¡Hola, a todo el mundo!

Luego de una semana y de estar a punto de decidir no publicar este capítulo (el proceso de reedición fue complicado), henos aquí.

Espero que hayan tenido una linda semana, que sigan disfrutando de sus vacaciones (los que estén descansando) y los que no, que aun así le estén echando ganas xD

Ojalá que quienes no habían leído "Alas Rotas" (ese fic que funge como precuela de "Romeo & Juliet"), lo hayan hecho en estos días, pues a partir de este capítulo habrá muchas referencias del mismo e incluso aquellas preguntas que no fueron resueltas antes ahora serán respondidas.

Estoy ansiosa de conocer lo que este capítulo representará para cada una de ustedes. Comenzará una nueva complicación en el pequeño mundo de Alba y Minos, por lo que estoy esperando ver si logran descubrir de qué se trata.

Al único GUEST del capítulo anterior: espero que sigas al pendiente de esta historia. Gracias por tus palabras, veamos si tus esperanzas de la ayuda para Minos se harán realidad. A ver qué pasa. Aguardaré a tu opinión (sólo déjame tu nombre o nick-name en tu comentario, por favor).

En fin, muchas gracias a todas por seguir leyendo… De que habrá sorpresas, sin duda las habrá.

Enjoy… (miremos a Minos en jaque).

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Se quedó en el interior de la casa aún cuando escuchó el griterío de aquel repartidor de pan. Pero cuando el ruido amainó lentamente, tuvo que salir de la cocina para ver qué sucedía.

Casi comienza a reír al vislumbrar la figura de Minos, jaloneado por un niño, atravesando la calle. Albafika salió también, sólo hasta la verja del jardín. Observó atenta la escena, poco dispuesta a interrumpirla, prefería ver a Minos en una encrucijada de tal magnitud esperando que ello amainara sus recientes desplantes.

Una mujer apareció de pronto y toda alegría se disipó.

Sosteniendo la puertita de madera, Albafika miró el encuentro. Se preguntó qué podrían decir, dado que a esa distancia no lograba oír. Pero presintió que algo –no supo qué fue– lo suficientemente fuerte había ocurrido como para dejar a Minos con esa expresión asolada. Presenció el repentino abrazo que aquella desconocida se apuró a darle, aguardando a que él mostrara seña alguna de incomprensión, que todo fuese un error, o cierta confusión. Los segundos pasaron y las manos que desde hacía semanas no la acariciaban, se posaron suaves sobre los hombros de esa otra mujer. Conteniendo la respiración, Albafika se quedó quieta, incapaz de apartar la vista.

¿Qué era esa sensación extraña, cruel y dura en sus entrañas? Ni siquiera cuando Minos deshizo el abrazo, una vez que se percatara del escrutinio de ella, Albafika pudo ser capaz de mirar a otra parte. Sólo cuando él regresó, cuando su rostro estuvo cerca, consiguió regresar a la realidad.

—La rueda de su carreta se atoró —lo escuchó hablar, mirándolo con atención. ¿Acaso estaba evitando sus ojos? —. Iré a ponerme una camisa y le ayudaré a repararla…

Se metió a la casa y desapareció.

Albafika sintió la presencia de unos niños a su alrededor, se habían acercado a mirar su jardín, embelesados por las rosas desconocidas para ellos. La muchacha los ignoró, agradecida de que se concentraran en Venn y en su vergel. Llevó su vista al frente nuevamente. Trató de recordar si en alguna parte había mirado antes a esa persona, pero nada vino a su cabeza. En cambio, contempló su sonrisa, las comisuras de ese rostro joven aunque cansado se extendían ampliamente, mirando al cielo, recargada en el carro de madera. Albafika descubrió el fulgor de esos ojos y su corazón se sobrecogió. Era la misma mirada de Minos poco antes de ser descubierto. Un aire juvenil y misterioso…

Un gesto que nunca había visto en él. Una alegría que jamás había expresado. Ni siquiera con ella.

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Bajo el sol de este cielo nublado

"Lo que tarda tanto en llegar es igual que si no hubiera llegado, peor incluso, porque el cumplimiento a destiempo de lo que tanto se deseó acaba teniendo un reverso de sarcasmo".

Antonio Muñoz Molina (1956) Escritor español.

-Capítulo 7: La nueva hebra del pasado-

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Inició su labor en cuanto terminó de colocar un travesaño de madera bajo la carreta. Una vez segura, ayudó a desensillar el caballo que luego dejó en manos de su pequeño homónimo, dándole permiso de dejarlo pastar en su patio. Entonces, Minos regresó a su puesto, desatorando de su sitio la rueda de madera. Se secó el sudor de la frente con el dorso de la mano antes de inspeccionar el desperfecto.

Había visto muchas veces cómo sacar una rueda y repararla. A causa de sus viajes a Sogn, se había obligado a aprender el oficio para no correr el riesgo de quedarse varado a medio camino, en espera de que alguien quisiera ayudarle. Mas ver y poner en práctica un conocimiento, siempre suele ser muy distinto. Sin rechistar, palpó la madera fisurada, dejada así luego de atrancarse entre las piedras de la calle. Se puso en pie, dispuesto a buscar algún pedazo de madera que sirviera para repararla. Su rostro se topó con otro, la mirada celeste lo invadió. Haciendo acopio de su voluntad, se alejó rápidamente sin trastabillar.

—Traeré algo para reemplazar esa varilla, también tengo brea, creo que podré repararla antes de que anochezca…

Caminó rumbo a la casa, oyendo su asentimiento. Y su corazón…

Respiró hondo antes de atravesar el jardín donde soslayo a Albafika, encorvada con el trío de niños que, para su buena suerte, actuaban de excelente distracción. Pese a ello, estaba seguro de que las preguntas ya comenzaba a agolparse en su cabeza. Tenía que despedir a su vieja conocida cuánto antes…

Genibera…

El nombre se derritió en su paladar cuando lo pronunció, aunado a la sensación de haber reencontrado esa mirada gentil, nostálgica, crispada al musitar su propio nombre. Buscando entre los pedazos de madera que usaba de leños, Minos hurgó en el recuerdo de ese rostro. Detalló en su mente cada parte, cada cambio, reparó en la velocidad y crueldad del tiempo. Ella había crecido tanto, las suaves arrugas en sus ojos anunciaban el paso de los años, del sufrimiento. E incluso así, su mirada era fiel, amable, llena de la dulzura que antiguamente lo había impactado.

