Nota de la autora: Muchas gracias por sus review :), quizás les aburra que se los diga pero en serio me gusta saber lo que mis lectors piensan de la historia. Este capítulo va dedicado a Hatsune, cuyo fanfic de Remus Nymphadora me caló muy hondo, para ti va esto :).
Inspiración por : Siempre – Nicole feat. Marciano/Quitémonos la ropa – Alexandre Pires/Nada es para siempre – Luis Fonsi (sisisisi, ando re cursi últimamente :P, van a encontrar frases de esas canciones en este capi, y me quedó cursi, sobre todo al final, conste que advertí!).
VERANO ROSA
VII: Piel Fundida
"… recórreme despacio por toda la piel, bésame, ven y devórame…"
Estaba tumbada de lado, haciendo un esfuerzo descomunal por no dejarse llevar tanto. El hecho de tener a un hombre lamiéndole el cuello con una sensual lentitud estaba llevándola por un sendero oculto y lleno de pasiones escondidas que amenazaban con salir a flote luego de tanto tiempo.
Hugh exhalaba su aliento caliente sobre el perfumado cuello de Nymphadora, yendo lento como le gusta a él. No había tocado ni siquiera una pequeña porción de piel, se limitaba a sujetarla de la cintura con una mano, mientras depositaba candentes besos y lamidas.
Ella estaba tan cambiada, hasta le parecía otra, y eso le volvía más demente. Hacer suya a una mujer que antes había sido de él, y ahora luego de dos eternos años tenerla frente a su cuerpo, para volver a repetir las mismas escenas cargadas de miel y de crema, donde adosados a la pared como estrellas marinas gemían el nombre del otro, mientras el corazón se salía por las fauces.
– Me vuelves loco – susurró en su oído, con esa voz gutural que a ella le provocaban exquisitas cosquillas en la entrepierna.
Hugh era de esos hombres que con sólo regalarte una sonrisa y una mirada te hacen sentir la reina del mundo, la más bella, atractiva y sensual mujer que tiene el poder de pisar la tierra. Ese don de envolver con sus caricias una situación tierna y excitante, lenta y profunda. Sobre todo cuando un brillo animal adornaba sus ojos mientras recorría con manos y labios su anatomía, como si quisiera devorársela ya.
El sólo hecho de mirarlo en ese estado le causaba un mareo apoteósico que amenazaba con derrumbarle la razón.
Se tumbó de espaldas, todavía pendiente de las futuras consecuencias que desencadenarían sus actos. Hughpasó una pierna por encima de las de Nymphadora, sin cargar su cuerpo sobre ella. La mujer llevó las manos hacia los lados, con una evidente kinésica que para Mcmillan significaba hazme lo que quieras.
Continuó besándola en el intersticio donde se una la cabeza con el torso, aquel sensible lugar que a la mayoría le provocan intensas y pesadas revoluciones, que hacen olvidar cualquier defecto o consecuencia en contra.
Fue depositando su peso lentamente sobre ella, sus caderas se fueron juntando en cámara lenta. La sensación de tenerlo encima le estaba colmando la razón, se sentía demasiado excitante y exquisito que no tenía valor de arrepentirse. Esta era la parte en donde ella adoptaba una posición totalmente pasiva y se dejaba hacer.
No había tiempo suficiente para dedicarle, ni flores en el mundo para regalarle, sólo estaba ese momento y ese terciopelo rosa en el que se recostaba a dormir sus dolores y alimentarse de los más sabrosos amores.
Nymphadora quiso hablar.
– Shhh – dijo él – un poquito más – continuó bajando, arremolinándose en su escote, invadiendo los suaves poros de la epidermis excitada, dejando húmedos besos como huellas de crimen, el crimen más dulce que cometería en mucho tiempo.
Arremetió contra su intimidad, adentrando sus palmas bajo la blusa, con manos sudorosas y candentes se aventuró hacia el brassiere, empujando con sus uñas la estructura rígida que envolvía sus pechos. Se embriagó con la textura lozana de estos, acercando sus yemas a los erguidos pezones, de un tono rosa opaco. Podía ver y escuchar los golpes secos de su corazón, al mismo tiempo que el tórax bajaba y subía en una danza muda que decía mucho. Cómo sus mejillas se sonrojaban en un tono carmesí brillante, las pestañas adornaban sus ojos cerrados, y el cabello se escurría por la frente haciéndola lucir como una ninfa a la espera de su amado. Ya llegué se le antojó decir.
Cubrió de lleno con sus palmas esos bombones de crema, perfectamente redondos, en cuyo centro se encontraba ese exquisito botón de placer. Subió la blusa completamente, vistiendo su cuello de seda. Depositó fugaces besos en su vientre, en su ombligo.
