Bueeeno, después de no sé cuánto tiempo me he dignado a escribir el siguiente capítulo. Me da la sensación de que podría estar mucho mejor, pero bueno... Como sea, os dejo con el capítulo 5.
Capítulo 5: Prueba de ilusiones (segunda parte)
Una vez la sala se había vaciado, Lal se dirigía al cuarto donde se había cambiado, cuando escuchó una débil voz que la llamaba.
–Lal…
Se giró y vio a Colonello tendido en la colchoneta. Se ve que en el último golpe que le dio lo dejó bastante malherido.
–¿Qué? –preguntó fría.
–No quiero irme de aquí hasta que te gane.
La voz de Colonello cansaba a cualquiera. Sonaba tan débil y moribunda que la mujer se limitó a suspirar.
–Me niego a pasarme la noche entrenando a un inútil como tú.
Se dirigía al vestidor y hasta que no estuvo en frente de la puerta no volvió a escuchar la voz. Cuando se giró vio a Colonello intentando levantarse.
–¿Acaso no es ese tu trabajo? Entrenar a inútiles como yo…
–Pero tú siempre serás un inútil, y ese no es mi problema.
–Suena patético que seas tú precisamente quien diga eso.
Lal lo vio. Vio su determinación.
Se apretó las vendas en señal de que había accedido a su petición, y Colonello le respondió con una sonrisa medio forzada pero indicando la satisfacción que en él nacía.
Y así pasaron toda la noche entrenando, Colonello solo deseaba que Lal se cansara y cayera redonda al suelo, cosa que no sucedió. Pero ya cuando se estaban asomando los primeros rayos de sol a la mañana siguiente fue cuando el chico resultó vencedor.
–Mierda… –mascullaba Lal en el suelo.
–¿Y bien? ¿No vas a felicitarme?, kora –reía el rubio.
–Tú ya sabes que has logrado tu objetivo –se levantaba sacudiéndose la ropa y desatándose las vendas con la boca–. Por cierto, debemos darnos prisa –añadió mirando la hora en un reloj que había colgado en la pared encima de la puerta–. Deberías ir a tu casa corriendo si hay algo que necesites coger para irnos, pero date prisa.
"Solo te necesito a ti."
Menos de media hora después, el grupo B se encontraba con algunas bolsas y mochilas en la puerta del COMSUBIN, esperando a un autobús que les habían dicho que vendría a recogerlos.
Cuando por fin llegó, Colonello miró hacia atrás. Lal no llegaba.
–¡Venga, subid! –gritó una voz desde dentro del vehículo.
Era la capitana, que vestía su habitual uniforme y un anorak color blanco. Los cadetes subieron de uno en uno, y cuando Colonello pasó por su lado ralentizó el paso y le susurró en el oído:
–¿Hoy también serás mi pareja?
A Lal se le puso la piel de gallina y le dio un empujón en la espalda para que avanzara hacia el interior del vehículo. Una vez que estaban todos sentados, Lal dio paso a la explicación sobre la prueba.
–Esto es una prueba de supervivencia. Iremos a una montaña cerca de Vendicare. ¿Alguien de aquí que pueda explicarme lo que es Vendicare?
El silencio reinó en aquel lugar, a excepción del motor del autobús, que ya se había puesto en marcha e iba conducido por Bert.
–¿Nadie? Bueno, Vendicare es la prisión más temible del mundo. Muchos miembros de la familia Gesso y otras tantas están encerrados allí. Está patrullada por hombres un tanto extraños que llevan sombreros de copa y las caras totalmente vendada, los Vindice. Pero a lo que íbamos. Puesto que allí están encerrados miembros de las familias más influyentes en la mafia italiana, habrá miles de ilusionistas intentando engañar a los Vindice para liberar a sus superiores– la mirada de Lal se había tornado vacía, seria, como si temiera por la vida de todos y cada uno de los cadetes, incapaz de creerlos capaces de sobrevivir a aquello. Pero era la programación, y no se podía cambiar–. Esta prueba tiene como finalidad luchar contra las ilusiones, no dejarse engañar.
Todos permanecían atentos a la explicación de Lal. Parecía ser que las ilusiones eran algo fascinante para aquel grupo, pero no imaginaban el verdadero poder de una ilusión. No imaginaban que algo imaginado por la mente de otra persona podía inundarlos del todo y llegar a extremos mortales. Porque era una mentira, sí. Pero una mentira real.
–Eso es todo –concluyó–. Elegid una pareja para compartir cabaña. Volveremos mañana por la noche.
Todos miraron a la capitana con cierta curiosidad, menos Colonello, que había desviado su vista al paisaje que pasaba corriendo por la ventanilla del autobús.
