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EL ESPEJO PERFECTO
Por Berusaiyu
CAPÍTULO 7: LA GATA SOBRE EL REGAZO.
Pasaron unos días y todo parecía ir muy bien. Catalina se presentó al baile real, luciendo su traje de gala de la Real Marina Española y en su pecho la condecoración especial, dada por el rey, solo a aquellos valientes, que alguna vez arriesgaron sus vidas por su rey y nación:
"La Cruz de San Carlos"
Era muy notoria esa joya clavada en su uniforme rojo con botones de oro y adornos de plata. Una belleza en su conjunto, considerando que la mezcla exótica de Cata revolucionó a la corte. Las miradas curiosas jamás pudieron dejar de impresionarse con la increíble belleza de la española. Esa frescura en su cabello azabache junto con sus ojos y tez finos, solo logran murmuraciones y exclamaciones de asombro. Sin embargo, Catalina ajena a todo ese revuelo, seguía con su sonrisa a flor de labios y se codeaba con la Reina María Antonieta y su séquito de manera natural. Bailó con la reina, con las damas de honor, e incluso, algunos hombres, lo cual no se había visto en ese salón algo así. Le hubiera gustado, bailar con André, pero no lo vio hasta después de finalizada la fiesta.
En una parte más apartada, Oscar y André observaban la escena con mucho interés.
—¿Pasa algo André? Has estado muy callado esta noche —le preguntó Oscar.
—No, nada. Creo que son ideas tuyas —respondió con tono de burla.
Oscar no le dio más importancia, pero sus instintos no estaban tan equivocados. André le sucedía algo y ese algo era Cata. No podía olvidar la noche que pasaron juntos y durante los días siguientes, trataba de evitarla lo más posible, sin ningún éxito. Catalina aparecía en cualquier lugar como una sombra vidente, la cual sabía los lugares por donde pasaría, pero fuera del bochorno del primer contacto visual, ella respondía como siempre. Con ese gran ánimo que la caracterizaba:
—André, estás muy guapo hoy, nos veremos luego —dijo desapareciendo con la mano en el aire.
Catalina por su parte, se dio cuenta del amor que André le profesaba a la heredera de los Jarjayes. Miraba a la pareja de amigos y la indiferencia y frialdad de Oscar le chocaban. La encontraba muy cruel. No entendía cómo alguien no podía ver el amor de una persona tan cercana.
En resumen, no le agradaba en lo más mínimo el trato que André recibía, aunque era cierto que era un sirviente, pero también, sobre todas las cosas, André era un amigo y a los amigos se les daba el lugar que merecían. Oscar no merecía tener un amigo como André y mucho menos el amor que este le profesaba.
Poco a poco, el corazón de Cata comenzó a sufrir cambios significativos, que solo Antonio logró percibir. Ni siquiera la misma Catalina descubrió esta transformación. Antonio, silencioso como siempre, caminaba junto a su ama por los rincones del Palacio Real, por la mansión Jarjayes y todo lugar, haciendo lo que debía hacer, incluso cuando le daba su espacio a Cata, él estaba al pendiente, aunque no fuera lo mismo. En el fondo, sabía perfectamente, lo que estaba sucediendo.
Catalina siguió mirando de reojo a André, lo invitó varias veces a la taberna, pero este no quiso acompañarla. Se disculpaba con el trabajo y siempre tenía alguna excusa.
—Pensé que eras un sirviente, no un esclavo. —Cata le respondió ya media fastidiada a uno de sus rechazos.
Pero no pasaba a más. Catalina no insistía con la invitación, y André se quedaba intranquilo, porque el enojo de la condesa era evidente. Cata partía junto a Antonio a la taberna donde bebía, jugaba, peleaba y daba rienda suelta a todo su aire marinero. Su fiel amigo, era quien la traía de vuelta casi arrastrando, mientras Cata maldecía a los ingleses y cantaba alabanzas a su rey.
—Debí casarme con el rey. Ahora sería reina y nadie me rechazaría una invitación —alegaba con voz pastosa.
—Pero si los reyes se casan por política, no por amor —argumentaba Antonio.
—No importa, ¡al diablo la política! Yo hubiera sido una excelente reina...
—Los reyes también son esclavos de su corona. No digas tonterías que no crees.
