Título: Elixir aeternus.

Autor: Suzume Mizuno.

Disclaimer: los personajes de Vocaloid no me pertenecen y tampoco hago este fic con ninguna intención lucrativa.

Nota de la autora: ¡me acabo de dar cuenta de que no se marcan bien las separaciones de los párrafos! ¿Por qué nadie me dijo nada? Debe ser un lío cuando cambio de escena… En fin, si hay algún otro problema, por favor, decídmelo. Como siempre, gracias a Ade Mozart y Mon FG por dejar comentarios y a todos los que estáis leyendo esta historia.

CAPÍTULO SIETE

Meiko se revolvió, incómoda. Le dolía la espalda. Cambió de postura por enésima vez en menos de cinco minutos y, rindiéndose a la evidencia de que no podría volver a dormirse, se sentó.

Extrañada, entrecerró los ojos para ver más allá de la penumbra que los cubría. Estaba en… ¿una camioneta? Alguien la había tapado con una manta y puesto una almohada bajo la cabeza. Los oídos le zumbaban. No recordaba nada. Se llevó las manos a las sienes para calmarse y trató de pensar. Había ido al hotel, le habían dado una cena de pijos y después…

El tal Len atacó a la bruja. Tal y como les había dicho que haría. Salieron corriendo. Tras eso, todo se volvía oscuro. Un retortijón de miedo le aflojó el estómago y decidió de que, de momento, no quería levantar esa oscuridad. Que se quedara como estaba.

Se levantó con esfuerzo, las piernas le temblaron del esfuerzo y un aguijonazo le recorrió de parte a parte la columna. Se secó las huidizas lágrimas antes de que llegaran a emerger del todo y se miró. Alguien le había quitado el carísimo vestido y puesto unos pantalones cortos, una camiseta y zapatillas. Consiguió sonreír: estaba mil veces mejor así que con el trajecito. Aunque eso no quitaba que le había gustado llevarlo. Abrió la puerta y, muy delicadamente, todavía le dolía la espalda, bajó a la carretera.

¿O al desierto?

Meiko se quedó boquiabierta cuando sus pies levantaron una pequeña nube de polvo. El suelo era de un seco amarillento y estaba quebradizo. A lo lejos sólo veía el horizonte, con el cielo azul desdibujado por una cortina de aire caliente. Ni un solo edificio.

– Joder… ¿y esto?

– ¡Meiko, ven aquí! – exclamó Gumi.

Giró a la derecha y no pudo reprimir una carcajada que le hizo temblar dolorosamente todos los huesos. Kaito, Gumi y Frank estaban sentados al lado de una nevera portátil, bebiendo ansiosamente bajo un toldo que habían colgado, a duras penas, del techo de la camioneta.

– Toma – le ofreció ella, sacando un refresco de entre los hielos, chorreando agua.

– Gracias – jadeó Meiko, que tenía la garganta seca.

Dio un largo trago y le supo a gloria. Poniéndose la lata contra la frente, preguntó:

– ¿Cuánto llevo dormida?

– Un día – contestó Gumi.

Fue entonces cuando se dio cuenta de que tenía mal aspecto: pálida, ojerosa, se le hundían los hombros y parecía haber adelgazado varios kilos. Y si sólo llevaba un día sin verla, era muy mala señal.

– ¿Estás bien? – se preocupó, arrodillándose a su lado.

– Sí, sólo cansada – le restó importancia sacudiendo la mano.

– Y tú tampoco tienes buena cara – dijo al ver que Kaito, que había cambiado el esmoquin por unos vaqueros y una camiseta de manga corta, también estaba extrañamente blanco.

Él se encogió de hombros y le gesto le provocó una mueca de dolor.

– Lo normal sería que a estas alturas ya estuviera curado, pero parece que mi capacidad de regeneración todavía no ha alcanzado el nivel que tenía antes.

Meiko se estremeció cuando una imagen parpadeó en su mente: una ventana que se alejaba de ella. La echó a patadas y cerró de un portazo la sala de su imaginación a la vez que se ponía de pie y paseaba con nerviosismo. Aunque le tiraban todos y cada uno de los músculos del cuerpo, no podía estarse quieta. Saludó con un gesto a Frank y fue hacia la parte delantera de la camioneta. Allí vio una cabecita rubia.

Len estaba sentado en el asiento gris, que lo hacía parecer más pequeño y flacucho de lo que ya era, mirándose los pies. Meiko se puso de puntillas y metió la cabeza por la ventanilla. Soltó un gemido: hacía un calor de muerte.

– ¿No quieres salir a tomar algo?

El muchacho parpadeó, se quedó unos segundos silencios y luego, levantando los ojos azules, dijo:

–… no.

– ¿No tienes sed?

–… sí.

– ¡Pues sal, hombre! – abrió la puerta y le tendió una mano. Como no se la cogió tuvo que hacer acopio de toda su paciencia para esperar.

