No al plagio
Capítulo seis: Consecuencias l
Un suspiro de resignación e incertidumbre salió de mis labios al ver frente a mí el andén de la estación de tren que, durante mucho tiempo de mi vida, provocó una felicidad intensa: el andén 9 3/4.
Casi lloré de impotencia cuando lo atravesé y lo primero que vi fue a unos niños, tres para ser exactos, siendo abrazados por una mujer que derramaba lágrimas como si nunca los volviera a ver. «Usted no sabe la suerte que tiene, señora». Los pequeños sonreían con sinceridad a la mujer que seguramente era su madre. Los tres se veían contentos «así debería de verme yo; en cambio, no puedo ocultar la tristeza que me esclaviza», y le aseguraban a su madre que todo estaría bien. Ella les correspondió el geste dándoles un beso a cada uno.
«Privilegios que solo unos pocos tienen».
Mi corazón se encogió al recordar a mis padres, los extrañaba tanto… Los necesitaba como pilares de sostén para lo que se me avecinaba. Solo me quedaba aferrarme a sus recuerdos, a que estaban vivos haciendo una vida lejos de mí y confiar en el amor y apoyo que me profesaba Minerva. Ella era la que había estado cerca de mí desde que me separé ―por así llamarlo― de Snape. Tanto tiempo evitando estar en la misma habitación para que ahora tuviéramos que vivir en el castillo, compartiendo un despacho y aparentando lo que no éramos: un matrimonio.
Era tan difícil actuar con naturalidad frente a la gente extraña que nos miraba por la calle, cuando teníamos que salir juntos. Ni se diga de la incomodidad que despertaba en mí cada vez que nos veíamos para cumplir con nuestro deber conyugal, dos veces al mes. Era una pesadilla tener relaciones sexuales con alguien que no te amaba y por quien tú no sentías nada, pero era terrible cuando eras licántropo, cuando la loba lo deseaba, cuando tu mate te había rechazado (aunque fuera inconscientemente) y, sobre todo, cuando tenías que engendrar un bebé.
«El romanticismo en todo su esplendor».
Desvié la mirada llorosa del cuarteto al sentir un golpe en mi costado izquierdo. Escuché un grito infantil pidiendo disculpas y siguió corriendo.
«Tienen mucha energía estos niños».
Entonces, me di cuenta que estaba haciendo estorbo en la entrada del andén. Sacudí la cabeza con burla hacia mí misma y empecé a caminar rumbo al tren lentamente, sin prisas. Como si eso me diera tiempo de crear un plan de escape, una alternativa antes de llegar a mi destino.
Debía admitir que pensé que habría pocos alumnos; me sorprendí al poner atención y ver que había muchísimos estudiantes. Muchos más de los esperados, según el número que me había comentado Minerva.
Al llegar a la entrada trasera del tren, aspiré una bocanada de aire para tomar valor y subir. Cundo lo hice, quedé maravillada: niños corrían de un lado para el otro, algunos mayores se divertían con productos de Sortilegios Weasley en sus compartimentos.
Sonreí al recordar al par de pelirrojos, quienes habían sido emparejados con unas gemelas que eran lobas.
«¡Me debían una grande por haberles ayudado a controlar a ese par de lobas! El Cáliz no se equivocó al emparejarlos, son igual de inquietas que ellos».
Seguí caminando por los pasillos del tren buscando un compartimento vacío, ¡no encontraba nada!; en cada espacio que encontraba éste estaba repleto tanto de niños como de jóvenes sentados en los asientos y en el piso. «Definitivamente, había mucha gente por aquí. Pronostico que habrá muchos dolores de cabeza hasta que todos los que están recursando su año perdido (quintos, sextos y séptimos) salgan de Hogwarts. Lo divertido es que el Innombrable tendrá trabajo extra haciendo pociones de paz y antidolor de cabeza».
Ya estaba por darme por vencida, ya iba a llegar al principio del tren y no había un mendigo lugar disponible, cuando vi una puerta medio abierta. Me acerqué para abrirla por completo:
—¡Al fin! —grité al ver solo dos siluetas en los asientos. Mi cabello no me dejaba ver muy bien de lo alborotado que lo tenía de tanto agitarlo por la desesperación.
