Capitulo 7
Instintos
Rin levantó la cabeza unas cuantas horas después, cuando el sol estaba a punto de ocultarse y la luz del crepúsculo teñía las nubes de carmesí. Al ver que anochecía prefirió seguir durmiendo y trató de arroparse con mokomoko, la mano de Sesshomaru la ayudó cubriendo lo que quedaba a la vista de su cuerpo desnudo. Componiendo una pequeña sonrisa, Rin se acurrucó contra este pellizcando con los dedos su kimono. Sesshomaru permaneció unos segundos atento a ese sencillo gesto, sus pequeños dedos haciendo pinza para apresar la tela entre ellos.
Todo eso, su forma de respirar, de removerse sobre su cuerpo tratando de encontrar la postura idónea y de suspirar cuando al fin la había encontrado; le resultaba tan extraño. Él no hacía esa clase de cosas. Para dormir le bastaba el tronco de un árbol, una piedra e incluso podía hacerlo de pie. No le veía la gracia a eso de estar tumbado, ya que en caso de emboscada tardabas más en prestar batalla. Aunque claro, ella no prestaría batalla aunque durmiese de pie; era frágil y tan liviana que si no la estuviera viendo juraría que en su regazo no había nada.
Un par de horas después, aunque era noche cerrada, Rin decidió que había dormido suficiente.
Levantó la cabeza y miró a Sesshomaru, éste tenía los ojos cerrados.
― ¡Esta dormido! ― susurró Rin con emoción contenida observando fijamente el rostro tranquilo del Daiyokai. Siempre había sentido curiosidad por verle así, ya que no estaba segura de si su amo dormía cuando estaba sano. Una vez se lo había preguntado al señor Jaken y él le había asegurado que su señor Sesshomaru nunca dormía, porque un guerrero tan poderoso como él ni lo necesita ni podía permitírselo. Ella nunca había creído que eso fuera cierto y se propuso demostrarle a su niñero que estaba equivocado, que el señor Sesshomaru sí dormía.
Durante su "investigación" le había observado algunas veces mientras permanecía apoyado contra un tronco o sentado en una piedra totalmente inmóvil con los ojos cerrados; pero nunca había podido acercarse lo suficiente como para comprobar si realmente dormía, porque en cuanto daba siquiera un paso en su dirección enseguida abría los ojos y la miraba directamente.
Se mordió el labio y se quedó muy quieta. No le extrañaba lo más mínimo que no permitiese que nadie le viera dormir, parecía tan indefenso. Sus párpados rojizos temblaron ligeramente, como si estuviese soñando y Rin escuchó como de su pecho se elevaba un pequeño sonido; un suave ronroneo. No podía creer en su suerte al poder ser testigo "cercano" de aquello. Durante el sueño el Gran Señor del Oeste era tranquilo y no daba ningún miedo. Sus labios se curvaron en una pequeña sonrisa de felicidad y adoración.
Aunque se sentía entumecida evitó moverse porque le daba pena despertarle, se le veía tan tierno y eso era tremendamente inusual.
Un pequeño pajarillo se acercó a la rama más cercana del cerezo y en el mismo instante en que sus patitas se posaron en ella Sesshomaru abrió los ojos. No había ni rastro de modorra en su rostro, estaba tan fresco como una rosa.
Parpadeó una vez y cuando sus ojos se acostumbraron, en una milésima de segundo más o menos, catalogó todo lo que había a su alrededor; en un periodo aún más breve localizó lo que le había despertado. El pájaro alzó el vuelo en cuanto se vio reflejado en el oro líquido de su mirada. Inmediatamente después centró su atención en la niña que se desperezaba en su regazo, estirando aquel bello cuerpo.
Mokomoko se deslizó por su espalda desnuda cuando Rin se incorporó. Su estola estaba enrollada alrededor de sus pequeñas caderas y sus estilizadas piernas. No, definitivamente ya no era una niña.
Sesshomaru tenía una vista privilegiada de su hombro derecho mientras Rin se rascaba con suavidad el omóplato y bostezaba. Uno de esos gestos suyos, tan sencillos, naturales y poderosos que encendían la pasión de aquel que la miraba. Su piel le llamaba, le suplicaba que la acariciara suavemente; con las yemas de los dedos, con las garras, con los dientes… Tócame, decía aráñame, muérdeme, Sesshomaru...
Acercó la mano hasta casi rozar su piel, pero cambió de opinión y en el último momento hundió el brazo entre los tatamis, apartándolos; cuando lo sacó llevaba una prenda en la mano.
Dejó caer el yukata sobre la cabeza de Rin disimulando un suspiro. Ella miró hacia arriba sorprendida, tanto por el extraño gesto de su señor como por el detalle de haberle ofrecido esa prenda.
Sesshomaru la observó unos segundos con gesto grave sosteniendo su mirada; de pronto levantó la mano, agarró la tela que tenía la niña sobre la cabeza y tiró de ella tapándole la cara.
