Abro los ojos lentamente, y la leve luz del alba se cuela a través del pequeño espacio que ha dejado la persiana sin cerrar. Son las siete de la mañana, según marca el reloj que está en la mesita de noche. ¿Qué ha pasado? ¿Qué sueño ha sido este? Ha sido tan… Real. Intento despejarme, y me estiro en la cama. Se me hace un nudo en la garganta al recordarlo… Santana haciéndome el amor. Sonrío y niego a la vez, es imposible, pero en ese momento, me doy cuenta de que sí que lo es. Sus manos pasan por mi cintura, acariciando mi vientre. Miro hacia abajo y… No llevo sujetador, pero todo lo demás sigue en su sitio. Sus labios rozan mi hombro, comenzando a besarlo lentamente, sube por mi cuello, mordiéndolo y llega hasta mi oreja.
-Creí que nunca despertarías.-Dice susurrando en mi oído. Me doy la vuelta, observándola. Tiene el pelo echado a un lado, y los ojos aunque son negros, le brillan en la oscuridad.
-Yo creía que era un sueño.-Digo sonriéndole y acercándome a ella, poniendo una de mis piernas entre las suyas, para sentir su calor. Mete uno de mis mechones de pelo detrás de mi oreja, dándome un tierno y suave beso, del que tardo unos segundos en abrir los ojos, sonriendo.
-Pues no lo es, es la realidad.-Dice dejando otro corto beso sobre mis labios, que me deja una sonrisa en ellos.
-¿Y ahora qué pasa?-Le pregunto.
-Lo que tú quieras que ocurra.
-Quiero que estés a mi lado.-Le digo. Sonríe y esta vez soy yo la que la besa lentamente.-No llegamos a hacerlo.-Le digo levantando una ceja.
-No, no llegamos. No quería que si tuviéramos una primera vez, fuera así.-Dice. Miro el reloj de nuevo, y son las ocho menos cuarto. Hoy es lunes, tengo que trabajar.
-Quiero quedarme así contigo todo el tiempo posible, pero hoy tengo que trabajar.-Digo dejándole un último beso en los labios e incorporándome para salir de la cama. Me dirijo hacia mi cuarto, donde la cama está hecha. La dejaron hecha al irse, sonrío. Cojo un pantalón vaquero, pequeñas botas con un poco de tacón, y una simple camiseta negra de licra pegada al cuerpo. Lo dejo en la cama, y sus manos vuelven a agarrarme por la cintura pegándome a ella.
-Doctora Fabray, hay gente más necesitada de usted en esta casa que en ese hospital…-Dice casi suplicándome al oído. Me doy la vuelta y le sonrío, callándola con un beso.
-Hoy me apetecería que vinieras conmigo al hospital. Siempre estoy sola, hoy por lo menos tendré a alguien que no me mire mal por los pasillos.-Le digo comenzando a ponerme el pantalón vaquero. Ella frunce el ceño, sentándose a mi lado. Mi instinto natural hace que le mire los pechos, que al igual que yo, no lleva nada encima.
-Quinn, estoy aquí.-Dice levantándome la barbilla para que la mire a los ojos.
-Lo siento.-Digo mirándola a los ojos, mientras yo consigo ponerme el sujetador.
-¿Quién te mira mal? ¿Por qué iban a hacerlo?-Pregunta mirándome desde la cama, mientras yo me levanto, poniéndome bien la camiseta.
-Gente que me envidia porque tengo veintiséis años y soy superior a ellos, pero ellos tienen sesenta años y yo soy una chica cuarenta años más joven que ellos.-Digo sentándome de nuevo a su lado. Ahora es ella la que se levanta para vestirse. Se pone unos pantalones negros, una camisa blanca remangada hasta los codos y se deja caer el pelo rizado sobre uno de sus hombros. Nos dirigimos a la cocina, y allí le preparo un café también a ella. Me mira desde la puerta, mientras yo pongo el café en dos tazas.
