Se supone que lo iba a subir como cosa de tres días, pero no he podido. Siento la tardanza, pero hasta ahora no he terminado. Siento las faltas también y, no estoy convencida, pero espero que os guste. Aunque me han dicho que queda bien pero...bueno...comentadme después con vuestros pensamientos.
Capítulo 7
Sus ojos azules, cansados, estaban fijos en el paisaje triste que le devolvía su gran querida ciudad. La que siempre le sacaba una sonrisa cuando llegaba de cualquier trabajo fuera del país, ahora le amenazaba con empeorar su día, si es que se no lo había conseguido ya.
Decepción, horror, temor y vergüenza fue lo que sintió cuando por la mañana, cuando los rayos del sol aún rozaban la línea imaginaria del horizonte, abrió los ojos y descubrió que para su desgracia, seguía con vida.
"Estás vivo."
-Ya- le dijo a la voz.
"Pero no deberías estarlo"
El escritor suspiró- ¿por qué me haces esto?, desaparece y ya.
"Te recuerdo que yo soy tú, la única manera que desaparezca de aquí, es que tú también lo hagas."
El hombre solamente asintió.
-Estoy loco, ¿verdad?- pregunto a la nada.
"Así es"
-Me lo temía.
Con la cabeza gacha se dirigió hacia la cama, se tumbó y se tapó hasta que quedó entero de blanco.
-Quiero desaparecer de aquí.
"Deberías"
-¿Richard?- una voz se escuchó en su espalda. Desesperada, rota.
La voz se calló.
Notó cómo se acercaba a paso temeroso hacia él, prudente. Y la sintió cerca de él, la cama hundiéndose más de lo que estaba por su peso.
-Estás vivo- le dijo en un susurro, sorbiendo con la nariz a la vez que las lágrimas caían por sus mejillas.
Kate vio la figura pincelada debajo de las sábanas, cómo subían y bajaba acompasada, se relajó comprobando con sus propios ojos que estaba vivo.
-Rick- le llamó en un susurro.
No quiso hacerlo, pero notó sus ojos escrutándole, clavándose en su interior, y fue más bien una fuerza sobrehumana la que le obligó a desatapar su cabeza y fijar sus ojos en los de su novia.
-Kate.
Y vio sus ojos avellanas, los mismo con los que llevaba soñando días, y los vio apagados, sin vidas. Y un sentimiento de culpabilidad aborrecible le invadió de pronto.
-¿Por qué?- fue lo que salió de los labios de la detective, y su voz se apagó.
"¿Por qué?, ¿te pregunta por qué lo hiciste?, ¿es que de verdad le importa qué fue lo que te impulsó a hacerlo? Necio. Escúchala, siente la lástima con la que te mira, sus ojos analizándote como si fueras un desconocido, como si estuvieras loco. Vino obligada, ¿es que no lo notas en su voz? ¿Notas cómo se apaga cuando recorre su vista por la habitación?
No está aquí por ti, si no por él, por lo que está creciendo en su interior. Tú no le importas y lo sabes. Hasta ella lo sabe, está aquí por pena. Porque lo único que os une ahora es ese bebé que espera.
Le has hecho daño y eso no se puede cambiar. Échala. Eres un monstruo. ¡Échala de tu vida!"
No supo hasta qué momento se cayó y le volvió a hablar su subconsciente, pero en aquel momento aquellas palabras le hicieron darse cuenta, si aún no se había cerciorado del todo, del monstruo en el que se había convertido.
En toda la verdad que en ellas se escondía. En que nada volvería a ser igual.
-Lárgate…
-Castle, por favor…
-Vete, no quiero saber nada de ti. No quiero volver a verte.
-Pero…
La detective no podía dar crédito a lo que sus oídos estaban escuchando. Intentaba tranquilizarse, pero el cansancio de los últimos días y el rechazo momentáneo del escritor estaban acabando con su paciencia.
-No puedes hacerme esto. No después de todo.
-Pero lo estoy haciendo, no quiero verte, ¿es que es tanto pedir?