–Ah, sí, he de advertiros una cosa… –la mirada de Colonello volvió derecha a los ojos de la mujer, que parecían vacíos esta vez– Bajo ningún concepto se os ocurra acercaros a la prisión–dedicó una mirada a Bert y ambos asintieron–. No creemos que and algún ilusionista especialmente peligroso por aquí, pero tened cuidado.
–Debajo de los asientos tenéis macutos con ropa de abrigo. A donde vamos la necesitaréis –era la primera vez que Bert hablaba desde que habían llegado a COMSUBIN. Su voz era de un anciano de edad bastante alejada a la suya, con un notable acento francés.
Lal pasó todo el viaje de pie agarrada a una barra de metal mirando el paisaje avanzar por el parabrisas. El trayecto duró unas cuatro horas, tiempo en el que la mujer no se sentó. Algunos se habían dormido. Colonello había estado mirando por la ventana durante todo el tiempo transcurrido, mientras el resto de cadetes se habían sumergido en un silencioso sueño.
Cuando por fin llegaron, Lal cogió una escopeta que estaba apoyada en un panel de cristal opuesto a los asientos de modo que nadie la había visto. Se pasó la correa por el hombro y gritó para despertar a la multitud.
–¡Despertaos, gusanos!
Una vez que todo el mundo había abierto los ojos, se habían puesto los abrigos y habían salido del autobús, este se marchó maniobrando para volver por donde había venido.
–Repito por última vez, no os acerquéis a Vendicare –advirtió Lal señalando con el dedo a su derecha. Se distinguía difícilmente una reja metálica cubriendo una puerta de aspecto impenetrable rodeada de rocas nevadas que estaba muy lejos de donde habían parado. Si no fuera por las antorchas que había al lado de la entrada, aquel lugar habría sido cubierto por la sobra de los árboles, cubiertos por una sábana blanca y fría.
Se dirigieron todos a una zona más alejada, estuvieron como veinte minutos andando por el borde de un barranco nevado que daba a un mar muy brillante. Lal, lo miró, antes de dirigir la vista a los ojos de Colonello, quien miraba fijamente el mar. Era el mismo azul, el de sus ojos y el del agua. Ambos rebosaban tranquilidad y pureza. Más adelante había unas cuantas cabañas.
–A ver, repartíos estas cabañas entre las parejas –dijo Lal sin dejar de caminar.
Una de las parejas se separó del grupo y se fue hacia la cabaña. Las cuatro parejas siguientes hicieron lo mismo con cabañas que había más adelante. Después de que todos los cadetes eligieran una pareja y la correspondiente cabaña, solo quedaba Colonello, que parecía el típico compañero de clase con el que nadie quería emparejarse para jugar al balón prisionero. Él y Lal cruzaron miradas. La mujer suspiró, a lo que el chico le respondió con una sonrisa, como diciendo "Ahora te toca a ti cargar conmigo".
Solo se escuchaban las suelas de las cuatro botas perforando la gruesa capa de nieve que se extendía por el suelo. Colonello observaba a Lal en silencio. La comparaba con la nieve. Sin duda, ella era más fría.
–Llegamos –susurró Lal.
El cuello del anorak que llevaba le tapaba la boca y no se la había escuchado bien, pero su voz sonaba muy dulce. Demasiado para ser la voz de semejante persona.
"A veces, el frío quema".
Los dos entraron a la cabaña y Lal dejó la escopeta sobre una de las camas. Era una habitación de madera (tanto el suelo como las paredes) de tamaño medio, pero las dos camas que había, separadas entre ellas por una mesita de noche, le restaban sensación de espacio. Había una ventana a cada lado de la habitación. En una esquina había apenas un baño y quién sabe cómo había espacio para un sofá de tres plazas color rojo y una mini nevera al lado. Ambos se quitaron los abrigos y los dejaron en el perchero que había detrás de la puerta. Cuando Lal se giró Colonello había llegado con un hábil y silencioso movimiento a una posición en la que se hallaba a pocos milímetros de su cara.
–¿Qué haces…? –preguntó Lal vacilando.
La mujer no sabía cómo reaccionar, estaba demasiado nerviosa y avergonzada como para pensar en algo. Le latía el corazón muy rápido y tenía calor a pesar de la baja temperatura de la región. Colonello avanzaba hacia ella haciéndola retroceder a la vez.
–¿Qué quieres tú que haga? –le sonrió Colonello.
–Que te alejes…
–Mmm… –Colonello meditó un rato. Finalmente cerró los ojos felizmente– Creo que no voy a hacer eso.
