Capitulo Séptimo: Crónicas de una vida desviada.

Cuando el elfo despertó, ya era casi de noche. La primera visión que tuvo nunca la podrá borrar de su memoria, vio a un muchacho que aún seguía de rodillas, con la varita en una mano, y sosteniéndose la cabeza con la otra, realizando movimientos compulsivos y balbuceando cosas inteligibles.

Como si se tratase de un padre que cuida a un niño pequeño, lo levantó y lo llevó hasta el viejo dormitorio de Sirius, lo acostó y arropó. Dobby, con una última mirada de lastima y preocupación, sobre el cuerpo de su gran héroe, Harry Potter, desapareció con un sonoro CRACK.

Harry despertó al día siguiente cerca del mediodía, la cabeza le estallaba de dolor. Poco a poco los sucesos del día anterior le fueron llegando a la conciencia y un odio profundo traspaso su ser como fuego que quema un alma pura.

Se levantó de la cama, se colocó sus lentes, y con determinación salió del número 12 de Grimmauld Place.

Era un día nublado, pronto llovería, los relámpagos ya se podían apreciar en el firmamento. Empezó a caminar con un rumbo claro, el Callejón Diagon. Tardo tiempo en encontrar un taxi, y una leve llovizna ya había comenzado a caer.

Se apeó del taxi en la entrada del Caldero Chorreante, se colocó la capucha de su túnica para evitar ser reconocido, y entró. Todo estaba cambiado, el lugar estaba en penumbras, no estaba atestado de clientes como él lo recordaba, solo había algún que otro mago tomando whisky de fuego, en esquinas oscuras.

Apretó firmemente su varita dentro de su túnica, y salió al patio trasero para encontrarse con la pared que daba acceso al callejón Diagon, tocó los ladrillos tal como vio hacerlo a Hagrid en su primer curso, y a la vista le apareció un panorama devastador. La mayoría de los negocios estaban cerrados, muchos de ellos con las vidrieras destrozadas. Se aseguró que la capucha le cubriera bien el rostro, y se dirigió a su destino. En cada paso que daba, mas desolador era el paisaje, se podía observar las paredes empapeladas con carteles de BUSCADOS, mirará donde mirara, veía fotos de los Lestrange, de Lucius Malfoy, Avery, los Carrow, Dolohov, Macnair, Yaxley, inclusive había una aterradora imagen de Fenrir Greyback.

Apuró el paso hasta que se encontró con un imponente edificio, blanco como la nieve, que se alzaba sobre las pequeñas tiendas. Delante de las puertas de bronce pulido, con un uniforme carmesí y dorado, había dos duendes que cubrían la entrada pero no movieron ni un musculo para impedirle su paso.

Al atravesar las puertas Harry, vio aparecer frente a sus ojos un gigantesco vestíbulo con otra fila de puertas, de color plata, que tenían grabado un mensaje en letras doradas:

Entra, desconocido, pero ten cuidado

Con lo que le espera al pecado de la codicia,

Porque aquellos que cogen, pero no se lo han ganado,

Deberán pagar en cambio mucho más,

Así que si buscas por debajo de nuestro suelo

Un tesoro que nunca fue tuyo,

Ladrón, te hemos advertido, ten cuidado

De encontrar aquí algo más que un tesoro.

Otros dos duendes vigilaban la entrada al vestíbulo principal, lo miraron con aspecto huraño pero no hicieron ningún ademan de detenerlo. Harry pensó que en los tiempos que corrían muchos magos ocultaban su rostro. Quizás por su propia seguridad, o quizás para ocultar su identidad, cualquiera fuera la razón, los duendes habían decidido que esa guerra mágica no afectaría a los negocios, por lo tanto concederían ciertas libertades y reservas a sus clientes.

Dentro del edificio todo parecía continuar igual que siempre, pero se notaba que el ambiente estaba más tenso que lo habitual.

Un centenar de duendes estaban sentados en altos taburetes, detrás de un largo mostrador, escribiendo en grandes libros de cuentas, pesando monedas en balanzas de cobre y examinando piedras preciosas con lentes. Las puertas de salida del vestíbulo eran demasiadas para contarlas, y otros gnomos guiaban a la gente para entrar y salir.

Harry se acercó al mostrador e increpó al primer duende que vio.