Y se miraron, el escritor luchó contra aquellos ojos con los que siempre se perdía, ese inmenso prado donde le gustaba jugar cada día.
La detective se sintió embriagada con aquella mirada que el escritor le estaba lanzando, y por instinto sus ojos descendieron perdiéndose en las líneas que definían los labios del escritor, pensando que si no se perdía en ellos nunca más podría volver a hacerlo.
De nuevo azul y verde se perdieron en el otro, la detective no quiso pensar, porque si lo hacía probablemente su cabeza, su raciocinio le dirían que dejara las cosas como estaban, que aquel acto sería empeorar más las cosas de las que ya lo estaban. Que sería una nueva muralla levantada entre ellos. Pero no quiso pensar. Necesitaba hacerlo. Su corazón se lo reclamaba. Y muy pocas veces hacía ella caso de lo que aquél órgano le mandaba.
Su cuerpo se inclinó instintivamente, sin tiempo, a la espera de lo esperado, sintiendo a cada centímetro recorrido el aliento del escritor.
Él ni se inmutó, desconcertado. No supo reaccionar y para cuando se dio cuenta, su lengua ya jugaba divertida con la de la detective.
El cielo, aquel sitio que se había desvanecido por completo de su vida, que creía que nunca volvería a experimentar llegaba a ella devastador.
En cuanto sus labios hicieron contacto con los del escritor, ya no le sirvió un pequeño roce, el deseo de volver a sentirlo, de volver a tenerlo ganaron la batalla, haciendo que profundizara el beso.
Se separó del escritor cuando sus pulmones le pidieron a gritos oxígeno, y fue cuando vio la expresión del escritor cuando se dio cuenta del gran error que acababa de hacer.
"Nada volverá a ser lo mismo. Esto. Esto no ha significado nada"
Los ojos del escritor se oscurecieron ente aquel pensamiento.
Y la detective se asustó. Ya conocía aquella mirada.
-¡TE HE DICHO QUE TE LARGUES!
Asustada, se levantó de la cama, intentado alejarse.
Demasiado tarde para reaccionar cuando notó los brazos del escritor alrededor de su antebrazo.
Fuertes, agarradores.
-Richard, me estás haciendo daño.
"Mírala, no lo entiende. No sabe por todo lo que has tenido que pasar para que lo vuestro siguiera adelante. ¡No sabe nada! ¡Todo lo que has hecho ha sido por ella, la has protegido!"
-¡Es que no puedes entender que todo lo hacía por ti! 'Me he convertido en un monstruo por ti! ¡ESTOY AQUÍ POR TI! ¡Y TE HIZE LO QUE TE HIZE POR TI! ¡POE QUE TE QUIERO! No quería que me abandonaras y arruinaras los nuestro. Lo que nos costó tanto construir. Lo que tenemos.
Suavizó su agarre y acercó la otra mano al vientre de Kate, sin soltarla aún.
La detective empezó a sollozar, aún aterrado por los gritos, queriendo salir de allí cuanto antes, sin querer escuchar lo que "el otro Richard" le decía.
-Suéltame, por favor- dijo, a la vez que forcejeaba intentado soltara, ahora, su muñeca.
Él sonrió, tétrico- sigues sin entenderlo, ¿verdad?
-Por favor- le suplicó.
-¡ERES MÍA KATE, MÍA!
Aquello le rompió el corazón, no se imaginaba que aquellas palabras pudieran causarle tanto dolor.
Vio su mano levantarse y gritó inconscientemente, queriendo salir de aquella pesadilla.
-¡Papá!
-¡Richard!
-¡Castle!
Tres personas entraron a la vez en la habitación. El temor por contemplar aquello quedó atrás cuando fueron a separar a Kate de la bestia en la que se había convertido su amigo, su hijo, su padre.
-Alexis, ve a llamar al doctor, corre.
Cuando vio a la pelirroja salir de allí, se acercó corriendo junto con Espósito, lo más rápido, aún con el pánico en el cuerpo.
-Castle suéltala.
-¡No!, es mía. ¡Mía!
-He dicho que la sueltes.
Y le empujó. Primer error.