Colonello podía sentir la rápida y agobiada respiración de Lal sobre su cara. Sentía el aire caliente golpeándole la boca. Ella se esforzaba por no tocarlo con ninguna parte de su cuerpo. En el momento que su espalda chocó contra la puerta, sintió que no tenía escapatoria. Que allí sucedería algo irremediablemente.
–Así está bien, kora –volvió a sonreírle Colonello.
Lal tenía miedo. Porque eso…
–Te ves tan débil y frágil ahora, Lal…
Eso era una cosa que la vencía totalmente sin darle oportunidad de atacar. Colonello.
–Cállate… –susurró ella.
–Te gusto, kora.
–¡Claro que no!
–Claro que sí.
–¡He dicho que no! –Lal cerraba los ojos con fuerza y giraba la cabeza para que Colonello no le mirara a la cara.
–Claro que sí. Mira, te has sonrojado y todo –insistió tocándole las rojas mejillas con la punta de un dedo.
–Déjame… –la voz de Lal sonaba cada vez más indefensa.
–Lal… –Colonello le tomó la barbilla muy suavemente con los dedos e hizo que dirigiera su mirada hacia él.
Y entonces lo vio. Vio cómo era Colonello.
–A mí no puedes engañarme…
"Cómo lo envidiaba."
Colonello acercaba su boca poco a poco a la de Lal, que no dejaba de respirar entrecortadamente.
"Cómo lo odiaba."
A Lal se le pasaron mil pensamientos por la cabeza. Maldecía todo, no quería rendirse ante algo tan vulgar como aquel sentimiento.
Incluso los pájaros de color marrón oscuro que había posados sobre la repisa de la ventana alzaron el vuelo espantados por el ruido que causó un cuerpo humano cayendo con fuerza sobre el suelo. Lal tenía una expresión indignada, el agobio se reflejaba en su forma de respirar. Cerraba con fuerza el puño con el que había alejado a Colonello de ella, clavándose las uñas en la palma de la mano. El chico se retorcía de dolor en el suelo, a los pies de una de las camas.
–¡¿Qué coño te crees que haces?! –no había respuesta por parte del chico, solo quejidos, que se hicieron más fuertes y frecuentes cuando la mujer le clavó la bota en la boca del estómago con fuerza, haciendo que arqueara la espalda– ¡¿Qué se te ha pasado por la cabeza?!
–Lo siento… –susurraba Colonello. Escupía las palabras junto con la sangre que salía de alguna herida en el interior de su boca, producida por el golpe de Lal.
A ella no le valían sus disculpas, y enroscaba con más fuerza la bota en su cuerpo, exagerando la situación. ¿Por qué siempre exageraba las situaciones cuando se trataba de Colonello?
–Escúchame bien, escoria humana –le decía Lal, agachándose a su lado y sujetándole el cuello como quien se dispone a estrangular a alguien–, como te vuelvas a acercar a mí eres hombre muerto.
A Colonello no le quedaban siquiera fuerzas para lucir una de sus sarcásticas sonrisas. Simplemente asintió, escupiendo más sangre.
Sería casi por la tarde cuando ambos estaban tumbados en sus correspondientes camas, agotados por el viaje. Allí se hacía de noche pronto y estaba empezando a oscurecer. Lal se había quedado dormida en muy poco tiempo, ocultándose cómodamente entre el edredón blanco, perfectamente confundible con la nieve de fuera.
Colonello planeaba irse a Vendicare, él solo, y buscar a algún ilusionista moderadamente fuerte para vencer las mentiras más poderosas, para ser fuerte y que su instructora no lo tachara de inútil como había hecho hasta ahora. Se ató las botas, se echó la escopeta de Lal al hombro y se puso el abrigo. Le dedicó una mirada triste acompañada de una sonrisa a la mujer antes de cerrar la puerta y desaparecer entre la ventisca.
Cuando Colonello abandonó la cabaña avanzaba lentamente debido a los nervios. En el fondo tenía miedo, pero sabía que si quería que Lal dejara de infravalorarlo, no tenía más remedio. La leve ventisca le golpeaba la cara con fuerza, como si le impidiera seguir adelante, y le nublaba el campo de visión. Recordaba vagamente el camino que él y Lal habían tomado para ir a la cabaña, pero tardó en llegar a su destino más tiempo del que había previsto por culpa de la nieve. Se encontraba a menos de medio kilómetro de la entrada de la prisión Vendicare. Se quedó mirando una de las antorchas que iluminaban las vendas que cubrían la cara de uno de los guardianes que se ocultaban en el interior de la puerta, por detrás de las rejas, pensando en que probablemente esa sería la última vez que vería una llama saltar de esa manera. Estaba temblando e intentaba calmar un poco la respiración acelerada, cosa que no consiguió, así que apretó los puños con fuerza; no sabía si porque estaba frustrado o porque era una forma de fortalecerse. La cara del Vindice se difuminó en la oscuridad y desapareció por completo.
