I


Magnifico, era la palabra correcta que describiría a Inuyasha en batalla. Su aura destilaba un magnetismo letal que emanaba hasta la raíz de su cabello, delatándose en el modo en que sus músculos se contraían al adoptar la posición de combate. Sus zarpazos habían sido certeros, arrancando de un tajo la piel de los huesos mientras sus colmillos quedaban expuestos en una sonrisa triunfal con cada enemigo caído.

La disputa duro lo mismo que una exhalación suya, y cuando él se volvió a mirarla, Kikyou atisbó un brillo malicioso en sus ojos…un brillo que dejaba en claro el lado oscuro de su naturaleza. Entonces supo que sus planes se habían ido al traste.

En su condición actual, con su cuerpo acumulando tanta energía negativa dentro de sí, la influencia de la perla solo lograría empeorar el estado de Inuyasha y su propia pureza se vería afectada por él. Y debido a la debilidad que presentaban sus poderes en estos días, aquel era un riesgo que ella no podía permitirse correr.

- Lo intentaremos en la próxima luna llena. – le dijo. – Cuando la luna este en la cúspide de su esplendor. – y mis poderes se fortalezcan bajo su luz…completo para sí misma.

- Lo siento, Kikyou. – Inuyasha chasco la lengua, apenado.

Sus manos le dolieron por querer tocarle, ahuecar su barbilla rebelde y obligarlo a encararle, pero no podía hacer eso sin verse perjudicada por la corrupción en su youki.

Si solo pudiéramos ser ambos normales.

- Está bien. – tendrían que conformarse con aquellas escuetas palabras de consolación por ahora. – No ha sido culpa tuya. - Ella ajusto el rosario de la perla sobre su níveo cuello –donde Inuyasha se había demorado en una ocasión, murmurando que le complacía el suave aroma a gardenias de ella – el gratificante recuerdo, pronto se vio empañado por el peso que le achacaba su carga purpurea, y Kikyou rumió su frustración en silencio, sin exteriorizar; porque el sentir algo se considera una grave transgresión para una miko, una muestra de debilidad; de la misma manera que la ingenuidad era un pecado para alguien que vagaba entre dos mundos, sin ser parte del uno ni del otro, como el hibrido que yacía de pie ante ella, erguido en su pose de salvaje indómito.

Ella le contempló con nostalgia.

Eran quienes eran, y sin embargo, aquí estaban, dos almas cansadas de la soledad, revelándose contra la injusticia del destino…, el destino… ¿Qué tal si este era un presagio de desgracia?, ¿Y si esto no debiera ocurrir?, ¿Estaba siendo ella egoísta al desear un poco de felicidad para sí misma?, ¿Acaso, en la condena de su eclipse, estaba exigiendo un precio demasiado alto para su auto-beneficio?

- No faltare a mi palabra, Kikyou. – la voz de Inuyasha la rescata de sus cavilaciones. – Me transformare en humano y tú nunca mas tendrás que luchar, ni estar sola, porque yo te protegeré. Solo espérame un poco más, hasta la próxima luna llena.

La mirada de él brillaba como abalorios de oro, y su voz ronca no admitía arrepentimientos.

El está verdaderamente decidido, pensó, al tiempo que una risa platinada nacía en su garganta, seguida de una sensación de alivio al ser testigo de un ceño fruncido y una mueca gruñona por parte del semi-demonio.

- Tsk. ¿Qué es tan gracioso, perra?

- Nada. – dispenso Kikyou, bajando de la colina. – Es que de verdad me gustas, Inuyasha. – le confiesa sin miramientos, sin temor de sentirse descarada. Es lo que más le complace de su compañía, con Inuyasha no está atada a normas ni a limitaciones de carácter, es libre de ser ella misma con él.

Un rojo esplendido abochorna el rostro de su querido hanyou, y su corazón se acelera de orgullo. Mientras pudiera provocar ese tipo de reacciones en él, todo seguiría valiendo la pena.

Yo, quería protegerla por siempre…

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- Onee-sama. – Kaede dice, en lo que arranca un ramillete de manzanillas del prado y lo arroja en un cuenco. - ¿Inuyasha se siente bien?

- ¿Huh? ¿Por qué lo preguntas? – le inquiere ella a su vez, pescando algunas hierbabuenas. El invierno estaba acercándose, y necesitan reunir todas las hierbas medicinales que puedan antes de que su frio abrazo escarchado ponga al bosque a invernar.

