Disclaimer: Los personajes pertenecientes a la Saga Crepusculo pertenecer a su autora, SM. Los demás personajes y la trama son de mi propia autoría.
Capítulo 6
RIMA XLI
Tú eras el huracán y yo la alta
torre que desafía su poder:
¡tenías que estrellarte o que abatirme!
¡No pudo ser!
Tú eras el océano y yo la enhiesta
roca que firme aguarda su vaivén:
¡tenías que romperte o que arrancarme! ...
¡No pudo ser!
Hermosa tú, yo altivo; acostumbrados
uno a arrollar, el otro a no ceder:
la senda estrecha, inevitable el choque ...
¡No pudo ser!
-Gustavo Adolfo BÉCQUER-
Los pasos resonaban fuerte e implacables en los oídos de Bella, aumentando rápidamente, igualado al de un avión cuando despega. La respiración de la joven era acelerada, imitando el ritmo frenético de su corazón. Sus párpados apretados causando que puntitos blancos se presentaran ante sus dilatadas pupilas. Sus dedos temblorosos apoyaban todo el peso, mientras la sangre fluía orgullosa de su escondite.
El aire cambió, era más denso y más cargado. Un perfume oscuro llenó la estancia, invadiendo de igual manera las fosas nasales de la morena. Aquello la mareaba ligeramente, impidiendo que sus neuronas funcionaran correctamente. ¿Quién era el otro hombre con el que venía acompañada Alice? No había tenido la oportunidad de fijarse y establecer alguna relación con la poca gente que conocían de aquella época.
Sintió que algo era colocado frente a ella y, levantando débilmente la cabeza y observando por entre sus pestañas que se trataba de una perfecta caja que seguramente acogiera el escandaloso sombrero que había decidido regalarse, su mandíbula se apretó hasta que unas pequeñas y molestas punzadas hicieron acto de presencia. Su mirada se chocó contra la fría y profesional del vendedor. Éste la observaba con un ligero deje de preocupación. Volviendo a agachar la cabeza realizó que ya no había tiempo de huida, nunca lo hubo, y parecía que nunca lo habría.
La melodiosa y cantarina voz de Alice llenó el ambiente, embrujándolo momentáneamente. Aquella pequeña bruja podía ser encantadora cuando se lo proponía, y los miembros presentes podían dar fe de ello. Sin embargo, los oídos de Bella no prestaban atención, concentrados única y exclusivamente en la manera mediante la cual podía escapar sin ser reconocida, algo que al parecer parecía imposible. Sintió el aire moverse a su lado derecho, Rose se había interpuesto entre ella y los nuevos clientes de la tienda.
Una extraña sensación se instaló en la boca del estómago de Bella, una intermedia entre la enfermedad y el cosquilleo ante un nerviosismo que no llegaba a entender. ¿Sería acaso provocado por la posibilidad de que la descubrieran? ¿Alguna especie de adrenalina que hacía que su cuerpo se volviera adicto a aquel oscuro olor? Oscuro, elegante y… sobre todo, peligroso.
Oía que pronunciaban su nombre, era hora de que enfrentara a su contrincante. Sus ávidos y rojos ojos rebuscaron entre las cosas que sobre la mesa se encontraban dispuestas. Hasta que la encontró. Dirigió con lentitud su mano hacia el lugar, agarrando con dedos temblorosos el comienzo de una exquisita y magnífica máscara.
La voz de Alice continuaba en funcionamiento, irritando momentáneamente los oídos de Bella. No obstante, el dolor cegaba sus sentidos, y el orgullo también. Debía plantarle cara a aquel hombre. Había aguantado que su amiga hubiera tenido la descabellada idea de tener que seducir a aquel muro de piedra, ¡que incluso le hubiera robado su delicioso ligue!, pero lo que sus fuerzas no eran capaces de hacer, era volver a entablar algún tipo de guerra con aquel hombre.
