La canción que Mei canta en este capitulo es "Mi Ancla", de Adriana Figueroa. Si gustan pueden escucharla; realmente engloba muchas cosas, así que lo recomiendo mucho.

Capitulo VII

Mi Ancla

Durante la mañana el orfanatorio estaba tranquilo; a él le gustaba la calma, y era solo entonces que podía encontrarla. Cuando todos los demás niños estaban demasiado aletargados como para armar barullo. El cálido clima de la primavera había ayudado a retoñar a cientos de flores alrededor del orfanatorio, y él sabía que encontraría a Iris fuera, admirándolas, así que se apresuró a salir. Sin embargo, de camino a la salida se topó con su cuidadora; una mujer de edad avanzada, de rostro arrugado pero sonriente; su cabello que una vez fue rubio ahora estaba pintado completamente por las canas. La mujer estaba sentada en su eterna silla en el centro de la sala de estar, meciéndose con un par de niños a los lados.

"¿Vas a algún lado, muchacho?" Él asintió con la cabeza, antes de seguir su camino. Sin embargo, Madame Glacia le detuvo nuevamente. "Me recuerdas mucho a otra niña que vivió con nosotros, ¿Te lo he mencionado alguna vez?" Cientos de veces, de hecho, solo que ella no lo recordaba. En esas fechas, Madame Glacia difícilmente recordaba algo. "Su nombre era Marge; silenciosa, casi muda, pero tan llena de vida. ¿Cuál es tu nombre, muchacho?"

¿Cuál era su nombre?

Una vez fuera de la choza, el sol matinal le pegó justo en la cara, por lo que se vio forzado a retroceder un paso y a cubrir sus ojos con su brazo. Odiaba el sol; era demasiado pálido como para estar en el sol por mucho tiempo, después de todo.

"¡Hermano!" Le llamó Iris desde la pradera florida. Aún con el sol en la cara, el niño salió de la comodidad del pórtico en busca de la pequeña morena. "Las flores retoñaron otra vez; ya pasó otro año."

Él solo asintió con la cabeza. Estaba demasiado ocupado con Iris como para prestarle atención a nada más. Fue ese día, cuando retoñaron las flores, que llegó él.

"¿Cuál es tu nombre?" Murmuró Iris, aún de rodillas sobre el césped, acariciando con los dedos los pétalos de las flores. "Siempre te he llamado hermano, pero nunca has dicho tu nombre. Tampoco respondes a ninguno de los nombres que te dio Madame Glacia."

"Madame Glacia ya no recuerda nada." Murmuró el rubio, haciendo estremecer a Iris. Él no solía hablar mucho, por lo que a veces la morena olvidaba cómo sonaba su voz. "Sería descortés hacerla recordar un nombre que no es mío."

"¿Y cuál es tu nombre?" Preguntó de nuevo.

"¡No, no puedes!"

Aquel grito irrumpió su calma matinal; ¡Cuánto odiaba eso! Esa fue Madame Glacia, de eso estaba seguro. Tomó la mano de Iris y ambos volvieron corriendo al orfanatorio. Fue entonces que le conocieron; una vez dentro encontraron a Madame Glacia, tratando de mantenerse en pie frente a un hombre alto y de cabello verde opaco. Ese hombre sonreía, en total contraste con el semblante de mortificación de su interlocutora.

"Glacia." Llamó él, tranquilo, con una voz tan hermosa que fácilmente podría escuchar todo el día sin hartarse. "Sabes tan bien como yo que ya no estás en condiciones de cuidar a estos niños."

"Tonterías. ¡Estos niños son mi vida!" Exclamó ella, antes de llevarse la mano izquierda a la boca y toser estrepitosamente. "No puedes… ¡No puedes llevártelos!"

