Pretendías que esto pasara? –preguntó Terry al salir a la superficie y apartarse el pelo de la cara.

Su rabia era más fuerte por darse cuenta de que ni siquiera podía hacer algo tan simple como besar a una mujer sin quedar en ridículo. Sin demostrar lo incapacitado que estaba.

Candy había estado a punto de reírse de la situación al salir a la superficie junto a él, pero nada más ver su rostro irritado se le pasaron las ganas.

Entonces recordó lo que habían estado haciendo antes de caerse a la piscina.

¿Cómo había permitido que pasara? ¿Por qué lo había permitido? Hacía que su presencia allí fuese insostenible. Casi imposible.

–¿Qué quieres decir con eso? ¿Crees que he permitido deliberadamente que me besaras con la intención de…?

–¿De empujarme? –preguntó Terry mientras nadaba sin esfuerzo hacia el borde de la piscina–. Sí, Candice, eso es justo lo que pienso –mientras salía de la piscina ayudado por los brazos.

Candy nadó tras él.

–No lo creerás en serio, Terry.

–Oh, sí, Candice, sí lo creo.

–Pero…

–Querías que acabara en la piscina y es ahí donde he acabado –Terry respiraba con dificultad por el esfuerzo y dejaba un reguero de agua tras él mientras cojeaba hacia el armario donde guardaban las toallas. Sacó una para secarse un poco el pelo–. Al menos debo ponerte una puntuación alta por tu dedicación profesional –lanzó la toalla mojada a una de las tumbonas–. De hecho me aseguraré de mencionarle a William lo buena profesional que eres cuando le llame más tarde para decirle que te he echado a patadas de la finca.

Candy ya había salido de la piscina, y estaba tan furiosa como Terry. ¿Realmente pensaba que, en mitad del beso, había tenido la presencia de ánimo para hacerle perder el equilibrio de manera premeditada para obligarle a caer a la piscina? No tenía ese tipo de control; de hecho, si hubiera pasado más tiempo entre sus brazos, habría perdido el control por completo.

–Espera un momento…

–Creo que ya he perdido suficiente tiempo contigo por un día –gruñó Terry con el ceño fruncido mientras escurría el agua de su camiseta.

Candy no pudo apartar la mirada de la perfección de su pecho, que se veía a través de la camiseta mojada. Sentía que le ardía la cara con el recuerdo de lo mucho que había deseado tocar ese pecho minutos antes. De lo mucho que había deseado tocar todo su cuerpo. Se dio la vuelta para sacar una toalla del armario y secarse y disimular así el rubor de sus mejillas, sin dejar de pensar en lo que acababa de ocurrir. El actor mundialmente famoso Terry Baker acababa de besarla a ella, Candice White. ¡Antes de acusarla de haberlo alentado deliberadamente para poder lanzarlo después a la piscina! No lo había hecho deliberadamente, ¿pero lo habría alentado para que la besara? Candy creía que no… aunque dudaba que Susana Marlowe fuese a creérselo. Aquello era terrible. Estaba harta de que la retratasen como a una especie de vampiresa. Si Terry le contaba sus acusaciones sobre ella a William Grandchester, sería el fin de su carrera profesional. Empezaba a sentirse mareada. Con nauseas. Sintió cómo el calor abandonaba sus mejillas. Se tambaleó hacia una de las tumbonas y se dejó caer sobre ella. Podría luchar contra una acusación de haber cometido indiscreciones sexuales con un paciente; pero nadie iba a creer dos acusaciones. Aunque lograse demostrar su inocencia, su reputación profesional quedaría destrozada.

–¿Qué sucede, Candice? –Terry se había acercado y estaba de pie frente a ella.

Ella parpadeó para controlar las lágrimas que amenazaban con caer antes de mirarlo. Los dos estaban hechos un desastre; con el pelo mojado y revuelto y la ropa pegada al cuerpo. Aunque tal vez debiera sentirse agradecida por llevar aún algo de ropa después de como había respondido al beso de Terry.

