Yu-Gi-Oh! Para desgracia mía, no me pertenece, es propiedad exclusiva de Kazuki Takahashi.
Capítulo 6: Voz de Doble Filo
"La diferencia entre la palabra adecuada y la casi correcta, es la misma que existe entre el rayo y la luciérnaga".
—Mark Twain.
La sombra pálida de aquel trasluz cubrió sus párpados reacios a un despertar inminente, queriendo las pestañas conservarse engarzadas pese al soslayo ambarino de los rayos casi vespertinos que eran una mímica perfecta de los gritos de su Madre cuando, siendo él un infante, resolvía despertarlo a una hora más puntual que la marcada en el despertador siempre encima del gavetero labrado en roble.
Así mismo despertó, como si de los vituperios de su Madre se tratase: malhumorado, con los mechones rubios cobrizos enmascarando su mirada tosca y la jaqueca de un sueño interrumpido. Emburujándose al repertorio la resaca de una tertulia con el alcohol menos costoso, su predilección por ser, al paladar, el más puro de todos.
Somnoliento, tomó asiento en el borde de la cama, encorvando a la vez su espalda. Empinó la cabeza en dirección al techo meciendo los pies, cerrando los ojos de manera forzada en un vano intento de revitalizar las energías pasmadas, así como atenuar el dolor lacerándole las sienes.
Pero todo parecía inútil.
Quizás el único analgésico fructífero era una larga ducha con las aguas de invierno.
Si es que no habían cortado el servicio.
Motivado por la esperanza, aunque microscópica, abrió los ojos en un embate furtivo vinculando al hecho un abandono de la cama, afincando el pie derecho sobre lo que creyó el suelo, pero en realidad era una de las tantas botellas vacías de licor, con la que se tambaleó como trapecista en cuerda floja y, de no ser por los amagos exagerados o los aleteos como paloma sacudiéndose las plumas mojadas, su trasero le habría dado los buenos días al piso.
"— ¡Uf! Por poco…—"
La botella rodó chocándose con otra, emitiendo ambas un chasquido hueco por hallarse vacías. Fisgoneó las restantes sin la intención de enumerarlas.
¿Tanto alcohol tenía en las tripas?
La madrugada era para sus memorias una bruma espesa y turbia. Solo los tímpanos mantenían estático el recuerdo de un diálogo solapado por los golpeteos de la música en el Izakaya ylos gimoteos de una mujer teniendo sexo con su hijo en la habitación contigua, donde el runrún de la cama entonaba el son del placer.
No le causaba indignación ese placer corrompido al cual se había encadenado su hijo, a sus mismos diecinueve años, él ya había copulado con más de una fémina. No tenía voz ni mucho menos voto para juzgarlo. Además, algún beneficio debería acarrear el ser espectador de tan ubérrima cantidad de escenas pornográficas.
"—Nada más espero que haya usado preservativo. Aún es un mocoso para tener hijos. Sería un niño criando a otro—."
Rascándose la barbilla en forma de candado, meditó la ponderación del alcohol ingerido mientras al baño de la otra recámara se dirigía, por ser el único en todo el apartamento. Fue al ocupar el dormitorio donde recordó vaciar tres botellas en su estómago, siendo las demás el cumplimiento de un pacto con el mendigo de la esquina, a quien le hacía el favor de acopiar el mayor número posible de botellas vacías para el anciano barbudo poder venderlas a los camiones de basura a cambio de unos cuantos yenes como remuneración. Para él, en cambio, su forma de donarle una limosna al viejo arrugado en carencias. No era un acto de tacañería el abstenerse de colocarle los yenes en la palma de la mano, más bien era su manera de asignarle un trabajo fácil, uno que le hiciera sentirse más como trabajador que como un mendigo cundido en harapos.
El convenio remolcó consigo una amistad benévola, con tanto auge que, cuando se sentía desorientado, entablaba una plática con el anciano al final sellada por las risas o anécdotas de años mozos. Acudía al viejo incluso cuando el alcohol le desataba la lengua, contándole todas las confidencias de un borracho errante.
El senil aprovechó más de una ocasión para renovar el consejo de que dejara el alcohol no solo por su salud, sino también por el bienestar de su hijo. Pero en todas aquellas veces lanzó indirectas que se clavaron en el blanco al suscitar siempre un drástico cambio de tema.
Él no podía dejar el alcohol.
El alcohol era su atajo clandestino al olvido.
