Capitulo 6

Bella subió corriendo las escaleras hasta su habita cion.Las llamas de las velas danzaron a su paso. ¡Bárbaros!, pensaba furiosa. ¡Todos ellos! Tratarla con tan ruin desconsi deración.. ¿no era suficiente que el Consejo amenazara con comenzar una batalla allí? Sugerir que el witan sería capaz de quemar Forks era imperdonable. A Lord Edward no le im portaba Forks. Era sólo otra conquista, el premio por ven cera su padre. Lo odiaba, los odiaba a todos, en especial al peludo amigo del caballero. ¿Qué clase de hombre bromearía sobre cortarle la cabeza a una mujer? Ante la idea, Bella se llevó los dedos a la garganta y tragó. Y, sin embargo...

El recuerdo de la voz grave de Edward la inundó antes de ter minar su pensamiento. Lord Edward Cullen la había defendi do, ¿verdad? Se había sentido protegida en sus poderosos brazos. ¡No! Tenía que recordar que era él quien la obligaría a partir con la primera luz del día. A él no le importaba si ella vi vía o moría. ¿Protegerla? Bella se rió amargamente. Él sería el primero en lanzarla a los lobos.

Cerró la puerta de su recámara de un golpe. Desenganchó el broche de esmeraldas prendido en la garganta, lanzó la ca pa al otro lado de la habitación y se arrojó en la cama. Lo odia ba. Sacudió la cabeza ante el recuerdo de la risa de Lady Renee en el jardín. Por supuesto, su madre había podido encontrar lo bueno en Lord Charlie e incluso había llegado a amarlo. El padre de Bella era un hombre amable, honorable. Todo lo con trario al desgraciado sin corazón que se hallaba abajo. Debería odiarlo. Pero todavía la perseguía el recuerdo de la sonrisa apasionada de Edward en el lago.

Por el amor de Dios, él es real. El aroma masculino adherído a su ropa lo atestiguaba. Contra su voluntad recordó el frío pecho acorazado contra su rostro, duro e impenetrable como su corazón. Y ahora sabía por qué. Ella era toda mi vida. El tor mento, como los ecos fantasmales en un viejo campo de bata lla, había impregnado el aire del castillo cuando el guerrero normando habló de su amor. Lord Edward había adorado a la mujer del lago. Bella lo había visto, había intentado olvidar lo, pero era real. Se tapó la cara con la almohada intentando borrar las imágenes de los dos en el lago acariciados por el be so del verano. Él estaba vivo ese día, pero le arrancaron el cora zón del pecho, y le dejaron sólo el recuerdo de lo que fue al guna vez.

Sin embargo, no había nada frío en sus ojos cuando la mi raba. Los inundaba una cálida preocupación y una tierna com pasión. ¿Podría penetrar alguna vez su helada armadura, y encender el corazón de este guerrero? Sabía que debía hacerlo si quería quedarse en Forks... o si quería volver a sentir su abrazo otra vez.

Edward encontró a Jasper cuando salía de una habitación ubicada en el descanso del segundo piso no muy lejos de la recámara donde Bella estaba recostada pensando en él. Co mo una pequeña sombra oscura, Alice colgaba del brazo de Jasper y le sonreía con una mirada de veneración que le ilumi naba el rostro.

—¡Edward! —Jasper farfulló como si su hermano fuera la úl tima persona que hubiera esperado ver en el castillo de Forks.

Edwardsonrjò ante las mejillas enrojecidas de la doncella cuando se dio vuelta.

—Sòlo le estaba mostrando a Sir Jasper su habitación —explicò Alice, evitando la mirada de Edward.

—¿Ya has encontrado una habitación para mí, Alice? —preguntò Edward con gentileza.

Alice palideció.

—No, mi señor, yo... yo... —miró a Jasper con desespera ción, pero el apuesto caballero sólo sonrió y llevó un dedo al cabello negro de ella.

—Me temo que la he distraído de sus deberes, hermano —la defendió Jasper, aunque sabía que no había necesidad de hacerlo. Edward raramente se enfadaba con los siervos y vasallos de Graycliff, y excepto por Alexander, Jasper nunca supo que su hermano castigara o hiriera a alguien a su ser vicio. Por supuesto que Alice no lo sabía. Pero en ese mo mento, los ojos ardientes de Jasper y su seductora sonrisa le hicieron olvidar que Edward estaba parado allí junto a ella hasta que al fin Jasper levantó la mirada.