"El objetivo de tu proyecto es darle a estos niños un hogar, una familia." Entonces, el hombre tomó delicadamente a Glacia de los hombros y con suavidad la invitó a sentarse de nuevo. "Ya haz cumplido, Glacia. Puedes descansar. Yo seré su familia." Fue entonces que se giró hacia los niños, aún con esa sonrisa plegada en los labios, con la mirada llena de paz y serenidad. "Vengan aquí, no teman." Iris dudó ante la invitación, pero el rubio le tomó de la mano con suavidad y avanzó hacia el hombre. El extraño se hincó para quedar de frente a ellos y tomó la mano de Iris que el muchacho había estado sujetando antes. "¿Cuál es tu nombre, pequeña?"

"Iris." Murmuró la morena, con voz quedita. El hombre sonrió aún más ampliamente y pasó sus dedos a través del cabello enmarañado de la niña, con suavidad.

"Es un nombre hermoso." Opinó el hombre. "Con un gran significado; el iris es la parte del ojo bañada en color. Su función es la de filtrar la cantidad de luz que penetra dentro del ojo. Y tú, joven, ¿Cuál es tu nombre?"

"Mi hermano no tiene un nombre." Respondió Iris, aferrándose al brazo del rubio. Y entonces el hombre sonrió, y colocó su otra mano sobre el hombro del chico; con una mano sobre la de Iris y la otra en la de su nuevo hijo, hizo una promesa.

"Yo les daré una nueva familia. Les daré un hogar y un futuro; prometo darles la compañía y el amor que no han tenido la fortuna de recibir. Y prometo darles mi nombre para usar como suyo."

"Iris Harmonia Gropius." Nombró, refiriéndose a la chica. "A ti te daré el nombre de Natural, en honor a este día en que florece la vida en el campo. Natural Harmonia Gropius." Y entonces, el hombre se giró para darles la espalda. "Y ustedes serán-"

Despertó agitado, como no había despertado en mucho tiempo. Y no fue solo de su sueño; fue un despertar de memorias ocultas, de días que había sellado en lo más profundo de su mente. Quizá porque así era más fácil, porque así se libraba de la responsabilidad que le había sido encomendada a tan corta edad. Sudaba frío y sentía los latidos de su corazón en su garganta; arrojó las sabanas lejos de su cuerpo y se apresuró al espejo en el muro de su habitación.

"Había alguien más…" Murmuró N, dirigiéndose a su reflejo en el cristal. "Olvidaste a alguien más." Y entonces viajó una última vez a ese día, y recitó lo que dijo ese hombre. "A las diosas de la paz y el amor también daré mi nombre."


"Está recibiendo mucha atención, ¿No te parece?" Escuchó preguntar a Iris, por encima de los sonidos que hacía su propia mandíbula al masticar su comida. La verdad es que desde que llegaron al comedor no le quitó la mirada de encima a Mei, al otro lado del lugar, rodeada de decenas de personas. Aparentemente, después de su presentación frente a Bertha y media Academia, la muchachita Ebony se volvió muy popular entre los estudiantes; pronto todo mundo quería hablar con ella, todos querían conocerla y ser sus amigos.

"Fue una gran presentación." Respondió el rubio, llano, sencillo. Iris notó la ecuanimidad en su respuesta, en total contraste con su usual forma de expresarse, pero decidió no indagar mucho más en el asunto. Era obvio para ella que Emerald estaba celoso; contrario a lo que el enano pudiese alegar, él siempre había sido muy celoso. Nadie más podía ser mejor que él, nadie más podía tener algo que él quería. Era por eso que recurría a su competitividad; para hacerse de todo lo que quería.

"¡Qué onda, mis perras!" Exclamó Nate, mientras dejaba caer su bandeja de comida. Su desayuno constaba de un plato de cereal y un poco de fruta, por lo que al impactar contra la mesa, un poco de leche salpicó a Iris. La morena le miró de reojo por un momento antes de sujetar el brazo de Nate, pasarlo por encima de su hombro y apalancarse para lanzarlo al otro lado de la mesa, derribando todo lo que estuviese a su paso. Luego del estruendo que logró atraer un par de miradas, el castaño asomó su cabeza desde el otro lado.

"Auch." Exclamó, antes de girarse a su recién llegado novio. "Cabrón, ¿Por qué no me defiendes? Soy tu esposo."