Al olvido de la pobreza, del divorcio empolvado y, sobre todo, del Padre de mierda que había sido a partir del cumpleaños número diez de Katsuya. Tres números menos si el de Shizuka mentaba.
Convocó a su impetuoso hijo observando la toalla húmeda, tendida sobre la cama desarreglada; las sandalias gastadas a un lado, ésas que adhirió a sus pies. Con la toalla colgada de un hombro procuró llegar al baño, sorprendiéndose cuando el grifo expulsó agua por los orificios.
—.—
La primera actividad emprendida luego de prendarse con un pantalón negro y las sandalias gastadas, fue una barrida plena en cada escondrijo de la vivienda. De vez en cuando estancándose entre las cerdas de la escoba una que otra cucaracha muerta, así mismo un condón usado que eliminó sus probabilidades de ser abuelo, por lo pronto al menos.
Tiraba la última envoltura de Ramen en la plástica funda negra para el tiempo en que su apellido se voceó desde el otro lado del umbral.
— ¡Señor Jōnouchi! ¡Señor Jōnouchi, ¿puede escucharme?!
Amarró un nudo en la funda con acentuado desdén por estar frente a la hipótesis, encrucijada para mejor ser definida, de ser un cobrador quien apelara con tal recelo su presencia. Simular no ser nadie pensó seriamente.
—Es la Señorita Mori, su nueva vecina de piso.
Ante la identidad esclarecida, caminó trazando porciones de alivio hasta en el último paso que le posicionó de cara con el pestillo, el cual desajustó, abriendo sin inseguridades.
— ¿Sí, Señorita? —Atendió, carcajeándose su juicio al fallar en contra de la mujer por desconsiderarla tan siquiera como el asomo de la palabra Señorita. El vestido inherente al gusto de las mujeres con el yugo de cuatro décadas en la espalda, viéndose amilanado por un delantal de cuadros rosa pastel; el pelo grisáceo, ondulado como si todavía estuviera caliente la silueta de unos rulos recién quitados, y los ojos castaño pardo escribían con punto final la palabra Señora.
—Etto— siseó, tal vez intimidada por su pecho desnudo ya que lo miraba de soslayo. ¿Estaría falta de un buen marido? —El tendido de la luz se descolgó hace poco— pestañó curioseando un punto fantasma—… He indagado entre los vecinos de los otros pisos y éstos lo han señalado a usted como el único capaz de componerlo rápido… Le pagaré.
—Son quinientos yenes.
— Jeje… ¿N-No es una tarifa una poquito alta?
—No lo es si usted misma arregla los cables, Señorita— respondió sujetándose el mentón, disfrazando su verdadera caza tras el número de yenes con las cejas alzadas fingiendo puntualizar una sugerencia común.
— ¡N-NO! ¡Descuide, tendrá su dinero! —Confirmó agitando las palmas— ¿Debo entregárselo ahora o…?
— ¿Qué hora es?
La mujer jugueteó con los dedos índices, tal como su hija Shizuka solía señalizar los nervios.
Medio año sin escuchar la voz de su hija. Nueve años sin ver su faz.
—Bueno… Cuando salí de la pieza eran las once y cuarto.
—A las doce menos treinta minutos repararé la luz, debe tener el dinero en mano seguido esté resuelto el inconveniente— precisó rascándose de nuevo la barbilla cobriza.
— ¡Muchas gracias! ¡Por favor disculpe las molestias! —Sucesivo a una reverencia, la mujer desapareció.
Retuvo la puerta abierta con el objetivo de arrinconar la funda plástica cargada de basura a una esquina del barandal. Surcó el aposento nueva vez planeando buscar una camisa o un suéter decente con la puerta ya cerrada.
Cruzando a un lado del fregadero, el rechinido de la madera rebotó contra su espalda fornida.
— ¡Viejo Cascarrabias, tu hijo está en casa!
Su hijo se personó con el ánimo innato, con la fortaleza que ni la precariedad en las circunstancias había derribado. La misma característica por la cual fueron centenares las veces que su puño dibujó moretones en cada trozo de piel ajena.
Porque aquel espíritu inquebrantable…
Aquella voluntad bañada en hierro puro…
Eran el espejo donde cobraba vida el reflejo de lo que él debía ser y jamás fue: un guerrero.
Katsuya sí lo era.
Su hijo traspasó las rémoras con la espada de la voluntad, defendió sus cimientos tersando un escudo de convicción y su armadura de firmeza resistió todos los golpes encestados por la vida e incluso por él mismo.