Al apartarme el cabello de los ojos, toda alegría se me fue al fijarme bien en las dos personas. Eran Filius y... El Innombrable los que estaban ocupando el compartimento. Quise darme la vuelta y huir del lugar, pero, el profesor Filius se me adelantó:
—¡Es un placer verla señorita Granger! —gritó efusivo el pequeño hombre—. Perdón, señora Prince —se corrigió—, la costumbre es difícil de quitar.
Me dedicó una gran sonrisa y yo le correspondí con una pequeña mientras mis mejillas se encendían por la vergüenza.
—N-no se preocupe, profesor. Suele pasarme muy seguido.
Y no mentía, a cualquier lugar al que fuera siempre me decían Granger para luego llorar a mares pidiendo disculpas por tremendo error. Puse los ojos en blanco internamente al recordar eso.
Me quedé parada en silencio; estaba esperando algo más... «¡El perro no se voltea! Ni dice nada. Estoy segura de que lo hace a propósito».
Podía sentir cómo la ira inundaba mi cuerpo al ver que le ponía más atención a la ventana que a mí. No era que me importara, estábamos frente a una persona que pensaba que éramos un bello matrimonio y el señor limón no hacía nada para seguir con el libreto.
«Ahora resultaba que es amante de la naturaleza, ¿no?».
—Pero pase con confianza, muchacha —comentó el pequeño profesor—. Ya sé que preferirá sentarse a lado de su esposo, aunque no está de más decirle que puede sentarse donde quiera —terminó con una sonrisa. Estaba empezando a odiarlas.
Tanto el señor encantos como yo nos tensamos ante sus palabras. «Antes me dejo pelona que sentarme a su lado». Mis mejillas y cuello se pusieron colorados del coraje y la pena que estaba sintiendo; me sorprendía que el pequeño profesor pecara de inocente. Realmente no sabía qué hacer.
—¿No oíste? —me preguntó de repente mi tormento con el ceño fruncido. «Se le pondrá peor el rostro si sigue haciendo eso»—. Que recuerde, tenías buena audición cuando nos despedimos en casa.
Cada palabra estaba embarrada con sarcasmo. Me tocó a mí fruncir el ceño en confusión; no sabía de qué hablaba. Él me lo aclaró:
—Llevo rato hablándote y diciendo que te sientes conmigo. —Puso los ojos en blanco con fastidio.
¿Por qué carajos me tenía que sentar junto a él? Cierto, era su esposa y tenía que aparentar frente a los demás que nuestra relación era leche y miel. Qué feo que mi cerebro no estuviera trabajando como normalmente lo hacía.
—¿Qué haces aquí? —fue lo que respondí, sentándome a lado del profesor Filius, quien movía su cabeza de uno a otro esperando intervenir cuando fuera necesario.
Snape estaba que echaba chispas por mi insolencia; su ceño se profundizó aún más. Realmente me valía un carajo que Filius viera nuestra lucha de poder; se podía atribuir a una riña de pareja por algo estúpido, pero el Innombrable y yo sabíamos que no era tan sencillo. Teníamos la ventaja de que sabíamos disimularlo muy bien... O eso creía.
Me enojaba tener que compartir el viaje con él; había pensado que lo vería en la escuela. «Me jode el viaje de paz, cada día compruebo que Merlín me odia». Solo podía hacer berrinche en mi mente.
Vi a mi esposo querer replicar y con veneno, Filius también lo notó así que él abrió la boca antes de que el jefe de las serpientes hablara.
—¡Oh! Eso yo puedo explicártelo, si me permites, Severus —dijo el hombre—. La directora solicitó, de último momento, que algunos maestros tomaran el tren junto a los alumnos. Esto como medida de seguridad, ya sea por algún ataque y por el exceso de estudiantes. Sé que pudiste notar eso. —Me guiñó un ojo con complicidad—. Y como Severus es el subdirector, tenía la obligación de venir quisiera o no.
Snape bufó ante esto e interrumpió al profesor:
—Mi esposa no tiene que saber todo lo que hago, Filius. —Su voz reflejaba cuán molesto estaba—. Créeme que no necesita que le metas más información a la biblioteca andante que tengo por mujer, ¿verdad, cariño? —finaliza con una falsa mirada de inocencia y con una sonrisa que no irradiaba ninguna ternura.
