Disclaimer: Ni Heroes of Might and Magic III ni ninguno de sus personajes, locaciones o conceptos asociados me pertenecen. Lo único mío son el argumento y personajes originales de esta historia, escrita como un simple pasatiempo sin fines de lucro.


Capítulo 7: Crueldad

Sentados sobre sus colchas de lana y bañados por la abundante luz entrando en el claro, Braemar y Kodziomi habían terminado de desayunar hace un cuarto de hora (el menú fue idéntico al de la noche anterior) y estaban examinando el mapa del distrito adquirido el día anterior en uno de los puestos de la plaza. El pergamino de color amarillo tenue contaba con lujo de detalles sobre todos los accidentes geográficos e incluso venía con una versión subterránea por el reverso. En ella podía verse parte de una amplia red de cavernas ubicada bajo el bosque y comenzando, curiosamente, no muy lejos del final del sendero donde estaban actualmente estacionados.

-Hay algo raro en todo esto -acotó la naga, secándose los restos de agua que había usado para lavarse el rostro-. ¿Cómo se puede llegar ahí abajo si no hay entradas?

-No siempre una puerta subterránea (18) es el único método para pasar de un mundo al otro, querida -contestó él.

-¿Sugiere que hay un monolito por las cercanías?

-Es eso o alguien con la suficiente fuerza mental como para usar el hechizo de Puerta Dimensional varias veces al día.

La espadachina frunció levemente el ceño. Había visto ese conjuro en acción un par de veces, casi siempre ejecutado por magos tan expertos que eran capaces hasta de lanzarlo estando dormidos. Algunos lo atribuían a una intuición sobrenatural y otros a años de entrenamiento, pero sus usuarios eran tan raros como los dragones hada de los cuentos infantiles. No es que se contaran con los dedos de una mano, pero la mayoría prefería no revelar sus identidades por miedo a convertirse en objetivos de criminales avariciosos.

-La línea se extiende, jefe -razonó ella-. ¿Recuerda cuando conversamos sobre el asesinato de la anciana y llegamos a la conclusión de que había sido realizado por profesionales? No me sorprendería en absoluto que contaran con esa clase de hechicero en sus filas. El mundo, después de todo, no está para inspirar altruismo.

-Todo tiene su precio. ¿Sabe que nunca he creído en eso de la gente insobornable? Quienes se llaman así sólo son mucho más caros que el promedio -Braemar volteó el mapa y regresó a la vista superficial-. No se trata sólo de dinero y poder; también hay líos de faldas o simplemente anhelos de venganza. La magia, siguiendo con nuestra hipótesis, es como el aire: su naturaleza es adaptarse al espacio que la contiene.

-¿Por espacio se refiere al usuario?

-Así es -devolvió el muchacho-. Vaya, parece que lee mi mente. ¿Es otro de sus talentos?

-Mis pensamientos iban siguiendo un camino similar.

Desviando su mirada hacia el muérdago tapizando los gruesos troncos, Kodziomi sintió que volvía a sonrojarse. "Si no lo conociera mejor", razonó, "diría que él es quien lee mi mente sin esfuerzo alguno".

En ese momento un olor acre, apestoso y penetrante pareció llegar desde el otro extremo del bosque. Tenía claros tonos de azufre y mercurio, pareciendo una llave dispuesta a liberar la furia contenida en los rincones más aislados del alma. Volvieron a su mente las reacciones de la página, la carta recibida por el tabernero y el desgarrador testimonio del guardia apostado a la entrada de Ruktorima. Se incorporó súbitamente y llevó, casi por instinto, las manos al sexteto de cimitarras adosado a su cintura.

-Señor Braemar -susurró, casi temiendo encontrarse con la fuente frente a sus ojos-, ¿siente ese horrible hedor?

-¿Qué hedor, Kodziomi?

-Viene desde allá -apuntó a lo profundo del grupo de árboles-. Si mi nariz no me engaña -la arrugó para refinar y procesar mejor esa funesta señal-, diría que estamos más cerca de lo que pensamos.

El cazador de tesoros se incorporó y aguzó su propio sentido del olfato. Sus ojos se abrieron como platos al captar la esencia de locura flotando en el aire. A esa distancia no podía causar efecto alguno en ellos, pero ni siquiera deseaba pensar cómo estaría la cosa en su mismo punto de origen.

-La felicito por la sensibilidad de su nariz -comenzó a levantar las mantas y echar nieve sobre los restos de la hoguera encendida-. Apostaría mi estoque a que están haciendo otra prueba con esa maldita poción. Guardemos todo de inmediato y vayamos para allá. Tal vez estemos a tiempo de impedir otro desastre, aunque salvemos sólo una mísera vida.

Colgó el escudo en su espalda y verificó que no les faltara guardar nada en sus bolsos. Ella, entre tanto, deshizo el círculo de piedras, trabajando a sobremarcha para dejar todo exactamente como lo habían encontrado. La noche había pasado sin inconvenientes para ambos, despertándose con un sencillo saludo y tomando la primera comida del día en el bote; ambos se alegraron muchísimo al ver que seguía allí, tan intacto como cuando lo "tomaron prestado" del muelle. Rellenaron sus botellas de agua antes de volver a estudiar el mapa y ponerse, sólo horas después de su agresivo encontrón con las elementales de agua, en la guardia más absoluta. Ya pensarían en una forma de compensar adecuadamente al dueño por las molestias.

-En marcha -pronunció él con seriedad-. Si tenemos suerte, encontraremos unos cuantos malnacidos que faenar.

-Está de muy buen ánimo hoy, jefe -contestó ella-. Parece que el descanso le sentó bien.

-Lo mismo digo de usted -le sonrió-. Y recuerde: pondré mi vida en sus manos si es preciso. No tenga miedo de ejercer el mismo derecho si los papeles se invierten.

-Como usted desee.

Rodeados del mismo silencio que los había abrazado hace poco, retornaron al sendero y comenzaron a horadar poco a poco la delgada capa de nieve cubriendo el frío suelo de tierra. Era bastante plano y no parecía haber sido formado por el hombre, aunque no había a simple vista indicio alguno de sus verdaderos creadores. De unos dos metros y medio de ancho, se extendía entre el macizo de árboles como una vena pulsante, la primera de al menos 15 que aparecían en el mapa a intervalos regulares. Considerando escalas, imponderables y otras hierbas, se encontraban a unos quince kilómetros de Ruktorima; el camino más remoto, muchas curvas más arriba, estaba a casi dos días completos navegando con viento a favor. Alguien con visión más artística los habría calificado de dientes de león flotando en medio de la brisa, pero ellos pasaban olímpicamente de las facetas poéticas. Su misión estaba primero y no volverían a la civilización hasta encontrar lo que buscaban.