Len se movió muy lentamente. Desplazó sus delgadas piernas, que no tenían pinta ni de poder sostenerle, y se bajó sin prisa. Toda la parte trasera de su camiseta estaba cubierta por una mancha oscura de sudor.

– ¿Se puede saber por qué no lo habéis sacado antes? – les recriminó a los demás –. ¡Estaba asfixiándose!

Gumi arrugó la nariz con hastío y de mal humor.

– Dijo que no quería salir.

Su amiga apenas tenía fuerzas y le costaba estar sentada. Bebía cada poco y tenía un plato a un lado, con un bocadillo abierto por la mitad. Picaba cada poco jamón, un poquito de queso y tomate: igual que un pajarito. ¿Habría cogido una gripe muy fuerte?

Meiko dudó al pasarle un brazo por los hombros al niño, que desde que lo conoció no había buscando el más mínimo contacto. Pero ni tan siquiera parpadeó cuando lo hizo sentarse delante de los demás y le puso en las manos una bebida.

Corría una brisa caliente y el ambiente era pegajoso. Aun así, resultaba agradable estar en silencio bajo el cielo despejado de nubes. Se empezó la segunda lata, sedienta, y se alegró de que nadie quisiera hablar. No había tráfico, ni voces, ni siquiera pájaros. Sólo el viento y sus respiraciones. Como si se encontraran en un mundo aparte. En un pequeñito remanso de paz.

Sin embargo, al cabo de un rato las preguntas estaban a punto de salir por su cuenta de su boca. Soltando un suspiro de resignación, cruzó las piernas.

– ¿Podemos aclarar la situación?

Kaito se pasó una mano por la frente, asintiendo.

– Sí, sería interesante.

Mucho, pensó Meiko. Ya estaba harta de tanto secretismo y cosas que no comprendía. Frank musitó una excusa y se fue a dar una vuelta. Gumi le sonrió, agradecida. Estaba claro que muy lejos no iba a poder ir bajo el sol abrasador y en medio de un desierto.

– Primero, nadie me ha explicado quién es este niño – comentó Kaito, adelantándose a ella.

Len no se inmutó. La lata estaba helada, debería estar quemándole las palmas de las manos. Pero no la había movido excepto para dar un traguito. Meiko ya le había visto actuar así en casa de Gumi. Parecía que se olvidara de lo que estaba haciendo. Que se quedara, literalmente, en blanco.

– ¿Quieres un poco más?

–… sí.

– ¡Pues bebe! – exclamó sonriendo.

El chico dio otro sorbito y volvió a quedarse inmóvil. Meiko desistió.

Gumi empezó a contar lo que pasó:

– Llegó al día siguiente de que te fueras. Ninguna nos lo esperábamos. Si no hubiera dicho que lo enviaba Miku no…

– ¿¡Qué!

Se habían esperado esa reacción. Kaito pegó un respingo y se le tensó el cuello al contener un gemido de dolor. Ansioso, miró a Len, totalmente ajeno a la situación que se desarrollaba a su alrededor.

– Eso dijo. Al principio no le creímos pero… Me demostró que Miku lo había enviado – musitó Gumi, bajando la voz –. Me repitió lo que… me dijo Miku. Ya sabes, lo que me contó entonces, al conocernos.

Kaito asintió con la cabeza, reprimiendo a duras penas un gesto de impaciencia.

– Y planeamos tu escapada – completó Meiko.

– ¿Con él?

– La verdad es que la mayor parte del trabajo lo hizo Gumi. Len nos tuvo esperando casi un día hasta que nos dijo que montáramos en el coche y nos pusiéramos a esperar. Yo… bueno, Luka ya me había invitado y quedamos en que, cuando él provocara una distracción, tenía que sacarte de allí como fuera.

Meiko cerró los ojos para borrar la sensación de vértigo y vacío. Estaba sentada sobre tierra firme. ¡Tierra firme!

Si Kaito se dio cuenta de su estado, no lo demostró. Se puso delante de Len que, tras unos momentos, levantó la cabeza para mirarle a los ojos. Pero seguía estando muy lejos, perdido en algún lugar de su mente.

– ¿Qué te dijo Miku? – preguntó con la voz temblorosa –. ¿Dónde está ahora?

Len no contestó. Por un segundo, el semblante de Kaito se oscureció y Meiko estuvo a punto de lanzarse sobre el niño para protegerlo. Pero el inmortal lo fulminó con la mirada, apretó los puños y regresó a su sitio.

– Después tendremos que hablar sobre eso – advirtió.

Las chicas intercambiaron una mirada. Gumi asintió con la cabeza, dándole vía libre para preguntar cualquier cosa.

– Kaito, ¿es verdad lo que dijo Luka?

El joven se estremeció y, sin que la ansiedad lo abandonara del todo, perdió toda su vitalidad.

– ¿Qué parte?

– Lo de que Miku mató a gente…

Vio que Gumi se mordía el labio inferior.