Más orgullo por Katsuya no podía enfogonar su corazón tal cual a un adolescente enamorado la simple mención de su amada, pero la gallardía de su hijo le acordaba su propia miseria. Por tal razón, solo él sabía la cantidad exacta de lágrimas que la almohada, su mayor confidente, absorbió después de cada golpiza injusta.
— ¡No soy sordo, Mocoso de Mierda! —Contestó virando su espalda por el rostro, frunciendo el ceño, aunque naciente cólera en él no había.
Katsuya y él se entendían con aquel juego de insultos.
—Gracias a Kami, porque alcohólico y además sordo serías un peligro para Osaka entero…
Presenciar el sosiego falso que su hijo tildó con una sonrisa fresca, le compelió a golpearle con lo primero al alcance de la mano, en ese entonces un cucharón sucio por estar ambos muy cerca del lavaplatos. Abalanzó el utensilio dispuesto a propinarle un golpe superficial, pero Katsuya lo esquivó con notoria facilidad, por lo que el cucharón nada más consiguió merecerle un poco los mechones de la frente por la tenue brisa del amago.
—No te enojes así Viejo, fue solo un chiste. —Se encogió de hombros, volviendo a torcer los labios en una sonrisa ahora despreocupada.
Katsuya le llamó "Papá" a los diez años por última vez. Desde esa época, sustituyó el apelativo por uno más vulgar: Viejo. A raíz de ello, con ése mismo alias apodaba a todo aquél que tenía cierto gramo de su confianza.
Nunca reclamó volver a ser llamado como los genes decían, de antemano sabía que no lo merecía. Fortaleciendo la compostura el haber deducido la acepción del sobrenombre como la indirecta con que Katsuya le confesaba su decepción como hijo, pero que a la vez arrullaba la esperanza de algún día soltar sus labios el dulce tenor de aquella palabra… De ese "Papá".
Lo haría, sin titubeos… Pero solo cuando sus propios labios soltaran a su vez la boquilla de las botellas de licor.
Un acto que, con solo fantasearlo, le engrosaba la saliva y llenaba de aridez la garganta.
— ¡Parece que hoy amaneciste de buen humor! —Aseveró con la ayuda de una palmada en su hombro. Sin estar consciente de que la acción fue una cuerda de la cual se sujetó para salir del foso cavado por sus propios pensamientos.
—Tú por igual— respondió, habiendo parpadeado algunas cuatro veces. Marcando distancia mínima, retornó a su lugar de origen el cucharón sucio de Ramen trasnochado—. ¿Acaso ya tienes un trabajo modesto? Tenemos agua de milagro.
La pesadumbre contestó por su hijo al deformarse su rostro en una mueca similar a la de una viuda que rememora los años con el marido fallecido.
—Eres tan aguafiestas— murmuró abatido, un aura lúgubre parecía encorvarle los hombros y humedecerle las pupilas—… Pero no, no he obtenido nada. Ni el más mísero de los arubaitos. A pesar de que Yura, Kyoka y yo anduvimos mendigando por uno durante toda la mañana.
"—Entonces es una bendición que el tendido de la luz se haya descolgado—."
— ¿Yura y Kyoka? ¿No es una de ellas "La Marimacho"? —Preguntó, acariciando su barbilla. Katsuya le miró plegando las cejas mientras tomaba asiento en una de las cuatro sillas pertenecientes al comedor estrecho.
—Su nombre es Yura. Y-U-R-A. No "Marimacho"— aclaró reticente, exhibiendo fastidio en el áspero tono de voz que utilizó.
—Sea cual sea su nombre— apoyó su espalda en el lavadero cruzando después los brazos a la altura de los costados. Le devolvió un gesto severo—, deberías cortar tus vínculos con esa chica, alejarte cuantos kilómetros puedas. La expones demasiado, Katsuya.
Segundos. No, tal vez milésimos segundos, los ojos de su hijo parecieron temblar atemorizados.
— ¿A qué te refieres con eso? —Su progenie escondió aquel discreto temor pestañeando dos veces consecutivas, imperando en su lugar un desconcierto absoluto.
Estando al borde de ser cejijunto, endureció la mirada antes de estocarla en su hijo.
—Anoche, sirviéndome un trago en el Izakaya, escuché una conversación entre dos gangueros. —El desconcierto en su hijo se fortificó con una pizca del mismo miedo reflejado al principio—. Los dos apostaron que tú formarías parte de sus respectivas gangas usando de cebo a "La Marimacho". Uno de ellos incluso la llamó "El arma definitiva".