El aroma apestoso parecía volverse más denso conforme dejaban atrás el río y la seguridad del claro. Cada cierto tiempo se vieron obligados a parar por los ataques de tos; sus organismos estaban a plena capacidad intentando repeler los asomos de locura y basaban su estrategia en tener tanto aire como fuese posible para alimentar las calderas.

-¡Siento que me lagrimean los ojos! -exclamó él, barriendo el líquido con una simple pasada de mano.

-Lávese con un poco de agua -dijo la pelinegra-. Yo ando por las mismas y no aguantaré mucho más.

-Le haré una confidencia, querida: hasta el asqueroso olor de cadáveres quemándose en la cripta es preferible a es… ¡Urk!

Ocurrió lo inevitable: la concentración de miasma terminó haciéndolo vomitar el desayuno e incluso la cena de anoche (19). La masa amarillenta manchó la nieve casi como un sacrilegio. Ambos retrocedieron un poco y el aventurero apoyó su cuerpo contra uno de los frondosos pinos. Respiraba de forma agitada, sintiendo cómo el sudor se pegaba a su rostro.

-¡Maldita sea! -bramó con toda la fuerza que pudo procurar-. ¡Esa condenada poción es veneno puro!

-¿Quiere que descansemos un rato? -la mirada acongojada de su acompañante lo hizo enfadarse aún más consigo mismo; era bien sabido que detestaba preocuparla sin razón.

-No -suspiró-. Cuanto antes pongamos fuera de servicio esa columna azul, antes llegaremos al fondo de esto.

Kodziomi le tendió su botella de agua para que se enjuagara la boca. El vómito había horadado sus dientes con la fuerza de una mantícora furiosa, dejándolos ásperos y sumamente desagradables al tacto de la lengua. Dos medidas bastaron para que el fresco líquido devolviera el equilibrio al interior de su boca.

-Gracias, querida. Ya me siento mejor. ¿Continuamos?

-Si tiene dificultades para caminar, puede apoyarse en mí.

-Realmente se lo agradezco -retrucó Braemar mientras ambos volvían a enfilar hacia el final del sendero-. ¿Sabe? Una de las mayores desventajas de este trabajo es la cantidad de tiempo que se pasa prisionero de la soledad, a sólo un error de perderlo todo. Tenerla aquí conmigo es como un segundo aire -le rodeó los hombros con su brazo izquierdo.

La chica reptil no contestó, nuevamente sobrecogida por el tono sincero y nostálgico de las palabras de su contraparte. El mismo hedor frenético pasó a segundo plano, siendo reemplazado por una serie de hilos contradictorios tejiéndose en la misma raíz de su mente. ¿Qué encontrarían al final del sendero? ¿Tendrían que pelear nuevamente o lograrían llegar a una solución pacífica? ¿Eran realmente estos asesinos ejecutores de su propio trabajo o simplemente obraban desde las sombras, delegando toda la responsabilidad en mandos medios que luego desconocían olímpicamente? ¿Habrían difundido el cuento de la maldición para evitar que los pescadores se metieran en sus pérfidos asuntos?

"Ninguna de esas preguntas tiene respuesta por el momento", pensó. "Decir lo contrario sería mentirme y eso sí que no lo soporto".

Un golpe de viento viniendo desde atrás casi los arrojó al suelo, trayendo de vuelta el mismo sentimiento de inestabilidad que los embargó ayer en la cubierta del bote. Se fue tan rápido como llegó, aunque ambos esperaron casi treinta segundos para volver a moverse. Hicieron chocar sus ojos sin comprender demasiado; tal vez fuese una de las rarezas del clima pero había traído algo positivo consigo, disipando los restos de locura del aire y permitiéndoles volver a respirar con normalidad. Justo cuando Braemar iba a abrir la boca para hacer uno de sus típicos comentarios reflexivos, sintieron una especie de murmullo que luego se hizo un grito. Volvieron a tensarse de la pura impresión y se arrimaron al extremo izquierdo del sendero, moviéndose tan lento como les fue posible. La quietud absoluta trajo otro punto interesante a sus mentes: en todo el tiempo que llevaban en Ruktorima no habían escuchado ni uno de los ruidos asociados al bosque y el río. Los pájaros cantando, las ardillas recolectando y los peces chapoteando brillaban por su ausencia.

-¡Con un demonio! -estalló una voz masculina en tonos profundos y dominantes, pateando un caldero suspendido sobre una pequeña llama eterna-. ¡Tres horas de trabajo perdidas gracias al vientecito ese!

-Yo no diría eso -señaló otra, algo más moderada-. Esta segunda prueba ha sido un éxito, a juzgar por el número de cadáveres que nos rodea.

Apenas asomándose desde la protección de otro pino grueso, el cazador y su ayudante contemplaron estupefactos el espectáculo ante sus ojos, apenas conteniendo las ganas de vaciar sus estómagos por medio de arcadas. En medio de la nieve manchada de sangre podían distinguir seres pequeños de piel verde, vestidos con túnicas rojas y azules, atados a sólidas bolas de acero como eternos prisioneros. Eran gremlins sirvientes y maestros, la carne de cañón del ejército bracadano; seres de poca voluntad que vivían para servir y casi siempre sacaban el "boleto premiado". Los maestros tenían narices más prominentes, pelo canoso y eran capaces, con algo de entrenamiento, de lanzar sus grilletes como si se trataran de piedras impulsadas por una honda.

-¿De verdad crees que esta basura es el ingrediente ideal para incitar disturbios? -contraatacó el colérico-. ¡No duraron ni dos minutos antes de sucumbir!

-Los gremlins son demasiado débiles, aunque era necesario corroborarlo empíricamente -dijo un tercero, tan oculto por su capa negra como los demás-. Sabemos que la locura embotellada funciona en humanos hasta por diez minutos antes de perder el efecto. He oído que en los senderos más profundos del distrito viven criaturas más potentes, como trolls, que podrían ser bastante ideales para nuestros experimentos.