― ¿¡Señor Sesshomaru!? ― exclamó extrañada al verse a oscuras. El Daiyokai repitió la operación en cuanto la muchacha logró apartar el yukata de su rostro.
― ¡Señor Sesshomaru! ― le reprochó riendo. Aquello era increíble. ¡El señor Sesshomaru estaba jugando con ella! ¡Le estaba gastando una broma!
A él también le gustaba jugar de vez en cuando, pero para ello tenía que estar de humor.
Rin consiguió sacar la cara de la tela y le miró sonriendo. Sesshomaru cogió una esquina con la punta de las garras y lo lanzó sobre el hombro de la niña volviendo a cubrir su rostro. Rin se reía, sorprendida aún por aquella insólita escena. Él siempre estaba tan serio; bueno, aún lo estaba, pero lo que hacía no era nada serio.
De pronto la expresión relajada de su joven rostro mutó en una mueca estupefacta y miró hacía abajo, en dirección a sus cuerpos.
― ¿¡Qué es eso!?― exclamó, más sorprendida que asustada.
Sesshomaru apartó los ojos de ella, ligeramente molesto.
― Es mío ― dijo por toda explicación.
― ¿Suyo..., señor Sesshomaru?― Rin le miraba confusa. En realidad miraba confusa su rostro y luego dirigía una mirada extrañada a la hakama.
Torció el gesto, visiblemente irritado. No quería hablar del tema.
― Ya lo conoces.
― ¿A sí? ― preguntó atónita, esperando escuchar la voz silenciosa de su subconsciente; pero parecía que aquella picarona aún continuaba dormida.
Sesshomaru la miraba de reojo, extrañado. ¿Por qué razón no sabía nada? A esa edad la mayoría de las humanas ya estaban emparejadas y con cachorros. ¿No había sentido curiosidad al ver a la sacerdotisa esa preñada de su medio hermano? ¿Acaso aquella niña solo le hacía preguntas al pesado de Jaken?
― Ha estado dentro de ti, Rin. ― le reveló, a ver si así ataba cabos.
― Ya… Pero, ¿qué es, señor Sesshomaru?
El Daiyokai entrecerró los ojos. No sabía bien porqué, pero no quería responder a esa pregunta.
Miró fijamente su rostro perplejo e inocente. Tal vez era por eso, por como lo miraba. Llegó a la conclusión de que lo más sencillo sería mostrárselo, pero la cosa era que no quería hacerlo. Además, ¿qué haría ella cuando lo viera? Tal vez se asustase.
― No más preguntas, Rin.
La niña le sostuvo la mirada, cohibida. No entendía nada, pero como él había zanjado el tema era mejor no tentar a la suerte.
Miró hacia el exterior, respetando el silencio que tanto disfrutaba su señor. Mientras se ajustaba el yukata se observó. Sentía el cuerpo raro, se sentía rara en general. Y no solo era su cuerpo; ella, que siempre se había entretenido con una mosca, era incapaz de encontrar algo en lo que centrar su atención que no fuera su señor. Se dejó caer sobre el tatami en medio de un profundo suspiro y de pronto torció el gesto. La tela del yukata se coló entre sus las piernas y el roce desencadenó una oleada de calor que se extendió por su vientre hasta llegar a su rostro.
Sesshomaru apartó los ojos del jardín y la miró fijamente.
Rin bajó la cara, apenada, intentando esconder sus mejillas sonrojadas.
"¿Mi olor habrá vuelto a cambiar?", pensó acongojada.
― ¿Va a…?― se mordió el labio, apenada ― ¿Va a volver a hacerme...?
― No. No lo haré más.
― ¿A no?
― No.
Rin se sintió triste. A pesar del dolor, que doler dolía y mucho; a ella le gustaba estar con él. Sentía que aquello era especial, algo que compartían, y temía perderlo para siempre.
― ¿Por qué, señor?
― Sufres. ― reveló, como si fuera obvio y ella muy tonta al preguntarlo.
Le miró atónita, ¿Qué había visto por un segundo en aquellos ojos siempre fieros o fríos o duros? ¿Pesar? No. No podía permitir que él se sintiese apenado por ella.
― ¡No se preocupe por mi, señor! No es tan terrible. Yo estoy bien. Míreme.
― No. ― contestó infundiéndole a su negativa más rotundidad de la acostumbrada.
El peso de su mirada la mataba. Él no volvería a tocarla, eso era lo que le decían sus orbes doradas. Perder aquello, aquel vínculo que había nacido entre ellos, tan pronto; hacía que se sintiese desgraciada.
Le miró con reticencia, preguntándose por su futuro inmediato.
― Entonces, ¿qué vamos a hacer ahora, señor Sesshomaru?
El Daiyokai volvió la cabeza hacía la habitación.
― Primero comerás algo ― ante el gesto de repugnancia mal disimulado de Rin, le dio otra opción ― Tendrás que volver a morderme.
"Todavía hay una pequeña esperanza." Le susurró su subconsciente mientras se desperezaba.
Los ojos de Rin se iluminaron al volver a oír aquella vocecilla pícara. Sin ella se sentía muy perdida.