Entonces, aquel temor se volvió horror bailando en los ojos mieles de su hijo, cuyo semblante palidecido se trastocó como a quien le carcome el frío de la muerte.
—Conoces el significado de esas palabras, ¿no es así, Katsuya? —El susodicho permaneció enmudecido—. Transitar con esa chica calles arriba, calles abajo, siendo tú alguien sorteado en un concurso de gangueros, no solo ha provocado que la denigren llamándola "Marimacho" …
— ¡Yo la protegeré! — Clamó su hijo, un golpetazo traqueteó la mesa del comedor. Los ojos mieles pareciendo arder en llamas—. ¡No me alejaré de ella porque a esos desgraciados se le venga en gana! Yo… Yo— Se mordió el labio inferior—… ¡Mandaré al infierno a todo aquél que ose tocarle un pelo! —Los puños sobre la mesa comenzaron a emblanquecerse por la furia que les hacía temblar.
—A pesar de ser mi hijo, eres un individuo curioso, Katsuya. — La llama en los ojos mieles descendió sutil, pero no se apagó, prevaleció retándole—. Tratándose de la rubia con quien tuviste sexo anoche, has accedido a encontrarte únicamente los fines de semana para, precisamente, evitar lo que ahora sucede con "La Marimacho"— rio socarrón, volviendo a sujetarse la barbilla ignoró la llama de nuevo encendida por su segunda falta con relación al nombre—. Sin embargo, tratándose de esta chica, de Yura, prefieres remolcarte a golpes con quienquiera que intente hacerle daño… Tú que desde el incidente con el tal Hirutani, eludes las peleas callejeras hasta donde te es posible. Me pregunto qué tendrá esa chica de especial.
—Es mi amiga… Por eso es tan especial— susurró, ensombreciendo la mirada bosquejó la impresión de que aquellas palabras tenían un peso equivalente a una horda de bloques de cemento sobre los hombros.
—No sé qué tipo de secuestro o artimaña pautan armar para tenerla como carnada, pero estoy seguro de que ambos echarán suertes para probar quien la rapta primero. De todas formas, la amistad contigo está poniendo en riesgo su vida— cerró los ojos e inclinó la cabeza queriendo agregar seriedad a sus argumentos.
Tras abrirlos, solo pudo vislumbrar el celaje de su hijo al columpiar éste la puerta.
Katsuya se marchó como alma endemoniada dejando la silla tumbada en el suelo.
— ¡Oye, Mocoso de Mierda! —Exclamó entretanto se aproximaba al marco de la puerta—. ¡Te toca trapear esta pocilga! —Gritó escaleras abajo, llevándose el viento la exclamación.
—Maldito mocoso, siempre huye dejando algo importante a medias.
—.—
"—No…—"
Corría. Corría y corría.
El eco de sus piernas rechinaba en las calles como las herraduras de un caballo a todo galope.
—… De todas formas, la amistad contigo está poniendo en riesgo su vida—.
"— ¡Yo la protegeré! ¡La protegeré a cualquier costo! Yo… Yo…—"
Paró en seco, quedándose a media calle. Su pecho subía y bajaba al compás de su respiración agitada.
Las gotas de sudor caían desde su frente para juntarse con las demás resbalando por sus mejillas, mientras él jadeaba cada vez más.
Inclinó su cabeza en dirección al sol con la mirada escondida, sintiendo los rayos estrellarse contra su rostro. Golpearle sin misericordia.
¿Y si su viejo tenía razón?
¿Y si su amistad era un peligro en la vida de Yura?
¿Y si debía… Alejarse?
"— Pero no quiero… No quiero—"
—… Deberías cortar tus vínculos con esa chica, alejarte cuantos kilómetros puedas. La expones demasiado, Katsuya—.
"—No quiero perderte… Yura—"
Corrió. Corrió y corrió.
Un objetivo se programó en las neuronas al ritmo del trote acrecentado por sus piernas, que empezaban a entumecerse.
Ensordó sus oídos ante los insultos del adolescente que por poco lamió el polvo gracias a sus intentos de esquivarle con la bicicleta y los gritos del niño cuya primera bola del helado terminó siendo degustado por el asfalto cuando se echó a un lado para cederle paso.
Con un latigazo de dolor en los costados, llegó a la mancomunidad. Hubiera preferido ese dolor constante en lugar de los atosigantes golpes que su corazón lanzaba inclemente en cada latido. Aquellos eran los únicos puñetazos que no podía devolver.
