Capítulo 07

Al día siguiente, después de desayunar, fue a casa de Sherlock. Ni siquiera vio a su mujer (ya que había pasado la noche en el sofá) así que le dejó una nota en la nevera informándole de que se iba y que regresaría pronto.

Cuando salió de Scotland Yard con los archivos de algunos casos antiguos, compró un bolígrafo y una libreta. Necesitaría apuntar las técnicas o lo que Sherlock quisiera comentarle. Estaba un poco nervioso, Sherlock era un poco insufrible cuando comenzaba sus observaciones y deducciones y tener que aprender de él en pleno apogeo era todo un reto para su salud mental.

Llamó al 221B y esperó a que la señora Hudson le abriera.

—Necesitas una copia de la llave —dijo Sherlock muy serio en cuanto le oyó entrar —. No puedes tener a la señora Hudson abriendo y cerrando las puertas. Si no está no podrás entrar.

—Me abrirás tú entonces, moverte un poco no te matará —le dijo Greg entrando al salón y abriendo las ventanas.

Miró a Sherlock de reojo para comprobar su estado, pero era igual que el del día anterior. Sonrió.

—Creí que no ibas a venir —dijo Sherlock sentándose en el sofá.

—¿Por qué? —preguntó Greg mientras habría las ventanas para que entrara el máximo de luz posible.

—Pensé que te arrepentirías de lo que me propusiste y que tu forma de negarte sería no volviendo aquí.

—Vaya Sherlock —dijo Greg sentándose a su lado —. La primera deducción incorrecta de tu carrera. Hay que perder la virginidad de alguna forma…

Sherlock rió divertido y negó con la cabeza.

—¿Has traído los informes? —preguntó mirando hacia el ruido que provocaban los pasos de Greg.

—Sí —dijo este sentándose y dejándolo todo en la mesa —. El primer homicidio en el que nos ayudaste, ese de los tres cadáveres en la fábrica de cemento…

Sherlock asintió.

—Bien. Coge las fotos del escenario y dime que ves —dijo mientras cerraba los ojos y apoyaba la espalda en el respaldo.

Greg suspiró y cogió la fotografía. Comenzó a describir el estado de los cadáveres y a numerar las pistas que se encontraron pero Sherlock lo consideró insuficiente y le obligó a fijarse en absolutamente TODO.

El estado de la gravilla de alrededor de los cadáveres, la escasa ropa que se le veía, los surcos de las ruedas de coches que había un poco más lejos, etc.

Las indicaciones de Greg solían ser insuficientes pero Sherlock insistía en que se fijara en todos los detalles, incluso le indicó donde él se fijaba cuando encontraba un nuevo cadáver. El policía encontró aquello fascinante, no solo porque era cierto todo aquello que Sherlock le decía, sino que estaba aprendiendo, memorizando esas maneras de observar. Estaba satisfecho y casi se olvidó de que iba allí con la idea de que aprender algo de Sherlock iba a ser inútil y aburrido.

Cuando sus tripas rugieron, Greg miró el reloj.

—¿¡Las nueve de la noche!? —exclamó.

—¿Uh? —murmuró Sherlock abriendo los ojos y dirigiéndolos hacia el lugar de Greg.

—Que son las nueve de la noche Sherlock —exclamó de nuevo mientras iba ordenando todo aquel estropicio —. Por el amor de Dios, ¡anocheció! Ni siquiera recuerdo quien encendió las luces.

—Oí los pasos de la señora Hudson a eso de las seis —confesó el detective mientras sonreía.

Greg suspiró y guardó todo en el maletín que se había traído.

—¿Has aprendido? —preguntó Sherlock levantándose.

—Muchísimo, ¿es así como pasa el tiempo contigo? ¿Volando? —preguntó alzando las cejas.

Sherlock se encogió de hombros.

—Siempre puedes programarte una alarma para saber cuándo es suficiente. Aunque, para alguien de tu inteligencia, nunca es suficiente.

—Eso ha sido muy amable, Sherlock —ironizó Greg —. Mañana te veré.

Salió de la casa rápidamente y se montó en el coche. Empezaba bien, se prometía así mismo de que no tardaría mucho y se había pasado casi 12 horas fuera. Casi igual que cuando estaba trabajando.

Llegó a su casa, aparcó y abrió la puerta. Probablemente tuvieran una discusión pero antes de llegar Greg había comprado unas cuantas flores, que sabían que no ayudarían mucho, pero sin duda la bronca sería menor.

Al llegar, abrió la puerta de su casa lentamente. Si su mujer estaba durmiendo, no quería despertarla. Subió los escalones y antes de llegar a la puerta del dormitorio escuchó un ruido proveniente del interior.

