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Sherry, niña
El libro de Brago se veía tan grande entre los pequeños brazos de Sherry. Ella miró al joven con armadura y espada, con un perro enorme de pelaje erizado a su lado; miró a la mamodo, que parecía una muñeca de porcelana quebrada con un vestido lleno de pétalos y unos ojos hermosos como el agua congelada; y luego miró el libro extraño que ella misma cargaba, el color y los símbolos le parecían tétricos. Entonces giró el rostro y palideció al ver al mamodo oscuro y espeluznante que la tenía en brazos. Le dio tanto miedo que soltó el libro, luchó y se liberó de su agarre para correr hacia la mamodo.
—¡Sh...Sherry! —la reprendió Brago, sorprendido por su extraña reacción.
La mamodo apoyó la rodilla en el suelo y envolvió a la pequeña en sus brazos. Mientras Sherry escondía el rostro entre los pétalos sedosos de su vestido, la mamodo cerró el ojo izquierdo para que fuera sellado en puntadas por uno de sus finísimos cabellos de arena. Las grietas de su rostro y manos se habían convertido en rasguños que ya casi no se notaban. Acarició el cabello de Sherry para calmarla y la levantó del suelo.
Brago se agachó para tomar su libro negro; tenía pocos segundos para pensar en algo. Sherry actuaba de forma extraña y él sabía que en un momento así... debía aferrarse a su libro y no permitir que lo quemaran.
La vida de Sherry probablemente no estaba en riesgo; Brago no percibía peligro en la mamodo que la tenía. ¿De dónde venía esa sensación de peligro entonces? La Kurama gruñía al lector del libro de cristal.
—¡Detrás de tí! —exclamó Brago.
El Juez le había llegado por la espalda a su propia mamodo. Tomó a Sherry y golpeó a la mamodo en la cabeza con el martillo de madera, el cual volvió a colocar en su cinturón; y con esa misma mano tomó su espada, extendió el brazo adelantando el cabo, con la cual Brago impactó su frente, porque venía a toda velocidad para atacarlo.
El golpe empujó la cabeza de Brago hacia atrás; arqueó su espalda y apoyó un brazo en el suelo, dio una vuelta hacia atrás y como por acto reflejo, dio otro salto hacia atrás para tomar distancia.
—¿Qué fue lo que pasó? —pensó Brago, desconcertado—. El brazo del humano debería haberse quebrado, y esa arma debería haberse destruido.
Los ojos del Juez expresaban un profundo desagrado hacia las tres criaturas no humanas que tenía en frente. La mamodo se aferró al arnés del perro negro y le acarició la cabeza para que dejara de gruñir.
—Cálmate, Baku-chan —le susurró, y luego se dirigió a Brago—. Si tratas de recuperar a Sherry, probablemente ella misma volverá a escaparse de ti. No te reconoce.
Brago tuvo que admitir que tenía razón. Cesó su ataque sin sentido y se calmó.
—Ya ve su señoría, todo está bien. No queremos pelear —dijo la mamodo con una sonrisa y cierto grado de nerviosismo.
El juez le arrojó el libro de conjuros y se encaminó por un sendero con Sherry en sus brazos. Brago se metió las manos en el bolsillo y con el libro negro bajo el brazo, se fue detrás de ellos junto con la mamodo y su perro guía.
Caminaron en silencio unos cuantos metros hasta que la mamodo habló.
—Yo soy Akashíco —dijo, para que la pequeña Sherry que espiaba sobre el hombro del juez la conociera—¿Y tú? —preguntó dirigiéndose a Brago. Obtuvo un gruñido por respuesta y Sherry ocultó su cabeza asustada.
Ahora Brago estaba seguro de que Sherry no lo recordaba.
—Eso está muy mal —comentó Akashíco—. Vas a tener que hacer algo mejor que eso si quieres que ella deje de tenerte miedo.
Brago le dirigió una mirada amenazante.
—Sabes que no puedo verte, no importa que tan feo me mires. Pero puedo ver otras... "cosas" —dijo ella queriendo presumir sus habilidades—. Como por ejemplo, estas a punto de caerte dentro de un poso, mi amigo.
—¡No soy tu amigo!
—No seas tímido —ella le dio una palmada en la espalda con una fuerza tal que casi lo dejó sin aire.
Un segundo después ,un agujero se abrió frente al sendero y se tragó al Juez y a Sherry.
—¡NUAAAAAAAAAA! —el grito del Juez se oyó cada vez más lejano junto con las risas divertidas de Sherry.
Se resbalaban por un largo y profundo túnel, como si fuera un tobogán que serpenteaba, subía, bajaba y daba giros.
Akashíco y Brago tardaron en reaccionar porque el agujero había aparecido de forma muy abrupta. Finalmente cayeron en la cuenta de que el Juez y la pequeña Sherry habían caído en un profundo hoyo.
—¡GAAAAAA! —exclamaron con preocupación.
Corrieron de inmediato al agujero y saltaron dentro, pero la Kumara no haría tal estupidez. Los atajos subterráneos del Bosque de las Flores le revolvían el estómago.