El picaporte metálico estaba frente a él, sin nada que le impidiese tocarlo. Su mano se acalambró en el intento, pero una mezcla entre el sudor, los zumbidos del corazón y un hormigueo en todo el cuerpo desató un enojo a sí mismo que le hizo sentirse impotente.
Tan inútil como antes de conocer a Yugi.
Tan inútil como aquel día.
Rodó el picaporte surcando el límite necesario, dispuesto a enfrentar todo lo que hubiera resguardado tras aquella madera pintada de blanco.
La imagen de la ojiazul sentada en una silla del comedor, inmersa en la lectura de un libro que seguro a Kyoka pertenecía… Volvió el cólera una espuma fría.
Su cabello aún estaba libre, la camisa holgada todavía puesta, sólo ausente el pantalón de mezclilla siendo reemplazado por uno más corto que le cubría hasta la mitad de los muslos.
Contemplarla de esa manera.
Callada, tranquila, sumisa.
Rememorar el disturbio que su amistad podría desencadenar.
Gritos, caos, muerte…
Renovó la ira quemándole el pecho.
— ¿Katsuya? —Ella le miró. Cerró el libro y lo posó sobre la mesa enfrente—. Bienvenido de nuevo— saludó sonriendo. Una sonrisa que agudizó lo miserable que se sentía—. ¿Ha sucedido algo malo? Pareces incómodo.
Caminó hasta ella con pasos furibundos, acuclillándose para que su altura no fuera un obstáculo por estar sentada.
— ¿Qué sucedió? ¿Necesitas hablar? —Aquellos expectantes ojos azules se clavaron en él cual dagas de inigualable filo.
—Yo… Sólo quiero decirte…—Sus trémulos ojos mieles volvieron a ocultarse bajo la sombra de sus flequillos dorados. Las palabras chocaban unas con otras trabándole la lengua. La saliva pareció escasear en su garganta.
"—Pero no quiero… No quiero—"
—… De todas formas, la amistad contigo está poniendo en riesgo su vida—.
Apretó de improviso los hombros contrarios. Retó los ojos azules a un duelo de miradas
— ¡Que nuestra amistad termina aquí!
El odio a sí mismo lo posesionó.
Los orbes azules titubearon asombrados.
Tal vez era un desvarío suyo, un espejismo de la colisión entre el odio, la miseria e impotencia hirviendo en su ser, pero…
Pudo ver miedo en su mirada.
No obstante, la intervención de un tic en aquella comisura dibujó una sonrisa forzada que contrarió sus pensamientos. Después, llovieron carcajadas irónicas.
— ¡Pero qué estupideces dices, Katsuya! —Friccionó una mano sobre su hombro con una carcajada a medio camino—. ¿El ventero te retó a hacer una broma como ésta? ¡Si es así, entonces ganaste!
—… Deberías cortar tus vínculos con esa chica, alejarte cuantos kilómetros puedas. La expones demasiado, Katsuya—.
— ¡No es una maldita broma! —Imprimió más fuerza en el agarre—. ¡No quiero que camines a mi lado en la calle! —Su propia voz escuchándose tan impropia como en aquel momento—. ¡No quiero que me relacionen contigo! ¡No quiero ser nada tuyo!
El calor de aquella mano abandonó su hombro. Al hacerlo, sintió que le arrancaron un pedazo de piel a sangre fría.
—Siendo tu amigo… Solo… ¡Solo te expongo al peligro!— Su mirada se escabulló por enésima vez. Era mísera, como él mismo.
Entonces aquella mano fina jaló con ímpetu el cuello de su chaqueta gris, acompañada de la otra, le dejaron estupefacto y cara a cara con unos ojos espejeando furia.
— ¡¿Se puede saber de qué demonios estás hablando?!— El aliento de la ojiazul resopló en sus labios por la estrecha cercanía entre ambos. Una estrechez tan extrema que sus narices se acariciaban.
Él con las manos sobre sus hombros y ella con las suyas arrugaba el cuello de la chaqueta.
—No sé qué tipo de secuestro o artimaña pautan armar para tenerla como carnada, pero estoy seguro de que ambos echarán suertes para probar quien la rapta primero…—
Evocar cada palabra vivificó sus fuerzas, propensas a desfallecer por la cercanía tentativa entre sus rostros.
