Muchas gracias a todos los que leéis mi historia y, sobre todo, a los que me habéis dejado vuestro comentario: Hibbie, The crow over the window, The Box Pandora, Snape's Snake y Herenetsess.

Aquí os dejo el nuevo capítulo. Espero que os guste.

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Capítulo 7

A medida que pasaba el tiempo, el ánimo de los ocupantes del barco se fue encapotando como un cielo negro de tormenta. En cubierta, la tensión se podía cortar con un cuchillo y nadie se atrevía a pronunciar palabra mientras el temible buque negro se acercaba inexorablemente hacia ellos.

Aislados en la bodega, ciegos y sordos a lo que pudiera ocurrir unos metros por encima de sus cabezas, los tres jóvenes se habían sumido en una angustia expectante, conscientes de que el peligro estaba cada vez más cerca.

Hacía horas que Greengrass había terminado de contar la historia de cómo y por qué Snape traicionó a su ex capitán y le sacó el ojo izquierdo y, desde que se calló, ninguno de ellos volvió a pronunciar palabra.

Harry, sentado sobre un saco de arpillera que había en un rincón y con la cabeza apoyada en la pared, volvió a pensar por enésima vez en lo que le habían contado: recordó la vívida descripción que Greengrass les había hecho de los piratas de Riddle emborrachándose en la taberna de aquel pequeño pueblo costero, violando a todas las mujeres que encontraban, enzarzándose en múltiples peleas, saqueando cuantas casas podían. A decir verdad, nada de eso era inusual ni sorprendente entre los piratas, ya que los crímenes que cometían aquellos hombres al margen de la ley no se limitaban al mar. Pero la violencia y el sadismo de los tripulantes del Nagini iba mucho más lejos, y llegó un día en que el capitán Riddle traspasó el límite de lo tolerable, incluso para la flexible moral de Snape.

Era la mañana en la que debían izar velas y partir hacia el siguiente puerto. Snape fue a buscar a su capitán al burdel donde lo había dejado la noche anterior. Siempre le tocaba ir a recogerlo cuando la fiesta acababa porque Riddle tenía costumbre de quedarse en los burdeles cada noche que pasaba en tierra, emborrachándose y gastándose en putas gran parte del oro que había podido robar.

Nada más llegar al establecimiento, Snape se dio cuenta de que algo iba mal. La rolliza madame, que la noche anterior les abrió la puerta toda sonrisas y hospitalidad, y que insistió infructuosamente en que él también escogiese a una de sus chicas, se apartó sin ningún disimulo al verlo entrar, proyectando las manos hacia delante como si quisiera protegerse de él. Tenía un ojo amoratado y un profundo corte en la mejilla.

Las dos muchachas que estaban junto a ella, agarradas a cada uno de sus brazos, temblando como hojas y con el espeso maquillaje corrido por el llanto, eran la viva imagen del terror.

—Lléveselo —dijo la madame, con voz temblorosa—. Por favor, lléveselo y no nos haga daño.

—¿Qué ha ocurrido? —preguntó.

La mujer vaciló. Se tomó su tiempo en contestar, pero al final consiguió iniciar una respuesta.

—Le dijimos que ellos no... no eran parte de nuestro personal, que su oro no podía comprarlos, porque no estaban en venta, pero no quiso escucharnos y...

—¡¿Qué ha pasado?! —repitió Snape, cada vez más impaciente, y la mujer respingó del susto—. ¡Dime qué ha pasado!

—E-ellos n-no deberían haber venido, no suelen venir nunca por aquí, pero la tormenta de anoche, c-con esos truenos tan fuertes... ¡pobres criaturas! Se asustaron y vinieron a ver a su madre... ella trabaja aquí y... —Snape se quedó lívido como la cera y dejó de respirar—. Oh, ¡Dios bendito! ¡Lo que le hizo a esos pobres niños! —La mujer prorrumpió en llanto—. Parecía que los gritos no fueran a acabar nunca... nadie podía detenerlo, estaba como loco y sus hombres nos impedían el paso... ahora ya se han ido, pero anoche...