Chistó, sacudió la cabeza para hacerse volver al mundo terrenal. Tomó lo que había ido a buscar y regresó a la carreta. Evitó el gesto alegre y lleno de curiosidad para concentrarse en su labor.

—Jamás imaginé que Minos estuviera refiriéndose a ti todo este tiempo…

Lamentó que Genibera no tuviera deseos de guardar sus emociones.

Sonrió, sin alegría, sacando el travesaño delgado y roto de la rueda.

—Creo que ambos nos sorprendimos —simplemente dijo.

La sintió a su lado, hincándose. El aire de su largo suspiro le golpeteó en los brazos.

—Tengo tantas cosas qué decirte, y tantas preguntas… ¡Dios mío! Si le hubiera hecho caso a ese niño antes… Te habría visto desde hace mucho.

Tuvo que verla. El brillo en sus ojos le conmovió. Trató de sonreír con más honestidad para calmarla.

—Yo tampoco le presté atención, soy igual de culpable, Genibera.

Cortó deprisa, antes de que ese nombre volviera a causar la misma sensación. Giró el rostro para colocar la vara nueva en el sitio donde la vieja había estado. Un reclamó en su contra le invadió, de haber sido más renuente habría disuadido la petición de arreglar esa maldita rueda. De haber sido más apático, habría alejado el abrazo que lo envolvió y toda oportunidad de volver al pasado. Pero ahora estaba allí, conviviendo con la persona menos adecuada para arreglar sus circunstancias. Como si sus pesadillas no fuesen suficiente conflicto, el destino le había traído su mejor arma para derribarlo.

Quizá lo mejor sería estrujar la rueda restaurada entre sus dedos y arrojarle las palabras más duras que jamás hubiera pronunciado. Quizá lo mejor sería correr, tomar de la mano a Albafika y huir de ese cruento país nevado.

—¿Te casaste, Minos?

Su voz fue un suave viento, su pregunta una dura roca. La miró de nuevo y todas sus barreras se resquebrajaron. Bajó la mirada un instante al decir:

—Sí…

—¡Vaya! —alzó los ojos para observar la enorme sonrisa—. ¿Y es una buena mujer? —la vio golpearse la frente—. Oh, claro que debe serlo. Sin duda es la mejor si tú la escogiste, ¿cierto? Y dime… ¿puedo conocerla?

Por primera vez en mucho tiempo, Minos sintió un indicio de compasión. La verdad tras la sonrisa de Genibera fue un baldazo de agua helada. Terminó de colocar la rueda en su lugar a la que posteriormente resanó con alquitrán y los restos de brea que habían quedado de la última vez que Albafika reparó las fisuras de los muebles. Quitó el travesaño bajo la carreta una vez que acabó.

—Tendrás que llevarla con un carpintero si quieres que quede en buenas condiciones —advirtió.

Se puso de pie y ofreció una mano para su acompañante. Esperó que las frases hirientes aún quisieran salir de su boca, debía deshacerse de esa presencia antigua, de esa emoción arraigada por tanto tiempo y renacida por el simple vistazo de los gentiles orbes azulados. Tenía que alejarla, ¡ahora!

Los dedos de Genibera se apretaron en su mano, instándolo a mirarla. Se decidió a despedirla de una vez por todas.

—Minos…

Ambos volvieron la espalda. Con el aliento en vilo, Minos agradeció haber apartado su mano antes de que Albafika los descubriera. No supo interpretar el gesto de sus ojos cobalto y se paralizó en su sitio por esa verdad.

—¿Es ella? —su compañera se adelantó, interesada. Sin esperar a que él la presentara, se acercó—. Es un placer. Soy Genibera Solberg, gracias por permitir que Minos llevara nuestro caballo a tu patio.

Albafika frunció el ceño, confundida: —¿Minos?

—Me refiero a mi hijo… —miró tras su hombro y silbó. El trío de niños corrió a toda prisa—. Espero que no hayan provocado problemas en tu jardín.

Mamma! Mamma! —el cúmulo de voces los rodeó.

—La señora Van der Meer tiene un jardín hermoso. Plantó flores que trajo de su país natal —anunció uno.

—¡Y tiene un perro, mamá! ¿Cuándo nos dejarás tener uno a nosotros? —el mayor acarició la cabeza de Venn.

—Niños, niños, dejen los parloteos. Es hora de irnos —una exclamación de queja salió de sus pequeñas bocas—. Basta ya. Hemos causado suficientes problemas… Arriba, el señor Van der Meer terminó de arreglar nuestra carreta.

Llenos de entusiasmo, los niños rodearon a Minos. La única niña del grupo le abrazó las piernas mientras soltaba fuertes gratitudes. Bastó una mirada de su madre para que se subieran al vehículo, aguantándose las risas.

—Son un peligro hasta para ti… —Genibera meneó la cabeza, sonriendo en dirección a Minos, quien casi tropieza ante la avalancha de infantes. Él torció el gesto, conteniendo sus propias ganas de sonreír. Prolongó un instante el nuevo encuentro de sus ojos con la expresión afable de su vieja amiga. Entonces reparó en el escrutinio de Albafika.

Carraspeó. —Iré a por tu caballo.

Las dejó solas, reparando en su error sólo cuando estuvo demasiado lejos. Casi corriendo, se dirigió a la parte trasera de su hogar para tomar las riendas del debilucho caballito que –seguramente– apenas había sido posible de pagar. Se sintió aliviado cuando las encontró en la misma posición, sin rastro de charla o riña.

Sujetó al animal en el lugar correspondiente y se alejó unos pasos. Quedó junto Albafika para mirar subir a Genibera a su carreta.

—Bueno, este ha sido un encuentro muy especial, ¿verdad? —apretó las riendas, dilatando la despedida. Minos supo que trataba de contener las lágrimas—. Nos vemos luego, Señor Van der Meer —luego dedicó una corta mirada a Albafika.

Se quedaron quietos y callados hasta que la carreta desapareció en la calle descendente. Un aguijón de culpa se clavó en el pecho de Minos al entender el silencio en el que Alyssa los había sumido. Esperaba explicaciones y se devanó lo sesos buscando disuadir cualquiera de estas.

