Capítulo 7.
10 de Octubre de 1952.
Los días concurrían de manera tranquila últimamente. Pensar que hace ya una semana Hisashi no se encontraba en este mundo de vivos le hacía recordar a Sougo Okita que el tiempo pasaba muy rápido ciertamente.
El castaño había despertado a las 6:00 horas ese día, quería escuchar un poco de música antes de que todos los empleados se hicieran presentes.
Se levantó de su cama en aquel cuarto teñido de marrón claro.
Ni muy grande ni muy pequeño. Le gustaba la habitación que le habían otorgado, era agradable y acogedora; además, estaba en el segundo piso cerca del aposento de su ama.
Salió y se dirigió al baño. Una ducha matutina era lo que necesitaba.
Giró la perilla y el agua empezó a salir de manera cálida. Una temperatura perfecta para esa fría mañana de otoño.
Se sacó el pijama, dejando ver su maravillosa piel y su bien formado torso, mostrando sus fuertes brazos y… ¿Por qué no? su entrepierna también estaba descubierta.
Entró en la ducha y comenzó a sentir el agua que caía sobre su cuerpo. Las gotas cálidas recorrían cada centímetro de su clara piel mientras sus manos comenzaban a pasar por sus cabellos y su rostro se posicionaba en dirección al cielo haciendo que se mojara al tacto con el agua a la vez que sus ojos se cerraban…
Sus labios entreabiertos hacían que expulsara cierto vaho por la boca y sus dedos comenzaron a tocar su desnudo torso manifestándose así en sus bien definidos pectorales. Su cuerpo estaba resbaloso por el jabón y podía notarse aquel deje de brillo que dejaba éste gracias a la tenue luz del baño.
Dejó caer un rato el agua sobre sí, sintiendo como cada centímetro de su piel se llenaba de tal cálida sensación mientras pequeñas gotas bajaban desde su cabello hasta su rostro, pasando por su cuello, su torso y su entrepierna hasta llegar a sus pies.
Lavó pulcramente cada parte de su ser y se dispuso a salir de la ducha.
Tomó la toalla blanca que estaba en el picaporte de la puerta para luego comenzar a secarse conllevándolo a salir del baño con su típica vestimenta: Pantalones negros, camisa blanca y un sweater que lo cubriera del frio.
Bajó las escaleras de la casa con intenciones de dirigirse a la sala de estar para colocar música en el tocadiscos, pero antes de realizar cualquier acción se paró en seco al escuchar ruidos provenientes de la cocina.
¿Ruidos? ¿A esa hora de la mañana?
Podía escuchar como algunos servicios de plata y ollas caían al suelo. Fue entonces que decidió dirigirse a dicho lugar.
El sonido parecido al de unas palmas golpeando carne logró escucharse seguido de algunos suspiros y gemidos dimanantes(1) de aquella habitación de la casa.
Sougo abrió la puerta de la cocina y lo que encontró no lo dejó en shock, pero no por eso dejaría por desapercibido ese acto.
Saito y Nobume estaban semidesnudos teniendo sexo en uno de los mesones de la cocina. Sí, aquellos mesones donde el castaño preparaba los cubiertos, y el joven de frondosa cabellera se dedicaba a cortar la carne y vegetales… ¿Pero es que acaso no podían tener relaciones sexuales en un lugar más adecuado?
— Ejem… – el castaño carraspeó su garganta llamando la atención de los dos implicados en aquella enredadera de extremidades.
Sougo se acercó al refrigerador y sacó un tarro de leche para echar un poco de esta tranquilamente en un vaso mientras se apoyaba en otro mesón al frente de ellos a la vez que se les quedaba mirando fijamente con expresión monótona.
— Saben que existen las habitaciones, ¿no? – habló él para luego tomar un poco de su bebida láctea.
— A-Ah… N-Nosotros estábamos… E-Eh… –comentó Nobume completamente nerviosa. Estaban tan impresionados con la inesperada visita que ni siquiera se habían movido y seguían en la misma posición en la que Sougo los había encontrado.
— Salgan inmediatamente de mi cocina si no quieren que le diga a la señora Kagura que los eche – contestó completamente serio mientras los miraba altaneramente.
Saito y Nobume le hicieron caso y salieron de ahí lo más rápido que le dieran las piernas en tanto se cubrían con la poca ropa que traían puesta.