Su energía estaba agotada, sus músculos agarrotados y adoloridos, y su corazón cansado. Era una guerrera, la más violenta y apasionada de todas, pero necesitaba descansar, necesitaba tomarse un respiro, que su mente restableciera todas sus funciones. Pero, ¿cómo se suponía que debía hacerlo si Alice se empeñaba en ponerla delante del lobo feroz? Bella había deseado salir de la habitación a tomar un poco el aire, pasear y que la naturaleza hiciera lo propio, sin embargo, su pequeña excursión había resultado un fracaso total.
Y allí se encontraba ella, reuniendo el escaso diez por ciento de sus fuerzas mientras estiraba sus dedos y agarraba el palo de su escudo, con la vibrante y alta voz de Alice resonando en su cabeza: ¿Isabella?, Isabella quiero presentarte a…, creo que ya has tenido el gusto de… ¿Conocía ella acaso a aquellas personas? Definitivamente al ogro sí, pero ¿al otro hombre?
Y una voz, una profunda y espeluznante voz, llenó el ambiente, produciendo que escalofríos de terror recorrieran su columna vertebral, instalándose en cada fibra de su maltratado cuerpo.
- Señorita –se trataba de un saludo formal y serio, inundado de un deje completamente gélido.
Con la mano que todavía apoyaba en la mesa, echó su cuerpo hacia atrás, trasladando por inercia la máscara consigo. Tomó un par de profundas respiraciones y se la llevó a la cara, dando la vuelta graciosamente, mientras mantenía la cabeza altivamente alzada. Sus párpados pesaban, demasiado. Todo su cuerpo le pedía piedad, sin embargo todo sufrimiento fue recompensado al mirar fijamente los ojos de aquel cruel hombre, el ogro. Sus verdes ojos la observaban impasibles, adoptando las demás facciones de su expresión la misma actitud, pero fue la comisura de sus labios la que hizo que todo el esfuerzo valiese la pena. Aquella varonil zona se encontraba fruncida, haciendo juego con su desordenado y desobediente cabello del color del bronce. A los labios de la morena asomó una sonrisa de satisfacción, y antes de que se diera cuenta, una graciosa risa salía de su garganta, junto con palabras que escuchaba vagamente.
- Milord –sus piernas se movieron en una ligera y escandalosamente altanera reverencia. Cuando sus ojos volvieron a conectarse con los del duque, Bella sintió que su cabeza iba a estallar. Sin embargo, no bajó su barbilla ni un milímetro –. ¿Qué opina sobre la máscara?
El duque mantuvo la misma expresión de hacía unos segundos. La morena ni siquiera había girado la mirada para saludar al otro hombre que se encontraba presente, pero suponía que con su escueto "Milord" él también se hubiera dado por aludido.
Bella movió los dedos de su mano libre para recuperar la movilidad que recientemente había descubierto que perdía, y como suponía, no sirvió para nada. La sonrisa comenzaba a temblar para cuando vio que el duque se dignaba a abrir la boca para articular palabra.
Pero no tuvo oportunidad de oír lo que sus carnosos labios pronunciaban. El entumecimiento se extendía por su cuerpo, empezando por las extremidades y continuando hacia la zona central de su pecho. Su respiración continuaba manteniendo el mismo ritmo, y el sudor se había extendido hasta sus sienes, sintiendo como alguna gota se resbalaba por su mejilla. El esfuerzo comenzaba a ser titánico. Y la pesadez de sus párpados también. No obstante, la mirada de Bella seguía clavada en aquel ser oscuro. Una nube empezó a impedir su visibilidad, cerrándose alrededor de las angulosas facciones del duque. Su pierna sana dio un paso adelante, intentando buscar el equilibrio que amenazaba con desaparecer. Y ya no pudo más, el adormecimiento llegó a su cerebro y su cuerpo cayó inerte al suelo, con un suspiro de alivio que llenó la silenciosa estancia.
Y toda aquella quietud acabó cuando estalló un caos de gritos ahogados y de alocados fus fufuses de faldas. La preciosa máscara de fondo rosa y enrevesados lazos que habían cubierto parcialmente el rostro de Bella se deslizó de la cara de ésta, dejando ver una piel pálida y enfermiza, dando un ensordecedor golpe al caer al suelo.
