompiendo el silencio que se había formado entre ambos —. Pero de alguna manera, me enamoré de Toneri-sama…
Él asintió. Qué más podía decir ante un rechazo tan obvio. Pero él no era de los hombres que se rendía, nunca lo había hecho en el pasado y no comenzaría de nuevo.
— ¿Tejerías para mí, Hinata-chan? —Inquirió, jugueteando con el gastado tejido de su bufanda — Creo que necesito una bufanda nueva.
Hinata parpadeó confusa por el rumbo que había tomado la conversación. Extendiendo su mano derecha hacia la prenda apenas rozo la textura del tejido, antes de que la mano de Naruto atrapara la suya.
—No me rendiré —dijo, sonriéndole de forma zorruna —. Ese es mi camino ninja.
Sin agregar nada más, se incorporó lentamente, soltando la mano de Hinata tras regalarle una caricia que hizo que las mejillas de la mujer se tiñeran de rojo.
—Di mi palabra que te protegería, tanto a ti como a Himeko-chan —explicó —. Pero sí tengo una oportunidad, aunque sea una pequeña, de ganarme tú corazón nuevamente lo intentare ¡Dattebayo!
Y sin más, se alejó de ella hasta alcanzar a Himeko. Se fue, dejándola con la boca ligeramente abierta y el corazón galopante en su pecho.
—Hey, Himeko-chan —dijo, provocando que la niña le dirigiera una mirada con sus iris como flores — Prometo que encontraré a tú papá, pero hasta entonces yo cuidaré de tú mamá y de ti.
La niña sonrió.
— ¡Arigatô!
—Mientras tanto, será un placer conocerte —dijo, posando su mano sobre su cabeza — ¿Te gustaría que fueramos amigos?
— ¡Si, Naruto-kun!
Él no se rendiría.
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Una sombra sonrió, llegar hasta el Tenseigan no sería tan fácil como se lo había imaginado.
Nota: Wow. No saben lo que me costó escribir este capitulo. Creo que anteriormente, ya les había comentado sobre mi indecisión contra la identidad del enemigo. Originalmente, pensé que podrían ser alienigenas, luego desistí porque no me quería meter de a mucho con el Clan Ōtsutsuki del espacio, volví a retomar la idea cuando pensaba en qué shinobis podrían ser los malos, y así estuve hasta que por fin decidí comerme el mundo, e inventarme a los malos malisimos para este fic. Oh, sí. Pero ya decidido, tenía que presentarlos sin que se notaran las incongruencias que está situación ha generado en la historia. En fin, fue un infierno y llegó el temido bloqueo.
Pero superado el problema, retome la historia.
Por otro lado, por fin Hinata drenó todas esas emociones negativas, y no podía ser otra que Kurenai quién la ayudara. Y Naruto, oh mi Naruto, después de tantas meteduras de patas, por fin se da cuenta de sus sentimientos y de la oportunidad que se le presenta. Espero que no fuera muy acelerado, pero debía serlo, pues pronto empezará la acción y nos quedará poco espacio para el romance.
Entre otras cosas, en un principió, había esquematizado diez capítulos, pero creo que me alargaré uno o dos más. Por cierto, he publicado un spin-off (más que un spin-off, es una pre-cuela), donde en pequeñas viñetas iré relatando cómo fue que Hinata y Toneri se enamoraron. Sí están interesados, la historia se llama: Tú, yo y esta Luna. También, he publicado una historia sobre que hubiera pasado sí Ino hubiera formado parte del equipo 7, llamada: Cruento.
Sin más que decir, me despido.
¡Abrazos!