Nymphadora suspiró jadeante, un susurro ahogado.
Continuó el camino, ascendente.
Esta vez sacó su lengua para acariciar la piel, recorriéndola en zigzag, dibujando rayos de amor sobre ella. Llegó a la base de sus pechos, los rodeó con una lamida profunda y lenta, impregnando de deseo, fusionándola de anhelo.
Pequeños besos, caricias suaves… amor.
Tomó con sus labios un pezón.
Nymphadora suspiró jadeante, más hondo que antes.
Cerró los ojos, concentrándose en el aroma sublime que subía hacia sus fosas. Dulce, sabor a caramelo. La textura más excitante. Piel adornada de pequeñas hendiduras.
Succionó con vehemencia, sintiendo como una parte de su cuerpo se erguía con creciente ímpetu. Rodeó su cintura con una palma, empujándola hacia la cama. Llevó la mano hacia la rodilla de su mujer, con suma delicadeza la llevó hacia un lado. Se posó entre las blancas piernas de ella, acercando sus caderas.
Nymphadora sentía la excitación de Hugh, quemándole la entrepierna, mojándola de ansias y un deseo oculto de desnudarse para él. O que él la desnudara.
Continuó lamiendo su piel, succionando de botón en botón, sintiendo bullir con loca locura la razón, donde el vapor se concentraba en las venas, y los 37 grados Celsius se convertían en tormentosos y mareantes 40, pero ninguna proteína moría, todo se multiplicaba por 2, todo… absolutamente todo.
Donde los laxos centímetros, se convertían en erguidos.
24.
X
Llevaba esperando afuera casi 5 minutos, los jadeos se intensificaban, al igual que la presión que ejercía la sangre sobre sus venas. En las de la frente y del cuello sobre todo. Se sentía asquerosamente mal, furibundo y triste. Como nunca antes se había sentido por nadie.
Le valía un carajo que Nymphadora se hubiese sentido así antes por su culpa, ahora él era la víctima, el puñetero idiota al que estaban humillando.
Sentía deseos de irrumpir en la habitación y gritarle que era una hipócrita, que había montando un show sólo para hacerlo sentir mal inútilmente. Que era una vil mentirosa, que había lloriqueado haciéndolo sentir como el hombre más perro del mundo, y ahora irónicamente ella le devolvía la moneda, de la forma más explícita y literal posible.
No se explicaba cómo Kingsley no había salido al pasillo a preguntar qué mierda sucedía en la habitación de Nymphadora.
- Puto Celestino – pensó indignado. Él tenía toda la culpa, nunca debió traer al Mcmillan ese.
"Carajo… ¿y ahora que hago?" se preguntó. Irrumpir en la habitación gritando las groserías más horribles del mundo podría quitarle aunque sea un poquito de la ira, pero se vería estúpido. Quedarse afuera hasta que acabaran – tensó los puños ante la idea de imaginárselo acabando en ella – estaba descartado, podrían tardarse horas de horas y su corazón no iba a resistir tanto tiempo con ese nivel de pulsaciones.
Cerró los ojos indignado, harto de sentirse como basura. Harto de sentirse como su basura. Esos eran los momentos en el que ansiaba la luna llena y así poder desquitarse con algo. Aunque fuese con él mismo.
X
Podía disfrutar de su aroma horas de horas, embriagarse de su calidez sobrenatural, apoderarse de esos cabellos color rosa, saborear su frente, sus mejillas, su boca… su cuello, su pecho, su vientre, y más abajo… todavía más abajo.
Tratar de dilucidar que misterio se hallaba bajo sus ropas, adivinar qué textura tendría ahora, qué intensidad tendrían sus suspiros, sus gemidos, sus grititos de placer. Qué sonido tendrían sus silencios, si volverían a saber como las fresas, dulce, cálido. Si brillarían sus ojos, si se dilatarían las pupilas, exhibiendo el estado narcótico de su ser.
- Te amo – se le escapó, un susurro desesperado se despojó de la boca. Cada succión, cada beso, cada lamida… lo llevaba a un estado de exquisita locura. Tanta, que se le estaban escapando los pensamientos y sensaciones por las fauces, fauces que ansiaban devorarla, y retenerla consigo eternamente.
"Te amo"… si, eso había dicho. La frase revoloteó en su cerebelo un minuto, chocando contra los demás sesos. "Te amo"… hace tanto tiempo que no escuchaba esas dos palabras, que habían perdido significado.
Te amo dijo otra vez… y otra, y otra, mientras tanto arremetía con su lengua el abdomen de ella, y desabrochaba su propio pantalón.
Duro.
Mucho.
Muchísimo.
Volvía a sentir esa presión sobre ella, quemándole el vientre, arrancando de su garganta furiosos suspiros.
