Desafiando al futuro

CAPITULO 7

Crónica de un desastre anunciado

Melanie miraba con asombro la magnificencia de los salones de la casa y del vestuario de los invitados. Harold había hecho bien en traerla. Aunque ella no encajara en ese ambiente, todo lo que ahora miraba constituiría un inolvidable recuerdo para el futuro. Se sentía un poco perdida, pues todas las chicas andaban en grupitos de tres o cuatro y ella se hallaba totalmente sola. La prometida compañía de la señora Baxter no había llegado; quizá estaba muy ocupada con los últimos detalles del evento, como para perder tiempo en acompañar a una insignificante personilla como ella. Con tan poco alentadores pensamientos, ni siquiera se percató de la joven pelirroja de respingona nariz que se había instalado junto a ella y la miraba con curiosidad.

-Hola, no tenía el gusto de conocerte. Soy Eliza Leagan, una muy antigua amiga de Terry. Te vi llegar con él, así que asumo que lo conoces.

-Encantada. Soy Melanie Bingley- contestó la chica sin dar mayores precisiones.

Pero Eliza no era de las que se dejaban vencer por una respuesta lacónica. Así que se dispuso a insistir.

-¿También te dedicas a la actuación?

-¿Actuación? No, desde luego que no. –respondió la chica preguntándose de dónde podría su interlocutora haber sacado semejante idea.

-¿Dónde conociste a Terry entonces?

Melanie estuvo tentada de responder con un muy poco diplomático: ¿Y a usted qué le importa? Pero si la impertinente chica era en verdad una antigua amiga de Terry sería una incorrección imperdonable por su parte. Recordó el primer encuentro con el chico pero, evidentemente, no era algo para compartir absolutamente con nadie. De modo que optó por referir la segunda vez que coincidieron y que, finalmente, era la que había dado pie a la amistad.

-Fue un accidente lamentable. Mi primo y yo veníamos de regreso a casa y él señor Granchester, que acababa de sufrir el atraco de unos bandoleros, no nos vio y se nos atravesó. El caballo lo golpeó, pero afortunadamente no pasó de una inconciencia transitoria. Como mi primo es médico, lo llevó a casa para atenderlo y se ganó el afecto de todos nosotros.

-Ah, claro- repuso Eliza.- Terry sabe ser adorable cuando quiere.

Siguieron unos instantes de incómodo silencio. A Melanie no le había resultado nada agradable la compañía de Eliza, pero no tenía el suficiente talento mundano como para sacudírsela de encima sin parecer maleducada. De modo que se preparó estoicamente para resistir un rato más el incómodo interrogatorio.

-¿No has tenido entonces oportunidad de ver a Terry en plena actuación?

-Perdone, pero no entiendo a qué se refiere.

-No me trates de usted querida, apenas soy un poco mayor que tú. Y por lo que me dices, asumo que Terry no te ha contado que se dedica a la actuación profesional y es la principal carta masculina de la compañía teatral mejor posicionada de Broadway.

Melanie abrió la boca con asombro, pero lo pensó mejor y la cerró de nuevo. Finalmente, Terry solo era un invitado que las circunstancias habían puesto en su camino, y no estaba obligado a confiarse a quienes no eran nada suyo. Decidió intentar que la conversación tomara otro giro.

-¿Conoce usted a los prometidos?

-¿Archie y Annie?- Claro, como la palma de mi mano. Archie es mi primo, y Annie una recogida por la caridad de los Britter que ha tenido la inmensa suerte de atraparlo.

-¿A-archie? ¿El novio se llama Archie?

-Archibald Cornwell, encanto. ¿Ves a los tres jóvenes de frac que vienen bajando la escalera? Es el de en medio. El que tiene el cabello rubio cenizo.

Eliza podía haberse ahorrado las explicaciones, porque ya Melanie había distinguido la amada silueta que hubiera detectado aún a kilómetros de distancia. Se puso intensamente pálida y las piernas le flaquearon, lo cual no pasó inadvertido para la chica Leagan.

-¿M-me disculpa?- preguntó Melanie.- Necesito salir a… tomar un poco de aire fresco.

-Claro querida, pasa. Encontrarás una terraza muy agradable si sigues por el pasillo izquierdo.

-G-gracias. Fue un placer haberla conocido.

-Eres ampliamente correspondida. Y no olvides tratarme de tú, por favor. Tengo el presentimiento de que nos seguiremos viendo.

Melanie marchó velozmente por el pasillo indicado, ya sin responder a Eliza. Sentía deseos de vomitar. Por su parte, la chica Leagan siguió su marcha con una mirada burlona.

-No voy a perderte de vista, Melanie Bingley. Sospecho que tienes algunos secretos bien guardados. Y después de ver tu reacción cuando miraste a los chicos, no puedo perderte de vista. Estoy segura que tienes muchas cosas interesantes para compartir conmigo…además de Terry.

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La entrada de Terry con los Bingley y el doctor Conroy había causado expectativa entre los asistentes. Muy pocos de los presentes conocían a Harold, nadie a su hermana y a su primo, pero absolutamente todos sabían quien era Terry Grandchester. Y si hubieran sabido la historia en común que él y Candice White Andrew compartían, su presencia habría sido la causa de que se alzaran muchas cejas. Afortunadamente, tanto su historia de amor frustrada, así como el no menos frustrado compromiso de Candy con Neal eran cosas que no habían trascendido más allá del círculo familiar.

Terry se sintió sumamente sorprendido cuando descubrió al llegar que la recepción era ni más ni menos que en la residencia Andrew. Pero estaba tranquilo. Sabedor de que Candy estaba en el hogar de Pony, estaba seguro de que no podría causarle conflicto alguno a la chica. Además, quería hablar con Albert. Tenía que confiarle lo que había escuchado en casa de la señora Conroy y decirle la información que le había sacado al detective. Necesitaba saber si de verdad Candy lo había mandado a vigilar, y conocer el motivo de tal decisión. De modo que, viéndose a la entrada de la residencia, decidió tragarse la recepción con la mejor cara que fuera posible.

A la entrada, Harold y Melanie habían partido en busca de la señora Baxter, y el doctor Conroy y él se habían quedado en el vestíbulo, donde otros jóvenes permanecían charlando aisladamente. Terry no cesaba de pensar cómo podría hacer para localizar a Albert antes de que este se viera inevitablemente absorbido por los requerimientos de la recepción. Una vez que el baile empezara, conseguir su atención en privado sería una tarea titánica. Este era el mejor momento para escabullirse a tratar de hallarlo, pero sería de pésima educación dejar solo a Arthur Conroy entre toda esa caterva de desconocidos. Y lo peor es que no podía remediar la cosa presentándole a alguien, porque el mismo Terry no conocía absolutamente a ninguno de los jóvenes que estaban en el vestíbulo. ¿Y si se encaminaran al salón de una vez? Quizá Albert ya se encontrase allí ejerciendo sus deberes de anfitrión. Pero dicho movimiento implicaba también el riesgo de que allí fuese Terry demasiado reconocido. Y en estos momentos, lo último que deseaba es que le hiciese plática gente tan agradable como la familia Leagan, por decir lo menos. Si algo podía agradecer a los chicos que estaban en el vestíbulo, es que aunque sin duda sabían quién era, lo habían ignorado olímpicamente.

Arthur Conroy era muy perceptivo; no podía ignorar la inquietud de su interlocutor.

-Mi querido amigo, algo le causa a usted un gran desasosiego y, si puedo serle de utilidad, tendré mucho gusto en ayudarle.

Terry decidió franquearse hasta donde fuera posible.

-Doctor Conroy, me urge mucho localizar a alguien que sé que se encuentra en esta recepción. Un viejo amigo con el que debo intercambiar unas palabras en privado. ¿Abuso de su buena disposición si le abandono unos instantes?

Conroy, que ignoraba la identidad de su huésped y la relación de éste con los Andrew, se sorprendió un tanto con la petición de Terry, pero accedió comprensivo.

-Vaya sin pendiente. Le veré más tarde en el salón.

En cuanto Terry se hubo marchado, Arthur se levantó para hacer lo propio. La verdad es que esta recepción prometía estar soberanamente aburrida. Tal vez le vendría bien fumar un cigarrillo afuera. Al menos se entretendría viendo llegar a los invitados que faltaban.

Distraídamente, observó a una bella damita de gracioso y regordete rostro, bajar de un elegante carruaje seguida por una anciana. Sus ojos irradiaban dulzura, inteligencia y sencillez. Arthur Conroy siguió con la mirada sus movimientos, hasta que ambas se internaron en la residencia y desaparecieron de su campo visual.

Nunca las había visto. Pero hubiera jurado que, antes de introducirse al vestíbulo, la anciana había volteado y le había guiñado un ojo.

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-Harold querido, lamento muchísimo la demora, pero estaba verificando que la colocación de tarjetas de invitados en la mesa estuviera correcta. James está saturado ahora revisando los platillos con esa calamidad de la cocinera, y si yo no entro al quite esto no estará listo a tiempo.

El chico sonrió comprensivo. Tal como había imaginado, la señora Baxter había sido invitada para trabajar sin sueldo.

-No se preocupe, señora Baxter, confío en que Melanie se habrá podido arreglar sola por un rato.

-Bueno, pues no prolonguemos más ese rato- decidió la dama,- Llévame ahora mismo con ella.