"Si hubieses llegado a llamarme perra, yo también te hubiese pateado el culo." Exclamó Hugh, antes de sentarse junto a Emerald. Se asomó por sobre el rubio para dirigirse a Iris y murmurar una pequeña disculpa.

"No hay cuidado." La de cabello purpura entonces volvió la atención al silente rubio, quien había terminado su desayuno. "¿Haz hablado con ella?"

"No he tenido la necesidad." Contesto, al mismo tiempo que se levantaba de la mesa. "Además no tengo tiempo para este drama; necesito conseguir una orquesta para interpretar mi pieza para Bertha."

"¿Orquesta?" Repitió Hugh, antes de resoplar. "Si creíste que conseguir un baterista fue difícil, no sabes lo que te espera. Los músicos melódicos de la Academia son la bola de snobbs más odiosa que he conocido."

"Cierto, tómalo del snobb más grande en la historia aquí presente." Opinó Nate. El joven Voltaire trató de asesinarle con la mirada, sin embargo el castaño sencillamente sonrió y le mandó un beso por el aire.

"¡Su atención por favor!" Una estruendosa voz estalló desde el otro lado del comedor, atrayendo la atención de todos los presentes, incluyendo a Emerald y sus amigos. Sidney fue la fuente del barullo, y junto a él sus compinches Aaron y Will, todos frente a Mei. El de cabello rojizo sujetaba con delicadeza la mano de la castaña, mientras que la otra se alzaba al aire, como un magneto de miradas. "Quiero que todos ustedes, mis compañeros, sean testigos de este acontecimiento. Mei Ebony…" El joven hizo una pequeña pausa y entonces se hincó frente a la artista, aun sujetando su mano. "Hemos sido testigos de tu magnificencia en la viola, y con el transcurso de los días nos has mostrado tus destrezas en la música como un todo; tu sensibilidad artística y tus grandes dotes son una inspiración para nosotros. Sería un honor para mí- ¡Para nosotros! Por favor, mi bella dama, únete a nuestras filas. Toma tu lugar como el Canva de la Música; sé la más grande músico de nuestra institución y forma parte de la historia a nuestro lado."

Emerald no estaba dispuesto a escuchar una respuesta; el rubio sencillamente se levantó de su asiento, tomó su bandeja vacía y se abrió camino hasta la salida, ignorando los comentarios de sus amigos o la mirada atenta de cierta castaña mientras abandonaba el recinto.


Los músicos melódicos no fueron difíciles de encontrar; todos ellos se reunían en el mismo edificio por lo que solo fue cuestión de caminar un poco. Por otro lado, al entrar a dicho edificio, se sintió como un completo extranjero, aún cuando solo se trataba de un ala diferente del mismo lugar en el que pasaba casi todos los días. A medida que se adentraba, cada estudiante que lo veía pasar le examinaba como si se tratara de un espécimen raro de otro planeta. Quizá era su forma de caminar, quizá era su corta estatura y su camiseta con mangas estúpidamente largas, o quizá era la mirada de perro rabioso que se veía forzado a mostrarle a todos porque ya le estaban colmando la paciencia.

"¡Esfúmense!" Exclamó el rubio, a un par de muchachas que le seguían los talones. Ambas estremecieron ante su tono de voz y en efecto emprendieron carrera de inmediato. Emerald se tomó unos segundos para respirar profundo y tratar de tranquilizarse, antes de continuar con su camino hasta el segundo piso. Mientras pisaba con fuerza en un sendero previamente establecido en su mente, no pudo evitar pensar en lo que sucedió más temprano en el comedor.

Era justamente eso lo que esperaba que fuera la vida de Mei en la Academia, así que no le sorprendía que tuviera tanta atención sobre sí misma. No obstante, lo odiaba. ¿Por qué? No estaba totalmente seguro, pero así era. Gold y Crys solían hablar de cómo las emociones eran poderosas: tanto como para alimentar el alma y la creatividad, e inspirar grandes obras de arte o a veces hasta las acciones más atroces y terriblemente hermosas. Y como poderosas eran también muy impredecibles, o algo así. Emerald no lo entendía del todo y odiaba eso. Odiaba no entender, no saber: odiaba la ignorancia porque le hacía débil.