Cuando ya los empleados habían salido. Sougo terminó de tomarse la leche de aquel vaso que estaba en sus manos y cerró los ojos botando un pesado suspiro.
Abrió nuevamente los ojos, dejó el vaso en el mesón en donde se encontraba, luego se dirigió a unos cajones posicionados bajo éste y sacó algo que le sirviera para desinfectar aquella "cama improvisada" posicionada frente suyo en donde Saito y Nobume cometieron actos de lujuria.
Por suerte, no había ningún líquido viscoso amenazando con ensuciar el blanquecino mármol del mueble y se dispuso a limpiar. Ya sabía cómo asear perfectamente la cocina luego de sus escenas de crimen, así que no le costaba nada desinfectar ese lugar.
Terminó su labor. Lavó su vaso de leche y salió de la cocina para dirigirse al tocadiscos.
No había rastros de Nobume ni de Saito. Por fin podía escuchar tranquilamente su música sin que sonidos terciaros molestaran aquel Tarab(2) que lo sumiría en las gratificantes melodías de su compositor favorito: Wolfang Amadeus Mozart.
Ah… La mañana se había vuelto maravillosa para Sougo Okita.
09:45 horas.
"… Espero que también lo encuentres…"
Kagura despertó de golpe con una extraña sensación en el pecho y aquella frase rezumbando en su cabeza.
Empezó a experimentar una pequeña cefalea producto de sus pensamientos y fue entonces que dejó de pronunciar aquellas palabras en su mente. Lo mejor sería no darle muchas vueltas al asunto para seguir con su vida como de costumbre, después de todo, solo era un sueño.
Se levantó de la cama mientras traía puesto un camisón de tirantes color rosa pálido largo hasta los muslos, se puso la bata que estaba a los pies del catre y se miró al espejo.
Se sentó frente a este, tomó el cepillo para el cabello y peinó con gracia sus rebeldes mechones que se habían desordenado producto de dormir sin ataduras que mantuvieran firme sus hilos bermellón.
Gintoki vino a su mente como un recuerdo fugaz que después perduraría para poder unir su sueño con sus memorias. Lentamente dejó de mover aquel cepillo con su mano.
Era la mañana del 4 de Diciembre de 1941.
Él debía irse a la guerra nuevamente. El día anterior había llegado para despedirse de quienes consideraba su familia.
Antes de cruzar aquel umbral de la habitación matrimonial, se dirigió a su esposa dedicándole una cálida sonrisa.
—Kagura…
— ¿Qué pasa, Gin? – la chica lo miraba expectante con aquellos orbes azules como el mar.
— Ya sabes de Tsukuyo, ¿no? Te conté de ellas en las cartas.
— Claro que sí, debe ser una chica muy linda por lo que describes, además muy inteligente. Siempre me hablas de las diferentes culturas que ella te enseña. – Le sonrió sinceramente con aquellos aires de inocencia que en esa época aún poseía.
— Sí, lo es – sonrió para sí mientras recordaba lo agradable y hermosa que era Tsukuyo. Con su cariñosa personalidad, sus grandes ojos color amatista, su rubio cabello y sus cultos temas de conversación. – En ella encontré el amor… – hizo una pequeña pausa para luego seguir. – Kagura, espero que también lo encuentres y experimentes lo que se siente amar a alguien todos los días… Te deseo lo mejor…
Adiós, Kagura…
Y Gin cruzó aquel umbral, dejando a una chica de cabellos bermellón pensante sobre la cama de blancas sabanas sin tener la menor idea de lo que ocurría mientras sentía que aquella despedida con él sería la última que tendría en su vida.
Dejó el cepillo a un lado y volvió a mirarse al espejo. Once años de su vida ya habían pasado y es que el tiempo no pasa en vano.
Ya no estaba tan joven como antes, con 29 años podía notar los cambios; las leves y no tan marcadas arrugas de expresión, alguno que otro cabello ligeramente más blanquecino que los demás y su cuerpo bien formado que delineaba hermosas curvas cual guitarra.
Además de su apariencia, su mentalidad se diferenciaba mucho de aquella niña alegre que tenía en su adolescencia, especialmente desde que alguien tan importante para ella se fue.
Gintoki no solo era su esposo, de hecho, podría decirse que ni siquiera parecía su esposo. Sin embargo, era como un hermano, un amigo y un padre. Un padre que reemplazó al sanguíneo.