Ambos encaminaron su paso hacia el amplio corredor donde estaba congregada la mayor parte del gremio femenino, pero no lograron localizarla. Harold estaba preocupado, él la había dejado allí y le había pedido que no se apartara de esa área. ¿A dónde podía haber ido si no conocía la mansión ni tenía amigos ni conocidos en ella? ¿Estaría acaso con Terry?

-No entiendo, señora Baxter, yo dejé a Melalnie aquí mientras iba en la búsqueda de usted; ella estaba exactamente en aquella esquina.

La dama miró hacia el sitio referido por Harold. La única chica visible allí era Eliza Leagan.

-Creo saber por qué se movió de allí, Harold querido –dijo mientras miraba a la pelirroja.- Pero tal vez podamos averiguar su paradero.- Señorita Leagan, -dijo dirigiéndose a la joven- ¿Habrá usted visto por casualidad a la señorita Bingley? Es una joven…-la dama se interrumpió, dándose cuenta de que no tenía idea de cual era la descripción de la chica.- Harold, ¿Podría usted describir a su hermana?

Eliza hubiera ignorado de buena gana a la señora Baxter, la cual no le merecía la menor de las simpatías, pero al ver al atractivo chico que la acompañaba y recordar que había llegado junto con Terry , cambió de opinión.

-¿La chica del vestido color malva?- preguntó inocentemente. Al asentir Harold, ella prosiguió:- Estaba aquí hasta hace unos instantes charlando conmigo; pero se ha sentido un poco sofocada y salió a la terraza.

-Gracias señorita Eliza.- dijo la dama educadamente, mientras Harold inclinaba la cabeza con cortesía mientras ofrecía el brazo a la señora Baxter para continuar la búsqueda. – Creo que, sabiendo dónde está y como va vestida, es innecesario que me guíes para hallarla. Será mejor que vuelvas con tus invitados

-Como usted diga señora Baxter- respondió el joven retirando el brazo mientras la dama se alejaba. Al volver el rostro, se fijó como las pestañas de Eliza Leagan abanicaban sus ojos en ademán de inconfundible y descarada coquetería

-Fue usted muy gentil, señorita.- agradeció el joven, un poco cortado por su poca costumbre de tratar con chicas de aquella esfera social.- Me llama Harold Bingley y estoy a sus órdenes- añadió reparando en que la señora Baxter no los había presentado.

-Mi nombre es Eliza Leagan- correspondió la chica. – Soy prima de Archibald Cornwell.

-Encantado de conocerle- respondió el joven, dándose cuenta de que no podía permanecer más tiempo allí sin verse incorrecto. Algunas de las damas mayores ya comenzaban a mirarlos.- Ahora, si me disculpa, debo despedirme. De nuevo agradezco su amabilidad.

A punto de encaminarse al salón para encontrarse con su primo y con Terry, Harold vaciló un instante. Había salido por el lado opuesto al de su llegada y no estaba muy seguro de cual de los pasillos debieran llevarle hacia donde quería. Optó por uno al azar, rogando que le condujera al punto de reunión sin tener que volver a atravesar de nuevo el corredor donde las damas esperaban el momento de hacer su entrada triunfal en el salón. Se sentía totalmente fuera de lugar en aquel sitio y ya dudaba de haber hecho lo correcto aceptando la invitación y trayendo a su familia.

No tardó en darse cuenta de que había elegido un camino equivocado. Al parecer se estaba internando más en la residencia. Confuso y a punto de volver sobre sus pasos, se fijó en una silueta que caminaba hacia donde él se encontraba. Tal vez fuera alguien de la servidumbre, que pudiera informarle el camino correcto.

-Harold ¿Qué haces aquí?

-Señor George, ¡Qué grata sorpresa encontrarle! Quise dirigirme al salón pero me extravié.

-De hecho elegiste el camino opuesto-sonrió George.- Pero será un placer acompañarte. ¿Has venido solo?

-En realidad no, me acompañan mi hermana y mi primo, además de un amigo.

-En ese caso, permíteme guiarte de regreso a ellos. Estoy seguro de que será un placer conocerlos.

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-Sencillamente preciosa- exclamó Albert con satisfacción, mirando el hermosísimo vestido color verde manzana con aplicaciones de terciopelo esmeralda. Parecía una princesa. Y el peinado era soberbio, recogido hacia atrás ligeramente elevado, con algunos rizos rebeldes que escapaban por los lados. Dorothy se había esmerado, no había duda.

-Gracias, Albert- respondió la chica, un poco cortada ante la mirada de admiración del joven. Por alguna causa que no podía comprender, últimamente su relación con el heredero Andrew había sufrido algunos cambios, que ella no podía explicar ni en qué consistían, ni por qué se habían producido. A veces era la forma en que él la miraba cuando creía que ella no lo veía; otras veces era el simple hecho de tomar conciencia que Albert ya no era un simple amigo, sino la persona que tenía poder legal sobre ella, al menos en tanto no renunciara al apellido Andrew. Y otras más, era la sensación de estar en territorio enemigo. La mansión Andrew tal vez fuera su casa en teoría. Pero solo en teoría. Era espantoso sentirse una extraña en lo que se supone debiera ser un hogar. Sí, seguro que estar en aquella casa tenía la culpa de que la relación entre ellos se estuviese modificando. Estaban físicamente más cerca que nunca, pero emocionalmente algo estaba cambiando. Jamás se había sentido turbada por una mirada de él. Jamás antes de ahora.

-Te traje el complemento para tu atuendo- dijo él mientras le alargaba un estuche forrado de terciopelo negro. Lo mandé a hacer especialmente para ti.

Candy tomó el bonito estuche y lo abrió con emoción. Hacía mucho que no recibía un regalo. Y la preciosa diadema de oro con pedrería la dejó muda. Nunca había visto algo tan hermoso. Diminutas piedras semipreciosas de delicada talla y en todas las tonalidades verdes que el ojo humano pudiera distinguir estaban allí, engarzadas en oro y sirviendo de regio marco para las esmeraldas más puras y bellas que pudieran contemplarse.

-Albert, esto es…¡Lo más hermoso que he visto en toda mi vida! Pero yo no puedo aceptarlo. Esto debe valer muchísimo.

Y, tras decirlo, tendió hacia el joven aquella maravillosa danza de malaquitas, crisoprasas, jadeítas, berilos, amazonitas y venturinas. Ignoraba ella los nombres y valores de toda esa profusión de hermosa pedrería, pero aquellas esmeraldas, tan verdes como sus ojos tenían el aspecto de ser muy costosas

-No tanto como te imaginas. Muchas de esas piedras las conseguí muy económicas en mis viajes por África y Sudamérica. Lo único que tiene verdadero valor son las esmeraldas y la montura, pero no es algo prohibitivo tampoco.

Un poco dubitativa, Candy volteó hacia el espejo y colocó la hermosa pieza coronando su peinado. Casi no se reconocía en el reflejo de aquella elegante y sofisticada dama.

-Dios mío-se decía.- No permitas que deje de ser yo.

-¿Lista?- Inquirió el joven ofreciéndole el brazo

-Sí- dijo ella.- ¿Ya es tiempo de entrar al salón?

-Todavía no. La tía Elroy quiere que esperemos a los Britter, para que bajemos todos juntos.

-¿Y quién recibe mientras a los invitados?

-La señora Leagan

-O sea, tu hermana.

-Sí, técnicamente hablando, mi hermana. Aunque no siento el menor aprecio por ella. Y ni se diga por sus hijos.

-Albert, no sé mucho de protocolo pero…¿No era más razonable que el compromiso se celebrara en casa de Annie, y fuera su madre quien recibiera a la gente?

-Sí, pero la tía Elroy decidió que fuera aquí; le gusta sentir que tiene el poder ¿Sabes? Ella realmente deseaba que este compromiso se diera, pero quería hacer una fiesta a su manera; nuestros salones le parecen más amplios y lujosos que los de los Britter, la servidumbre más numerosa… en resumen, le parece que nadie podrá organizar un festejo tan bien como ella misma. Y la madre de Annie no quiso llevarle la contraria porque ha esperado demasiado tiempo para que Archie se decidiera y quiere tener a la tía lo más contenta posible. Creo que teme que Archie podría agarrarse de cualquier pretexto para evitar llegar al altar.

-¡Oh Dios! Siempre pensé que el día en que ellos se comprometieran sería uno de los más felices de mi vida, pero después de saber lo que me contaste y de escuchar los recelos de la propia madre de Annie, tengo mis dudas sobre si este compromiso es una buena idea.

-Yo también, pero creo que ahora sí es un poco tarde para dar marcha atrás. En fin, ya veremos qué sucede. ¿Quieres que bajemos ya?

-Pero Annie aún no llega ¿No dijiste que la esperaríamos?

-Podemos bajar por la escalera lateral y salir directo a la terraza a tomar un poco de aire fresco en lo que la tía está lista y Annie llega ¿Te gusta la idea?

-Seguro que sí. Y si pudiera treparme a uno de los árboles me gustaría más todavía.

-Jajaja, eso no va incluido en la oferta, aunque de buena gana me solidarizo en tus deseos. En fin, trae algo para cubrirte porque ya comienza a refrescar.

-Llevaré la chalina que la amable tía Elroy me obsequió. Seguro que me traerá buena suerte.

