NA: Como siempre, gracias Snuffle's Girl por tu amable review. Espero que este capítulo también te agrade y que podáis actualizar pronto vuestro fic.
La paz obtenida con la punta de la espada no es más que una tregua
Pierre Joseph Proudhon
Cap. 4: Una vía de escape
Ipswich.
Chase renqueó con toda la velocidad que le permitían sus menguadas fuerzas alejándose del granero Putnam. Pese a su cansancio, aún tuvo la suficiente sangre fría como para vigilarse y no dejar señales o huellas en el barro formado por la lluvia que después pudieran delatar su huida. Si ahora Danvers lo seguía y lo encontraba, estaría perdido.
Cuando por fin le pareció que había llegado a una distancia prudencial, se detuvo al lado de un árbol y se dejó caer contra su tronco, jadeando. Ya no daba más de sí. La tormenta había cesado, pero aún caía una fina lluvia que empapaba las ropas del joven y formaba gotas que le caían por el pálido y marchito rostro mientras intentaba recuperar el aliento.
Pasado un segundo, Chase abrió de nuevo los ojos y empezó a buscar algo en su bolsillo. Sacó su teléfono móvil e intentó encenderlo, pero no funcionaba.
"Mierda…"
Era obvio que en su combate contra Danvers había recibido tantos golpes que se había roto. Tenía que haber pensado en dejarlo en otro sitio antes de comenzar la pelea, pero en ese momento estaba demasiado cegado por el ansia de Poder y la esperanza de triunfo como para pensar en esos tontos detalles.
Durante una fracción de segundo, los ojos de Chase destellaron con una turbulenta llama mientras contemplaban el aparato estropeado, suspendiéndolo en el aire. Las partes mecánicas que lo formaban se descompusieron y giraron entre sí unos instantes, para después volverse a ensamblar de forma correcta. El teléfono cayó suavemente en la mano de Chase, en tan perfecto estado como recién salido de fábrica, y la pantalla se iluminó.
Éste sonrió con satisfacción. Estaba muy débil, pero no tanto como para no arreglar ese maldito teléfono. Después de todo, si Danvers había podido hacer lo mismo con un coche entero incluso antes de Ascender (Chase lo había constatado cuando desvió aquel camión para que chocara contra él, segundos después de haber convocado un tétrido para distraer la atención de Caleb de la carretera mientras conducía)… ¿cómo no iba él a poder hacerlo con aquella máquina mucho más pequeña?
Marcó un número en el móvil, y una voz femenina respondió al otro lado de la línea.
– ¿Helene? Soy yo, Charlie… – dijo Chase jadeando, y con un tono trémulo en la voz que no era del todo fingido, agregó – Por favor, te necesito… Tienes que venir a buscarme…
Quince minutos después, Helene Addison estaba en la carretera, conduciendo a toda velocidad su viejo Camaro del 95 hacia uno de los bosques de la vecina localidad de Ipswich, siguiendo las instrucciones que Charlie le había dado por teléfono.
"Helene, te necesito…", le había dicho éste. "Moriré si no me ayudas". Y eso era algo que ella no podía permitir.
Helene Addison tenía una pequeña cafetería en las afueras de Marblehead, anexa a una estación de servicio, que sus padres le habían legado al morir. Ella y dos dependientas más atendían a los clientes, normalmente camioneros, viajantes y familias de paso. A sus 24 años, su vida era tan anodina como podía ser. No tenía amigos ni familia y, salvo para ir a trabajar, a la compra y a la lavandería, nunca salía de casa. No tenía novio, nunca lo había tenido y todo parecía indicar que eso seguiría así durante mucho tiempo. De todos los hombres que transitaban por su cafetería diariamente, casi ninguno parecía interesado en establecer con ella lazos más personales, y los que estaban dispuestos a Helene no le gustaban: eran brutos y zafios. Hasta que un día se había abierto la puerta de la cafetería y Charles Goody había aparecido en su vida.
Era encantador. No había otra palabra que lo definiera mejor. Amable, educado, y guapísimo, con unos afables ojos azules de mirada inocente y una perpetua sonrisa en los labios. Tal vez era algo más joven que ella, pero eso no parecía importar en alguien que irradiaba la simpatía de aquel muchacho. Sus empleadas, al verlo, también habían cuchicheado y sonreído tontamente: no era habitual que viniera por esa cafetería un chico tan atractivo como aquél. Pero él se había interesado exclusivamente en ella, en una chica tímida y carente de mundo y de atractivos como ella. No era de extrañar que Helene le hubiera entregado su corazón sin condiciones apenas cinco minutos después de hablar con él por primera vez.