Con Hugh eso de "donde hubo fuego, cenizas quedan" era total y desesperadamente cierto. La manera que tenía para mirarla, como la besaba antes de desnudarla, sus manos, sus jadeos, sus caderas…
Nymphadora se mordió el labio.
Pero había algo que no le gustaba del todo. Un nombre, un nombre se arremolinaba en su memoria una y otra vez, pero era incapaz de conseguirlo.
Hugh siguió desabrochando su pantalón, mientras hurgaba con su lengua la piel entre sus pechos, besando, acariciando.
El cuerpo de Nymphadora se tensaba bajó él, a veces pegándose aún más a la cama, otras estirándose hacia sus caderas, pidiendo más.
Para él, Nymphadora era un huracán de flores. Lo derrumbaba contra una ladera suave, esponjosa, de aromas dulces. Lo mareaba, lo envolvía en una enfermedad deliciosa. Era la enfermedad y la enfermera. Era las lágrimas y la risa. Querer y morir. Era amar. Era amarla. Aún.
- Quiero amarte hoy – susurró, como si hablara consigo mismo. Ella pudo percibir en su voz un dejo de anhelo, de ruego, de pedir un momento más.
Ahí fue cuando se dio cuenta. Cuando las palabras de verdad sonaron ciertas para ella.
Él todavía la amaba. Seguramente con la misma pasión y adoración de la noche en que se desnudaron juntos, bajo la luna menguante en un frío enero. Con la lluvia salpicando las ventanas de la habitación. Los truenos callaban los gemidos secos de ambos, y la brisa se desparramaba por sus poros, llenándolos de aire frío, que se calentaba nada más profundizarse en la dermis.
Era la primera experiencia para ambos, explorando y experimentando con el otro.
Un flash de recuerdos vino a la mente de la mujer, recordó sus caricias, sus besos, sus gemidos, sus jadeos, sus "te amo" eternos, sus "quiero estar contigo para siempre" cada vez que tenían un momento a solas. Sus palabras mudas, los brillos dorados en sus ojos, su sonrisa, su… su todo.
Comenzó a sentirse mal.
Mal, muy mal.
Algo no estaba bien.
– Yo no te amo – le dijo, antes de darse cuenta que sonaría horrible en ese momento.
Todo se detuvo, respiraciones incluidas. Hugh sintió que su pecho se apretaba. Y le dolía el corazón. Y algo más.
Nymphadora se obligó a mirarle a los ojos, y vio como estos se derretían, como se volvían opacos de luz, y brillantes de lágrimas. Su pecho también se apretó. De culpa. Estaba jugando con él. Estaba jugando con el único hombre que la había amado, que la amaba.
"Si dependiera de mi, me quedaría contigo" pensó decirle. Pero las excusas no servían de nada, bien lo sabía ella. Pero era la verdad, la verdad más cierta que ella podría proferir en sus cortos años. Hugh era el hombre perfecto. No tenía defectos importantes, muy por al contrario. Pero el faltaba algo. Algo muy importante.
Le faltaba algo que le impedía tener el amor de Nymphadora.
Le faltaba ser Remus.
X
Estaba hecho mierda. Quería largarse de allí pero sus piernas no le respondían.
Quería poder quitarse todo lo que llevaba cargado a su espalda, toda esa mochila de dolores. Desaparecer por un buen tiempo, y quizás no volver hasta que se hubiese pseudo sanado todo. Tal como lo hizo hace años atrás. Hace 16 años atrás. Cuando sólo era un hombre joven, lleno de sueños, sueños rotos por la guerra, rotos por las pérdidas, rotos de dolores. Como siempre.
Como siempre. Estaba acostumbrado a ver como se perdía su futuro, como se eclipsaba bajo un manto de basura, como la gente se encargaba de torcer su destino hacia caminos oscuros, donde escuchaba palabras como "licántropo", "peligroso", "nadie te va a contratar", "nunca", "no"…
Siempre era así, siempre había sido así, siempre sería así.
Y era ingenuo de su parte pensar de otra manera.
"Pero quizás si yo…", se había cuestionado muchas veces.
Los peros no venían al caso. De peros, nada. Su vida era así, y había que hacerle frente.
Él estaba solo. Y punto.
Algo dentro de él comenzó a empequeñecerse, a diluirse en la sangre, a enfriarle el cuerpo. Algo dentro de su ser se venía abajo. Eso mismo de lo que huyó tantas veces, pero que siempre conseguía derrumbarlo. Las cicatrices el cuerpo no son las más importantes. Sino las del ser. Y de esas habían muchas. Desamor, decepción, tristeza, sentirse fuera de lugar eternamente.
Ella también se marchaba de su lado. Lo dejaba tirado allí.