—Parece una persona muy amable… —no se atrevió a mirarla cuando la escuchó. Albafika supo que no obtendría nada si no era más directa—. ¿De dónde la conoces?

Minos trató de sonreír, con una calma que estaba lejos de sentir.

—De mi antiguo trabajo, es esposa de un cliente frecuente. Viven al otro lado del pueblo.

No se dio cuenta de que mentía hasta que su última palabra se deslizó por su lengua.

Albafika lo escrutó, sin atisbo alguno de emoción. Sus labios se curvaron de repente, sardónicos.

—Así que… ¿Su esposo es pescador y su hijo reparte pan?

Minos se encogió de hombros, comenzó su camino rumbo a la casa. —Al parecer sí.

Trató de que el asunto quedara saldado. Abrió la puerta y entró, Albafika lo siguió de cerca.

—La invité a cenar —dijo, deteniendo su huida hacia la habitación. Minos se giró, no pudo ocultar su enojo.

—¿Qué dijiste?

La muchacha se recargó en la pared, con esa risa inquisidora—: Dijiste que tenía que socializar, ¿no?

—Tienes a tus vecinas para eso, todos los viernes, ¿lo olvidaste?

Sabía que su tono ya no era el de una conversación. No le importó. Apretó los puños cuando Albafika se quedó impávida, sin temor a su repentino mal humor. Como retándolo, la muchacha le contestó con voz queda:

—Descuida, vendrá hasta dentro de dos semanas. Para entonces, tú tendrás que hacer el siguiente viaje para el doctor. No tendrás que aburrirte con nosotras.

La irritación aumentó, pero un dato importante se aunó a la misma: La razón de que el día anterior hubiera llegado a su hogar con tan enorme desdén.

Ahora fue él quien sonrió.

—Ya no trabajaré para el doctor.

La cara de Albafika se quedó pasmada. Minos se explicó, eludiendo su decepción:

—El doctor se cansó de gastar más dinero del que tiene. Hice mi último viaje ayer… —agachó la cabeza. De pronto, su afecto hacia Albafika, que sentía haber traicionado, le reclamó en la cara haber sido tan estúpido por ni siquiera tratar de convencer al viejo médico de no despedirlo.

—Está bien… —Albafika se le acercó—. Encontrarás algo mejor, estaremos bien.

La culpa se clavó más hondo. Autodespreciándose, Minos alejó la cara de la mano de Albafika. Se sintió demasiado indigno de ser acariciado por ella luego de las emociones que casi lo dominaron. Sin embargo, su acción obtuvo un efecto diferente en ella. Encontró el dolor en sus ojos cuando bajó las manos que casi lo palpaban. No trató de enmendar su error, la dejó marcharse a la cocina en donde se refugiaría por el resto de la tarde. Hastiado de tantas fallas, se adentró en la habitación. Oyendo el ir y venir de sus pasos, el sonido de los cacharros chocando, el hervor de la comida, se reclinó en la cama.

El cúmulo de memorias que había tratado de ignorar desde que despertó en la madrugada lo acarició. Suave, amable, como los agradables ojos azulinos que también habían regresado para dominarlo. La evocación de sus pesadillas se hizo más fuerte. La impotencia de sentirse vulnerable, totalmente expuesto a su pasado. Sus deseos de sentirse libre fueron ya una mera utopía. Y cerrando los ojos a lo que sería otro sueño terrible, se dejó llevar. Lejos de la cocina cálida, del amor que sentía, de toda posibilidad…

~O~

Pensó que el transcurso de las semanas mejoraría la situación. Ignoró el hecho de que Minos estuviera nuevamente desempleado, aumentando la incertidumbre que de por sí ya tenían del futuro, y que además de ello, sin ninguna labor que realizar, él saliera durante casi todo el día para regresar solamente a cenar, solo, sin solicitar su compañía e ir a dormir para repetir al día siguiente su monotonía.

La quinta mañana en que lo vio salir, mudo y sin mirarla, lo entendió. Minos estaba evadiéndola y se preguntó cuál sería la razón.

Trató de no mortificarse demasiado. Con el letargo aumentando a cada día que ese pequeño ser en su interior crecía, las ocupaciones y los miedos no fueron buenos compañeros. Albafika trató de ignorar la soledad que amenazaba con robar sus esperanzas y prefirió concentrarse en el día a día. Quiso entusiasmarse con las actividades de los viernes ya más esporádicos y no pensar más en aquella mujer o en el desdén abrupto de Minos. Sin embargo, fueron precisamente sus entrañables amistades las que fisgaron más profundo en sus temores.

"¿Una amiga desconocida?", negó efusivamente una de ellas cuando por error sacó el tema.

"No hay amigas, cariño… Para los hombres, no hay amigas, si sabes a lo que me refiero…"

Y después se marcharon, jurando solemnes no hablar de ello con alguien más.

Albafika las vio alejarse, ensimismada en sus frases punzantes. Indirectas desconocidas.

"No hay amigas, si sabes a lo que me refiero"

Pero ella no lo sabía. No lo entendía… ¡Cómo explicarles que jamás fue instruida para entender algo como eso! A diferencia de todas, ella no venía de una familia donde la dirección de una madre es mil veces mejor que la otorgada en una escuela. El único padre que había tenido sólo la había guiado hacia un camino de guerra, un destino elegido por ella misma y que ya no servía para nada.

¿Cómo combatir a lo desconocido?

¿Qué armadura, qué estrategia podría servir para sortear esos peligros, cuales sea que fuesen? ¿Tendría al menos oportunidad?

Apretó los puños, sentada en la cocina. Estaba decidida a entender las cosas de una vez por todas. Se enorgullecía de haber optado por hacerlo con sus propios medios, indagando de forma diplomática antes de que cualquier reacción ofensiva tuviera que ser ejercida.

Lavó los vegetales que tenía sobre la mesa y los cortó para dejarlos hervir mientras realizaba la mezcla para sus medisterkaker. Revisó la gaveta del horno, cocinándose ya los pedacitos de jengibre que se convertirían en panecillos. Regresó a su trabajo con la masa de carne y en cuanto estuvo lista comenzó la separación en pequeñas bolas planas. No ocultó su deleite al olfatear el aroma de la carne cocinada cuando empezó a asarla. Se sentía aliviada de haber aprendido lo suficiente justo para ese momento.