"No está todo perdido. Tú déjame a mí."
― ¿Y usted? ¿También me morderá? ― le preguntó abruptamente mientras su cuerpo se estremecía al recordar esa caricia.
El Daiyokai encogió los hombros con indiferencia.
― Si es lo que deseas.
Sesshomaru se descubrió el brazo derecho dejando a la vista las marcas en forma de media luna de una tonalidad más oscura sobre su blanca piel; y lo puso frente al rostro de Rin. La niña lo contempló con reservas.
― ¿Qué ocurre? ― pregunto al percatarse de su reticencia a morderle.
― ¿No le dolerá? Ya casi se han cerrado y está hinchado.
Sesshomaru bajó el brazo y se descubrió el contrario, el izquierdo; aquel que en su día portó a Bakusaiga por primera vez.
― ¿Prefieres el cuello? ― preguntó al ver que tampoco se decidía por este. La pequeña negó con la cabeza y se apoyó con delicadeza en el brazo de su señor, acercó tímidamente su boca a la blanca piel intacta y presionó sus dientes sobre ella. Mientras le mordía, Sesshomaru hizo la oscura melena a un lado dejando a la vista la nuca de Rin; se inclinó y le dio un suave mordisco. La caricia aumentó el ritmo cardiaco y la respiración de la niña, así como aquel fuego que sentía entre las piernas. Destrabó las mandíbulas y echó la cabeza hacia atrás buscando instintivamente el rostro de Sesshomaru. Cuando dio con él acarició la mandíbula masculina con la suya, dando paso a los labios que rozaron suavemente a los del Daiyokai, dejando morir un suspiro sobre ellos.
― Señor Sesshomaru ― suplicó en un susurro con los ojos entrecerrados ― Por favor.
Los ojos del Daiyokai se abrieron un poco más de lo normal expresando sorpresa.
― ¿"Por favor" qué?
Pellizcó el pecho del kimono formando esa pequeña pinza con sus dedos y se aproximó aún más a él, encajando su cuerpo en el suyo. Cerró los ojos, acarició su mejilla con la suya y luego desandó el camino bajando hasta la línea de su tensa mandíbula mientras la recorría con los labios. Al llegar a su mentón lo mordió con suavidad varias veces subiendo hasta su boca y apresó aquel pálido y frío labio inferior entre sus dientes. Todo esto, bajo la atenta mirada del Daiyokai que finalmente la detuvo tirando de su melena.
― ¿Rin?
Ella le mantuvo la mirada con la misma intensidad que él le dedicaba.
― ¿Señor Sesshomaru?
― No.
Luchó contra sus manos para liberarse, pero aquella era una lucha perdida de antemano.
― Suélteme, por favor, señor ― suplicó la chiquilla al ver que aquella batalla no podría ganarla sin perder un buen mechón de pelo ― Me comportaré.
Sesshomaru la soltó, no sin antes dirigirle una buena mirada de advertencia.
En cuanto se vio libre se lanzó a por su cuello. Eligió un lado que aún estaba intacto; pero en lugar de morderle fuerte desde el principio, empezó con bocaditos pequeños, como los que él le daba.
― Rin. ― la reprendió con tono furibundo.
La niña clavó los dientes y bebió, pero al terminar, antes de sacar la cabeza de su cuello; mordió el lóbulo de la oreja de su señor. Inmediatamente después se dejó caer sobre los tobillos, quedando frente a él y sonrió.
Sesshomaru entrecerró los ojos mirándola con recelo ¿Acaso se había vuelto loca? Aquella niña nunca había sido tan insistente ante una negativa tan rotunda.
― Deja de hacer esto, Rin. No quiero formar lazo contigo.
Vio la duda reflejada en sus orbes castaños. Apartó la vista de ella y chistó molesto debido a su desliz.
Después de lo que había estado haciendo era fácil olvidar que todo aquello era nuevo para ella. Aún notaba un hormigueo nada desagradable en todos los lugares donde lo había mordido para incitarlo a la monta. ¿Sentiría ella lo mismo cuando él la mordía? Se frotó disimuladamente la mandíbula y el cuello, con la escusa de recolocarse el pelo detrás de la oreja y la miró. Ahí seguía, con sus ojos inquisidores esperando por una respuesta. Era su deber informarla adecuadamente, aunque no fuese de su agrado; aún así se maldijo en silencio por haber abierto la boca. Ella no tenía necesidad de saber lo que era el lazo, ya que nunca tendría que experimentarlo, solo quería saberlo porque él lo había mencionado. Pero ahí seguía, mirándole fijamente con aquellos ojos castaños llenos de curiosidad.
Sesshomaru no tenía escapatoria.
― El lazo es una unión duradera ― explicó con la vista fija en el exterior. Por alguna extraña razón no soportaba mirarla y hablar de ese tema a la vez ― No es posible desligarse hasta que el macho está satisfecho.