Pero él ya no la escuchaba, se había lanzado escaleras arriba y empezó a abrir puerta tras puerta hasta que lo encontró, despierto, sonriente y satisfecho, con las manos y la cara totalmente rojas por la sangre. Estaba sentado en la cama, totalmente desnudo y con la espalda apoyada en el cabecero enrejado, y se estaba comiendo un huevo escaldado con expresión de placer.

—¡Ah, Severus! —dijo Riddle, al parecer contento de ver a su contramaestre—. ¡Qué oportuno! Has llegado justo a tiempo para el desayuno. ¿Te apetece un huevo escaldado? —dijo, señalando con la mano una bandeja con viandas que reposaba sobre la mesita de noche.

Snape miró a su alrededor con ojos desorbitados. Le dio la impresión de que todo estaba teñido de rojo. La habitación despedía un fortísimo olor metálico. Sintió ganas de vomitar. En una esquina, acurrucada, llorando y con expresión enajenada, una mujer, bañada en sangre, acunaba los cuerpos de un niño y una niña de unos nueve años de edad mientras les cantaba muy bajito una canción de cuna. Los críos tenían los ojos abiertos pero no parecían ver nada, y tampoco se movían más que por el leve balanceo de su madre.

—Me alegro de que hayas venido —prosiguió Riddle, indiferente a todo—. Déjame que te presente a Mandy, Laura y Timmy, con los que he pasado una noche deliciosa...

Snape no estaba seguro de si los niños estaban muertos o no. No se veía capaz de comprobarlo, pero se obligó a acercarse a ellos para tomarles el pulso. En cuanto vio que no tenían, salió de la habitación, bajó las escaleras como una exhalación y, una vez en la calle, vomitó sus tripas en el suelo, apoyándose en un banco de piedra para que no le fallaran las piernas.

Llegados a este punto de la historia, Ron no pudo evitar preguntar, con voz temblorosa:

—¿Qué les había hecho Riddle a los niños?

—¡Que no lo diga! —chilló Hermione, tapándose las orejas, horrorizada—. No quiero saberlo.

—No podría decirlo aunque quisiera —dijo Greengrass—. El capitán nunca nos lo ha contado. Sólo dijo que jamás había visto una monstruosidad semejante. Tanto es así, que en aquel mismo instante decidió dejar el Nagini y se juró a sí mismo que jamás volvería a ponerse bajo las órdenes de su capitán. Sin embargo, Cabeza de Serpiente no se toma bien las deserciones. Cuando Snape le comunicó que se iba, Riddle le atacó y se enzarzaron en un duelo a espada que, como ya sabéis, lo dejó sin un ojo, le amputó media nariz y le dejó una bonita cicatriz que le cruza toda la cara. El capitán tampoco salió ileso del combate, pero sus heridas fueron menos aparatosas y sanaron sin dejar secuela. A partir de aquel momento, se dedicó a poner tanto océano entre él y Riddle como le fuera posible.

—¿Se han encontrado muchas veces desde entonces? —preguntó Harry.

—Sólo un par. Pero las dos veces en tierra. Y las dos veces se desató el infierno. Volvieron a luchar a espada, destrozando todo lo que encontraban a su paso, pero en cada ocasión han visto interrumpido su duelo por una razón u otra. Nunca, hasta ahora, se habían encontrado en alta mar. Nunca antes se habían enfrentado nuestros barcos.

Todo eso era lo que les había contado Greengrass horas atrás y Harry todavía seguía dándole vueltas, pensativo, cuando un fuerte ruido, acompañado por el repentino y violento temblor de la nave, hizo que todos se pusieran en pie de golpe.

—¿Qué ha sido eso? —preguntó.

—Nos han disparado con uno de sus cañones —contestó el marinero—. Empieza la batalla.