Porque esa noche, finalmente, se realizaría la cena a la que la desconocida de cabellos marrones asistiría.

No especularía. Albafika jamás aceptó el cuchicheo de la primera impresión, detestaba enjuiciar –tal como decía Minos– a un libro por su portada. Jamás lo había hecho, pese a su renuencia con las personas, y no lo haría ahora.

Colocó el mantel que la Señora Hansen le había ayudado a bordar el fin de semana. Limpió por segunda vez el piso de la cocina y le ordenó a Venn esperar en la sala junto a la puerta. A punto de terminar la comida, escuchó pasos en el vestíbulo posterior a la estancia donde se encontraba. Sintió alegría al ver a Minos antes del anochecer pero su emoción se disipó ante sus ojos ausentes.

—¿Te quedarás a cenar? —indagó, el otro la miró, la misma expresión enfadada desde que le había dicho de su invitación a su vieja conocida.

—¿Tengo opción? —le pasó de largo. Se giró para verlo examinar sus platillos. Lo escuchó exhalar pesadamente y se atrevió terminar con la distancia. Encontró una sonrisa entristecida cuando se posó a su lado—. Todo se ve delicioso, Albafika.

Tornó el rostro apenas para verla, luego de largos días. La contrariedad de sus acciones fue mucho peor que su indiferencia.

¿Qué está sucediéndote?... Albafika no tuvo el valor de preguntar, mas los ojos perdidos frente a ella se le clavaron duro. Minos parecía un niño, un pequeño totalmente indefenso a algo que ella no era capaz de entender. Sus dedos se apresuraron a tocarlo, a levantar esos cabellos tupidos del rostro, pero Minos ladeó la cara, quitándole la oportunidad de regresar a él.

Albafika lo dejó ir. Salió de la cocina sólo hasta que la puerta resonó con los golpecitos dados desde afuera. Aplastó a sus nervios por la determinación de descubrir qué estaba ocurriendo. Abrió para dejar pasar al mismo trío de niños de la última vez, que acudieron a Venn como si fuese a él a quien iban a ver. En seguida, confrontó a la invitada de honor de la velada. Albafika la observó con discreción mientras se presentaba, esta vez con formalidad. Escudriñó sus ojos, ventana del alma, para ver qué podrían esconder. Pero no hubo nada más allá del brillo amable y la gran cordialidad.

—Buenas noches, Señora Van der Meer... Gracias otra vez por invitarnos.

La descubrió mirando por detrás de su hombro y reparó entonces en la presencia de Minos a sus espaldas. Quizá se equivocaba, pero Albafika creyó haber notado la alegría desmesurada cuando su invitada lo vio.

—Traje un pastel —enseñó la bandeja en sus manos. Albafika envidió la fineza de ese acabado, nunca había conseguido algo como eso.

—Excelente, Mrs. Solberg —Minos habló y apretó suavemente el hombro de Albafika para que le permitieran entrar. La muchacha se quedó, dejando que él la guiara rumbo al comedor, y esperó la entrada de alguien más. Se asomó a la puerta, echando miradas a un lado y a otro. Nadie más venía. Ningún esposo al parecer…

Los alcanzó, todos ya sentados a la mesa. Anunció que traería la comida y Mrs. Solberg se ofreció a ayudarle. Albafika logró convencerla de quedarse en su lugar. Uno de los niños, en cambio, no se dejó persuadir y corrió a auxiliarla. Reconoció a su repartidor de pan y le pasó los platos para que los llevara a los demás.

—Ya sólo falta uno, señora Van der Meer —anunció cuando regresó por cuarta vez. Albafika lo escuchó parlotear acerca de lo feliz que se sentía de estar en una casa tan bonita como la suya. Se dio cuenta de lo mucho que le gustaba decir lo que pensaba. De pronto, se quedó callado, observándola servir las albóndigas y la salsa—. ¡Está embarazada, señora Van der Meer!

Lo volteó a ver, a su expresión llena de asombro, inspeccionando su vientre. Le dolió que un niño se alegrara de algo que Minos ni siquiera había notado. Se encorvó ligeramente para soplar sobre su dedo índice:

Sssh… Es un secreto.

El niño asintió, serio, como si guardase una confidencia nacional. Albafika le dio el último plato y lo siguió con su propia porción. Esperó encontrar un ambiente tenso, digno de desconocidos, sólo para hallarse con la sonrisa de los únicos dos adultos en la habitación. La amena conversación cesó en cuanto la vieron entrar. Entonces, Minos se irguió en su silla y le ayudó a sostener su plato mientras se sentaba. Comieron silenciosamente, escuchando hablar solamente a los niños, discutiendo sobre quién podría ayudar a servir el postre. Por alguna razón, parecían muy entusiasmados de pasar tiempo al lado de Albafika.

—La primera vez que la vio, Heidi dijo que usted es un ángel, señora Van der Meer —declaró el hermano mayor, sonriente. La niña a su lado enrojeció, le jaló el cabello con una de sus manitas.

—¡Te dije que no lo dijeras! Te odio —y le sacó la lengua.

Albafika resintió el calor en su rostro. ¿Qué tenía para que la gente siguiera adulándola de esa forma? Se apresuró a negar para calmar la riña.

La madre de los niños se le adelantó, aplacó el asunto y echó una suave risa.

—Mil perdones… No se guardan nada. Aunque tienen razón —le sonrió—, eres muy bonita y por lo que escuché, muy hábil para cuidar tu jardín.

Asintió como agradecimiento. Soslayó a Minos, quien parecía más atento a su plato, se preguntó de qué cosas podrían haber hablado acerca de ella.

La conversación durante el postre se dirigió a un tema nacional. Minos habló finalmente, discutiendo en monotonía sobre los últimos sucesos concernientes a su país. Genibera Solberg escuchaba atenta y aunque poco tenía qué decir, cuando lo hacía, era para dar una atinada respuesta. Albafika los escuchó callada, totalmente consciente de que nada tenía que aportar en esa charla. Se desconcertó de la honestidad de Minos, quien sin tapujos se atrevió a confesar su falta de trabajo.