"¿Intrusos?" pensó

Pero no, no eran intrusos. Un gemido de placer, proveniente de su mujer, fue suficiente para que Greg supiera que estaba pasando dentro. Aun así, abrió la puerta de par en par y entró.

Su mujer estaba tumbada en la cama, desnuda y debajo de un hombre que Greg no conocía.

—¡GREG! —exclamó está separándose inmediatamente y cubriéndose con las sábanas.

El hombre que la acompañaba también se cubrió y miró con miedo a Greg.

—¿Todo bien? —gruñó antes de cerrar la puerta de un portazo y bajar las escaleras.

No era verdad. Aquello no le estaba pasando. Su mujer no podía estar con otro hombre y en su propia cama. Negó con la cabeza frotándose las sienes.

—¿¡Qué coño significa esto!? —dijo volviéndose para encarar a su mujer que en esos momentos bajaba las escaleras colocándose la bata.

—¿Y qué esperabas? ¿Eh?

—Ah, ¿ahora la culpa la tengo yo?

—¡Hace meses que no me siento querida! Tú solo estás en el trabajo. Trabajas, trabajas y trabajas y ahora que pensé que tendríamos un tiempo juntos estás en casa de ese maldito crío día si y día también. ¡Tu matrimonio es más importante!

—¿Y solo por eso me pones los cuernos? ¡POR DIOS ALICE! —gritó Greg.

—¡Deberías de atender a tu mujer! Esto es culpa tuya, ¡si el trabajo es tan importante para ti quédate con el trabajo! ¡No quiero verte más!

Greg la miró con odio unos segundos antes de abrir la puerta de su casa.

—Mañana vendré a por mis cosas. Adiós Alice —dijo cerrando la puerta de un portazo.

Salió de casa y se metió en el coche.

—¡MIERDA! —gritó golpeando con fuerza el volante.

Aquello le pasaba por ser buena persona y ayudar a los demás, por tomarse en serio su labor como policía. Se puso con fuerza el cinturón de seguridad y arrancó. Dio vueltas por la ciudad hasta que anocheció, sin saber que hacer llevó el coche hasta el 221B de Baker Street y suspiró.

¿Qué hacía allí? ¿Por qué acudía a casa de Sherlock? No es qe fuera el causante de sus problemas matrimoniales pero sin duda tenía algo que ver en esta última acción de su esposa.

—No. Sherlock no tiene nada que ver —se dijo así mismo.

Cogió aire y se frotó la cara con sfuerza mientras lo soltaba. Acto seguido, bajó del coche y lo cerró. Prefiriendo tener una excusa para llegar a esas horas, fue a un restaurante de comida china, compró algo para llevar y luego regresó a casa de Sherlock. La señora Hudson le abrió la puerta y le indicó que Sherlock estaba arriba y que aún no había cenado.

Cosa que a Greg le alivió pues la excusa de su cena era perfecta.

—¿Ya es de día? —murmuró la voz de Sherlock desde el sofá.

La casa estaba completamente a oscuras y la silueta del detective estaba allí, en el sofá. Por lo que pudo distinguir Greg estaba abrazado a algo.

—¿Te importa que encienda la luz? —preguntó.

—No noto la diferencia, pero será más cómodo para ti —dijo Sherlock.

Greg suspiró, la encendió y fue hacia la mesa del salón para colocar allí la comida.

—¿Por qué has traído la cena de un restaurante chino? —preguntó.

—Me apeteció y como solías llevarme a comer a esos sitios en mitad de los casos pues pensé que a ti también te apetecería.

—Me refería a porque estás cenando conmigo y no con tu mujer —dijo Sherlock.

Greg gruñó.

—No quiero hablar de eso —murmuró.

—¡Oh! —dijo Sherlock y sonrió —. ¿Problemas en el paraíso?

Greg se pasó las manos por el rostro y bufó.

—¿Por qué estás abrazado a la funda del violín? —preguntó Greg volviéndose y cruzándose de brazos.

El rostro de Sherlock se ruborizó.

—Yo… —murmuró Sherlock —. Eh… Quería tocar.

Greg alzó una ceja.

—¿Y por qué no lo haces?

Sherlock abrió la funda a modo de respuesta. Dentro, solo estaba el arco del violín. Ni rastro del instrumento de cuerda.

Greg sonrió de medio lado.

—Ponte de pie y ven a la mesa, cuando hayamos cenado te echaré una mano para buscarlo.

—Querrás decir que lo buscarás tú —dijo Sherlock mientras se ponía de pie y se dirigía hacia la mesa.

—No exactamente, tú me dirás donde lo viste por última vez y yo miraré. Eso es una búsqueda entre los dos, técnicamente hablando.