- No sé, ha estado actuando muy raro últimamente. Incluso me llamo "Kaede-baba" una vez. ¡Y eso que solo tengo once años! – se encogió de hombros, enfurruñada. – Él es tan extraño.

- Escucha, Kaede. Es muy difícil para alguien a quien nadie le ha mostrado nunca compasión, el ofrecérsela a otros. No es fácil para Inuyasha relacionarse con la gente, por eso debemos ser pacientes con él. ¿de acuerdo?

- Hai, hai. – respondió su pequeña hermana, sonriendo cuando Kikyou le alboroto el espeso pelo castaño oscuro de la coronilla.

- Muy bien. Con esto es suficiente. – anuncio la hermana mayor, incorporándose. La brisa vespertina izándole el lacio cabello azabache. – Por cierto, ¿Cómo se encuentra el bandido Onigumo estos días?

La carita infantil de Kaede empalideció como si la hubiesen acusado de un crimen imperdonable, el cuenco produjo un golpe sordo sobre la tierra al resbalar de sus manos.

- Yo…yo ha-hace semanas que no le visito, hermana. – balbuceo horrorizada.

Kami-sama. La preocupación por el discapacitado bandido la movió a acudir en su busca. Kaede la siguió, mortificada por el miedo que le tenía al hombre y sintiéndose culpable por su irresponsabilidad. Kikyou no le reprendió, en el fondo, la autentica responsable era ella, había sido consciente de que el hombre invalido requería de su constante atención y aun entonces, se había dejado seducir por sus patéticos sueños de libertad, olvidándose de su lugar y el juramento pronunciado delante del panteón Shinto.

»Sana las almas heridas, y regresa a la luz a aquellos que caminan a ciegas en la oscuridad, esa es la voluntad del supremo Kami-sama.

Se detuvo en seco delante de la entrada de la cueva, anticipando el grito de sorpresa de su hermana menor al hallar la morada…deshabitada.

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El olor de Kikyou se entremezclaba con los zarzales, perdiéndose en la boca del bosque. Un ligero perfume almizclado le acompañaba, Keh, seguramente la mocosa estaba con ella. Eso le tranquilizo, un poco, jamás lo bastante como para bajar por completo la guardia, en esta época la clave de la supervivencia radicaba en el más astuto, lo que dependía de tu habilidad para conservar tu pellejo. No es que dudara de la independencia de Kikyou, pero ahora estaba él para protegerla, y pensaba tomarse su papel muy en serio. No iba a dejar que se le escapara.

La luz del sol se filtraba entre las copas de los arboles, lanzando destellos claros sobre la ruta no trazada entre la maleza. Aumento la velocidad, ganando impulso para atravesar el último tramo de arbustos que lo separaba del claro que se encontraba más adelante. Se cubrió el rostro con las mangas del aori rojo y saltó, aterrizando diestramente en el suelo.

En esta parte no había arboles que escudaran el bosque del astro rey, espaciándose alrededor de un relieve empinado, coronado por una cueva abandona. Frunció el ceño ¿Qué motivo habría tenido Kikyou para venir a ese desolado lugar?

- ¡Onee-sama, son flores! – la estridente vocecilla de Kaede hizo eco en el interior.

- Onigumo. – murmuro ella aterciopeladamente. Acuclillándose encima del montículo de flores de campanilla que había nacido sobre la silueta de la esterilla donde residiera el bandido. – Tu alma fue salvada ¿eh? – dijo, acariciando los pétalos de una flor que se mecía bajo el murmullo de la corriente eólica del exterior. Algo tan puro, no podía haber nacido por obra de un youkai. No, esto había sido la intervención de alguien con un aura inmaculada. Su energía, aunque débil, seguía envolviendo a la cueva con su calidez. No se parecía a nada que hubiera sentido antes, se sentía tanta paz.

- ¡Inuyasha! – Kaede chillo, arrojando el collar de capullos que estaba elaborando.

Kikyou ladeo la cabeza en su dirección, de nuevo, sus sentidos habían estado pobres, no había podido detectar la presencia de Inuyasha. El hanyou se hallaba recostado en una de las paredes de piedra, los brazos pegados a los costados, los ojos cerrados, entretanto, las aletas de su nariz se expandían al aspirar profundamente.

Esta esencia…me resulta, familiar.

- ¿Inuyasha? – Kikyou le saca de su ensimismamiento. Su delicada mano se posa en su hombro, ligera como una pluma. - ¿Qué haces aquí?