—No importa, estoy seguro de que hay una habitación per fectamente aceptable para mí...

—Ah —dijo la doncella con un suspiro, liberándose de su trance—,discúlpeme, lo llevaré a su habitación de inmedia to. —Pasó por entre los dos hombres y se escabulló por el lar gocorredor, mientras Edward y Jasper intercambiaban una rá pida sonrisa a sus espaldas.

Alice se detuvo al final del pasillo y abrió una pesada puer ta de madera.

—Ésta era la habitación del padre de Lord Charlie. Es la única en el castillo, además de la de Lord Charlie y la de Lady Bella, que tiene baño privado.

—Perfecto —dijo Edward pasando a su lado para entrar en la alcoba—, un baño era mi siguiente pedido.

—¿Necesita que lo atienda, mi señor? —preguntó Alice tí midamente, conociendo sus deberes hacia el nuevo amo. Aun que bañar a Lord Edward no sería de ninguna manera desagra dable, el único hombre que ella quería atender en ese momento era Jasper.

Non —respondió Edward con ligereza mientras evaluaba la enorme habitación con la gran cama de dos plazas con do sel y el macizo hogar de piedra. Contra la pared oeste había un armario de nogal lo suficientemente grande como para aco modar toda su ropa. A su lado había una mesa de caballete adornada con un florero lleno de rosas silvestres y una fina pa langana de oro para lavarse las manos. Un elegante biombo que llegaba a la altura del hombro de Edward ocultaba el ba ño que había mencionado Alice. La habitación tenía buena ventilación y le resultó satisfactoria. Con un gesto afirmativo sugirió su aceptación y se volvió de nuevo hacia Alice—. Haz que suban mis cosas y envía a alguien para que encienda el fue go... y quita estas flores.

Alice hizo una reverencia con la cabeza inclinada y se dio vuelta para irse, pero Edward dio dos largos pasos y le to mó la mano.

—No tienes que inclinarte ante mí cada vez que abro la boca. —Su sonrisa alivió la ansiedad de la doncella. Todo el te mor que ella y los otros habían sentido ahora quedaba disipado, Lord Edward Cullen era maravilloso.

—Necesita algo más, mi señor? —preguntó ella, ansiosa de ir a contarles la novedad a los demás.

Edward liberó su mano y continuó investigando la habi tación.

—Oui, adviertaa los cocineros que quiero que se sirva la ultima comida del día una hora después de la caída del sol. Me gustaría una taza de aguamiel tibia todas las mañanas —hizo una pausa, examinando las rosas que florecían como prome sas de amor. Pasó el dedo sobre un delicado pétalo anhelando aspirar su dulce y conocido aroma—, e informe a Lady Bella que me gustaría verla en mi mesa.

A Alice se le iluminaron los ojos y Edward supuso que los rumores sobre si la señora de Forks sería o no desterrada habían sido una gran preocupación para la gente del lugar. O eso, o la doncella había aprendido de su ama a escuchar detrás de las paredes.

Sin querer sonrió al recordar la lengua explosiva de Bella. Su padre tenía razón, era una mujer apasionada, llena de fue go y de vida y... Rápidamente borró el recuerdo de su mente. Se casaría con ella si era su deber hacerlo. La llevaría a su ca ma. Pero nunca le daría el corazón.

Se dirigió hacia el borde de la cama dando largos pasos y probó el colchón con los dedos.

—Una cosa más —levantó su mirada acuática hacia la exótica y morena doncella—, dile al duque Jacob que he solicitado tu compañía en mi cama esta noche —se sentó en la cama suave y se quitó las botas. Levantó de nuevo la mi rada al registrar la sorpresa en el silencio de ella. La sonrisa ensus labios le aseguró a Alice que había una razón para sus palabras.

—Aunque es casado, el duque en realidad disfruta de las mujeres y el vino; eso... cuando no está luchando. Te solicita rá esta noche si es que yo no le gano primero, y rechazar al du que de Normandía no es recomendable —explicó Edward le vantándose de la cama-. Duerme donde quieras esta noche, ma cher, pero si no quieres que sea con el duque Jacob, en tonces debes decirle que estarás conmigo.

Alice miró fijamente a los ojos de su nuevo amo sin po der creer lo que estaba escuchando. ¿Acaso le importaban tan to los sentimientos de una simple doncella como para prote gerla del guerrero que estaba abajo?