No lo había visto durante mucho tiempo, ni podía decir que tuvieran una relación formal de novios, pero ella había seguido amándole desde la primera vez que había pisado su cafetería, hacía ya varios meses. Y ahora, él la había llamado en plena noche rogándole que fuera a buscarlo, y, pese a lo inusitado de la situación, ella había obedecido sin pensar. Él la necesitaba, así que haría lo que fuera para ayudarle, y no cabían más consideraciones.
Eran cerca de las tres de la mañana cuando llegó a la dirección que le había dado Charlie por teléfono, en una carretera secundaria a las afueras de Ipswich. Hacía poco que la tormenta se había calmado y había dejado de llover, y apenas se vislumbraba una pequeña columna de humo a lo lejos (¿restos de un incendio producido por algún rayo?), pero allí mismo, donde ella se encontraba, no había ninguna casa, ni una mísera choza. Helene miró de un lado a otro escudriñando la zona, hasta que vio el cuerpo del muchacho acurrucado contra el tronco de un árbol.
– Charlie… – murmuró, y se apresuró a salir del coche y a acudir a su lado.
Se agachó junto al joven, que tenía la cabeza inclinada y parecía respirar con dificultad, y lo ayudó a incorporarse.
– Charlie, soy yo… ¿Estás b…¡Dios mío! – exclamó sobresaltada, cuando vio por primera vez su cara.
El habitualmente hermoso rostro de Charles Goody estaba pálido y macilento, y se veían unas ojeras profundas y marcadísimas bajo los ojos hundidos. Pero lo que realmente había asustado a Helene fueron las profundas arrugas que lo surcaban en la frente y alrededor de los ojos y de la boca. Parecía como si…
"Como si hubiera envejecido de repente", se dijo Helene, estupefacta.
– Santo Dios… ¿qué te ha pasado, Charlie?... ¿Por qué estás así?
Él la miró y habló por primera vez. Su voz también tenía un timbre diferente, algo más cascada.
– Helene… Estoy enfermo… no, no te preocupes, no es contagioso, pero tienes que sacarme de aquí.
– Te llevaré al hospital.
– ¡¡No!! – exclamó él, sobresaltándola de nuevo. Aunque débil, su voz tenía un tono imperioso que nunca le había oído – Al hospital, no. A donde quieras, menos al hospital.
– Pero en el hospital podrían tratarte… – insistió ella débilmente.
– He dicho que no... no hay tratamiento para lo que tengo. Si de verdad quieres ayudarme, llévame a tu casa. Me dijiste que vives sola… ¿verdad? Perfecto. Nadie tiene que saber dónde estoy. – agregó como para sí mismo.
– ¿Por qué?... ¿Qué está pasando?
– Pronto te lo contaré todo, de verdad, pero ahora no. Ahora tendrás que confiar en mí. Por favor, cariño… te necesito. – agregó mirándole con aquellos ojos azules que seguían siendo tan bellos y francos como siempre, en medio de aquel rostro devastado.
Aquello terminó por decidirla. Ayudó a Charlie a ponerse en pie y lo sostuvo mientras se encaminaban hacia el coche. El joven parecía de verdad enfermo. Se movía despacio y vacilante, como si estuviera sin fuerzas, o como un anciano.
Hospital de Gloucester, Massachusetts.
Pogue inspiró profundamente y abrió los ojos. Aún veía algo borroso, por el aturdimiento del sueño inducido por sedantes, pero aun así se sentía mucho mejor. No sólo físicamente, sino también más… aliviado.
Después percibió las difusas figuras que estaban de pie junto a su cama del hospital. Tardó unos segundos en reconocerlas mientras sus ojos enfocaban con normalidad… ¿serían tétridos, como el que se le había aparecido días antes a Caleb y a él? No, no lo eran. Eran Caleb y Sarah.
Pero tenían un aspecto espantoso. Caleb se veía duramente golpeado y magullado y su elegante traje de fiesta estaba destrozado y lleno de barro y hollín. Sarah lucía algo mejor, pero no mucho. Su bello vestido color vainilla también estaba bastante dañado y sucio, el pelo revuelto, y su dulce rostro tiznado y fatigado. Pero pese a todo, a los dos se les veía felices y tan serenos como él.
