Los personajes pertenecen a la maravillosa Stephenie Meyer, yo solo deje fluir mi imaginación creando una historia un tanto diferente.


Let me go – Three doors down.

Revenge is sweeter (than you ever were)- The Veronicas.


Capítulo 6.

"¿Are you even listen when i´m talking you? ¿Do you even care when i´m going trough? …Your eyes stare and they're staring right through me. You are right there but it's like you never knew me
¿Do even know how much it hurt?"


Tenía el cuerpo en un estado de inanición total.

Las manos no se le movían, los pies no le obedecían. Tenía la cabeza totalmente paralizada por la horrible imagen que se abría grabado a fuego lento en sus retinas.

Era ella.

Su misma Bella. La misma mujer a la que su alma amaba más allá de la fuerza gravitacional que la tierra poseía, la única muchacha que lo enamoró hasta perder el punto de inicio y final de su conciencia. La misma que lo tenía girando sobre la punta de su sucio zapato.

Y ya no tuvo fuerzas para seguir adelante con sus pensamientos. Todo comenzó a programarse en su cabeza, como si un viejo casete memorial buscara reproducirse en su mente, con ideas, imágenes, y entonces todo comenzó a tener relación.

Las salidas. El dinero. Los viajes. Los misterios.

La falta de sinceridad, de confianza. Las muchas veces que lo dejo plantado, o se negó a una invitación por la noche.

"¡Maldita sea!

No dormía como el resto de las personas, a la hora de estar en casa y descansar.

Ella, mientras él la pensaba como un loco desaforado, se acostaba con otros hombres a sus espaldas. ¡Y él no le había tocado ni un pelo! Se vendía como una mujer barata, regalada. Como si el dinero le abriese el alma, y le regalara el cielo que él estaba dispuesto a darle. Como si esos sucios billetes, manoseados por viejos asquerosos y horripilantes, pudieran suplantar a los dulces besos que él le regalaba, al amor que sentía, con tal fuerza que el pecho le vibraba de emoción.

Era una cualquiera. Una puta.

Rugió con todas las fuerzas de su alma, y cerró los ojos, escuchando con claridad como el florero de vidrio desaparecía entre sus manos, creando una herida profunda.

¡No podía ser de otro!

Era suya. Suya. ¡Solo suya!

Tomó el teléfono celular que vibraba sobre la mesa, y lo arrojó contra la pared contraria de su habitación.

La respiración la tenía acelerada, y su tórax ascendía y descendía como si las fuerzas del mar lo golpearan con la mayor ansia del mundo. La mano le comenzó a sangrar, y las gotas de aquel líquido, comenzaron a deslizarse una tras otra, en la blanca alfombra que su madre tanto se había esforzado por conseguir.

No le importó.

Ya nada le importaba, nada tenía valor si la única mujer que le había mostrado el verdadero amor, lo había dejado por causa de un montón de manos asquerosas, de sucias caricias, marcadas por la terrible sensación de utilización.

Su cabeza no podía controlar los pensamientos. Solo le mostraba imágenes donde ella reía forzosamente, mientras un hombre más asqueroso que el anterior la tomaba, la penetraba con todas sus fuerzas, y ella gemía descontrolada, no por el placer, sino porque debía hacerlo. A fin de cuentas, ese era su empleo.

Volvió a rugir, aventando con un golpe de su antebrazo todos los papeles de su escritorio.

Tanto amor, tanto cariño. Tantas palabras dulces, susurradas al oído de ella, queriéndola, deseándola con fuerza. Buscando que ella comprendiese la verdad de sus intenciones, que entendiera que necesitaba una esposa dulce y cariñosa, y muchos hijos con su brillante sonrojo. Niñas con cabellos color chocolate, y ojos verdes.

Ella jamás tendría hijos, no con la profesión que tenía.

Comenzó a sentir cierta opresión en el pecho, acompañada del golpeteo de una piedra incrustada en su garganta. Y de la nada, las lágrimas comenzaron a florecer de las comisuras de sus ojos, como si pudiera detenerlas, hundió los puños en su cabellera, y jaloneó las hebras cobrizas, tratando de encontrarle una explicación a todo ello. A todas las veces que ella le mintió, y las posibles razones por las que querría tener un novio seguro, si en realidad deseaba acostarse con hombres solamente por dinero. Las razones no alcanzaban a contestar las preguntas, y las dudas desconfiadas dolían más que cualquier otra cosa que le había pasado en la vida.