Hizo una reverencia no sabiendo de qué otra manera expre sar su gratitud y Edward suspiró, luego le sonrió a Jasper por en cima del hombro de Alice. Jasper tomó el brazo de la joven don cella y la escoltó fuera de la habitación. En el momento en el que se cerró la puerta tras ellos, Alice tiró de la manga de Jasper.

—¿Entonces aceptará a Bella como su esposa?

—Todavía no sé qué ha decidido, pero no puedo imaginar que una persona como él la destierre.

—No —Alice acordó casi sin aliento—. Es maravilloso, tan amable y gentil —Cuánto se habían equivocado todos al preocuparse.

—Alice —susurró Jasper al ver una luz de esperanza en sus ojos. Le parecía bien que Edward fuera apreciado allí, pero él no quería que nadie en Forks confundiera la bondad de su hermano con debilidad, como lo había hecho Alexander—, mi hermano es un hombre justo. Exige respeto y lo ofrece a cambio. Pero diles a los demás que el nuevo señor es un gue rrero por sobre todas las cosas.

Ella asintió y observó la puerta tras la cual el nuevo amo del castillo se preparaba para su baño. Recordó el poder de su voz suave como la miel y la feroz llama en sus ojos cuando lo vio por primera vez en el corredor.

—Se lo diré, mi señor.

Jasper le tomó el mentón entre las manos y levantó su ros tro hacia él.

—Te verè esta noche, a la hora de la cena.

—¿Cena? No, yo no ceno con...

Jasper asintió, interrumpiendo sus palabras.

—Desde ahora, todos cenamos juntos.

Una vez más, los ojos de Alice brillaron. Le ofreció su son risa más radiante, luego corrió sosteniéndose la falda sobre los tobillos y bajó las escaleras para informarles a los demás. Diez minutos más tarde, cinco baúles de madera de varios tamaños fueron enviados a la habitación de Edward, así como el agua pa ra su baño, tan caliente que los vapores plateados se arremolinaban sobre la bañera mientras la vertían.

Jasper se echó sobre la cama de Edward cuando volvió para hablar con su hermano.

—¿Entonces, qué hace aquí el duque? —preguntó mientras Edward se desvestía y lanzaba sus prendas sobre la mesa ahora desprovista de flores.

—Dimitri lo mandó a llamar para convencerme de que me case con Lady Bella.

—¿Y lo ha logrado?

Oui. Me lo ordenó —Edward ignoró la sonrisa atribulada de su hermano, se dirigió hacia el otro lado del biombo y se su mergió en la bañera. Se deslizó dentro del agua humeante que amenazaba inundar el piso.

—Mi cama no es tan cómoda como ésta —Jasper frunció el ceño un momento más tarde, amasando una almohada antes de posar su cabeza.

—Es extraño —dijo Edward mientras comenzaba a enjabo narse el pecho-, estaba seguro de que la doncella te había da do la cama más cómoda del castillo. Ya que, después de todo, ella va a pasar tanto tiempo allí —agregó con una sonrisa so carrona.

Jasper abrió la boca para proteger el honor de ella, pero lue go pensó en el negro y suave cabello de Alice derramado so bre sus hombros de color oliva y concluyó que Edward proba blemente tenía razón, al menos si Jasper obtenía lo que quería. Cruzó los brazos detrás de la cabeza y suspiró.

Edward rió en silencio al escuchar el sonido anhelante y se deslizó más profundamente en el agua, sumergiendo la cabe za. Emergió un momento después con tanta fuerza que salpi có agua por todas partes.

—Dime lo que piensas de tu futura esposa —le preguntó Jasper.

—Creo que tiene una lengua feroz. —Edward vertió un po co de cremoso jabón aromatizado con especias en la cuenca de su mano y se enjabonó los rizos negros y la cara.

Una lenta y perezosa sonrisa se posó sobre el rostro de Jasper:

—Una lengua puede ser una gran ventaja para un hombre.

Ante la respuesta de su hermano, Edward dejó de enjabonar se por un momento para formarse cierta imagen. Volvió a su mergirse y se enjuagó la espuma de la cabeza intentando apa gar el fuego que repentinamente le calentó la sangre.

La puerta de la habitación se abrió de un golpe. Jacob es taba de pie en la entrada. El duque miró a Jasper, que señaló el biombo. Jacob se encaminó hacia la barrera y la tumbó con la mano de un golpe. Miró fijamente a Edward, que se remoja ba en la bañera.

—¡Te daré diez hombres por la bella morena! —imploró el salvaje normando.

