Capítulo VII
Edward
Me encontré a Bella, tiritando del frio. Su piel casi se comparaba a mi helada piel. Dormida en la mecedora, en la intemperie de la noche en su balcón.
La cogí en mis brazos, envuelta en mi saco. La acosté en su cama, cubriéndola con varias frazadas.
Cuando la mire, tenía esos hermosos ojos abiertos, rojos llenos de lágrimas.
Me tomo del cuello, y lo llevo hasta hundir su rostro en mi pecho.
Lloro desesperadamente, mi corazón se contrajo de dolor. La estreche entre mis brazos, con fuerza.
Verla destrozada era mi castigo. Ella no tenía idea el dolor insoportable que me causaba verla así. No sabía cómo calmar ese llanto.
Ella me apretaba con fuerza, como si algo le causara un horrible dolor físico.
-Bella, por favor, detente – no hice más que aumentar su llanto.
-Por favor, por favor Edward – dijo entre su sollozo. Me estremecí del sufrimiento que ella me causaba. Unas primeras lágrimas desbordaron de mis ojos.
Era la primera vez que lloraba, como evitarlo. Si tenía a mi ángel cayéndose en lágrimas en mis brazos.
La abrace con fuerza, para ser su que se detuviera.
Lloro hasta quedar dormida y cansada. Sentí su cuerpo más caliente de lo habitual.
Me saque mi camisa, la apoye en mi pecho. Para que el frio de mi cuerpo disminuyera la fiebre.
Ver a Bella en esas condiciones hacia que deseara…llevármela lejos, sin importar su decisión. Era evidente que ella no podía seguir aquí. Sufriendo.
Esa noche no me separe de ella, hasta que el reloj marco las 7 y 30. Pude oír el silencio que habitaba en su casa.
Me escabullí fuera del cuarto, por el balcón. La criada fue a despertar a Bella. La vio durmiendo, se acerco y se fue.
Volví a su lado, pero era inútil, la fiebre no bajaba.
-Edward, Edward – susurro en sueños. Me sentí feliz que yo lo habitaba.
-Estoy aquí – dije para tranquilizarla.
-No, no – volvió a decir. Pero esta vez, lagrimas desbordaban de sus ojos, aun cerrados.
Cada gota que ella derramaba, era como una puñalada en mi corazón.
Amaba a Bella, de lo más profundo de mi alma. Y era lo peor no poder hacer desaparecer todo su dolor y preocupaciones. Ella volvió a caer en la profundidad de sus sueños.
El reloj marco las 10 de la mañana, la criada vino tres veces a ver como se encontraba.
La abrace para que no se asustara, mi ángel se despertó sobresaltada, con sudor en la frente.
-Tranquila, estoy aquí – dije sin permitir que se levantara.
-¿Qué hora es? – dijo tocándose su frente. Con una expresión de dolor.
-Las 10
-Pero…
-Estas con fiebre aun, no iras en ese estado. Quédate aquí – me escondí, al oír acercarse a alguien.
Su madre entro sin tocar, preocupada a la habitación.
-Hija Catalina dijo que estas enferma. Ya viene el médico en camino.
-No es nada madre – dijo, apenas podía hablar.
-¿Qué ocurrió con el "Hijo de papa"? – pregunto, entristeciéndose.
-Ira a la hoguera cuando el reloj marque las 1 de la tarde, en la plaza central – le respondió su madre.
-¿Cómo puede ser tan cruel? – dijo mi Ángel alterándose de nuevo.
-Perdóname, es mi culpa, por haber escogido mal.
Ambas lloraron, abrazadas. No soporte tanto dolor. Me marche para despejarme.
Fui a buscar alguna víctima, al plena luz, necesitaba calmar el dolor que traía. Me escabullí a una casa con dos mujeres bordando.
Descuartice a una y le corte la lengua, para que no gritara. Deseaba transmitir todo mi dolor a alguien más.
Hundí mi puño en su abdomen, aun consiente, hasta que se desmayo del dolor. Bebí su sangre hasta que su corazón diera el último latido.
La otra mujer, que la sostenía del cuello, solo corte su yugular y la seque.
Pensé que eso me calmaría, pero me encontraba peor.
Isabella
Como podría condenar a su propia sangre, su hijo. Nunca creí que mi padre fuera un hombre fiel.
El dolor de cabeza no pasaba, pero la fiebre bajo. Pero me obligaron a quedarme en cama.
Mi padre era n monstro y lo acaba de confirmar.
A pesar de que apenas tenía fuerza, baje a hablar con mi hermana. Seguía siendo mi sangre, y no iba a darle la espalda.
-Hermana – casi en susurro. La vi sentada en la sala, mirando por la ventana.
-¿Qué haces levantada? – se acerco, ayudándome a sentarme.
-Por favor, dime que ya le quitaste esa idea de la cabeza – sus ojos se llenaron de lagrimas.
-Entiende, debe tapar el escándalo, y que mejor que casar a la mayor con un duque.
-¿Pero lo conoces?
-Sí, es un amigo de papa, son casi de la misma edad – se quebró en mis brazos.
-Debe haber alguna manera de impedirlo.
-No la hay, ve a tu cuarto.
Pero fue tarde, trate de apurarme para que el no me viera.
Sentí el portazo, pero me vio en la sala con Elizabeth.
-¿Qué haces aquí? ¿Por qué no estás en el instituto? – grito al verme, vino directo hacia mí.
-¡Está enferma papa! – se interpuso en su camino mi hermana, pero él la quito a golpes.
-A ti no te pregunte – me puse delante de mi padre, para que el golpe fuera para mí y no para ella.
Me arrastro hasta la entrada de los cabellos. Sentí mi sangre correr por mi labio. Me soltó. Subí corriendo a mi habitación.
Deseaba muerto a ese hombre, que no era mi padre. Un padre no hace lo que él hizo.
Grite con todas mis fuerzas, hasta que mi garganta doliera. Puse mi boca contra una almohada.
Necesitaba a Edward.
No baje a almorzar. Catalina me trajo la comida, pero no hice bocado. Apenas tome un vaso de leche, lo demás se lo di a "Paty".
Me detuve frente al espejo, vi a una niña destruida, sin sueños ni anhelos.
-¿Dónde estás Edward? – grite desde el balcón.
Edward
Tuve la necesidad de ir al encuentro con mi Ángel. Llegué a su casa en minutos, entre por el balcón.
Me estremecí al verla. Un Ángel no debe sufrir.
Al darse cuenta de mi presencia, vino corriendo a mis brazos.
Me dio un beso lleno de dolor y odio. Sentí con la fuerza que me abrazaba ¿tanto dolor había en esa pequeña tan frágil?
No pude evitarlo, la bese hasta que mis lágrimas desbordaban por mis mejillas. La boca se me lleno de ponzoña, al saborear rastro de su sangre en sus labios.
Pero no pensé en su sangre.
-Bella, te lo suplico, te lo suplico – pedí, mientras daba paso a que respirara. Ella no contesto y continúo besándome, con furia y desenfreno.
-Llévame contigo, por favor – suplico entre lagrimas – Edward – mi corazón endurecía por el dolor de sus palabras.
-No sabes el dolor que llevo dentro de mi corazón, al verte, mi amor – ella me miro con esos ojos verdes, rojos e hinchados.
-¿Siempre estarás conmigo? – pregunto.
-Hasta que tu corazón deje de latir – conteste.
La envolví en mis brazos con fuerza, limitando no causarle dolor.
Ella me dio un suave beso, mi garganta ardió, al recordar el gusto de su sangre.
Pero su beso fue más tranquilizador.
