Dos días desde el funeral y la tormenta no amainaba. Era cosa de locos, pensó con cierta ironía, que la partida de Candice hubiera estado tan perfectamente orquestada por la Providencia. Recordó las palabras de William, aquéllas pronunciadas más de una vez tras el descalabro financiero que requirió tantas mañas de la familia Ardley en conjunto para salir a flote. Él solía decir que Candice conspiraba con el cielo, y que nada ni nadie podría superarla nunca en lo que a eso se refería.
Recordó a William. El brillo en sus ojos: un resplandor que decía a las claras que, si de un complot del cielo se trataba, él estaba totalmente dispuesto a ser la víctima. Incluso, era obvio para todos, que al presidente de los Ardley no le importaba el origen de tal complot; bien podía ser el mismísimo infierno trabajando para su ruina que a él no le preocupaba en lo más mínimo: tenía a Candice a su lado, y eso, en sí mismo, bastaba para conjurar la desgracia. Sir Huge, mejor que ninguno, comprendía la adoración que William dispensaba a su esposa. Y tal comprensión, unida al inesperado amor que le llevó a solicitar la mano de Elisa Leegan, había sido la base de una hermandad sólida como el acero entre ambos hombres.
Curiosamente, el primer acercamiento que Sir Huge tuvo con el presidente de los Ardley fue tremendamente casual; tanto, que él no supo que había trabado conversación con uno de los hombres más ricos de América. La culpa había sido, por supuesto, de Candice, puesto que en aquélla ocasión había sonsacado a su esposo para acudir a un recital organizado por Colors & Friends, una pequeña fundación dedicada a combatir la explotación infantil en Chicago. Aquella noche, la distinguida pareja tomó en sus capaces manos la misión de recaudar fondos entre los invitados y William, apoyado con el irresistible sentido del humor de Candice, había conseguido de Sir Huge la promesa de financiar la construcción de una escuela en uno de los barrios más pobres de la ciudad.
Con una sonrisa, Sir Huge comentó sinceramente a Candice que se le daban bien las negociaciones y le preguntó si no había intentado nunca explorar el ramo comercial. William contestó, todo orgullo y cortesía, que si bien su esposa se limitaba a fungir como su asesora personal, él si tenía algunos negocios en puerta y, casualmente, andaba en busca de inversionistas serios.
Animado por la confianza que la pareja le inspiraba, y a sabiendas de que necesitaba empezar a conocer las posibilidades que ofrecía su nuevo hogar, Sir Huge memorizó la dirección de las oficinas de William y quedó de entrevistarse con él a la mañana siguiente. Él no lo sabía entonces; pero aquella noche había nacido la Western Oil Research & Trend Society, la compañía que tantas satisfacciones personales le daría y que sería, sorprendentemente, una de las anclas que permitieron sobrevivir a las empresas Ardley durante la turbulenta época financiera que se desataría en las siguientes décadas.
Sir Huge se presentó puntualmente a la entrevista acordada y, al llegar, descubrió que se encontraba en la oficina sede de las empresas Ardley. Aún confundido, presentó la tarjeta de visita, y le sorprendió ser encaminado directamente al penthouse. Sir Huge recordaba que, si bien se había sorprendido inmensamente al descubrir la identidad de William, la mayor sorpresa se la había dado el ambiente que impregnaba su salón privado, un lugar privilegiado que, acaso, conocerían poco menos de una docena de personas mientras William vivió.
La estancia reflejaba, peculiarmente y sin disimulo, la sencillez y los afectos de su propietario: un retrato campestre al óleo de Candice, engalanada con el tartán propio de la familia, dominaba la pared contigua a la puerta. Junto a la ventana que daba a la calle, podía atisbarse, en un gran macetero labrado, un rosal de un blanco níveo cuyo perfume inundaba la habitación: eran las Dulce Candy, la variedad que, según comentara William, había sido obsequiada a Candice por su sobrino Anthony, fallecido en un trágico accidente ecuestre hacía más de una década. El librero, que abarcaba toda una pared, evidenciaba el sentido gusto del presidente Ardley por la cultura y, un sinnúmero de raros y finos objetos traídos de sabrá el buen Dios qué lugares, sugería que le fascinaba aventurarse en territorios desconocidos. Por si no fuera suficiente, también había una colección de retratos de los más singulares personajes: desde gente común, granjeros, obreros, trabajadores de las numerosas empresas Ardley, socios y miembros de la familia tanto en América como en el resto del mundo; todas ellas sugiriendo alguna anécdota particularmente digna de mencionar.