Se obligó a mirarla de reojo y bufó disimuladamente al ver que estaba más perdida que antes. Cerró los ojos y frunció el ceño. Se sentía frustrado, a la vez que cabreado y muy molesto por el ejemplo que estaba a punto de utilizar; pero no se le ocurría ningún otro que ella fuera capaz de entender.
― ¿En la aldea hay perros, Rin?
La niña asintió y sonrió. ― Sí, aunque no muchos. Los aldeanos los cazan o los ahuyentan porque se comen a los pollos, hacen agujeros en el campo para enterrar cosas y rebuscan en los desperdicios. Vamos, que son muy molestos. ― al ver la expresión de Sesshomaru añadió rápidamente, quizá con demasiado entusiasmo ― pero a mi me gustan. ¿Por qué, señor Sesshomaru?
― ¿Les has observado bien?
Rin no entendía a donde quería llegar.
― Normalmente estoy ocupada, no me paso todo el día mirando a los perros, señor.
Sesshomaru tuvo que hacer un gran esfuerzo para no poner los ojos en blanco ante el comentario de Rin. La niña se pasaba el día observándolo todo, hasta la cosa más tonta y ahora le salía con esas. Prefirió ignorarlo porque recriminarle no llevaba a ningún lado, y las peleas sin sentido solo las tenían Jaken y ella. Él no estaba dispuesto a perder el tiempo con tonterías.
― ¿Alguna vez has visto algo en su comportamiento que te haya extrañado?
― ¿Algo como qué?
― Cuando están con sus hembras. ― Se acabó, no iba a darle más pistas. Aquello era demasiado.
Rin se quedó pensativa un rato tamborileando con los dedos sobre su labio inferior. Sesshomaru deseó morder ese labio.
Apartó la vista de ella hacía algo más mundano, pero que ya tenía muy visto; el jardín. Aún así no podía dejar de pensar en ello, la idea bailaba en su cabeza a ritmo frenético. Muérdelo, Sesshomaru, es tuyo, ella es tuya. No pasará nada por un mordisco.
Volvió la vista hacía ella mirándola por el rabillo del ojo. ¿Por qué le costaba tanto dar con la respuesta? Si era evidente. Aunque quizá para ella no era algo raro. Tal vez lo había visto muchas veces.
Sin poder evitarlo sus ojos se deslizaron desde su labio hasta su hombro lentamente.
La tenía tan cerca.
Destrabó la mandíbula mientras la boca se le llenaba de ponzoña.
Solo un mordisco más, un suave roce con los colmillos. Luego acariciar su piel con los labios… después lamerla…
"Ya basta, Sesshomaru. Contrólate" Encajó las mandíbulas con un sonoro clac.
Entonces la oyó susurrar con cierto regocijo en la voz.
― ¿Será eso? ― frunció el ceño mientras miraba fijamente algún punto del suelo de tatamis como si él no estuviera a su lado; de pronto y de forma bastante reticente, levantó la vista hacia él ― A veces se quedan como, esto… ¿pegados? ― frunció el labio superior insegura esperando confirmación.
Sesshomaru se limitó a asentir.
― ¿El lazo es algo parecido a eso?
― Es exactamente eso. Me pasaría horas dentro de ti llenándote de veneno hasta que me sintiese satisfecho. ― no hizo ningún esfuerzo por sonar aterrador, porque lo era de por sí, tanto él como la situación que describía; pero al parecer aquello no amilanó a la humana que de pronto le sostuvo la mirada con valentía.
― No me importa. Seguro que puedo aguantarlo, señor Sesshomaru.
El Daiyokai enarcó una ceja.
"Ese imbecil de Jaken va a tener razón. Esta niña es tonta."
― Sería mil veces peor que hasta ahora, Rin.
Sesshomaru no intentaba asustarla, solo se limitaba a decirle la verdad; pero o bien Rin era muy cabezota o disfrutaba sufriendo.
― No…No me importa, señor Sesshomaru.
"Definitivamente ha perdido la razón." Concluyó en sus pensamientos. "Esto ha ido demasiado lejos"
El Daiyokai apartó la vista de su protegida dirigiéndola hacia el interior de la estancia y la empujó ligeramente para quitársela de encima y poder levantarse.
No supo si lo hizo deliberadamente, lo más probable era que no; pero al ver que se marchaba de su lado, Rin se lanzó sobre él y en un intento de llegar a sus labios se frotó contra su cuerpo receptivo. La respuesta natural de Sesshomaru fue rugirle descubriendo los colmillos.
La niña se apartó de él con expresión un tanto temerosa y le observó durante unos segundos.
Había sentido aquello que era de su señor contra su vientre y su cuerpo en respuesta latía con un nuevo fuego indoloro; una necesidad recién descubierta, poderosa e indomable. Lo quería, lo necesitaba dentro de ella.
El cuerpo de Sesshomaru se cernió sobre su pequeña persona, su mirada aterradora quemaba casi lo mismo que su veneno; pero al parecer su cuerpo se había vuelto loco, porque el verle tan furioso alimentaba aún más aquel fuego.
― Ya basta ¿Me oyes? Basta, Rin.