El duque se agachó velozmente y recibió en sus brazos el frágil cuerpo de aquella muchacha. Desde que había entrado a la sombrerería algo le decía que la conocía, pero ¿cómo podría ser aquello posible? Ciertamente estaba profundamente equivocado. Había observado la tensión en la espalda de ella durante todo el tiempo que habían estado allí. Cabía destacar la falta de cortesía de la muchacha al ignorarlos tan rotundamente como había hecho. Por supuesto, en un final pareció que comprendió la información que le decía aquella extraña muchacha igualable a un duende, ya que se enfrentó a ellos. Y cuando pensó que por lo menos le quedaba algo de sentido común en la cabeza, hizo aquella osada reverencia, dirigida única y exclusivamente a él. ¿Ella lo conocía? La ridiculez de taparse la cara con aquel antifaz no hizo más que aumentar la irritación del duque. Y mientras intentaba averiguar alguna de las facciones de la muchacha, le ocurrió aquello.
Al principio pensó en la posibilidad de que estuviera montando alguna escena típica de todas las mujeres, sin embargo, al observar su tez, notó que algo de verdad le pasaba. La levantó en sus brazos del suelo y la llevó fuera de la sombrerería, al lugar donde se encontraba su montura. Escuchaba ruidos detrás de él, voces alarmadas que clamaban por un médico, y otras que intentaban poner calma. Edward paseó la mirada por el cuerpo de la muchacha y se horrorizó al ver la gran mancha roja que cubría sus faldas. Y algo en su pecho lo alertó, ¿de qué?
- ¡Grosvenor! [1] –gritó Hervey, acercándose al duque.
El aludido giró la cabeza hacia atrás y vio que detrás de su amigo venían las otras tres mujeres. Tenía que llevar a la que tenía en brazos a Sir Cullen antes de que le pasara algo. Odiaba a las de su género, era cierto, pero aún conservaba el honor de un caballero. Además, no podía permitirse el lujo de ganarse una mala reputación si quería tener la más mínima oportunidad de casar a sus hermanas.
- ¿Qué? –gruñó mientras agarraba las riendas de Firewall, su montura alternativa.
- Sir Cullen no está en Londres –la cabeza de Edward se dirigió como una daga hacia Jasper, la incredulidad llenándole.
Sin embargo no tuvo tiempo de reaccionar, ya que dos de las mujeres ya lo habían alcanzado, y quitado a la muchacha de sus brazos. Observó que un carruaje de pago las esperaba y un hormigueo picó por la ausencia. Una fuerza quería llevar su cuerpo y detener su marcha, no obstante no encontraba explicación racional a aquel ridículo deseo. No se encontraba entre sus obligaciones ayudar a cada moribunda mujer que se presentara ante él. Sus ojos seguían clavados en los cuerpos de las otras dos damas, las cuales miraban hacia todos lados con precaución, sobre todo hacia ellos. ¿Qué escondían? Definitivamente algo, los movimientos cautelosos y demasiado ágiles para cualquier mujer normal las delataban.
Sus voces estaban agitadas, murmurando palabras que no llegaba a oír desde aquella distancia. Sin embargo, aquella fuerza que le había alertado sobre ellas, le hizo andar hacia el carruaje, sin prisa, escudriñando cada centímetro de lo que veía. Sus sentidos se agudizaron cuando la puerta del carruaje se cerró. Sus ojos se estrecharon, intentando ver lo que dentro ocurría. La rubia zarandeaba a la que le habían presentado como Isabella, pero no obtenía respuesta alguna.
Edward oyó el silbido del conductor y el carruaje comenzó su marcha. A medida que se alejaba de él, las voces de su interior aumentaban. Hasta que un grito llegó a sus oídos, aquello que le faltaba a su rompecabezas para descubrir de dónde la conocía, una simple palabra. Un nombre. Bella.
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Rosalie estaba desesperada. Bella no se despertaba. Había incluso intentado que recuperara la conciencia mediante una cachetada, pero nada había funcionado. Seguía inerte en aquella banqueta sucia y mugrienta. Alice no se encontraba mejor que ella. Había intentado buscar en su bolso el móvil, para gritar después maldiciones hacia el momento en el que habían decidido viajar al pasado.