– ¿¡Lo sabías! – exclamó Meiko, sin poder creérselo.

– Lo sospechaba. Y, cuando vinisteis… Kaito me lo confirmó.

Las dos se volvieron hacia él, que había fruncido el ceño y se miraba las manos: había unas marcas de media luna teñidas de rojo. Se había clavado las uñas.

– Yo… dije la verdad: no lo sé.

– ¿Cómo que no? ¿Es que no estuviste con ella? – estalló Meiko, hasta el cuerno de que le escondieran las cosas y le dieran respuestas escurridizas, sin consistencia –. ¿Cómo no vas a saberlo?

Al callarse se percató de que estaba hablando exactamente del mismo modo que Luka: exigiendo cosas como si tuviera derecho a saberlas. Soltando palabras crueles a sabiendas de que le harían daño a Kaito. Insistiendo, a pesar de darse cuenta del efecto que hacían las acusaciones sobre él.

¿Luka se sentiría tan frustrada como ella?

– Lo siento… – murmuró, con el corazón encogido. La disculpa sonó tan débil, carente de peso, que se le llenaron nublaron los ojos y tuvo que frotárselos con disimulo –. Perdóname.

Él se recostó contra la camioneta, cerrando los párpados. Gumi picoteó algo más de su bocadillo y la tensión cayó entre ellos. Meiko dio vueltas a su lata sin parar, recriminándose por ser tan violenta. Quería respuestas, sí. Pero, ¿le habría gustado que la trataran de esa manera? Lo que más le molestaba era que todavía se moría por presionar a Kaito. Quería sacudirle, que aclarara las cosas y dejara de tomar decisiones por los dos.

Qué persona tan decepcionante soy, pensó con amargura.

Había dejado de correr la brisa y el calor le estaba pegando la camiseta al cuerpo. Notaba el sujetador más incómodo que nunca. De pronto el exterior asfixiaba tanto como el interior de la camioneta.

Iba a levantarse e ir a buscar a Frank, sólo para alejarse de aquel ambiente que ella misma había creado, cuando Kaito empezó a hablar.

– Miku sólo mató dos veces delante de mí. La primera fue durante una rabieta. La segunda… no sé describirlo. Estaba fuera de sí. Destruyó un pueblo entero.

Gumi abrió la boca y se incorporó lentamente.

– ¿Qué…?

– Después ya no sé lo que sucedió.

Meiko se mordió la lengua, aunque fue quien Gumi preguntó en su lugar, de una forma mucho más delicada y considerada de lo que habría hecho ella:

– ¿A qué te refieres?

– Pues… – respiró hondo –. Le eché en cara todo lo que había hecho y le pedí que recapacitara. Pero… era una ira irracional. Llevaba mucho cargando con ese peso, con todos esos sentimientos, y yo no hice nada por intentar aliviarla. Luego nos… nos peleamos. Cuando me desperté estaba en el sótano de una casa de campo. Caminé casi un día y te encontré a ti – miró a Meiko –. Han pasado cinco años desde que vi por última vez a Miku. Y mi vínculo con ella está suprimido, ha cortado, de alguna manera, nuestra comunicación. Así que no sé nada.

Meiko se había quedado de piedra. Lo primero que se le pasó por la cabeza fue cómo Kaito se había negado a aceptar las acusaciones de Luka. Puede que no directamente pero sólo hacía falta echarle un vistazo para darse cuenta de que no creía que Miku tuviera la culpa de nada. O, más bien, que no quería creerlo. Y pensó que Kaito era estúpido, que estaba cegado por el amor y por eso defendía a Miku. Después los sentimientos desaparecieron, dándole la impresión de que estaba vacía: era demasiado pronto para opinar nada.

– ¿Quiénes… eran esas dos personas que nombró Luka? – se le ocurrió preguntar tras un rato –. Esas dos que murieron…

– Noel y Froid… Otra bruja y su inmortal.

– ¿Han acusado a Miku de matar a una bruja? – se sorprendió Gumi –. Pero… ¿esas cosas no se suelen pasar por alto, en caso de que sean verdad?

– Un minutito – interrumpió Meiko, arqueando una ceja –. ¿Cómo que se pasan por alto?

– Las brujas pueden matarse unas a otras, si quieren, y de formas monstruosas, si les apetece – explicó Kaito con la mirada perdida en el toldo –. Lo que pasa es que antes tienen que avisar de que van a hacerlo.

– Eso no tiene mucho sentido… ¿Y si quieren matar a otra bruja sin que se dé cuenta?

Kaito sonrió amargamente.

– No es a la otra bruja a la que avisan, si no a los Arcanos. Ellos registran la declaración, deciden si los motivos son suficientes o no, según venga al caso, y si dan permiso, la bruja atacante tiene vía libre.

– ¿Y a la otra no le dicen nada? – Meiko tragó saliva, notando que se le ponía le piel de gallina.