Llevando un fin a su monólogo interno, finalmente llegó a la puerta que buscaba; la sala de ensayo. Golpeó a la puerta dos veces y como respuesta recibió un colectivo Do mayor sostenido en diversos instrumentos; retrocedió un par de pasos, sorprendido, antes de rodar los ojos y gruñir por lo bajo.

"Pero qué idiotas."

Tras abrir la puerta, se encontró con un numeroso grupo de gente, fácilmente veinte o veinticinco alumnos, todos con diferentes instrumentos en sus manos. Vientos, cuerdas y percusiones; todos ellos mirándole, de nuevo, como un bicho raro. Qué ganas de romperles la cara.

"Bienvenido al mundo mágico y místico de la música melódica, mi estimado compañero." Saludó un muchacho, de cabello negro y enormes gafas que abarcaban un gran espacio en su rostro. El tipo se levantó de su asiento y se acercó a Emerald, para después estrechar su mano y sacudirla como si no hubiese un mañana. El rubio se deshizo pronto del incómodo saludo y se cruzó de brazos. "¿Qué te trae por aquí, amigo? ¿Te apetece codearte con los mejores músicos de la Academia?"

"Pues sí, pero hablar con uno mismo es síntoma de psicosis." Respondió el de corta estatura. La broma, sin embargo, se perdió totalmente en los músicos. El rubio aclaró su garganta y prosiguió. "Mi nombre es Emerald Aojashin. Vine a pedirles ayuda con un pequeño proyecto."

"Emerald Aojashin, ese nombre me suena." Afirmó otro de los músicos, atrayendo la atención hacía sí. "¿No fuiste tú el que hizo ese anuncio a principio del semestre?"

"¡Ah, claro!" Exclamó una muchacha, tornando su voz más aguda. "Yo soy el artista más grande que el mundo haya conocido jamás." Y después de esa mala imitación de Emerald, todos los presentes se soltaron a reír. El aludido solo atinó a rodar los ojos.

"Si, fui yo. Como decía-"

"¡Oh, grandioso superior!" Exclamó de nuevo la misma chica. "¡Cómo nos honra con su visita!"

"¡Imparta con nosotros su sabiduría!"

"¡Báñenos con su virtud!"

"¡Bueno, ya estuvo!" Exclamó el rubio, avanzando aún más dentro del aula. "Vengo a ofrecerles la oportunidad de tocar conmigo; debo interpretar una pieza para una de mis profesoras como trabajo final del semestre y necesito una orquesta."

"Ah, es decir…" Comenzó el chico de las gafas, antes de apoyar su brazo sobre los hombros del rubio. "Vienes a pedir ayuda." A su afirmación le siguió un corto coro de risas. Y Emerald no pudo recordar una situación en la que se sintiese más incómodo que en aquella. "Rayos, Aojashin. Nos encantaría ayudar, pero tenemos muchos otros proyectos en que ocuparnos últimamente."

"Aunque claro." Comenzó la muchacha del grupo. "Si el gran Emerald Aojashin admitiera en otro de sus anuncios de altavoz que no es nada comparado con los artistas melódicos de la Academia, quizá pudiésemos encontrar un poco de tiempo."

"No, ¿Saben algo?" El rubio se deshizo del agarre del chico de los lentes, caminó hasta la puerta y se giró hacía los alumnos. "Ya he estado en esta situación antes, y si no cedí ante los Convis mucho menos voy a doblegarme ante un montón de artistas mediocres y antisociales como ustedes. Quédense con sus instrumentos y sus risas incómodas, montón de amateurs; yo iré a buscar una orquesta de verdad."

Y dicho y hecho, el rubio salió del aula en medio de gritos eufóricos mientras cerraba la puerta violentamente tras de sí. Aunque si bien salió con toda la intención de encontrar una mejor opción, realmente no tenía muchos más lugares donde buscar.