Negó con la cabeza y murmuró:

–No debería haber pasado…

No, no debería, pensaba Terry, enfadado consigo mismo. Había pretendido mantenerse alejado de esa mujer todo lo que fuera posible y esperaba que su falta de cooperación acabara por persuadirla para marcharse. Besarla como si deseara devorar cada parte de su cuerpo no podía interpretarse como una falta de cooperación por su parte. Aunque el sentimiento de culpa de Candice por el beso resultaba un poco exagerado. Terry frunció el ceño mientras contemplaba aquellos ojos verdes humedecidos por las lágrimas. Recordó la dulce respuesta de Candy. Tan dulce y apasionada que aún estaba excitado, y la erección era claramente visible contra el vaquero mojado. Obviamente el baño inesperado en la piscina había servido tan poco para calmar su deseo como la ducha fría de la noche anterior.

–No te he empujado deliberadamente a la piscina –dijo ella.

Terry ya lo sabía; igual que sabía que estaba enfadado consigo mismo, no con Candy.

–Creo que será mejor que nos olvidemos de este incidente, ¿no te parece? –sugirió.

–Sí –contestó ella.

Terry se pasó una mano por el pelo mojado y dijo:

–Sugiero que regresemos a la casa y nos quitemos esta ropa mojada antes de darnos una ducha.

–¿Antes de marcharme?

–Creo que eso sería lo mejor para los dos –confirmó él.

–Menos mal que no deshice la maleta por completo anoche, ¿verdad? –murmuró Candy.

Al levantarse, deleitó a Terry con una visión de la camiseta amarilla ciñéndose a sus pechos desnudos y realzando los pezones erectos que antes no había llegado a tocar.

Apartó la mirada, pero no antes de que su erección volviese a palpitar.

–¿Vas a volver a la casa o no? –preguntó, impaciente.

–Sí –respondió ella, recogió su chaqueta y lo siguió fuera.

Candy siguió torturándose con recriminaciones mientras regresaban a la casa pequeña en completo e incómodo silencio. Sabía que no debería haber permitido que la besara. En realidad no importaba que no lo hubiera planeado, ni que sólo con recordarlo se excitara de nuevo.

Pero el calor que sentía ya se había disipado para cuando habían recorrido el camino de vuelta a la casa, con el viento frío soplando a través de la ropa mojada. Le castañeteaban los dientes y tenía la cara helada cuando Terry abrió la puerta trasera para dejarla entrar a la cocina.

–Vete arriba a darte una ducha y a ponerte ropa seca –repitió Terry al ver el frío que tenía.

–Eh… sí. De acuerdo –se dio la vuelta para colgar la chaqueta en el respaldo de una de las sillas–. Tú deberías hacer lo mismo.

–Ya sé lo que tengo que hacer, Candice –contestó Terry–. Cuando regreses, nos sentaremos a comer la sopa que has preparado.

–Pero creí que querías que me fuera.

–No antes de que hayas comido algo caliente. No querría que llegaras a Londres y tuvieras que ingresar en el hospital aquejada por una neumonía –explicó él, y ella frunció el ceño.

Candy lo miró inquisitivamente antes de asentir con la cabeza.

–La sopa caliente nos vendrá bien.

–De acuerdo –respondió Terry–. ¿Y bien? –añadió un segundo más tarde al ver que ella no tenía intención de moverse.

–Yo… quería que supieras que no he hecho nada deliberado para que acabásemos los dos en la piscina –le dijo Candy una última vez antes de marcharse para subir las escaleras.

Terry tomó aliento cuando se quedó a solas y apretó los puños, sabiendo que su accidente le había robado el sentido del humor así como la movilidad en la pierna derecha. En cualquier otro momento, le habría parecido divertido acabar los dos en la piscina. Candy era la primera mujer con la que había intentado hacer el amor desde su accidente seis meses atrás. «Intentado» era una descripción muy precisa del fiasco en el que se había convertido. Le había resultado delicioso besar los labios sensuales de Candy. Su cuerpo era tan receptivo como si estuviera moldeado contra el suyo. Terry se había sentido tremendamente excitado mientras la besaba; tan excitado, de hecho, que se había olvidado de todo lo demás. Incluyendo la debilidad de la pierna y de la cadera…

Sabía perfectamente que Candy no era la responsable de que hubieran acabado los dos en la piscina. Era demasiado consciente de por qué había ocurrido, y de por qué se había enfadado tanto después. Sin pensar había cargado el peso sobre su cadera derecha, eso le había hecho perder el equilibrio y habían acabado los dos en el agua. Todo aquello servía para demostrar que ni siquiera podía besar a una mujer sin quedar en ridículo. Era más de lo que un hombre podía soportar.