Cuando vieron que Pogue despertaba, se apresuraron a acercarse a su cama y a sonreír para animarlo.
– Eh, Pogue… – lo saludó Caleb cariñosamente.
El joven Parry parpadeó para aclarar más la visión.
– Chicos… – dijo débilmente – Veo que la fiesta… ha sido salvaje…
Sarah no pudo reprimir una sonrisa; y Caleb rió débilmente, negando con la cabeza.
– Está mejor. – dijo a la muchacha – Cuando se pone a hacer chistes malos, no puede estar tan mal.
Ella no contestó, sólo sonrió de nuevo y se apretó afectuosamente contra él, como buscando su protección.
– ¿Qué hacéis aquí? – preguntó Pogue, viendo la penumbra que dominaba la habitación, muy diferente de la luz intensa que había durante las horas de visita – ¿Qué hora es?
– Algo más de las seis de la mañana. – respondió Caleb, mirando serio su reloj – Siento haberte despertado, pero necesitaba saber cómo estás.
– Mejor… bastante mejor… ¿qué ha pasado con Chase?
– No te preocupes por eso, tienes que descansar. Digamos que, por ahora, todo ha acabado.
– ¿Por ahora? – se enojó Pogue, intentando levantarse.
Sarah, preocupada, le puso suavemente una mano en la frente para detenerlo.
– Ssshh, no te sulfures Pogue. No te hace bien.
Éste, por primera vez en su vida, obedeció y permaneció tumbado. En realidad, sólo le importaba una cosa en ese momento, y la pregunta salió algo ansiosa de su boca:
– ¿Cómo está Kate?
– Mucho mejor, he pasado por su habitación. Parece que está respondiendo muy positivamente al tratamiento. Puede que tarde un poco, pero se recuperará.
La sensación de alivio de Pogue se intensificó al máximo. Si ella estaba bien, nada podía ir mal.
– A todo esto… ¿cómo habéis podido entrar? No son horas de visita…
– No estamos de visita. Caleb tiene que hacerse una revisión. – dijo Sarah algo seria.
– Ya te he dicho que estoy bien… – insistió Caleb cansadamente, parecía que por enésima vez en la noche.
– Pero has estado a punto de morir, y no sabemos si tienes lesiones internas. Por favor, dijiste que lo harías por mí…
– ¿Chase? – preguntó Pogue.
Caleb suspiró, y asintió.
– Ya te lo contaré todo. Aunque, claro, no podíamos decir eso en el hospital. He dicho que hemos tenido un accidente de coche. – Aunque esperaba que nadie viera el coche en cuestión, puesto que estaba intacto. Incluso la luna, que Chase había destrozado, estaba como nueva desde que Caleb la había reparado.
Se oyó un ruido de pasos en el tranquilo pasillo, y la puerta se abrió sin más preámbulos. Reid y Tyler entraron agitados, casi jadeantes. Aún llevaban los trajes de fiesta. Caleb les había avisado de dónde estaban por el móvil media hora antes.
– Vaya, qué concurrido se está poniendo esto… – bromeó de nuevo Pogue, esta vez con más energía. Ambos muchachos corrieron al lado de su amigo.
– Tío… ¿estás bien? – Tyler parecía muy preocupado.
– Sí… me siento mucho más fuerte ahora.
Tyler asintió y sonrió contento ante la respuesta. Caleb miró a los chicos extrañado.
– ¿Vosotros cómo habéis entrado? No tenéis pinta de haber tenido ningún accidente…
– Nos hemos colado. – explicó Reid. Gracias a los Poderes, colarse en cualquier sitio de mínima seguridad era un juego de niños para ellos.
El joven Garwin se cruzó de brazos y contempló a Caleb y a Sarah con ojo crítico.
– Chicos… estáis horribles.
– Gracias por hacerlo notar… – sonrió Caleb – Me conformo con estar vivo.
– Es verdad… – la expresión de Reid cambió radicalmente, mostrando un interés casi anhelante – ¿qué ha pasado con Chase?
– No es el momento…
– Sí, sí que lo es. No te hagas de rogar, tío. Me está matando la curiosidad. – dijo Pogue.
– Y a mí. – añadió Tyler.