– No. A partir de ese momento da igual cuál muera y cuál sobreviva, porque las dos habrán tenido una razón para matar: una por sus propios motivos para odiar a su enemiga, la otra en defensa propia – Meiko se estremeció de arriba a bajo –. Como Miku y yo no hemos acudido a dos reuniones del Aquelarre… Y se ha interrogado a las principales enemigas de Noel… – bajó el tono –, Luka ha llegado a la conclusión de que fue Miku la que actuó sin avisar a nadie.

– Espera. ¿Por qué iba a matarles? – dudó Gumi.

– No lo sé… – y apartó la cara.

– Sí lo sabes – susurró Meiko –. ¿Verdad?

Kaito permaneció en silencio. Entonces Gumi soltó una exclamación de alegría.

– ¡No ha podido ser Miku!

– ¿Por qué no? – preguntó Meiko.

Gumi sonrió y alzó un dedo.

– La única forma de matar a una bruja es por medio de su inmortal. Kaito estuvo inconsciente cinco años, ¿verdad?

– Entonces… ¡Claro! Entonces él no ha podido matar a nadie – comprendió Meiko, exultante.

El implicado, por el contrario, fruncía el ceño. Meiko se puso las manos en las caderas. ¿Qué le pasaba ahora?

– Nadie ha dicho que yo estuviera inconsciente… Simplemente, no recuerdo nada. Y las brujas… pueden borrar la memoria – dijo, atragantándose con cada palabra. La sola idea de que Miku le hubiese podido hacer eso hacía daño –. Por eso, quiero saber qué ha pasado. Y tú sabes dónde está ella – se volvió hacia Len –. ¿Por qué te envió a ayudarnos?

Len tardó una eternidad en responder, Meiko incluso llegó a pensar que no había oído la pregunta.

– … dijo… que tenía que ayudaros a huir del Aquelarre.

– ¿Huir?

–… sí.

– ¿Por qué?

– … porque… nos van a perseguir… para encontrar a Miku – una pausa eterna –, y ella tiene que esconderse.

– ¿Esconderse?

Asentimiento.

– ¿Así que ella mató… mató a Noel y a Froid? – susurró roncamente Kaito.

Len se convirtió de nuevo en una estatua y Meiko entendió que, o bien no lo sabía, o no podía decirlo. Kaito se había cruzado de brazos, parecía estar dándole vueltas a algo que no acababa de entender.

– Antes dijisteis que él provocaría una distracción… – empezó a decir lentamente.

– Sí – asintió Meiko.

– ¿Hizo algo mientras esperabas? – le preguntó a Gumi.

– No. Se quedó sentado y me avisó de que estabais llegando. Cuando os vi saltar… creí que se me paraba el corazón.

– No fuiste la única – Meiko se frotó los brazos, reprimiendo a duras penas el recuerdo que, con cada comentario, emergía con mayor facilidad. Oscuro y abismal.

– ¿Quién hizo la magia que nos salvó en el hotel? – le interrogó Kaito –. ¿Fue Miku la que nos ayudó a salir?

Meiko recordó la figura vaporosa que les había indicado el camino y cómo Kaito confió en ella.

– …no… La habrían descubierto.

– ¿Entonces, quién?

–… yo.

Kaito arqueó las cejas, incrédulo. En su momento, Meiko también dudó de que aquel niño fuera capaz de hacer nada, pero ella y Gumi se aferraron a un clavo ardiendo con tal de intentar ayudar a Kaito. Al final Len había resultado ser una ayuda muy útil.

– ¿Quieres decir que sabes hacer magia?

–… sí.

– ¿Y eres un chico?

–... sí.

Contra todo pronóstico, Kaito se movió más rápido de lo que Meiko había visto jamás y rodeó el fino cuello del muchacho con una mano. Apretó.

– ¡Ey! – gritó Gumi.

– ¿Has hecho un pacto con un demonio, con una bruja? ¿¡O eres un Arcano! ¡Responde!

Len no intentó quitarse a Kaito de encima y cuando Meiko se fue a tirar sobre Kaito, éste le lanzó una de sus miradas más frías. Fue la primera vez que comprendió que estaba en presencia de un ser que había vivido muchísimo más que ella, que era paciente, pero tenía un límite. Y, al contrario que una chica normal como ella, sabía cuándo acechaba el peligro.

–… no…

– ¿Entonces, qué eres?

– ¡Estás ahogándolo! – Gumi tiró del brazo de Kaito.

Len se estaba empezando a poner morado, aunque ni una sola queja salió de sus labios. Ni siquiera se esforzaba por respirar. El inmortal entrecerró los ojos, desconfiado, y aflojó la presión. Una persona normal habría tomado una bocanada de aire. Len sólo relajó levemente el cuerpo. Pasó un rato hasta que contestó.

–… soy… humano… y no he hecho… ningún pacto…

– Eso es imposible – se negó en redondo Kaito.

– ¿Por qué no? – se atrevió a preguntar Meiko, todavía con los pelos de punta tras su mirada.

