Los ancestros no le respondieron. El viento silbaba a través de las ramas pero Jon no supo entenderlo. Los Dioses no iban a ayudarle hoy, sólo podía hacerlo la mujer que amaba. Ella sabría como reconducir la situación. La recuperarían y gobernarían como uno, lucharían como uno, y vencerían en la guerra que se aproximaba y en todas las venideras. Apoyó los nudillos en la puerta de la habitación que compartían y se lo pensó unos segundos antes de llamar.

Al cruzar la puerta sólo ver sus ojos le impedía decir nada que pudiera herirla. Era todo lo que Poniente necesitaba, y todo lo que él necesitaba. Su camino había sido largo, mucho más que el suyo. La devoción que todos le mostraban no había sido ningún regalo. Había luchado por todas y cada una de las personas que le seguían, su khalasar, los inmaculados, todos los antiguos esclavos, ... Por él y sus hombres había perdido uno de sus hijos. Lo había dado todo en la lucha, y la lucha terminaría consiguiendo un trono fuerte y seguro desde donde pudiese gobernar. No podía haber nada que lo hiciese peligrar. La voz fue formándose en su garganta.

- Dany... tenemos un problema.

Oyeron gritos y carreras fuera. Ser Davos entró corriendo en la habitación.

-Mi señora, mi señor. Ya vienen.

Los sureños no llegarían a tiempo a Invernalia, ni siquiera los más cercanos. Llevarían a cabo el operativo que tenían preparado previamente.

Ella le miraba con decisión, por fin había llegado el momento para el que tanto se habían preparado. Estaban listos. Y los muertos también.

-Jon, ¿era eso lo que me ibas a decir?

Brienne entró por la puerta seguida por su escudero jadeante, que le terminaba de recolocar la armadura mientras ella se movía.

-Mi rey, mi reina, ¿cuánto tiempo tenemos?

-Tenemos. Bran cree que aún varias horas.

-Los dragones...

-Todo está preparándose.- Jon cortó- Hoy tenemos que luchar los tres como uno sólo, nosotros desde el aire y tu sobre la tierra. Tenemos que ser uno. ¿Lo entiendes? No quiero ninguna distracción.

-Cálmate. - Daenerys le agarró del brazo. - No entiendo qué te pasa.

-Pero ella sí. Sólo quiero que tengas claro lo que nos jugamos hoy. Hoy estás con nosotros, no hay nada más. Los tres luchando por la vida de todo Poniente. No importa ninguna otra cosa.

-Por supuesto que lo entiendo.- Brienne no necesitaba más para saber lo que le estaba diciendo y lo que no estaba diciendo. Y para saber que Daenerys no tenía ni idea.

-Jon, ganaremos. Tranquilos. Saldremos de esta. Hoy salvaremos Poniente. - Daenerys acarició la mejilla de Jon y el hombro de Brienne, y los tres se sintieron conectados por un momento, calmando la tensión del ambiente. Aquello era una despedida, Jon y Daenerys se dirigieron hacia sus bestias, y Brienne caminó en sentido opuesto.

La estrategia militar no era muy compleja. Los dragones debían acabar con el dragón del rey de los muertos, y los soldados serían guiados por Brienne en el campo de batalla, que lucharían contra el resto de caminantes y sus vasallos.

La cabeza de Brienne ardía. Sólo podía avanzar hacia sus tropas con la mente en blanco, sin saber qué hacer ni qué decir. Nunca había estado en una guerra real, y ahora debía comandar el ejército más numeroso en la historia de Poniente. Como si pudiese sentir sus pensamientos, Jaime apareció de la nada para retenerla por el brazo.

-Brienne... tenemos que hablar.

- Ahora no.

-Ahora.- Le agarró con más fuerza, y puso su mano dorada sobre su estómago para frenarla. Veía al ejército apostado a una distancia poco prudencial. Decidió detenerse antes de que alguien pudiese verlos.

-No habéis estado en una guerra, yo si.

Su soberbia era abrumadora. Brienne entornó los ojos, e intentó deshacerse de su agarre.

-Sé cosas... sé cosas que tú aún no sabes. Sé que si tenemos suerte sólo la mayoría de nosotros morirá. Eso es lo máximo a lo que podemos aspirar. De ser así... muchos morirán seguro. Los escuderos, los demasiado jóvenes, los demasiado viejos... los tullidos... Definitivamente todos ellos morirán. Pero tú no. He visto muchos caballeros a lo largo de los años y me he especializado en saberlo. Tú no vas a morir, así que no te dejes matar.

Ella le miraba atormentada, como si no terminase de entenderlo.

-Brienne, Podrik morirá hoy. Yo moriré hoy. Y muchos, muchísimos más. En la batalla lo verás, verás muerte a tu alrededor, y deberás huir de ella, no ir a ella. No mueras por nadie, prométemelo.

-Ese es un juramento que no estoy dispuesta a hacer. Sé que hoy morirán muchos, pero tú no, ni Podrik.- Le miró un segundo preguntándose si podría besarle una última vez, pero sabía que los soldados estaban muy cerca y no se atrevió a acercarse. Bajó la voz y cambió el tono a uno privado, que sólo conocía él.

- Estaremos bien, nos veremos después de la batalla. Eso es lo que te voy a jurar. Y ya sabes... nunca rompería un juramento.-Le dejó con la palabra en la boca, farfullando a sus espaldas, y se dirigió hacia las tropas.

Estaba muy nerviosa frente a todos aquellos hombres y mujeres que ofrecían sus vidas por aquella causa, la vida misma. No era muy dada a las palabras, pero ahora sabía qué era lo que quería decir.