Si bien Kankou le daba siempre en el gusto a sus hijos en cuanto a material se tratase, eran pocas las veces en que el calor paterno superaba aquel frío causante de sus ausencias.
Por suerte, Kouka les entregaba a Kagura y Kamui todo el amor del mundo que necesitaban y así fue hasta el día en que Kagura se fue de casa para ir a vivir con Gintoki.
"Debería ir a ver a mamá" pensó cuando la recordó.
De vez en cuando iba a visitarla. Era increíble que la mujer se mantuviera igual de hermosa a pesar de sus 57 años. Agradecía tener aquellos genes. De seguro cuando Kagura llegara a esa edad, tendría una apariencia igual de maravillosa que su madre.
Se paró de su asiento para dirigirse a la puerta, abrirla e ir a desayunar.
Cuando llegó al comedor, ahí estaban sus empleados y como no, era infaltable la presencia de Sougo Okita.
— Buenos días – saludó alegremente y se sentó a comer.
18:00 horas.
Hallábase en la cocina Sougo preparando algunas cosas para la cena junto a Saito.
Para desgracia del castaño, su compañero de frondosa cabellera estaba cortando algunos vegetales en el mismo mesón donde el ojicarmín los encontró a él y a Nobume enredados como serpientes cazando su presa.
— Shimaru. – Le llamó, haciendo que el joven tomara su atención. – No estoy en contra de que estés con Nobume, para nada. Por mi gástense todo lo que quieran. — Habían veces en las que Gintoki también podía ser un mal ejemplo, especialmente en cuanto a vocabulario se tratase. – Pero no en mi cocina. – Terminó de decir con tono de indignación asustando a su subordinado.
— Mis disculpas, señor Okita – Shimaru agachó levemente su cabeza en señal de arrepentimiento y continuaron con sus quehaceres.
Una interrupción se posó sobre Sougo cuando sintió el sonar de la puerta principal.
Se dirigió a la sala de estar, en donde Kagura se hallaba, para pasar al pasillo. Se posicionó frente a la entrada, abrió normalmente la puerta y frente a él se encontraba un joven de no más de 23 años. Con cabello marrón y ojos verdes olivo.
— Buenos días, Señor. Vengo por el anuncio. Me llamo Seita – sonrió amablemente en cuanto terminó de decir esto.
"Genial… Los cerdos tienen hambre" pensó Sougo al ver al enérgico muchacho parado frente a la puerta.
Okita hizo pasar al joven de cabellos marrón a la sala de estar, no sin antes avisarle a Kagura que tenía visita.
— Mi señora. Un joven vino a verla. – se dirigió cortésmente a ella.
— Hazlo pasar.
Seita entró ansioso a la sala de estar y se acercó a Kagura mientras sacaba un pequeño presente de su bolsillo.
— Buenas tardes, Señora Sakata. Me llamo Seita y vine por el anuncio. Espero que esto le guste. – sin dejar contestar aún a la chica de cabellos bermellón, el pelimarrón le hizo entrega de una caja de mediana estatura, la cual Kagura abrió encontrándose con un bello collar de diamantes dentro. Digno de una refinada dama.
— ¿Está tratando de comprarme con regalos, Señor Seita? – fue lo primero que le contestó, dejando en claro que la chica no era como otras mujeres.
El joven no supo que responder y se sintió cohibido por aquella mirada acusatoria de Kagura. Comenzó a sudar y a mirar en todas direcciones. Al parecer su presentación no surgió como lo había esperado.
— Debo reconocer – agregó ella, desviando por un segundo su mirada a la de su empleado – que usted es el primero en traerme un presente. Veo que es una forma diferente de pagar el hospedaje. – Dio una pausa para mirar el collar y luego prosiguió. – Lo espero a las 20:00 para cenar. Ahora, si me disculpa. – Esbozó una sonrisa a la vez que cerraba sonoramente aquel joyero para dar punto final a su conversación. Miró nuevamente al castaño de reojo y se dirigió a su habitación.
Sougo la observaba curioso. Aquella sonrisa que ella había manifestado se le hacía fuera de lugar, o peor aún, se la estaba dedicando a alguien que no era él.
Sintió como la sangre le comenzó a hervir en las venas y una presión garrafal se posaba sobre su pecho, sintiendo esos deseos de querer destrozarle el cuello a Seita.