—¿Por qué no vienes a la panadería? —invitó Genibera, sorprendiéndolos a ambos—. Con la ausencia de Sigmund el trabajo ha aumentado muchísimo. Tú ya sabes cómo preparamos todo, aumentaríamos la cantidad de panes por día y mejoraríamos la venta. Además, ya están cerca las celebraciones nacionales y sin duda necesitaré ayuda… ¿Qué dices? Te pagaré no como a un empleado, sino como a un socio.

Albafika percibió la incomodidad del noruego a su lado. Minos se apresuró a negar, sabía que lo hacía por ella.

—Vamos, vamos —insistió Genibera Solberg—. Ningún amigo mío estará sin trabajo mientras yo viva.

Minos desvió el rostro para encontrar el de Albafika: —¿Qué opinas?

La repuesta vino a su boca con tanta fuerza que casi se escapa sin su permiso.

¡No! Quédate… Quédate conmigo. Ya no sigas alejándote, por favor…

Pero sonrió débilmente… —Parece buena idea.

—Perfecto —su invitada dio una suave palmada—. El trabajo es duro, lo sabes, pero también es sustancial. Te aseguro que será mejor que tus trabajos anteriores, y tú puedes venir a visitarlo cuando desees —se dirigió a Albafika.

Terminaron el postre, los niños solicitaron una porción más. Albafika compartió los panecillos de jengibre que había cocinado esa tarde y les dejó untarle la mermelada de manzana que había preparado semanas atrás.

—¡Lo olvidaba! —todos miraron a Genibera. Agachada y casi oculta bajo la mesa, la vieron sacar de un enorme bolso a un par de muñecos, no más grandes que la menor de sus hijos. Miró a Minos, sonriendo con suma complicidad—. ¿Te trae recuerdos?

Minos tomó los graciosos monitos de trapo con las manos. El gesto se sobrecogió.

—Sí, bastantes.

Genibera Solberg rio. —En mis tiempos libres me dedicó a cocerlos. Jamás he podido igualar a los que Ariadna hacía.

Un respingo… O más bien dos. Primero de Minos, luego de Albafika. Aturdida por el nombre, trató de tranquilizarse para poder investigar ese misterio ante sí. Sin embargo, Minos se levantó, rápido, antes de que pudiera hacer nada.

La muchacha de ojos celestes no pareció percatarse de aquello.

—¿Crees que podrías escenificar algo para nosotros? —levantó los muñecos, suplicante.

—No creo que sea buena idea, Genibera… —negó, autocorrigiéndose—: Señora Solberg.

—¿Escenificar…? —Albafika no pudo resistirse más. La otra la miró, un tanto sorprendida.

—Oh, quizá no lo sabes… Pero él antes podía mover títeres con sólo mirarlos. ¿No le has mostrado? —estudió a Minos, ambas lo hicieron. Albafika juró que nunca antes lo había visto tan pálido, tan incapaz de enfrentar su mirada.

Minos soltó a los muñecos y exhaló audiblemente.

—Tal vez otro día…

Un débil jaloncito en su pantalón le hizo llevar la vista al suelo. Se encontró con la redonda carita de la hija menor de Genibera.

—¿Tú sabes manejar títeres? —todos oyeron la suave vocecita.

—¿En serio puede hacerlo? —se le unió el siguiente, las expresiones se llenaron de emoción.

Genibera Solberg asintió, un tanto avergonzada: —Siempre han querido mirar un espectáculo de marionetas pero nunca he podido llevarlos al teatro ni a nada parecido. Les hablé de que tú probablemente podrías… —y se encogió de hombros, abnegada.

El silencio prosiguió para expectación de los más chicos. Albafika no dijo nada, tratando de entender. ¿Escenificar? ¿Marionetas? Los recuerdos de esos conceptos la embargaron y no fueron en lo absoluto placenteros. Con el deseo en la punta de la lengua de preguntar qué rayos sucedía percibió una débil fuerza que la dejó perpleja. Quiso decirle a Minos que no lo hiciera, no de nuevo, que no rompiera el trato. Pero esa chispa de cosmos era apenas perceptible, para nada una amenaza. Junto a los otros, atestiguó el momento en el que el primer muñeco se irguió, por sí mismo para ayudar a su compañera a levantarse también.

Las caras de asombro se encendieron, aplaudiendo, ubicándose al otro lado de la mesa para observar con atención.

—¡Mamá! ¡Mamá! ¡Cómo lo hace! ¿Cómo hace eso, mamá? —aplaudieron, gritaron, absortos todos por ese acto tan peculiar.

—Les dije, niños… Es un mago —la madre rio, tan emocionada como ellos.

Genibera Solberg volvió a meter las manos en su enorme bolso y sacó un delgado instrumento, lleno de hoyuelos en la parte superior. Le sonrió a Minos, acercando la flauta a sus labios.

—¿Qué tal una polca, señor Van der Meer? —y recibió un asentimiento, igual de gustoso.

Los movimientos torpes del principio se convirtieron en pasos suaves y graciosos. Las marionetas danzaron una melodía conocida por la mayoría que acompañó cada giro y acorde con palmadas rítmicas. Todos, todos sonriendo…

Excepto una.

La sonrisa desapareció de pronto del rostro de Albafika. Se complacía en ver un nuevo uso para aquellos hilos tan letales, una habilidad que ya no quitaba la vida sino que la animaba. Sin embargo, detallar el escenario frente a ella le hizo comprender que dicho uso no era nuevo en lo absoluto. Descubrir que no había sido ella quien conociera primero esa particularidad, le atormentó.

¿Por qué…?

Miró a Minos, sus dedos moviéndose con maestría, unido a la muchacha alta de cabellos largos y marrones, de ojos amables, tocando con destreza las finas melodías. Ambos usando sus talentos en conjunto, hábiles y perfectos, conocidos sin duda desde hacía años. Los niños jugueteando con las marionetas de hilos invisibles. Sus risas, sus rostros…

Un cuadro hermoso.

Una pintura donde ella no tenía nada qué aportar.

~O~

Tres meses pasaron como un soplo desde su nuevo trabajo.

