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Capítulo 7
Deseo
-Nami es oficial, ahora estamos comprometidos.
La aludida le arrojó un objeto volador no identificado hacia la estúpida sonrisa con la que había entrado el pelinegro a la habitación.
-Ya pasaron dos semanas de eso, deja de golpearme.
Se quejaba el chico con el sombrero de paja lamentándose por el golpe que le acababa de propinar su pelirroja amiga.
-Lo hare cuando dejes de decir esa estupidez. – lo ignoró mientras volvía a su copa, sentada a la barra del pequeño bar de la habitación en la que se encontraban.
-Pero yo ya le dije al abuelo…
-¡¿Qué hiciste que?!
Volviéndose hacia él fuera de sus casillas la pelinaranja aterrizó su furioso puño contra el idiota de su capitán.
Una risa burlona proveniente desde la sala de la habitación se dejó escuchar.
Zoro se encontraba viéndolos discutir mientras tomaba de una botella de sake. Él y sus dos amigos eran los únicos que se encontraban en esos momentos en la pequeña habitación de estar.
-Oi Luffy ¿Cómo sigue el viejo Garp? – preguntó de pronto el peliverde para salvar a su amigo por un momento de la furia naranja.
Habían pasado dos semanas desde el festival de la prosperidad y desde que había anunciado oficialmente su compromiso con una de las primogénitas de la familia Mori. Y desde ese tiempo el regente del país había caído en una pequeña secuela de su vejez y enfermedad.
-El abuelo ya está mejor, y quiere conocer a mi prometida. – sonrió mostrando su dentadura divertido por lo dicho, mientras que una sombra se cernía sobre la cabeza de la pelinaranja.
Zoro sonrió. Si Luffy decía eso, ahora Nami no tenía escapatoria. Y al parecer ella lo sabía.
La chica suspiró resignada y pasó sus manos por su rostro abatido.
-¿Luffy que has hecho? – soltó en un suspiro viendo a su aún sonriente amigo. Las ganas de matarlo no le hacían falta.
-El abuelo insistía en conocerte. – habló en un mohín. – Yo le dije que ya lo hacía, pero él me alegaba que no se acordaba. – terminó encogiéndose de hombros con ese aire despreocupado que siempre emanaba de él. –Esta viejo así que se ha olvidado de tu rostro.
-No es eso a lo que me refiero. – lo miró con los ojos entrecerrados a lo que el chico ladeaba inocentemente su cabeza. Aunque le dijera que había hecho una locura al comprometerla en una difícil situación con el rey y el príncipe de East Blue, Luffy nunca entendería.
El peliverde se rio terminándose su botella de sake.
-Ya Nami, déjalo. – depositó la botella vacía en la mesa frente a él. – Si Luffy le dijo, ya no podrás hacer nada. – la chica lo fulminó con la mirada. – Al menos síguele el juego hasta que el viejo Garp siga los pasos de Rayleigh.
El espadachín se incorporó estirando sus entumecidos músculos y se encamino hacia la salida.
-Aun así me sigues debiendo cien mil Berries por meterle esta estúpida idea a la cabeza.
Una gota de sudor cayó de la frente del peliverde al tiempo que le dedicaba una mirada de odio a su amiga estafadora.
-Bruja – había soltado en un susurro mientras abría la puerta.
-Oi Zoro ¿a dónde vas?
-A entrenar.
Y tras esas palabras cerró la puerta tras de sí sin que sus amigos se percataran de la ladina sonrisa que había surcado en ese momento su rostro.
Mientras tanto Nami seguía pensado en lo que acababa de decir el espadachín. Y se había dado cuenta que tenía razón. Al menos podría seguir la farsa de ser prometida de Luffy sólo para darle gusto a lord Garp de ver como su único nieto (idiota y descuidado) se comprometía en algo importante; al menos hasta que la muerte lo llamara.
Suspiró derrotada recargando su mentón en su mano derecha.
-Nami, Nami, Nami… - al verse ignorado por la pelinaranja, el chico la llamó sacándola así de su razonamiento y se volvió hacia él. – ¿Aun sigues enojada por lo que hice? – preguntó sentándose junto a ella en una de las sillas altas del pequeño bar de la habitación.
Nami lo miró seria.
-No Luffy, ya no. – habló tranquila a lo que el chico sonreía enormemente en respuesta. – Zoro tiene razón. Sé qué haces esto por tu abuelo y te ayudaré. – después de decir eso el rostro de la pelinaranja volvió a su avariciosa normalidad. – Sólo que no será gratis. Tendrás que aumentar, al menos, un 15% de mi salario; ya tengo suficiente trabajo administrando tus barcos para ahora tener que lidiar contigo. – el chico asentía aun sonriente ante las exigencias de su amiga. – Además Luffy, el comprometerse es algo que tienes que tomar con seriedad, al menos frente a tu abuelo ya que lo hacemos por él. ¿De acuerdo?
