N/A: Una cosa nada más: Preparen sus feels para el Viktuuri ;)


Sic mea vita est temporaria.

Cupit artenter caeitatem aeternam ~. Ai ni tsuite: Agape.


Epílogo: Our Horizons

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Su alma gemela no deja de llamarlo. Él tiene… él debe acudir a su encuentro. El anhelo no es exclusivo además, combustiona por medio del lazo espiritual con una fuerza abrumadora dispuesta a bañar sus agudas emociones. Ah. ¡Ha esperado tanto por esto! ¿No es así?

Viktor necesita verlo, sentir el calor humano, valorar el pulso acelerado de un corazón que ha esperado por él desde el momento que sus destinos se unieron, pasar sus manos por cada hebra de cabello… ¡y preguntarle de una buena vez respecto a esa canción humana de tonada pegajosa! Tiene tantas ganas de conocer cada aspecto de Yuuri. Su vida como humano, sus deseos personales, sus opiniones. Todo. Ya han soportado suficiente estando separados.

Viktor.

Es tan perfecto escucharle. Ni siquiera la más hermosa de las canciones creadas por las sirenas podía compararse con la agraciada voz de Yuuri. Tan envolvente, tan única, procreada para ser apreciada por él. Nadie la valoraría así. Nadie más que Viktor. Como debe ser.

Yuuri… ven. Ya es hora.

Le hace saber mientras aumenta la velocidad, moviendo su aleta de un lado a otro. Atravesando el agua con la poca paciencia que le queda, esquivando toda fauna marina posible. Viktor, estoy aquí. Necesita llegar a dónde su compañero sin más preámbulos. Conserva la calma. Conserva la-. Al notar la pendiente a insignificantes metros de él -después de haber nadado todo un día acompañado de nada más que tonadas entusiastas-, sabe que por fin ha llegado. Las diminutas olas se juntan en lo externo para chocar contra las piedras, la manera en que lo hacen, es ausente de gentileza. Situación que podría haberle preocupado, de no ser porque recuerda que en el sueño se ve claramente a Yuuri sumergirse dentro del agua sin ningún problema. Ya estamos aquí. Ya estamos aquí… Mientras más se acerca, más sofocado se siente.

De repente su cuerpo se tensa. La marca titila de nuevo en un gesto de curiosidad al escuchar el splash provenir de la superficie que culmina en una clara visión provocativa para Viktor. Su reacción ante ello consiste en la aspiración de borrar toda distancia entre él y el cuerpo que ha comenzado a traspasar las aguas marinas, envuelto en excesiva espuma salada que, en consecuencia, le obstaculiza la visión. Sus párpados permanecen estáticos durante todo ese momento, presos de una mirada incapaz de ceder a perderse un instante de un panorama tan íntimo.

Yuuri. Mi Yuuri.

Todavía ensimismado, no pierde el tiempo y se apresura, sus manos vacías que exigen ser llenadas por su compañero lo obligan a hacerlo. Por lo que le lleva poco tomar el delicado humano entre sus brazos, cuyos mechones de cabello oscuro le cubren la frente mientras sus párpados se encuentran cerrados, ausentes de cosas de plástico rodeándole los ojos. Y sí, es una variación ligera del sueño pues Yuuri no está consciente, pero no por eso deja de ser-

Hermoso.

El contacto es increíble, Viktor siente que se quema tanto por dentro como por fuera. Ahí, en pleno océano japonés, kilómetros lejos del mar de Azov, su nostálgico lugar de origen. Los sueños experimentados en el friolento territorio ruso no se comparan a la realidad tibia de las aguas japonesas. No es necesario. Siguen siendo especiales, pues son pruebas inherentes de su conexión. El memento que marca un antes y un después de aceptar a Yuuri como su alma gemela. La certidumbre del vínculo completado por los dos, con cada vibra de éste recorriendo sus cuerpos cual pequeños pececillos juguetones, todos de colores alegres.

De ser posible, le gustaría permanecer en esa agradable posición. No obstante, Yuuri no posee fisiología alguna de tritón, y lo más sensato es llevarlo a la superficie para hacerlo respirar aire. Así que lo hace, recargando la cabeza de su compañero contra su pecho mientras se dispone a salir del agua, nadando hasta dónde no hay olas para librarse de posibles dificultades. Sólo así emerge del mar, sin movimientos bruscos, temeroso de lastimar a su compañero con cualquier insignificancia.