-¿Y tú crees que capturar una partida de trolls (20) es muy fácil?

-No, pero para eso podemos contratar a la gente apropiada y luego refinar la fórmula como sea conveniente. ¿Todavía tenemos azufre?

-Aún queda bastante de la partida que nos mandaron. Lo mismo aplica al mercurio.

-Entonces la señora estará satisfecha -añadió el tipo de malas pulgas-. Al principio tenía dudas sobre su idea de contratar a esa basura, pero de no ser por ella nunca habríamos encontrado esa duna bajo tierra cerca de Ikata.

-Por no mencionar que también pudimos montar el laboratorio -complementó el moderado-. He de ser sincero: nunca antes había seguido una receta tan buena para producir mercurio.

-La señora sabe lo que hace -añadió el tercero-. Por algo es parte de La Gruta. Una vez que hayamos puesto el desayuno entre pecho y espalda, le escribiré para darle a conocer nuestros avances.

De vuelta en el exterior del claro manchado de fluidos internos, el alquimista nominal y la naga intercambiaron impresiones con susurros casi inaudibles.

-¿La Gruta? -comenzó ella-. ¿Qué es eso?

-Ni idea -replicó él-. No la había oído nombrar hasta hace cinco segundos. ¿Será una especie de grupo secreto?

-Debe serlo si sus miembros tienen que venir al medio de la nada para hacer sus malditos experimentos.

-¡Mire, parece que se van!

-¿A qué esperamos, jefe? ¡Vamos a darles su merecido!

Kodziomi, como buena naga que era, sabía que la mejor defensa era un buen ataque. Podía sentir nuevamente la adrenalina fluyendo por sus venas, empapando su psiquis con ese enorme deseo de hacer justicia. Tal vez los gremlins no le importaran demasiado como raza, pero nadie, ni siquiera ellos, merecía morir como conejillo de indias en esta clase de retorcidas pruebas.

Se adentró en el sendero saliendo desde el claro hacia un punto aún más profundo del pinar, Braemar siguiéndole los pasos muy de cerca. Tras una curva, volvieron a ocultarse, esta vez detrás de unos matorrales tan densos como los mismos árboles, aunque sin despegar los ojos de sus objetivos. Los tres hombres, dándoles la espalda, se habían detenido frente a lo que parecía un callejón sin salida.

-¿Tienes la llave? -preguntó el crispado al moderado.

-Creo que sí -hurgó en los bolsillos de su capa y de su propio traje-. Vaya… ¿Dónde la puse?

-¡Genial! ¡No me digas que se te cayó!

-Piensa que esos gremlins locos casi se ensañaron con nosotros, so imbécil -añadió el tercero con voz rasposa-. Es probable que la llave aún esté ahí tirada en medio de los cadáveres.

-Y manchada de esa asquerosa sangre, ¿no? -retrucó el primero-. ¡¿Por qué siempre tenemos que enredarnos con las cosas más tontas?!

-¡Tranquilícense de una vez, par de gritones! -atajó el segundo-. No me cuesta nada volver allá y recogerla. ¿Qué vamos a perder? ¿Dos minutos?

-Sabes perfectamente que odio los desajustes.

-Pues te aguantas.

El moderado, ya no tanto luego de la discusión, dio media vuelta y se perdió tras la curva, mascullando maldiciones. Sus compinches suspiraron hondamente y luego se quedaron mirando el risco ante ellos con poco interés. Tapizado de musgo y de unos quince metros de altura, no era necesariamente idóneo para los amantes de la escalada. La brisa que antes les había arruinado la partida comenzó a soplar nuevamente, causando que se estremecieran a pesar de sus gruesas capas.

¡Fiiiiiiiiii…!

Una especie de pitido los sacó de su aparente sopor.

-¿Por qué silbaste? -preguntó el tipo de malas pulgas al rasposo.

-¿Silbar yo? -el aludido reaccionó ofendido-. ¡Estás loco! Tú fuiste quien silbó.

-Yo no he hecho nada, imbécil.

-Mejor cuida tu lengua si no quieres acabar mal, tarado.

-Haz lo que… ¡Cuidado!

El aviso del perpetuamente enfadado llegó demasiado tarde. Como si hubiese salido del mismísimo aire helado, la naga se abalanzó sobre el tipo de voz ronca y lo derribó con un placaje irresistible, inmovilizándolo de frentón gracias a la amenaza de media docena de cimitarras afiladas. El otro antisocial comenzó a canalizar sus energías para lanzar un hechizo devastador, pero fue interrumpido sin más ceremonias por Braemar, quien lo mandó al suelo de un puñetazo y luego le perforó la mano izquierda con el estoque.

-¡Aaaaaaaaaaggggghhh…! -aulló de puro dolor el hombre, sintiendo cómo su sangre comenzaba a abandonarle para empapar la nieve. Se encogió cual niño de pecho sobre el helado colchón y comenzó a llorar de rabia, incapaz siquiera de enfocarse para activar el conjuro de Curación.

El rasposo luchaba como podía contra Kodziomi y casi logró desembarazarse de ella, pero terminó corriendo la misma suerte que su compañero. Otro grito desgarrador hizo eco en el bosque completo, tiñendo el opresivo ambiente con una capa de terror tan fresca como el clima mañanero.

-¡Bien jugado! -el cazador, también dominado por la emoción, felicitó a su asistente-. Nada supera a una buena emboscada.

-¿Qué hacemos con ellos? -preguntó la espadachina, sus espadas aún sedientas de probar sangre pérfida-. ¿Los damos de baja permanentemente?

-La naturaleza se encargará de ello. Ahora debemos escondernos de nuevo; me interesa mucho hacerme con esa llave que fue a buscar el otro tipo.

-¿Puedo asustarlo? -preguntó ella con una expresión traviesa en su hermoso rostro.

-Tiene carta blanca, siempre y cuando no llegue al límite de causarle un infarto. ¿Le parece bien?

-Perfecto, jefe -ella se rió con ganas-. ¡Espere, creo que ahí viene!

Desaparecieron casi al instante del claro junto al risco pintado de verde y gris. Pasos frenéticos rodearon la curva cercana a los matorrales y se detuvieron de repente al ver los dos cuerpos tirados encima del blanco lecho.

