La mirada era lo que más le dolía. Esa mirada sólida sobre él, atravesándolo como un rayo, provocando que cada parte de su cuerpo comenzara a temblar levemente. Era como un poder superior que buscaba desequilibrarlo, hacerle peder la cordura, produciéndole alguna especie de crisis interna que lo desmoronaría en cualquier segundo. ¡No! De repente le faltaba el aire. Tenía que salir de allí…

-Debo… Tengo que…- Intentó decir, pero con cada sílaba que pronunciaba, su voz se gastaba hasta el punto en que se apagaba antes de que lograra formular la oración que supuestamente iba a validar que él saliera corriendo de aquel incómodo lugar.

Se echó hacia atrás, dando unos cuantos pasos, retrocediendo como si una fiera lo estuviera acechando. Sus manos sudorosas vacilaban de tal forma que debía moverlas de aquí a allá, tratando de no parecer tan incómodo como se veía, ni tan asustado como el otro percibía. Pero nada de eso le ayudó, claramente.

En lugar de eso, Thranduil se puso en pie, sin dejar de mirarlo ni por un segundo. Sus ojos le exigían que le explicara a qué se había referido antes; se lo exigían…

-No- Dijo el mayor, dando un paso seguro hacia Kherion. – Tú vas a quedarte y a responder la pregunta-

-¿Q—qué pregunta?- Los labios ahora también comenzaban a temblarle, haciendo que sus palabras sonaran débiles, irresolutas.

-¿Acaso debo repetírtelo todo?- Enojo. Había un claro enojo en la voz de su señor, y en su mirada aún más. De hecho, no parecía estar dispuesto a soportar sus descuidos ni sus tonterías hoy… El sirviente de la cocina tenía razón, su genio estaba de muy malhumor… - ¿Qué sucedió anoche?-

Y lo dijo. Lo volvió a repetir. Y de pronto, el asunto sonaba peor de lo que fue… Kherion, por su parte, estaba al borde de la crisis nerviosa. Intentaba por todos los medios no desesperarse, pero ver la imagen de su rey tan enfadado, tan expectante de su resolución, intentando que él se justifique por un acto que en realidad, dijera lo que dijera, no podía justificarlo… Era demasiada presión.

Abrió la boca en pro de decir algo. Nada. Su voz se negaba a salir, y tal vez se debió al hecho de que no encontraba nada bueno que decir, nada que lo ayudase. Los ojos se le humedecieron en ese instante, dispuesto a intentar que, por algún acto mágico, Thranduil le tuviera misericordia y lo dejase ir. Pero no. Eso no parecía querer ocurrir ahora mismo… Ahora mismo, quería una respuesta. Y pronto.

-Disculpe, señor- -

La voz de alguien más los sorprendió a ambos; de tal forma que los hombros de Thranduil se levantaron de repente, al mismo tiempo en que se daba la vuelta, mientras que Kherion se asustó tanto que soltó la copa que aún llevaba en una de sus manos, provocando un molesto sonido que evidenció la ruptura del cristal en el suelo.

El soldado que había entrado al despacho se quedó viéndolos por un breve instante, pretendiendo, quizás, descifrar lo que parecía ocurrir allí. Al ver que los dos, tanto su rey como el vasallo real, se quedaron mirándolo tan fijamente, decidió que sería mejor decir algo.

-Mis disculpas… ¿Interrumpo algo?-

-¿A qué venías?- La pregunta seca de Thranduil le indicó que no era un buen momento.

-Yo… quise traerle noticias sobre el último rastreo de Amanandan y su equipo, mi señor-

Viendo cómo el mayor se distraía hablando sobre asuntos de peritaje de las fronteras, Kherion dio un respiro aliviado, intentando relajarse un poco. Su espalda estaba tan entumecida que apenas sentía su espina dorsal.

Los esperó un tiempo, pero la conversación parecía tener para rato; tal vez era hora de aprovechar la situación para…

-Volveré más tarde- Dijo apenas, con un tono tan bajo que siquiera él se escuchó.

Pero eso no pareció bastar para escapar de los oídos atentos y afinados de su señor, quien al oírlo, se dio la vuelta de repente, posando su mirada fija de nuevo en él.

-Espérame en el Gran Salón. En cuanto termine, iré- Le ordenó entonces, con ese claro gesto de arrogancia que siempre solía tener en los movimientos de su boca al enfadarse.

-S—Sí, señor…- Contestó el joven vasallo, con absoluta resignación.

Los pasos firmes le resultaron terriblemente pesados mientras se dirigía al Gran Salón. Nunca había odiado tanto un lugar como en ese momento. Y para culminar su agonía, un escalofriante sentimiento de culpa se apoderó de él durante todo el trayecto.