Catalina bufaba por lo bajo, y es que bebió un Whiskey escocés, y esos la ponían de malas. Cuando Antonio la dejó en la cama, Cata se escabulló y fue a la habitación de André donde se metió en la cama del dormido joven. Se le ocurrió besarlo y abrazarlo, y aunque estaba muy borracha, no hizo ni lo uno ni lo otro. Solo atinó a quedarse en su cama y acurrucarse a su lado. Al otro día, Catalina despertó con una jaqueca horrible. Creyó que se le partiría la cabeza en dos. Tampoco reconoció la habitación donde estaba, pero pronto comprendió lo que sucedía cuando se le acercó André con una taza humeante.
—Buenos días condesa, ¿se siente bien?
—No, no hables tan fuerte, mi cabeza va a estallar.
—Lo siento, no fue mi intención. Quizás debas tomar esto.
—¿Esta no es mi habitación? —Algo en su mente hizo "click" y recordó sus correrías de la noche anterior, sin olvidar su escabullida hacia el cuarto de André.
—No, es la mía —le respondió André un tanto cuidadoso.
Cata lo miró por unos segundos y respondió:
—Ya veo, creo que debo volver a mi habitación, aunque... dime, André, ¿no te gustaría viajar a España?
La pregunta lo descolocó enseguida.
—¿Qué cosa?... —André no podía creerlo.
—Me preguntaba si deseabas venir conmigo a mi país. Yo te daría las comodidades que aquí te niegan. Incluso podría darte un título de Señor.
Eso fue demasiado. André estaba en Shock. No sabía cómo reaccionar. Su cara mostraba tal estado de sorpresa, que daba más miedo que otra cosa. Cuando por fin pudo reaccionar, no fue nada amable.
—¿Os burláis de mí? —dijo André lleno de ira— ¡Nunca pensé que fuerais tan cruel! —Su cuerpo temblaba de la rabia que sentía—. Pensé que eras diferente, pero solo eres...
—¡Un momento! —Lo cortó Cata—. No te permito que me hables así. Yo jamás bromearía o me burlaría de ti con algo tan importante. Todo lo que dije es cierto. Mejor piensa lo que te dije antes de decir estupideces.
Catalina se levantó con todo su porte señorial, tomó sus botas y se fue de ahí, dejando a un muy perplejo André, quien no podía creer lo que había sucedido.
Pasaron unos días y André todavía no se atrevía a dirigirle la palabra a la condesa. Ella se había mostrado muy fría después de lo acontecido.
"Quizás es lo mejor" —pensó André.
Pero el alejamiento de la condesa llamó la atención de Oscar, quien ya había sido advertida por la Nana:
—Esa dama no me gusta. Trae muy mal a mi nieto.
Oscar comenzó a sospechar, que esos dos se traían algo, así que se puso en alerta, aunque no le importaba gran cosa el asunto, según ella, eran cosas de la Nana.
La Nana no le comentaba nada a André en esos días, mientras Cata se ocupaba de su misión como embajadora. Trámites políticos, que después de cumplirlos con la mayor eficiencia, se concentró en otras cosas, principalmente, en aquella deuda de los Jarjayes.
Hacía tiempo que el General se había marchado y, durante ese tiempo, no se tenía noticias de él, salvo una carta donde mencionaba su partida a otra ciudad donde fue a encontrarse con su administrador. Oscar pensó que le había sucedido algo malo, pero para alivio de ella, no fue así. Otra carta llegó donde le decía su arribo a la ciudad, aunque no especificaba detalles de su viaje.
Cata y André se veían distantes, aunque el humor de la condesa no había cambiado para nada, seguía tan jovial como siempre. Salía de paseos a la ciudad, a la taberna, hasta se fue unos días con Antonio al puerto de Le Harve donde tenía su barco anclado, para una revisión de rutina. Oscar no supo la razón de respirar tranquila esos días, esperaba que su padre llegara pronto, aprovechando la ausencia de la española.
Esperaron al General el día acordado para su regreso, pero no llegó. Oscar siguió preocupada hasta que recibió una misiva de que estaba bien, aunque se retrasaría un poco. Volvió a colocar la fecha de regreso y esa tarde, lo esperaron con un nuevo retraso de su parte, que terminó igual que la vez anterior, informando de que no sabía cuándo regresaría. Dio nueva fecha para la semana venidera, esta vez, todo sujeto a confirmación, así que no era nada seguro tampoco. En cambio, Catalina había vuelto de su viaje, sin ninguna novedad, como si nunca se hubiera ido y con su mismo ánimo extrovertido y bonachón. Oscar ya estaba muy intranquila.