Ya que estaban todos allí, y que ninguno de los tres lo dejaría marchar sin que les contara de una vez lo que había pasado, Caleb accedió e hizo un sucinto resumen de cuanto había ocurrido aquella noche. Los demás lo escucharon, conteniendo la respiración y sin decir palabra durante todo el relato. Cuando terminó, todos se veían muy impresionados.
– ¿Y dices que Chase ha desaparecido? – dijo al final Reid, algo pálido.
Caleb se encogió de hombros, fatigado.
– El granero Putnam ardió hasta los cimientos y los bomberos han buscado durante toda la noche. Nada.
– Entonces… ¿está muerto o…?
– Está fuera de combate, por ahora. Por lo menos tenemos eso. Ya tendremos tiempo de ver qué hacemos, en cuanto yo haya descansado un poco y Pogue esté mejor.
Tyler miró a Sarah.
– ¿Y tú estás bien? – Ella sonrió y asintió, y el muchacho añadió – Nos hemos vuelto locos buscándote en la fiesta.
– Chase se la llevó. Dijisteis que la vigilaríais en todo momento. – les reprochó Caleb.
– Y eso hicimos, tío. Sólo nos descuidamos un segundo. – se defendió Reid, ofendido.
– Pues un segundo fue todo cuanto él necesitó. – arguyó Caleb, algo molesto.
– No importa, de verdad… – Sarah intentó quitarle importancia al tema.
– Reid tiene razón, Caleb… – intervino Tyler intentando aplacar su enfado – Hicimos lo que pudimos.
– Está bien, perdonad… – se disculpó Caleb, respirando profundamente y apretándose los ojos. Estaba muy, muy cansado, demasiado como para seguir discutiendo sobre nada. Tras el intenso desgaste de energía que había sufrido su cuerpo en su combate con Chase, se sentía muy débil y somnoliento. Tal vez se debiera también a la noche sin dormir, pero Caleb presentía que eso no tenía nada que ver. Y además, tenía un hambre canina, ni siquiera se habían parado a desayunar.
De repente el sonido de un móvil los sobresaltó. Era el móvil de Caleb, que, por encontrarse en el coche cuando él se enfrentó a Chase, había sobrevivido a aquella noche. Caleb lo sacó del bolsillo y respondió.
– Sí… ¿Gorman?... ¿que me has estado llamando toda la noche? Lo siento, donde estaba no había cobertura…
No habló mientras escuchaba lo que le decía su interlocutor, pero los demás vieron cómo palidecía y su rostro parecía muy apenado, aunque no sorprendido.
– Sí… de acuerdo. Voy para allá enseguida. – se despidió, y colgó.
Se acercó a Sarah y la besó con suavidad.
– Era Gorman. Lo siento, no voy a poder hacerme esas pruebas, tengo que irme… ¿puedes quedarte con ellos? Tyler te llevará de vuelta a la residencia. – El aludido asintió, confirmando sus palabras.
– ¿Qué pasa, Caleb? – preguntó Sarah, angustiada por la sombría expresión del joven Danvers.
– ¿Es algo grave? – añadió Pogue, expectante.
Caleb los miró, muy serio.
– Mi padre ha muerto.
Marblehead.
Solícitamente, Helene hizo recostarse al muchacho en el sofá de la sala de estar de su pequeño apartamento de Marblehead.
– ¿Tienes algo de comer? Me muero de hambre. – dijo Chase. Siempre era así: después de un desgaste tan intenso, el organismo necesitaba sacar energías de donde fuera, y la primera manifestación de aquello era un hambre feroz.
– Claro… ¿quieres unos huevos revueltos?
Chase asintió, ansioso.
– Pero ponles bacon, o jamón, o cualquier cosa con carne. Y café. Y pan tostado. Mejor, tráeme todo lo que tengas por ahí.
La joven le trajo un abundante desayuno y se sentó a su lado sin decir palabra, observando cómo Chase lo engullía con voracidad. Cuando terminó, Chase eructó ruidosamente con satisfacción; aunque poco, la comida lo había repuesto algo. Después miró a Helene, sintiéndose un poco culpable y algo inquieto: nunca se había comportado tan groseramente delante de ella y eso hacía deslucir un poco la máscara de chico correcto y educado que solía ponerse para impresionarla. Además, tan buen apetito no casaba nada con su excusa de estar enfermo.