Cerró los labios en una fina línea, y empezó a razonar tratando de encontrar lo único que quería en esos momentos.

Venganza.

Recordó que sus padres no estaban en casa, y que su pequeña hermana había salido con ese novio suyo, que tanto le gustaba por ser rubio y callado.

Tenía la casa para él solo, y las botellas encerradas en la gaveta secreta del estudio. Sonrió con tintes amargos, al imaginar a su madre buscando un candado lo suficientemente grande, para que su hijo mayor no se acercara a las botellas baratas de whisky.

Caminó con pasos adoloridos hacia la habitación donde su padre pasaba la mayor parte de su vida, con la nariz hundida entre los libros, y la cabeza más cerrada que antes, por causa del montón de enfermedades que tenía que atender. Abrió la puerta con disimulo, y se hincó ante la mancha gris de la alfombra plateada.

Con cuidado, desgarró levemente la costura principal y retiró un buen pedazo de tela dura y rancia, antes de encontrar el tesoro más preciado de su madre. La bodega de licores. Tomó las llaves que reposaban entre las demás de la casa, y después de acabar con la cerradura, abarcó con los brazos el mayor número de botellas. Las sacó de allí, y caminó hacia su dormitorio, donde fue abriéndolas una por una, y bebiéndoselas al paso del viejo reloj que marcaba los segundos de su pared.

No quería saber nada del mundo. No mientras tuviera el suficiente alcohol para ahogarse en él.

.

.

.

Habían pasado cuatro horas desde que su tortura comenzó, y ahora tenía suficiente valentía como para terminar con aquella desdicha causada por el fervor de un amor mal impulsado.

Sin pensar en la hora, la llamó con la garganta ardiente, y la cabeza dando vueltas a mil kilómetros por hora.

—¿Hola? —preguntó ella, con la voz algo ronca por el sueño.

—Bella, necesitamos hablar—murmuró él, tratando de parecer neutral ante el dolor que precedió al mencionar su nombre.

—¿En serio Edward? Lo mismo te dije ayer, y me dejaste plantada todo el santo día—le reprochó. Él bufó, con ganas de arrastrarla de los mechones largos de cabello. Si le dijera las razones por las que no llegó a la cita, a ella no le agradaría la respuesta.

—Vamos Bella, en serio lo lamento pero tengo razones de peso, solo necesito aclarártelo—no sabía que se inventaría, pero esta vez, el sufrimiento no lo pasaría él. Sino ella. Por ser ambiciosa y mentirosa, por querer arrancarle el corazón del pecho, con un solo tirón.

—Sabes que no es cuando tú quieras—murmuró ella, y a él le dio asco comprender que cuando él tenía tiempo para buscarla, amarla y soñarla. Ella solamente buscaba, amaba y soñaba dinero. Escuchó un cierre de pantalones al otro lado, y se revolcó de asco, pensando que otro hombre podría tocarla, mientras él derramaba lágrimas por los besos que no podía darle—Además, no quiero que me vuelvas a dejar plantada.

El respiró. Tratando de controlar las ganas de su cuerpo, de abrir la boca y gritarle todo lo que se merecía por ser tan ramera.

Espero varios segundos, y cuando consiguió enfocar su rabia en el vaso de cristal en su mano, apretándolo, habló.

—Okey, sé que tengo la culpa de todo, pero ¿No puedes darme un poquito de tu tiempo? —que falso sonaba al teléfono, con la facilidad que tenía para mentir, hasta el mismo papa se hubiera creído aquel tonito de condescendencia y desesperación con el que hablaba.

Si podría darle tiempo, con un carajo, por supuesto que podía. Era de día, y las mujeres de su calaña no trabajan frente a ojos de los demás.

—Te lo advierto Edward, si me dejas de nuevo plantada, juro que no tendrás otra oportunidad—el fingió suspirar, y escuchó al otro lado una risa melodiosa, y tan falsa como la conversación que estaban manteniendo, se recordó.

No quiso afinar más detalles, se verían en el mismo parque del día anterior, y Edward, en una de sus mejores actuaciones, murmuró que aún si le costara la vida, llegaría a la cita. Sin embargo, tenía otros planes para la tarde en que ella le volviera a ver.