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Escondida tras una gruesa columna de la terraza, Melanie Bingley sollozaba lo más discretamente que podía, que no era mucho en realidad. Lo suyo era una mezcla de dolor y furia incontenibles, y Melanie no era mujer de medias tintas. O amaba mucho o no amaba. Odiaba mucho o sentía indiferencia. Y en este momento el odio y el amor hacia Archie ocupaban un punto álgido en sus sentimientos.

¿Por qué no podía decirle a su primo que estaba indispuesta y retirarse con discreción y decoro de aquella horrible mansión que acababa de romper de este modo sus ilusiones? Verdad es que siempre había sabido que Archie cortejaba a una chica de su medio, obligado por las circunstancias según él mismo le dijera en su momento. Pero entre cortejar y comprometerse en matrimonio había una gran distancia. Y como Archie le había dicho que la amaba a ella, a Melanie, ella solo había esperado el momento en que el joven pusiera en claro a la chica y su propia familia que esa relación no seguiría adelante porque amaba a otra y no era posible casarse con alguien a quien no se ama. ¿No era eso lo mínimo que podía esperarse, después que ellos incluso se habían besado? ¿O él solamente se había burlado de ella y la había tomado como un entretenimiento pasajero? No podía explicárselo. Pero eso, ahora, ya no importaba. El muchacho estaba a punto de dar un paso irreversible, porque si había permitido que las cosas llegaran hasta aquel punto, no era de pensarse que tuviera el proyecto de dejar a la novia plantada en el altar..

No, no iba a decirle a Arthur que se sentía indispuesta y quería retirarse. Porque lo cierto es que aunque se sentía horriblemente mal, lo último que deseaba era irse de allí. Quería quedarse hasta el final de la mascarada. Y, sobre todo, quería desquitarse. De la horrible injusticia que estaban cometiendo con ella.

Y entonces la vio. Tenía que ser ella porque traía puesta la chalina que ella misma había realizado con la mayor exquisitez. Además, ninguna otra de las jóvenes presentes llevaba tal magnificencia en el vestido ni en las joyas. Dios, que bonita era. Con razón Archie no había dado marcha atrás en esa relación. Parecía casi una aparición con aquel encantador cabello rubio de cuyo peinado escapaban coquetos caireles que caían sobre el vestido verde más exquisito que Melanie hubiera visto en su vida. Venía acompañada de un caballero aún joven y muy apuesto que la miraba con adoración. Y en el cuello, la chalina. Aquella prenda que, al haber sido confeccionada por ella, le parecía una mezcla de sacrilegio y desafío que estuviera en el cuello de quien le robaba lo que más quería. Si pudiera, la utilizaría para ahorcarla.

En ese momento, un estirado mayordomo se acercó al caballero y le murmuró algo. Debían requerir su presencia porque pareció presentar sus excusas a la joven rubia y retirarse con el individuo de librea. La odiada rival se quedaba sola y vulnerable. Enteramente a su alcance. Su mente comenzó a nublarse con las más descabelladas fantasías que estaban allí, a unos pocos pasos de convertirse en realidad si ella quisiera. Fascinada, no podía quitar los ojos de encima de la chica.

En su afán de verla mejor, no se dio cuenta de que se había retirado lo suficiente de su escondite que ya no la protegía. De hecho, la luz de una de las farolas de gas, encendidas especialmente para el magno acontecimiento, le daba de lleno en el rostro.

Y así la vio Meredith Baxter, quien al descubrir el vestido malva se empezaba a acercar decididamente hacia la hermana de Harold. Fue en ese momento que la luz hizo visibles las facciones de la joven y la señora Baxter sintió que las piernas le flaqueaban. Ella había visto antes ese rostro. Era la chica con la que había sorprendido al joven Cornwell, sin que este la viera, en las inmediaciones de la oficina. La causante de que Harold trabajara jornadas triples era su propia hermana.

Tenía que avisar al señor Andrew a la brevedad posible de la presencia de la muchacha allí, para sacarla discretamente lo más pronto posible. Porque si llegaba la prometida de Archie antes de que retiraran a la señorita Bingley de la casa, Meredith Baxter no daba un céntimo por la integridad de Annie Britter.

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¡Terry Grandchester! Esto sí que es inesperado-dijo Albert sorprendido, mientras ambos jóvenes se fundían en un amistoso abrazo.

Una vez que James se retiró tras concluir su misión, ambos tomaron asiento en la acogedora biblioteca. De los pocos sitios que estaban a salvo del bullicio general que reinaba en el resto de la mansión. A pesar del cordial saludo, ninguno de los dos jóvenes parecía sentirse particularmente cómodo. Terry se arrellanó en la cómoda butaca, conciente de que le tocaba iniciar la charla, pero incapaz de encontrar las palabras adecuadas. Caray. Había perdido un buen rato tratando de localizar a Albert por los salones, había deambulado por otras tantas estancias y, finalmente, había tenido que desplegar sus mejores dotes oratorias para convencer a James de que le dejara hablar con su patrón…y ahora que estaban frente a frente se daba cuenta de que lo que iba a decirle era algo tan extraordinario, que el mismo Terry no se lo creería de no haber sido porque lo había escuchado por sí mismo.

-Y…¿Qué te trae por aquí?-le animó Albert, viendo que el joven Grandchester no se resolvía a iniciar la charla.

-Algo que concierne a Candy…y que me tiene absolutamente desasosegado.

-Si es referente a Candy ¿No sería mejor que lo trataras directamente con ella?

-No. Creo que lo mejor es que lo sepas tú primero. Finalmente, eres legalmente responsable por ella. Y, además, no estoy en posibilidad de ir al Hogar de Pony ahora.

-Entonces ¿No sabes que ella está aquí?- preguntó Albert, esta vez todavía más sorprendido que cuando vio al joven.

-¿Aquí? No. Claro que no sabía. ¿Qué está haciendo aquí? Supuse que seguía en el Hogar.

-Bueno, en realidad yo la invité a venir. De hecho, ya que estás aquí me has ahorrado un viaje a Nueva York.

-Puedes ir cuando quieras, sabes que nada me dará más gusto que verte.

-Es que ese era un viaje que no me contemplaba solamente a mí. Creí que ver a Candy te daría más gusto aún.

-Eso no es posible Albert-murmuró Terry con tristeza.- Yo aposté por el deber, y tengo que cumplirlo.

-Y…¿Lo estás cumpliendo?- preguntó el heredero clavando una aguda e inquisitiva mirada en su interlocutor

-¿Qué diablos quieres decir con eso?- respondió Terry poniéndose a la defensiva.- Susana y yo estamos comprometidos, todo el mundo lo sabe.

-Tranquilízate. No estoy cuestionándote.

-Pues pareciera que sí.

-En tal caso, te pido mis más sinceras disculpas. Y creéme que la razón es muy diferente de la que creo que supones. Terry…ha pasado ya tiempo, bastante tiempo en realidad. Candy no puede seguir sepultada en el Hogar de Pony toda la vida. Ya ha estado suficientemente allí. Es necesario que vuelva a la vida normal y a ser la de antes.

-¿Y qué se lo impide?-preguntó Terry, arrepentido de su exabrupto anterior.- Si algo hay que yo quiero en esta vida, es que Candy sea feliz.

-Lo único malo es que no creo que haya forma de que ella lo sea si tú no lo eres.

-Entonces tal vez no lo sea nunca. Porque sin ella yo no podré serlo. Podré conformarme, resignarme y tolerar mi suerte. Pero ser feliz sin ella ya es pedir demasiado.

-Lo entiendo, y lamento que así sea. Por un momento, cuando te vi aquí, pensé que habías cambiado de opinión y venías a buscarla.

-No en realidad.-confesó el joven.- Vine a una recepción que ignoraba se efectuaría aquí. Y cuando lo descubrí entré con la tranquilidad de saber que ella estaba muy lejos y que no turbaría la paz de su alma.

-¡Ay Terry! Creo que no es la paz precisamente lo que le sobra al espíritu de Candy. Pero en fin, cuéntame entonces como es que estás aquí, porque dudo que la tía abuela o Archie te hubieran invitado a la recepción.

-En realidad lo hizo Archie, pero sin tener la más remota idea de que el invitado sorpresa sería yo.

Acto seguido, Terry le refirió su relación con los Bingley, su estancia en casa de los Conroy y cómo la suerte le había llevado hasta encontrarse en ese momento en la acogedora biblioteca de la familia Andrew. Después, enronqueciendo un poco la voz, se armó de valor y le refirió toda la charla que había escuchado entre Ruth Conroy y Constance Clark, así como sus sospechas de que Candice White y Felicity Bingley eran la misma persona.

El rostro de Albert se tornó grave mientras aquilataba la magnitud de la confidencia y las repercusiones que tal cosa podría generar en el futuro de Candy.

-Hay algo más todavía- dijo Terry, dispuesto a mencionar también lo que había escuchado con respecto a George y Melanie.

-Te escucho- respondió Albert.

Pero no pudo escucharlo, porque en ese momento la puerta de la biblioteca se abrió sin que llamaran, y la robusta presencia de Meredith Baxter se adueñó de la habitación. Venía sin aliento y se veía muy fatigada. Apenas si reparó en el extraño antes de recuperar el resuello para hablar.

-Señor William, tendrá que disculparme, pero tiene que venir conmigo. Ella, la chica que le comenté que andaba con el joven Archie…¿Recuerda usted…?