–He decidido que no voy a marcharme después de todo –anunció Candy cuando regresó media hora más tarde. Estaba de pie en el umbral de la puerta de la cocina cuando Terry se giró desde los fogones y la miró con el ceño fruncido.

Obviamente, Terry había aprovechado su ausencia para ducharse y ponerse unos vaqueros secos y un jersey fino negro de cachemira. Parecía tener el pelo casi seco también, aunque tenía la mandíbula apretada y eso realzaba su fría expresión; una expresión por la que Candy no pensaba dejarse amedrentar.

Se había dado un baño en vez de una ducha tras decidir que necesitaba sumergirse por completo en agua caliente para quitarse el frío de los huesos. Había tenido tiempo para pensar una vez dentro de la bañera. De acuerdo, admitía que no debía haber permitido que Terry la besara. Tampoco debía haber reaccionado a ese beso. También aceptaba que aquellas cosas harían que su permanencia allí resultara incómoda, como mínimo. Pero incómoda en el terreno personal, no en el profesional. No tenía intención de permitir que William le pagase la tarifa hasta que Terry le permitiese trabajar con él de manera profesional. Lo que significaba que técnicamente Terry aún no era su paciente. No lo sería hasta que no hiciera algo profesional por él. Sus peleas constantes sobre la necesidad de tratamiento no contaban. Y tampoco contaba prepararle una nutritiva sopa para comer. Si se marchaba, sería como admitir una derrota profesional. No era culpable de nada salvo de pensar que Terry Baker era increíblemente guapo. Algo que cualquier mujer de sangre caliente tendría que admitir. Marcharse sería como admitir que profesionalmente era tan incapaz de llegar a alguna parte con el testarudo actor como lo habían sido los demás fisioterapeutas que habían trabajado con él durante los últimos seis meses. Ese tipo de derrota nunca había sido una opción para ella. Así que no lo aceptaría con Terry.

–He dicho que…

–Ya sé lo que has dicho –dijo Terry–. Simplemente me sorprende que sigas pensando que es una decisión tuya.

–De hecho es una decisión de tu hermano –contestó ella–. En cuanto empiece a trabajar para él. Cosa que no estoy haciendo en este momento –añadió con dulzura.

–¿Y no te parece que intentar ahogar a su hermano es razón suficiente para que William decida prescindir de tus servicios por completo?

–¿Intentar ahogar…? –Candy negó incrédulamente con la cabeza–. ¿No te parece que eso es algo exagerado?

–Puede. Pero no podías saber si sabía nadar o no cuando me empujaste a la piscina.

–Yo no te empujé.

–Demuéstralo.

Candy tenía las mejillas rojas de ira.

–¡No puedo demostrar eso igual que tú no puedes demostrar lo contrario!

Terry se encogió de hombros.

–Dejando eso a un lado, debes de saber igual que yo que quedarnos los dos solos aquí es ahora menos factible que antes.

–No voy a marcharme –repitió ella.

«Punto muerto», pensó Terry con frustración. Candy se negaba a marcharse, y aquella mañana había quedado claro que él no podría obligarla. Al menos no físicamente…

Terry atravesó la cocina hasta situarse a pocos centímetros de ella. Lo suficiente para sentir el calor de su cuerpo envuelto en la sudadera verde y los vaqueros azules que ella se había puesto.

–Si te quedas aquí, entonces te garantizo que lo que ha ocurrido entre nosotros esta mañana volverá a ocurrir.

