Noviembre
—Por supuesto que quiero ir, Dean, soy el que lo sugirió. Pero tengo un juicio aproximándose, y no tengo el tiempo para pasar…
—Por favor Sam, necesito salir —suplica Dean—. Me estoy volviendo muy, muy claustrofóbico. ¡Solo necesito como cinco minutos de maldito aire fresco!
—¿Qué, problemas en el paraíso? —pregunta Sam. Está hablando con Dean vía Bluetooth mientras conduce por la autovía en hora punta, y no es exactamente compasivo—. Supongo que la luna de miel ha acabado, y ahora él solo es tus grilletes y cadenas…
—¡No es gracioso! —ladra Dean—. Estoy tan harto de su voz que podría… ugh. Mira. No me malinterpretes, quiero a Cas, es un gran chico, todos sabemos eso. Pero llego a casa y él está ahí, voy a dar una vuelta y está ahí, ¡voy a trabajar y allí está! Hacemos la compra juntos, salimos juntos a correr…
—Dormís juntos —pincha Sam.
Dean le ignora. —… y si tengo que pasar un minuto más en esta maldita casa con él, le voy a disparar y luego me dispararé a mi mismo por disparar a Cas. Así que no, NO puedes escaquearte.
—Vale, vale —cede Sam—. Iré a ver Croctopus 5 contigo este fin de semana.
…
El sábado llega lo más despacio posible, chirriando en su sitio a la velocidad de la melasa, y Dean está frenético por salir. En el momento en que el reloj marca las 5:30 corre hacia el perchero junto a la puerta y se prepara para salir pitando.
—¿A dónde vas? —pregunta Castiel.
Dean se encoje en su abrigo. —A ver unas pelis. Con Sam.
Cas camina hacia el perchero junto a la puerta y coge su chaqueta.
—No, espera… —Dean saca su mano y se humedece los labios—. No te gustaría. Es Croctopus 5.
Cas le frunce el ceño, su mano aún en su chaqueta.
—Te lo dije —dice Dean, desesperándose—. Típica película de miedo, mutación genética, ¿excesiva violencia? ¿Flagrante desnudez? Es horrible.
—¿Entonces por qué quieres ir? —pregunta Cas.
—Me gusta lo horrible —insiste Dean— Las películas horribles son mi joie de vivre.
Los ojos de Cas se entrecierran.
—Sí, recuerdo que prohibí el francés en esta casa —exclama Dean, exasperado—. ¡Así que demándame!
—Vous êtes un xénophobe —farfulla Cas.
—¡Ey! —Dean le señala con un dedo amenazador—. ¡No hay necesidad para ese tipo de lenguaje!
Cas suspira y baja su mano de la chaqueta. —Solo admítelo, Dean. No quieres que vaya.
Dean intenta poner su mejor sonrisa culpable y protesta débilmente. —Esoooo no es… verdad.
Cas le fulmina con la mirada.
Dean deja de actuar. —Vale, quizá solo quiero pasar una tarde con Sam. ¿Tengo su permiso, Sr. Goodwin, o me vas a estar mirando como si hubiera hecho pis en tus Cheerios durante toda la semana?
Cas sigue mirándole, pero finalmente dice. —No necesitas mi permiso.
Dean suspira y abre la puerta poniendo los ojos en blanco. Mientras empieza a caminar hacia afuera, le habla sobre su hombro. —Volveré pronto, cariño. No dejes que el asado se seque demasiado.
—No voy a hacer asado —dice Cas a su espalda—. Es noche de fettucine.
Dean para, bajando su cabeza y se pellizca el puente de la nariz durante un minuto con su otra mano aún en el pomo.
—Oh —dice Cas inexpresivamente—. Estabas siendo sarcástico.
Dean alza la mirada hacia el cielo y gruñe bajo su aliento —Aire fresco.
—Cierra la puerta —dice Cas—. Estás haciendo que se escape el calor.
Dean cierra la puerta tras de sí y se aleja, murmullando sobre paredes cerrándose sobre él y su fácil acceso a armas y munición.
…
—Es como si yo fuera una pelotita antiestrés y el estuviera exprimiéndome —dice Dean, ilustrándolo con sus puños apretados.
—Eso dices continuamente —suspira Sam—. Ahora cállate, los trailers están a punto de empezar.
Dean empuja un puñado de palomitas hacia su boca y gesticula hacia la pantalla. — Aún no hay trailerfs, Fam. Aunf no impofta —traga su considerable puñado y toma un trago de su refresco—. De todos modos, es como cuando éramos niños y teníamos que compartir la habitación. ¿Sabes? Solíamos pelearnos constantemente. Pon dos ratas en una caja y se arrancarán las patas a mordiscos la una a la otra. Simplemente, no creo que los humanos estén hechos para vivir con tanta proximidad.