-¡¿Están bien?! -el moderado corrió a todo lo que daban sus piernas hasta donde estaban sus cómplices-. ¡¿Qué ha ocurrido?!

-¡Dueleeeeee…! -gritó el colérico con un tono digno de quien ha recibido una patada en la entrepierna-. ¡No me puedo… concentrar!

-¡Nos… nos emboscaron! -el otro hizo lo mismo, aunque destilaba más rabia de la usual-. ¡Hijos de puta…!

-¿Emboscada? -el recién llegado no daba crédito a sus oídos-. ¿Quién hizo es…?

Un fortísimo tirón de capa casi lo ahogó, haciéndolo caer de espaldas. Lo primero que vio no fue el cielo sino un rostro pétreo, con ojos negros como el carbón y corta cabellera del mismo color. Era un joven que parecía saborear el momento, contemplándolo igual que un verdugo a punto de blandir el hacha.

-¡De pie! -ahora se vio con la punta de un afilado estoque a centímetros de su nariz-. ¡Vamos!

Reuniendo todas las fuerzas de flaqueza que pudo procurar, el moderado se levantó con dificultad. En dos ocasiones la nieve estuvo a punto de hacerlo resbalar, pero no quería provocar la ira de quien tenía la brocheta por el mango.

-No quiero trucos baratos -añadió Braemar, su voz afilada como el mismo viento invernal-. Ahora muéstrame tu rostro o tus amigos -miró a Kodziomi, quien entendió al momento las instrucciones de su jefe- se irán en un viaje al inframundo sin escalas ni equipaje. ¿Está claro?

Sin otra opción, el tembloroso tipo se descubrió. Era un hombre de estatura bastante normal, cercana a los cinco pies y ocho pulgadas. Su complexión, delgada y con piel algo amarillenta, mostraba manos huesudas, repletas de callos y manchas similares a las surgidas tras manipular metales poco valiosos. El rostro estaba poseído por el temor: ojos castaños y saltones; labios finos; barba rala y cabello muy corto en tonos medio grisáceos. A la vista debía tener unos 57 o 58 años de edad. Bajo la capa negra llevaba un conjunto sencillo en tonos verde botella, con gruesas botas negras y cinturón café oscuro.

-Me alegra ver que estás dispuesto a cooperar -continuó el cazador, acariciando la punta de su arma aún manchada de sangre y metiéndose por completo en el rol del inquisidor implacable.

-¿Quiénes son ustedes? -cuestionó el asustado maleante-. ¿Qué quieren?

-Aclaremos una cosa -Braemar volvió a acercarle el estoque a la nariz, causando que el pobre desgraciado se mareara con el olor-. Aquí las preguntas las hacemos nosotros.

-Si nos dices lo que queremos saber -completó la chica reptil-, tal vez te dejemos vivir. De lo contrario…

Kodziomi frotó dos de sus espadas en tono amenazador e hizo vibrar el cascabel (tan negro como sus escamas) en la punta de su cola. El cetrino, ya en notoria desventaja numérica, no se orinó los pantalones gracias a un enorme milagro.

-Ya la escuchaste -continuó el chico-. Lo primero es lo primero: entrégame la llave. Porque la encontraste, ¿verdad?

Le extendió la mano libre con autoridad y obtuvo su recompensa en dos tiempos. Para sorpresa del alquimista nominal, era un cilindro de piedra pulida casi idéntico al que usaron para moverse por la cripta.

-Me alegra ver que eres razonable, vejestorio. Turno para tu segunda pregunta: ¿qué hay detrás del risco?

Silencio. El viento comenzó a soplar más fuerte. Ya ni siquiera se sentían los estertores de la locura embotellada.

-¿No quieres hablar, eh? -volteó-. Kodziomi, lúzcase.

-¡Esperen, esperen, esperen! -gritó el tipejo-. Hablaré, pero quítame esa espada del rostro.

-Así me gusta.

Las preguntas y respuestas fluyeron más rápido que el mismo caudal del Seia. La llave abría una entrada secreta hacia un monolito de doble vía que iba rumbo a una caverna ubicada justo bajo el bosque donde estaban parados. Sólo estaban ellos tres desde hace una semana y su misión era trabajar en una nueva variante de la poción que causara los mismos efectos en criaturas más débiles; de ahí se explicaba la prueba con una tribu de gremlins que vivía cerca del claro donde instalaron el caldero. El mercurio venía del laboratorio instalado allá abajo y el azufre estaba ubicado un poco más allá por el mismo túnel. ¿Y la denominada "basura"? Jamás la había visto en persona, pero sabía que tenía un don para encontrar dunas de ese codiciado polvo amarillo, además de una voz chillona que podía romper cristal.

-Hasta ahora no lo has hecho mal, microbio -esbozó la naga con talante asesino y sin perder de vista a los otros dos desgraciados-. Pero todavía faltan un par de cosas importantes. En primer lugar, ¿qué es La Gruta?

-Eso sí que no puedo decirlo.

Primer error. Braemar lo azotó contra el suelo y luego le rompió la nariz de un pisotón. El crack de los sensibles huesos precedió a un torrente de sangre caliente, causando que el cautivo tosiera de pura impotencia y casi se ahogara. Lo pusieron nuevamente de pie, arrojando la diplomacia por la borda.

-Conque no, ¿eh? -insistió-. ¿Cuánto te pagan? ¿Acaso tienen amenazados de muerte a tu mujer e hijos? ¿Hay más de tus compañeritos por los alrededores?

-¡No lo sé, lo juro!

-¿Para qué quiere La Gruta una poción de locura originaria del milenio pasado? -insistió Kodziomi, volviendo a su pose más amenazadora-. ¿Acaso quieren sumergir a Bracada entera en la anarquía?

-¡Ya les dije que no sé nada!

Segundo error. Otro golpe. Otra mano atravesada limpiamente por el estoque. Otro grito desgarrador. La tensión parecía amplificar el dolor del individuo vestido de verde, sacándole copiosas lágrimas de sus ojos y haciéndolo sudar.

-Mencionaste a una señora -otra vez la naga al ataque-. ¿Quién es? ¿Alguna vez la has visto? ¿Tiene alguna seña particular?

-¡No lo sé! -repitió el despojo casi al borde de la desesperación.

Tercer error. Ahora tenía sus dos palmas perforadas y estaba a meros centímetros de colapsar. El umbral del dolor, si alguna vez existió en su interior luego de tantas décadas, estaba totalmente destrozado.