Le dolería hasta el alma. Se prometió él, mientras se levantaba y marcaba con dedos taciturnos el teléfono de la que había sido su mujer hace algunos meses. Antes de Bella.

—¿Edward? —preguntó la castaña al otro lado, con una voz coqueta y sorprendida.

—Te daré lo que quieres—prometió, tomando una mudada de ropa de su closet, sin pensar en su mano o los efectos del alcohol que llevaba en la sangre—solo tienes que ayudarme una vez. Ven a casa.

Ella rió, con aquel tono de voz maldito, que embrujaba a cualquier hombre.

—Te aseguro que no te arrepentirás.

Y con eso, ambos colgaron.

Edward se vio la herida, por primera vez en muchas horas, y notó que la sangre se le había coagulado con ayuda del alcohol que el mismo se había derramado para evitar un desangramiento. Caminó a su baño, con certeza de que al final del camino, ambos tendrían la balanza de manera equitativa, y a ella le costaría volver a mentir de nuevo.

Se dio una ducha, y luego de mudarse de ropa, con la cabeza estallándole a martillazos, se tomó un par de analgésicos y curó su herida con ayuda del botiquín.

Recordó que Alice y sus padres viajarían a New Hampshire, a visitar a unos parientes que tenían. Y supuso que a fin de cuentas, Jasper no tenía nada que ver en la falta de su hermana.

Se notó ojeras bajo los ojos, y un poco de enrojecimiento en la zona de alrededor del iris. Sin embargo, no le importó que alguien lo viera así. Las decepciones amorosas dolían como el infierno, y él las había vivido tantas veces, que el alcohol había resultado su único escape.

El timbre sonó, y con pasos ágiles abrió la puerta, encontrándose con una mujer con las curvas más perfectas y atractivas del mundo. Lástima que para él, eso no fuera nuevo. Había experimentado las cosas más extrañas y placenteras con ella, y verla no le causaba impresión.

—Vamos al punto, Kate—susurró, sentándose en el sofá principal—quieres algo que yo puedo darte, y yo quiero algo que contigo, sería demasiado fácil de conseguir.

—Me encanta cuando vamos al grano—murmuró ella, con una sonrisa deliciosa, enmarcada por los lacios cabellos que rodeaban su rostro.

—Necesito darle una gran lección a una…mujer—vaciló en mostrar otro nombre descortés saliendo de sus labios—y tu sabes cómo hacerlo.

—Déjame adivinar—Kate golpeó su mentón con dos de sus dedos perfectamente manicurados—quieres que le hagamos pasar un mal rato, que vea cosas que no quiere ver.

—Exacto—respondió él, sin más. No quería pensar en las consecuencias de sus actos, no ahora, cuando había tenido valor suficiente para llamar a Kate.

—Entonces—ronroneó ella, acercándosele con paso lento, para luego acomodarse entre sus piernas y clavarle las uñas en los fuertes hombros—¿Vamos a jugar frente a ella?

Edward negó con una sonrisa amarga en los labios.

—Sé que es lo que quieres, y luego de que cumplas tu parte, yo cumpliré la mía. Pero por ahora, solamente vamos a darle una probada de su propia medicina.

Kate rió, encantada con la idea.

—Solo dime donde y cuando, hermoso. Yo estaré allí a tiempo, en el momento adecuado para que ella me vea entre tus brazos—se acercó a su oído derecho, y depositó un beso en el lóbulo—removiéndome como solo yo sé hacerlo.

Edward tragó en seco, incluso sintió las arcadas de asco que se anticipaban al acto a cumplir, dentro de unas horas.

—Nos vamos ahora—murmuró, con los fijos en el reloj de su muñeca. Le tomó de la mano, y caminó jalando de ella hasta la estación de autobús. Una vez ahí, depositó el pasaje de ambos y la sentó en una silla cercana.

Tres paradas más tarde, ambos estaban descendiendo de las escaleras, al parque que Edward había consagrado únicamente para Bella.

Caminaron hasta llegar a la banca donde ambos solían besarse, y Edward no pudo detenerse a pensar en nada, solamente en los rudos labios de Kate atrapando los suyos.