Non —respondió sencillamente saliendo del agua hu meante. El agua cayó como un río sobre su cuerpo esbelto y formó un charco a sus pies. Tomó la toalla que Jasper le lanzó desde el borde de la cama y se secó el torso mojado. Una expre sión de fastidio arrugó la cara del duque haciéndolo parecer más bien un lobo agitado que un guerrero contrariado.

—Hace una hora no querías ni a una mujer, ¿ahora quie res dos?

—Yo no quería esposa, Jacob —le recordó Edward, bus cando dentro de uno de los muchos baúles que había traído del castillo de Graycliff—. Nunca dije que no quería disfrutar de una mujer en la cama. —Eligió unas calzas negras y grue sas y una camisa azul oscura de mangas largas con un borda do de rizos dorados. Lanzó la camisa sobre la cama y se ajus tó las calzas.

—Bastardo egoísta —gruñó Jacob aceptando fácilmen te su derrota. Volvió la atención a Jasper, que ahora estaba sen tado en la cama sonriendo ante la divertida disputa.

—¡Jasper! —Jacob se apresuró a su lado con los brazos extendidos para darle un fuerte abrazo, y el hermano de Edward se preparó para la embestida—. Merde, ¡estás el doble de gran de que cuando te fuiste de Normandía! Nunca debí haber de jado que vinieras a Inglaterra a vivir con este bribón —Jacob señaló en dirección a Edward con el mentón, que sonrió y le lanzó la toalla.

—¿Quién más puede enseñarme cómo complacer a dos mujeres al mismo tiempo? —bromeó Jasper.

Jacob le lanzó una mirada de lince y lo golpeó en el hombro.

—Por lo que he escuchado, no ha habido escasez de muje res en tu cama, Jasper. Oui, tu reputación con el bello sexo ha llegado hasta Normandía —entrecerró los ojos—, ¿cuántos años tienes ya, veinte?

—Veinticuatro.

—Ah, estás en la cúspide, hijo. Vuelve a Normandía conmi go y te daré tu propio harén. Éste tiene veintiocho y tiene mie do de casarse.

—Y tú ya estás tan viejo que no escuchas las risas burlonas de las rameras de tu harén a tus espaldas —replicó Edward.

—Míralo —dijo Jacob con un dejo de lástima en la voz, ignorando el insulto de Edward y sacudiendo la cabeza en su di rección—. ¿Llamas a eso músculo? Pero si las patas de las gallinas del corral tienen más músculos que tú.

—Son lo suficientemente fuertes como aplastarte bajo mis pies, viejo -Edward se burló alegremente y se dio cuenta de cuánto había extrañado pelear con su amigo más querido.

Dando un paso gigantesco, Jacob se acercó otra vez y co locó un brazo alrededor del cuello de Edward, inmovilizándo lo como si fuera una cadena de hierro cuando él intentó zafarse. De pronto, Jacob se puso serio y tomó el rostro del joven entre sus manos inmensas.

—Me preocupo por ti. Eres como un hijo para mí. Al me nos tu hermano mantiene el corazón lejos de sus pantalones.

—Estoy bien —le aseguró en voz baja.

Jacob lo estudió durante un momento, luego le cache teó la mejilla.

—Muy bien, entonces, cásate con la muchacha y dame mu chos niños, y si alguna vez me necesitas, estaré a tu lado.

Edward se inclinó en una reverencia con genuino respeto y afecto.

—Gracias, Jacob —sonrió—, ahora vete de aquí y deja que me vista. Y llévate a Jasper contigo.

—Muy bien, pero te advierto: la próxima muchacha bella que vea esta noche será mía —dijo mientras posaba un brazo macizo sobre el hombro de Jasper al salir.

Cuando se quedo a solas, Edward cruzó la habitación y tomó el cinturon y la vaina de su espada. Sintió un golpe en la puer ta mientras se prendía la pesada banda de cuero a la cintura.

—Adelante —dijo, apenas levantando la vista.

Bella empujó la puerta, pero en vez de pasar esperó en la entrada. Sus ojos recorrieron los sutiles cambios que Edward había hecho en la habitación, luego se posaron en él. Maldito sea, no tenía derecho de verse tan brutalmente apuesto y tan vivo en una habitación que había contenido el recuerdo de su fallecido abuelo durante tanto tiempo. Y como si esos endemoniados rizos negros y brillantes que caían sobre sus ojos fueran poco, la vista de su pecho desnudo hizo que ella olvida ra por qué había venido a su habitación en primer lugar. Se le secó la boca. Él todavía estaba mojado. Gotas cristalinas que bajabann por los lisos y pulidos músculos de los brazos y el cue llo guiaron su mirada aun más abajo hacia su esculpido abdomen.