¿Y lo peor de todo? El camino era interminable, y las faldas del vestido de Bella habían pasado a mejor vida.
La rubia, gritó el nombre de la morena en vano, ya que no reaccionó. Por tanto, cogió su propia falda y la rompió, presionando sobre la herida de su amiga, intentando por todos los medios que no se desangrara.
- Alice –susurró, sintiendo como sus ojos se llenaban de lágrimas –. Rompe más tela de mi falda y hazle un… -un nudo se instaló en su garganta, evitando que pronunciara las palabras que harían que sus recuerdos la volvieran a golpear. Pero Bella la necesitaba, no podía abandonarla por simples… recuerdos –… torniquete.
- ¿¡Qué!? –la angustia llenaba la voz de la enana, mientras sus ojos viajaban desde la tela empapada hasta la cara demacrada de Rose.
La rubia bajó la cabeza y tragó el obstinado nudo que persistía. Imágenes de John llegaban a su cabeza, tirado en aquella camilla, con un tubo metido por la garganta. Para, se obligó.
- Se lo… se lo hiciste a... –un sollozo involuntario resonó en el pequeño carruaje –… John.
Y Alice no necesitó más iniciativa que aquello. Las lágrimas también se habían apoderado de ella, entorpeciendo su trabajo a medida que caían sobre sus manos. La enana hizo lo que Rose le había pedido, con cuidado de no entorpecerla.
Una vez apretó lo suficiente, miró por la ventana para asegurarse de que estaban llegando. Por suerte ya se encontraban a unos pocos metros de la entrada del hotel.
- Rose –dijo en voz baja –, ya hemos llegado. Tenemos que meterla dentro.
- Claro –respondió entrecortadamente la aludida, mientras se secaba la cara con el brazo.
El carruaje paró de manera abrupta y Alice salió de un salto cuando lo hizo. Ni siquiera le importó que en la entrada hubiera un grupo de personas que parecía haber llegado de un largo viaje. Pasó el brazo derecho de Bella por detrás de su cuello y agarró con fuerza su mano, imitando Rosalie sus actos.
Un ajetreado Charles se giró al oír los gritos ahogados de los viandantes, y casi le da una apoplejía cuando vio lo que sucedía. Era aquella mujer otra vez. Y esta vez parecía estar incluso peor.
- ¡Oh Dios míos! –susurró mientras apresuró sus pasos hacia ellas. Dirigió su mirada hacia uno de los hombres que se encargaban de llevar las maletas de los nuevos clientes, y le ordenó –: Mande a alguien a la casa de Sir Cullen, ¡rápido!
El hombre, horrorizado por la escena, asintió y salió corriendo de inmediato. Charles, se acercó y Rosalie dio un suspiro de alivio cuando lo vio.
- Charles, gracias a Dios –sus ojos continuaban en el mismo estado que antes –. Ayúdenos, se lo suplico.
Asintiendo dubitativo, levantó en sus brazos a Bella y apresuró el paso hasta la habitación de la morena.
En el vestíbulo se llenó de un intenso murmullo y miradas que juzgaban. La furia fue aflorando en el pecho de la rubia, ¿acaso no podían meterse sólo en sus asuntos? Maldijo a la sociedad de aquella época, maldijo a la ridícula diosa del agua, se maldijo a sí misma por haber obligado a Bella a andar, y maldijo a Alice por hacer las tonterías que hacía.
Abrieron la puerta de la habitación de Bella fuertemente, y la dejaron sobre el mullido colchón de la cama. Alice corrió hacia el baño a traer algo del agua que había quedado del baño matutino de la morena. Mojó un par de paños y los llevó a la cama. Rosalie se los quitó con manos temblorosas, limpiando la herida que había descubierto mientras ella no estaba.
De repente, Bella abrió los ojos y su espalda se arqueaba mientras un escalofriante grito salía de las profundidades de sus cuerdas vocales. Ardor, dolor, mareo, cansancio, olor a sangre, todo mezclado y enloqueciéndola a cada segundo que pasaba. Aquello no le podía estar pasando otra vez, quería un jodido chute, pero como si se estuviera burlando de ella, su subconsciente le recordó que lo más cercano a eso sería un poco de miserable opio.