Severus 1 – 1 Hermione
No podía creer la descardes que tenía ese hombre. ¡Me estaba insultando frente a otro profesor! Para mi desgracia, Filius se lo tomó como chiste. Me salió un tic en el ojo; dos podíamos jugar lo mismo.
—Es cierto lo que dice mi marido, profesor Filius, no por nada está casado con la persona a la que se le considera la heredera de la sabiduría de Rowena Ravenclaw. Severus todas las noches me susurra al oído lo halagado que se siente por tener a una joven, bella e inteligente esposa como yo. ¡Es tan tierno y adorable! —dije con un tono demasiado meloso para mi gusto, pero logrando lo que quería.
Severus 1 – 2 Hermione
Apretó la mandíbula con fuerza mientras Filius se carcajeaba con ganas.
«Querías humillarme y te salió en contra».
Después de que el profesor dejara de reírse, el compartimento quedó sumido en un silencio sepulcral y con una tensión en el ambiente que se podía cortar con un diffindo.
Sabiendo que Snape escucharía mi grito mental, reclamé:
«¡Bonita forma de aparentar, Snape! Eres insoportable».
SSتHG
El lugar en el que me había encerrado tenía poca luz y era muy húmedo, también estaba lamoso. Contaba con un colchón tullido que apenas podía dormir sobre él.
Noche tras noche, Hermione trataba de comunicarse conmigo, pero yo siempre la ignoraba. Era muy consciente de que ella sufría por eso: yo era parte de su cuerpo, sentía todas sus emociones. Lamentablemente, no estaba preparada para tener una charla con ella.
Sus palabras harían que me sintiera más miserable. Sabía que ella nunca me diría un «te lo dije» directamente, sino que yo encontraría en cada palabra un mensaje subliminal.
La mayoría del tiempo me la pasaba despierta; no tenía la certeza de cuántos días, meses o años llevaba en ese lugar. Era algo que me tenía sin cuidado realmente. Lo único que deseaba era desaparecer de la faz de la tierra, ya que sabía muy bien que sería la comidilla y burla de los lobos cuando olieran que en esencia el rechazo de mi alma después de haberle otorgado mi marca, señalándolo como mío.
Fue hermoso tocar en cielo por... Ya no recordaba cuántos orgasmos me había provocado mi pocionista, pero fue maravilloso tenerlo en lo más profundo de mi ser. Llevándonos al paraíso tomados de la mano. Fue tan perfecto que llegó el punto en el que los tres conectamos nuestros espíritus y, por orden de Hermione, mis colmillos crecieron y se incrustaron en la pálida piel del hombre que la luna me dio por matte. Llegamos al mayor placer de la noche, explotamos juntos ante la mordida.
Algo que acabó cuando terminé de impregnar mi esencia lobuna en sus venas.
Al retirarme, Severus cayó desmayado sobre las almohadas con un semblante de satisfacción. Me esperaba eso, así que lo acomodé bien y me recosté sobre él; nos tapé con las sábanas para limpiarle la herida con mi lengua, apurando el cicatrizado.
Un pensamiento posesivo se instaló en nuestra mente: mío. Hermione poco a poco estaba reaccionando como todo lobo haría, más temprano que tarde llegaría a ser un lobo en su totalidad.
Terminado de quitar los restos de sangre y que cicatrizara la piel, la marca, que eran dos puntitos, brilló con una luz violeta, el color de mis ojos. Empezando a tomar la forma de una runa compleja, la runa ancestral de los lobos y sus mattes, que significaba:
«La luna ha cantado y los lobos han aullado su melodía, regocijándose en la plenitud del amor encontrado en medio de la travesía.
Al encontrarte, oh amada mía, te otorgaré mi alma, cuerpo, sangre y poder. Para que juntos, vivamos una larga vida que ni la muerte podrá revertirla.
Seremos eternos y nuestra historia será contada de generación a generación».
A los segundos, la piel bajo mi seno izquierdo empezó a arder: también estaba siendo marcada con la misma runa. No separé los ojos de la piel de Severus y divisé cuando la marca quedó completa haciéndose invisible para el ojo humano y demasiado aparatoso para los lobos.