-¿Te han dicho alguna vez que eres perfecta?-Dice con un semblante serio.
-No.-Digo tendiéndole la taza de café, de la que da un sorbo y vuelve a dejarla en la mesa. Me siento en el filo de la mesa, cogiendo la taza de café con las dos manos. Ella se planta delante de mí y me la quita de las manos, dejándola en la mesa.
-Pues eres perfecta, para mí lo eres. Si el mundo no quiere disfrutarte como lo voy a hacer yo a partir de ahora, allá él. Pero yo necesito que lo creas, y cada día que me levante a tu lado en esta casa, cada mañana, te diré lo perfecta que eres.-Y acto seguido, me agarra por la nuca para volver a besarme.
Llegamos al despacho del hospital, donde vuelvo a ponerme la bata de color blanco que a tantos asusta. Santana da vueltas por el despacho, mirando los dibujos de los pequeños que vienen a la consulta que están colgados por toda la estancia.
-¿También eres pediatra?
-Soy doctora. La doctora Fabray.
-Quizá suene obsceno y poco apropiado estando delante de estos dibujos de niños pero… A mí la doctora Fabray me pone. –Dice dándose la vuelta hacia mí. Río mientras coloco algunos papeles sobre la mesa, ordenando informes que no tienen nada que ver con la pediatría. Me acerco a ella, la cojo del cuello y la beso por última vez antes de que comiencen las consultas.
-No sólo vas a ser tú la que vaya a por mí. –Digo yendo hacia el sillón del despacho y sentándome, y poniendo una silla para que ella se siente a mi lado. –Y ahora, comienzan las consultas. –Digo mirándola y besándola por última vez.
-Espera, ¿voy a estar aquí?
-Eres mi nueva ayudante en prácticas. –Digo haciendo que pase la primera consulta. Ella se cruza de piernas y pone las manos en la rodilla. Un pequeño rubio de ojos azules entra por la puerta corriendo, y su madre va detrás de él intentando pararlo.
-¡Dotoda Fabay! –Dice el pequeño viniendo hacia mí, enganchándose a mi cuello y abrazándome.
-¡Jason! Creces demasiado rápido, a este paso la semana que viene no podrás pasar de esa puerta. –Digo revolviéndole el pelo y dejándolo ir con su madre.
-Lo siento doctora, es que…
-No, no importa. –Digo sonriendo y volviendo a acercarme a la mesa. Miro a Santana de refilón, que me mira anonadada desde la esquina. –A ver, qué le pasa al rubio esta semana.
-Verá doctora, esta semana le han salido unas heridas en la comisura de los labios. –Dice. Frunzo el ceño.
-A ver, pequeño, ven aquí. –Digo pidiéndole que se siente en mi regazo. El niño obedece y se sube en mi regazo. –Abre la boca, Jason. –Jason obedece y abre la pequeña boca. –Señora, ¿usted nunca ha tenido algo llamado "boqueras"? –Le pregunto, ella niega. –Verá, es algo muy común en todo el mundo, pequeños y mayores. –Concluyo. De un cajón saco un poco de cacao con sabor a melón, echándoselo al pequeño en la comisura de sus labios.
-¡Ta güeno! –Dice relamiéndose y bajando de mi regazo. –Ered muy bapa.
-Gracias, Jason. –Digo sonriendo. –Se quita solo en una semana o quizás un poco más, pero no es nada grave. –Le respondo. Ella asiente, y me da las gracias. –Toma Jason, de manzana. –Digo dándole una piruleta. El niño corre fuera de la consulta y su madre tras él, dándome las gracias de nuevo.
Las consultas pasan rápido, y la mañana se hace corta. Niños pequeños, bebés, adolescentes en efervescencia que me piden consejos sexuales, algo que hasta a mí me choca, y mientras, Santana sentada ahí detrás, observándome.
-Doctora Fabray, quiero yo no quiero piruleta, quiero un besito. –Dice sentándose en mi regazo poniendo voz de niña pequeña. Me parece tan tierna, tan adorable, que cojo su cara con una sola mano, acercándola a mí para besarla lentamente y sonreír mientras lo hago.