Y, como para rubricar su sentencia, seguidamente se escucharon tres cañonazos más.

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El impacto de los proyectiles sobre el barco resultaba aterrador. La madera del casco crujía y protestaba por el maltrato y toda la nave se sacudía cada vez que el buque enemigo daba en el blanco.

Los chicos estaban pálidos y asustados pero, para Harry, lo peor de todo era estar allí encerrado sin hacer nada y sin siquiera poder ver lo que ocurría. Se moría de ganas de subir para intentar ayudar en la defensa del barco, y en varias ocasiones le pidió al marinero que lo dejase salir, pero el hombre tenía órdenes estrictas y estaba dispuesto a cumplirlas.

En cubierta, los hombres iban de un lado a otro de la nave intentando preparar una buena defensa antes de ser abordados, sin tiempo para detenerse siquiera a reparar los daños ni atender a los heridos, que debían ocuparse solos de sí mismos.

El casco del Nagini estaba bastante maltrecho por el contraataque de los cañones del capitán Snape pero, a pesar de todo, la nave había conseguido acercarse a ellos lo suficiente para iniciar el abordaje. Riddle ordenó que se tendiera la pasarela sobre el otro barco y sus hombres, vestidos de negro como si llevaran uniforme, asaltaron el barco de Snape, dispersándose rápidamente por cubierta igual que una infestación de cucarachas. A partir de ese momento, reinó el caos más absoluto.

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Hacía un rato que a la bodega llegaba el fragor de la batalla. Hermione estaba abrazada a Ron, con la cabeza hundida en el pecho del joven, y Harry daba vueltas sin parar dentro de aquella jaula que los separaba de los demás. De pronto se abrió la puerta que daba al pasillo y una silueta femenina se recortó contra la luz del exterior. Greengrass desenfundó su espada y se puso en guardia de inmediato.

—Vaya, vaya, ¿qué tenemos aquí? —canturreó la mujer—. ¿Cómo te llamas, cielo? Te diría mi nombre, pero en breves instantes habrás muerto, así que no tiene mucho sentido que me presente, ¿no crees?

Y, sin más preámbulo, ambos empezaron a luchar.

Greengrass se defendió con valentía durante largos minutos, pero al final no pudo resistir las incesantes y velocísimas estocadas de la mujer, cuyos ojos, abiertos al máximo y con un brillo demente en las pupilas, parecían absorber con avidez cada herida que le infligía, mientras se relamía los labios como si estuviera sedienta de la sangre que derramaba.

Exhausto, Greengrass cayó de rodillas sobre un espeso charco de su propia sangre y Bella, sabiéndose victoriosa, se acercó a él, le arrancó la espada de la mano y acarició su mejilla con un dedo delgado y de uña afilada.

—Buenas noches, cielo —susurró en su oído—. Que tengas dulces sueños.

Tras decir esto, le hundió la espada en el pecho hasta la empuñadura. Una débil exhalación, un gorgoteo envuelto en burbujas sanguinolentas, un violento temblor que recorrió el cuerpo del marinero por entero y, cuando la mujer retiró al fin la espada, Greengrass cayó al suelo como un fardo y quedó tendido de costado, inmóvil, con los ojos y la boca abiertas como si quisiera protestar por aquel final tan poco favorable.

La mujer soltó una carcajada áspera y los tres chicos se echaron atrás. La desquiciada risa resultaba aún más aterradora que el cruel espectáculo que acababan de presenciar. Ninguno de ellos se atrevió a hacer el menor ruido, apenas si respiraban, intentando no llamar la atención de la mujer. Pero entonces se dio la vuelta con una sonrisa en el rostro y se acercó a la reja que quedaba entre ellos. Por una vez, Harry se alegró de estar en aquella jaula que lo separaba del resto del barco, pero su alegría duró poco.

—¿Pero qué veo? —dijo—. Si son tres lindas ratitas...