Aunque… siempre estaba la ruta del nepotismo.


Acudió a la llamada de su hermano lo más rápido posible, y se vio a sí misma en el patio principal en cuestión de segundos. El peliverde le esperaba apoyado contra una de las paredes que delimitaba el terreno de la Academia, cruzado de brazos, luciendo su mejor rostro de inexistente emoción. La morena se acercó a él con prisa; trataba de mantener la calma, sin embargo era muy difícil pues él rara vez le llamaba. Solo podía esperar lo peor.

"¿Qué sucede?" Preguntó Iris, antes de recargarse también contra la pared, junto al peliverde. N levantó la mirada para encontrarse con la de ella y luego la cambió al frente, mirando al vacío por lo que parecieron horas.

"¿Qué tanto recuerdas de nuestra vida en el orfanatorio?" Preguntó el peliverde. Le tomó un momento a Iris procesar la pregunta; la verdad es que no lo había pensado desde hace mucho.

"Te recuerdo a ti… y a Madame Glacia." Confesó la morena. Sin embargo, aún trataba de excavar más profundo en aquellas memorias, tratando de discernir si había algo digno de recordarse. "Es todo. ¿Tú recuerdas algo más?"

"No, no mucho." Murmuró el muchacho, antes de dejar salir un suspiro lleno de pesadez. "Recuerdo que Madame Glacia tenía principios de Alzheimer, y fue por esas fechas que nos adoptó ese tipo. ¿Recuerdas a otro de los niños del orfanatorio?"

"¡Oh, sí!" Exclamó la morena, emocionada. Aparentemente de la nada, Iris comenzó a agitar los brazos con frenesí, sonriendo como niña en una dulcería. "Estaba este niño: este pelirrojo de cabello muy largo y ojos bonitos."

"¿Pelirrojo?"

"Si, no recuerdo muy bien su nombre." Confesó, sin embargo su entusiasmo era inamovible. "Pero recuerdo que se la pasaba afuera, con un niño extraño que siempre venía a visitarlo. Él es al único que recuerdo haber visto ser adoptado."

"Pelirrojo…" Murmuró N. Ciertamente no era eso lo que esperaba escuchar y no podía ver cómo esa información podía serle útil, pero peor era nada. "Había dos niñas…"

"Lamento no serte de más ayuda." Murmuró Iris. "¿Por qué tratas de recordar? ¿Tiene algo que ver con tu búsqueda?"

"Creo que tiene todo que ver."


Llevaba mucho tiempo, quizá demasiado sin venir a este lugar. Y es que si bien sabía que aquí podría encontrar a Gold cada vez que lo necesitara, a la vez sabía que su medio hermano estaba ocupado casi todo el tiempo, por lo que decidía no incomodarle. Sin embargo, en las circunstancias actuales realmente no tenía otra opción que recurrir a él en busca de ayuda. El auditorio de Goldenrod City; hogar de la Orquesta Sinfónica de Goldenrod, mejor conocida como los Golden Symbols. A esta hora y entre semana el lugar realmente no tenía mucha más gente que los integrantes de la misma orquesta, por lo que no fue difícil entrar y caminar a través de las butacas hasta el escenario.

Justo al alcanzar una distancia considerable, alguien en el escenario le notó; una chica de cabello negro, de alta estatura y porte elegante se giró para quedar de frente a él. Le miró extrañada por un instante antes de partir su rostro en una alegre sonrisa.

"Yo te conozco." Exclamó la mujer desde el escenario. Emerald cotejó su rostro sonriente a través de su base de datos mental, tratando de ubicarla en algún lado, pero su esfuerzo fue en vano. No recordaba alguna instancia en su vida donde este rostro, exactamente con estas facciones estuviese presente. "Tú eres el hermano de Gold, ¿No es así?"

"Si, mi nombre es Emerald Aojashin." Respondió, aún dudoso. Ella claramente sabía de él, así que definitivamente se habían encontrado en alguna ocasión. Habiendo agotado ya todos los posibles escenarios, el rubio se rindió. "Disculpa, ¿Nos hemos visto antes?"