– Porque los hombres no pueden usar la misma magia que las brujas. No hay brujos o magos, como dicen las leyendas populares. Los únicos hombres que adquieren magia son los que hacen pactos, los contratistas, los invocadores y… los Arcanos. No los humanos normales y corrientes.

Meiko se quedó boquiabierta. Eso no lo sabía. Luego se mordió el labio inferior. No sabía muchas cosas. Demasiadas, incluso.

Kaito continuó mirando a Len acusadoramente, parecía que quisiera reducirlo a cenizas y librarse de él. El chiquillo permaneció tranquilo, quizás sin darse cuenta del ambiente que les rodeaba o, en todo caso, haciendo caso omiso.

Después de un par de minutos sin que ninguno se atreviera a decir nada, Gumi posó una mano en el hombro de Kaito.

– ¿De verdad crees que Miku… nos enviaría a alguien que te pusiera en peligro?

– ¿Y cómo comprobamos que de verdad viene de parte de Miku?

– ¿No me estabas escuchando antes? – las pálidas mejillas de Gumi se arrebolaron de la indignación –. ¡Len me repitió, palabra por palabra, lo que me dijo Miku! – se puso de pie, temblando con furia –. ¿¡Crees que me habría olvidado de lo que hicisteis por mí! Si vosotros no hubierais aparecido, yo…

Él se quedó cortado y no fue capaz de soportarle la mirada a su antigua amiga.

– Lo siento… Es que… – se llevó las manos a la cabeza, luego las dejó caer pesadamente –. Ya no sé qué creer.

Gumi lo contempló desde arriba unos segundos más, hasta que su actitud se suavizó y se sentó a su lado, rodeándole un brazo cariñosamente.

– Lo sé.

Meiko se sintió cruelmente excluida. El inmortal la mantenía aparte a propósito, no le explicaba las cosas excepto cuando estaba en el borde de la navaja, ni siquiera le permitía dar su propia opinión, por muy inexperta que fuera. En cambio, Gumi podía enfadarse con él, calmarle y estar a su nivel. Le costó un enorme esfuerzo mantenerse en silencio y tragarse los reproches que aullaban en su interior, a pesar de estar convencida de que la expresión de su rostro la traicionaba.

Pero, claro, ambos estaban demasiado ocupados para fijarse en ella.

Pasaron la noche en la camioneta, apretujados unos contra otros. Al día siguiente pasaron por un pueblo a desayunar y siguieron una carretera durante kilómetros, kilómetros y kilómetros. Se turnaban cada hora para acompañar a Frank en la parte delantera. Cuando le tocaba a Meiko, se apoyaba en la ventanilla dejando que el aire le golpeara la cara, y seguía el agreste paisaje con una sensación de modorra. Gumi quería sacarlos del país, fuese como fuese. Había preparado unos pasaportes falsos el día que Kaito se fue, también les dio las prometidas tarjetas de su gran cuenta en el banco. El problema era qué haría ella. Luka, Gakupo y los Kasane sabían dónde estaba su base. Gumi los calmó diciendo que había llamado a unos amigos para que le recogieran aquello que pudiera necesitar y ya había pagado el salario de varios meses a sus empleados. Se peleó con Kaito porque pretendía acompañarles por un tiempo y no le gustaba la idea de que siguieran solos. Ni a él la de que Gumi fuera con ellos. Sentía que ya la había metido en suficientes problemas. Pospusieron una y otra vez la decisión hasta que cruzaron la frontera y Frank anunció que era el momento de separarse.

Al final quedaron en que Len les acompañara tras preguntarle qué pretendía hacer. El niño respondió que iría con ellos, que se lo había dicho Miku. A Meiko no le importaba la idea de tenerlo como compañero y, aunque Kaito se disgustó, sospechaba que tampoco habría dejado ir a Len tan fácilmente: era el único vínculo más o menos fuerte que lo unía a Miku.

Se quedó despidiéndose de Frank, agradeciéndole todo y deseándole buena suerte, mientras los otros dos se iban a discutir, otra vez.

Casi una hora después, Gumi regresó y le guiñó un ojo a Frank.

– Parece que me voy contigo.

– ¿A dónde? – preguntó Meiko, sintiendo un pinchazo de decepción: había creído que convencería al inmortal.

– Me volveré por un tiempo a mi casa en los bosques – suspiró, haciendo un ademán de rendición.

– Por un año, al menos – recalcó Kaito, acercándose a ellos, cruzado de brazos, y bastante más relajado que los días anteriores –. Las brujas tardan mucho en olvidar. Pero si estás con tu familia, no se atreverán a molestarte.

– ¿Ah, no? – se sorprendió Meiko –. ¿Por qué?

El maldito "por qué" empezaba a ser muy típico de ella y eso la sacaba de quicio.

– Ay, pequeñina – se burló Gumi, dándole un capirotazo muy suave en la nariz –. ¿Cómo crees que te salvé la vida?