"Imbecil", pensó, imbécil él por creer que ella insistiría en su amor. Esperanza, esa palabra, rota, muerta, quebrada, ya no existía en su vocabulario. Imbécil por creer que ella la resucitaría.
Odio, la odiaba. La odiaba por envolverlo con sus colores chillones, por volverlo loco, por quitarle su sello, por quitarle la razón, por quitarle la seguridad.
Te odio, pensó. Y ese odio se adornó de flores, de sonrisas dulces. Imbécil otra vez, imbécil por creer que la odiaba, no. Pero te amo era una palabra muy grande. Y él era incapaz de pronunciarla. No aún.
Tan sumido en sus pensamientos estaba, que ni cuenta se dio cuando la puerta se abrió. Sólo la sintió cerrar. Volteó su rostro hacia Hugh, que lo miraba como si Remus fuese transparente, como si él no estuviese allí. Como si mirara todo, pero no enfocase nada.
Un halo de ira se revolvió en su pecho, con energía renovada. Caminó hacia él, con paso seguro. Se interpuso en su camino. Acorralado.
– ¿Qué quieres? – preguntó el chico. Con una mirada triste, como si en cualquier momento fuese a llorar. Con una voz seca, apretada por las lágrimas.
Remus lo notó. No tenía cara de haber gozado dentro de la habitación, muy por al contrario. Algo mínimo se relajó dentro de él. No pudo contestarle. No sabía qué contestarle.
Hugh se escabulló de la sombra del lupino, con aire taciturno, melancólico.
Sintió el deseo de preguntarle que había sucedido allí adentro. Pero se frenó. No podía entrometerse. Fuese lo que fuese lo que mantenían Nymphadora y Mcmillan.
Suspiró hondo, dispuesto a irse cuanto antes, y no volver a verla en mucho tiempo. Sus ojos la quemaban. "Podemos ser amigos" dijo ella con la voz quebrada, "Al carajo con la amistad", pensó decirle. No lo hizo.Se perdió en la inmensidad de sus ojos oscuros, la contempló por última vez. Se embriagó de su aroma, tocó su piel tersa y blanca. Se puso de pie, sintiendo vidrios rotos bajo la piel. Sintiendo que en cualquier momento se derrumbaría.
Sentía los ojos de ella en su espalda, clavándose como tarugos en la madera, derritiendo los músculos a su paso, las vértebras, como si su mirar le arrancase la vida.
Caminó hacia el traslador, mientras que Remus se debatía entre hablarle o no. Ambos pechos encogidos por la decepción, por la frustración de no obtener lo que anhelaban.Remus se quedó de piedra cuando el chico se volteó, antes de tocar una vieja tetera que se apoyaba sobre la mesa.
Nunca había visto a un hombre llorar. No así.
– Ella te ama a ti – pronunció él, como si decir esa verdad le calara hasta lo más profundo, le lastimara como nada lo había hecho antes.
No supo qué decir. Silencio.
– No la lastimes – dijo antes de desvanecerse.
A Remus no le sonó como amenaza, ni como orden.
Sonó a súplica.
"No lo haré", dijo en su susurro, seguro de su promesa. Las promesas no se rompen.
Sintió un sollozo a sus espaldas. Allí estaba ella, son sus manitas restregándose los ojos, obligándolos a dejar de llorar.
Caminó hacia Remus sin notar su presencia, con la cabeza gacha. "Parece una niña pequeña" pensó el hombre con ternura, pasando por alto que sus lágrimas eran de tristeza con furia, de amar a alguien que quizás no se lo merecía tanto como Hugh, por que la había hecho sufrir centenares de veces. Pero en ese tema no se mandaba, ella amaba al lupino y ya estaba.
Caminó dos pasos más, antes de chocar un pecho duro y frío, arropado torpemente ante la velocidad de los hechos.
Dio un leve respingo. Iba a alzar la cabeza y mirar quién estaba frente a ella. Pero unos brazos la rodearon, obligándola suavemente a ladear su rostro y descansarlo en el pecho de aquel que la envolvía con una paz austera.
La estrechó hasta que sintió sus pechos apretarse contra él. Besó su cabello y reposó su mentón sobre este, respirándole encima.
Calor.
Remus tomó una bocanada de aire, y Nymphadora sintió el pecho de él inflarse y encogerse nuevamente. Mientras llevaba sus manos hacia su espalda, y lo acercaba todavía más a su cuerpo, en un mudo intento de aferrarse a alguien en ese momento.
Escalofríos se resbalaron por sus médulas. Ella seguía sollozando, pero menos que antes. Le acarició la espalda, con suma suavidad, como si fuese una muñeca de porcelana. Su muñeca de porcelana.
"No lo haré"
Resonó de nuevo, esta vez en su corazón.