Me sentí victoriosa, sentí que la batalla había sido ganada por mí por haber obtenido a mi matte entre mis brazos. Victoria que el éxtasis de la marca y la noche activa habían provocado en mi mente.
Pasado el efecto, Hermione puso el grito en el cielo al percatarse de lo que habíamos hecho, porque sí fuimos las dos las que actuamos a favor de la marca. Al final tuve que dormirla por una hora para que se le bajara.
¡Debí hacerle caso cuando me advirtió que Severus era un hombre de meter! ¡Que había que tratarlo con cuidado!
«Fui una estúpida, canté victoria cuando en realidad me habían atravesado corazón con una espada en el último momento».
Hermione lo conocía mejor que yo. «¡Pero la loba era tan necia que creía que podía salirse con la suya!»; la emoción por haber hecho mío a mi alma pudo más que las advertencias de la ex-humana.
Comencé a llorar al recordar, una vez más, a mi líder de manada, mi alpha, mi matte pidiendo a los aurores que nos divorciaran. Se le olvidaba el pequeño detalle a mi moreno: estaba casado con una criatura oscura y estas tienen una audición más aguda que los humanos, escuchamos a muchos kilómetros a la redonda si nos enfocamos. Eso sucedió después media hora después de que hablara con Hermione y me fuera a dormir.
A través de Hermione, pude seguir el hilo de toda la conversación mientras callaba mis pensamientos para que ella no me escuchara. Un sentimiento de angustia me llegó de parte de la castaña, estaba preocupada por mí si me enteraba.
Lo peor vino cuando se fueron los aurores y tanto Hermione como Severus se enfrentaron cara a cara. Ojos marrones contra negros. No pude mantener a raya mis pensamientos y di señal de vida. Por un momento, los ojos de la castaña se tornaron violetas. Fue tan efímero que mi amado no lo notó.
Y acabaron con mi vida después de que madre llegara: mi matte había dictado sentencia en mi contra. Me exilió de su presencia.
La marca en Severus transmitía a la mía el odio desmedido hacia Hermione y a mí.
Es por esa razón que no podía regresar al exterior hasta que Severus lo quisiera, es sabido por todos que un lobo emparejado hará todo lo que esté a su alcance para hacer feliz a su alma. Yo no soy la excepción.
Incluso, en los días que como loba debía aullarle a la luna tampoco podía salir. Yo era la deshonra de todos los clanes existentes en el mundo mágico: mi matte me había rechazado y no daba luces a una reconciliación.
Esos días para Hermione son un sufrimiento horrible ya que su cuerpo tiene que soportar todo el dolor, pues la Luna clamaba por mí y yo peleaba contra su clamor. Agradecía que mi portadora fuera poderosa, su magia me ayudaba a evitar la conversión. Lo malo es que duraba dos días tumbada en la cama agotada.
Ni hablar del dolor que me provocaba que Hermione tomara pastillas muggles para evitar embarazarse. Yo quería vástagos y ninguno de los dos me dejaba tenerlos.
Tampoco era participante de los momentos íntimos entre ellos, estaba encapsulada. No podía oír, sentir, oler, ver ni degustar nada. A menos que Hermione estuviera en una situación donde su adrenalina fuera disparada y dieran como resultado algunas sustancias químicas, si eran citosinas las que circulaban en mi mente, entendía que eran cosas malas y, si eran endorfinas sabía que eran buenas. Solo de esa forma me enteraba de lo que sucedía con Granger.
En fin, lo que siempre recuerdo y que nunca olvidaré es que cuando Severus salió de la habitación vi sus ojos por última vez y él vio los míos... Los de su loba.
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Faltaba media hora para llegar al castillo cuando el profesor Filius y el Innombrable dejaron el compartimento para supervisar los pasillos. Se supone que por ser premio anual, yo también tenía que salir a dar una ronda. ¿Por qué no fui con ellos? Porque mi adorable esposo ―nótese el amor―, me ordenó que me quedara en el lugar utilizando de pretexto que podía ponerme el uniforme con confianza e intimidad. A regañadientes estuve de acuerdo con él y me quedé.
«Obviamente, no lo estoy obedeciendo, simplemente estamos pensando lo mismo».