Meiko se quedó en vilo. Su amiga aprovechó para abrazar a Len, tan pasivo como siempre, y luego le dio un par de besos a ella en las mejillas.

– Cuídate muchísimo, ¿vale? En cuanto esté de vuelta en la civilización humana, os llamaré. Y tú – amenazó con un dedo a Kaito –, tienes dos niños a tu cargo, más te vale dejar las ideas suicidas de lado y hacerte responsable.

– Lo haré – se rió él.

Frank arrancó el motor. Gumi subió al asiento de copiloto, bajó la ventanilla y acarició la cara de su amigo.

– Tened cuidado.

– Lo tendremos – le prometió, posando su mano sobre la de ella.

La camioneta se puso en marcha y comenzó a enfilar la carretera.

– ¡Un momento! ¡Dime cómo nos curaste! – suplicó Meiko.

– Bueno… en las películas aparecemos con una varita y siendo madrinas, pero la verdad es que somos más de los bosques y no llevamos esos trajes tan horteras – sonrió ella.

Gumi sacudió la mano por la ventanilla una y otra vez hasta que el vehículo se convirtió en un lejano punto en la distancia.

Meiko, una vez repuesta de la sorpresa, la imitó hasta que acabó doliéndole el brazo de tanto agitarlo y tuvo que masajeárselo. Estaban los tres solos, a las afueras de un pueblecito, en el país vecino, y asándose bajo el sol.

– Bueno, otra vez en medio de la nada – comentó.

– Eso parece.

– ¿Y qué hacemos?

– ¿Qué crees que vamos a hacer? – le sonrió Kaito.

– ¿Caminar?

– Caminar.

– Vaya, hombre.

X

La estancia estaba a oscuras. Al entrar, chasqueó un dedo e hizo que las antorchas se encendieran con fogonazos que iluminaron una habitación vieja y elegante. Los muebles eran de hacía siglos, la cama se mantenía milagrosamente de pie y las ventanas en forma de arco ojival estaban tapiadas.

Se quedó en el centro de una alfombra cubierta de polvo, deshilachada y de la que apenas se percibía el bordado. Satisfecha, la bruja sonrió.

Alzó una mano, ondeó un dedo y, de una pequeña explosión de color, la imagen dio un giro radical: las paredes recobraron sus tonalidades, así como la alfombra, las mantas, los almohadones. Los cristales de las ventanas dejaron entrar luz a raudales, a pesar de que en el lugar donde estaban era de noche. El polvo había desaparecido, las antorchas se habían convertido en preciosos candelabros y el suelo de madera relucía, nuevo.

A las brujas les encantaba hacer espectáculos aunque no hubiese más personas para verlos.

Con un nuevo movimiento de mano hizo aparecer una mesa y tres sillas de altos respaldos. Se sentó, con las piernas cruzadas y un libro se materializó en sus manos, escrito en un dialecto de hacía más de quinientos años.

Dejó pasar los minutos hasta que asintió para sí misma y, dejando la lectura a un lado, entrelazó los dedos.

La puerta se abrió sin hacer ruido, dejando a la vista las figuras de dos mujeres jóvenes.

La primera que entró fue la tennyo (1). La última vez que se habían encontrado fue hacía dos siglos y desde entonces parecía haber cambiado su indumentaria de un kimono tradicional a un vestido igualmente precioso, de color blanco, que resaltaba su suave y delicada figura.

La segunda fue la devi (2), engalanada en un vaporoso traje negro cuya falda ondeaba a cada paso entre sus largas piernas. Era la primera vez que la veía, y probablemente fuera nueva en el ámbito terrenal. Ninguna de las dos llevaba joyas. Quizás su condición de seres celestiales les impedía lucir algo que levantara deseos tan pecaminosos.

– Sai… – saludó Defoko, deteniéndose delante de ella.

La tennyo jamás había mostrado expresiones que fueran más allá de la serenidad, el aburrimiento o la placidez. Sus iris amatista resaltaron con la luz de las velas al inclinar levemente la cabeza en señal de respeto.

– Hacía mucho que no nos veíamos… – respondió Sai, levantándose y sonriendo ampliamente –. En cuanto a usted…

– Soy Komori Rem – se presentó, con una voz tierna y dulce. Al bajar la cabeza, uno de los largos mechones de cabello resbaló hacia delante, cubriéndole la cara con hilos esmeralda.

– Sentaos, por favor – las sillas se desplazaron solas hacia atrás y sus invitadas se acomodaron –. ¿Queréis tomar algo?

– Té – musitó Defoko.

– También té.

– Muy bien – con sacudir un dedo, una tetera con agua caliente y tres tacitas, cucharas, una bolsita de azúcar y platos aparecieron delante de cada una –. Servíos. Podría ofreceros directamente té hecho – comentó, tomando la tetera –, pero, curiosamente, la magia es bastante inútil con la comida y la bebida. Así que es preferible que lo mezcléis vosotras.

