N/A: Llegó el momento. Ésta historia ya no es T, es M. A partir de ahora, creo yo, ésto se pone más serio.
De nuevo en apuros y contestando a los reviews, veo que sus dudas e impresiones son similares: ¿Sobre Izuko? también disfruto a su personaje,...pero aviso: aunque él no es malo, también está lejos de ser bueno, lol. Con respecto a lo de la madre de Kagome, por motivos de argumento en el ff me estoy aprovechando de su excesiva permisividad xD -como sea, eso no siempre va a ser así. Oh, ¿y Dai? Con él habrá algo -aunque no precisamente ésa clase de algo. Por último, debo decirles que agradezco mucho el apoyo, es una gran motivación para actualizar. ¡Y me encanta que a muchas de ustedes les haya parecido bueno el capítulo anterior! En verdad gracias, aw c:, espero que todos -también los anónimos- estén más que bien.
Em, ahora debo advertirles que en ésta parte, además de palabas soeces, hay un flashback con contenido gráfico que puede resultar desagradable ...(madremaríapurísima, no me maten, por favor (?), lo dije desde al principio, "los personajes no son bien tratados" D: ) y por eso ahora es M.
*Sin más, espero que no los horrorize tanto éste capítulo.
SOMBRAS
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Capítulo: Siete
Absorta en el desastre y hundida en el piso, Kagome se tocó el brazo maltratado; su mirada perdida en la madera cubierta de sangre.
Cuando alguien -no supo quién, le preguntó si había visto a Naraku, ella respondió automáticamente que sí. Fue cuando empezaron los gritos, cuando la bestia la alzó por los hombros, sacudiendo su cuerpo al compás de furiosas palabras que ella no pudo siquiera procesar.
Kagome, tras otro fuerte empujón que la estrelló de nuevo contra el suelo, sólo fue consciente de un hueso quebrándose.
Y de las voces, voces infestadas de una tremebunda desesperación. De un llanto ajeno, de mujer; de la intervención de un hombre que apenas podía mantenerse en pie. Muchos nombres en el aire, muchos gritos.
Gritos que ella oía a lo lejos, ahogados por el rugido de la tierra. Jalones y heridas que notaba en tercera persona.
Se enteraba muy menguadamente de lo que acontecía. Su cerebro apenas asimilaba que su brazo, de codo para abajo, estaba roto. Su mente había quedado estancada en cuadros visuales que la sumieron por completo en un estado catatónico: el pecho de Kikyô abierto por la mitad, la cuenca rota de uno de sus ojos. El brazo desmembrado de la anciana Kaede y el profundo corte que le cruzaba la cara. Demasiada sangre.
Y la cabeza...la cabeza cercenada de Shippo. La que había tocado con los pies al llegar.
La cabeza…
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Iba un pie delante de otro, enredándose de cuando en cuando, tropezando y tropezando. Kagome actuaba sin esconder sus maneras torpes por la falta de descanso.
Estaba a un par de metros del castillo y tropezar la atrasaba. Era lo que quería, estar tan atrasada como le fuera posible.
¿Por qué no podía tener una visión diferente con respecto a la ruta hacia la muralla? Hubiese sido ideal que el camino recto se transformara en interminables laberintos que la desviaran y la enviaran directa al pozo que podía expulsarla de ese lugar espantoso.
Al alcanzar la meta, Kagome planeó entrar al hogar del terrateniente para avisar a los demás de su presencia, pero no fue necesario para nada.
El Inuyasha furibundo, la Sango amargada, y el Miroku incómodo montado sobre Kirara ya salían de las tierras del señor feudal.
"Date vuelta, ramera. Nos vamos"
Seguro existían formas más educadas de explicar que se marchaban de ahí.
Kagome fue de revés y caminó.
"Parece mareada, ¿se encuentra bien, señorita?" Miroku le preguntó.
"Es normal, estoy tensa porque…" «porque estoy en esta espantosa época otra vez» "…um…creo que hay gente en mi época que está preocupada por mi ausencia"
"¿Crees preocupados a tus noviecitos? Tsk, que puta tan ingenua" con una malicia asqueante, Inuyasha la miró de reojo.
"No, Inuyasha" la atacada fingió desinterés. A este punto era seguro decir que él quería conseguir una reacción de su parte, y por ello Kagome se abstuvo de fulminarle con la mirada. Pero ésta se la iba a devolvér, sutíl oh-muy-sutílmente "Me refería a mí...prometido. Lo de nuestra boda aún no queda listo"
Inuyasha inspiró aire ruidosamente.
Por su parte, Kagome reanudó el rumbo. Aunque a los pocos segundos tuvo que detenerse, pues advirtió que caminaba sola. Cuando ella los miró, casi se atrevió a reír y se lamentó de no tener una cámara a la mano, porque eran todos dignos de una foto.
"No quería decirles tan pronto" continuó bromeando.
Y hubiera sido divertido. En otras épocas.