-Me he enterado que alguien no autorizado por mí, ha tenido acceso a mis bóvedas. Quiero saber que me han sacado y como van a hacer ustedes para devolverme mis pertenencias. Y lo quiero saber ya. –Todo esto lo dijo con vos más elevada de lo normal provocando que varios magos que en ese momento eran atendidos se giraran para verle, el efecto en cadena fue inmediato, tal y como Harry lo había anticipado.

-CON RAZON ME FALTABA DINERO DE MI BOVEDA- gritó un mago bastante corpulento.

-No era que Gringotts era el lugar más seguro para nuestras pertenencias?- preguntaba una mujer en susurros bastante audibles para el resto de las personas – saben perfectamente que guardo cosas que de un importante valor.

-Están con el que NO DEBE SER NOMBRADO.- gritó otro anciano que aun aguardaba para ser atendido.

Los gritos y quejas de los clientes que había en ese momento en Gringotts se hicieron cada vez más audibles provocando que los duendes que estaban sentados sobre unos altos taburetes frente a sus mostradores se revolvieran inquietos e intentaran calmar a los clientes.

Una voz se resalto entre el resto, y se escuchó fuerte y clara.

-Les aseguro, que nadie ha tocado ninguna bóveda de Gringotts, es el lugar más seguro del mundo, nadie que no esté autorizado puede ingresar puede hacerlo y para responder al comentario del señor, - decía un duende con aspecto más imponente que el resto, mirando fijamente al anciano que los había acusado de unirse al que no debe ser nombrado- que nosotros, los duendes, no participamos en ninguna clase de guerra entre magos, nosotros sabemos cuál es nuestro lugar, porque muchos magos se han encargado de mostrárnoslo, y no del mejor modo posible.

Harry se sorprendió al ver que el duende que había instaurado nuevamente el orden era el mismo que lo había acompañado en su primera visita al banco, aunque era visible que ahora ocupaba un cargo bastante más alto.

- Griphook, entonces explícame que ha sucedido en mi cámara.

El duende se sorprendió al ver que un mago recordase un nombre de duende, al parecer no era igual a todos los demás, que los menospreciaban y les faltaba el respeto constantemente, tratándolos como simples elfos domésticos.

-Señor, ¿fue usted el que planteó el problema con su bóveda?

-Sí, así es.

-Bien, acompáñeme a mi oficina por favor. – indicó el duende haciendo una seña con su mano para darle paso a una gran oficina que tenía como título en la puerta: Administrador General de Gringotts.

Quería terminar la entrevista con Griphook rápidamente, y al mismo tiempo estaba temeroso de hacer un movimiento en falso. Mientras trataba de pensar la mejor manera de hacerle su petición, el duende rompió el silencio.

-No hay muchos magos que recuerden el nombre de un duende.

-Yo te recuerdo. – mientras hacía esta afirmación se sacó la capucha dejando su rostro al descubierto.

-Eres un mago inusual, Harry Potter.

Harry quedo descolocado ante esa afirmación.

-¿Está mal que haya recordado tu nombre Griphook?

-No, Harry Potter- dijo Griphook, y con un dedo torció su delgada barba negra sobre su barbilla-, pero eres un mago muy extraño.

-Bien -dijo Harry-, Necesito algo de ayuda, Griphook, y usted puede dármela.

El duende no dio ninguna señal de perturbarse, pero continuó con el ceño fruncido hacia Harry como si nunca hubiera visto algo como él.

-Necesito abrir una cámara de Gringotts. El contenido me pertenece, pero no tengo la llave.

¿Abrir una cámara de Gringotts? -repitió el duende, haciendo una mueca mientras se revolvía nervioso en su sillón-. Eso es imposible.

-Me falta un año para llegar a la mayoría de edad, tengo 16 años. Soy menor de edad, y por ese motivo todos mis asuntos son llevados por Albus Dumbledore, la cuestión es que me he enterado que quieren entrar a mis posesiones y revisar mi bóveda. Eso es algo que no puedo consentir. Mi padrino y por consiguiente único tutor legal era Sirius Black, que murió –al decir esto hizo una mueca, no iba a explicar todo lo relacionado con el traspaso del velo de la muerte- por lo tanto, ahora soy menor y no tengo ningún tutor legal. Dumbledore ha tomado este puesto sin consentimiento ni autorización alguna. No vengo en búsqueda de tesoros que no me pertenecen, tú debes saber que soy el único heredero.