― Lo s-siento, señor Sesshomaru…
Le temblaban las rodillas, pero no de miedo, y su corazón iba a estallar dentro de su pecho. Quería tocarlo, le daba vergüenza, pero aún así quería hacerlo. Levantó la mano y la posó sobre él.
"¡Qué duro está!" pensó, entre avergonzada y sorprendida.
El cuerpo de Sesshomaru se tensó ante la repentina e inesperada caricia y ella se apresuró a apartar la mano. Bajó la cabeza y cerró los ojos ante la magnitud de lo que había hecho. Su cara ardía en llamas de vergüenza y la sensación que sentía entre las piernas era tan intensa que, desesperada, se llevó la mano allí para tratar de aplacarla. Entonces se acordó de la sangre y retiró la mano en el acto, segura de haberlo puesto todo perdido; pero su mano no estaba manchada de sangre, en lugar de sangre sus dedos estaban bañados en una sustancia traslúcida.
La mano de Sesshomaru la aferró de la muñeca y tiró de ella haciendo que Rin perdiese el equilibrio y cayese sobre él, emitiendo un quejido que él ignoró. Olisqueó los dedos de Rin y acto seguido se los llevó la boca, frunció el ceño y cerró los ojos mientras sus dientes los apresaban.
― ¡Ay! ― exclamó ésta tratando de liberar sus falanges de las fauces que la tenían aprisionada ― ¡Basta! ¡Señor Sesshomaru! ¡Me hace daño!
El Dayokai apretó aún más las mandíbulas y la sostuvo por la cadera apretando el pequeño cuerpo contra el suyo. Aquel nuevo sabor se extendió por su boca arrebatándole el poco juicio que le quedaba.
Rin sentía sus garras clavándose en su piel a través de la fina tela del yukata y aquella cosa dura presionando su vientre y palpitando. Suspiró hondamente y dejó descansar la cabeza en su pecho, abandonándose sin querer a los deseos de su amo y a los de su propio cuerpo; pero en cuanto él la soltó con la intención de desatarle el yukata, Rin recuperó el raciocinio y aprovechó para darle la espalda y tratar de salir corriendo; aunque no logró ir muy lejos.
― ¿A dónde crees que vas? ― murmuró el Daiyokai justo antes de lanzarse sobre ella con aquella gracilidad con la que le había visto tantas veces lanzarse sobre sus enemigos ― ¿Piensas que puedes huir de mi, pequeña Rin?
Apresó el cuello del yukata entre los dientes y tiró desgarrando la frágil tela. Sacudió el pedazo que tenía en la boca como si se tratara de un animal muerto y luego lo dejó caer.
La niña gritó de sorpresa ante la repentina y extraña reacción de su señor y trató de huir de nuevo, gateando entre sus brazos, pero el Daiyokai se lo impidió agarrandola por el tobillo derecho y tirando violentamente de este para arrastrarla de nuevo bajo su cuerpo.
― No huyas… Rin ― le rugió arrastrando las palabras junto a su oído. Acto seguido desgarró lo que quedaba del yukata de la niña reduciéndolo a jirones mientras emitía un ronco rugido desde el fondo de la garganta, luego sacudió la mano para desembarazarse de las hebras que se le habían quedado enganchadas y se libró de su haori, destrozándolo con sus garras y colmillos mientras no le quitaba ojo a la espalda de Rin.
Cuando su pecho níveo quedó al descubierto se inclinó y lamió de abajo a arriba la columna de la pequeña que no pudo evitar gemir. Sesshomaru, coreando su gemido con un ronco rugido, la tomó por ambas muñecas y retorció su cuerpo para poder verle la cara.
― Así no, señor; por favor. No me gusta ― gimió con los ojos apretados.
Sesshomaru aflojó la presión en las muñecas de la niña, haciendo un esfuerzo titánico por recuperar su ser.
― ¿Qué es… lo que no te gusta… Rin?
― Me duelen las rodillas y… me ahogo ― dijo por toda explicación, pero no hizo falta más; el Daiyokai comprendió en el acto que se refería a la postura y aunque para él hacerlo así era lo más natural del mundo por instinto, le dio la vuelta a su cuerpo con brusquedad y tirando de ella la encajó en sus caderas. Sabía que su rostro la asustaría, pero no podía hacer nada por cambiarlo, se encontraba al límite de su cordura y estaba haciendo grandes esfuerzos para no cambiar de forma. Por suerte ella continuaba con los ojos cerrados, tal vez temiendo ver su desnudez.
― Señor Sesshomaru…
― ¡Silencio! ― le rugió, se inclinó y deslizó la nariz entre sus senos, aspirando el aroma que desprendía su piel ― No me distraigas, Rin.
Cuando la niña abrió los ojos descubrió sorpendida que las facciones de Sesshomaru se habían demonizado. Tenía la misma cara que cuando estaba a punto de tomar la forma de un perro gigantesco. Sus ojos eran completamente rojos, las marcas de sus mejillas habían crecido y habían adoptado un tono violáceo más oscuro y sus colmillos eran ahora más prominentes.