Si alguien le hubiera preguntado, habría dicho que no le costó demasiado acostumbrarse a la rutina: levantarse a las 5 para ir hasta el pequeño almacén de la antigua familia Baker y preparar la masa del kaffebrod que luego hornearían. Su trabajo continuaba hasta la seis de la mañana, con el nuevo pan recién hecho, para luego acompañar al séquito de niños que se encargaría de repartirlo en las casas vecinas y hasta donde sea que hubiesen hecho algún encargo. Se quedaba solo durante una o dos horas, atendiendo a los clientes que venían a por su hogaza del diario. Luego, era reemplazado por Genibera, quien tomaba su lugar para dejarlo ir a por agua al riachuelo y llenar de nuevo el pozo familiar. Al mediodía, cuando el trabajo amainaba al fin, podían sentarse tranquilos para tomar el almuerzo que Genibera preparaba. Conversaban, casi siempre solos, pues la muchacha acostumbraba dejarle el tiempo libre a sus hijos antes de que la jornada vespertina comenzara.

Le sería difícil admitirlo pero, para Minos, ver a su vieja amiga rodeada por tres hijos, siempre le causaría pesar. La observaba, cuando los reprendía, cuando los abrazaba o besaba tiernamente en la frente, y no podía evitar figurarla como una hermana mayor en vez de como su madre. Trataba, tanto como le era posible, de quitar de su mente la imagen de la adolescente intrépida y llena de sueños, ahora convertida en una ama de casa, viuda y atareada. Recordarla a ella como era antes le traía cada una de las demás memorias, los sucesos que, tal como su amiga, habían desaparecido o cambiado tanto que poco o nada quedaban de ellos. Recuerdos que seguían atormentándolo.

—¡Minos!

Se sobresaltó en su silla. Quitó la atención de su taza de café y vio al frente. Genibera seguía gritando hacia la calle, al trío de niños.

—¡Y no lleguen tarde, necesitamos todas las manos posibles para los panes de las celebraciones de mañana! ¡A las cuatro! ¡¿Escuchaste, Minos?!

Su boca se curveó. Aún no se acostumbraba a compartir el nombre con el hijo de Genibera. La muchacha se metió de nuevo, murmurando cosas sobre la impertinencia de esos niños malcriados. Se sirvió más café después de sentarse al otro lado de la mesa.

—¿Qué tanto miras? —atrapó a Minos cuando la contemplaba. La sonrisa se tornó divertida.

—No es nada, Señora Solberg… —negó, bebiendo su café distraídamente.

El ceño de la aludida se unió: —Te he dicho que no me gusta que me llames así.

Minos enarcó una ceja. —¿Acaso las viudas regresan a su antiguo apellido? —su sonrisa desapareció, entendiendo cuán estúpida había sido esa broma—. Lo lamento, no quise…

—Está bien —ni un rastro de dolor—. Nunca me gustó su apellido… Suena muy extraño para una panadera. A él le quedaba bien. Era maestro, ¿sabes? —Minos tensó los labios, poco le gustaba hablar del difunto esposo de Genibera—. Era un buen hombre, los niños lo extrañan demasiado.

—¿Y tú? —quizá era muy impertinente, pero eso le daba igual.

Genibera torció el gesto y suspiró. —A veces… A veces sí, a veces no. Es extraño. Solíamos conversar como lo estamos haciendo tú y yo pero siempre sentí que estábamos lejos el uno del otro. La gente me juzgó por no haberlo acompañado a la capital cuando enfermó. Me enteré tres días después que había fallecido, ningún tratamiento funcionó. Todos dijeron que yo era una mala esposa, que fui capaz de dejarlo solo en sus últimos momentos porque era una malagradecida, una infiel —soltó una risa irónica—. Inventaron tantas cosas sobre mí. Lo que nadie supo jamás fue que yo nunca…

Calló, llevando su mirada al frente. Minos inclinó la cabeza.

—Nunca lo quisiste —terminó por ella. Genibera apretó los labios y alzó sus pequeños hombros.

—Como dije, era un gran hombre. Mi mamá lo adoraba. Cuando ella murió, Sigmund se encargó de hacerle un funeral digno. Cuidó la panadería de mis padres aunque pudo haber vendido todo y obligarnos a ir a otro lugar. Siempre respetó los ideales de mi familia, nos cuidó hasta su último aliento. Cualquier mujer lo habría amado.

"Cualquiera, menos tú", se guardó en sus adentros.

Genibera bufó de pronto. Sonrió, recompuesta: —Basta de mí. Por una vez, cuéntame algo de ti. Llevas aquí tres meses y no me has dicho nada. Ni creas que te dejaré hacerte el misterioso, Minos. ¿Qué has estado haciendo todo este tiempo? Y… ¿cuál fue la estrategia que usó Albafika para atraparte? —entrecerró los ojos, perspicaz.

Minos desvió la vista: —Es una larga historia, Genibera.

—¡Bah! —soltó un manazo sobre la mesa—. ¿Crees que me conformaré con eso? Te sacaré la verdad aunque no quieras. Veamos… —alzó los ojos pensativa—: ¿Dónde la conociste?

—Grecia —se limitó a decir.

—¿Y cómo fue?

—Agresivo… —rio bajo, recordando ese primer encuentro con la peligrosa amazona. Notó el desconcierto de la otra—. Es decir, fue muy complicado al principio. Muchas veces pensé que no funcionaría. Estoy seguro de que ella también lo pensó.

—Es muy hermosa —admitió, una nota de pesar filtrada en su voz.

Minos asintió quedo: —Lo es…

En todo sentido.

Hermosa, única, por dentro y por fuera. Frágil y temeraria en una sola mirada. Perfecta, su ayuda idónea. Minos percibió la punzada de culpa. Se preguntó si a esas alturas Albafika ya lo odiaba por prácticamente abandonarla. Su cuerpo entero ardió, tal como siempre lo hacía cuando se negaba a terminar con la distancia y descargar sus ansias de hacerla suya, de resguardarla y protegerla como había jurado hacer en esos votos que nunca dijo.

Estar con Genibera, a escasos metros de su viejo yo, le espetaron rudamente por qué no tenía derecho a hacerlo.

—¿Ya le hablaste sobre ti? —su homóloga pareció leerle la mente. Confundido, Minos la miró—. Es que, la última vez que la vi, parecía perdida. No sé por qué, pero me dio la impresión de que no les has dicho nada sobre tu vida en Flam y me pregunté si sólo eran ideas mías o si tal vez no le has contado lo qué hacías aquí.