Sam le frunce el ceño, perplejo. —Dean, las ratas viven juntas todo el rato.
Dean le devuelve la mirada, tomando otro puñado de grasienta y mantequillosa felicidad. —Nah, he oído acerca de ello. Es ciencia. Quizá era como… seis ratas en una caja. O algo. El punto es que estaban abarrotadas y empezaron a arremeter.
Sam resopla. —No puedes validar una declaración añadiendo un "es ciencia".
—Por supuesto que puedo —Dean dibuja una sonrisa—. Es ciencia.
Sam se ríe.
Dean parpadea y mira fijamente a Sam. —¿Qué fue eso?
—¿Qué? —pregunta Sam, cogiendo palomitas con una de sus increíblemente enormes manos.
—Te has reído —le acusa Dean—. Te has reído de una de mis bromas. Nunca te ríes de mis bromas.
Sam se encoge de hombros y mastica sus palomitas. —Era graciosa.
Pero Sam nunca antes había pensado que sus bromas fueran graciosas. Y los engranajes en la cabeza de Dean empiezan a girar y lo piensa detenidamente y vuelve la vista hacia los últimos meses, y se da cuenta: él y Sam se han estado llevando mucho mejor desde que empezaron a vivir en casas separadas.
Es sin duda la cosa de las ratas.
—Y te diré algo más —continúa Dean, sacando una botella del bolsillo de su chaqueta y haciendo saltar la tapa de su refresco—. Este periodo de sequía me está matando. Creo que es parte del porqué estoy tan al borde ahora. En serio, Sam, mis pelotas nunca han estado tan azules —desenrosca el tapón de su botella, vierte un buen chorro de whisky en su refresco y vuelve a poner la tapa.
—Primero, no quiero saber sobre tus pelotas —dice Sam, abriendo su paquete de regalices—, y segundo, tu definición de "periodo de sequía" es lo que otra gente llama temporada de tormentas.
—¡Han pasado dos meses! —exclama Dean—. Tienes que admitir que eso es mucho tiempo para mí.
—Bueno, ves y conquista a alguna chica, entonces —sugiere Sam.
Dean le dedica una mirada totalmente exasperado. —Wow, Sammy. No me puedo creer que no se me haya ocurrido eso.
Sam solamente pone los ojos en blanco y se come su regaliz.
—¿Qué tal van las cosas con Amelia? —pregunta Dean—. Vosotros también debéis tener claustrofobia.
—En realidad no —dice Sam—. Yo trabajo muchas horas en la nueva firma, y ella a veces hace cambios de turno en el refugio, algunas semanas apenas nos vemos.
—¿Pero sois, ya sabes… —Dean mueve sus cejas hacia arriba y abajo— regulares?
Sam frunce el ceño confuso. —No sé si me estás preguntando por mi vida sexual o mi tránsito intestinal.
Dean suspira y alza una mano en el aire. —Colabora un poco, Sammy, colabora un poco. ¡Por supuesto que estoy hablando de sexo!
—Ya sabes, la única cosa que quiero discutir contigo menos que tus pelotas son las mías —suelta Sam. Se hunde en su asiento y muerde agresivamente su regaliz.
Dean le mira durante un momento. —¿Qué pasa?
La luz empieza a atenuarse en el cine y Sam murmura. —Nada, Dean. No es asunto tuyo.
Explosiones vuelan a través de la pantalla. Estas Navidades, resuena la voz grave del narrador, mejor vigila…
—Por supuesto que es asunto mío —susurra Dean—. Soy tu hermano.
Las manos de Sam se aprietan en su paquete de regalices, arrugando audiblemente el envoltorio de celofán. Mira a la pantalla con la mandíbula tensa, un musculo a lo largo de su cuello crispándose.
Un coche chirría a lo largo de un puente y da una vuelta sobre el borde, sepultándose en un infierno en llamas. Mejor que no llores…
Dean toma otro largo trago de su refresco enriquecido.
Sam traga.
Porque Santa Claus… está DE CAMINO… Un segundo coche chirría hacia un humeante final, y un musculoso hombre en un par de calzoncillos rojos y una camiseta de tirantes blanca emerge del asiento del conductor, con una carabina recortada en sus manos. … a la CIUDAD.
—Cuando quieras hablar —murmura Dean—, házmelo saber.
Sam toma otro puñado de palomitas y mantiene su vista en el tiroteo.