Más adelante Colonello pudo ver lo que parecía ser una silueta humana. Alrededor había varios hombres tendidos sobre el suelo, rodeados de un charco que tenía a la blanca nube de un color rojo muy oscuro, decantándose hacia el negro conforme se hacía más denso. Colonello tragó saliva. La persona se giró: se trataba de un niño, pequeño, muy pequeño. Llevaba una camiseta blanca de manga corta y unos pantalones grisáceos que le llegaban a las rodillas, un conjunto muy poco práctico para tal clima. Tanto su ropa, como sus pies descalzos, así como su piel y su pelo corto azul oscuro, estaban cubiertos de sangre. En una de sus manos llevaba una arma metálica puntiaguda. Giró la cabeza hacia Colonello y lo miró con una expresión compasiva, incluyendo una dulce sonrisa. Pero aquella curva en su boca se deformó volviéndose una sonrisa propia de un psicópata cuyo único propósito es asesinar a todo ser humano sobre la faz de la Tierra. Su ojo derecho, que era de color rojo y llevaba algo inscrito en él, se prendió con una llama cuya tonalidad está atrapada entre el índigo y el morado.
Colonello, con las manos temblando, se descolgó la escopeta y apuntó al niño. El miedo y la nieve le impedían fijar un blanco concreto. El chiquillo rió fuertemente.
–¿Qué has venido a hacer? –preguntó el sujeto con los ojos muy abiertos y una amplia sonrisa, apuntando al rubio con su arma pero sin girar su cuerpo.
A Colonello le latía el corazón tan fuerte que era lo único que oía, apenas había escuchado las palabras de aquel niño, pero tensó el arma sobre sus manos a modo de respuesta.
"Qué temerario" el niño. Se pasó la mano que tenía libre por delante del ojo rojo, como acariciando esa zona, y el ideograma japonés que tenía en él cambió a otro distinto.
Todo empezó a distorsionarse y se volvió oscuro.
Lal abrió los ojos esperando oír algo como "Vaya, ya estás despierta, kora" y escondió la cara en la almohada. Olía a lavanda. Al no escuchar palabra se sentó en la cama y se quedó mirando el colchón vacío en el que se suponía que debía estar su alumno.
Serás idiota…
Se preguntaba, no triste, sino enfadada, a dónde habría ido. Lo insultó en su mente mientras barajaba posibles lugares cercanos. Su intuición le decía que, conociéndolo, probablemente había ido a donde Lal les advirtió a todos que no se acercaran: a Vendicare. Y fue entonces cuando la tez de la capitana era fácilmente confundible con el blanco de la nieve que cubría el suelo que se extendía elegantemente ante la cabaña. Se calzó sus botas negras y se puso rápidamente el abrigo, metiendo una mano en el bolsillo para comprobar que el arma que había traído en secreto con ella seguía en su sitio. Ya que la situación lo requería.
Colonello seguía apuntando con su escopeta a la nada oscura que lo cubría todo. Al abrir los ojos en un nervioso parpadeo, se encontraba en un campo de trigo apuntando ahora a un niño que tendría trece años con el pelo rubio y sus mismos ojos color azul mar. Pero, al contrario que él, su mirada parecía vacía.
–Dispárame –dijo el niño. Colonello se quedó asombrado y su pulso lo abandonó por completo–. Vamos, dispárame, sabes que quiero morir. Sabes que queremos morir.
Las pupilas del mayor se hicieron pequeñas. Tiró el arma y cayó temblando al suelo de rodillas. El trigo no había madurado todavía y medía unos diez centímetros, así que Colonello no quedaba oculto. Se quedó paralizado, muy asustado. El niño le quitó el abrigo y la chaqueta y se puso esta última (a pesar de que le quedaba algo grande) dejando los músculos de los brazos de Colonello a la intemperie. Agarró la escopeta con agilidad y le apuntó en la frente. Ahora parecía Colonello. Era Colonello.
–Eres un inútil. Siempre lo serás… –dijo el pequeño Colonello.
"… y ese no es mi problema". Eran las palabras exactas que le dijo Lal en su primer entrenamiento.
Lal.
Colonello pensó en la situación en la que había puesto a ambos. Ahora Lal se culparía de su muerte durante el resto de sus días.
–Lal… Lo siento, kora –susurró el militar con una lágrima bailando sobre su mejilla.
El corazón de Lal se detuvo cuando escuchó a lo lejos el disparo de una escopeta.
A partir de aquí sí que no tengo mucha idea de cómo seguir el fic, de verdad. Así que si tenéis sugerencias o lo que sea, podéis dejarlas en los reviews. Gracias~