Defoko había bajado varias veces de las cúpulas celestiales, así que estaba al tanto de los cómicos fallos de la magia. Komori, por el contrario, se mostró desconcertada.

– ¿Cómo puede ser que no podáis hacer un té?

– No, querida, lo malinterpretáis. Claro que puedo hacer té. Pero es insalubre y tiene un sabor muy soso cuando se hace con magia, así que preferiría ahorraros la tortura de probarlo.

Se mantuvieron en silencio mientras degustaban el té. Fuera cantaba un pajarillo que le arrancó una sonrisa a Sai. El jardín que se podía ver por la ventana era su favorito, le encantaba conectar sus hogares a las zonas terrestres que había visitado en el pasado y la capturaron por su belleza. Si uno se asomara podría ver árboles llorones rodeando una laguna de aguas cristalinas, hierba larga y ondulante al viento, unas casas al estilo pagoda a lo lejos y un cielo surcado por unas veloces nubes.

Y todo eso a pesar de que el castillo abandonado en el que estaban merendando se encontraba en la otra punta del planeta con respecto a la laguna.

Sai aprovechó que sus huéspedes estaban entretenidas con el té para observar a la neófita. Al igual que las tennyo, las devis no bajaban a la tierra muy a menudo y, si lo hacían, no era para mezclarse con los que vivían allí. Sin embargo, siempre había algunas que se hastiaban de una vida celestial en la que no alcanzaban la purificación y decidían inspeccionar el mundo que había en los estratos inferiores.

Y, si la información que le habían dado era correcta, esa devi tenía unas amistades muy interesantes.

Defoko dejó con elegancia y algo de sequedad la taza en su platito.

– ¿Cuál es el motivo de tu invitación, Sai?

La bruja sonrió. Le gustaba hacerse de rogar y que tuvieran que hacerle preguntas.

– Uno bastante especial. ¿Estáis al día en los asuntos mundanos, Komori?

– La verdad es que en lo referente al Aquelarre, no.

– ¿Y tú, Defoko?

– Lo poco que sé se habrá quedado antiguo – contestó, impertérrita –. No soléis hacer alarde… de lo que ocurre entre vosotras.

– Tienes razón. Tal vez debería poneros al día – se dijo –. ¿Sabéis cómo funciona nuestro sistema? Me refiero a las reuniones obligatorias del Aquelarre.

– No… – susurró Komori. Defoko parpadeó sin interés.

– Las brujas no tenemos una organización jerárquica, somos espíritus libres y caprichosos que gastan la vida en sus "hobbies". Y eso es muy peligroso, así que un mínimo de organización es necesario. Por eso podemos hacer lo que deseemos… Excepto faltar a los Aquelarres. Sólo hay dos excusas: haber muerto o estar completamente incapacitada para acudir. En cuyo caso, hay que informar de antemano.

– Entiendo – Komori le dedicó una tímida sonrisa.

Sai se la devolvió, mucho más radiante y confiada.

– Resulta que en el transcurso de los últimos cinco años hemos convocado dos Aquelarres, un hecho muy fuera de lo normal, ya que hay veces que no se realizan en un siglo o dos seguidos. Hubo una bruja que no acudió a ninguno de los dos. Y no hubo excusa alguna.

– ¿Eso significa que pretendéis castigarla? – Defoko se sirvió un poco más de té.

– En realidad, ahora las pocas que nos preocupamos por el tema estamos más interesadas en por qué ha habido un asesinato injustificado desde que Miku Hatsune, la bruja en cuestión, desapareció.

Komori apretó los labios y Sai comprendió que sí conocía esa costumbre de las brujas: enfrentarse a muerte. Se veía a la distancia que no estaba de acuerdo con esa práctica. Por el contrario, Sai sí. Cuando mató a su primera enemiga constató que era muy útil y cómodo poder quitarse de encima a un estorbo sin que se condenara a nadie. Podía ser un sistema injusto, vengativo y desleal, pero mantenía un número aceptable de brujas, ya que no pasaban cincuenta años sin que al menos muriera una, y les aseguraba períodos de paz entre asesinato y asesinato.

– ¿Qué pudo pasar?

– Pues… no lo sabemos y por eso queremos encontrar a la única sospechosa – sonrió Sai, apoyando la barbilla en una mano.

– ¿Cómo va a haberlo hecho sino con su inmortal? – Defoko arqueó una ceja.

– Ah, eso es lo que todas piensan…

– Y, obviamente, tú no.

Los labios de Sai se estiraron todavía más, sin perder la naturalidad, y mostrando unos perfectos dientes blancos.

– Su inmortal no lo hizo.

– ¿Cómo lo sabes?

Sai se llevó una mano a la boca para reírse por lo bajo. Komori miró, inquieta, a Defoko. Esta ya conocía a la bruja y sabía que no pensaba contarles lo que había averiguado, así que dio un sorbo al té. La devi la imitó, dudosa.