Sintió que un rival comenzaba a estorbar su camino nuevamente.
19:45 horas.
Faltaba poco para la cena y Saito había cocinado algo sencillo: Carne de res con ensaladas.
Sougo ya estaba poniendo la mesa y Nobume llevaba los platillos a dicho lugar. Todo se encontraba en perfecto estado y listo para degustar.
El castaño salió del comedor, se dirigió a la habitación que le había cedido a Seita subiendo las escaleras, tocó la puerta de su dormitorio y el joven le abrió.
— ¿Sí? – preguntó él en cuanto vio a Sougo parado frente suyo.
— Ya está lista la cena. Por favor baje a comer. – Le manifestó con su peculiar monótono hablar.
Seita asintió y cerró la puerta para quizás arreglar algunas cosas antes de bajar.
El ojicarmín se dirigió ahora a la habitación de su ama y le llamó a la puerta.
— Pasa, Sougo. – Ella ya lo conocía y sabía que era el único empleado que le avisaba cuando la cena estaba lista o demás cosas.
El joven entró a la habitación y pudo ver a la chica de cabellos bermellón mirándose al espejo mientras apreciaba un hermoso collar que tenía puesto.
— Al parecer Seita tiene buen gusto. – Dijo ella para luego dirigir una mirada divertida a su empleado. – ¿No lo crees, Sougo?
El castaño no contesto, prefería no hacerlo. Se sentía indignado de ver a su ama usar algo que le había regalado un desconocido.
No le importaba verla usar cosas que Gintoki le daba; como vestidos, pulseras, aretes, collares, etcétera. Total era su marido. Pero que disfrutara de portar un collar que le regalo alguien tan corriente, tan poca cosa, tan insignificante como Seita, lo llenaba de un sentimiento que no podía describir.
— La cena está servida. – Le respondió serio. De una manera en la que nunca se había dirigido a Kagura.
Salió de la habitación y cerró la puerta tras de sí, dejando a la chica sola en aquel lugar. Sin embargo, ella no se sintió mal, para nada.
Reía para sí misma de una manera divertida. Se sentó en la silla frente al espejo y comenzó a tocar aquel collar de diamantes mientras observaba detenidamente las 10 joyas que portaba.
— Eres muy divertido… Sougo – se planteó en aquella silenciosa habitación.
20:00 horas.
Kagura y su invitado ya se encontraban cenando. Hablando de intereses y ocupaciones de trabajo.
En más de alguna ocasión, el joven de ojos verde olivo había sacado sonrisas de los tiernos labios de la bermellón.
Obvio, el castaño estaba furioso por esto. Nadie podía sacarle esas sonrisas a Kagura, nadie más que él.
¿Dónde había quedado aquella bella y educada dama que solo sonreía en momentos específicos? Y justamente esos momentos eran con el ojicarmín.
Por suerte, Seita ya había dicho en qué trabajaba y de dónde sacaba el sucio dinero que usó para comprarle aquel presente a Kagura.
El joven era hijo del dueño de los cabarets más populares de Japón, así que el dinero fácil llegaba sin problemas a las manos de los propietarios y parte de este llegaba a manos de Seita.
Nadie recordaría a alguien que usaba dinero sucio proveniente de unas prostitutas para comprar cosas, ¿no? Sougo estaba seguro de ello.
22:00 horas.
La cena había acabado satisfactoriamente.
Los empleados ya habían terminado su labor de lavar platos y demás cosas. Estaban satisfechos con la cena aparte que tuvieron con Sougo y el sueño los venció, así que se fueron a dormir cada uno a sus cuartos.
Kagura marchaba a su habitación mientras Seita se dirigía al cuarto que le habían asignado, pero alguien lo detuvo.
— Señor Seita. – La mano de Okita se había posado en el hombro del joven y lo miraba con sonrisa fingida. – Al parecer le cayó bien a la señora Kagura. Ella es una mujer muy difícil. ¿No le gustaría tomarse una copa de vino para celebrar?
— No, gracias… no bebo… – Seita podía sentir como un aura negativa era desprendida por la presencia de Sougo.
— Por favor, señor Seita. Lo vi beber en la cena. No puede engañarme. Tome una copa conmigo, le va a gustar el vino de reserva que tengo. – Volvió a sonreírle y el joven no pudo negarse nuevamente a esa invitación.