-Sí, sí. Claro que recuerdo. ¿Qué hay con ella?

-Que está aquí en la mansión. Es una de las invitadas

-¡¿Pero cómo es posible?! ¿Quién la invitó?

-El señor Archie, sin saberlo. La chica es hermana del joven Harold. Se llama Melanie Bingley.

Albert y Terry cruzaron miradas primero de sorpresa y luego de inteligencia. Había que tomar medidas. Y cuanto antes, mejor.

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La puerta cedió enseguida. Al parecer el último usuario de la biblioteca no había tomado la precaución de cerrarla, quizá porque en una recepción no era precisamente el más atractivo de los sitios. Arthur Conroy dio gracias a Dios por haber encontrado semejante refugio en medio de tal algarabía. Tal vez estar allá sin autorización no era lo más correcto del mundo, pero lo cierto es que no hacía mal a nadie con su presencia, y no soportaba seguir perdiendo el tiempo allá afuera un minuto más, vagando como espíritu errante.

Había varias butacas forradas de cuero y de cómodo aspecto, convenientemente colocadas en la habitación. Eligió una de gran tamaño ubicada de espaldas hacia la puerta. De ese modo, si alguien asomaba a la biblioteca no podría descubrir su presencia, a menos que entrase y caminara hacia el extremo opuesto. De modo que eligió de la estantería un libro que le pareció atractivo y se encaminó hacia el anhelado refugio.

Infelizmente, alguien había pensado exactamente lo mismo que él. La butaca estaba ocupada por la damita regordeta de ojos soñadores y gesto amable que había visto pasar a la entrada. La misma que venía con la anciana que Arthur había tenido la impresión –errada, sin duda,- de que le había guiñado el ojo.

-¡Oh! Perdone usted-se disculpó Arthur enseguida.- Lo lamento, no sabía que el sitio estaba ocupado.

-E-está bien, no hay ningún problema- titubeó Patty, con expresión de quien ha sido pillada en una travesura. La verdad no pensé encontrar a nadie aquí en medio de una recepción a punto de empezar.

-En realidad yo tampoco. Reconozco que no me encuentro nada cómodo allí afuera.

-Me solidarizo con usted- confesó Patty.- Nunca me han gustado mucho este tipo de eventos, pero es el compromiso matrimonial de una de mis mejores amigas y no podía fallarle. Esperaba encontrar a otra amiga aquí, pero aunque la he buscado, no he podido hallarla.

-Tal vez esté disfrutando de los prolegómenos de la recepción.

Patty lo miró. Era muy distinguido, serio, atractivo y hablaba con gran propiedad. Esbozó una sonrisa antes de responder:

-Sí, eso debe ser.

-¿Vino usted sola? –inquirió a sabiendas ya de la respuesta.

-No. Me acompaña mi abuela, pero no bien hubimos entrado se las ingenió para desaparecer.

-Caray, extraño proceder el de su abuela- dijo Arthur, pensando ahora sí que el guiño del ojo no había sido una alucinación suya.

-Mi abuela es un poco extraña, realmente; pero es encantadora. ¿Usted viene solo?

-No. Me acompañan mi primo, que trabaja con el señor Cornwell, su hermana y un amigo.

Patty lo miró con curiosidad, preguntándose como es que viniendo tan acompañado estaba allí, solo y casi escondido. Arthur pareció intuir lo que pensaba la chica y se apresuró a aclarar:

-Sin duda se preguntará que hago en una casa ajena escondiéndome en la biblioteca, y más si vine convenientemente acompañado. Debo confesar que soy antisocial de corazón.

-En realidad, soy la última con derecho a juzgarle, porque estoy más o menos en circunstancias similares a la suya. No tengo el menor deseo de hacer vida social.

La voz de la chica sonaba triste y sus ojos parecían dirigirse a un punto ignoto, ligeramente humedecidos. De pronto, Arthur se dio cuenta de que, en realidad, estaban posados en un cuadro colocado en las paredes de la biblioteca, que demostraba a dos jóvenes sonrientes junto a un auto de aspecto muy peculiar.

-¿Amigos suyos?- inquirió incapaz de dominar la curiosidad.

-Sí. –respondió melancólica.- El de la izquierda es Archibald Corwell, el novio. Y el de la derecha…- la voz se le quebró- es su hermano Stear. Falleció en la guerra.

Arthur contempló a la chica, cuyos ojos ahora lucían más húmedos que hacía un momento, y ligeramente enrojecidos. Comprendió que el joven de las gafas había inspirado sentimientos muy profundos en ella, y casi sintió envidia. Él nunca había sentido nada parecido por nadie, y con seguridad que nadie había sentido tampoco algo profundo hacia él. Al menos, no en el plano sentimental. Por primera vez en la vida, fue consciente de lo solo que se encontraba. Y no encontró gusto en esa soledad.

Volteó hacia donde estaba la jovencita, pero aprovechando su distracción ella se haía marchado sin despedirse. Y entonces, Arthur Conroy se dio cuenta de que ni siquiera le había preguntado su nombre.

Se hizo el compromiso de buscarla más tarde en el baile. Mientras tanto, se acercó a mirar de cerca el cuadro que tan tristemente había fascinado a la joven. A la izquierda, un elegante dandy de cabello rubio cenizo esgrimía el típico gesto de quien rebosa seguridad en sí mismo. Ese era el novio, según la joven había comentado. Y a la derecha, menos formal y con expresión más abierta y franca, un joven de gafas y gorra sonreía con la confianza de quien tiene toda la vida por delante para realizar sus sueños.

Pero estaba muerto.

Una cosa no podía negarse y es que, en el corazón de la jovencita de la biblioteca, aquel muchacho seguía tan vivo como siempre. Tal vez habrían tejido mil sueños juntos Planes que nunca se llevarían a la realidad.

La expresión del joven, aún con las gafas, no ocultaba su amor a la vida. Él sabía reconocer ese gesto, porque ya le había tocado verlo en algunos de los heridos cuando estuvo en el campo de batalla. De hecho, si no fuera por las gafas…Pero ¡Qué estaba pensando! Este chico estaba muerto. La chica lo había dicho claramente.

Sin embargo…

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La noche era clara y hermosísima. A Candy no le pesaba la soledad de la terraza; de hecho, la prefería mil veces al exagerado bullicio de los salones. Verdad es que ella había amado los bailes, pero eso era cuando Anthony y Terry habían estado con ella para compartirlos. Ahora, no prometían el menor encanto.

Ojalá que Annie y Patty no tardaran en llegar, porque verlas a ellas era lo único que revestía atractivo en aquella noche. De ahí en fuera, le era muy desagradable la idea de compartir salones con los Leagan y gente por el estilo. Albert le había dicho que la gente ignoraba lo de su fallido compromiso con Neal, pero de todas formas, no estaba segura de que el muchacho y su hermana no fueran a tratar de fastidiarle la vida.

¿Había hecho bien en venir hasta aquí? Ya había tenido su primera diferencia importante con la tía Elroy, estaba a punto de encontrarse con la familia Leagan y…en fin, no estaba segura de no cometer algún traspié en la recepción. Nunca había sido muy buena para las cuestiones de protocolo. Confiaba en que Albert la ayudaría, aunque había que reconocer que pocas personas habían vivido tan al margen de los cánones sociales como él. No obstante, lucía tan distinguido y seguro de sí mismo cuando la fue a buscar al dormitorio hacía unos momentos…Sería fascinante viajar con él, tal como ambos tenían planeado. Ver el mundo con alguien como Albert por fuerza tendría que ser maravilloso.

-¡Nunca será para ti!

Candy volteó sorprendida y miró a la gentil damita vestida de color malva, cuyos ojos chispeaban de furia. ¡Qué raro! Su rostro se le hacía conocido, y sin embargo no recordaba haberla visto nunca antes en su vida. Y además ¿Qué quería decir con aquella extraña frase?

No pudo reflexionar mucho más allá, porque sintió un agudo jaloneo, en el cual fue despojada de la chalina, y posteriormente recibió un soberbio empujón que la arrojó al piso. Tal fuerza era casi inconcebible en una jovencita tan menuda, pero lo cierto es que el golpe al caer sobre el duro suelo de ladrillo belga era muy real.

-¿Tenías que ponerte esto?-dijo agitando la chalina. - ¿Acaso te habló él de mí?

-¿E-él? ¿Quién es él? Y esa chalina me la regaló mi tía, haz el favor de devolverla.

-Nunca. Yo la hice y no quiero que la lleves puesta. Te devolveré lo que vale si quieres, pero no te quedarás con ella.

-¡Pues lamento contradecirte!- dijo Candy ya molesta. ¿Quién era esta chiquilla insolente que decía tantas tonterías y además la empujaba y jaloneaba? Porque no iba a salirse con la suya. –Dame la chalina ahora mismo y olvidaré que me has empujado- repuso alzando la voz.

-¿La quieres?-desafió Melanie.- ¡Pues ven por ella!

-Muy bien. Intenté que esto fuera por las buenas, pero si quieres que sea de otro modo, no tengo objeción.

Por un momento, Candy olvidó el baño de buenas maneras y compostura que la ocasión imponía. Recordó su infancia en el hogar de Pony, cuando reñía con Tom y más tarde con Jimmy. Sus épocas en la mansión Leagan, y más tarde su regreso a América. La vida había sido dura con ella y le había enseñado a usar el lazo y los puños en caso de necesidad. No creía que fuera necesario llegar a esos extremos en esta ocasión así que se limitó a lanzarse con fuerza y rapidez hacia Melanie quien, pensando que su adversaria solo fanfarroneaba, ni se había movido de su sitio ni se había prevenido.