Minos rodó la taza entre sus dedos, ya no quiso verla.

—No creo que sea necesario decirle nada.

—Es tu esposa. ¿No tiene derecho a saber quién eras? —el tono fue acusatorio.

Minos crispó las cejas para enfrentarla: —¿Tal como tú le dijiste a Sigmund que no lo amabas?

El gesto femenino se encendió. Minos reconoció la ira contenida de esas mejillas tornándose en carmín. Tal como las recordaba… Se detuvo la frente con una mano, cerró los ojos y respiró.

—Lo lamento, Genibera. Yo… —buscó las palabras, pero todo parecía enredado dentro de su cabeza. Las voces de insidia se intensificaron, hizo un esfuerzo por ignorarlas—. Aún la extraño —soltó finalmente, sabiendo que entendería a quién se refería—: La extrañó más a cada día que paso por las calles de este pueblo, cada vez que miró los muñecos que cociste o cuando estoy frente a la fuente sin agua de la plaza. No tolero hablar de ella, ni siquiera con Albafika. No lo he hecho y sé que no lo haré.

"Aunque ello implique desilusionarla, romper su confianza…"

"Incitarla a que ya no me ame".

Apretó el puño encima de la mesa. Genibera interpretó su silencio y no quiso afligirlo más. Observó la luz a través de las ventanas y de pronto sonrió. Se levantó de súbito, atrayendo su atención.

—Tengo algo qué mostrarte…

Lo obligó a ponerse de pie y a salir del local por la parte trasera. Caminaron rápidamente por la ladera descendente, internándose en el bosque luego de varios minutos. Faltaba poco para que dieran las cuatro y comenzaran las labores vespertinas, pero Minos no dijo nada. La siguió hasta el arroyo, continuaron el camino al lado de éste, contra corriente. Se detuvieron frente a una pendiente, erigida sobre ellos, donde el río era entonces una cascada, bajita y nada temeraria. El deslice de las aguas, aquí estrepitosas allá tranquilas, era hermoso sin embargo.

—¿Reconoces este lugar? —Genibera se giró, risueña.

A Minos se le hizo un nudo en la garganta. Asintió, sin habla. Casi pudo verse a sí mismo, un niño al lado de su hermana mayor, conviviendo alegremente con una familia de panaderos, disfrutando la tarde del verano para hacer un día de campo.

Genibera se acercó a la orilla: —He venido aquí muchas veces, incluso después de que desapareciste. Me sentaba y recordaba lo que vivimos. Le pedía a Dios que te cuidara, en donde sea que estuvieras. Y ahora… —abrió los brazos, llenando su alrededor—: ¡Gracias por escucharme, Dios mío! ¡Gracias por cuidarlo y permitirme verlo otra vez!

No la interrumpió. Le agradaba su expresión jubilosa, por él, por su vida. Contempló su cuerpo esbelto, oculto tras el bunad, y se convenció de que los años no habían menguado sus fuerzas en realidad. Envidió su confianza y su fe, el coraje de permanecer ahí, agradecida, pese haberse casado con un hombre que no amó y haber frenado sus sueños por esa misma razón.

Genibera se viró, atrapando su mirada.

—Tal vez ya no te acuerdas de lo que jugábamos aquí —devolvió su mirada al río. Minos se posó a su lado.

—"Alcanzar la rama" —contestó. Ella asintió. Vislumbraron la rama del pino al otro lado, colgando enorme justo en medio de las aguas.

—Ariadna te regañaba todo el tiempo por tratar de hacerlo. Te caías más de lo que lograbas tocar —comenzó a reír—. Yo siempre me caía, mi mamá ardía de enojo cuando me veía empapada. Decía que era la más rebelde de la familia.

Minos se unió a su risa.

—Pero… —Genibera adoptó una expresión enigmática. Minos la vio arremangarse y amarrar la falda a su cintura. Antes de que pudiera detenerla, ya había saltado a la primera roca. Llegó a la enorme piedra en el centro y se volvió a verlo—. ¡Ahora podré alcanzarla! —su gesto era pura diversión.

—¡Vuelve aquí, Genibera! —se llenó de miedo ante la sola idea de verla caer—. ¿Qué demonios piensas? ¡Regresa!

Pero ella sólo comenzó a reír. Dio un pequeño salto, casi rozando las espinas verdes. Refunfuñó cuando su segundo y tercer intento volvieron a fallar. Dobló las piernas un instante, todavía oyendo la voz de Minos que la reprendía, y se impulsó con toda su fuerza. Echó una risa triunfante cuando sus dedos agarraron la rama, trayéndose consigo un puñado de agujitas.

Entonces, cayendo sobre uno sólo de sus pies, perdió el equilibrio y se tambaleó hacia atrás. El agua tronó sonoramente cuando la recibió. Minos logró vislumbrar su mano, saliendo a la superficie, aferrando la roca enlamada. Echando una maldición se arrojó al río, resistió fácilmente la corriente contra su costado y emergió para sostener los codos de la muchacha. Fue cuando sintió el fangoso suelo en sus pies, sosteniéndolo firmemente. Genibera lo miró juguetonamente, de pie y fuera de peligro desde el principio.

Ella echó una risa: —Debiste ver tu cara. Creí que te daría un ataque.

—No es gracioso, Genibera —trató de verse serio, pero ella rio más fuerte.

—¿Olvidaste que era la mejor nadando, Minos? Aunque estuviera demasiado hondo podría nadar, incluso mejor que tú —ahuecó la mano para lanzarle agua. Minos se echó hacia atrás, casi atorándose con el suelo lodoso.

—¡Ya basta! —ordenó, ella lo desobedeció—. ¡No somos unos niños! ¡Basta!

Lo dejó tranquilo para acercarse a la superficie. En efecto, Minos comprobó su habilidad para desplazarse. Sin embargo, tuvo que ayudarle a salir del agua; la falda, totalmente empapada, le pesó demasiado.

—Deberías traer a Albafika, Minos —se escurrió los holanes, apretándolos entre sus manos. Minos se sacó el chaleco para hacer lo mismo. Genibera tal vez entendió su silencio—. Aunque supongo que deben esperar a que el bebé nazca. Tal vez la próxima primavera…

Minos no pudo verla. Se sintió consternado por sus palabras, pero el dolor fue más avasallante.