Sherlock se quedó en silencio y buscó a tientas su pack de comida, cuando lo cogió con la mano izquierda, buscó los palillos con la derecha y comenzó a comer. Lentamente, con cuidado de que no se le cayera la comida.

La cena fue silenciosa y Greg no podía parar de pensar en su mujer, en lo que le diría al día siguiente y en si merecía la pena finalizar un matrimonio por unos cuernos.

—No es la primera vez —dijo Sherlock tras terminar la cena.

—¿Disculpa? —murmuró Greg.

—Tu mujer no es la primera vez que te pone los cuernos, recuerdo la vez que me la presentaste y observé lo suficiente como para saber que se estaba acostando con su profesor de piano.

Greg bajó el paquete de comida y miró fijamente a Sherlock.

—¿Cómo puedes saber tú eso? —preguntó confundido.

—Nos encontramos al salir de una tienda de música, por mucho que ella insistiera en que ya que sabía mucho sobre dicho arte, no dio ni una en las preguntas que le hice acerca de las partituras que compró. Es muy evidente qué, en caso de recibir clases de piano, lo único que quería hacer era tirarse al profesor. Eso o malgastar el dinero y dado el poco tiempo que pasas en casa, creo que va a ser lo primero.

Greg, que había estado apretando la cajita de cartón conforme Sherlock hablaba, gruñó.

—Me debería de haber dado cuenta antes —murmuró para él.

—No estabas en casa, y eres idiota así que es normal que no te hayas d…

—Vete a la mierda, Sherlock —cortó Greg con un áspero gruñido.

Se puso de pie y tiró su pack de comida a la basura, no estaba terminado pero tras esa confesión de Sherlock se le había cortado el apetito. Se lavó las manos y gruñó.

¿Así que había sido desde siempre? Suspiró. Con razón a veces su mujer tenía un humor de perros cuando se iba y estaba algo más contenta cuando regresaba.

Era un idiota, un completo idiota.

—Oye —dijo la voz de Sherlock.

Estaba tan cerca de él que dio un brinco, ni recordaba cuando se había acercado.

—¿Qué? —gruñó.

—Mi violín, por favor —pidió —. Mira debajo del sofá, o de alguno de los sillones…

Greg se apartó repentinamente, se puso de rodillas en el suelo y comenzó a buscar el violín. Al final lo encontró apoyado en la pared, tras una de las cortinas. Lo cogió y se sentó en el sillón de Sherlock.

El chico andaba un poco desorientado por la cocina, tanteando los utensilios para poder llenarse un vaso de agua. Greg entonces, rasgó con los dedos las cuerdas del instrumento.

Un sonido desafinado llenó el aire y Sherlock se volvió inmediatamente. Dejó el vaso sobre la mesa de la cocina y fue hasta Greg. Tropezó con la alfombra pero no llegó a caerse.

—Dame —pidió un poco desesperado.

Greg le puso el instrumento en la mano izquierda antes de levantarse para coger el arco y ponérselo en la mano derecha. Inmediatamente, el sonido de una melodía frenética llenó el aire.

Era una composición de Vivaldi, estaba seguro, aunque prefirió no decir nada. Recogió la comida de Sherlock, llenó el vaso de agua y lo dejó sobre la mesita de noche. Cogió su abrigo y las llaves.

Sería mejor buscarse un hotel en el que dormir una noche y ponerse a buscar un piso de alquiler.

—Hay una habitación libre —dijo Sherlock al instante de parar de tocar.

—¿Disculpa? —preguntó Greg acomodándose el cuello de la chaqueta.

—Este piso tiene dos habitaciones, una de ellas en el piso superior. No está ocupada, podrías quedarte aquí hasta que encuentres otra cosa. Dada la inminente llegada de tu divorcio necesitarás todo el dinero posible y no estás para gastarlos en hoteles.

—¿Me estás ofreciendo que viva contigo?

—Te estoy proponiendo como candidato a compañero de piso. La señora Hudson decidirá si te mereces tal puesto.

Greg sonrió.

—Gracias Sherlock, eso es muy amable pero no sé si estoy preparado para compartir piso contigo. Eres un poco plasta.

Sherlock rió.

—Como quieras —dijo mientras apoyaba de nuevo el violín en el cuello —. Pero ahora que estás aquí, soy tu mejor opción.

Greg miró como comenzaba a tocar y suspiró. Tenía razón. Compartir piso con Sherlock no era la mejor idea del mundo pero al menos era algo barato y asequible.

—¿Por qué tienes razón en todo a pesar de que no has pasado por esto? O sea, si hablaras por experiencia lo entendería mejor pero…

Sherlock se encogió de hombros y continuó tocando. Greg se tumbó en el sofá y se quedó mirando a Sherlock. La música parecía crearle una burbuja donde estaba el solo, tocando para él, como si recuperara todo aquello que había perdido.