Pero hoy por hoy, el rostro de Inuyasha no seguía pálido, esperando a que ella admitiera su juego, sino que se tornó rojo –tanto como el destello en sus pupilas-, y finalmente lo que los montó en guardia fue el gruñido más seco y ronco del que el híbrido los tenía acostumbrados.
Sango tocó el pelaje de Kirara para moverla.
Entonces Inuyasha salió del campo de visión de Kagome, pues Kirara, a su vez, se posicionó delante de ella con Miroku todavía en su lomo.
"Estoy bien, maldición" Inuyasha luchaba con ello.
"Sango, colócate tras Kirara" advirtió Miroku. Su esposa le hizo caso y solo el ruido de sus pasos hacia atrás violentaban el silencio que se formaba más y más incómodamente.
Kagome se quedó absorta, aún atrás de la mononoke, imaginándose a sí misma decir Era una broma. No voy a casarme, sólo quería sorprenderlos –risas-, Dios, se vería tan estúpida. Quizás se acostumbró demasiado a las bromas de su época. Así que siguió imitando a los muertos con su mutis.
«Oh, mira, justo cuando pienso en la muerte»
Qué cómico.
Resulta que en cuestión de un momento, ella quedó totalmente desprotegida. Los demás de repente salieron de su camino, ¿estaban entregando a la responsable para dopar un rato a la bestia?
Bien.
Ella entornó con fuerza los parpados y esperó a que las garras la embistieran, nunca pensando en moverse o huir, porque era una buena y rápida salida para la situación. Él la mataba o la hería, y no importaba cuál de las dos era el resultado porque para ella las consecuencias serían positivas.
¿No era fácil dejarse herir y así largarse para siempre con una excusa?
¿No era aún más fácil dejarse matar?
Sin embargo, el demonio no se acercó. Kagome se permitió abrir los ojos y vio que, aparentemente, Inuyasha consiguió el suficiente dominio sobre sí mismo –ojos dorados, garras normales. Parecía que no atacaría a nadie.
Y él sonrió.
Eso fue tan extraño que de repente todos se tensaron en la expectativa.
"Así que ahí está lo extraordinario en esos hombres, ¿por eso te vuelven loca, porque se casan con las perras que se tiran?"
Sango abrió en par los ojos, incómoda. No supo ni por qué, pero las palabras de su amigo le secaron la boca y le dejaron una sensación pesada sobre la garganta. Tal vez dicha conmiseración por la sacerdotisa se debiera a aquellos restos de cariño que se negaban a largarse del todo. La exterminadora prefirió pensar que, más bien, sólo era empatía de mujer, por esa ofensa a su dignidad…
Pero Kagome sólo bufó, en realidad no tan afectada por lo que él pudiera creer sobre ella. "Inuyasha, te estás haciendo ver como un perfecto imbécil. Lo que yo hago conmigo mísma no es en lo absoluto de tu incumbencia"
"¡¿TÚ QUÉ CREES QUE MERECES, NIÑATA?!" él gritó con odio "¡Porque mientras Kikyô y Shippo se revuelcan en sus tumbas, tú te revuelcas con cualquier hombre y formas tu vida como si tuvieras algún derecho! ¡CASARTE Y UNA MIERDA!"
Kagome se tomó su tiempo para respirar mejor, su vaso de tolerancia estaba regándose al ritmo de las fuentes. Tardó en decidir qué responder a la tan…viable acusación de Inuyasha.
"De modo que me acuesto indiscriminadamente con cualquiera" era absurdo.
"¡¿No lo haces?!" él continuaba gritando, y se acercaba a ella "¡¿Lo que vi esa noche en tu época fue cosa mía, me lo imaginé todo?!"
"Hagámoslo fácil, Inuyasha. Si crees que no tengo derecho a vivir, mátame ahora"
Sí, realmente le daba igual lo que saliera de ésta tontería. Ella estaba mareada de sus vueltas. Lo invitaba abiertamente a asesinarla y a acabar con toda esa basura de una vez, por lo que esperó pacientemente la respuesta que no llegó. Inuyasha continuaba con la mandíbula tensa y con su mirada furibunda sobre ella, pero no dijo nada.
La chica soltó un bufido y giró. "Esto es tan estúpido" Caminaba despacio y lejos de ellos.
Ni siquiera estaba enojada. Estaba aburrida.
Kagome podía sonar repetitiva consigo misma, pero quería volver a casa. Así se ceñiría a una agenda menos violenta: Elvira la buscaría para salir de nuevo, y en medio de una escandalosa fiesta sin motivo no existían las oportunidades para sentirse miserable. Como era costumbre, tendría que alejar a uno o dos tipos que quisieran meterse en sus bragas después de bailar un rato con ella. Se divertiría haciéndolo. Luego iría a casa y trataría de clavarse en algún libro para enajenarse, entonces luego iría a esa nueva escuela, haría sus tareas y Elvira la llamaría otra vez y el todo se repitiría.
Su plan era cómodo. Y no se parecía a esto.