-¡Si!
-Y otra cosa – la chica se volvió a mirarlo sería otra vez. – Nuestra relación de nakamas será la misma. Tú eres un idiota que actúa por impulso, te metes en problemas y los chicos y yo siempre tenemos que sacarte de ahí. Entonces yo mando y tú obedeces ¿De acuerdo?
Luffy rio levemente.
-Ya Nami tranquila. Serás como dice Zoro: una esposa perfecta para mí. – Nami rodó los ojos al saber que en realidad no era eso lo que Zoro le había dicho. - Tendremos una típica relación de prometidos.
Una venita saltó por su frente al mismo tiempo que pasaba una mano por su mejilla. Este niño aun no la entendía.
-¡No Luffy! – le espetó. – Una pareja de prometidos hacen ciertas demostraciones de afecto y nosotros definitivamente no…
Pero antes de siquiera poder terminar la frase el chico se había abalanzado sobre sus labios para la gran sorpresa de Nami.
Los labios de Luffy habían acallado los suyos en un exigente beso impulsivo. Lamía y mordía su labio inferior dando paso a su frenética lengua a entrar a la húmeda cavidad de su boca. El beso sin duda era una manifestación exacta de la personalidad de su capitán.
Y sin saber en qué momento había pasado, Nami le estaba correspondiendo al exigente beso. Paso sus brazos por sobre el cuello del pelinegro tomándolo firmemente del cabello de su nuca al mismo tiempo que lo atraía más hacia su boca. Sus lenguas rozaban contra la otra en un electrizante movimiento que dejaba sus sentidos nublados. Jamás se imaginó que su idiota capitán podría besar de aquella forma tan… exquisitamente bestial.
Se separaron por falta de aire y Nami escuchó como Luffy soltaba una de sus típicas risas.
-¡Ves Nami! Ahora somos una pareja típica de prometidos. Todo saldrá bien.
Y ante sus palabras Nami levantó su puño impactándolo directamente contra la cara idiota del príncipe para después salir hecha una furia de la habitación. De su rostro se podía notar un intenso rubor cubriendo sus mejillas y cuello, el cual no quería que su capitán notara.
-¡¿Y ahora que hice?! – se quejó el pelinegro en el suelo mientras escuchaba un último gruñido por parte de la pelinaranja, dejándolo solo tras un sonoro portazo.
o-o-o-o-o
Zoro llegó al dojo de entrenamiento el cual se encontraba completamente vacío a excepción, claro, de cierta maestra.
Se cruzó de brazos recargando su espalda contra la pared mientras observaba como la mujer frente a él, aun sin notar su presencia, embestía su espada una y otra vez cortando el aire. Su kimono de combate se encontraba un poco suelto por los movimientos dejando ver como su fino sudor desaparecía sobre el nacimiento de sus pechos.
Verla era jodidamente excitante.
Gruñó sintiendo una punzada en su entrepierna. Sería mejor que se moviera y comenzaran de una buena vez.
-Llegas tarde. – le habló de pronto la paliazul de espaldas a él.
Zoro frunció el ceño aun frustrado por su problemita y se acercó a ella.
-Mmhp. – dijo cortante viendo como la peliazul se volvía hacia él agitada levemente con su pecho perlado de sudor. – Ya que calentaste vayamos directo al grano.
Tashigi podía sentir su intensa mirada sobre sus pechos, trató de ignorarla difícilmente. Y tras eso, Zoro envainó una de sus tres espadas abalanzándose contra la de Tashigi. Las espadas hicieron un estrepitoso ruido al chocar una contra la otra.
El peliverde sonrió.
-Bien. Ya no retrocedes como antes. Pon más resistencia.
Tashigi continuó con sus movimientos de defensa y con esos continuaron un rato más.
Hace dos semanas, desde que Zoro le había planteado aquel reto, que entrenaban todas las tardes juntos pues se había convertido en el entrenador personal de su prometida. Pero para Zoro cada día que entrenaba con ella se volvía más molesto. Su problemita no lo dejaba pensar con claridad y el verla cada día en ese estado de agitación, y concentrada en sus movimientos en cada estocada como una fiera, lo estaba llevando al borde de la desesperación.
No lo admitiría nunca, pero cada vez la veía más sensual, más peligrosa y a trayente para su sexo, y para él. Un día de estos le arrancaría ese estorboso kimono.
-Rostro. Brazo. Pierna. Abdomen. – con cada palabra Tashigi se protegía esos puntos vitales de su cuerpo. – ¡No retrocedas!
Zoro frunció el ceño al ver como la chica se había desviado tan sólo un poco del ataque de su espada lo suficiente para hacerle una pequeña cortada en el cuello del cual escurrió deliberadamente unas gotas de sangre.