"Oh, por supuesto." Exclamó ella, antes de sentarse al borde del escenario, cruzar las piernas y mirarle sonriente. "Tú destruiste una tarde entera de trabajo frente a mis ojos, muchas gracias."

Entonces fue que su rostro hizo click en la mente del rubio; colorea su cabello de dorado y finalmente había una coincidencia.

"Elesa Denki." Murmuró Emerald. "Ah, lo siento, no te reconocí con el cabello negro." El chico se llevó ambas manos a la parte de baja de su espalda y comenzó a balancearse incómodo. "Se ve bonito."

"Gracias." Dijo ella, entre una dulce risa. "¿Buscas a Gold?"

"Si, gracias. ¿Está por aquí?" Fue entonces que el rostro de Elesa decayó un poco, sonriendo de lado, en un esfuerzo inútil de mantener su alegría. "… No está, ¿cierto?"

"Lo siento; acompañó a uno de nuestros integrantes a resolver un problema. Volverá esta noche." El rubio rodó los ojos y se cruzó de brazos; típico que nunca viene a buscarlo, y cuando lo hace, el ingrato no estaba. "¿Hay algo en lo que te pueda ayudar?"

"Bueno, tengo cierta tarea en la Academia." Explicó el rubio, para después acercarse aún más al escenario. "Esperaba que pudiese ayudarme con ella."

"Bueno, yo soy mucho mejor músico que Gold, así que me creo bastante capaz de ayudarte." Emerald no pudo evitar sonreír; eso sonaba como algo que él mismo diría. "¿Qué necesitas?"

"Debo arreglar una pieza para ser interpretada por una orquesta como trabajo final de mi clase de composición." Dijo el rubio. Elesa asintió con la cabeza, indicándole que prosiguiera. "Arreglarla no es un problema tan grave, pero necesito reunir una orquesta para interpretarla. Esperaba que pudiese ayudarme a conseguir un grupo de músicos para ayudarme."

"¿Tienes una fecha límite?"

"Tengo hasta el final del semestre, así que podemos arreglar cualquier fecha." Respondió el rubio, y entonces Elesa sonrió, pero no era su sonrisa de antes; era maquiavélica, traviesa y bastante coqueta, a decir verdad. La morena se levantó, se giró hacia los miembros de la orquesta y comenzó a caminar.

"Reiji, ¿Podrías venir aquí un momento?" Luego de que Elesa le convocara, un hombre de edad avanzada y corta estatura se abrió paso entre la gente para llegar frente a la violinista. "Reiji, él es-"

"Emerald Aojashin." Interrumpió el hombre, con la mirada fija sobre el muchacho. "Gold nos ha hablado mucho de ti; aún recuerdo aquella vez que interpretamos Bratja para ti y Crystal. ¿Cómo haz estado joven?"

"Muy bien, señor. Muchas gracias." Emerald hizo una corta y educada reverencia, sonriente. Reiji, el Director de la Orquesta, era uno de los mejores músicos que alguna vez pisaron el suelo de la ciudad dorada, así que el joven músico sabía todo de él. "Debo decir que es un honor verle otra vez."

"Emerald vino a pedir un favor a su hermano; necesita una orquesta para interpretar un arreglo." Explicó Elesa, y pronto el semblante del anciano hombre se tornó más alegre. "¿Tenemos planes para antes de Julio?"

"Vaya, vaya." Murmuró Reiji. "Van a hacer ya más de veinte años desde la última vez que interpreté en el suelo de la Academia. Ciertamente suena como algo muy apetecible."

"Espera, ¿Qué?" Balbuceó el rubio. "¿Quieren venir ustedes a interpretar conmigo?" Preguntó, haciendo un énfasis estúpido en el pronombre. Tanto Elesa como Reiji asintieron, sonriendo ampliamente. "¿Tendré a los Golden Symbols interpretando mi arreglo? … ¡¿Voy a cantar mientras los Golden Symbols interpretan mi arreglo?!"