"Lo ves"
El escritor asintió a la nada, asustando más si podía a los allí presentes.
-Ya lo entiendo todo, ¿estáis juntos?, es eso ¿verdad? Por eso te quieres marchar de aquí, para estar con él. ¿Ha sido él todo este tiempo? ¿O ha habido más aparte de él y el tal Eric?
Incredulidad.
-Richard, ¿cómo te atreves?- Martha no deba crédito a lo que sus oídos escuchaban. Nunca imaginó una situación así. Nunca. Si no hubiera sido porque tenía agarrada a una dolorida, aterrada y desconcertada Katherine, hubiera salido de allí sólo para poder escapar de la pesadilla a la que a todo el mundo había alcanzado.
-¡ERES UNA PUTA!
Tras decir aquello el escritor se abalanzó contra el policía, que intentaba con todas sus fueras y controlarse, era su amigo, estaba enfermo, pero incluso en aquel caso las palabras dolían. Se clavaban en su corazón como puñales, nunca había experimentado un sentimiento como aquel.
Para su suerte, y la del escritor, el médico llegó justo cuando había podido noquear a Castle atrapándolo entre la cama y su propio peso.
El escritor cerraba sus ojos cansado, sintiéndolo todo borroso a su alrededor, profesando los efectos de los tranquilizantes que el doctor le acababa de suministrar.
Las piernas del a detective cedieron, dejándose caer poco a poco hacía el suelo, llorando como una niña, encogida cuando llegó al suelo. Martha no la soltó ni un momento.
Alexis contempló la escena sin aún creerse lo que acababa de vivir, si aún no sabía en lo que había acabado su padre, esa misma mañana lo había descubierto.
Ninguno habló. Espósito se apoyaba en la cama, a escasos centímetro del cuerpo del escritor, recuperando el aliento, procesando todo aquello, mirando fijamente al cuerpo inerte de su compañero.
El doctor no se atrevía a abrir la boca, nunca había experimentado nada como aquello, y ya llevaba más de veinte años en aquella profesión.
Espósito, gotitas de sudor bajando por su cuello hasta perderse en alguna parte de su espalda, intentaba disimular su horror cuando los ojos de la detective se posaron en los suyos.
-Estás bien- fue lo único que salieron de los labios del cubano, en un penoso susurro, intentando aún recobrar el aire y procesar todo aquello.
Y todo siguió igual de silencioso hasta que pocos segundos después, lo que parecieron horas para todos aquellos que se encontraban en la habitación, un par de enfermeros, con una camilla, se llevaban el cuerpo inconsciente del escritor.
-Detective yo…
Kate levantó la mano en aquel momento no quería oír fracesitas tipo "no sabíamos que ocurriría esto" "siento muchísimo lo que acaba de pasar", porque ya tenía suficiente ella misma reprochándose el hecho de no haber intuido que tal y como estaban las cosas algo así podía suceder.
-Pronto como se despierte un psiquiatra le hará pruebas y no analizará, él nos dirá si será mejor para él o no ser internado. Pero creo que hasta entonces será mejor que no reciba más visitas, es solo por…precaución.
-Ya…-Kate miró al doctor, parecía nervioso y algo angustiado, y eso le extrañó, frunció el ceño, pensativa.
El medico sintió los ojos escrutadores de la detective y aquello le puso aún más nervioso.
-Lo siento señorita, pero nunca en todo este tiempo que llevo ejerciendo me he topado con algo como esto y…bueno…sé que lo pasará mal es solo que…olvídalo.
Kate asintió, entendiéndole, o queriendo pensar que lo hacía. Perdió su vista en Richard, observando cómo se desvanecía, aún inconsciente y en la camilla, tras las puertas del cuarto.
-Cuando el psicólogo haya acabado por favor hágamelo saber- y le tendió un tarjeta con su número.