En efecto, sentía que no importaba qué tan mal lo había tratado Thranduil, porque estaba en todo su derecho. Lo que hizo anoche no tenía nombre, fue un completo abuso de su parte, eso lo entendía muy bien. Pero, por otra parte… ¿Había estado tan mal como él suponía? ¿De verdad era tan grave como pensaba? Analizó la situación por un minuto, mientras reposaba su agotado cuerpo en una de las columnas del pasillo previo al salón. De hecho, no parecía ser tan malo cuando ponía todo su esfuerzo en reflexionar sobre ello… Fue un simple beso, pensó. Uno inocente… ¿o no?

¿Y qué hubiera pasado si su señor no se resistía al beso? La pregunta llegó a él relampagueando en medio de su mente, tan fuerte e inhóspita como un latigazo. ¿Qué hubiera sucedido si el rey no tenía la capacidad suficiente para defenderse? Porque era más que claro que no deseaba que él lo besara, eso lo entendió perfectamente… "¿Quién querría besarme?", inquirió internamente, suspirando con desaire total.

Dio un par de pasos más y de repente, ya se encontraba en el Gran Salón, en el lugar de su juicio… Miró las paredes de madera tallada, el suelo rupestre, la preciosa decoración que se alzaba por doquier… Ese lugar tan precioso lo condenaría pasa siempre… Debía… Debía inventarse algo…

"¿Mentirle?", pensó. Mentirle era una opción, desde luego. Inventar alguna excusa que lo salvara de sí mismo; pero… No le parecía del todo noble mentirle tan descaradamente, cuando era obvio que lo que su señor le pedía era una respuesta. Oh… pero nunca le exigió que esa respuesta que tanto buscaba fuera… sincera…

El sonido de unas pisadas aproximándose lo desenfocaron de su pensamiento; por puro auto-reflejo, ocultó su figura delgada detrás de una de las columnas sin ningún problema, espiando la entrada del Gran Salón como si fuese un niño pequeño que temía la reprimenda de su padre… Era demasiado patético para ser verdad…

La melena rubia fue lo primero en delatar la presencia de su señor allí, lo primero que alcanzó a divisar. Luego, esos ojos expresivos, -terriblemente expresivos-, observando a su alrededor, mientras continuaba a paso firme. Entró. Las grandes puertas se cerraron detrás de él casi por arte de magia… Estaban completamente solos y encerrados. Esto no podría empeorar, pensó Kherion.

-¿Así que ahora vas a ocultarte?- La sonora voz de Thranduil repercutió dentro del encerrado sitio, provocándole más escalofríos al joven elfo que apenas si podía mantenerse en pie, aferrado a la columna como si su vida dependiese de ello. – No te conviene jugar con mi paciencia…-

Al escucharlo decir aquello, no le quedaron más opciones. Debía enfrentarse, fuerte y seguro, a lo que fuera que el destino le deparase de ahora en más… Afrontar las consecuencias de sus actos.

Salió; se encontraba ahora parado a unos cuantos pasos, sobre el perfil izquierdo del imponente rey, solo y desprotegido. Tragó saliva ruidosamente cuando vio que éste giraba su rostro para observarlo allí.

Sus miradas se encontraron de pronto. Esas dos dagas celestes sobre sus ojos. Kherion casi no podía soportar la presión de verlo sin reservas… Pero al mismo tiempo, cuando él lo miró, sintió una ligera cosquilla navegando sobre su abdomen. Era una sensación muy difícil de explicar.

-Dime- Pidió el mayor, dando dos peligrosos pasos hacia delante, aproximándose con ese simple movimiento a un muy asustado Kherion. – Dímelo ya para que pueda concluir esta ridícula escena-

-B—Bueno… No quería decir esto por temor a que usted… pudiera enfadarse- Intentó explicarse el joven, respirando hondamente para quitarse el entumecimiento de los hombros.

-Ya estoy enfadado- Respondió al instante, como si eso le tuviera que bastar para relajarse.

¿Lo estaba realmente? La expresión en su cara no le decía que lo estuviera, de hecho. Lo había visto enfadado apenas unos minutos antes, pero en su rostro ahora mismo, no percibía esos rasgos estrujados, esas cejas arrugando su frente, o la cínica expresión de sus ojos cuando estalla la furia en su interior… No veía nada de eso en él, sólo… simple curiosidad, tal vez.

"Es porque no me tomas en serio", la mente de Kherion estaba ejerciendo influencia donde más le dolía ahora. Parecía un juego de tablero donde, sin importar qué hiciera, siempre perdería. Pero… Una idea pasó por su mente en aquel momento. Tal vez, aún era tiempo de hacerse valer un poco. Quizás… quizás podría demostrarle a su señor que él no era el simple niño tímido e inútil que siempre creyó que era…

Cruel. Deseaba ser cruel. Quitarse el resentimiento que lo carcomía y mostrar otra cara de sí mismo, sin importarle las consecuencias. Entonces, respiró hondo una última vez, y después de sentir el aire fresco recorriendo sus estrechos pulmones, canalizando mejor sus ideas, expresó:

-Usted me besó-