Estaba analizando todo lo que pasó durante el viaje en tren y, aunque quisiera, la actuación de Snape me sorprendía tanto. Era el mejor espía que había tenido la Orden en todos sus años, así que estaba claro que fingir preocupación, a su manera, por la privacidad de su esposa no era nada de otro mundo.
Lo que detestaba era que pudiera hacerlo con tanta facilidad cuando yo tenía que morderme la lengua y cerrar los puños antes de contestar, frente a testigos de nuestra interacción, con cariño a todo lo que me dijera. Había ocasiones en los que yo no podía soportar tanta mentira y explotaba.
Al terminar de cambiarme, tomé mis cosas y, sin pensarlo, salí huyendo del lugar. Escuché voces que se acercaban y me metí en la primera puerta que encontré, dos puertas a distancia de donde me encontraba antes. Este estaba ocupado por cuatro niños hermosos de nuevo ingreso, les sonreí con amabilidad y me senté en el hueco que me hicieron.
«A ver si me encuentras, estúpido».
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Positivo.
Era positivo. Tenía sentimientos contradictorios. ¿Cómo le iba a decir a Potter que estaba embarazada? Me desplomé en los sillones de la sala de la casa.
Hacía unos días que habíamos tenido una discusión fuerte el moreno y yo, tan normal en nuestro matrimonio que no me sorprendía, con este tema como motivo principal.
El morocho quería meter un amparo en el Ministerio para que nos dieran más tiempo en la procreación, ya que él deseaba estudiar la carrera de aurores para poder trabajar y ganar dinero como corresponde, en vez de ser un mantenido de la herencia Black y Parkinson. Me refutaba que de algo tenía debió servirle ser el salvador del mundo mágico.
Fue imposible sacarlo de su decisión, porque mía no era, así que me había puesto la máscara de indiferencia y le asentí, dándole la razón a su irracionalidad.
«Mi vida era cruel, y nunca estaba de acuerdo conmigo».
¡Se suponía que había tomado las pastillas que Potter me trajo! Tenía entendido que a Granger sí le funcionaban. A lo mejor era porque ella era totalmente muggle con magia y yo bruja de descendencia, no sabía bien, pero, lo que sabía era que estaba embarazada de dos meses y que tenía temor de lo que pasaría cuando el de perlas verdes se enterara de eso.
«Va a cruciarme, Salazar».
SSتHG
«¿Qué fue lo que hice para pagar de esta forma? ¿Acaso estar junto a Voldemort y ser marioneta de Albus no fue suficiente?»
Pues no lo parecía, sino Granger no hubiera atravesado la puerta.
Me hice el desatendido después de comprobar que era ella la que abrió la puerta y me dediqué a ignorarla el mayor tiempo posible. Pudo haber sido casi todo el viaje si el entrometido de mi colega no hablara tanto.
Casi lo maldigo cuando lo vi todo contentillo haciéndole plática a Granger como si no fuera suficiente haber soportado por tantos años su cabezonería. ¡Carajo que tenía suficiente con verla dos meses por mes en casi un año y compartir más que palabras!
Abrí la boca cuando Filius le dijo que se sentara conmigo, la escuincla se quedó parada como idiota enfrente de la puerta. No podía quedarme callado con esa oportunidad que me brindó en bandeja de plata, yo no tengo la culpa de que ella me ofreciera ser el blanco de mis burlas.
Dejé ir mi primer dosis de veneno, disfruté tanto ver su cara contraerse en molestia, que sus manos se apretaran en puños y que sus labios sonrosados y carnosos… «¿Qué carajo estás diciendo, Severus? ¿Carnosos? Yo diría rellenos y suaves. Que dan la tentación de ser mordidos y saboreados por un largo tiempo y…». Ya no puse atención a las idioteces que decía mi cerebro; desde hace varios meses noté que mi mente ha estado actuando raro; era como si mi consciencia hubiera tomado vida.
«¡Pff! Ya estoy alucinando con barbaridades».