-Ayyyyyyyyyyy-dijo la chica cuando Candy la sujetó doblándole ambos brazos por la espalda, tras un forcejeo que duró muy poco tiempo. Instantes después, Candy recuperaba la chalina.

La jovencita la miró sorprendida.

-Vaya, no es así como él te describía. Decía que eras indefensa y que no podrías superar una ruptura. Y mira que, o me engañó, o está totalmente confundido respecto a ti.

Ya más tranquila, Candy aflojó un poco las brazos de la muchacha, pero aún sin soltarla.

-Quiero que me expliques ahora mismo quien es ese "él" al que te refieres. Porque no entiendo nada.

Un pensamiento fugaz cruzó la mente de Melanie. ¿Y si él había dado la chalina a otra persona, precisamente porque no se sentía capaz de darle una obra de la mujer que amaba a la otra que socialmente le correspondía? ¿Y si ella, Melanie, había jaloneado a la persona equivocada?

-¿N-no eres Annie Britter?

-No, claro que no-dijo Candy palideciendo.-Soy Candice White. Y tú…tú eres…-recordó lo que Albert le había contado de la otra chica con la que al parecer Archie tenía relaciones.

Pero no obtuvo respuesta. Aprovechando su momentánea distracción, Melanie se escapó de sus brazos y corrió presurosa hacia el huerto de atrás de la terraza, internándose en la oscuridad y la espesura. Candy no se atrevió a seguirla hasta allá, pues las posibilidades de hallarla en esas condiciones no eran demasiadas.

-Es mejor que localice a Annie en cuanto llegue para ponerla a salvo.-se dijo.-Esta chica no está en sus cabales ya. Archibald Cornwell…¿En qué lío te has metido?

No muy lejos de allí, escondida entre el nutrido follaje, Melanie Bingley temblaba de frío, miedo y rabia, todo en simultáneo. Había hecho mal las cosas. Seguro que a estas alturas, ya habrían puesto sobre aviso a la prometida de Archie. Y además, era muy probable que estuvieran buscándola a ella. Pobre Harold, seguramente lo despedirían por su culpa, pero no podía quedarse con los brazos cruzados después de todo lo acontecido. Había sido un error lanzarse así, a agredir sin estar segura de la identidad de la chica. Pero no cometería el mismo error dos veces. Ya no perdería tiempo buscando a la joven prometida. Ahora sus baterías se enfocarían a alguien a quien conocía perfectamente.

-No vas a escapar invicto después de lo que me hiciste, Archie. –se dijo a sí misma.- Finalmente, tú eres el culpable de todo esto.

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-Pues…no lo entiendo George. Ni mi primo, ni mi hermana ni mi invitado están por ningún sitio. No tengo idea de qué haya sucedido.

-Despreocúpate Harold. Han de estar diseminados entre los asistentes, que son cada vez más.

-Eso debe ser. Pues, gracias por haberme acompañado de nuevo a territorio conocido. Siento mucho haberte robado el tiempo.

-No, no hay problema. Iré a reunirme con el señor Andrew ahora.

-Creo que no será necesario. Viene para acá con mi invitado.

-Pero…si tu invitado es Terry Grandchester…-exclamó George con sorpresa.

-Sí. ¿Acaso lo conoces?

-Desde luego. Es el actor joven más popular de Broadwar hoy en día, y viejo amigo del señor Andrew y su pupila. Pero no pensé nunca que se atreviera a venir acá.

-¿Atreverse? ¿Acaso no es bienvenido? Porque si es así me sentiré muy mal, ya que yo fui quien lo trajo.

-No, no te preocupes. Desde luego que es bienvenido. Lo que sucede es que su presencia aquí es muy sorpresiva, pero no por nada malo, no te inquietes. Sin embargo, todos se ven preocupados.

Instantes después, los dos grupos se reunían y Albert, con gesto meditabundo le decía a George:

-Necesito tu ayuda en una labor muy delicada.

-Bueno, yo me despido, con su permiso- se excusó Harold al escuchar el tono grave del heredero.

-No Harold- le llamó Albert. Este asunto requiere de tu participación más que de ninguna otra.

-¿Qué ocurre?

Apenados, Albert y Terry lo pusieron al corriente de lo ocurrido. El chico estaba boquiabierto.

-¿Melanie? No, no puede ser posible eso. Terry, dime que no es cierto.

-Temo que no puedo hacerlo, Harold. De hecho, el día en que ella y yo nos conocimos no fue el del accidente, sino antes. Y estaba con el estúpido de Archie, solo que iba tan envuelto en la capa y con el sombrero tan encasquetado que no me fue posible reconocerlo.

-¡Dios mío! Tengo que encontrarla de inmediato antes de que ella vea a Archie y se entere que el prometido es él; sí, necesito hallarla y largarnos de aquí lo más pronto posible.

-No será fácil eso, Harold- dijo Meredith Baxter integrándose al grupo.

-¿Señora Baxter? ¿Dónde está mi hermana?- inquirió el chico con desesperación.

-Daría la mitad de mi cabellera por saberlo, hijo. La última vez que la vi estaba en la terraza, que fue cuando la reconocí. Vine a avisarle al señor Andrew, y regresé hacia allá lo más rápido que pude, pero ya no había nadie.

-¿Nadie?- inquirió Albert preocupado.- Pero…Candy estaba allí.

-¿Sola?- preguntó Terry, contagiándose un poco también de la preocupación.

-Sí. La dejé cuando James fue a avisarme de tu presencia.

-Bueno- respondió George.- No creo que eso sea problema. La señorita Bingley no tiene nada contra la señorita Candy. No hay razón para preocuparse. Solo hay que organizarnos para localizarla antes de que la señorita Britter llegue.

-Sí, creo que eso es lo más perentorio.- concedió Albert.- Señora Baxter, retire de la mesa los lugares de Harold y Melanie. Me gustaría participar en la búsqueda, pero como anfitrión sería imposible. Espero que entre George y Harold se las puedan ingeniar para localizarla. Enfóquense a la terraza, los jardines y el huerto. El interior de la casa se la encomiendo a usted, Meredith.

-Sí señor- aceptó la dama.

-Añádeme a mí también para buscar en el exterior. –dijo Terry.- Señora Baxter, retire también mi lugar, por favor.

-No creo que eso sea prudente- atajó Albert.- Hay personas que ya te han visto y eres demasiado conocido como para que no se pregunten por qué no estás en la mesa.

-No te preocupes por ello. Como no he pasado al salón, solo me vieron unas pocas personas en el vestíbulo; la mayoría son chicos a los que no creo que mi presencia les importe mayor cosa.

-Pero la señora Leagan y la señorita Eliza sí le vieron- objetó la señora Baxter.- Y eso es como sí todos los asistentes le hubieran visto.

-No importa lo que ellas se pregunten- declaró Terry.- Los demás podrán pensar que se han confundido o algo así. –Y, clavando la mirada en Albert, continuó: -Tú sabes que, en nombre de nuestra mutua tranquilidad, vale más que todos se pregunten por qué me fui, a que alguien se pregunte por qué vine.

Albert leyó la decisión en los ojos del muchacho.

-De acuerdo,- accedió. –Incorpórate a la búsqueda entonces, que Dios sabe que harán falta ojos.

-¿Qué hago con el doctor Conroy?- preguntó la señora Baxter.

Albert la miró sin tener idea de a quien se refería.

-Es mi primo- aclaró Harold- Usa gafas porque padece de una miopía bastante fuerte, así que no creo que nos sea de mucha ayuda.

-Me consta- corroboró Terry recordando el accidente que lo había llevado a casa de los Conroy.

-En ese caso conserve su asiento señora Baxter- indicó Albert.- Y hágale saber tan discretamente como sea posible que Harold y Melanie se reunirán con él hasta que la recepción concluya por causas de fuerza mayor. De todas maneras, viendo como están las cosas, nos vendrá bien tener aquí un médico –finalizó mitad en broma, mitad en serio.

Meredith Baxter asintió, porque estaba segura de que esa noche iban a generarse muchas heridas si no encontraban pronto a la señorita Bingley. Pero, al contrario de Albert, tenía serias dudas de que fueran la clase de heridas que puede atender un médico.

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-¡Santo cielo! ¿Qué le ha pasado, señorita Candy?- preguntó Dorothy anonadada viendo el lastimoso aspecto que presentaban el vestido y peinado de la chica.

-No hay tiempo de explicaciones, Dorothy. Busca a Albert y dile que suba a mi habitación lo más pronto posible. No puedo buscarlo yo misma porque la gente se preguntará el por qué de mi apariencia.

-Igual que yo- se dijo a sí misma Dorothy, marchando velozmente a cumplir su cometido.

Tras la cortina del pasillo, Eliza Leagan, que había presenciado la escena, también se hacía la misma pregunta. Candy venía de la terraza, justo a donde la chica del vestido malva había marchado unos momentos antes con el semblante visiblemente descompuesto. Si ella tenía que ver en el maltrecho estado de Candy, Eliza Leagan estaba dispuesta a convertirse en admiradora de Melanie Bingley.