Joseph, el doctor, echó un vistazo a la mujer que tenía enfrente. A la que minutos antes lloraba desesperadamente en un rincón de la habitación aterrorizada por su enfermo novio. Miró sus ojos, cansados por no dormir en varios días, hundidos, apagados. Y miró, más bien contempló su esbelto cuerpo, y observó cómo éste temblaba. Y por alguna extraña razón sintió empatía y admiración por aquella mujer que esperaba alguna reacción por parte de él al ver que no cogía lo que ella le ofrecía. Admiración por aquella mujer que intentaba ser fuerte ante aquella situación.
-Claro…la llamaré no lo dude- dijo después de unos interminables segundos en los que su ente se había permitido perderse.
Kate asintió. Giró sobre sí misma y vio lo que aquel panorama le devolvía. Espo aguardaba alguna orden, comentario o palabra de la detective. Se le veía más clamado, más él, pero si se fijaba en sus ojos, esos decían todo lo contrario a lo que el detective intentaba transmitirle.
Martha la miraba con los mismos ojos azules y aterrados que habían entrado en aquella habitación mientras ella veía cómo el escritor le gritaba y le insultaba. Los ojos de una madre confundida y en shock por la situación que a su familia le ha tocado vivir.
La anciana actriz seguía teniendo su vista fijada en la cama donde antes, inconsciente, yacía el cuerpo de su hijo.
No supo en qué momento había cogido la suficiente fuerza como para no derrumbarse de nuevo.
Y todo aquello le pareció surreal. Todo lo que abarca en las últimas semanas se lo parecía.
Suspiró e inspiró aire profundamente. Se acercó a la que aún creía su suegra y medio la arrastró fuera de todo aquello.
-Vayámonos a casa- dijo esto mirando al detective, quien asintió y también se fue de allí y todo aquello bajo la atenta mirada del doctor que no se atrevió a abrir de nuevo la boca.
La blanca habitación se quedó vacía en cuanto el médico decidió también irse de allí.
-Jefferson- avisó a uno de los enfermeros que se había llevado al escritor antes- ¿dónde está ahora el señor Castle?
-Pues, lo hemos llevado a la tercera planta, a una habitación más alejada, la 147.
-Bien, por favor id a avisar a Chesteer, quiero que examine al paciente lo antes posible.
-Claro, en seguida.
-Y necesito otro favor… ¿podrías ir al director y decirle que he tenido que salir urgentemente?, después hablaré con él.
-Claro, per supuesto…esto, doctor Joseph, ¿se encuentra bien?
-Ahora mismo estoy un pelín alterado, sólo necesito dejar el hospital durante unas horas, y espero que cuando llegue Chesteer ya haya examinado al señor Castle.
-Está bien, no se preocupe, lo haré.
-Gracias.
-Intenta descansar lo que puedas, después te encontrarás mejor.
-Descuida.
Y abandonó el pasillo, el hospital, cogió un taxi, se fue a su casa, abrió y sin importarle cómo estaba o lo que llevaba puesto en ese momento, entró en la ducha, abrió el grifo del agua fría y allí se permitió dejarse ir completamente. Perdiéndose en pensamientos lejanos a entender, ausentándose del mundo por algún tiempo.
-Llámame si necesitas ayuda, con lo que sea- dijo un ya calmado Espósito cuando abría la puerta del loft y se despedía de su jefa, de su amiga.
-No te preocupes, lo haré.
-Si te sientes más segura, Lanie me ha llamado hace un rato diciéndome que venía hacía aquí, yo no le he dicho nada, pero quería hablar contigo de algo.
-Está bien, no te preocupes, estaremos bien hasta que Lanie venga- dijo sonriendo, forzosamente, pero haciéndolo.
-Bien, pues me voy ya, le dijo a Gates que volvía dentro de una hora y ya han pasado dos. Tened cuidado.
La detective sólo asintió.
-Aún no sé cómo lo haces- escuchó la voz de la actriz a su espalda, asustándola haciendo que diera un pequeño brinco de impresión.
Se dio la vuelta.
-¿A qué te refieres?
-A esto, a todo lo que está pasando. A todo lo que has pasado. No entiendo cómo lo has podido aguantar, cómo no te has derrumbado.
-Recuerda que sí lo he hecho- dijo a la vez que se hacía paso para llegar al sofá y sentarse, haciéndole a la actriz señas para que ella la imitase. Y lo hizo.