- Keh. No es obvio. Vine a asegurarme de que no te pase nada. – ladró. Cruzándose de brazos y desviando la mirada. Todavía no se acostumbraba a ese asunto de manifestar abiertamente sus sentimientos. A decir verdad, lo detestaba. Pero…ya que Kikyou se esforzaba por revelarle sus emociones a él, lo justo era que le correspondiera en igual medida.

- Estabas… ¿preocupado por mi?

Giro la cara para preguntarle si era estúpida por cuestionar lo evidente, cuando los labios de ella tiraron de los suyos en un corto roce.

- Gracias. – ella le sonrió, feliz.

- ¡Onee-sama! – Kaede aulló. - ¡Se supone que no tienes permitido hacer eso!

Kikyou le dio la espalda para volverse hacia su hermana. – Kaede, ¿acaso, conoce el amor de restricciones?

La enana abrió y cerró la boca un par de veces, sin saber que argumentar. Finalmente, se dio por vencida, y se fue tras su hermana mayor, quien elevo una muda plegaria en nombre del difunto (un tal Onigumo, le explico más tarde) y, a continuación, se dispuso a salir de la caverna.

Inuyasha se quedo congelado unos segundos más, su cuerpo reacio a recibir las órdenes de su cerebro. Básicamente por dos razones:

La primera, el beso de Kikyou, el cual, a pesar de la dulzura de su gesto, no había generado el menor cambio en él.

Segundo, la fragancia impregnada en el aire de la cueva, ese maravilloso aroma que se le hacía conocido…si bien no lograba recordar de donde.

¿Lo estaría confundiendo? Imposible, su olfato nunca le fallaba.

Entonces… ¿a quién pertenecía tan exótico perfume?

Y… ¿Por qué de pronto sentía como si tuviese un hueco en el pecho?

- ¡Inuyasha, vamos!

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De modo que así se sentía la no existencia.

Igual que estar suspendido en un abismo, oscuro y sin final. Honestamente, se le antoja un tanto aburrido, simplemente caer, caer y…continuar cayendo. No necesita el oxigeno para respirar, en realidad, ni siquiera tiene pulmones para hacerlo. Aunque debe reconocer que sería bueno si pudiera, un método de romper con ese tedioso palpitar que zumba en la nada, originado de ningún sitio.

No sabe cuánto tiempo lleva en esto, quizás no el suficiente para volverse loca, de repente sea porque no posee un cerebro que razone. Hace mucho que fue extirpada de su cuerpo. No obstante, aun es capaz de evocar la motricidad de abrir y cerrar los dedos, el cosquilleo que le producen sus cabellos al azotar sus mejillas, la sensación de sus piernas juntas mientras desciende.

Su espalda toca una superficie acuosa, las calmas aguas se alteran con ondas en lo que ella es sumergida. No hay frio, ni calor, tampoco preocupación por ahogarse. Se deja arrastrar, no es que tenga muchas opciones.

Kagome…

El zumbido cobra significado conforme se hunde. Es un nombre.

Kagome…

Ummm, ese nombre, tiene la sensación de que es importante para ella.

Kagome…despierta.

Abre los ojos, por inercia. Una intensa luz la cubre de arriba abajo, tan potente que se ve en la necesidad de taparse los parpados con el antebrazo.

Por fin, planea en terreno solido. Se descubre a si misma de rodillas, con las palmas apoyadas en la tierra húmeda. Al principio, su memoria no distingue el lugar. Es un sitio angosto y cuadrado, con paredes adoquinadas. Incomoda, se revuelve, acordándose mecánicamente de que tiene piernas. Su talón tropieza con una piedrita y resbala.

Auch. – Kagome mete una mano bajo su muslo, de súbito, siente que se le va el alma a los pies.

Aquel objeto, largo y filoso no era una piedrita, en lo mas mínimo, era un hueso.

Aterrorizada, alzo la mirada.

No, no, NO.

Condenadamente que ella NO estaba en el fondo del pozo devora-huesos.

Continuara…


Lo prometido es deuda. Aquí está el cap número 7 de SDNK! Es tarde señoras y señores…aproximadamente las 11 de la noche, creo…pero, dado que este es el único chance que tengo para escribir, prefiero aprovechar la oportunidad y adelantarles este trabajo…se lo merecen, gracias por su paciencia y atención!

Belle