…
La película es excelente, llena de sangre y curanderos y mujeres pechugonas, y cuando salen del cine el cielo se ha oscurecido a un brillante azul marino. El aire de Noviembre golpea contra su piel y ambos hermanos se apresuran hacia el coche, retorciéndose ansiosamente ante el calefactor y echando aliento en sus manos. Sam le deja en su porche frontal y se despide con la mano apresuradamente, ambos fingiendo no preocuparse mucho por ello.
Dean camina hacia la puerta y la abre con una dramática floritura. —¡Cariño, ya estoy en ca-asa!
No hay respuesta, pero realmente no estaba esperando una. La casa está oscura, sombras envueltas alrededor de cada esquina.
Dean se quita el abrigo y lo cuelga, quitándose las botas contra el marco de la puerta y caminando hacia la sala de estar. —Cas, te he traído un premio —grita—. Media bolsa de gominolas. Además estoy un poooco mareado, así que…
Cas está sentado en el sofá, mirando un estúpido programa sobre manualidades. Gira su cabeza y mira a Dean con una expresión de profundo disgusto.
Dean entra a tropezones y golpea una lámpara cercana, casi tirándola.
—Tenemos un trabajo —dice Cas con voz dura—, y tú estás borracho.
—¿Trabajo? —Dean endereza la lámpara e intenta ignorar el sudor frio a lo largo de su cuello, el modo en que quiere escaparse de la mirada de Cas y morir. Simplemente encoje su barbilla—. ¿Qué trabajo?
—Se supone que hoy íbamos a seguir a Yuri —Cas se levanta y apaga la televisión—. Ahora no podemos.
—No estoy borracho —replica Dean—. Puedo conducir.
Los orificios de la nariz de Cas se ensanchan. —No te dejaré conducir una investigación bajo la influencia del alcohol.
—¡Bien! —grita Dean, lanzando la bolsa de gominolas al sofá—. ¡Seguiremos al maldito Yuri mañana! ¡Me da igual, Cas! ¡No todo es un jodido caso federal!
Y entonces Cas cuaja su mandíbula y avanza hacia delante, bajando el volumen de sus palabras a un áspero y grave murmullo. —No me alces la voz —gruñe.
Dean camina directo hacia su espacio, su pecho golpeando hacia delante, su cabeza en alto y solo unos centímetros más alto que Cas. —¿Eso es una orden? —le reta.
Puede oír a Cas respirando, puede ver el rubor de la rabia alzándose por su cuello y la línea de su mandíbula, puede saborear la cobriza tensión eléctrica chisporroteando entre ellos, y por un momento tiene este pensamiento bizarro
agarrarle
y sus manos se crispan hacia delante y se detiene cerca, como correas invisibles, sus instintos totalmente controlados y mordiéndose las uñas.
—Ya he tolerado tus tonterías por un largo tiempo —gruñe Cas—. Civilidad es lo menos que me debes.
—Sí, bueno, esto no es Hotel California —ruge Dean—. Puedes irte cuando quieras.
Los ojos de Cas se abren de par en par.
Hay un nudo en el pecho de Dean del tamaño de un puño, justo donde debería estar su corazón, y está retorciéndose dolorosamente en sus pulmones y su estomago y sus costillas.
Cas da un paso hacia atrás, su rostro totalmente en blanco, sus ojos vacíos. —Crees que debería irme.
Las manos de Dean se vuelven a sacudir hacia delante y vuelven a caer, como movidas por las cuerdas de una marioneta. —Eso no es lo que he dicho.
—Este arreglo siempre fue temporal —dice Cas, hueco y sin inflexión alguna. Se gira para marcharse—. No me sorprende que tú…
—¡Cas! —y Dean se libera de la parte lógica de su cerebro y le agarra por los hombros y le hace darse la vuelta, sin aliento y entrando en pánico—. ¡No te vayas! ¡Joder! Lo siento, ¿vale? ¿Estás feliz?
Y el rostro de Cas está herido y roto, y dice, —Dean…
—Lo siento por ser tan estúpido, lo siento por no limpiar nunca, lo siento por dejar que se amontonen las cosas en la papelera —dice Dean frenéticamente—. Lo siento por seguir cagándola, lo siento por haber jodido tu vida, lo siento por absolutamente todo Cas pero por favor no me dejes.