Una vez fuera, tras cerciorase de la seguridad de ambos, dirige su mirada hacia el humano, cuya belleza resplandece con un descaro impresionante ante la luz del amanecer. La sal acumulada en sus labios es irresistible, la suavidad de su cabello mima amablemente la piel en los brazos de Viktor. Sus facciones, por otro lado, no son menos impecables; son asombrosas, centellean encima de la piel blanca. El tono es similar al de algunos caparazones pertenecientes a las exóticas conchas que el tritón todavía colecciona en algún rincón de su hogar.

¿Qué he hecho para merecerte? Al principio te negué y ahora-

—Ahora… —Murmura en voz alta, su voz tiembla.

Entonces Viktor se anima a sostener la mano marcada de su compañero, entrelazando sus dedos sin apretarlos. Sus pieles son cálidas, agradables en gran parte. La gracia de encontrarse dónde siempre debieron estar brilla por sí misma, colocándolos a ellos dos en el centro de atención conforme el día avanza. El agua carente de corriente les permite continuar cerca sin la necesidad de mecerse. La tranquilidad reina el ambiente, pero no a Viktor. En especial cuando su propia marca roza la de Yuuri sin buscarlo. Mío, sisea el subconsciente del tritón en algún rincón de su cabeza apenas capta la cercanía. Después, en una mezcla de necesidad y protección, desliza su mano por la epidermis del muchacho hasta posar la yema de sus dedos en la tinta impregnada. Mío. Sin apartar la mirada de la pequeña marca, comienza a trazar los bordes, uniformes e indemnes, los rastros mágicos que forman una refinada V. MÍO.

El corazón le palpita ante la escena tan bella frente a sus ojos, olvidándose por completo de pensar con claridad. Sus instintos desesperados le envuelven y le hacen soltar un jadeo que reflejan su repentina codicia. Mío. Yuuri. Mío. Su respiración vibra cuando suelta un quejido, antes de inclinarse hacia el rostro apacible, en busca de más contacto. Porque ya no le basta con sostenerlo, claro que no. El deseo de ver los ojos de su compañero, implorantes y entregados a los suyos en señal de devoción mutua-. Eso es algo que desea ver. Lo requiere para saciar el hambre de un vínculo intenso, dispuesto a volverse fuerte con cada segundo que el tritón acompaña a su querido humano. Un hambre que puede ser complacida con una sola cosa. Al menos en ese instante. Algo que no puede evitar. Por muy platónica que sea su conexión todavía. Joven e inexperta, como los dos.

Viktor acorta toda distancia de su boca contra la de Yuuri, ejerciendo una presión simple. Más no es insuficiente para sentir que su mundo se ahoga en un espiral exquisito de sacudidas emocionales al tocar una textura tan suave como esos labios. La marca le quema tan agradablemente que no puede evitar el gemido procedente de su boca. Más. Quiero más. Hipnotizado por la perfección del momento, e inundado de confianza, se siente dispuesto a compartir sus labios por segunda vez, sin embargo, unos ojos almendrados observándole de repente, lo detienen justo cuando están a escasos milímetros de distancia.

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La cabeza le da vueltas cuando abre los ojos de golpe y siente como su cuerpo flota encima del agua. Por supuesto, no está preparado para lo que observa a través de su vista enturbiada. Sin embargo, no piensa demasiado al respecto, para sorpresa propia no analiza nada de los detalles superficiales. Sobre todo cuando sabe de sobra que no está solo. Tiene compañía de cierta persona responsable de que su marca en la muñeca no pare de pulsar.

Viktor.

Sus ojos se rinden ante el enfoque de soplo temporal más fascinante de toda su vida. El final de un recorrido para comenzar otro junto a alguien. Tienes a Viktor. Una parte de él grita que necesita apartarse y procesar la situación actual, lo que está viendo a través de esos orbes azules presurosos, llenos de algo que estimulan su otra parte, esa que está dominada por los instintos primitivos de híbrido, impaciente por culpa de la cercanía. Susurrante de dos palabras específicas: Mío. Viktor. Mío. Viktor. Viktor. VIKTOR. Abre la boca soltando un sollozo de embeleso, casi inaudible y retraído. Pero el tritón parece encantado con ese pequeño sonido, pues sus mejillas se curvean hasta formar una incuestionable sonrisa de oreja a oreja. Yuuri puede figurarla incluso con su vista obstaculizada.