"Suena como un plan; dame tu número de teléfono, afinaremos detalles más tarde." Sin esperar una segunda invitación, el rubio se deshizo de la mochila que llevaba colgada en los hombros, buscó entre una de tantas bolsas y tomó un bolígrafo para escribir su número en el primer trozo de papel que encontró. "Será divertido ver la cara de Gold cuando se entere de que tocará con su hermanito."

"Yo aún no puedo creerlo." Confesó el rubio, temblando de la emoción. "Gracias." Presa de sus sentimientos, el rubio estrechó la mano de Reiji y comenzó a agitarla con nerviosismo, tal y como el otro chico de gafas lo había hecho con él más temprano ese mismo día. Sin embargo, el anciano rio divertido, acompañado por Elesa.


Después de su odisea para encontrar una orquesta tenía que regresar a su última clase; caminó a paso apresurado hasta su casillero y lo abrió con premura. Sin embargo, cuando estuvo a punto de tomar el cuaderno que necesitaba, se encontró con una nota pegada al fondo del cubículo.

"Estás invitado a la más reciente interpretación de Mei Ebony en el auditorio 2B, hoy a las 12:45 PM. No faltes." Emerald resopló, provocando que un mechón rebelde de su cabello se elevara un poco sobre su frente. Probablemente ella no lo necesitaba ahí; tenía cientos de admiradores, el rubio no iba a hacer ninguna falta.

Pero por otro lado, ella era su amiga y él siempre estaría ahí para sus amigos. Dejó el cuaderno en su casillero, junto con el resto de sus cosas antes de cerrarlo y emprender rumbo al punto de reunión. Los pasillos de la Academia estaban en su mayoría desiertos, por lo que el único sonido que se colaba a través de ellos era el de sus pasos y el de algunos murmullos de los profesores en las aulas dando clases.

Al cabo de unos minutos, llegó a la puerta del auditorio y dio un último vistazo a su teléfono para ver la hora. 12:50, indicaba el aparato; ya iba tarde. De seguro ella ya había empezado; el rubio abrió la puerta con delicadeza y rápidamente entró para cerrar la puerta de la misma manera tras de sí. El lugar estaba muy oscuro, sin embargo, Emerald claramente podía ver que estaba totalmente vacío. Arqueó una ceja y murmuró algo inentendible antes de caminar hacía las butacas; en efecto, el lugar estaba completamente vacío.

"¿Qué demonios…?" ¿Se habría equivocado de auditorio?

"Gracias por venir." Emerald casi salta de la impresión al escuchar la voz de Mei en los altavoces. El rubio se giró, justo cuando uno de los reflectores se encendió e iluminó la figura de la muchacha sobre el escenario, frente a un micrófono. Si forzaba la vista, Emerald podía ver también a Hugh sentado sobre una banca detrás de la muchacha. "Significa mucho para mí tu presencia."

"¿Dónde está todo el mundo?" Preguntó Emerald, extendiendo los brazos, haciendo alusión a cada uno de los asientos vacíos. Sin embargo, la muchacha sonrió, con la vista fija en el pequeño rubio.

"Ya ésta aquí." Al principio Emerald no entendió a lo que se refería, sin embargo pronto su rostro se pintó de rojo, y se vio forzado a agachar la mirada. "Toma asiento, por favor."

Emerald se abrió paso hasta llegar a la primer fila, tomó asiento en la butaca más cercana, y fue entonces que escuchó un delicado arpegio salir de las bocinas. Adivinó que se trataba de Hugh, tocando lo que sonaba como una guitarra.

Nunca había escuchado a Mei cantar; de hecho no sabía que cantara. Sin embargo tenía una voz melodiosa: fácilmente era la voz más hermosa que él jamás había escuchado. Pronto sintió una presión en su pecho, y su quijada cayó un poco; estaba tan ocupado con la voz de Mei y su interpretación que había obviado la letra de la canción. No fue sino hasta que volvió a repasarla en su mente que realmente el significado le golpeó la cara como una bofetada. Esa canción era para él; ella le cantaba a él.