¿Tanto daño le había hecho a sus enemigos como para que recibiera aquella horrible venganza? Que ella recordara había respetado la libertad de los demás siempre y cuando ellos le devolvieran el favor. ¿Estaría acaso la diosa del agua castigándola por robarle a aquel tipo? Sintiendo el paño adentrándose en su corte, apretó la mandíbula evitando así que un chillido volviera a salir disparado, maldiciendo al monstruo que fue capaz de atacarla de aquella manera. Reconocía que ella también se lo había buscado, pero ahora sospechaba que la sangre no paraba de emanar y que desangrarse era una de las varias posibilidades que adornaban el centro del abanico de su vida. Si no moría antes de una infección, claro.
A lo lejos, oyó la puerta abriéndose de un golpe. No quiso abrir los ojos, deseaba con todas sus fuerzas que aquello pasara rápido. Sabía lo que venía a continuación. El médico habría llegado, y junto con él la ridícula, maldita y muy útil aguja.
Algo mojado tocó su frente y oyó las débiles palabras de ánimo de su amiga Alice. Esta vez no iría a gritarle nada, esta vez estaba preparada para lo que viniese, para soportar todo aquel dolor sin elevar ni una sola octava su voz. Era una luchadora. Sí, señor, ella lo era.
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El andar del duque era felino, caminando despacio por el vestíbulo de la casa de su objetivo, Aimée Charbone, la única que podría ayudarlo en lo que pretendía. Sus ojos de dirigieron furtivos por toda la estancia, buscando a la exquisita mujer. Su enervante mayordomo apareció por una puerta lateral, seguido de la dueña. Edward continuó su caminar con una sonrisa macabra dibujada en sus labios, observando el pelo relucientemente rubio, y sus labios rosados. Su cuerpo curvilíneo y su piel de porcelana. Aquella mujer era peligrosa, muy peligrosa, y su marido lo sabía.
- Milord –saludó, levantando la mano para que él se la besara, al llegar a su lado –. ¿Qué le trae por aquí?
- Asuntos turbios, querida mía, tan oscuros como su corazón –respondió mirándola a los ojos intensamente mientras hacía una leve reverencia ante ella y elevaba su mano hacia su boca.
- Dudo que mi humilde y sórdido interior sea equiparable al suyo, Grosvenor –con un gesto de mano le indicó que pasara a la sala –. Cuénteme, por favor, ha aflorado la curiosidad en mí.
Edward se dirigió hacia la chimenea contigua a la puerta, y se apoyó mientras cogía el vaso de licor que Aimée le ofrecía.
- Tan observadora, chérie [2] –agradeció el duque, bebiéndoselo de un solo trago.
- Milord –respondió la rubia a la vez que hacía un pequeño movimiento de cabeza y se sentaba en un sillón –. ¡Tenga un poco de compasión y cuénteme el porqué de su precipitada llegada!
Edward se quedó mirando el objeto de su mano por un rato, sopesando la información que debía decir y cuál no.
- Sufrí un terrible acontecimiento –comenzó, removiendo el vacío vaso –, fui robado.
El jovial sonido de la risa de Aimée resonó por toda la habitación, haciendo que en los labios del duque se instalara una débil sonrisa.
- ¿El ladrón ha sufrido sus propios actos? –se jactó Aimée, adelantando su cuerpo mientras pronunciaba en voz baja –. Dígame por favor lo que se siente.
- Sabe perfectamente que en aquella ocasión era un joven desviado de mi camino, que osó disfrutar de una noche en la cama de la mujer más atractiva que había visto, y que pensó que podía tomar partido de aquellas reliquias que ella tan celosamente guardaba –los recuerdos pasaban por su cabeza con cierta melancolía. Aquellos tiempos resultaban ser tan extremadamente lejanos…
- ¿Pero me equivoco al decir que sus lúdicas actividades han ido a mayor? –preguntó con los ojos entrecerrados. Edward le dedicó una deslumbrante y amplia sonrisa.