Sir Huge calibró a la perfección la extraordinaria personalidad del hombre al frente de uno de los imperios financieros más importante en América y el continente. Se sintió genuinamente cautivado por su sencillez, de la cual ya había tenido el mejor ejemplo en el evento de Colors & Friends; y por su inquebrantable lealtad, patente en el amor que profesaba a su esposa y la importancia que daba a la gente bajo su mando. Años después, en el funeral de su mejor amigo, casi un hermano para él, Huge proclamaría que William poseía el don divino de amar a las personas por sobre cualquier cosa. Si existió alguna vez un hombre que convirtiera una sociedad económica, una empresa o cualquier otro tipo de inversión en una familia, ese fue William Albert Ardley, ningún otro poseyó nunca esa humanidad, y él había sido afortunado por contar con su amistad.
Sir Huge se desperezó en la amplia cama del dormitorio principal. Sabía que debían ser más de las nueve de la mañana, aunque la luz de sol apenas si era notable. La condenada lluvia no parecía querer retirarse. Él dudaba que el cielo estuviera llorando de tristeza por la partida de Candice, como habían sugerido algunos miembros de la familia; más bien, se le antojaba que era alegría desbordada la que existía ahora en ese lugar. Al menos, para William así sería. Diecinueve años de espera eran demasiados. Sir Huge sonrió al imaginar la cariñosa discusión que tendría lugar en el cielo y no dudó en proclamar triunfadora a Candice: sencillamente William no tendría ninguna oportunidad, aunque tampoco la pediría. Él era así: siempre dispuesto a tomar lo mejor del momento, sobre todo si de Candice se trataba.
La mirada de Sir Huge se dirigió al lado izquierdo de la amplia cama con dosel. Notó que Lisa aún dormía profundamente, lo cual no le extrañaba, puesto que había estado despierta la mayor parte de la noche debido a la tormenta. Se preguntó, no sin cierta tristeza, hasta cuándo su esposa iba a dejar traslucir su dolor. El sabía que era pedir demasiado a Lisa, y lo aceptaba; aunque su silencio le corroía el alma. Siempre había sido así; desde el instante que la conociera: su silencio, lo que ella no decía a ninguno, era lo que lo había cautivado irremediablemente, atándole a ella de una manera que ni siquiera imaginaba que pudiera existir.
Sir Huge pensó en la esposa de William, tan diferente a Lisa y, sin embargo, tan parecida en lo que a ocultar su alma se refería. Candice White Ardley siempre le pareció una esmeralda de primera calidad: toda brillo, luz, transparencia y valor, pero con una coraza difícil de penetrar, puesto que quién la conocía no imaginaba que hubiera nada oculto. Lisa era lo contrario; apenas un guijarro: opacidad, oscuridad, turbulencia y cobardía que, al común del mundo, no le interesaba explorar. El creía que, debido a eso, ambas mujeres, una vez superadas sus diferencias más ásperas, habían conseguido forjar un lazo indestructible: se necesitaban la una a la otra para sobrevivir en medio de un ambiente que les desconcertaba por igual, a la vez que cada una concentraba la atención de todos sobre la otra.
Lisa había necesitado a Candice para proclamar su superioridad, para tener una persona a quien humillar sin encontrar resistencia, para remarcar la enorme diferencia cultural y social que existía entre ellas; en suma: para sentirse segura. Candice necesitó a Lisa por una razón similar: para jamás olvidar quién era y para confirmar que su visión de los Ardley era la correcta. Lisa representó para Candice la prueba de toda una vida y, como sólo Huge lo comprendió, también le representó la posibilidad de aprender a ser la mujer que William y los Ardley necesitaban. Ambas fueron siempre el espejo de la otra; un espejo que, bien lo sabía Huge, no les proporcionaba ninguna felicidad contemplar.