-Intentamos ser razonables -prosiguió el cazador-, pero tú y tus amiguitos nos han colmado la paciencia. Querida, ¿podría pasarme una botellita de color entre púrpura y rojo oscuro que tengo en el tercer compartimento de mi bolso?

-Aquí está, señor -se la entregó con delicadeza; parecía frágil-. ¿Qué planea hacer con ella?

-Algo muy especial.

Ella lo miró con curiosidad mientras vertía parte del contenido (un líquido incoloro con aroma similar al estragón) sobre la punta de su estoque. Con un movimiento tan súbito como el relámpago invocado para asustar a los pescadores, volvió a levantar al esbirro sin la más mínima dificultad y le atravesó el estómago, mandándolo nuevamente al frío suelo como un saco de patatas. Fue un ciclo en dos etapas, brutal, eficiente y rápido a partes iguales. Repitió el proceso con los otros dos caídos (cuyos ojos, durante su breve exposición a la mirada del oriundo de Calarnen, mostraron pánico absoluto) y luego se encontró nuevamente con el pequeño tubo en las manos, herméticamente sellado y casi vacío.

-Ya se acabó, querida.

El humano se acercó a la naga y volvió a estrecharla entre sus brazos. Toda la furia que había sacado para realizar la interrogación se disipó, siendo reemplazada nuevamente por esa peculiar nostalgia con pinceladas de pertenencia.

-Señor Braemar -dijo ella, aún sin entender del todo lo que había pasado-, ¿qué contenía ese frasco?

-Veneno.

La pelinegra se estremeció hasta la punta de su cascabel, pero siguió refugiada en los brazos de su superior.

-¿Veneno? -deslizó con tono incrédulo-. ¿Realmente era necesario?

-Quería evitar que nos viésemos envueltos en un lío como el de ayer -respondió él, mirándola nuevamente a los ojos con ese gesto tan especial-. Sólo con verlos a distancia se notaba que estos tres hombres eran magos hechos y derechos, además de poseer conocimientos en alquimia ampliamente superiores a los míos. Si no los hubiésemos emboscado como usted sugirió al ocultarnos en los arbustos, probablemente nos habrían derrotado sin apelación al otro lado del monolito.

-Entiendo perfectamente, señor -ella asintió y cerró los ojos con nobleza-. Siento haber dudado de usted.

-No me pida disculpas, Kodziomi. Usted sabe que detesto matar a menos que sea absolutamente necesario. Con estos tres tipos neutralizados, nada nos impide registrar la caverna y obtener más datos sobre esa misteriosa Gruta. ¡Y no nos olvidemos de la poción!

-Estaré encantada de ayudarle… después de un buen bocadillo -la muchacha recuperó el ánimo-. Si vivían allí, probablemente tienen mesas, sillas, tal vez un horno o una bañera. ¡Con lo que me gustaría darme un remojón!

-La única forma de averiguarlo es entrar. Por supuesto, puede ir primero y tomarse el tiempo que necesite mientras doy vuelta sus papeles y apuntes técnicos. Después podemos invertir los roles.

-Es un buen plan -retrucó su contraparte-. Ahora que estamos en confianza, ¿puedo pedirle algo?

-Lo que guste.

-No quiero que volvamos a Ruktorima sin dar sepultura a esos pobres gremlins y hacer una plegaria por ellos, aunque nos tome horas de trabajo -suspiró con algo de pena, demostrando también su variable espectro de emociones-. No tuvieron la culpa de sufrir tan cruel destino.

-¿Y qué hacemos con estos tres? -apuntó a los cadáveres enfundados en capas negras.

-Que se jodan -sentenció la chica serpiente-. Cualquier otra cosa sería demasiado generosa con sus pérfidas memorias.

Poniéndose el equipaje en bandolera, dejaron todo atrás y cubrieron los diez pasos separándolos del musgoso muro. A diferencia del templo de la muerte, aquí no hubo mayores puzzles: un simple agujero a la altura de sus cabezas indicaba dónde había que colocar el cilindro. Braemar lo giró una vez hacia la izquierda, abriendo una puerta secreta en la roca tras la cual asomaba una luz.

Ante ellos se encontraba un portal tallado en piedra blanca con pequeños relámpagos azulinos emergiendo del centro y danzando a su alrededor; parecían invitar al paseante a descubrir sus secretos más ocultos. La pantalla mágica sobre la que descansaba el proceso completo de teletransporte, despedía un destello verde profundo, similar al de una esmeralda de buena factura.

"Levantar y mantener un monolito como este para una simple cámara subterránea requiere grandes concentraciones de energía", pensó él, analizando la construcción con ojo clínico. "Incluso los de una vía son bastante complejos. De aquí podemos deducir algo claro sobre La Gruta: tienen, como se dice vulgarmente, dinero para gastar".

Kodziomi retiró la llave de su especial cerradura, poniéndola a salvo en el bolsillo del chaleco sin mangas bajo su capa. Tomó con decisión las manos de su amigo, lo miró a los ojos y ambos tomaron aire antes de dejarse envolver por la irresistible atracción del monolito.

Nadie escuchó el eco sordo de la piedra volviendo a su posición original.

-R3-

Por un momento se sintieron desperdigados en un trillón de pequeñas partículas. Al siguiente palparon claramente los duros muros de piedra y el aire ligeramente viciado que tan bien caracterizaba a los túneles de Antagarich. Liberaron sus manos, abrieron los ojos y adaptaron su visión gradualmente al tenue tono de las llamas eternas colgadas a ambos lados del corredor.

-Ya estamos dentro, jefe -dijo la naga-. ¿Se siente bien? Digo, por su problema con los espacios estrechos y todo eso.

-Sí, estoy bien. No tengo más que un pequeñísimo mareo -contestó él mientras comenzaban a moverse hacia una luz más intensa ubicada a pocos pasos de ellos-. Los monolitos de doble vía generan una sensación distinta en quien se somete a sus flujos. Dura algo más pero después se disipa.

Kodziomi recordó el paso por los portales ubicados en la zona de Eaniedina; esos eran mucho más simples y sólo permitían tráfico de ida. La coordinación de los operarios era esencial, dado que un único monolito podía conectar con muchísimas salidas distintas a lo largo y ancho del continente. El más mínimo error podía haberlos dejado, por ejemplo, en Skaglinden, al otro lado de Bracada y a más de mil kilómetros de su real destino.