-Hoy viene la muerte. Literalmente. Vendrá ante nosotros y nos querrá llevar con ella. Para llevarnos a más y más y acabar con todo lo que amamos. Hoy luchamos por nosotros, por todo lo que queremos, por los que somos y los que vendrán. Por todo lo que lucharon nuestros ancestros. Esta vida no siempre ha sido dichosa, hemos sido saqueados, humillados y vejados por aquellos que debían gobernar y proteger. Daenerys trae una nueva vida con ella, un nuevo orden que no someterá a los humildes para regocijo de los señores. La vida que nacerá a partir de mañana será gracias a la sangre que derramemos hoy. No luchéis por las miserias del hoy, ¡luchemos por la luz del mañana!

Los soldados gritaron y fueron tomando posiciones tras ella. En el horizonte podían empezar a vislumbrar la fina hilera blanca que se acercaba lentamente. Buscó a Jaime entre la gente y encontró su caballo a poca distancia. El muy estúpido tenía que estar en vanguardia.

La batalla tiñó de rojo la nieve en el primer contacto. Era la guerra con más soldados que había existido jamás, en ambos bandos. La contienda se extendió por un terreno amplísimo, no se veía el final. Los caminantes blancos levantaban a los nuevos muertos, y las matemáticas empezaban a causar problemas. Todos llevaban pequeños frascos de fuego valirio que estaban obligados a lanzar a cualquier compañero caído, un pequeño truco de Tyrion. Algunos hombres ardieron solo por tropezar, otros por error. En ocasiones el fuego se extendía de muertos a vivos, pero era mejor sólo perder hombres que perder hombres y dárselos al enemigo.

Brienne intentó mantenerse cerca de Podrik y Jaime. Había perdido de vista a Arya, pero estaba segura de que ella sabría defenderse. La lucha encarnizada se alargaba en el tiempo y los músculos empezaban a dolerle, las piernas a cansarse, y notaba como sus fuerzas comenzaban a disminuir. Las de los muertos no.

Notaba flaquear al resto de sus soldados. Jaime perdió el aliento hace tiempo y empezaba a usar más su mano de oro que la espada. De pronto el cielo se iluminó y vieron caer el dragón del rey de los otros sobre el campo de batalla. Aplastó a hombres y muertos, pero el caminante blanco salió ileso y empezó a apuntar con su lanza a los dragones de Daenerys y Jon. Ellos lo vieron, sobrevolaron las nubes y se perdieron en la distancia en una retirada planificada.

Entonces Guardajuramentos comenzó a brillar. Saltaron chispas, fuego azul y destellos que hacían que toda la nieve alrededor se viese azulada. Sus propios ojos brillaron, y la espada de Jaime pareció responder. No ardía ni centelleaba, pero comenzó a brillar de manera sutil. El acero compartido y la conexión con ella tenían que estar relacionados.

Ambos lucharon con fuerzas renovadas, intentando abrirse paso hacia el rey de la muerte que seguía buscando en el cielo una nueva bestia a la que apuntar. Los muertos parecían querer defenderlo, les rodearon como una plaga y cada vez resultaba más difícil quitarlos de en medio. Estaban cerca cuando otro caminante blanco montado a caballo golpeó a Jaime en la cabeza por detrás y cayó inconsciente sobre la nieve. Se estaba quitando a otros muertos de encima cuando vio a Podrik sostener su frasco de fuego valyrio sobre Jaime.

-¡Podrik, no!¡No está muerto!

-Ha caído mi señora, tengo que hacerlo.

-Te mataré, ¿me oyes? ¡No lo hagas!

El escudero no parecía dudar y ella se planteó por unos segundos si de verdad sería capaz de matarle para evitarlo. Antes de encontrar respuesta, uno de los muertos lo atravesó con su lanza. Brienne lo decapitó con Guardajuramentos y cayó sobre Podrik, que escupía sangre y se atragantaba.

-¡Pod! Tranquilo, intenta respirar, te pondrás bien.

Mientras hablaba Podrik cerró sus ojos para siempre.

Ella levantó los suyos con una furia que sólo había sentido cuando Renly murió. Su espada empezó a brillar y arder con mucha más fuerza y de pronto el rey de los otros dejó de buscar a los dragones para fijar sus ojos en ella. Se quedaron mirando unos segundos, él tomó un caballo al que le faltaba medio rostro y comenzó a alejarse galopando. Brienne miró a Jaime tendido sobre la nieve y dudó por unos segundos. Un presentimiento la invadió y supo lo que tenía que hacer.

-Sé que estarás bien, sé que volverás a mi.

Brienne se levantó y encontró un caballo que corría desbocado. Consiguió subirse y empezó a correr tras el rey de la noche.

La carrera se extendió por mucha distancia, su espada aplastaba a todos los muertos que la iban acosando durante el camino, pero cada vez eran más y estaban empezando a cubrir el caballo. Saltó de él justo a tiempo, pero nuevos muertos empezaron a cubrirla. En un último impulso lanzó su espada contra el rey, que estaba a muy poca distancia y los muertos que la rodeaban cayeron sobre ella. Eran peso muerto, ya no se movían pero la tenían completamente cubierta y aplastada, y por mucho que lo intentase no podía salir.

Los muertos habían caído con la muerte de su rey, dejando el campo cubierto de cadáveres destrozados. Sin embargo, el resto de caminantes continuaba en pie. Un grito gutural dio la orden para que comenzaran su retirada al norte, que no sería breve. Volvían más allá del muro para volver a dormir miles de años. Hasta que volvieran a estar preparados.