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Con su rolliza figura y acusada personalidad Meredith Baxter era la clase de mujer que no entra a un salón, sino que lo invade. Pero por más que aguzaba los sentidos, no lograba localizar a Melanie Bingley. El único vestido malva del salón era el de la señorita O´Brien. Bueno, no importaba que no la hallaran. Tanto más daba que pasara la noche en el huerto. Lo importante era que no se acercara a la recepción porque, en nombre de los celos, Dios sabe qué disparate podría hacer. Pero con la formidable vigilancia que ella había montado en el interior de la residencia, y la exhaustiva búsqueda que los jóvenes y George habían emprendido en el exterior, no era de pensarse que lograra colarse en la residencia. De modo que se relajó un poco, confiada en el sirviente que había instalado en la entrada de la terraza, el cual había sido perfectamente instruido sobre las medidas a tomar si la joven se acercaba.

El único detalle que la eficiente señora Baxter había pasado por alto, era hacerles la misma advertencia a los sirvientes que se hallaban a la entrada de la mansión. Después de todo, no era cosa de imaginar que Melanie fuera capaz de salir de los terrenos de los Andrew y volver a entrar en ellos por la puerta principal. Nadie en su sano juicio haría tal cosa.

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¡Estás totalmente loca, Melanie Bingley! – declaró Terry, que finalmente la había descubierto oculta tras el grueso tronco de un viejo melocotonero.- Y además, te escondes muy mal. Da gracias a Dios que te he encontrado yo y no George o tu hermano.

-No sé quien sea George, pero bendigo al cielo que te envió a ti y no a Harold. Necesito tu ayuda Terry, no me la niegues por favor.

-Es que volver a entrar a la mansión es la locura más grande que he escuchado en mi vida. Lo que debieras hacer es salir de aquí lo más pronto posible y olvidar al estúpido de Archie.

-Puedes contar con que haré ambas cosas, pero no sin desquitarme primero.

-¿Ganas algo con eso? – inquirió Terry.- Creéme que durante mucho tiempo yo fui un gran partidario de la venganza y lo único que logré fue ser cada vez más infeliz hasta que…

-¿Hasta que…?

-Hasta que conocí a alguien que me hizo sentir que había mejores cosas para el bienestar que el desquite.

-Pues en tanto no me presentes a ese alguien y me convenza, seguirá en pie mi idea de exponer a Archie como el sinvergüenza que es delante de su prometida, su familia y sus amistades.

-De acuerdo.

-¿Me ayudarás a entrar?

-No… claro que no. Pero sí te presentaré a alguien que sabrá disuadirte de hacerlo.

-¿La misma persona que te enseñó a ti a no ser vengativo?

-La misma. Está aquí en la recepción y aunque yo no deseaba coincidir con ella, creo que podría afrontar el riesgo si a cambio Candy lograra calmarte un poco el estado de exasperación en que te encuentras.

-¿Candy? Vaya, ya me has llamado así antes. Cuando volviste en ti del accidente ¿recuerdas?

-En realidad no. Pero creo que conocer a Candice White será muy bueno para ti…y para ella.-añadió recordando las palabras de la señora Conroy y Constance Clark.

-¿Candice White?- inquirió Melanie con los ojos desorbitados.- ¡Olvídalo! Ya me conoció y con seguridad no fue bueno para ella…ni para mí.

-¿Qué quieres decir?-inquirió Terry preocupado al ver el gesto de la chica.

-Que la vi en la terraza hace unos momentos…con una chalina que Archie me compró cuando nos conocimos y…pensé que era Annie Britter y…

-¡Diablos!- estalló Terry furioso sacudiendo a Melanie por los hombros- ¿Qué le hiciste a Candy?

-¡Nada! –respondió la chica intentando zafarse.- Y no por falta de ganas sino porque ella resultó más fuerte y hábil que yo. Si no hubiera logrado escabullirme creo que hubiera terminado mal la cosa.

-¡Rayos!-pensó Terry. Esa si que era una mala manera de que ambas entraran en contacto. Pero aún así, se sintió contento de que Candy no hubiera olvidado cómo defenderse.

-Voy a entrar a la casa Terry. Con o sin tu ayuda, pero voy a ir y a darle un par de bofetadas bien merecidas a Archie. Solo así podré dormir tranquila de nuevo.

-Dime una cosa Melanie…¿Me jurarías que eso es lo único que harás? Si me prometes que no tocarás un cabello de Annie Britter ni de nadie que no sea Archie, te ayudaré.

-¿En verdad lo harás? Pues te lo juro. Del único que ahora me interesa desquitarme es de Archie.

-Muy bien, pues entonces escucha lo que haremos. La señora Baxter puso un criado a vigilar la puerta de la terraza por si intentabas volver a la mansión. Pero, por supuesto, no cuidó de advertir a los de la entrada principal, puesto que tu ya estabas adentro. Así que…

Terry continuó exponiendo su plan y Melanie lo escuchó atentamente. No podía negar que la llegada del joven Grandchester a su vida había sido una auténtica bendición.

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-¿Candy, qué ha pasado?- inquirió Albert con preocupación cuando la chica le franqueó el paso a su dormitorio

-Una chiquilla me agredió en la terraza. Y creo que tiene algo que ver con Archibald, porque pensó que yo era Annie.

-¡Dios! Sí, ya lo creo que tiene qué ver. Es la joven de quien te comenté en el hogar de Pony ¿Recuerdas?

-¿Cómo olvidarlo? Lo que no comprendo es qué hace ella aquí.

-Es una larga historia que no hay tiempo ahora para contar. Tengo que regresar abajo antes de que Annie llegue. ¿Tú estás bien?- preguntó dudoso, viendo el otrora impecable vestido arrugado y polvoriento, y decenas de bucles que escapaban de la bonita diadema.

-No te preocupes por mí. Le pediré a Dorothy que me ayude a recomponer mi aspecto.

-De acuerdo, dile que se dé prisa.

Un discreto golpeteo en la puerta llevó al joven a abrir la misma. Era James, en cuyas severas facciones se reflejaba la reprobación que le merecía que Albert y Candy estuvieran solos en una habitación cerrada. El gesto se hizo todavía más acusado cuando vio el arrugado vestido y el revuelto peinado.

Albert se sintió molesto por la mirada escrutadora y algo despectiva del mayordomo, y se limitó a preguntar secamente.

-¿Qué se le ofrece, James?

El hombre, percibiendo el severo acento de quien al fin y al cabo era su patrón, suavizó el gesto lo más que pudo e informó con solemnidad:

-La señorita Britter y sus padres han llegado

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Melanie suspiró con alivio cuando al fin pudo ponerse a buen resguardo en la parte inferior de un inmenso y antiquísimo reloj de pared. Entre su estrecha guarida de caoba, agradecía interiormente a Terry por la ayuda prestada. El joven la había ayudado a escapar del huerto, a rodear los terrenos de la mansión, y a deslizarse inadvertidamente en el revuelo que se armó con la llegada de Annie Britter. Había logrado introducirse apenas a unos cuantos metros detrás de la futura señora Cornwell.

¡Futura señora Cornwell! ¡Cuan a menudo sus sueños concluían con aquel final feliz que solo en la realidad permanecía tan lejano como siempre. Y hoy quedaría por fin en el olvido definitivo.

Pero no se iría sin decirle a Archie lo que de él pensaba. No le importaba que la sociedad pensara que ella hablaba fruto del desengaño, que había sido una ilusa al poner los ojos en alguien tan lejano a ella y que, en sus circunstancias, lo pertinente era callar por dignidad. ¡Al diablo la dignidad, que no iba a brindar consuelo alguno a su lastimado corazón! Esta sociedad no le merecía consideración alguna porque ya era un hecho que Melanie Bingley jamás después de este día iba a relacionarse con sus integrantes de forma alguna.

Pero creyó que, antes de partir, debían conocerla. A ella y al verdadero Archibald Cornwell. No se iría sin decirle a todos lo que pensaba de él, puesto que las sutilezas de la diplomacia no estaban hechas para ella. Había decidido que no era honesto decir una cosa y hacer otra, y no iba a ser deshonesta si podía evitarlo.

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-¿Lista Candy? –inquirió Albert

-Hasta donde fue posible, sí. –respondió la joven, a quien Dorothy había reconstruido el atuendo y peinado de la mejor manera, dejándola muy presentable pero sin lograr por completo la perfección originalmente obtenida.

-Bajemos entonces- dijo ofreciéndole el brazo.

-Pero...pensé que tú darías el brazo a la tía Elroy-dijo Candy confundida.

-Jaja, yo también lo creí –explicó Albert- pero resulta que la tía quiere robar cámara. El cortejo no irá presidido por Annie y su padre, sino por ella.

-¿Por qué la tía siempre puede hacer lo que le da la gana sin que nadie le lleve la contraria, aunque sean cosas totalmente ilógicas?- preguntó Candy con un tono que quiso ser serio, pero al que traicionaba una sonrisa.

-No estoy seguro. Supongo que el único que tiene la posición para contrariarla soy yo, pero considerando que me lleva bastantes años y que contribuyó de manera importante en mi crianza, la verdad es que solo voy contra sus deseos cuando es estrictamente indispensable. De modo que bajará la tía, detrás Annie y su padre, tras ellos la señora Britter con Archie, y el cortejo lo cerraremos tú y yo.