-¡Vaya! -exclamó la pelinegra, soltando la mano de su compañero de viaje-. ¡Mire esto!

Ante ambos estaba una cámara magníficamente equipada y con espacio suficiente para instalar una enorme mesa alquímica repleta de instrumental, tres camas de dos plazas en perfecto estado, idéntico número de escritorios e incluso un juego de comedor de fina factura. Otras llamas eternas danzaban en un soporte metálico ubicado a 18 pies del suelo y que podía ajustarse mediante un mecanismo de cadenas enrolladas en una gruesa manivela de madera. Del lado derecho había un armario metálico que, al ser abierto, reveló un nada despreciable suministro de víveres conservados gracias a nieve abundante en el fondo de la estructura. Varias secciones del piso estaban cubiertas de alfombras tejidas e incluso había instaladas perchas en los muros para colgar capas y chaquetas.

-¡Me lleva el diablo! -añadió Braemar luego de un largo silbido-. ¡Pues sí que estaban bien instalados esos granujas! Con todo esto se podría vivir aquí tranquilamente durante un mes, lejos del mundanal ruido y a un viaje en bote del mercado de Ruktorima.

-Es el escondite perfecto -Kodziomi imitó su gesto y luego cerró esa especie de cámara de frío-. Apuesto a que deben tener un suministro de agua en algún lado. Y si lo hay, eso sólo significa una cosa.

-¿Un baño relajante?

-Usted lo ha dicho.

La pelinegra colgó su capa en uno de los pomos de madera y comenzó a registrar los demás rincones de la estancia en busca de su boleto a la limpieza. El cazador, por su lado, llevó los bolsos de ambos a un rincón junto a las camas y realizó otro descubrimiento: un horno específicamente diseñado para cocinar con ese fuego tan especial y que sólo podía ser sofocado con hechizos de la escuela acuática. Sabían que La Gruta, fuese lo que fuese, andaba en busca de un secreto tan antiguo como la misma tierra que pisaban, pero eso no impedía que pudiesen sacar impune partido de sus bienes tras casi cuatro largos días en el camino.

"Tal vez podamos planear un buen almuerzo y una siesta cuando acabemos de registrar este lugar", se dijo con una sonrisa. "También necesito un baño luego de tantos sobresaltos y pasar la noche aquí, especialmente después de dar sepultura a los gremlins, no es mala idea".

-¡Eureka!

El grito de su amiga le hizo voltear la cabeza hacia la derecha. Acudió raudo a la llamada y la encontró pletórica, sus ojos brillando cual carbones encendidos. Parecía haber encontrado la forma de ganarle a la muerte en una partida con sus propias reglas.

-Veo que encontró el tesoro, Kodziomi.

-Fue tal como lo pensé, señor Braemar -lo miró con felicidad-. Tal vez no haya Jaktina en esta cueva, pero los leños a fuego moderado son un estupendo sustituto. Un par de chispas de pedernal bastarán para poner todo en marcha.

-¿Y el agua?

La muchacha lo guió hasta el rincón más alejado, donde descansaba mansamente un pequeño manantial, drenado posteriormente por otros agujeros en la roca eterna.

-Sin duda viene de una napa subterránea -contestó ella-. Estuve estudiando el mapa por un rato y hay al menos tres corrientes que pasan bajo el bosque en dirección noroeste. La más larga de ellas llega, según sale aquí mismo -levantó el documento con una de sus manos-, hasta el distrito de Asenius.

-Sorprendente -señaló el cazador tras un tercer silbido-. Eso son casi 300 kilómetros de recorrido. ¿Y las otras?

-Alimentan pequeños lagos ubicados en áreas mucho más profundas del bosque. Son inaccesibles a menos que se vaya volando.

-Podemos desentendernos de ellas, entonces. Ahora me retiro para que pueda asearse -le hizo una reverencia-; tengo ganas de echarle una mirada a los documentos guardados en esos escritorios. Con algo de suerte, hallaremos indicios que nos permitirán completar un poquito más este rompecabezas.

Antes de ocultarse tras un sencillo bombo y desnudarse, Kodziomi fue a buscar su botella favorita de aceite aromático, una muda de ropa limpia y una toalla. Era la misma que había usado para quitarse el sudor tras su retrospectiva de Erkandi, pero ahora olía a deliciosa limpieza. Encendió los troncos pulcramente cortados (mediante hacha o machete, juzgó) y comenzó a llenar esa bendita bañera gracias a un cubo de metal equipado con una gruesa manija. El humo blanco se mezcló poco a poco con el vapor, trayendo a su mente recuerdos de infancia que amplificó al sumergirse en el agua. Su clan siempre vivió cerca del río Molketa, en una zona tapizada de pinos y pequeñas lomas que eran estupendas para estudiar los efectos del combate en terrenos desiguales. Yendo más lejos, la conexión de la naga con el agua tenía ramificaciones tocando su edad adulta, habiendo formado parte de las guarniciones de Ikata, Erkandi y Maratzante; estas dos últimas eran zonas cosmopolitas con acceso al gran mar, mientras que la primera defendía un importante puerto fluvial ubicado en el curso del mismo Seia. Suspirando de alegría ante la bien ganada privacidad, comenzó con el lento proceso de remover esa molesta capa de sudor y mugre, tarareando la misma cancioncilla de batalla que marcó su primer día en el nuevo horizonte.

-Mis escamas están suaves y lustrosas -murmuró con satisfacción tras tocarlas-. Pasará un buen tiempo antes de mi próxima muda.

De vuelta en la sección principal, Braemar, también desprovisto de su capa, comenzó a inspeccionar la mesa de trabajo donde descansaban tubos de ensayo, decantadores, matraces, alambiques e incluso un par de mecheros alimentados con alcohol de alta gradación. El instrumental era nuevo y, a juzgar por la calidad, muy caro. Ningún laboratorio privado podría haber costeado esta clase de objetos y sólo había visto algo parecido en la Academia Imperial. Tres pequeños platos de porcelana con restos de mercurio llamaron su atención, principalmente por la técnica de refinado usada para obtenerlo. El espectro de la luz ante el plateado de ese misterioso elemento que no era ni líquido ni sólido pareció despertar una nota en su memoria.