-Paremos.
Habló seco, acercándose a ella mientras ésta le dirigía una funesta mirada.
-No es nada. – llevó su mano al cuello. – Parará solo, tenemos que continuar.
-No, no lo haremos.
Ante su cortante respuesta la chica lo miró enfadada preparando su réplica.
-Oh por favor, no vamos a detener el duelo por algo insignificante. – lo miraba ceñuda, retándolo.
Sus movimientos los habían llevado hacia un extremo de la habitación de entrenamiento. Con su cara aun sin expresión, Zoro la acorraló tras la pared del dojo con su espada encajándola contra la pared a centímetros del rostro de la peliazul.
Ante esta inesperada acción, Tashigi abrió los ojos sorprendiéndose un instante para después mirarlo ceñuda una vez más.
-¿Qué haces?
-Tienes razón, es insignificante. – habló entonces el peliverde cerca de su oído, provocando casi inmediatamente esa excitante sensación que se esparcía por sus miembros haciéndola agitarse. – Un verdadero espadachín se enorgullece de sus heridas, de sus cicatrices. Pues le recuerdan porqué está vivo, son cicatrices de guerra y pruebas de sus batallas.
Aunque escuchaba sus palabras, Tashigi no podía ponerle más atención que a la exquisita sensación que hacia su aliento contra su sensible oreja. El hormigueo que provocaba en su cuello hasta llegar a su intimidad en una placentera sensación, la estaba distrayendo del combate y estaba funcionando. Ahora sólo podía pensar en el calor de su aliento sobre su cuello y el duro cuerpo del espadachín contra el suyo, duro y agitado.
De pronto sintió como Zoro aprisionaba sus muñecas por sobre su cabeza con sus dos anchas manos mientras llevaba su cálida boca hacia la pequeña cortada que se había hecho en el cuello. Un escalofrió recorrió todo su cuerpo tras sentir como la lengua de Zoro lamia su herida. Soltó un leve gemido de entre sus labios sin poder controlarlo, pero gracias a la caliente lengua del espadachín recorriendo su cuello simplemente no podría controlarlos más.
Lo sintió sonreír sobre la piel de su cuello al escucharla gemir y se odio por eso. ¿Cómo es que su cuerpo no podía controlarse tras las caricias de este hombre? Definitivamente era peligroso.
Mientras tanto Zoro no podía parar.
Comenzó a lamer y morder su cuello frenéticamente al tiempo que apretaba su excitado cuerpo al de ella tratando de mitigar su excitación. Su rodilla rosaba el sexo de la peliazul y lo estaba volviendo loco con los sensuales gemidos que soltaba poniéndolo cada vez más duro.
Con la cabeza sobre su cuello tenía una excelente vista de sus blandos pechos y no tardo un segundo en bajar su ardiente boca hasta el nacimiento de estos. El kimono ya flojo fue fácil de abrirlo hasta su cintura dejando en descubierto esos enormes botones rosados que rogaban por su boca.
Con una de sus manos sostuvo las muñecas de la chica aun sobre su cabeza y con la otra tomó uno de sus blandos pechos llevando el rosado botón hasta sus labios.
Lamió y mordió el exquisito botón con urgente necesidad. Los gemidos de ella se hicieron cada vez más fuertes y su intimidad rosaba frenética contra su rodilla sin poderlo evitar pues la sensación que le producía la cálida y húmeda lengua del espadachín en sus pechos era gloriosa.
El peliverde se separó de ese seno sólo para darle el mismo trato al otro masajeándolos hasta sentir como Tashigi perdía fuerzas ante sus caricias. Su mirada se había nublado de deseo y trataba frenética de zafarse de su agarre. Le concedió ese deseo soltando sus muñecas. Rápidamente la peliazul lo tomó débilmente del cuello separándolo de sus pechos para que se acercara a su rostro.
Su deseo la inundaba y su boca rogaba por él. Teniendo su rostro frente a ella una vez más, Tashigi lo aferró contra su cuerpo hundiéndose en la placentera y peligrosa sensación de unir sus bocas. Lo besó con necesidad, con deseo, y fiereza. Quería demostrarle el mismo placer que le había dado a ella con sus pechos pero sólo con esos besos no tenía suficiente. Aun así Zoro la había tomado fuertemente de la cintura alzándola ágilmente y recargándola contra la pared mientras ella rodeaba su cintura con sus piernas.
Sus caricias siguieron por un buen rato. Sus besos se volvían abrasadores, sus manos recorrían frenéticas los miembros sensibles del otro, y el deseo en sus intimidades crecía violentamente.
Se separó tan sólo un poco de la boca de la peliazul para tomar aire.
-Maldición, no podré aguantar esto hasta que nos casemos. – con voz ronca y agitada por el deseo, el espadachín habló contemplando en sus brazos a una abrumada Tashigi.