Mío.

Eso es todo lo que necesita para sucumbir a su parte instintiva, la cual lo hace apartar sus brazos del agua, alzándolos en alto con la finalidad de colocar sus manos encima de aquel rostro tan llamativo. Sus ojos no pierden detalle de cómo las cejas de Viktor se arquean mientras sus labios se fruncen debido a la 'V' de su muñeca, apoyada en el moflete derecho. El placer de tener contacto con su alma gemela es extraordinario, no hay perplejidad. Encima el tritón responde con la misma intención de seguir explorándose mutuamente al apoyar su propia mano en la barbilla de Yuuri, la marca 'Y' presiona contra el inicio de su cuello y basta para deshacerlos a los dos en estremecimientos.

La adoración es evidente en sus miradas atrapadas, la una en la otra, no hay parpadeos ni desvíos de la vista como el muchacho humano espera, la influencia del vínculo sigue brindándole coraje para no hacerlo. En el espacio reducido a ellos dos, las respiraciones inconstantes se convierten en un mismo aire, conducen a lo irrevocable con los rostros que siguen estando demasiado cerca. Viktor pide permiso está vez, en afonía, acariciando el mentón de Yuuri conforme dirige su mirada incitante a los labios de su compañero. Éste último le concede lo que desea, cerrando sus párpados. El primer beso oficial después de su encuentro ocurre entonces. Es tierno, cortés, atento y con un sabor fresco a pesar de tener el toque salino del mar. Una presión que va acrecentándose cuando Viktor ladea la cabeza para profundizar un poco, sin atreverse a más, abriendo sus bocas para acrecentar su unión.

Yuuri no detiene sus suspiros por mucho que quiere hacerlo. No cuando su mente pronuncia el nombre de Viktor sin pausas y es capaz de escuchar su nombre en los pensamientos del tritón por igual. Ya no se sorprende para mal. Es una experiencia alucinante debido a la fuerza de su reunión. Sí, quizás es vergonzoso porque... bueno, nunca se le habría ocurrido que una de las primeras cosas que haría con Viktor serían besos. Ah, vaya…

Falto de aire, el muchacho es el primero en romper el beso, sólo así se percata del sonrojo que ha reinado en sus mejillas y hacen reír al tritón. Una risa dulce que sacude al humano de pies a cabeza de forma deleitable.

— ¿Vik…tor? —Logra decir por fin, su voz suena insegura. Es la primera oración que dice a su compañero.

No se siente preparado de creerse lo que está pasando, regresa a su personalidad abochornada desviando la mirada con prisa. Ante eso, el tritón no contesta de inmediato. Responde ejerciendo contacto entre los dos, teniendo un gusto obvio por sujetar la barbilla de Yuuri con la condición de entrecruzar miradas. Y sostenerla es todo un reto para el chico, pero lo consigue porque esos ojos le gustan demasiado. Lo que no se espera es el imprevisto peso sobre el puente de su nariz. El armazón azul que creía perdido descansa en su rostro. Un simple comienzo para romper todo rastro de su coraje impulsado por ese otro Yuuri. En consecuencia, su vista refinada nota todo la representación que es su alma gemela. Casi le da un maldito infarto al tener la perspectiva ocular al cien por ciento, descubrir la perfección fuera de lo común que es Viktor… Oh, Dios. Es… ¡es demasiado!

Está a punto de gritar por la misma impresión, pero un singular dedo en su boca lo priva de ese apuro. Viktor no deja de observarlo con interés. Apenas puede soportarlo y en seguida siente una mezcla de tormento y deseo por acortar la distancia otra vez. Algo que ni él mismo entiende. Pero ahí está.

El siguiente gesto es sencillo, empero, resulta efectivo para nublar su timidez. Una sonrisa más, acompañada de esa voz única, medio pícara, medio emotiva. Una que no se cansaría de escuchar nunca, de ser posible ese tiempo.

—Hola, Yuu-ri.