- Herraría si no lo hiciera, amiga mía –el júbilo se desvaneció de las facciones del duque al recordar los motivos de su visita –. Pero no nos desviemos del asunto principal. Sospecho que los ladrones pertenezcan a la nobleza. Una… fuente me ha informado de que uno de ellos pertenece a la aristocracia francesa. Hoy he tenido la afortunada suerte de ser presentado a la dirigente del hurto, resultando ser conocida de mi hermana Tanya. Ésta la invitó a ella y a sus acompañantes, los cuales supongo serán sus cómplices, a su cumpleaños. Y espero que se infiltre entre ellos, se haga confidente de Isabella, y que la lleve hacia mí. Del resto tomaré yo el relevo.
Aimée lo miró con ojo calculador, sopesando las posibilidades de que lo que fuera que aquella pobre mujer se hubiera atrevido a robarle fuera de importancia, o por el contrario se tratara de sólo un capricho. Sin embargo, el brillo malvado y enloquecido de sus verdes ojos la alertó de que aquello podía ser completamente cierto. Debería tratarse de una suma majestuosa si acudía a ella para que le rescatara. No obstante, no veía el sentido de convertirse en su amiga, sólo el nombre revelaba mucho de lo que su valentía era capaz de hacer. Más todavía sus actos, enfrentándose a él cara a cara.
- ¿Cómo es ella? –preguntó, apoyando su espalda sobre el respaldo del cómodo sillón. Aquella cuestión pareció desestabilizar al duque –. Si me veo en la posición de ayudarle, por lo menos déme una descripción de aquella mujer. ¿Isabella dijo que se nombraba?
El fuego volvió a aparecer en sus ojos, esta vez con más fuerza.
- Se hace llamar Bella, aunque dudo que se lo confiese, más aún si la ve conmigo, y asistiendo a la fiesta que organizan mis hermanas –un carraspeo por parte de Aimée interrumpió las siguientes palabras del duque, sin embargo, cuando él calló, la rubia hizo un gesto para que prosiguiera –. El cabello es oscuro, no logré ver el color exacto, pero sí que era extremadamente largo –y suave, pensó. Meneó la cabeza y prosiguió con su descripción –. Sus ojos… son desconcertantes, llegando incluso a escalofriantes, de un color grisáceo claro, mezclado con el blanco más pálido que pueda imaginar –calló unos momentos pensando en su constitución. Aquella mujer era ciertamente mucho más delgada que Aimée, pero definitivamente atractiva. Sin embargo aquello no era relevante, por tanto lo pasó por alto –. Menuda, huesuda y, debido a un altercado, se encuentra herida.
Aimée lo observaba atentamente, calculando cada movimiento que su cuerpo hacía. La tal Isabella era extremadamente hermosa, aquello se podía traslucir del brillo oscuro y profundo que se instaló en los verdes ojos del duque al constatar su apariencia física. Y la rubia sospechaba que cabeza no le faltaba, algo fundamental si la mujer había osado enfrentarse al duque. Pero, ¿cómo acercarse a ella? Si de verdad contara con la inteligencia que creía, ni siquiera le dignaría el saludo. Lo que es más, ¿cómo estaba Edward tan seguro de que ella caería en su trampa? Aimée podía jurar que lo que le movía era la furia por que alguien le haya ganado. Pero ¿para qué se tomarse tantas molestias para que ella llegara a él? ¿Se habría equivocado con su primera impresión de venganza? ¿Acaso la querría en su cama?
Movió la cabeza hacia un lado y lanzó otra pregunta:
- ¿De cuánta cantidad estarías hablando? –lo primero que debía establecer era la suma de dinero que Isabella había "tomado prestada".
Edward avanzó a paso lento hasta una de las mesillas para dejar el vaso vacío. Y sin mirarla, contestó:
- Cincuenta mil libras.
Los ojos de Aimée se abrieron sorprendidos, más por la forma en la que lo dijo, contenida, furiosa, pero a la vez con un deje de desinterés, que por sus palabras. Ciertamente se trataba de una gran cantidad de dinero. Pero aquello era nada comparado con lo que Edward conseguía con uno de sus "trabajos", y sin contar las rentas que recibía de sus propiedades. Una leve risa salió de la boca de la rubia, y el duque la fulminó con la mirada.