Soltó otra estridente carcajada, sacó el trabuco que llevaba enfundado en el cinturón de cuero y le disparó a la cerradura de la puerta que, con el impacto, se abrió de par en par y rebotó con fuerza contra la reja. Volvió a guardarse el ahora humeante trabuco y apuntó con su espada hacia delante, hacia los chicos.

—¿Quiénes sois vosotros, eh? —preguntó, inclinando la cabeza hacia un lado con aire evaluador—. ¿Y por qué estáis aquí encerrados? —Ninguno de los tres dijo nada y la mujer se les acercó un poco más, centró su atención en Hermione y posó la punta de la espada sobre la base de su cuello—. No eres nada del otro mundo, pero estoy segura de que a mi capitán le gustará saciarse contigo. A mi capitán, y a todos mis compañeros después —aclaró, y soltó otra de sus espantosas carcajadas—. Seguro que Carrow y Greyback, especialmente, agradecerán mi regalo. Al fin y al cabo, las travesías en barco son largas y los pobres se sienten muy solos y muy necesitados... —Hermione se echó a un lado e intentó escapar, pero la mujer fue más rápida y le cortó la retirada—. Tsk, tsk, tsk, eres una niña muy mala —susurró y, con un leve movimiento de muñeca, la afilada punta de la espada hizo un largo corte transversal en la mejilla de la joven, que gritó de dolor—. Pero un poco de rebeldía también les gusta, según tengo entendido. Les parece más excitante, por...

La frase de la mujer quedó interrumpida y la expresión de su rostro se convirtió en una mueca de incredulidad al observar la hoja de una espada asomando de su pecho. La ensangrentada hoja desapareció y la mujer se dio la vuelta para encontrarse con Neville, cuya mano alzada todavía sostenía la espada que le acababa de infligir la herida mortal.

—¡Tú! —gritó. Parecía no poder salir de su asombro.

El chico, con rostro aterrorizado pero un brillo de determinación en los ojos, se irguió un poco más sobre sí mismo.

—Sí, yo —respondió.

La mujer intentó reír, pero sólo consiguió emitir un ruido estrangulado y toser sangre. Sus labios se movieron como si quisiera hablar, pero ningún sonido salió de su boca y se desplomó hacia delante con una sonrisa manchada de rojo.

—¡Bien hecho, Neville! —dijo Harry, dándole una palmada en el hombro.

—¿Quién era esa bruja? —preguntó Hermione, quitándose con dos dedos la sangre que le resbalaba por la mejilla—. Nunca he visto a nadie tan horrible.

—Era Bellatrix Lestrange, la contramaestre de Riddle.

—¿Contramaestre? ¿Una mujer? —preguntó Ron.

—Eso no era una mujer —escupió Neville—. Era un demonio. Ella mató a mis padres.

—¿Cómo dices? —preguntó Harry.

El chico asintió.

—Yo sólo tenía seis años y ella todavía no se había unido a Cabeza de Serpiente, sino que formaba parte de la tripulación del Salazar, el barco pirata del capitán Lestrange, que era su marido. Atacaron el barco en el que viajábamos y vi cómo ella los asesinaba con mis propios ojos. Parecía disfrutar con aquella carnicería. Disfrutar de verdad. Yo era aún muy pequeño, pero aquella escena espantosa no se me olvidará jamás, está siempre presente en mis sueños. Bella se acercó a mí para matarme también, pero mi tía me agarró del brazo y me llevó corriendo con ella, lejos de este demonio. Tuvimos suerte, un grupo de soldados iba en nuestro barco y lograron hacer que los piratas emprendiesen la retirada. Incluso consiguieron capturar al capitán Lestrange, que acabó colgando en la soga por sus crímenes. Sin embargo, ella escapó.

—¿Y después de todo eso no se te ocurrió otra cosa que hacerte pirata? —preguntó Hermione, sin poderlo entender.