-¿Pero yo por qué? –inquirió Candy- Se supone que la tía y tú representarán a los padres de Archie, yo no tengo nada qué hacer allá.

-Sí que lo tienes. La tía cree que esta es una buena oportunidad para presentarte en sociedad como la futura heredera Andrew.

-¿De dónde le ha brotado a la tía un deseo tan repentino de que yo forme parte de la familia Andrew? Antes quiso todo lo contrario. –declaró mientras tomaba el brazo del muchacho para iniciar la marcha.

-Bueno, tal vez piense que, si no puede ir contra el enemigo, le conviene más tenerlo cerca ¿No crees?-inquirió Albert sonriendo.

-Tal vez tengas razón- concedió Candy- Pero si ese es el caso, vale más que me vaya yo convirtiendo en su amiga

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Finalmente, la ocasión había llegado. Archibald Cornwell siempre había temido la llegada de aquel crucial momento en su vida, sobre todo en los últimos tiempos, en que había experimentado tanta confusión en lo que sentía. Pero lo cierto es que aquella noche su ánimo estaba extraordinariamente tranquilo.

Desfilaba por la majestuosa escalera dando el brazo a la señora Britter, quien parecía no caber en sí de felicidad. Archie se sintió un poco culpable, dándose cuenta de que sus futuros suegros le habían tenido una paciencia extraordinaria. Y, sobre todo, su corazón ya había superado distintas pruebas, señal de que estaba preparado para formar una familia con Annie. Había vivido el absorbente sabor de la aventura, y esa aventura hoy había terminado. Y lo mejor del asunto, es que no se sentía apesadumbrado por ello. Claro que todavía no reunía el valor para decirle a Melanie cuales eran las nuevas circunstancias, pero si la chica realmente lo amaba como decía, tendría que comprender y dejarle ser feliz. ¿No había él hecho lo propio con Candy en su momento? No, la verdad no lo había hecho. Tuvo que alejarse porque ella lo había decidido así y no era de las que juegan dos partidas en simultáneo.

Sintió una punzada de remordimiento. Él había sido criado en un ambiente bastante estricto. La tía abuela consideraba la vida sencillamente como un deber que se ha de cumplir, y que se ha de cumplir bien, como le ordenaba su conciencia de mujer bien nacida. Y por más que esa conciencia le había llevado a tomar decisiones erróneas, principalmente con respecto a Candy, siempre lo había hecho pensando que en realidad estaba tomando la mejor decisión para la familia.

Archie no podía preciarse de tanta integridad. Pero lo cierto es que había experimentado los remordimientos del pecado hasta cuando lo saboreaba ávidamente. Y no era agradable esa doble vida. Le daba un extraordinario sabor aventurero a una existencia que, por lo demás, hubiese sido bastante monótona, pero luego le dejaba el amargo regusto de quien sabe que lo que está haciendo no está bien hecho. Si tan solo pudiera ser, en esos aspectos, tan recto como lo era Candy...

A muy pocos pasos de él, la rubia joven, tan hermosa como siempre e incluso más, desfilaba del brazo de un sonriente Albert. Si bien al principio el corazón del joven Cornwell se había agitado más de lo conveniente al verla, ahora se sentía tranquilo de nuevo. Su sexto sentido le indicaba que Candy y Melanie eran, rasgos más, rasgos menos, el mismo tipo de mujer. Seres extraordinariamente nobles y hermosos, pero con demasiada voluntad e independencia como para compartir el resto de la vida con alguien como él. Una mujer como Annie encajaba mucho mejor con su proyecto de vida.

Al llegar al salón, decenas de ojos se posaron en los próximos prometidos. Lo mejor de la sociedad de Chicago estaba allí reunida para darle sus parabienes, y entre todos esos ojos, le pareció de pronto detectar una mirada que encarnaba tristeza y furia al mismo tiempo.

-Debo estar alucinando- se dijo a sí mismo.

¿Cómo podría Melanie estar allí?

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Albert hubiera preferido que el compromiso se realizara de forma totalmente privada en la biblioteca y que hasta después del mismo se dirigieran al salón para hacer extensiva la celebración a los invitados. Pero la tía Elroy había elegido hacer copartícipes a todos los asistentes, realizando la parte ceremonial en un saloncito aledaño al principal, adecuado ex profeso para ello.

El resultado, tal como Albert había previsto, es que un evento privado se estaba haciendo casi público, porque la mayoría de las damas, principalmente las solteras jóvenes, no podían contener la curiosidad y se habían arremolinado a mirar, ni más ni menos que si de un circo se tratara. Tanto Albert como el señor Britter se sentían incómodos, pero las damas parecían totalmente felices y el mismo Archie también. Una sonrisa de oreja a oreja se extendía en su rostro cuando escuchaba el elaborado discurso de Albert solicitando la mano de Annie al señor Britter, quien se preparaba a su vez para enunciar la respuesta.

-¡Mal hará en conceder la mano de su hija a un sinvergüenza como éste!

Archie se puso pálido al reconocer la voz. No había alucinado. Melanie estaba allí, frente a él, tan hermosamente ataviada como la mismísima prometida, aunque unas cuantas arrugas y salpicaduras de lodo revelaban que había sufrido algunas peripecias para poder llegar allí. El joven sintió el impulso de taparle la boca y sacarla arrastrada de allí, pero la sorpresa le había petrificado. Meredith Baxter se acercó de inmediato y comenzó a llevarse a la joven que, aunque se revolvía furiosamente, no podía tener la menor esperanza de dominar a semejante contendiente.

-Espere por favor, señora Baxter.- dijo con acento autoritario y tranquilo el señor Britter.- Quiero oír en privado lo que esta jovencita desea decir.

-No es necesario que conversemos en privado, caballero. Este chico me cortejaba hasta hace un par de semanas, y me prometía que en cuanto reuniera el valor suficiente para deshacerse de la chica que la sociedad y su familia le imponían, nosotros formalizaríamos la relación.

La señora Britter se desvaneció, y Annie estalló en lágrimas. Archie se sintió morir; estaba visto que Melanie se había tomado las cosas mucho más en serio que él. Su mirada rehuyó la del señor Britter cuando este le cuestionó

-¿Es cierto lo que dice esta joven, hijo?

-Y-yo...no sé a qué se refiere. La única joven a la que le he ofrecido un futuro juntos, es a Annie.

Al escucharlo, Melanie sintió crecer en su interior una oscura rabia que era en parte pena, porque aquel era un círculo del que ella, con esas palabras, había sido excluida para siempre. Aprovechando que la señora Baxter había aflojado un poco la sujeción que ejercía con sus fuertes brazos, Melanie hizo un supremo esfuerzo por reunir las escasas energías que le quedaban tras aquel golpe anímico, y escabulléndose de su captora tomó el ligero taburete de ébano de junto al piano y lo quebró encima de la cabeza de Archie, antes de salir corriendo a toda velocidad de allí, mascullando que Archie era el hombre más mentiroso y cobarde que jamás hubiera pisado la faz de la tierra.

Tras ella, Eliza Leagan se escurrió con el mayor disimulo posible; aunque no tanto que no pudiera detectarla su propio hermano.

-¿A dónde vas tan de prisa, hermanita?- preguntó Neal con sorna.

-A cumplir un deber ineludible con la sociedad, querido. –respondió la joven con mirada maliciosa. –Aquí se aproxima un terrible escándalo, y no voy a privarme del placer de ser yo quien lo inicie.

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Los invitados se miraban confusamente, no sabiendo muy bien qué hacer. Era bastante lógico pensar que si ya no iba a haber compromiso, tampoco se realizarían el baile y el banquete previstos para celebrarlo. ¿Pero de verdad no habría compromiso? Todos los implicados (excepto Melanie que había escapado como bólido por la misma puerta por donde entrara), se habían encerrado en la biblioteca a deliberar sobre lo ocurrido. Los invitados, por tanto, no podían ni pensar en retirarse, puesto que no había forma de despedirse de los anfritriones. De modo que todos permanecieron en sus puestos entregados al innoble pero muy divertido acto de desbaratar al prójimo, especulando hasta el cansancio sobre lo ocurrido.

Inevitablemente enterados ya de los sucesos, Harold Bingley y Arthur Conroy se habían marchado ignorando todo tipo de convencionalismos. Tenían cosas más importantes en qué pensar, como el bienestar de Melanie. Harold hubiera querido antes enfrentarse con Archie, pero en este momento su hermana le era mucho más importante que cualquier reclamo. Además, él se sentía culpable por haber sido quien consiguiera la invitación y le insistiese a la chica para acompañarlo. De modo que se encaminó a su hogar junto con Arthur, caminando a paso vivo con la esperanza de alcanzar a la jovencita en el trayecto.

-Ha conocido el lado malo de la alta sociedad demasiado pronto- dijo Harold pensando en voz alta.

-No- disentió Arthur. – Ha sido todo lo contrario. Si hubiese aprendido de los peligros de este medio a tiempo, se hubiera ahorrado este incidente bochornoso y muchas lágrimas que están por venir. Al contrario de ti, yo creo que ha aprendido todo esto demasiado tarde.

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-No veo la necesidad de suspender nada por la irresponsabilidad de una chiquilla loca –enunció la tia abuela.

-Señora Elroy- dijo el señor Britter con voz indignada pero sin perder la calma.- Mi esposa está desvanecida en una de las alcobas gracias a este incidente y la cuida mi hija que en vez de ser la reina de la fiesta, está convertida en un mar de lágrimas. Y yo estoy furioso. Al menos por parte de la familia Britter no hay interés alguno en continuar con esta mascarada.