-Pero aquí sigues, serena.
-No es fácil.
-Ya me lo imagino.
-Es sólo que no puedo venirme abajo, no puedo permitírmelo, no ahora.
-Y te entiendo, pero tampoco puedes disimular, no puedes guardarlo todo y pasar de ello. De alguna manera te puede llegar a afectar y eso no es bueno.
-Es que…
Las palabras desaparecieron de sus labios, el nudo volvió a su garganta, su vista se volvió borrosa y sus ojos húmedos.
-Ven.
Y la detective lloró, durante varias horas se permitió dejarlo todo afuera.
Como unas dos horas después, el timbre del loft empezó a sonar, retumbando en todo el piso.
-Esa debe de ser Lanie- decía la detective a la vez que se estiraba por la breve cabezadita que se había tomado, agotada por todo el cúmulo de sentimientos y el cansancio acumulado de los anteriores días.
-Abriré yo- dijo Martha antes de que Kate pudiera levantarse.
Las puertas del loft se abrieron y la doctora Parish apareció por ellas.
-¿Kate?
-Pasa Katherine está en el sofá.
-He llamado a Javier y lo he notado raro, no ha querido decirme nada, y he pensado que estaba relacionado con tu visita a Castle y…
Lanie se calmó y se sentó al lado de su miga, quien le devolvía una mirada apagada.
-A lo mejor son imaginaciones mías, pero sentí a Javi tan raro que…
-No, no te equivocas…
Kate se acomodó más en aquel sofá de cuero y le relató todo lo ocurrido aquella mañana. La doctora, dolorida, apenada y a la vez incrédula agarraba firme las manos de su amiga, fuertemente con las suyas.
-Bueno, y ahora tengo que esperar al diagnóstico del psiquiatra.
-Tenía que haberte acompañado.
-No. No es culpa tuya, nadie hubiera imaginado que pasaría esto, y a lo mejor si me hubieras acompañado también hubiera pasado eso. No es tu culpa. No es la culpa de nadie.
-Yo quería acompañarte pero, esta mañana tenía una cita, y era importante.
-Lanie… ¿intentas decirme algo?
-Que la cita era con mi ginecólogo.
La doctora alzó la cabeza y fijó sus oscuros ojos en los verdes avellanos de la detective.
Dio un volantazo, frustrado, pensando en todo lo acontecido aquella mañana y en todo lo relacionada con todos los días anteriores.
Pensó en las situaciones, en aquellas reuniones de chicos que organizaba con Ryan y Castle lo viernes por la noche y se fijó en que el escritor había cancelado las tres últimas salidas con ellos en esas tres últimas semanas.
No había caído hasta entonces en aquello, y ahora sabía por qué.
Volvió a golpear furioso el volante. Furioso consigo mismo por no haberse dado cuenta antes.
Y de repente pensó en Kate, en la doctora. En todo lo que estaban sufriendo todos. Todos.
Y también pensó en las promesas. Promesas incumplidas. Cada minuto que pasaba en aquella pesadilla por la que estaban pasando, era como si tuviera más claro que nada cambiaría. Que sus vidas cambiarían radicalmente.
Desechó aquellas oscuras ideas que le rondaban, necesitaba ser fuerte, ellas le necesitaba siendo fuerte.
Sacudió su cabeza intentado despejarla y condujo hasta la doce, con suerte, después de hablar con Ryan sobre lo ocurrido, llegaría un caso a sus manos que pudiera mantenerle la cabeza ocupada.
La doctora seguía mirando a los ojos de la detective, por alguna extraña razón, se había formado un nudo en su garganta incapaz de dejar que las palabras saliesen.
Sacudió su cabeza, era ridículo que sintiera miedo por lo que le estaba pasando, y más contárselo a su mejor amiga.
Respiró hondo, agachó su cabeza y lo dijo:
-Estoy embarazada.
Bueno si habéis llegado hasta aquí, sólo deciros que gracias por seguir leyendo. Y ya sabéis, comentad que no sabéis lo bien que sienta.