Sin embargo, ella no pareció molesta o recelosa en absoluto. Afortunadamente, la tenía demasiado encandilada como para que ella se diera cuenta de las inconsistencias en su historia o de sus reacciones.
Tras retirar la bandeja del desayuno, volvió a sentarse junto a él y lo miró, con una expresión preocupada en sus ojos oscuros.
– ¿Me vas a decir ya qué te pasa?
– Ya te lo he dicho, estoy enfermo.
– ¿De qué?
– Tiene un nombre demasiado raro para repetirlo. Es una enfermedad degenerativa bastante inusual. A veces me dan estos ataques y me debilito y me pongo así.
– ¿Tiene cura? – preguntó ella con voz temblorosa.
Él se levantó y miró hacia el suelo. Negó con la cabeza y se regocijó interiormente cuando vio cómo los ojos de la joven se llenaron de lágrimas.
– ¿Vas a… morirte?
"No si puedo evitarlo", pensó Chase con rabia. Pero se esforzó en poner una expresión calculadamente compungida en su arrugado rostro.
– Lucho todo lo que puedo, pero supongo que… al final…
Ella no lo dejó terminar y se abrazó contra él, sollozando.
– ¡No, no puedo perderte Charlie!... ¡Me moriré si me dejas!
Chase se dejó abrazar, esbozando una perversa sonrisa de complacencia que la muchacha no pudo ver. El hechizo de Filocapción funcionaba magníficamente. Ella estaba tan enamorada de él que habría hecho cualquier cosa que le ordenara y eso le resultaba muy conveniente. Si no, no habría tenido a nadie en quien confiar cuando Danvers lo dejó débil y vulnerable y necesitaba una vía de escape. Siempre era muy útil disponer de alguien así. Por eso, le fastidiaba tener que renunciar a ella.
Porque la hechizada y super enamorada Helene no era sólo un mero apoyo logístico para él en casos de emergencia como éste, sino también una reserva de energía. Cuando Chase había buscado a chicas para filocaptar, chicas que se rindieran a él y que él pudiera manejar a su antojo para cualquier cosa que necesitara, siempre se había preocupado de que fueran chicas solitarias, sin familia ni amigos… y vírgenes. Porque ese tipo de chicas, carentes de afecto durante toda su vida, eran más vulnerables ante la irradiación de su charisma sobre ellas, y también porque las chicas vírgenes eran el componente imprescindible del hechizo de Regeneración.
Helene no era la única chica virgen y solitaria que Chase tenía hechizada y cautivada por la zona de Essex, pero iba a ser la primera que tuviera el honor de servir de sacrificio a Chase para que él pudiera recuperar la juventud y las energías de su cuerpo perdidas por el abuso de sus Poderes.
– ¿Puedo hacer algo para ayudarte, Charlie? Lo que sea. – preguntó ella, mirándole con devoción.
"Oh, pero claro que puedes… y lo vas a hacer", dijo Chase para sí con deleite, pero siguió ejecutando diestramente su papel de mártir.
– No, cariño… Aunque, tal vez pudiera recuperarme si tú… No, déjalo, ya has hecho más que suficiente. No tengo derecho a pedirte nada más, ya sería demasiado.
– ¿Qué es? – insistió ella ansiosamente. – Si hay algo que yo pueda hacer para que te recuperes, lo haré. Sabes que daría mi vida por ti.
Él sonrió complacido y la besó suavemente.
– Te lo agradezco, porque eso es precisamente lo que necesito.
– ¿Qué?
Ella intentó separarse de él, sorprendida y algo alarmada por la extraña respuesta, pero él no se lo permitió. Sujetándola firmemente por los brazos, la miró con una expresión muy diferente a la dulce y lastimera que había estado mostrando hasta hacía un momento. Era una expresión salvaje, ansiosa, que mostraba una decisión inquebrantable. Helene comenzó a asustarse de verdad.
– ¿Charlie?... ¿Qué te pasa, Charlie? – preguntó, mientras se debatía un poco para librarse de la presión de las manos de Chase, inútilmente.
– Cállate. – le ordenó él con voz autoritaria – Quédate quieta y calladita. Si te relajas, no te dolerá.
– ¿De qué estás hablando?... ¡Suéltame, me haces daño! – suplicó ella, ya aterrada ante el súbito cambio de actitud del que hasta entonces había considerado un chico educado y amable. Súbitamente se dio cuenta de que estaba sola en su casa con aquel joven a quien no conocía de nada, y que corría peligro. Abrió la boca para gritar, pero Chase fue más rápido y la agarró, tapándosela.