Kagome cayó en cuenta de que, de hecho, nada de lo que ella imaginó durante toda su vida se parecía a lo que le terminaba pasando. Cuando era una niña, y a pesar de su padre estuvo en su mapa y fue expulsado con violencia después de su muerte, aún pudo -como cualquier otra niña, seguir imaginando un futuro alejado de más dolores y aferrarse a la certeza de que su vida estaba destinada a irse siempre por el lado brillante; la niña que imaginaba convertirse en una feliz mujer rodeada exclusivamente de cosas amables, en su lugar había recibido...ésto.
Sin duda, todas sus dulces ideas en ideas se quedaron.
"¿Quieres jugar un juego, Kagome?"
Ella reprimió un grito.
Allí estaba Izuko, sonriendo frente a ella, deshecho de la malevolencia característica de un enemigo. Su rostro era amable, pero el escaso tinte satánico en el brillo de sus pupilas consiguió asustarla. Ella echo hacia atrás su cuerpo y balbuceó.
"Tú- ¿sigues aquí?"
"Así parece, y ahora ¿te digo de qué va el juego?"
"Si no tiene que ver con esa sucia perla, ¡sabrás que es un no!" exclamó Kagome. Y trotó, aterrorizada de que él viera e interpretara su atormentado rostro.
"Yo sé de dónde vienes, Kagome" él apareció ante los ojos de ella, quien tuvo que frenar la huida para no juntar más sus narices "Quince años y arrojada a un mundo aterrador" ella se quedó congelada, ¿cómo sabía él…? "¿Qué hacen los otros muchachos de esa edad en tu mundo?"
La suave pregunta de Izuko la sumergió en un trance.
¿A los quince años?...Bueno, los adolescentes promedio de esa edad en Japón tal vez veían películas 'gore' desde la pantalla de un cine, rodeados de amigos para reírse de los malos efectos especiales, quizás secretamente algo perturbados, pero era seguro que ninguno de ellos veía a una multitud de gente ser descuartizada de verdad,...y tampoco llevaban la ofuscante responsabilidad de salvaguardar el futuro. Ellos lo tenían un poco menos complicado, sin duda.
"Ellos no…" pero paró, y se obligó a espabilar "Sí, es cierto que mi época es mucho mejor. Pero dado a que tú robaste la perla y sólo yo puedo localizarla, entonces no puedo irme. E Inuyasha me traería arrastrando por el cabello si pretendiera hacerlo. Es tu culpa que esté aquí, si quieres ponerte a verlo"
"Aún podría matarte, sin embargo"
"Y allí va la amenaza, muy novedoso" desdeñó Kagome "No me digas ahora que tú y él comparten el gusto por las amenazas vacías"
"No" el aliento caliente de su boca rozó los labios de la mujer. Esa cercanía no era normal, así que ella mecanizó tres duros pasos hacia atrás. Él se deshizo de la evasión caminando y conservando el contacto cerrado con ella. "Te pone muy sentimental ver mi cara. Ves a Inuyasha en ella" su mano masculina se deslizó por sus hebras onduladas y negras, por lo que Kagome percibió bien sus garras "Mh, me pregunto si ya lo sabes"
"¿Saber?"
"Que él quiere, digamos que...subyugarte"
"Sí" ella hizo un gesto de hombros "Sé que quiere matarme"
Izuko reprimió una risita "¡No! pequeña tonta, él quiere tomarte"
A Kagome le pareció casi grotesca la expresión cuando la entendió. "Eso...no es cierto". Repitió el intento de huida, operando muchos pasos hacia atrás, pero él continuó con lo suyo también.
Claro, él no la dejaría marcharse. Tenerla en donde la tenía era ideal, ella misma entendía el proceso lógico de su contrincante.
"Qué lástima, quería negociar contigo en términos amables para ti..., pero veo que aún aprecias a Inuyasha. Eso no me gusta" admitió Izuko. Él, siendo relativo a Inuyasha en extensos aspectos, compartía su cualidad de sentirse atraído por Kagome. Y ahora que comprobó que ella no sería su aliada, él tomó la otra única vía: mirándola a los ojos, él mojó sus propios labios con la lengua y luego, sin expresión conflictiva, desenvainó su brillante espada y la clavó como estaca en el pecho de la mujer.
Fue toda una sorpresa...
Para ella.
Kagome no encontró voz para exclamar el ruidoso gemido de dolor que necesitó expresar. Su garganta se endureció a imitación de todos los demás miembros de su cuerpo, para justo después darle oportunidad a una lenta y desgarradora inconsciencia.
Ante la última sentencia de Izuko, ella no pudo pensar en nada qué responder. Y si hubiese tenido algo que decir, no hubiese podido decirlo de cualquier forma. Cosa que la hizo sentirse un poco más digna.
Cuando sintió sobre su cuerpo la primera convulsión, supo que ya no había nada por hacer, que iba a morir.
Y dado a su arraigada culpa, ella consideró que lo merecía.
Su último pensamiento coherente fue que recibir lo merecido estaba bien, pero salir del hueco angustiante de sus postreros días era aún mejor.
Asi que no quiso luchar. Y no lo hizo.
N/A: No me odien.