De pronto la vergüenza se cernió sobre ella al escuchar sus palabras.
-¿Un mes? – continuó el chico bufando y mordiendo sus labios. - Por mí nos casamos mañana. - frustrado paró sus caricias y roces.
Desde el día de la cena del compromiso, su familia había llegado al acuerdo de que se casarían dentro de un mes y hasta entonces podrían vivir juntos como la pareja de matrimonio que serían. Pero mientras tanto Tashigi seguiría viviendo con sus padres pues así era la tradición de las nobles familias.
Pero para Zoro quien su deseo le estaba ganando desde que habían vuelto a pelear, era imposible aguantarse tal intensidad de deseo y excitación por todo un mes. La quería poseer ya, en ese mismo lugar, en el suelo de madera y sin interrupciones; en fin ¿qué más daba? si ya se había decretado que sería su esposa.
-No, en un mes. – y claro, la terca mujer que se convertirá en su esposa se lo recordaba casi a diario. – Así fue el acuerdo con padre, y así se realizará.
Zoro rodó los ojos. Al menos eso lo había enfriado un poco, con esas palabras la mujer había matado en un instante parte del deseo carnal que tenía. Por ahora.
-Como sea.
Los dos se separaron y Tashigi se acomodó el kimono velozmente. Zoro tomó su espada y la guardo en su funda para después encaminarse hacia la salida.
-¿A dónde vas? Aún estamos entrenando. – le preguntó la peliazul al verlo marcharse.
-No, seguiremos mañana. Aún tengo trabajo que hacer.
La chica resopló y antes de que el peliverde saliera por completo se volvió por un momento hacia ella.
- Y ponte algo en el cuello.
Tras esas palabras salió del dojo y Tashigi soltó un largo suspiro posando una mano por la pequeña herida de su cuello. Mientras un leve rubor surcaba sus mejillas. Eso no se lo esperaba. ¿Zoro preocupándose por ella? Debió de haberse confundido.
Pero que más daba, ahora estaba a merced del demonio verde. Se casarían muy pronto y desde aquel acuerdo, o reto mejor estipulado, él era su entrenador y ella también sería su esposa en la cama.
Un escalofrió surcó su cuerpo. Aunque se empecinaba por negarlo, se estaba engañando a ella misma pues disfrutaba de sus caricias. Quería pensar que era porque él era el primer hombre en tocarla de esa manera.
Y esperaba que fuera por eso y no por sentimientos nuevos y extraños que comenzaban a surcar de su ser.
Negó con la cabeza frenéticamente.
No debería de pensar en eso ahora. Lo más importante para ella ahora era el seguir entrenando y poder convertirse en el mejor espadachín de East Blue, cumpliría su sueño sin importar los obstáculos que este compromiso habían creado en su camino. Y por supuesto aún estaba su hermana.
Su hermana.
Tashigi suspiró resignada al recordarla.
-¿Kuina, donde te encuentras?
o-o-o-o-o
-Jefe, el informe del señor Mori acaba de llegar. Y una carta dirigida a usted.
La chica le tendió unos sobres llenos de papeles y tras darle una veloz ojeada una pequeña sonrisa había surcado su serio rostro.
-Kalifa – le habló a la aludida. – No hagamos esperar más al señor Mori. Responde la carta y dile que hemos encontrado a su hija. – volvió su vista hacia la esquina de la oscura habitación donde tres sombras se alzaban intimidantes. – Veamos qué pensará sobre su egoísta cría y sobre su rebelde comportamiento – soltó una carcajada irónica. - uniéndose al sequito del bandido Trafalgar para hacer un golpe de estado contra los Monkey D. – bufó arrogante hacia la oscura esquina la cual comenzaba a iluminarse tras filtrarse un poco de luz de las calles. – Veamos cuánto tiempo más durará con vida.
Desde aquel rincón se dejó apreciar una figura arrodillada en el suelo. Sus manos y piernas se encontraban atadas mientras era amordazada por un trapo viejo alrededor de su boca.
Una de las tres sombras intimidantes la golpeo en el pecho haciéndola caer de espaldas al suelo mientras su cabello azulado se desparramaba por todo su rostro. Sin embargo su enfurecida mirada se encontraba en un solo punto y ese era hacia el jefe de ese grupo.
o-o-o-o-o
juejue cerre este capitulo con mucha intriga x3 pero ahora empezara como el clímax de la historia, veremos que pasa en el siguiente capitulo jajaja que hará tashigi? kuina es mala? que pasara con zoro y su insaciable deseo xD? jajaj
¡Espero les haya gustado! y sobre todo muchisisisimas gracias por sus reviews! x3 espero leer mas de ellos, me encantan! x33
¡Les mando un abrazo psicológico y nos leemos en el próximo capitulo!
Ciao! ;*