—Lady Bella —él cruzó la habitación y se sentó en la cama. Buscó sus botas y la miró otra vez al notar finalmente que ella aún no había pronunciado una sola palabra—, es un placer verla de nuevo—sentenció, decidido a tratarla con más gentileza que antes. Después del modo en que Jacob le ha bía gritado, ella merecía un tono más amable.

—¿Es cierto eso?

—¿Que me alegra verla? —levantó una ceja mientras se cal zaba las botas. Ella asintió, observándolo tan fijamente que él pensó que tal vez estaba calculando el mejor ángulo por donde acercarse para clavarle un puñal Su mirada recayó sobre las ma nos de Bella. No sostenía arma alguna, pero tenía los puños apretados. Eso le hizo gracia al recordar a la gata salvaje que ha bía atacado al duque de Normandía luego de que la engañara.

—¿Por qué no habría de alegrarme? —le preguntó mansa mente.

Ella encogió sus delicados hombros.

—Porque tengo el cabello rojo, tal vez.

Edward la miró antes de ponerse de pie y recoger su camisa de la cama.

—Tiene un cabello hermoso, señora. ¿Pero qué tiene que ver eso?

Bella lo observó mientras se vestía. Hizo un esfuerzo por mantener firme la voz, pero las fuertes líneas de ese cuerpo le confundían los pensamientos.

—No abandonaré Forks —dijo bruscamente. Él se pasó la mano por los rizos mojados para quitárselos de la cara. Bella se mojó los labios secos—. Usted... usted no puede quitarme todo y echarme del lugar en el que he pasado toda mi vida.

—¿Puedo al menos convencerla de que pase? Se está reu niendo una multitud.

Bella dio media vuelta y se sonrojó al ver a los criados es condidos detrás de ella. Los ahuyentó, entró a la habitación y cerró la puerta con fuerza.

—Listo —le dijo con fastidio—, ¿contento ahora?

Edward se apoyó contra la repisa del hogar y la estudió. En fer, pero era encantadora. Nunca había esperado que su pre mio fuera una pequeña bruja infernal tan fogosa con unos ojos que prometían dulces entretenimientos. Estaba disfrutando tanto la actitud desafiante que encendía su temperamento que decidió no decirle todavía que se podía quedar. Escudriñó con audacia su cuerpo de la misma manera que ella lo había estu diado a él. Sonrió cuando volvió a sonrojarse, pero sus ojos re velaron algo mucho más salvaje que el humor.

—¿No tiene ningún pariente con el que pueda ir a vivir? ¿Una hermana o un hermano? ¿Tía o...?

—Dije que no abandonaré Forks, tonto. ¿No oye bien?

Lord Edward se acercó un paso.

—Es demasiado atrevida para ser una mujer que no tiene alternativas.

La habitación se volvió más pequeña a medida que él se acer caba. Bella sintió el impulso de llevarse una mano a la gargan ta; él tenía el aspecto de un lobo, oscuro y sediento de sangre.

—Tengo una opción, Lord Edward —el corazón le latía con fuerza en el pecho cuando él llegó a su lado. Estaba tan cerca ahora que podía sentir la calidez de su aliento sobre la meji lla. Fijó la vista en su mentón para no ver esos bellos ojos en gañosos. Pero pronto advirtió su error al notar el sensual ho yuelo en el mentón que acentuaba sus labios endiabladamente pecaminosos.

—¿Qué opción es ésa? —su voz era arrogante.

Bella se preparó para el asalto y echó la cabeza hacia atrás para encontrar su mirada. La cabeza le daba vueltas y ca si había perdido el aliento. Al verlo en el lago, se había senti do muy cautivada mientras percibía su placer como para que la impactaran sus rasgos por completo. Su aroma limpio y masculino no la había rodeado como la rodeaba ahora. Cuan do lo estaba espiando, no tenía idea de su enorme y dominan te estatura y el efecto que tendría en sus sentidos el estar tan cerca. Se mordió el labio inferior, decidida a no perderse en ese ensueño. Este hombre era real, y la obligaría a abandonar su hogar.

—Lucharé con usted por Forks —le dijo haciendo un es fuerzo por levantar el mentón en un gesto de desafío ante el poder que él ejercía sobre ella.

Por un momento Edward pareció demasiado sorprendido como para hablar. Luego se le rió en la cara.