—Mi abuela y mi tía cuidaron de mí cuando perdí a mis padres, pero cuando tenía quince años, una epidemia de peste asoló nuestro pueblo. Las dos murieron y yo me quedé solo. Decidí hacerme a la mar, y los marineros cuentan muchas historias, ¿sabéis? Trabajaba en un buque mercante cuando un día unos compañeros sacaron el tema de los piratas. Yo no intervine para nada, sólo escuché lo que tenían que decir, y lo cierto es que fue mucho. Entre otras cosas, me enteré de que el capitán Snape y el capitán Riddle se habían convertido en enemigos, que Cabeza de Serpiente tenía un nuevo contramaestre y que se trataba de una mujer. Entonces supe lo que tenía que hacer.

—¿Te hiciste pirata con la esperanza de vengar la muerte de tus padres?

—Sabía que si me quedaba junto al capitán Snape y me mantenía con vida el tiempo suficiente, un día las dos naves se cruzarían y podría verla de nuevo —concluyó, mirando su espada.

—Y ahora que has conseguido tu propósito —dijo Ron—, ¿qué vas a hacer? ¿Seguirás con los piratas?

—No lo sé, una vez cumplida mi venganza, quizá no tenga sentido que siga en esta vida de peligros. Lo cierto es que esto no es para mí...

—Me alegro mucho de que hayas encontrado lo que buscabas, Neville —dijo Harry—. Pero arriba sigue la batalla y ahora que estoy libre nada me impedirá que participe en ella.

Harry cogió la espada de la pirata muerta y Hermione gritó, escandalizada:

—¡Milord! ¿No estaréis pensando en serio en subir ahí arriba?

—Neville, cuida de ellos, ¿de acuerdo?

El marinero asintió y la chica volvió a protestar:

—Pero, milord, es muy peligroso...

Harry no la escuchó, se dio media vuelta y subió a cubierta.

El caos que reinaba allí era absoluto. Hombres caídos por todas partes, algunos muertos, otros heridos en mayor o menor grado, algunos con miembros cercenados. Nada más poner un pie afuera, un pirata enfundado de negro se lanzó a atacarlo y el chico tuvo que emplear toda la destreza que había adquirido en las lecciones de esgrima.

Sin embargo, no era lo mismo empuñar un florete que una espada grande y pesada como aquella. Los floretes eran ligeros y fáciles de manejar, y le otorgaban una agilidad que Harry notaba mucho a faltar en aquellos momentos. Además, a diferencia del florete, la espada no sólo carecía del botón de la punta, que garantizaba un duelo sin riesgo, sino que además contaba con un doble filo que resultaba muy peligroso incluso para quien la manejaba.

Por todo ello, el hombre de negro no tardó mucho en desarmarlo y Harry pensó con desconsuelo que Snape había tenido razón al querer mantenerlo apartado del combate. El hombre soltó una carcajada.

—¿Es eso todo lo que sabes hacer? —escupió—. ¿Y te llamas a ti mismo pirata?

De pronto, el chico vio una oportunidad. Agarró un listón de madera que había quedado suelto y sobresalía del suelo y le golpeó en la cabeza con todas sus fuerzas. El pirata trastabilló, chocó con el palo mayor y su espada cayó al suelo.

—Yo no soy pirata —dijo el chico. Recogió la espada del hombre y se la clavó en el estómago sin vacilar.

—¡Amycus! —Se oyó que gritaba una voz. Harry se giró hacia el sonido y vio a otra mujer pirata vestida de negro que corría hacia él con mirada enloquecida—. ¡Hijo de puta! Has matado a mi hermano, te voy a despellejar vivo.

El chico se echó hacia atrás, asustado, pero entonces otra voz, grave, imperativa, se impuso al fragor de la batalla y una espada apuntó al pecho de la pirata, que se detuvo en seco.

—No harás nada de eso —dijo Snape y la expresión de odio en el rostro de la mujer fue absolutamente terrorífica.