- ¿Le agrada que mi fortuna se la apropie una desalmada?
- No me malinterprete, milord –se excusó Aimée con una sonrisa sincera –. Pero me parece ridícula la cantidad si pensamos en lo que a su fortuna respecta.
- ¡Pero se sigue tratando de mi dinero! –bramó enfurecido. El cuerpo de Aimée se tensó ante tal salida de humor, y su mirada se trasladó a su regazo. Edward se apretaba el puente de la nariz para tranquilizarse. Cuando volvió a hablar, esta vez lo hacía de manera contenida, pero al menos, respetuosa –: Ese dinero estaba destinado a las dotes de mis hermanas, claro está, sin contar con las joyas que mi madre les había dejado en herencia. Quiero que sufra, que se arrepienta de cada mínimo momento de su vida. Que enloquezca, Aimée, eso es lo que deseo.
La aludida permaneció varios segundos en silencio. Toda aquella confesión le había dado que pensar. Ya no se trataba únicamente de la ira que, definitivamente, llenaba su alma; sino que también se ponía de por medio su orgullo y honor, algo que entendía perfectamente.
Levantando la cabeza y decidida, dijo:
- Sólo dígame cómo llegar hasta ella, y le prometo que le presto mi ayuda hasta el final –sus ojos se encontraron, y Aimée vió en los de él aquel brillo demente que había observando a su llegada. El duque estaba decidido a destruirla –. Lo único que le recuerdo es que si empieza con esto, no hay vuelta atrás.
Una ladina sonrisa se formó en los labios del duque. Aimée sólo pedía a Dios que Edward no se llegara a arrepentir de lo que habían decidido poner en marcha. En caso contrario, se arrepentiría el resto de su vida, algo en su pecho se lo decía.
[1] El título completo de Edward sería: Edward Grosvenor duque de Westminester.
[2] Chérie, querida en francés.
Hola a todas!
Lo primero agradeceros los favs, alerts y rr. Sé que he tardado un milenio en actualizar, y que -encima- es súper corto. No voy a poner ninguna excusa para defenderme porque ninguna es lo bastante estable como para disculparme. Sólo prometo que el siguiente cap será más larguito y un poquitín antes... -o lo intentaré, chicas a estas alturas ya me conocéis... jajaja-.
Conetstarle por aquí a Nora, que estaba respondiendo a los rr y me di cuenta que era guest, jejeje. Lo primero nena, perdona la tardanza. Y lo segundo, ambos personajes tienen un carácter bastante fuerte, la propia rima del principio los caracteriza a la perfección, y lamento -o no jejeje- decir que la mayoría de sus encuentros vana ser fuertecitos :P James es un amorcete de hombre, que me lo robaba si podía, pero yo no soy taaaan... como Alice jajaja Me alegra que te guste que abarque el romance de todos los personajes! Y por último muchísimas gracias por tu rr, corazón :D
Sin más, os dejo un pequeño adelanto del siguiente capítulo. Espero que hayáis disfrutado del cap que, aunque no haya aportado mucho, vamos viendo un avance en lo que a la venganza de Ed respecta ;)
¡Muchísimos besitos a todas amorcines!
Adelanto Capítulo 7:
Bella observaba con los ojos entrecerrados a la rubia que le había presentado Tanya. Ella la miraba de la misma manera. La morena se sentía bastante ofendida por las miradas despectivas que la tal Aimée le lanzaba. ¿Acaso había pedido ella que viniera a visitarla? Si por ella fuera, se levantaría de la cama y la echaría de su habitación en menos de lo que cantaba un gallo, pero el médico le había prohibido terminantemente que se levantara de la cama al menos por dos semanas.
- Cuénteme sobre usted, señorita... -dijo Aimée, provocando que los ojos de la aludida se cerraran más todavía.
- Swan, señorita Swan -contestó mientras continuaba con su análisis.
- Ciertamente, un nombre poco común -los azules ojos de Aimée continuaban mirándola fijamente, y la paciencia de Bella estaba llegando a su límite.
¡Buen domingo a todas!