― Estate quieta ― susurró taladrándola con aquellos ojos aterradores ― No hagas ningún movimiento brusco, no me toques y sobre todo no trates de huir de mi como has hecho antes, ¿entendido?
― Sí, señor.
― Si lo haces me transformaré del todo, ¿comprendes lo que implicaría eso?
― ¡Destrozaría el palacio! ― exclamó horrorizada. Sesshomaru no pudo evitar sonreír ante su inocencia.
― Eso es lo de menos. Te destrozaría a ti primero. Tu cuerpo es demasiado angosto para contenerme en esa forma.
La miró fijamente, con aquellos ojos terroríficos que la hacían estremecer.
No lo había entendido muy bien; pero intuía que no era buena idea hacerle preguntas en aquel momento, así que se limitó a asentir con la cabeza poniendo mucho énfasis en el gesto.
― Escúchame atentamente, no moriré por mucha sangre que bebas. Así que cébate conmigo. No me importa donde me muerdas, pero hazlo.
― Lo haré, señor Sesshomaru.
Cuando estuvo seguro de que lo había comprendido, se inclinó de nuevo sobre ella y pasó la lengua por su vientre recogiendo su sudor repleto de aquel aroma que le enloquecía. Cuando llegó a su ombligo las pequeñas manos de Rin se apoyaron en sus hombros deteniendo su ascenso. El Dayokai, molesto al verse desobedecido, mostró los colmillos y se preparó para gruñirle; pero de pronto notó como la niña movía las caderas y le empujaba hacía abajo.
― Señor… por favor… ― susurró apenada ante aquella nueva necesidad que se había desperezado en su ser al sentir su lengua sobre la piel ― Por favor…
El Dayokai no dudó ni un segundo, ni cuestionó los deseos de su protegida, era natural para él que ella quisiera que la lamiese ahí. Era más un recordatorio que una petición. Le regaló un par de lametones de consolación y al alzar la cabeza se vio nuevamente detenido. Esta vez sí que le rugió.
― Más… Por favor… solo un poco más… ― musitó la pequeña ignorando su enfado. Sesshomaru la observó con ojo crítico, parecía obnubilada. Se aferraba a todo lo que la rodeaba clavando sus díscolos dedos en el tatami, en su kimono destrozado, en mokomoko. Sintió la pierna que la niña había colocado en su espalda, empujándolo hacia ella.
"El secreto está en saber hacer y saber donde hacerlo" oyó decir a su padre en sus pensamientos. "No hay nada más gratificante que sentirse deseado, hijo. Así como dar placer y recibirlo, algo que en nuestra familia no suele ser muy frecuente."
¿Placer? ¿Acaso sabía él lo que era eso o le importaba? A él lo único que le interesaba era calmar los instintos que el olor de Rin había despertado. El placer era algo que jamás había experimentado y podía vivir con ello. Con lo que no podía era con el azote de sus instintos que alteraban su concentración impidiéndole vivir en paz.
― Señor… Sesshomaru…por favor… ― ronroneó la niña, estirándose entre sus brazos; presa de la desesperación, de la impaciencia ― Solo… un poco… más…
El Dayokai bajó la cabeza y volvió a lamerla a modo de prueba. Todo el cuerpo de la pequeña respondió tensándose, entregándose por completo.
Bueno, tenía tiempo para un experimento.
Se hundió entre sus piernas y la oyó jadear fuerte cuando la recorrió con intensidad usando la lengua. Cuanta más velocidad ponía en la caricia más se agitaba Rin. Sesshomaru le araño el vientre a modo de prueba y ni se inmutó, estaba tan inmersa en lo que su lengua le hacía sentir que no notaba el dolor.
― Más… más… por favor… no se detenga…
Le resultaba bastante difícil no detenerse, ya que ella no paraba de moverse; tubo que sostenerle las caderas para que se estuviera quieta y le gruñó para que le dejase hacer. El pie que la pequeña tenía apoyado en el muslo del Daiyokai se retorció y comenzó a frotarse contra él subiendo y bajando por su muslo lentamente pero con firmeza. "Interesante" pensó Sesshomaru al sentir la caricia, que de forma inesperada, se traslado a su intimidad palpitante.
¿Qué…?
El Daiyokai abrió los ojos, y miró con cierta estupefacción su cuerpo entregado que se retorcía sobre mokomoko. La niña reanudó la caricia con la misma intensidad que le había dedicado a su muslo y Sesshomaru emitió un gruñido cerrando los ojos con fuerza.
¿Le estaba incitando? Nunca le habían incitado tan directamente, y su instinto le hizo saber casi de forma automática que lo correcto era hacerlo con la lengua. Aún así se abandonó a su pequeña caricia durante unos segundos disfrutando de los calambres que le recorrían, antes de bajar sobre su cuerpo y lamerla entre las piernas con brusquedad, atrayéndola hacía él como si fuera a devorarla.
Rin se apresuró a buscarle, pues el tirón del Daiyokai la había desequilibrado. Le encontró de nuevo con una pequeña ayuda de la mano su señor, que guió su díscolo pie hasta el lugar indicado.