Era cierto que se había sentido celoso de toda la atención que Mei estaba recibiendo y que de vez en vez deseaba que todo volviese a ser como antes, que solo él tuviese el privilegio de ver esa hermosa sonrisa, de escuchar esa melodiosa voz, de ver esos resplandecientes ojos, pero ella no era de su propiedad; no era de nadie, por lo que era libre de hacer lo que le viniera en gana.

Pero su canción: lo tranquilizaba. Ella sabía de su sentir; y calmaba sus dudas e inquietudes. Él era su ancla: no importa la atención que recibiera, no importa la presión externa a la que estuviese expuesta, él siempre sería quien la mantenía con los pies en la tierra. Si accedía a ser la Canva de la Música, si interpretaba para miles o solo para él, él siempre sería para ella un ancla.

Mientras Mei cantaba, mantenía la mirada fija sobre su audiencia, sonriente, con las manos sujetando delicadamente el micrófono en el pedestal. A su vez, Hugh mantenía la mirada sobre ambos, sonriente: sus rivales estaban demasiado ocupados uno con el otro como para representar una amenaza, y sin embargo, era eso lo que los hacía una amenaza también. El momento en que estuviesen al tanto de sus sentimientos por el otro, bien podrían comenzar a inspirarse y ser mejores músicos de lo que jamás imaginaron. Y eso era algo que Hugh Voltaire estaba ansioso por ver.

Detrás del telón del escenario, Nate miraba sonriente al trio de músicos. Aunque nunca se lo había dicho a su novio, el chico realmente admiraba sus dotes como artista, y verlo interpretar con tanta paz le traía mucha calma a él también. Y claro, ser testigo de cómo Mei y Emerald se daban cuenta de lo que sentían era también todo un espectáculo.

Así mismo, al fondo del auditorio, había un par de espectadores más; Iris sujetaba de la mano a N, mientras miraba con una sonrisa melancólica la escena que se desenvolvía frente a ellos. El joven Harmonia, por su parte, no pudo evitar relacionar la canción con su propia ancla, aquel que le trajo de vuelta los pies a la tierra.

Tras el último acorde y el último suspiro de Mei, Emerald no pudo aplaudir. No pudo decir nada, no pudo moverse, solo se quedó ahí sentado con la mirada fija sobre Mei, mientras ella le sonreía de vuelta.


Dolor

La terrible agonía, aquella mano aprisionando su garganta, privándole del vital oxígeno. Su vista pronto se tiñó de rojo; fuese de coraje o de dolor, no lo sabía. De lo que si estaba al tanto era de la sangre, de la sensación de su carne abriéndose y su cuerpo siendo ultrajado.

Desprecio

Le odiaba; odiaba como nunca pensó odiar, como nunca se imaginó. Odiaba la situación, odiaba vivir en su piel en ese momento, odiaba la realidad y lo tan, tan miserable que se sentía mientras ese hombre estaba sobre ella.

Sufrimiento

Más allá del dolor físico, le dolía el alma; su fe se esfumó, todo en lo que una vez creyó ya no significaba nada. Una sarta de mentiras y de malas bromas, de cuentos increíbles y metáforas estúpidas. El verdadero tormento era el de su mundo de cristal viniéndose abajo.

Decepción.

Pero qué gran desilusión fue enterarse de su verdadera naturaleza. Detrás de cada sonrisa, de cada palabra, de cada buena acción se escondía esto. Esta era la realidad, y no había vuelta atrás.

Y con un último aliento antes de que todo terminara, pronunció una sílaba.

"Ra…"

Muchas gracias por leer este capitulo. Nos acercamos al final, de hecho hice mal los calculos y estamos en ralidad a 3 capitulos de terminar. Gracias a kurayami sora y Danyeda por los reviews del capitulo anterior (Gracias Dany por aventarte los dos de un jalón xD), espero contar con el apoyo de todos, por favor diganme si notan algún error o incongruencia y con gusto trataré de solucionarlo. Sin más por el momento, nos vemos en el siguiente capitulo.

Bye!