-Si hay un mago del que creería que no busca una recompensa personal -dijo Griphook finalmente- ese serías tú, Harry Potter.

-Entonces, ¿va a ayudarme? – preguntó Harry dubitativo.

-¿que quieres de la cámara de los Black? – preguntó el duende esquivando la pregunta.

-No busco tesoros, ni oro. Solo busco un libro. -El duende giro su barba alrededor de su dedo nuevamente.

-Va contra nuestro código revelar los secretos de Gringotts. Somos los guardianes de fabulosos tesoros. Tenemos un deber con los objetos puestos bajo nuestro cuidado, el cual ha sido, muy a menudo, escrito con nuestras propias manos.

Harry se derrumbó en su sillón. Las pocas esperanzas de adquirir aquel misterioso diario se habían disipado. Hizo el ademan de levantarse.

-¿A dónde vas Harry Potter? ¿No necesitabas entrar en la cámara de los Black?.

-Pero si me dijo que no podía ayudarme, que no estabas autorizado a hablar de lo que había allí.

-Y es cierto.- el duende hizo una pausa saboreando la confusión del momento, cuando pensó que Harry no iba a aguantar más el silencio, prosiguió- Porque aun no has seguido los pasos correspondientes. Para todo problema hay una solución Harry Potter.

El duende se levantó de su sillón y reviso la biblioteca que ocupaba una pared entera, había gruesos libros ocupando sus estantes.

-Déjame ver.. por aquí debería estar. – siguió revolviendo mas estantes hasta que sacó un grueso libro de color marrón.- si, este es. – Griphook apoyo el libro en la mesa y Harry pudo leer el titulo.

"Caminos legales para magos menores de edad".

-Por aquí…¡Sí, aquí está! Página 854 "Herencias de menores de edad".

El duende se aclaró la garganta y leyó en voz alta.

-Herencia. : Para que los herederos puedan apropiarse de los bienes que componen la herencia del difunto, deben dar antes un paso fundamental: aceptar la herencia.

La aceptación es una declaración por la que el sucesor manifiesta su deseo de convertirse en heredero del fallecido. Puede realizarse de la siguiente manera:

De forma expresa, tanto en documento privado como mediante pacto mágico frente a un miembro de la institución correspondiente. Sin embargo, esta última forma resulta obligatoria cuando queremos, por ejemplo, vender a un tercero la vivienda que estamos heredando.
En tal caso, deberemos otorgar primero la escritura mágica, sellada correspondientemente por Gringotts o por el Ministerio de Magia. (Para que la vivienda pase oficialmente a nuestra propiedad) y después, la escritura de venta de la vivienda. Aunque ambas escrituras pueden otorgarse consecutivamente e incluso ante el mismo notario (Duende de Gringotts o personal autorizado del ministerio) y el mismo día, son en todo caso actos distintos e independientes, y la razón de ello es clara: no podemos transmitir lo que aún no es nuestro.

Una vez que el beneficiario de una herencia la acepta, se convierte oficialmente en heredero y se sitúa en la posición del difunto respecto a la titularidad de sus bienes y derechos.

El duende hizo una pausa para tomar aire.

Harry tenía todas sus neuronas tratando de encontrar cual es el resquicio para poder ganarle al sistema.

-Bien, ahora esto es lo mas importante, así que preste atención Harry Potter. – el moreno solo asintió.

En las herencias para menores, lo más habitual es que uno de los padres o los dos sean los que se encarguen de la misma, convirtiéndose así en los representantes legales de los menores. Esto les autoriza a administrar sus bienes hasta que alcancen la mayoría de edad. Si el fallecido designa en su testamento a otra persona distinta de los progenitores, como tutor del menor para gestionar su herencia, será éste quien le represente legalmente hasta que sea mayor de edad.

-Bien, en caso de la bóveda Potter, su padre, el señor James Potter, designó como representante legal al señor Albus Dumbledore. Pero en la bóveda Black, te designaron directamente a ti, - el duende hizo una pausa, saboreando la inquietud de Harry.- Sigamos con la lectura. En caso que no haya sido designado un tutor para la herencia, y el beneficiario al momento del fallecimiento del causante es aún menor, en ese caso se deberá esperar hasta que cumpla los 17 años de edad.