-¿Quiere decir que da por terminado el compromiso?- Se alarmó la anciana.

El señor Britter titubeó.

-No. Eso solo pueden resolverlo los implicados directos, no yo.

-Yo no deseo otra cosa que casarme con Annie- dijo Archie, un poco más relajado al descubrir que el señor Britter no estaba rompiendo de entrada el compromiso. Convencer a Annie de seguir adelante sería mucho más fácil.

-Tal vez tú no desees otra cosa, pero no puedo asegurar que mi hija piense lo mismo. Ella necesita tiempo para reflexionar y lo tendrá. Así que por hoy, me parece que lo más prudente es terminar con todo esto.

-Pero…¿Qué haremos con los invitados?-inquirió la dama.- Habrá que darles una explicación.

-Ese es problema de los Andrew, no mío. Mi esposa y mi hija se retirarán en este momento conmigo, y usted dará las explicaciones que mejor le plazcan. Yo respondería si la recepción hubiera sido en mi hogar, pero no fue el caso. Es su casa, son sus invitados. Seguramente usted podrá hacer los manejos pertinentes.

Dado lo incómodo y comprometido de la posición de los Andrew y los Cornwell, así como el puntilloso carácter de la tía abuela, Albert estaba convencido de que los manejos de la tía abuela no serían precisamente pertinentes.

-Más bien serán impertinentes- se dijo para sí mismo con amarga sonrisa.

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-Esto es lo más horrible que me ha pasado en la vida. ¿Qué vamos a hacer William?- dijo la tía abuela retorciéndose las manos con desesperación.

-Si lo deseas, yo puedo dar la cara para despedir a la gente. No será difícil que comprendan después de lo que ocurrió.

-¡De ninguna manera! No podemos despedir a la gente así. Daremos pie a toda clase de habladurías.

-Tía Elroy, ¡Ya dimos pie! No puede hacerse nada. Se queden o se vayan de todas formas en cuanto traspongan las puertas de esta casa todo Chicago hablará sobre lo ocurrido, no hay modo de evitar eso. De modo que prefiero que se vayan de una buena vez.

Pero… la comida, los músicos. Sería una incorrección imperdonable despachar a toda esa gente con los estómagos vacíos. Aún podríamos aprovechar para hacer la presentación en sociedad de Candy y enmascarar un poco las habladurías con eso.

-¡Jamás! Si quieres hacer algún tipo de festejo para presentar a Candy, será una fiesta concebida para ella, y se hará mucho después de que este escándalo haya terminado. Pero no vas a utilizarla como distractor para lo ocurrido porque quedaríamos más en ridículo de lo que ya hemos quedado. ¿Pretendes sacar a Candy de la recámara donde brinda consuelo a su mejor amiga y primeros auxilios a la madre de ella, para presentarla ante una sociedad a la cual no tiene el menor interés de integrarse? No me prestaré para eso. Y menos después de lo que acaba de ocurrir.

-Sea como tú quieres, William-dijo Agnes Elroy, dejando que la dominara el abatimiento. –Pero yo no me siento con fuerza para presentarme a dar explicaciones a toda esa multitud.

-Despreocúpate tía. Yo me haré cargo de ellos. Y te aseguro que no me veré en la necesidad de dar explicación alguna.

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En efecto, no hubo necesidad de dar explicaciones. Aunque todos tenían preparadas mil y una preguntas capaz de aturdir al más sabio de los hombres, el pétreo gesto con el que Albert salió de la biblioteca, y el hecho de que la señora Elroy no le acompañase y que a los Britter no se les viese por ningún lado, congeló cualquier intento de pregunta hasta en el más descarado de los invitados.

-Damas y caballeros, lamento profundamente la involuntaria demora. Pasaremos al comedor en quince minutos. Mi tía se siente algo indispuesta, así que no le será posible acompañarnos, pero tendré mucho gusto en presidir la mesa en nombre suyo.

No hubo la más mínima alusión a los Britter ni a Archibald Corwell. Ni más ni menos que si la tierra se los hubiese tragado. Tras la intensa emoción experimentada al principio con la escena protagonizada por Melanie, el resto de la velada prometía estar de lo más aburrida. Ciertamente nadie confiaba que el desconocido y antisocial heredero Andrew fuera a brindar ratos agradables después de lo que había ocurrido. De modo que, como por arte de magia, los quince minutos de demora para que el banquete fuera iniciado, sirvieron para que todas las familias presentes, una tras otra, se apresuraran a inventar los mejores pretextos para despedirse, pues todos parecían tener ineludibles compromisos en los que, al parecer, no habían reparado al aceptar la invitación de los Andrew. Albert aceptó las excusas de todos ellos con gran naturalidad y no hizo el menor intento de insistirle a nadie para que permaneciera. Muy al contrario, casi parecía alentar la fuga masiva. Y tuvo tal éxito que cuando la señora Baxter acudió a informarle que James tenía todo dispuesto, no quedaba ya nadie más que los músicos.

-¿Todos se han ido?-preguntó la señora Baxter, no demasiado sorprendida.

-Así es. No sé ni cómo fue que asistieron, considerando que todos tenían tantos asuntos pendientes-sonrió Albert con ironía.

-Bueno, tal vez haya sido mejor así. Yo…quiero disculparme. Busqué por toda la casa con el mayor de los cuidados. No sé como pudo hacerlo.

-No se aflija, Meredith. Dadas las implicaciones que un matrimonio conlleva, es mejor que esto haya ocurrido cuando aun había posibilidades de rectificar, por ingrato que esto fuera. Me hago eco de su frase: es mejor que haya sido así.

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¿Cómo siguen Annie y su madre?- preguntó Albert al ver que Candy bajaba por la escalera

-La señora Britter está mucho más repuesta y Annie…ella está consternada. Ambas quieren saber si hay manera de que al salir de la recámara bajen por una escalera que no sea la principal, para no ser vistas por los invitados.

-Ya no hay invitados, Candy. Pueden bajar por donde lo deseen y salir por la misma puerta principal si les place. Afortunadamente todos se han marchado así que pueden retirarse sin ningún tipo de incomodidad más de las que ya han tenido gracias a Archie.

-De acuerdo, subiré a informarles.

-Si lo desea subiré yo- ofreció la señora Baxter.- Desearía ofrecerle a la señora y a la señorita una infusión para calmarles los nervios.

-Está bien, señora Baxter, se lo agradezco. La verdad es que me parte el alma ver a Annie en esas condiciones. Un favor más…añada una taza de café para la señorita Patty, por favor.

-Será un placer.

La señora Baxter asintió e inició la marcha. Albert miró a Candy que, aunque cansada, parecía saber perfectamente qué hacer. Curiosa sensación. Él había experimentado lo mismo en la biblioteca momentos antes, cuando vio por primera vez en su vida derrumbarse a la inquebrantable Agnes Elroy.

-¿Subsistirá el compromiso, Candy?

-No tengo idea Albert, pero en estas condiciones, lo dudo mucho. Annie ama con todas sus fuerzas a Archie, pero está terriblemente desilusionada.

-Disculpe señor- dijo uno de los músicos acercándose con timidez…-No sabemos muy bien qué hacer dadas las circunstancias. ¿Desea que nos retiremos?

Albert dirigió la mirada hacia la orquesta. Todos tenían gesto de cansancio y lo miraban de manera esperanzada.

-Sí- respondió Albert.- Pero…¿Sería mucho pedir que preludiaran un vals antes de irse?

-Será un placer, señor- respondió el hombre alejándose de ellos con dirección a sus compañeros, contento de sentir que al menos harían algo para merecer sus honorarios.

-Candy- dijo Albert en cuanto desgranaron las primeras notas- ¿Aceptarías bailar este vals conmigo? Necesito hacer algo para relajarme.

-Sí…claro. Creo que yo también lo necesito.

Comenzaron a girar por el amplísimo salón, que ahora era solo para ellos. Era extraño esto de bailar con Albert. No era tan relajado como danzar con Stear y Archie, ni se parecía a la catapulta de emociones que significaba bailar con Anthony o con Terry. Pero, por primera vez en la noche, la sensación de desasosiego que la invadía se desvaneció y comenzó a sentirse protegida y segura.

Dado que Albert no emitía palabra alguna, Candy aprovechó para mirarlo de reojo, pero no pudo sustraer nada de su expresión. Aunque había que reconocer que ese aire abstraído le daba un toque interesante y aumentaba el atractivo del joven. Casi sin darse cuenta, mientras él miraba hacia algún punto ignoto e indefinible, ella lo miraba a él, primero con disimulo y finalmente con franca atención.

-En realidad, forman una linda pareja-pensó Meredith Baxter, que en ese momento bajaba tras cumplir sus encargos, y miraba a los jóvenes con agrado.

Por uno de los ventanales que daban del salón a la terraza, alguien más miraba a los danzantes, pero con un sentimiento completamente opuesto al de la señora Baxter.

-No puede ser lo que estoy pensando, -se dijo a sí mismo Terry Grandchester mientras apretaba los puños y crispaba los labios con tal fuerza que terminó por hacerse daño. -No puede ser y no voy a permitirlo. Candy querida, lo siento, pero mañana mismo sabrás que estoy aquí.