Repentinamente aquel pequeño cuerpo se tensó con brusquedad, su olor cambió a uno mucho más intenso y tanto su corazón como su respiración se aceleraron hasta que emitió un gemido profundo. Curvó la espalda elevando las caderas y Sesshomaru apartó su pequeño pie, se lo llevó a la boca y lo lamió mientras se abría la hakama. Gracias a su caricia se notaba extrañamente tranquilo a pesar de estar en ese estado semi-morfo. Entró en ella y al hacerlo notó como su interior palpitaba de una forma extraña, además los pequeños calambres que sentía se intensificaron al notarse dentro de ella y por primera vez en su larga vida disfrutó plenamente de la monta.
Mientras se movía dentro de su cuerpo, el de su señor temblaba. Su rostro desplegaba las expresiones más extrañas y de su garganta brotaban sonidos guturales que terminaron asustando a Rin; aunque no por su seguridad, precisamente.
― ¿Señor Sesshomaru? ― susurró con suavidad. El Daiyokai se detuvo y la miró, molesto por verse interrumpido ― ¿Se encuentra bien?
Su rostro demoniaco adoptó una expresión estupefacta.
― Yo… Sí. ― apartó la vista de su rostro preocupado y se aferró a sus finos muslos. No le costó demasiado volver a perderse en ella.
La primera oleada de veneno no tardó en llenar su interior y el dolor era mucho, muchísimo peor; Rin gritó y le aprisionó entre sus piernas. El Daiyokai, descendió sobre su cuerpo y expuso su cuello en el que su protegida se apresuró a clavar los dientes. Sesshomaru emitió una especie de gemido mientras ella le mordía y Rin se asustó aflojando la presa.
― No. No pares, Rin… Me agrada…― mordisqueó la oreja y el cuello de la sorprendida chica ― Continua… Muérdeme, Rin… Muerde…
La respiración de su señor, siempre tan sosegada, era ahora tan frenética como la suya.
Rin obedeció y le volvió a oír, solo que esta vez el sonido fue más intenso y gutural. El cuerpo de Rin respondió a ese gemido tensándose a su alrededor, aprisionando a su invasor. Sesshomaru se aferró a ella y emitió un rugido aterrador que dio paso a una serie de quejidos cortos que salían de su garganta al ritmo de sus embestidas, se hundió en el cuello de Rin tratando de acallarlos y restregó su rostro por aquella piel, frustrado al ver que no lo conseguía.
No podía hablar, lo único que parecía ser capaz de hacer era derretirse dentro de ella. ¿Aquello era el placer? Sin duda era una sensación muy poderosa.
Alargó la mano, liberando la pierna de Rin, y destrozó de un zarpazo todos los tatamis que tenía cerca, acto seguido volvió a aferrarse a ella aumentando el ritmo con desesperación.
Cuando el ardor del veneno fue sofocado Rin gimió, pero no de dolor y se aferró a su señor clavando sus dedos en la espalda de este.
― ¿Rin? ― preguntó con voz ronca, demoníaca, pero preocupada.
― E-estoy bien, señor Sesshomaru.― mordió su cuello, pero esta vez no buscaba su sangre ― Por favor… ― gimió y empujó las caderas contra él ― Siga… Me gusta…
Aquello sí que era nuevo.
― Me gusta… Muchísimo.
El Daiyokai gruñó de satisfacción ante tal revelación y aumentó el ritmo de aquella dulce tortura que infligía al cuerpo de Rin arañando con sus garras los tatamis que había bajo ellos y que aún seguían intactos, mientras emitía otro gruñido bajo y profundo.
El veneno que rezumaba de sus garras comenzó a corroer los paneles más cercanos al cuerpo de Rin y cuando sus ojos rojizos se percataron de ello, la tomó en peso y la montó sobre él para alejarla del peligro. Justo entonces surgió otra novedad. La niña se aferró a él, encajando su pequeño cuerpo en el suyo y copió sus movimientos reanudando el lazo por su cuenta.
Tener aquel pequeño cuerpo cabalgando sobre él era tan insólito que calmó a la bestia. Sesshomaru recuperó sus facciones comunes así como el dominio de su cuerpo y su seriedad habitual, aunque el placer continuaba ahí recorriéndole.
Se dedicó a contemplar fijamente a Rin, fascinado. Su espalda era hermosa, pero verla de frente era algo de otro mundo. Por otro lado el olor que emanaba de su cuello, que tenía justo bajo la nariz, era cada vez más fuerte y lo azotaba con dulzura espoleando el placer que atenazaba su ser. Se aferró a aquel pequeño cuerpo cuidándose de no restringir sus movimientos pues le gustaba ver como le montaba.
― ¿Estas bien?― le preguntó movido por la curiosidad al verla tan absorta.
La niña no le respondió y aquello le resultó extraño. No estaba acostumbrado a que le ignoraran, así que la sostuvo por el mentón y la obligó a mirarle.