La relación de Candice y Lisa fue tan complicada como sencilla fue la de Huge con William y, en más de una ocasión, ambos hombres conversaron respecto a la pertinaz lucha que se desarrollaba frente a ellos. Huge era leal a William y apreciaba a Candice, pero amaba a Lisa; así que, algunas veces, tuvo que hacer uso de la sinceridad para calmar el justificado disgusto de William ante los acontecimientos. Sorprendentemente, el respectivo amor que ambos sentían por sus esposas mantuvo las relaciones del lado positivo, pese a los desencuentros que existieron periódicamente entre Candice y Lisa.
No que era que Huge estuviera del lado de su esposa siempre, sino que era consciente de la importancia que Lisa le daba a la opinión de Candice, pese a sus continuos esfuerzos por disimularlo. Huge se convirtió, por amor, en la voz que Lisa nunca utilizaría. Él se había quedado a su lado para ayudarla a luchar contra el silencio y pasaría el resto de su vida consagrado a cumplir esa promesa que sólo él conocía.
Candice, reconoció Huge, era muy parecida a él en ese aspecto: ella también tuvo una promesa secreta que cumplir por amor. La promesa que le ató al mundo, por casi dos décadas más, antes de emprender el viaje hacia la eternidad para reunirse con William; ya que, tras la muerte inesperada de éste, Candice se transformó, para todos los Ardley y sus socios, en el alma, la voz, y la fuerza que evitaron el desastre y protegieron con mano de hierro todo cuanto William se encargó de construir.
La pasión, la energía y la determinación de Candice no tendrían rival a la hora de defender el patrimonio familiar. Quienes pensaron que se enfrentarían a la dulce y complaciente castellana de Lakewood que tan cómodos los hacía sentir en su presencia, pero que jamás se inmiscuía en los asuntos de su esposo, se llevaron la mayor de las sorpresas al descubrir que Candice tenía casi tanto conocimiento como William en lo que a las empresas Ardley se refería. La tan cuestionada decisión de William de hacerse acompañar de su discreta y callada esposa en cada reunión de negocios importante, se convirtió entonces en su acierto más festejado. William había entrenado a Candice de una forma tal, que ni siquiera ella conocía su propia capacidad, hasta que enfrentó con admirable éxito una prueba tras otra.
Candice fue la artífice del genio financiero que, poco a poco, estaba demostrando ser Lord William, sin lugar a dudas. Sir Huge se preguntó, por enésima vez desde el funeral, cuándo se reuniría la junta directiva: estaba impaciente por ver qué sorpresas les reservaba el heredero. Había escuchado rumores sobre una posible incursión a gran escala que cambiaría el rumbo de la industria automotriz, pero no era nada concreto. Sintió un ramalazo de expectación al recordar a los asistentes al funeral: un par de peces gordos llegados desde Europa se habían reunido en la biblioteca con Lord William, y tales hombres no eran precisamente emblemas de la industria automotriz sino de algo muchísimo más vanguardista. Estaba seguro que eran cartas para completar la mano ganadora que William esgrimiría en la reunión de la directiva.
Sir Huge pensó en el otro William, el heredero de la fortuna criolla de los De Arredondo y Huesca. Semejantes activos permitirían resanar las grietas que aún subsistían en el edificio Ardley y le darían a Lord William el respiro de aire fresco que tanto necesitaba, puesto que había estado protegiendo las inversiones más importantes de un ambiente harto viciado, a la espera de un milagro como el conjurado por la llegada de William De Arredondo y Huesca: una oportunidad de esas que casi no aparecían, una que no fuera deshonesta, ni estuviera relacionada con la guerra. Ese había sido el póstumo golpe maestro de Candice: el aire fresco llevaba siempre su nombre.