—¡Bribón! —le espetó Bella—. ¿Cree que porque soy una mujer no puedo luchar contra usted? ¡Sir Billy pensa ba lo mismo hasta que le rompí el florero de la tía Gertrude en la cabeza y luego cambió de idea, se lo aseguro! Usted no es di ferente, no es más que un vulgar...

Le rodeó cintura la cintura con el brazo y la levantó fácil mente del piso.

—Qué cree que está... —los ojos de Bella se abrieron grandes, pero una vez más sus palabras fueron interrumpidas, esta vez por un largo, fuerte y exigente beso que también de tuvo su respiración.

—¡Cómo se atreve! —Bella habló con tanto énfasis cuan do se apartó de él, que Edward no tuvo más alternativa que son reír ante su beligerancia— ¡Villano! —la sonrisa de él atizó su furia aún más y levantó la mano para golpearlo.

Edward le aferró la muñeca con la sangre también encendi da por su maravilloso temperamento. Antes de que pudiera preguntarse cómo había llegado a ese punto, la empujó contra la puerta. Le llevó la muñeca sobre la cabeza, luego tomó la otra y las juntó. No dijo una palabra, era peor que si hubiera hablado. Simplemente la miró con una excitación que iluminaba sus ojos. Su aliento no estaba tan entrecortado como el de Bella, pero su boca se curvaba en una media sonrisa tan lujuriosa y desafiante que la asustó. Se apretó contra ella, su cuerpo firme y cálido, los labios que le rozaron la garganta eran tan suaves e incitantes como las alas de un hada. Cuando la joven gimió contra su cuerpo, Edward hundió la boca en la de ella y la besó casi brutalmente, permitiéndole saborear la pa sión que todavía rugía más allá de su férreo control.

Se apartó solo lo suficiente como para quedarse aún com partiendo su aliento. Su respiración era ahora tan dificultosa y pesada como la de ella. Bella se pasó la lengua por los la bios hinchados y él hundió su mirada en ellos. Se inclinó y le rozó la boca, saboreándola de nuevo y dejando su marca inde leble. Bella lo miró fijamente a los ojos, aturdida por su co lor e intensidad. Se habría caído, si no hubiera estado tan apre tada contra él.

—Es usted despreciable -susurró.

—Entonces seguramente... —su voz fogosa de barítono la envolvió como una niebla cálida... —no querrá quedarse en Forks con un hombre así.

—Puedo pretender que usted no existe —prometió Bella, y luego desvió la mirada cuando él levantó una ceja.

—Por alguna razón lo dudo mucho —señaló él.

Bella bufó ante su arrogancia y lo empujó para liberarse. Él dio un paso atrás y observó aquellos ojos de fuego que lo miraban.

—No abandonaré Forks, de eso puede estar seguro. Y si ignorarlo no funciona... —dibujó en los labios una sonrisa malvada para imitar la que él le estaba ofreciendo—, podría simplemente matarlo en su cama.

Edward le respondió con una sonrisa pícara y abrumadora mente sensual:

—Eso suena muy tentador.

Bella se sonrojó hasta las raíces al advertir lo que quería decir, luego abrió la puerta con fuerza y salió corriendo de la habitación. Edward sintió que esos aros de fuego color esmeral da irradiaban furia, sólo comparable a la de él, hechizantes, coronados además por la magnificencia de su cabello que danzaba contra la luz como llamaradas de oro. Aspiró largamen te el aroma a jazmín que le dejó en la túnica. La hija de Lord Charlie era delicada en sus brazos, apasionada contra su bo ca, y Edward se encontró saboreando la idea de su cuerpo, sua ve y, sin embargo, resistente. La fortaleza de su espíritu lo ex citaba, encendía en su interior una chispa de algo que ya casi había olvidado que existía. La deseaba, pero ¿era ella lo sufi cientemente fuerte como para estar con él? Sabía que si la to maba, sería diferente de lo que había sido con Tanya. No se ría gentil, la devoraría hasta que fuera completamente suya, hasta que supiera que nadie más podría llenarla como él.

Cuanto más pensaba en ello, más le atraía la idea de casar se con Bella Swan. Era ciertamente hermosa. ¿Sería tan mala elección hacerla su esposa? No la amaba y nunca la amaría, pero no era razón para negarle a su cuerpo el excitante pla cer que sintió al besarla, o el ansia que sintió al sostenerla en sus brazos, algo que creyó que nunca volvería a sentir.

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