-Creo que he visto resultados similares antes -susurró, tratando de ordenar sus ideas-. ¿Será posible que…?

Sacudió vehementemente su cabeza. "Contrólate, hombre. A menos que tengas más evidencia, esto es pura especulación. Tu trabajo se basa en certezas, no lo olvides".

Cogió un trozo de pergamino del primer escritorio, reclutó los servicios de una pluma y tintero e hizo una pequeña nota en la parte superior. Posteriormente inició su trabajo en los cajones, optando por vaciarlos de uno en uno para luego devolver sus contenidos al interior. No sacó demasiado en limpio: casi todo eran hojas en blanco salvo unas cuantas líneas escritas con letra apretada en otro trozo medio arrugado.


Semana del Perro, Día 2

Llegó el centurión con la basura y el cargamento de azufre; será suficiente para preparar la última partida de la poción de locura. No he visto cosa más fea en mi vida. ¡Cómo chilla! Me dan ganas de matarla, pero la señora ha ordenado que no la toquemos.

Espero que no se entere de que usé su diadema para experimentar con el proceso de refinado, porque si lo hace, hasta ahí llego. Iré la próxima semana a Ruktorima para buscar un reemplazo o pedirle a un herrero que lo forje.


-Semana del Perro -razonó Braemar-. Cálculos rápidos mediante, esto es de hace sólo doce días, lo que coincidiría con la visita de los extraños a la taberna del amigo de Garth.

Garabateó otra nota y pasó al segundo escritorio. Encontró algunos apuntes referentes a los experimentos realizados con la poción, incluyendo un recuento bastante detallado del incidente ocurrido en la capital distrital. Apartó esas páginas con la intención de entregarlas a las autoridades competentes, pero no encontró ni rastro de la fórmula. "Era de esperarse", cogitó. "Probablemente los tipos la memorizaron y luego quemaron el pergamino en el horno". Hasta donde sabía, ni el mago más ducho era capaz de recomponer páginas a partir de fragmentos quemados.

Vino la tercera nota. Investigaciones adicionales no revelaron rastros de ningún ingrediente adicional que permitiera llenar los agujeros en la receta. Ahora sólo le quedaba la última estación de trabajo, pero ni siquiera tenía cajones. Golpeó tentativamente la zona donde deberían haber estado, pero no detectó nada hasta que llegó a la parte superior.

-¡Oye, esto está hueco!

Tocó nuevamente para asegurarse de que sus oídos no estaban jugándole una mala pasada. Escuchó claramente el ruido tenue, cuyo levísimo eco era perceptible en medio del apacible silencio dominando el interior de la caverna. El aire viciado ya no era molestia alguna e incluso invitaba a la comodidad.

A diferencia del panel oculto de la cripta, no veía un punto favorable para hacer palanca con el estoque. Pasó la mano tentativamente debajo de la tabla mayor y se vio recompensado al sentir una protuberancia muy pequeña, similar a un botón, ubicada en la otra esquina del espacio inferior.

-Veamos qué pasa si pulso esto. Tal vez se nos venga toda la caverna encima -dijo en tono sarcástico; realmente disfrutaba la perspectiva de encontrar algo grande.

El suave deslizamiento de un panel de madera dejó al descubierto un compartimento secreto bastante pequeño: al ojo debía medir unos treinta centímetros de ancho por diez de alto y cuarenta de fondo. Como mucho, alcanzaba para ocultar un libro grande o tal vez un puñal de tamaño medio. Pero lo que encontró ahí no era ni grueso ni afilado, sino tan delgado y arrugado como la página encontrada en el cadáver de la anciana. No contenía más que una anotación sencilla, casi inofensiva a ojos inexpertos.

Irsamia; 314 - 356

Era su segunda profanación de una escena clave, aunque el cargo de conciencia fue olímpicamente rechazado. En su lugar surgió una interrogante mayor. ¿Qué era eso denominado Irsamia? ¿Tal vez otro libro? Se consideraba un conocedor bastante acabado en los temas bibliográficos, pero esa referencia lo eludía por completo. Hallar sentido en los cuentos crípticos de Bausela parecía migas de pan en comparación.

-También cabe la posibilidad -apuntó nuevamente en voz baja- de que sea un lugar antiguo o cuyo nombre cambió hace tiempo. Eso no ayuda mucho: Bracada es tan grande que podríamos pasarnos semanas estudiando los mapas y cruzando referencias. Lo que menos nos sobra -suspiró- es tiempo.

Contempló la lista de puntos desplegados bajo su puño y letra. La línea conectándolas era parcial, siendo el último ítem el que quedaba flotando en el aire como una molesta mosca serpiente salida de los densos pantanos de Tatalia.


a) Refinado del mercurio poco común; parece realizado por manos expertas o con un método ídem.

b) Identidad de "la señora" es un misterio. Tal vez su diadema pueda ayudarnos a identificarla… si la encontramos.

c) Identidad de "la basura" también es un misterio. Cualidades distintivas: facilidad para detectar vetas de azufre y voz chillona.

d) Crónica de los incidentes de Ruktorima; los perpetradores trabajan para La Gruta, una organización de la que no sabemos prácticamente nada. Los tres magos se negaron a hablar incluso bajo amenazas.

e) No hay referencias a la fórmula en este laboratorio; al parecer fueron destruidas previamente. Combinación de azufre y mercurio sigue siendo base, según Bausela.

f) Referencia a algo llamado Irsamia más dos números pares. Significado imposible de determinar por el momento.


-La bañera está lista si desea usarla, señor.

Otra vez la voz bien medida de Kodziomi atrajo su entera atención. La miró fijamente, manteniendo el pergamino en su mano izquierda. Se veía absolutamente radiante, incluso más hermosa que esas nobles emperifolladas a las que debía saludar por obligación en esos bailes de infancia; sus hijas apenas eran más tolerables. Vestida con una blusa gruesa blanca y una falda tan negra como sus propias escamas, tenía la toalla enrollada sobre su cabellera.

-Gracias, querida -contestó él.

-Veo que estuvo entretenido, ¿eh?

-Encontré algunas cosas interesantes, pero me temo que no hemos avanzado mucho respecto a lo que averiguamos en Calarnen.