Reaccioné justo a tiempo para escuchar la contestación de Granger; la niña estaba siendo cada vez más ingeniosa en sus rebates. Yo estaba siendo una mala influencia para ella: esa chiquilla era como un niño de entre cuatro y seis años que absorben como esponjas todo lo que se les decía y enseñaba, pero ella nunca dejaba de absorber. Su mente se expandía en conocimiento segundo a segundo. Puede ser que tuviera veinte años menos que yo, pero debía reconocer que era muy atractiva cuando su lengua escupía el mismo veneno que todo Slytherin es capaz de aventar.
«Tenerla entre los de mi casa durante los años pasados hubiera sido legendario, un talento que no se explotó como se debía en la casa de los leones. Yo le hubiera enseñado muchas cosas… ¿Por qué no se las enseño siendo mi esposa? Porque ella es lo que más detesto, aparte de Sirius Black y James Potter, un lobo. Una maldita licántropo del la cual no me podía deshacer, porque un estúpido cáliz así lo dijo».
No pude contestarle porque Filius se volvió a meter en nuestra conversación. Se hizo un silencio, bendito silencio casi todo el viaje. El profesor iba incómodo con la situación, pero me importaba un dementor lo que él sintiera.
Divagué, dejé a mi mente navegar por el mar de recuerdos hasta que llegó uno que provocó un sentimiento el cual no quise nombrar y que preferí tomar con enojo: el treinta de agosto tuvimos que cumplir con nuestra obligación quincenal. Quedamos de acuerdo en que lo haríamos cuando llegásemos a la escuela. Pedimos autorización del Ministerio, que se mostró cooperativo con nuestra petición, dándonos la oportunidad de hacerlo, solo que, como consecuencia, en este mes, septiembre, teníamos que hacerlo tres veces y la que debíamos tenía que ser la primera o la segunda noche que estuviéramos en el castillo.
«Sería demasiado bueno para ser real que nos apoyen con lo que queremos».
Pero no era eso lo que hacía que ardiera dentro de mí la ira. No. Lo que hacía que nacieran en mí unas ganas tremendas de derramar sangre era la insoportable voz que invadía mi mente cada quincena del mes, justo cuando tenía a Granger entre mis brazos y me hundía con rapidez entre sus proporcionadas piernas. Esa estúpida voz me hacía notar lo hermosa que era la muchacha, que sin una gota de maquillaje era capaz de verse maravillosa, en sus ojos color caoba que se derretían llenos de lujuria cuando yacíamos en la cama. Esa voz detestable me descontrolaba haciendo que sintiera ganas de marcar el cuerpo de Granger con mi boca, de no solo tener sexo con ella, sino que de hacerle el amor.
A eso era a lo que me enfrentaba cuando las fechas del cumplimiento estaban cerca, a soñar con ella gimiendo mientras la tomaba por detrás y ella se dejaba guiar por mí. Despertaba con una tremenda erección que solo podía desahogar recordando el puto sueño.
¡Merlín! Esa asquerosa loba me estaba haciendo mal. «No es tan asquerosa para ti cuando tienes pensamientos de follarla como poseso en la noche». Ahí está de nuevo, necesito un psicólogo con urgencia.
Espabilé cuando la alarma que había puesto para dar las rondas sonó. Le dije a Filius que ya era hora y paré en seco a Granger, quien estaba muy dispuesta a dejar el compartimento así como así. Después de los pensamientos que tuve todo el viaje no quería que nadie la viera, los efectos de que pronto tenía que acostarme con ella. Hizo berrinche, aunque al final aceptó el pretexto que le puse para quedarse. Tenía que quitarse esos jeans entubados y esa camisa de manga larga que, aunque no estaba ajustada, se lograba distinguir su tentativa figura que me estaba volviendo loco y alguien quería despertar a saludarla.
Quité unos cuantos puntos, que serían descontados en el castillo, a un par de mocosos que encontraron la forma de liarse entre vagones sin matarse en el intento. La juventud ya no tenía respeto por nada ni por nadie.
Y cuando regresé a buscar a la castaña para irnos juntos, aparentando un matrimonio y asegurándome que nadie se le acercara, no la encontré en donde la dejé.
Juraba por Salazar que esa mocosa se estaba buscando un castigo grande.
(Capítulo beteado por MrsDarfoy)
Regalo de cumpleaños para SamanthaBlack30 y gracias DuNiXe por la inspiración.
Besos, InesUchiha.