-¿No has pensado alguna vez en quitarlo todo de la mesa y hacer el amor ahí?-Me pregunta sonriendo.
-Desde que te conozco a ti sí. –Le doy un último beso antes de levantarme y quitarme aquella bata, que dejo de nuevo en el perchero del despacho. Antes de salir, tocan a la puerta, sin mucha fuerza, muy débil. La abro, y una pequeña niña con un gorro en la cabeza y un frío pijama del hospital aparecen tras ella. Emily. Me pongo de rodillas ante ella, haciendo que venga hacia mí a abrazarme. Santana me mira desde el escritorio, apoyada en él, sonriendo.
-Te echaba de menos, Quinn. –Dice la pequeña al abrazarme. Me aparto de ella para observarla mejor, no tiene el mejor aspecto, pero para mí es preciosa.
-Puedes venir a verme cuando quieras, Emily. –Digo dejando un beso en su frente. Aunque su leucemia y todo vaya en su contra, ella es más fuerte que yo y cualquier persona mayor. Sin embargo, yo estoy mal porque unas cuantas personas dicen idioteces a mis espaldas y ella tiene diez años, tiene leucemia y sonríe porque aún vive. Veo que lleva un gorro puesto, y se lo quito. –Emily… Te he dicho que estás preciosa sin este gorro. Eres preciosa. –Digo sonriéndole y besando su cabeza. La cojo en brazos y la pongo encima del escritorio, al lado de donde está Santana.
-¿Y ella quién es? –Pregunta mirándola.
-Si te cuento esto, prométeme que no se lo dirás a nadie. –Digo cogiéndola de los hombros.
-¿Es tu novia? –Dice mirándola y examinando cada parte de ella.
-Sí, se llama San… ¿Santana? –Digo mirándola. Tiene lágrimas en los ojos y está llorando. -¿Estás llorando?
-¿Te acabas de dar cuenta? Llevo así toda la mañana, Quinn. Me he emocionado. –Dice secándose los ojos con un pañuelo. Me quedo sorprendida al verla llorar por el simple hecho de estar tratando con niños.
-Eres muy guapa, Santana. –Dice dirigiéndose a ella, moviendo las piernas encima del escritorio. –Pero te advierto una cosa, haz feliz a Quinn. –Le dice a Santana. La miro, y no sabe reaccionar ante eso.
-Quiero una hija como tú. –Dice sentándose en el escritorio al lado de Emily.
-Bueno y… ¿Cómo os conocisteis? –Pregunta curiosa mirándome a mí.
-Me despertó de un coma profundo. –Dice Santana mirándola.
-¡Santana!
-Quinn, es verdad. –Me dice Santana.
-Quinn tiene ese poder, hay días que si la veo estoy muchísimo mejor. –Dice Emily cruzándose de brazos, mirándome a mí. Santana adopta la misma postura, y las dos me miran. –Si fuera mayor me casaría con ella.
-No te pases, pequeña energúmena, antes va esta morena. –Dicen sin perder la postura que han adoptado.
-¿Os estáis escuchando?-Pregunto perpleja ante sus comentarios.
-Bueno, me voy. Zack me estará buscando, y como no me encuentre el viejo cascarrabias del doctor Parker irá a matarlo, y luego, sin ninguna razón te matará a ti, como siempre. –Dice bajándose del escritorio. Me acerco a ella para abrazarla, y así lo hago. –Te quiero Quinn.
-Y yo, pequeña. –Digo. Emily sale del despacho cerrando la puerta cuidadosamente, y dejándonos solas de nuevo.
-Me han dado ganas de tener pene y hacerte un hijo. –Dice Santana con la boca abierta. –Es más, voy a intentar hacerte un hijo sin tenerlo. Dice acercándose a mí.
-¿No ibas a esperar?
-No, he dicho que tenía que ser especial, no que tendríamos que esperar.