Se sentó en uno de los sofás de la sala de estar mientras el castaño se dirigía a la cocina a buscar dos copas de vino: Una normal, para él… y otra con somnífero, para Seita.
— Tenga. – Le dijo cuando llegó a la sala y le extendió la copa de vino. – Espero que la disfrute.
— Gracias… – contestó el joven mientras miraba sospechoso aquel líquido. – Este… ¿De dónde es el vino?
— Viene de las cepas de François Baco, el dueño de los mejores viñedos híbridos de la época. Degústelo tranquilo, el vino es delicioso, señor Seita. – Respondió el castaño ante aquella pregunta. El hombre era tan inteligente y culto como Kagura, al fin y al cabo los dos adquirieron todas las cosas que sabían gracias a Gintoki.
— La verdad… dudo que encuentre diferencia alguna con otros vinos. Ya le dije recién que no bebo… bueno, no mucho. – El joven terminó de decir esto y se llevó la copa de vino a su boca para degustar aquel carmín néctar que fue entregado por el empleado. – La verdad, sí está delicioso. Tiene un sabor un poco más dulce que otros vinos que he probado.
— ¿Sí? Eso es bueno. – Las comisuras de Sougo se curvaron levemente al ver que el mal nacido tomaba aquella copa gustoso, dejándola completamente vacía.
— ¿Me daría más, por favor?
— Por supuesto. – El joven castaño fue a buscar la botella y le sirvió más. Sin embargo, él aun no tomaba siquiera un sorbo de su bebida.
— Gracias. Usted no está tomando, ¿o me equivoco? – Seita volvió a tomarse el líquido de aquella ponchera de vidrio dejándola completamente vacía.
— Me gusta tomar las cosas con calma… también el vino. – Hizo una leve pausa y sonrió cínicamente. – Se nota que usted aún es muy joven y no sabe degustar un buen vino, Señor Seita.
En cuanto el joven de ojos verde olivo terminó de escuchar esto, un sueño entorpecedor se apoderó de él. "¿Seré tan poco resistente?" pensó y comenzó a cerrar de a poco sus ojos, quedándose completamente dormido en aquel sillón.
Sougo aprovechó esto y se llevó a su próxima víctima al cuarto donde había matado a Katsura.
23:00 horas.
Seita abrió sus ojos en aquel oscuro cuarto. Estaba atado de manos en la mesa y de pies en la silla. Al frente de él; un cuchillo, un machete y un balde.
— Hoy tengo ganas de escuchar algo más alegre. ¿Qué opinas, Seita?
Confundido, el joven amarrado dirigió su mirada a la voz proveniente de una persona cerca del tocadiscos. Comenzó a sonar Four Seasons de Vivaldi.
— ¿Qué pasa…? – preguntó el joven de ojos verdes aún soñoliento y con los ojos entrecerrados.
— Hey, ya despierta. No querrás que Kagura piense que eres un bueno para nada que se dedica a dormir todo el día. ¿No?
— ¿Eh…? – Fue lo único que alcanzó a decir antes de que sintiera como un cuchillo se enterraba en su ojo izquierdo, invadiendo inmediatamente un descomunal dolor punzante en su cornea. Solo atinó a gritar de dolor… Gracias al diablo que todos los presentes en la casa dormían profundamente.
— Ahora sí estás más despierto… aunque gritas mucho. Debí amordazarte primero. – Sougo Okita se hallaba frente a su víctima quien se retorcía de dolor mientras lo observaba con un rostro tranquilo y con una de sus manos sacó el cuchillo del ojo de Seita.
No tenía nada que pudiera callarlo en aquel momento, por lo tanto el castaño abrió la boca del atacado y subiendo su lengua, corto el frenillo de esta con el cuchillo; si el dolor en su ojo era una hipérbole monstruosa, el corte de su filete lingual superaba con creces todo lo demás.
Su lengua ya no tenía la misma fuerza y los gritos se veían obligados a salir netamente de su garganta sin poder articular palabra alguna.
"Sigue haciendo mucho ruido" pensó Sougo y cortó de lleno la sinhueso bucal de su víctima.
— Me pregunto cuántas zorras habrás lamido con esto, Seita. – Le dijo a su víctima mientras le mostraba la lengua cortada tomándola con sus dedos pulgar e índice.