—Ella no puede tener hijos… —se concentró en el chaleco mojado.

—¿De qué hablas?

Su voz, casi un regaño, le hizo verla de nuevo. Genibera enarcó una ceja, azorada.

—Ella está embarazada, Minos. ¿No lo sabes? —esperó, el rostro del otro se aturdió. Genibera entornó los ojos—. ¡Hombres! Cualquier mujer que use la ropa así de holgada sin duda está embarazada… Sigues siendo el mismo distraído, Minos.

El muchacho se contrario. Estaba dispuesto a objetar, a exigirle que no jugara con sus emociones en base a un asunto tan lacerante. Sin embargo, sus argumentos lo detuvieron. ¿No tenía sentido que no supiera de ese embarazo? Él mismo se había apartado de Albafika. Y ella… ¡por qué no le había revelado esa verdad!

Se sonrió, triste.

Porque él no la había dejado acercarse en primer lugar.

Tanto tiempo deseando que su preciosa perla saliera de ese mutismo, de su soledad, y era él quien la había orillado a un aislamiento mucho más arraigado.

Desvió la atención a su acompañante. La vio batallar con las duras botas; sin el calzador, era casi imposible colocarlas. Chistó, reteniendo una risa, y se acuclilló a su lado. Le quitó el zapato de las manos y le obligó a posar una de éstas sobre su hombro.

Tomó su pie y lo empujó suavemente, agrandando la boca del calzado con su mano. La risa de la otra lo impacientó. Se estaba haciendo tarde y aún faltaba mucho pan por hacer. Hizo más fuerza y el pie consiguió entrar, su éxito, sin embargo, se redujo a cero cuando la pierna de Genibera empujó demasiado fuerte, propinándole un fuerte golpe en el pecho. Minos soltó pesadamente el aire de sus pulmones y al pie que sostenía. La muchacha cayó, indefensa, sobre él.

La escuchó reír, fuerte, acostada encima de su pecho. Minos no pudo hacer más que acompañarla con su propia carcajada. Cuán absurdo podía ser un simple día…

Derrotado por una bota, sería la burla de su antiguo ejército.

—La otra te la pondrás tú sola, Bera —advirtió, fingiéndose resentido.

La risa se extinguió en ella.

—Al fin —levantó el rostro, su gesto lucía complacido—. Estaba ansiosa de escuchar que volvieras a llamarme "Bera". Creí que ya te habías olvidado de mi verdadero nombre.

Él no supo qué responder. Dejó su débil sonrisa como única contestación. Genibera alargó una mano para acariciarle los cabellos de la frente.

—Voy a tener que prestarte un cepillo, dudo mucho que ésta sea la mejor presentación para vender pan… —detuvieron su toque.

Minos los incorporó a ambos. Quedaron sentados sobre la hierba, oyendo el canto de los pájaros y el choque de la cascada. Minos apretó la pequeña mano, delicada para hacer el pan más suave, endurecida por el trabajo. Los recatos fueron prontamente olvidados, al fin evadidos, cuando la miró a los ojos. La asió con firmeza, jalándola hacia él. Apretó sus hombros, aún tan frágiles, y la abrazó para musitar un secreto entre los dos:

—Te extrañé…

Tu risa.

Tu enojo.

Tu cabello como chocolate líquido.

Tus ojos amables, fijos en mí.

Tu voz, diciendo mi nombre, conociéndome…

Nada de eso logró articularse. La ciñó con mayor ahínco, estremecido por su propio roce, en su espalda, en su nuca. Dejó que los recuerdos volvieran a embargarlo, hostigándolo con los hubiera, y dejó ir a su mente, a donde el pasado y sus pecados ya no lo encontraran, donde sólo era un niño más, jugando en un riachuelo a "alcanzar una rama", donde perder ante su mejor amiga era el mayor peligro.

—Yo también, Minos. Te extrañé cada día… Cada minuto, cada segundo… Te extrañé con todas mis fuerzas —la sintió resguardarse en su cuello y no se lo impidió.

Y aunque sabía el verdadero sentido de aquellas palabras, que su forma de extrañarlo era diferente a la suya, Minos no pudo ni quiso negarlas.

~O~

Sonrió. ¿O qué fue ese gesto curvo que surgió melancólico en sus labios?

Apretó el molde entre sus manos, el desayuno que había preparado se había enfriado por su caminata, su búsqueda de ambos cuando no los encontró en el local y punto acordado.

El viento jugueteó con su falda y con la hierba alrededor. Oyó el silbido triste, corriendo al infinito para desaparecer, como su corazón. Los ojos cobalto se inclinaron, huyendo a cualquier imagen para distraerlos; un vistazo más a aquella escena a unos pasos y sabía que no lo resistiría. Se pondría a llorar, afligida, como cualquier torpe pueblerina que no soporta la imagen de aquel a quien más ama abrazando, íntimo y seguro, a otra mujer. Acarició su vientre abultado, un golpecito desde el interior pareció darle ánimo.

Sus lágrimas cayeron en silencio y las odió.

Por ello sonrió… O eso trató, en un intento de no quebrarse a un llanto agrio como desde hacía semanas su corazón le exigía.

Limpió el rastro salado en sus mejillas y miró a su lado.

—Vámonos, Venn…

Seguida por su fiel acompañante, Albafika retomó el camino por donde había llegado. Sola nuevamente. Tal como en los viejos tiempos.

.

~oOo~

Una prueba más de nuestra asombrosa capacidad por dañar a otros, aún sin siquiera darnos cuenta…

¡Opiniones! Quiero saber su opinión acerca de todo esto.

Y a favor de Genibera sólo puedo decir que odiarla desde ahora sería errado. Este personaje aportará mucho, bueno o malo, eso lo veremos…

ACLARACIONES~

Ninguna esta vez! xDD

Este capítulo fue más largo para deleite de quienes esperaban ese capítulo LAAARGO que les prometí y nunca les di v_v Espero que les haya gustado.

Avísenme de cualquier duda respecto a Genibera y el pasado del que tanto se la pasan hablando. Si es posible, contestaré lo necesario, aunque en realidad, poco a poco se irán develando muchas dudas ;3

¡GRACIAS POR LEER! Expláyense con las opiniones, por favor xD Les deseo un bonito día, nos veremos, si Dios quiere, en una semana X3