-Pero entonces, tengo q esperar, no puedo hacerme cargo de la bóveda Black ya mismo. Y esto nunca se utiliza, pero está en el código, así que es legal. – acotó Harry confundido.

El duende le mostro una sonrisa torcida y siguió leyendo.

-En el caso que el menor solicite expresamente hacerse cargo de la herencia de manera inmediata y por motivos de causa mayor, (vivir en la indigencia, oro destinado para salud) existirá la opción de emancipar al menor, este trámite puede ser realizado por un representante del Ministerio de Magia o por un duende de Gringotts con conocimiento de la herencia.

-¡Excelente! Entonces tu puedes emanciparme Griphook. De esa manera podré hacerme cargo de la herencia. – Harry tenía una sonrisa de oreja a oreja.

El duende lo miró aún con esa sonrisa torcida en los labios.

-Resulta señor Potter, que usted no vive en la indigencia, y no quiere retirar dinero por problemas con su salud.

La sonrisa de Harry flaqueó.

-Mis motivos no puedo revelarlos, pero sabe quién soy yo. Sabe que tengo q hacer y contra quien tengo q hacerlo. Piense de esta manera Griphook, si yo tengo acceso a la cuenta, y puedo conseguir lo que vengo a buscar, y logro vencer a Voldemort – el duende no se inmutó al oír este nombre- sus negocios mejorarán, los clientes se animarán a salir a la calle, a extraer dinero, depositar pertenencias..- Harry paró de hablar. El duende lo miraba aburrido, y no hizo ningún gesto admitiendo o rechazando la idea.

-También.., puedo devolverle lo que le pertenece a su raza… – dijo Harry de manera casual. La respuesta de Griphook fue inmediata, se enderezo en su sillón, entrecerró los ojos y miro fijamente a Harry. Tenía toda su atención.

-¿A qué se refiere exactamente Harry Potter? – el tono de voz inclusive ahora era mucho más pausado, media sus palabras.

-Sé que muchos magos, adquieren pertenencias de duendes, por todos los beneficios y habilidades que estos productos tienen. Espadas, armaduras, cofres. Una vez utilizados y muerto el comprador, no lo devuelven a los duendes COMO DEBERIA SER, sino que simplemente lo dan a sus descendientes. – Harry se había expresado de manera impecable

-Es usted muy inteligente señor Potter. Es exactamente lo que los duendes planteamos hace años. Y exactamente, ¿de cuantas reliquias de duendes estaríamos hablando.?

-Griphook, esa pregunta me toma por sorpresa, pero digamos, que si yo puedo entrar a la bóveda Black el día de hoy. Usted será beneficiario de 5 objetos labrados por duendes que se encuentren en la cámara Black. Por supuesto, a su elección.

Los ojos del duende brillaron de codicia.

-Señor Potter, usted tiene un trato. Ahora debo hacer papelearía, tardaré aproximadamente 30 minutos, aguarde aquí por favor.

Harry asintió levemente y aguardó. No habían pasado ni 10 minutos cuando el duende volvió con una gruesa carpeta con papeles de formularios.

-¿Esta seguro que quiere proceder? Recuerde que a partir de este momento nadie podrá responder por usted, deberá entender que ahora tendrá derechos pero también obligaciones que cumplir.

-Deseo hacerme cargo de mi vida desde hace tiempo, éste es un buen primer paso.

-Me parece que está empezando a tomar las riendas de su vida. Eso habla bien de usted. Quedarse quieto en momentos de apuros, no es para seres inteligentes.

Harry se tomó unos momentos haciendo un análisis más amplio de lo que le acababa de decir el duende.

-Sí, creo que por fin ahora me toca a mí. - Repuso, con una sonrisa torcida.

Por aquel entonces, Harry Potter desconocía el efecto de su sonrisa. Era ingenua a fuerza de no querer ser amenazadora. Sonreía como si se tratara de una broma que solo él hubiera sabido apreciar; pero como solo lo hacía de aquella manera en asuntos de vida o muerte, cuando nadie pensaba en bromas, y manteniendo sus ojos al margen de la sonrisa, todo ello se añadía a su carácter habitualmente razonable y tranquilo para convertir aquella sonrisa en algo terriblemente siniestro para los demás.

Griphook observó a Harry de manera diferente, como alguien que evalúa realmente a una persona por primera vez. Notaba algo diferente, no podía precisar qué exactamente. Pero había algo distinto en el joven mago.