– ¿Para qué nos has invitado? Todavía no nos lo has explicado – se rindió Defoko después de casi cinco minutos de silencio: Sai no diría nada hasta que no mostraran su interés. Jamás cedería primero.

– Si Miku mató a esa bruja y a su inmortal, que no lo pongo en duda, sin usar a su muchachito… ¿Cómo lo hizo?

– ¿No es imposible? – susurró Komori.

– Sí. Es imposible.

– ¿Entonces eso no prueba la inocencia de la bruja? – a Defoko se le escapó un tono hastiado.

– Técnicamente sí. Pero… Me parece que lo consiguió hacer. Encontró un modo – dejó pasar una pausa de efecto y su mirada se volvió maliciosa –. ¿No habéis oído hablar del Elixir?

Por una vez en su vida, los ojos de Defoko se abrieron más de lo normal. Sai se regodeó interiormente: la había cogido completamente desprevenida. Komori fue a soltar una exclamación de sorpresa, pero al final se reprimió a tiempo y no emitió ningún sonido.

– ¿Existe? – acabó por decir Defoko, recostándose contra el respaldo, recuperada su serenidad.

– Claro que sí. Es una tontería fingir que es una leyenda. Siempre ha habido pruebas muy claras.

– ¿Y pretendes que nos hagamos con él? – la tennyo le dirigió una mirada de hielo. Sai no se amedrentó y esperó con expectación. Defoko cerró los párpados, meditándolo. Después se levantó, se alisó el vestido y dijo –. No siento interés por algo tan poco fiable.

– ¿No quieres conseguir la fuente de todo poder? ¿Hacer todo lo que desees? ¿Ser inmortal? ¿Dejar de depender de tu chal para regresar a tu hogar? – la picó Sai.

Defoko caminaba siempre erguida, con los hombros echados atrás y la cabeza alta. Destilaba una cercanía a la perfección cegadora. En ese momento, incluso demostrando cierto desprecio, su belleza y elegancia brillaban, alejándola de sentimientos tan rastreros y retorcidos como los de Sai.

– Es contra natura.

Y se marchó de la habitación.

Komori titubeó, alternando la mirada entre la puerta y su anfitriona. Decidió quedarse sentada.

– Señora Sai…

– Dígame.

– Usted… ¿habló con Kiku?

– Ah, sí.

– ¿Le contó lo mismo que a nosotras?

– No palabra por palabra pero, en esencia, sí.

Komori ocultó en el último segundo un gesto de dolor. Juntó las manos sobre la mesa, buscando las palabras adecuadas para expresarse sin herir los sentimientos de Sai.

– Kiku es muy influenciable… – carraspeó con timidez –. Usted… ¿lo hizo a sabiendas de que…?

– ¿De que se interesaría? Claro que sí – sonrió Sai. Komori se mordió el labio inferior de una forma encantadora –. Igualmente, os he invitado a ustedes dos porque esperaba que despertara vuestra curiosidad. Y lo he conseguido.

– Pero… Defoko se ha marchado…

– La conozco. Había esperado que no quisiera saber del Elixir en sí – le restó importancia al tiempo que hacía desaparecer la taza de la tennyo ausente –. A cambio, he ganado su atención. Al igual que la de usted.

– Me gustaría saber dónde está Kiku.

– Supongo que buscando a Miku.

– Ya veo… – Komori aspiró una bocanada de aire, se incorporó e inclinó la cabeza –. Gracias por su amabilidad.

– Volveremos a vernos.

– Eso espero.

– No es un deseo. Es una certeza.

La devi la miró con asombro durante unos segundos. Se estaba retirando hacia el vano de la puerta cuando se detuvo.

– ¿Y usted no busca el Elixir?

– ¿Yo? – a Sai se le escapó una carcajada –. No, en absoluto.

Komori esperó a que añadiera algo más. Como no lo hizo, se fue sin levantar ni un sonido.

Sai terminó su té con una sonrisa de deleite y se quedó mirando los cambiantes rayos de sol que se colaban por la ventana.

– Un Elixir que concede el poder de hacer cualquier cosa… Es muy aburrido.

X

Tennyo: doncella celestial de la mitología japonesa budista, similares a las ninfas o hadas de las leyendas occidentales. Suelen ser representadas como hermosas mujeres engalanadas con un chal o un hagoromo o kimono de plumas, que les sirve para volar del cielo a la tierra, a donde suelen descender para bañarse en las aguas. Para ello se quitan el hagaromo y, normalmente un pescador, lo roba y obliga a la tennyo a casarse con él y a tener hijos. Normalmente la tennyo recupera su chal tras unos años y regresa al cielo.

Devi: femenino de "deva". Advertencia, los devas aparecen en esoterismo y budismo entre otras cosas. Son seres celestiales, que habitan diferentes cielos y no han terminado el ciclo de reencarnaciones para la purificación completa (según el budismo)

Si hay alguna pregunta, hacédmelo saber. ¡Besos!