Le alcanzó una silla y la animó a sentarse, poniéndola al corriente de sus hallazgos. Para cuando terminó, el cabello de la chica reptil ya estaba seco, cayendo mansamente por encima de sus hombros. Profundos hilos de pensamiento compartido parecían tenderse entre ellos, intentando encontrar la grieta para romper el muro separándolos de las respuestas a sus innumerables preguntas. No pudieron evitar sentirse algo decepcionados tras ver desinflado su optimismo en lo referente al Trueno del Titán; esperaban encontrar, aunque fuese de pura suerte, mayor información sobre las otras piezas o algún indicio relativo a la misteriosa punta de lanza donde descansaba el casco.

-Estoy dispuesto a dejar este documento en manos de la guarnición cuando volvamos a la ciudad; así podrán registrar este sitio y confiscar lo que haga falta -dijo el humano-.

-Si intentan algo, no se preocupe, que aquí estoy yo para bajarles los humos -añadió la espadachina con leve arrogancia-. De todos modos, creo que anunciarles el fin de la "maldición" -pronunció esa palabra con marcado desdén- les hará olvidarse de nuestras pequeñas travesuras.

-Antes de abandonar Ruktorima, devolveremos el bote al embarcadero y compensaremos al dueño como corresponde. Ya encontraremos el modo de llegar a Ikata.

-¿Ikata?

Kodziomi puso absoluta atención en su superior ante la sola mención de uno de los lugares más importantes de su vida.

-Claro. El renegado al que interrogamos mencionó dicha ciudad en conjunción con ese extraño ser al que se refirió como "la basura" -Braemar chasqueó los dedos-. Podemos obtener información de la gente y rastrearla; si lo logramos, es casi seguro que nos llevará ante su amo. La sede del Gremio Mágico está mejor equipada por dichos rumbos y necesito hacer un par de consultas relativas a Irsamia.

-¿Es eso un libro?

-No tengo idea. Bien podría ser un autor, el nombre de un lugar o incluso un acrónimo. Pero si guardaron una referencia aquí es por algo importante.

-Tal vez tengamos mejor fortuna y nos lleve directo a las demás partes que forman el Trueno.

-Que Ikerena la oiga, Kodziomi -el muchacho se puso de pie-. Por lo pronto, iré a bañarme a conciencia y luego prepararemos el almuerzo. Aún nos queda una larga tarde de trabajo para dar el descanso apropiado a esos cadáveres en medio del claro.

-Muy bien, señor -la naga asintió-. Revisaré los otros armarios en busca de un par de palas o azadones. ¿Alguna recomendación para el menú de hoy?

-En esa cámara de frío -señaló el armario metálico- hay vegetales, carne, pescado y mantequilla. Podemos cocinar unas estupendas patatas horneadas, filetear algo en la plancha, regarlo con nuestras botellitas de sidra caliente… Trataré de no demorarme demasiado para ayudarla en lo que haga falta.

Había llegado la hora de convertir esa caverna en su hogar lejos del hogar, aunque fuese hasta la mañana siguiente. Ni siquiera los estertores de la muerte esperándolos de vuelta en la superficie podrían distraerlos de los placeres bien ganados. Mientras llevaba las cosas a la zona del horno y preparaba algunos utensilios sencillos, movió sus pensamientos hacia Braemar, quien había cumplido, muy a su estilo, la promesa de protegerla.

"Con o sin peleas, cada minuto con él es una aventura", se dijo tras lanzar una risa cristalina, empapada de sinceridad.


Nota del Autor: Ya lejos de la ciudad y los muelles, Braemar y Kodziomi se encuentran cara a cara con el lado más salvaje de Bracada, donde la mano del hombre aún no ha llegado y, al hacerlo, destruye la perfección del entorno, como se vio con los gremlins usados como carne de cañón. Mientras se adentran en el bosque y la soledad los invade al compás del gélido viento, el puente de cariño y necesidad entre ambos sigue construyéndose, enraizándose en lo más profundo de sus corazones. Experimentar los efectos del humo azul, aunque fuese de forma muy superficial, ha reforzado también la importancia de su misión, donde el enemigo es toda una contradicción: nombre claro, objetivos aún inciertos y rostro difuso, oculto por el velo del poder y los trucos sucios. Con el rumor del humo azul ya confirmado y temporalmente contenido, los tres magos renegados, cuyos cadáveres ahora se pudren lentamente sobre la nieve de Ruktorima, sirvieron como una prueba para el humano y la naga, obligados temporalmente a descartar la diplomacia en favor de la intimidación. Para balancear un poco el fragor de la primera parte, quise instalar una atmósfera más hogareña en el refugio subterráneo, permitiendo volver a la dimensión más tranquila, tan largamente esperada y disfrutada por ambos. Placeres a la usanza de una buena comida o un baño caliente no sólo les recuerdan su propia civilidad, sino también el hecho de estar vivos un día más. Y si a eso añadimos las pistas halladas entre las pertenencias de los difuntos, el cuadro llega a una conclusión perfecta. Ikata los espera río abajo.

La atmósfera de este capítulo fue inspirada, en buena parte, en la música que el juego usa al transitar por zonas nevadas. Es melancólica, misteriosa y envolvente, haciéndonos sentir pequeños ante la inmensidad de la naturaleza. Pueden escucharla en YouTube en la siguiente dirección: youtu . be / 6gSvfna1HKU (sin espacios, claro).

Referencias

(18) En mapas de dos niveles, las puertas subterráneas conectan las cavernas de abajo con los paisajes de arriba. Los escenarios que se componen de dos niveles de túneles funcionan bajo el mismo principio.

(19) Al pasar por ciertos puntos del mapa, los héroes pueden activar eventos que van desde simples referencias históricas hasta emboscadas; eso se configura en el editor de mapas que el juego trae incorporado.

(20) Los trolls no están asociados a ninguna facción, pero pueden reclutarse desde el mapa si se controla un Puente de Trolls. Criaturas potentes, veloces y que se regeneran, su escasa defensa y salud son un talón de Aquiles en peleas largas.

Afuera hace tanto frío como en Bracada, así que mejor lo dejo hasta aquí por hoy e iré a prepararme un chocolate caliente; es justo y necesario con este clima. Como siempre, agradeceré eternamente sus comentarios e impresiones sobre esta entrega, los que pueden dejar en la cajita inferior con toda tranquilidad. ¡Hasta muy pronto, amigos! Ojalá no se resfríen, porque en esta época es lo peor que podría pasarles.