El duende salió de sus cavilaciones cerrando la carpeta que tenia frente a sus ojos, con todos los papeles ya en orden.

-Bien Harry Potter, ahora acompáñeme. Retomaré mi viejo puesto por unos momentos, y lo acompañaré a la bóveda de la Familia Black.

Griphook abrió una pequeña puerta. Harry, que había esperado más mármoles, se sorprendió. Estaban en un estrecho pasillo de piedra, iluminado con antorchas. Se inclinaba hacia abajo y había unos raíles en el suelo. Griphook silbó y un pequeño carro llegó rápidamente por los raíles. Subieron y se pusieron en marcha.

Al principio fueron rápidamente a través de un laberinto de retorcidos pasillos. Harry trató de recordar, izquierda, derecha, derecha, izquierda, una bifurcación, derecha, izquierda, pero era imposible. El veloz carro parecía conocer su camino, porque Griphook no lo dirigía.

A Harry le escocían los ojos de las ráfagas de aire frío, pero los mantuvo muy abiertos. En una ocasión, le pareció ver un estallido de fuego al final del pasillo y se dio la vuelta para ver si era un dragón, pero era demasiado tarde. Iban cada vez más abajo, pasando por un lago subterráneo en el que había gruesas estalactitas y estalagmitas saliendo del techo y del suelo.

Fueron más abajo y a mayor velocidad. El aire se volvió cada vez más frío, mientras doblaban por estrechos recodos. Llegaron entre sacudidas al otro lado de una hondonada subterránea, y Harry se inclinó hacia un lado para ver qué había en el fondo oscuro, pero no pudo distinguir nada.

Por fin se detuvo, y mago y duende bajaron rápidamente del carro.

- Estas cámaras son de las primeras que existieron en Gringotts. – comentó Griphook al bajar del carro.- Es la cámara numero 17.

—Un paso atrás —dijo Griphook, dándose importancia. Tocó la puerta con uno de sus largos dedos y ésta desapareció—. Si alguien que no sea un gnomo de Gringotts lo intenta, será succionado por la puerta y quedará atrapado —añadió.

— ¿Cada cuánto tiempo comprueban que no se haya quedado nadie dentro? —quiso saber Harry.

—Más o menos cada diez años —dijo Griphook, con una sonrisa maligna.-Adelante Harry Potter, único heredero de la Familia Black. Aquí están sus pertenencias.

Con un movimiento de su mano, el duende encendió las antorchas que había colgadas a lo largo de las paredes.

La vista era impresionante. Era del tamaño del comedor de Hogwarts. Montañas de oro inundaban la sala. Cofres con coronas, Galeones, diamantes. Simplemente increíble, nunca se imagino que una familia pudiera tener tantas riquezas.

-Lo espero afuera Harry Potter.

Harry entró en la sala, ignorando al duende. Paseo entre montañas de oro, observándolo todo. Tenía muy en claro lo que buscaba. Llegó a una esquina de la sala, que estaba menos iluminada. No había tesoros en ese sector, solo una pequeña mesita de madera, con un cofre negro sobre ella.

Harry se quedó mirando el cofre de manera detenida, sabía que estaba allí, sabía que lo que buscaba se encontraba dentro de ese pequeño cofre.

Se acercó lentamente. El pulso le temblaba. Estiró la mano hasta tocar el cofre, estaba helado. Retiró la mano rápidamente. No sabía que hacer. Por un lado tenía al alcance de su mano el poder que necesitaba para poder vencer a Voldemort, para poder vivir en paz al fin. Los secretos que Dumbledore quería ocultarle. Pero por otro lado, siempre había confiado en el criterio de su director, luego de tomar ese diario, no habría vuelta atrás. ¿Sería capaz de controlarse? ¿No lo consumirían las ansias de poder?

-Pues lo veremos, porque pienso recuperar a mi padrino antes de fin de año. – y con la imagen de Sirius en su mente, Harry Potter dio uno de los pasos más importantes de su vida y tomó el cofre.

Lo abrió lentamente, encontró un pequeño diario, bastante viejo y desgastado. Tenía bastante polvo acumulado en su tapa. Lo limpio con la manga de su túnica. No tenía titulo.

Abrió el diario, estaba escrito con una letra pequeña y cursiva, leyó la primera página.

"Cronicas de una vida desviada."

Mis memorias, por Gellert Grindelwald