—Snape —siseó—. ¡Asqueroso traidor! Me encantará darte tu merecido en cuanto haya destripado a ese comemierda de ahí.

—Tira tu espada, Alecto. Se ha acabado.

La pirata le miró sin comprender y el capitán le hizo un gesto con la cabeza. Harry se giró también hacia donde indicaba y se encontró a seis de sus hombres apuntando con las espadas a otro pirata invasor al que habían desarmado. Al prisionero le faltaba media nariz, tenía la cara surcada por una larga y fea cicatriz, llevaba sombrero de capitán y tenía la pequeña cabeza de una serpiente negra incrustada en la cuenca de un ojo. Pero, por impresionante que resultara aquella visión, lo que más impactó al chico fue que, a pesar de haber sido a todas luces vencido, el capitán Riddle estaba sonriendo. Una sonrisa llena de dientes que le confería a aquel pálido rostro un aire de calavera. El joven se sacudió en un escalofrío.

—¡Aaagggh! —gritó de rabia la pirata que había tratado de atacar a Harry, pero acabó soltando su espada.

Tras la captura de su líder, los piratas enemigos rindieron las armas y las pocas luchas individuales que quedaban llegaron a su fin. Los hombres de Snape ataron fuertemente con cuerdas a los piratas de Riddle y a este lo amarraron aún más fuerte al palo mayor, separado de todos los demás.

Sólo entonces, cuando la calma se hubo recuperado en el barco, Harry se dio cuenta de las numerosas bajas. Especialmente, le llamó la atención un rincón de la cubierta, donde Lucius Malfoy, sentado en el suelo e inclinado hacia delante, sostenía el cuerpo sin vida de su hijo, Draco, inconsciente de lo que ocurría a su alrededor. Amargas lágrimas corrían por sus mejillas, pero no emitía ningún sonido. Snape se acercó a él, se agachó a su lado y le puso una mano en el hombro.

—Ha luchado como todo un hombre, Lucius —susurró, con voz ahogada—. No puedes sentir otra cosa que orgullo por él. Era un muchacho muy valiente.

Harry se sintió mareado. Había odiado a ese chico. Le había odiado y ahora estaba muerto. Pero entre esos dos hechos había ocurrido algo que lo cambiaba todo: había llegado a comprenderle, e incluso hasta a sentir lástima por él, por lo que él mismo le había hecho. Nada de eso importaba ahora: ni su odio por él, ni sus remordimientos por haberle descubierto ante el capitán, ni su compasión por saber que había destrozado su sueño de trabajar junto a Snape. Estaba muerto.

De pronto, todo le pareció irreal, como si estuviera sumido en una pesadilla y se encontrara a punto de despertar. Pero la voz preocupada de Hermione y las manos de la chica aferrándose a sus ropas con fuerza le recordaron que no lo era.

—¡Milord! ¿Os encontráis bien? ¡Oh! Os han herido. Decidme que no es nada grave. No lo es, ¿verdad? —El chico negó con la cabeza—. Neville nos ha informado de que todo ha terminado, que ya podíamos subir. Estaba tan preocupada... de verdad, milord, no entiendo qué os pasó por la cabeza para subir aquí con todo lo que estaba ocurriendo...

—Estoy bien, Hermione —respondió con una voz que sonó distante a sus propios oídos—. Sólo tengo unos rasguños.

—Milord, nos tenía muertos de preocupación —confirmó Ron—. Pensábamos... —Agitó la cabeza con el ceño fruncido y los labios apretados—. Se escuchaban toda clase de ruidos espantosos desde ahí abajo. Creíamos... —Bajó la voz para que sólo él pudiera oírlo—. Creíamos que el capitán Snape estaba perdiendo la batalla...

Harry echó una larga y grave mirada a su alrededor.

—No, Ron. El capitán Snape ha ganado —dijo—. Pero quizá haya pagado un precio demasiado alto por ello.