― Contéstame.
Rin le observó con los ojos nublados y sin decir ni mú, se abalanzó sobre él; agarró su espléndida melena e introdujo la lengua en la boca del Daiyokai con violencia.
"Bueno, sigamos a tu manera. Hasta el momento me agrada bastante" pensó Sesshomaru. Se dejó acariciar por la lengua de Rin, estudiando sus movimientos, antes de empujar la suya al interior de la boca de la niña para poner en práctica lo que acaba de aprender de ella. Al sentirse correspondida el cuerpo de la joven se prendió y todos los músculos de su vientre se contrajeron. Aumentó el ritmo sobre el cuerpo de Sesshomaru aferrándose con fuerza a él y gimiendo dentro de su boca. Los espasmos que recorrían el cuerpo del Daiyokai se intensificaron, la apretó contra si y vertió otra oleada de veneno en su pequeño cuerpo convulso. Ésta se tensó entre sus brazos debido al dolor y se lanzó a por el cuello de su señor.
― Me has hecho perder el control ― declaró Sesshomaru sorprendido mirando fijamente el cuello expuesto de Rin.
― Maldita niña del demonio ― gruñó componiendo una media sonrisa retorcida, descubrió los colmillos y mordió su tierna carne sin piedad lamiendo la sangre que brotaba de la herida.
…
Primero voy a aprovechar este espacio para recomendaros, a los que no la conocéis, a Hoshi no Negai, una fikera estupenda que me tiene loca.
¡Leédla!
Bueno, vamos al lío. :D
Capítulo calentito donde los haya, espero que no os haya pillado la actualización en una reunión familiar porque éste se las trae ;p
Leed las Aclas. Ahí explico porque Sesshy se lo pasa tan bien en este capi y algunas cosillas más. Os he puesto asterisco a todas para que leáis XD
Primero agradeceros lo comentarios/rewiews, me dan la vida! Os pido, os ruego que sigáis conmigo. Aunque sean solo unas líneas me hacen mucho bien. Aunque si son largos es como un chute de algo fuerte :D
¡Agradecimientos a mis Readers y Followers!
¡Gracias por estar ahí!
En especial a Serena tsukino chiba*, KeyTen*, Black urora*, nagisa-chan*, angel-demoniaca*, Silk Maid*, Sayuri08*, Khadija Da Silva*, y AHRG* que me siguen desde el primer día y me apoyan siempre!
¡Comentad!
¡Lo necesito!
Aclas._
· El Asterisco en vuestro nick:
Si no entendéis algo, lo que sea, podéis pedirme aclaraciones (Aclas.) Con gusto responderé a ellas en este pequeño espacio, porque el lector merece comprender lo que pasa y eso siempre lo he tenido muy claro. Es posible que lo que me preguntéis sea un error mío, soy humana al fin y al cabo, y así podré subsanarlo por lo que será constructivo y muy beneficioso para mí. Así que no os cortéis. Estad atentos al (*) en vuestro nick porque tendréis regalito en las Aclas.
Hay que leer xD
· El lazo. Lamentablemente no es una unión espiritual, es solo física. Es que este muchacho esta muy cuadriculado, lo siento. Aquí no hay flores ni corazones, todavía.
· Placer. Los únicos seres del reino animal que sienten placer sexual son el hombre, el mono y los delfines. El resto solo lo hacen por instinto.
En el caso de lo Inuyokai hay una excepción que nos beneficia. Si la monta es forzada, es decir, si hay violación; no hay placer para ninguno de los dos. (A mi me encanta el concepto, ¿a vosotras no?) Lo único que ocurre durante la monta forzada es que se aplacan los instintos, el macho se tranquiliza y si hay suerte y la madre no muere; cachorros. Pero si la hembra incita al macho porque lo ha elegido como su compañero, entonces éste se lo pasa bomba xD
· Sayuri08. Te mereces ser un punto en las Aclas. porque no puedo contestarte a nada. Todo se solucionará de un modo u otro. Te responderé en su momento. ¡Si no te llega a convencer lo que ocurre, no te cortes en decírmelo! Sorry.
· ¿Por qué Sesshomaru se interesó por Rin? En este capitulo he aclarado el tema de porqué Sesshomaru fue a por Rin, un tema que al parecer os extrañaba a algunas (Black urora) y con razón. No es que la eligiera como su hembra, solo se percató del cambio en su olor, le gustó y se "encaprichó" de ella. Tenía que montarla y punto, porque su instinto así se lo decía. Tan simple y llano. Tan… Tan Sesshomaru. (Ese cambio en su olor se produjo antes de que le viniera el periodo, mientras su cuerpo se preparaba.)
Imagino que no es la primera vez que le pasa, pero esta vez es diferente porque se trata de Rin y no quiere que ella muera. Antes tuvo que pasar una cosilla, que ya revelaré en su momento, y que le viene muy bien para llevar a cabo sus planes.
También aclaro que Sesshomaru habrá marcado en su día a otras mujeres yokai, supongo, pero jamás ha dejado que lo marquen a él.