Yuuri Katsuki cumple veinticinco años, el mismo día que conoce a su alma gemela. Los sueños ya no son necesarios a partir de ese día. Son remplazados por la belleza de los recuerdos. Una relación destinada a ser ha emprendido su viaje a la eternidad.

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— ¡Mila, ya dame eso! —Exclama Sara, tratando de arrebatarle a su esposa, sin éxito, los binoculares de las manos.

—Anda, anda Sara. En un momento —Alega la muchacha pelirroja entre risitas.

— ¡Oh vamos! Si me trajiste es porqué también me dejarás espiar a esos dos... —Insiste en protestar.

— ¡Ay por Poseidón! ¡Parece qué si le preguntó! —La interrumpe entonces. El grito femenino es tan alto que Sara la hace retroceder del risco con temor a ser descubiertas.

— ¡Mila! —Reprende la sirena entrecerrando los ojos con indignación.

—Jeje, ya vale, ya. Es que no me pude aguantar —Se defiende la chica, tendiendo el artefacto en su mano derecha para disculparse.

Sara resopla antes de colocarse los binoculares en los ojos, acercándose despacio a la punta rocosa. La cautela con la que enfoca su atención al objetivo es bastante divertida para Mila. No se pierde ni un rastro de la reacción, es una muy positiva que le hace sentirse en las nubes porque no hay nada como la aprobación de su esposa.

—Ah, Mila. Vuelves a lograr tu cometido —Exclama por fin.

—Yo no. El destino y la magia, moya sladost'. Yo soy la intermediaria nada más —Acepta la sirena con orgullo.

Colocándose al lado de Sara, asiente con la cabeza para dar su propio juicio respecto a la relación entre Yuuri y Viktor. Metros de distancia apartados de ellas, tendidos sobre la arena de la costa más cercana al acantilado. La escena es adorable, sí. El tímido muchacho sorprendido por la habilidad del tritón para obtener piernas fuera del agua es lo que logra esa imagen. Su rostro continúa adornado por las chapas rojas e intensas de la vergüenza pura tras la pregunta formulada por la ingenuidad del tritón, exigiendo respuestas de canciones humanas, burdas y cursis. Aunque es innegable lo buena pareja que hacen, su amigo de la infancia tiene tanto por aprender…

—Andando Sara, nos tenemos que ir —Murmura finalmente, colocando su mano en el hombro de su compañera, haciéndole a través de su conexión la insistencia en la retirada —. Todavía tenemos que ir con Yuri-pescadito.

— ¿Eh? ¿Por qué? Acaso él y Otabek… —Contesta sorprendida. Apartándose del risco para posar la mirada en la de Mila.

—Probablemente. No estoy segura. Según yo sería dentro de un año más —Se limita a decir, dando media vuelta para irse del lugar, pensativa.

— Hmm. Estas parejas de hoy en día —Comenta Sara siguiendo de cerca a su esposa.

—Bueno, me dan motivos para escribir otro libro ahora que el primero no lo tengo conmigo. La relación de Viktor y Yuuri me han dado una gran inspiración —Alega la sirena y agrega—: ¿Quién diría que sobrevivir al punto de quiebre madura más rápido el vínculo de las almas gemelas? ¿O qué el vínculo es posible entre sirenas e híbridos?

—Debes de tener cuidado con eso —Advierte Sara, rodeando la cintura de Mila para recargar la mejilla en uno de sus hombros —. Los secretos de tú clan son tan meticulosos a veces.

—Lo son. Para eso existimos. Alguien tiene que alentar la evolución y conservación de nuestra especie —Objeta la pelirroja.

— ¿Qué pasaría si los que se oponen a la existencia de tritones como Yuuri…?

—No lo sé, pero es mejor no tentar eso. Por ahora. ¿No los viste? Son una de las parejas más unidas gracias al desliz de casi romper su vínculo. Vendré a verlos dentro de poco. Estoy convencida de que Viktor se quedara en el mundo humano por Yuuri, es más seguro para los dos —Positiva a las cosas por venir, agrega por último—: Tengo un buen presentimiento respecto a ellos y su futuro. Estarán bien.

Cuando las sirenas abandonan Hasetsu, ya es mediodía. Las palabras finales de Mila Babicheva son lo último que visita el acantilado Kibō y dejan un ambiente digno de su nombre. Digno de esperanza. La magia se regocija del amor consumado por primera vez, después de veintisiete años.