Cas parece indeciso, y aparta la mirada del suplicante rostro de Dean. —Dean, quizá es mejor si no vivimos juntos, quizá estamos demasiado…
—¿Sabes cuantas veces he dejado a Sam marcharse? —demanda Dean—. Puedes preguntarle a él, Cas, debe haberse marchado cinco o seis veces porque no podía soportarlo más, y no le detuve. No le rogué que se quedara. Yo nunca ruego, Cas, pero ahora te lo estoy rogando por favor. No lo decía en serio —sus manos se aprietan en los hombros de Cas, firmes e inflexibles. Su pulso martilleando en sus muñecas y su garganta y su boca, y siente la habitación y el mundo y el universo girando fuera de control a su alrededor.
Cas sigue sin encontrar su mirada, mirando hacia un lado, en silencio y su boca torcida hacia abajo en la comisura. El corazón de Dean late en las yemas de sus dedos. —Cas. Di algo.
Cas finalmente alza su vista hacia la de Dean, silenciosa y oscura y profunda.
Entonces dice, —He puesto champiñones en tu fettucine. Sé que los odias.
Y Dean dice "Mierda" y estira de Cas y le besa.
No piensa. No se detiene a sí mismo. No sabe por qué está haciéndolo pero besa a Cas con cada jodida onza de su cuerpo y luego con toda la sed de un seco y agrietado desierto y un hombre moribundo, jadeando contra su boca y volviendo a bajar a por más, muriendo, ahogándose, ahogado, y Cas le devuelve el beso como si nunca hubiera estado más vivo, jadeando contra la cálida piel de Dean, hasta que Cas se echa hacia atrás y los empuja separándolos con una mano.
—Explica —jadea Cas. Su pelo negro desordenado hacia todos lados y sus mejillas rosadas.
—No sé —dice Dean sin poder evitarlo—. Estoy borracho.
Cas frunce el ceño —Has dicho que no estabas borracho.
—Mentí —dice Dean.
Las mejillas de Cas se vuelven incluso más rosas, y dice, —¿Eso fue para que me quede?
—No —dice Dean sinceramente—. No lo había planeado.
Y Cas le mira con algo escondido en sus ojos, y dice lentamente, —No es una buena idea.
El rostro de Dean arde. —… Sí. Seguramente no.
—Y yo no… realmente no… lo entiendo —Cas se ruboriza y mira hacia el suelo—. Todo esto es muy confuso para mí.
Dean resopla. —Bienvenido al club —De hecho, toda esta noche es totalmente confusa y Dean siente como si su mente hubiera caído de su cabeza a Alicia y el país de las Maravillas, y realmente debe estar borracho porque nada tiene ni el más remoto sentido. Él no es gay. No así. Simplemente no lo es. Nunca ha besado a un hombre, nunca ha querido besar a un hombre, y hasta hace unos momentos nunca ha ni siquiera considerado besar a Cas, Castiel, su compañero, su mejor amigo, y no hay una posible explicación. Excepto… se frota la mandíbula pensativamente—. Ya sabes, quizá es por mi periodo de sequía, se me han cruzado los cables…
Cas ladea la cabeza. —¿Periodo de sequía?
—Dos meses —le informa Dean—. Dos meses sin acostarme con nadie. Me está volviendo loco, Cas.
Cas le mira por un largo minuto.
—¿Qué? —pregunta Dean.
—Estuve en prisión —le recuerda Cas—. Durante seis años y medio.
La boca de Dean se cierra de golpe. Finalmente tartamudea —No… no me puedo creer que se me haya olvidado.
Cas se encoje de hombros. —Me gusta olvidarlo.
El rastro de alcohol en el cerebro de Dean se oscurece y amarga, culpa y vergüenza deslizándose por su garganta, y por un momento es casi demasiado para sobreponerse. Entrecierra los ojos y se pregunta brevemente si esta es la parte en que se encoje y se hunde en la tierra para siempre.
Pero entonces, traga esos horribles sentimientos hacia su estomago y dice —¿Quieres que cenemos?
Cas asiente.
Comen fettucine juntos en una casual incomodidad, ninguno capaz de mirar al otro por mucho rato. Después de cenar caen en la usual rutina, con Castiel leyendo uno de sus libros biográficos y Dean viendo el partido, lanzándose miradas a escondidas de vez en cuando. Todo pensamiento de seguir a Yuri olvidado. Y Dean no está mirando realmente el partido, sus ojos están fijados en la pantalla mientras su mente vuela, girando como un casete, parando y rebobinando y volviendo a reproducir la boca de Cas contra la suya y el modo en que se sentía cálida y bien e irreal, y parando a cada fotograma y sabiendo que es un una vez en la vida, algo irrepetible, demasiado peligroso para repetirse, imposible de duplicar, y seguirá rebobinando y reproduciéndolo hasta que la cinta esté gastada y las imágenes sean borrosas y oscuras.