Y una tarde, sin previo aviso y para sorpresa de todos, el General arribó a su casa. Venía un tanto demacrado, pero pese a las preocupaciones, solo lo atribuyó a un mal viaje con muchos sobresaltos y una comida que le cayó mal al estómago. Oscar insistió en llamar al médico bajo las protestas de su padre. Así lo hizo, el médico solo encontró agotamiento, recetando para eso un descanso. También una dieta especial, la cual la pasó a la Nana para su preparación.
—¿Ves? No es nada grave —le dijo André a Oscar para tranquilizarla.
Oscar no dijo nada, solo lo quedó mirando mientras la Nana lo seguía, llamando la atención a su amo por ser tan descuidado con lo que come. La abuela siguió un rato más con su sermón, hasta que la comandante rompió su propio silencio.
—¿Y cómo te fue en tu viaje? ¿Lograste encontrar al Administrador? —preguntó Oscar a su padre.
Un rayo imperceptible pasó por el rostro del General.
—Bien, bien, ese asunto está arreglado. Al principio me costó ubicarlo por eso la demora, pero al final aclaramos el asunto —dijo con rapidez.
—Esas son buenas noticias, General. —Apareció la presencia de Cata—. Me alegra veros más repuesto —dijo con una sonrisa ladina.
—¡Doña Catalina! —exclamó El General como si viera un fantasma.
La sonrisa de Cata desapareció.
—Oh, disculpadme —continuó el general Jarjayes—, me tomó por sorpresa. Espero que vuestra estadía en mi casa sea satisfactoria.
Catalina recuperó su sonrisa.
—Créame General, mi estadía en vuestra casa ha sido más que satisfactoria. —Ahora mira a Oscar con la misma sonrisa que le dio al hombre.
—Me alegra, doña Catalina, si me disculpan, quiero dormir un poco, ha sido un día agitado.
—Claro padre, tu descansa tranquilo y recupera tus fuerzas —sugiere su hija Oscar.
—Sí, General, por ahora debe recuperarse —asevera Cata.
—Eso le pasa por comer porquerías... como no sabe diferenciar algo bueno de lo malo, si aquí come solo de lo mejor —vociferó la Nana mientras salía de la habitación rumbo a la cocina.
Cuando pasó por al lado de Cata, le dio una mirada inquisidora que turbó por unos momentos a la española, pero al alejarse la anciana, Catalina no le dio importancia y acompañó a Oscar a la sala.
—¿En verdad se encuentra bien el General? —le preguntó Catalina a Oscar.
—Sí, el médico solo dijo, que necesitaba reposo. Estará bien. Estoy segura de eso.
—Entonces, no es nada grave.
—Sí, lo bueno es que le fue bien en su viaje y vuestro asunto con mi familia, será finiquitado pronto.
Catalina alzó una ceja.
—Lo dice como si estuviera aburrida de mi presencia en vuestra casa —respondió Cata con cuidado.
Oscar la miró sin expresión en su rostro.
—Si vos lo decís condesa, yo no soy nadie para refutarlo.
Catalina en vez de molestarse por el insulto, sonrió.
—Si hice algo que te molestara, puedes decírmelo. —Usó el tono informal como a veces lo hacía.
—En vuestras palabras tienes la respuesta —respondió Oscar y sin más, dio media vuelta y se fue.
Doña Catalina quedó asombrada con la respuesta de Oscar. Lamentablemente, pese a ser tan semejantes, no habían logrado ser amigas en todo este tiempo bajo el mismo techo. Parecía extraño, pero entre más tiempo pasaba, más se alejaban la una de la otra y no se soportaban por mucho rato en el mismo lugar.
Era extraño, pero Cata había pensado, que sería gran amiga de Lady Oscar desde el momento en que supo de una mujer en la Guardia Real Francesa. En secreto, deseaba conocer a esa mujer tan parecida a ella y por primera vez pensó, que podría conversar con alguien que la comprendiera en su totalidad. Una verdadera amiga, no, como aquellas mujeres nobles de la corte, que solo chismeaban entre ellas cosas de vestidos, fiestas y otras frivolidades. Catalina, en el fondo, deseaba tener una amiga con quien conversar del mar, sables, caballos y otras cosas que solo mujeres como ellas podrían comprender.
Sin embargo, nada de eso sucedió, sino por el contrario, parecían rivales que otra cosa.
—¿Será por André? —se preguntó Cata en su mente.
Podría ser la razón, pero decidió que no valía la pena pensar en eso por el momento, André no significaba nada para Oscar. Tenía esa seguridad, después de ver como esta trataba al mozo todo el tiempo.
Continuará.