Sabía que debía responder al beso, y jugar un poco con ella para que la situación se viera real, así que levantó las pesadas manos de la banca, y comenzó a acariciarle el plano vientre y la espalda, con dedos rápidos y talentosos. Le besó la boca sin pudor, sintiendo como ambas esencias se combinaban, mientras el asco se instalaba en su cuerpo, como un sentimiento de auto-rechazo por lo que hacía.

Kate comenzó a jalar los mechones de su cabello, y a removerse sobre su pelvis como una maldita desquiciada, provocando gemidos y jadeos que escapaban de la boca de ambos. Él, con los ojos cerrados, comenzó también a mover su pelvis, pensando que lo que hacía era para su bien, para su felicidad, para lograr olvidar a Bella, y sacarla de su vida de un solo golpe. Aún cuando sabía que las cosas no eran tan sencillas, y no se resolverían viendo a Kate y besándola sin ningún cuidado, siendo rudo y brutal, antes que cariñoso y comprensivo.

No quería ser consciente de nada, y se arrepintió de no beber más de las últimas botellas de Whisky, se arrepintió de tantas cosas, mientras sentía el desespero de Kate, por ser suya.

Gruñó, y comenzó a jalarle el cabello con ganas de arrancárselo de un golpe. Alejó su boca de la de ella, y llegó al cuello de la mujer, dispuesto a mordisquearlo, y entregarse por completo a las sensaciones que Kate le producía tan solo con tocarlo.

Nunca abrió los ojos.

No podría haber visto la mirada de Bella, ni las lágrimas de esta al observar la situación.

Pero Edward, pensó que era lo mejor para los dos. Ese amor que se tenían no era bueno, no cuando ambos guardaban tantos secretos que no podían compartir, por miedo a perder al otro.

Kate jadeó, y le miró con ojos llenos de lujuria, pidiéndole algo que ella deseaba con toda el alma que le quedaba en el cuerpo.

Edward decidió dejar atrás sus pensamientos lógicos, tomó a la mujer de la mano, y se la llevó en un taxi a su casa. Una vez ahí, la tomó de la cintura y la aventó contra su cama, arrancándole el vestido con las manos y a trompicones.

No tienes que pensar, se decía. No tienes que hacerlo.

Se arrancó los pantalones al tiro, y la penetró de un solo envite, sintiendo como la calidez tan típica de Kate lo recibía. Ella le envolvió las piernas en la cintura, gimiendo como descerebrada, y él siguió empujando con todo el odio que guardaba en su cuerpo.

— ¡Ella no pensó en mí—rugió, adentrándose más en Kate—cuando dormía con esos hombres!

— ¡No pensó en cuanto la amo! —gruñó de nuevo, sintiendo oleadas de culpabilidad recorriendo su cuerpo. Mientras la penetraba con la fuerza de sus brazos y piernas.

—¡No pensó en que destruiría mi maldita vida! —exclamó con todo el aire de sus pulmones, y sintió como Kate gimió tan alto, que los vidrios de su dormitorio temblaron.

Segundos después, el se desplomó sobre el desnudo cuerpo de la mujer que lo acogía, mientras la maldita culpa, y las ganas de matarse y matarla se apoderaban de lo que quedaba del antiguo Edward Cullen.


Hola!

V: Sé que prometí el cap pronto, pero chicas, FF no me dejaba subir nada! Es muy frustrante jajaja, y traté toda la semana, hasta que por fin, una amiga me dió un truco para subir los caps, así que se los entregó en bandeja de plata. Hay un misterio de Edward, que aquí está resuelto, ¿Lo encontraron? Cómo ahora ya sé el truco, si llegamos a los 32, les re-contra-prometo, que tienen el cap enseguida. Pues ese también me toca a mí, y ya lo tengo listo. La canción está en nuestro perfil, al igual que las anteriores. Y también tenemos formspring, para que pregunten cualquier duda que tengan. ¿Qué fue lo que vio Edward para ponerse así de loco? Muchas, muchas gracias por sus hermosas palabras. La gente que se avienta a dejarnos un review, se gana una mención especial en el final y en el capítulo decisivo. ¡Sigan apoyando la historia, guapas!

*Izzy, sé que no te he hablado, pero en realidad ando muy liada con lo que me mudó de casa. Te cuento luego. Muuuuuchos besos, te requiero.

Muchos besos ecuatorianos y mexicanos.

V&I