Sus ojos verdes se abrieron desmesuradamente mientras se le sonrojaban las mejillas. Prueba de que no estaba tan tranquila por lo ocurrido como deseaba aparentar.

–No si yo no quiero que ocurra –respondió.

–Pero sí quieres que ocurra, Candice –Terry le mantuvo la mirada mientras acariciaba una de sus mejillas sonrojadas con la mano. Vio con satisfacción como el pulso le palpitaba en las sienes. Deslizó la mirada y vio el modo en que se humedecía los labios nerviosamente. Siguió bajando y se fijó en la señal inconfundible de sus pezones presionando bajo la sudadera–. ¿Verdad?

–No.

–Sí, Candice –insistió Terry mientras deslizaba el pulgar por sus labios y sentía el temblor bajo sus caricias–. Tu respuesta a mis caricias dice que sí.

Ella tragó saliva.

–Aún sigues intentando hacer que me marche.

–¿Y funciona? –preguntó Terry. Sabía bien que sí; no había perdido tanta práctica como para no saber cuándo una mujer respondía a él–. La próxima vez no me bastará con un beso, Candice. La próxima vez te besaré y te tocaré hasta que estés húmeda y me ruegues que te haga el amor.

Habló de manera tan gráfica que a Candy no le costó trabajo imaginárselos a los dos desnudos en la cama, piel contra piel, con la respiración entrecortada y sus cuerpos enredados mientras se acariciaban y se besaban.

Sólo con pensar en la posibilidad Candy volvió a excitarse.

Había tomado la decisión de quedarse mientras estaba arriba, lejos de la inquietante presencia física de Terry. Tranquila. Serena. Pero no eran emociones que Candy pudiera controlar cuando estaba en su presencia. Levantó la barbilla desafiante y le devolvió la mirada.

–El hecho de que la prensa sensacionalista publique titulares sobre el sexy y soltero Terry Baker cada vez que acompaña a su última conquista a alguna parte no significa que cualquier mujer que conozcas vaya a caer rendida a tus pies. O a cualquier otra parte de tu anatomía.

–¿No?

–¡No!

–Por muy halagado que esté de que hayas leído esos artículos…

–No he dicho que los haya leído. He dicho que he visto los titulares.

–Si tú lo dices…

–¡Claro que lo digo!

Terry se encogió de hombros.

–No soy responsable de lo que la prensa decida publicar sobre mí, Candice. Ni de lo que digan las mujeres con las que he salido en el pasado.

–¿No querrás decir en el presente? –lo acusó Candy–. La que te ha llamado esta mañana era Crista Moore, ¿verdad?

El nombre de Crista era demasiado inusual como para que hubiera sido otra persona. Lo que significaba que probablemente siguiese con la guapa actriz.

–¿Y qué si lo era? –preguntó Terry.

–¡Tal vez debas conformarte con una sola conquista cada vez!

–Yo no te metería en esa categoría, Candice.

–¡Nosotros no estamos saliendo!

–Todavía no estamos haciendo nada –aceptó Terry secamente–. Pero si insistes en quedarte aquí, acabaremos haciendo algo sin duda.

Candy se sonrojó.

–Eso no lo sabes.

–¿Quieres que te lo demuestre?

–Eres arrogante, insoportable y…

–Palabrería, Candice…

–No, es la verdad –insistió ella–. Puede que… que me hayas pillado por sorpresa esta mañana cuando me has besado, pero no volverá a ocurrir.

–¿No? –se acercó más a ella.

–¡No! –contestó ella con firmeza.

–Pareces algo… nerviosa.

–Lo que estoy es enfadada.

Terry entornó los párpados.

–¿Pero no lo suficiente para marcharte?

–¡No!

–Bien –finalmente se apartó de ella y Candy suspiró aliviada–. Como tú quieras. Pero no digas que no te lo advertí.

A Candy le pareció más una amenaza que una advertencia.

Una amenazante declaración de intenciones.

Notas

Hola chicas, gracias por votar. Buenos les comento que la votación va a favor de adaptar la serie con Candy y Terry. Hoy les dejo un pequeño regalo de 2 capítulos. Besos a todas.