El pecho se le llenaba de aire, estaba feliz, sentía una psicopática felicidad que amenazaba por salir de su boca para formar una tenebrosa sonrisa en su rostro.
Seita ya no tenía fuerzas para seguir gritando. Su garganta le había traicionado, más aún por las dos copas de alcohol que había tomado anteriormente. Quedó completamente afónico.
— ¿Cuántos diamantes tiene el collar que le regalaste? – le preguntó pensante para luego responderse a sí mismo. – ¡Ah! ¡Sí! Tiene 10, ¿no?... ¿ y sabes qué otra cosa brilla al igual que 10 diamantes? – El joven pudo notar como Sougo sacaba algo de sus bolsillos y lo dejaba en la mesa manifestando una sádica sonrisa. – ¡10 agujas! ¿Qué te parece? Las agujas también pueden usarse como joyería.
Tomó las manos del joven de ojos verdosos y comenzó a introducir una de las agujas en el espacio que había entre el dedo gordo de su mano con su respectiva uña.
Dolores sumamente agudos se manifestaban en Seita.
Sougo siguió con esto, dedo por dedo. De vez en cuando movía las agujas hacia un lado y al otro para desprender un poco la uña de la roja carne que ya comenzaba a sangrar.
El pulgar, el índice, el medio, el anular y el meñique, tanto de la mano derecha como de la izquierda, cada uno ya tenía incrustada una brillante aguja manchada con el carmín líquido proveniente de sus venas.
— Creo que los cerdos se atorarían con tus uñas. – Dijo Sougo y comenzó a sacarlas haciendo palanca con las agujas a la vez que estas seguían enterrándose más y más en la roja carne de Seita.
Terminó por sacar todas las uñas de sus manos y las dejó a un lado. Ya era hora de cortar la carne.
Tomó el machete y con gran fuerza trató de amputar uno de los brazos del pelimarrón. Sin embargo, lo que logró hacer fue dejarle un gran corte. Al parecer le faltaba filo a aquel machete.
Siguió intentándolo haciendo que los huesos de Seita se astillaran en el acto, tal como si fuesen madera, logrando romper de mala manera aquellas extremidades mientras tarareaba gustoso la armoniosa pieza de Vivaldi.
Los gritos ahogados del joven se hacían presentes. Lástima que nadie podía escucharlos. Ni siquiera Sougo lograba distinguirlos.
Siguió cortando cada parte de su cuerpo de la misma manera y echando la carne en los baldes para los cerdos.
00:00 horas.
— Que aburrido… mis victimas nunca duran más allá de las 12 am. – Sougo suspiró insatisfecho mientras veía el balde lleno de carne y los huesos en uno de los sacos de harina que siempre guardaba.
Su rostro estaba cubierto de sangre al igual que sus manos y su camisa… Rayos, su camisa favorita. Fue un inconsciente al no quitársela antes.
No lo pensó dos veces y dejó la camisa junto a los restos de Seita. Le dio lástima botarla, ¿pero qué se le iba a ser? Era la prueba de un delito.
Limpió pulcramente su habitación de torturas y salió del sótano tomando el balde con carne y el saco con huesos. No es como si le hubieran cedido el sótano a él. Era de todos, pero ahí se guardaban muchas herramientas las cuales le podían servir para matar a los molestosos invitados de Kagura. Y es por esta misma razón que debía dejarlo tal cual estaba antes de llegar.
Se dirigió al patio y enterró allí aquella evidencia, junto a los restos de Katsura y Hisashi… Al parecer era una linda fosa común.
Regresó a la casa. Hizo todo el procedimiento para alimentar a los cerdos, volvió al patio, les dio de comer y se fue a duchar.
Cuando terminó de ducharse. Sougo se dirigió a la habitación de Kagura y entró sin más.
Vio cómo su amada dormía plácidamente y junto a ella, en el velador, estaba el collar de diamantes que Seita le había regalado.
Tomó el collar con su mano izquierda, y con su mano derecha comenzó a acariciar la mejilla de la bermellón de manera sensible y tierna.
— Ya no hay nada que pueda separarnos por el momento, Mi Señora. – Sonrió satisfecho y se retiró de la habitación llevándose consigo el collar de diamantes, cerrando lentamente la puerta tras de sí.
Que linda noche había tenido Sougo Okita.
(1)Dimanantes: provenientes
(2)Tarab: Estado de placer y éxtasis provocado por la música