– Oh, no, no hagas eso… Me harás enfadar, y eso no te gustaría. – le susurró él con voz falsamente amable.
Ella, llorando aterrorizada, se debatió con más fuerza, pero la presión de las manos del joven sobre su brazo y su boca parecía haberse vuelto de hierro. Sin embargo, la suerte la favoreció durante un segundo cuando levantó el pie y clavó el tacón de su zapato en uno de los pies de Chase. Con un aullido de dolor, Chase se encogió y aflojó su opresión sobre Helene, momento en que ella aprovechó para desprenderse de sus brazos y escapar.
– ¡Socorro!... ¡Por favor, que alguien me ayude! – chilló, mientras corría alejándose de él en dirección a la puerta de la habitación. Si conseguía salir del apartamento, estaría a salvo.
Pero no pudo avanzar mucho. De los dedos de Chase brotaron una especie de tentáculos de energía transparente, que rápidamente se lanzaron sobre la muchacha y la aprisionaron, elevándola sobre el suelo y extrayendo el aire de sus pulmones, asfixiándola. Mediante esas extensiones de energía, Chase tiró de ellas acercando, más bien arrastrando, el cuerpo de Helene por toda la estancia hacia él.
– ¿Intentando huir, cariño? Todas las mujeres sois iguales… unas furcias. – le espetó con dureza – Primero os deshacéis en promesas y declaraciones de amor, y cuando llega el momento de demostrarlo con hechos, salís corriendo.
Helene negó con la cabeza, sollozando. Aquello no podía estar pasando, no podía ser más que una pesadilla.
– Por favor… no me hagas daño…
– ¿Que no te haga daño? Lo siento, guapa. Te advertí que no debías hacerme enfadar. Ahora ya es tarde.
Un vigoroso movimiento de los tentáculos, y el cuerpo de Helene se vio despedido por los aires, aterrizando pesadamente en el suelo. Chase caminó hasta ella con calma: con eso, a esa zorra se le habrían quitado todas las ganas de escapar o resistirse. Con todo, estaba forzando sus Poderes al límite, apenas le quedaban energías en su cuerpo para soportarlos. Tenía que hacerlo ya.
Agachándose e inclinándose sobre ella, le agarró de la mandíbula y sin la menor sutileza tiró de ella acercando el rostro de ella al suyo, como si fuera a besarla. Aplicando una fuerte presión a ambos lados de su mandíbula, la obligó a abrir la boca.
– En nombre de Baphomet, Señor de la Tierra, Rey del Mundo, ordeno a las fuerzas de la Oscuridad que viertan sobre mí su poder y que me concedan las indulgencias que reclamo. Que el alma de esta doncella entre en mí y su luz restaure la mía perdida. Que su pureza se derrame sobre mis tinieblas y haga sanar mi esencia. Que su vida sea la mía y su espíritu acreciente mi fortaleza... ¡Por todos los Dioses del Averno, ordeno que todo lo que digo suceda!... ¡Avanzad y respondedme cumpliendo mis deseos! – recitó con tono solemne, mientras las lágrimas de la muchacha seguían corriendo por sus mejillas.
Al principio, no pareció pasar nada. Pero súbitamente, un hálito oscuro pareció recorrer la habitación, agitando las cortinas y haciendo erizarse los cabellos de Chase. Un cambio en la presión del ambiente le taponó los oídos, como si una fuerza invisible se hubiese concentrado en aquel punto y se colocase sobre él. Chase entrecerró los ojos con astucia. Le habían escuchado.
Casi de forma inmediata, una especie de energía en forma de haz luminoso blanco amarillento surgió de la boca de Helene y Chase la absorbió con fruición, ante la expresión horrorizada y desgarrada de ella.
Aquello duró apenas unos segundos, pero parecieron haber pasado siglos antes de que todo terminara. Chase se incorporó y se puso de pie, se sentía maravillosamente recuperado y lleno de fuerza. Lo que dejó caer despreocupadamente, y que chocó contra el suelo con un golpe seco y polvoriento, ya no era una chica, apenas un cadáver. Eran los restos momificados de lo que había sido una mujer joven, con el pelo pajizo y las facciones consumidas, un esqueleto apenas recubierto de piel apergaminada y con los ojos sin color.