— ¡Mi viejo escuchó la conversación de dos Gangueros en el Izakaya! — Se irguió todavía más, tal como si estuviera a punto de… Besarla— L-Los dos planean usarte como señuelo para obligarme a ser miembro de sus gangas y yo… — su mirada se apaciguó— ¡Yo jamás me perdonaría si algo malo te pasara por mi culpa! — Retomó la firmeza en sus ojos, su aliento entremezclándose con la respiración de ella.
— ¡Eres un estúpido, Katsuya! — Contrarrestó inamovible—. ¡¿Qué te hace pensar que eres tú quien me expone al peligro, idiota?! ¡Yo soy quien se expone! ¡YO! ¡No tú! —Sus mechones rubios y los blancos de ella parecían ser parte del mismo cuero cabelludo—. ¡¿Crees que, si me hubiera importado exponerme, tendríamos dos años de amistad?! ¡No seas bruto! — Fue zarandeado—. ¡No permitas que nuestra amistad se vaya a la mierda por mero capricho de esos imbéciles!
— ¡Tú no conoces el nivel de perversidad de esos delincuentes! Y yo… Yo… ¡No soy tu niñero para estar protegiéndote!
"—No quiero perderte… Yura—"
Ella soltó el cuello de la chaqueta. Teniendo las manos libres, le empujó por el pecho y gracias a una maniobra improvisada no cayó muy distanciado.
Le había lastimado.
Sin mirarla ya lo sabía.
Pero era él quien se sentía herido.
Como si en vez de herirle a ella, se hubiera herido a sí mismo.
Sus palabras habían sido una espada de doble filo.
Se puso de pie careciendo de valor para mirarla. Ni siquiera se sacudió el polvo de la ropa.
— ¿Por qué no dijiste eso desde un principio, Jōnouchi? — Su apellido. Un golpe bajo—. Te habrías ahorrado un tiempo productivo…
—Dicen por ahí que lo mejor se reserva para el final, ¿no?
¿De qué serviría excusarse en ese punto? Era inútil
Tan inútil como él antes de conocer a Yugi.
Tan inútil como aquel día.
Tan inútil como él en ese momento.
— Lárgate…—Aquella voz quebradiza fue el golpe de gracia—. ¡Lárgate y no vuelvas a poner un pie en este lugar!
—No pensaba quedarme desde el principio…
Molido a golpes invisibles, se encaminó hacia la puerta.
Parado en el marco se quedó por un instante, con la esperanza efímera de que ella lo detuviera gritándole algún otro improperio que le obligara a quedarse, aunque fuese solo por cinco segundos más.
Unos pocos segundos más.
Pero el silencio encestó el golpe final en su espalda.
Retorciéndose de dolor, azotó la puerta temblándole la mano.
No bien había caminado dos pasos cuando su cuerpo ardía en ansias por volver a buscarla. Se reprendió dando un tercero.
"—Es lo mejor para ti, Yura… Así estarás a salvo—."
—Vaya, vaya. Tremendo el honor por estar a cinco pasos del gran Jōnouchi Katsuya.
Alzando su mirada vacía, reconoció a uno de los tantos vándalos a quien su puño le había roto la nariz.
De ojos negros, cabello crespo del mismo color. La cicatriz empezando en el pómulo derecho hasta deslizarse el punto final en la quijada ancha.
—Es un fenómeno no saludarte acompañado de "La Marimacho".
Placer impío sobreabundó en sus nudillos por acumular las ganas de escuchar una vez más el bello crujido de aquella nariz haciéndose trizas. No obstante, fingió hallarse impávido hasta acortar los cinco pasos entre él y la lacra. Estar ambos hombro con hombro.
—A partir de hoy, "La Marimacho" y yo no somos nada— dijo, aunque sus labios titiritaron y, en el proceso, se le hubiera dormido la lengua—. Pero si tú o algún otro pedazo de mierda se atreve a tocarle una hebra, pueden empezar a despedirse de los suyos.
— ¿Es eso acaso un mensaje para los jefes, Jōnouchi?
—No, no es un mensaje— impactó su hombro contra el otro al cruzarle por el lado—. Es una advertencia.
—.—
"— ¡No soy tu niñero para estar protegiéndote! —"
— ¡TONTO! ¡Tonto, tonto, tonto, tonto! ¡IDIOTA! — Abucheó estando acostada bocabajo, rabiando entre las sábanas con el rostro hundido en una almohada.
— ¡¿Hasta cuándo pensabas mirarme con ojos de hermano mayor?! ¡¿Acaso nunca podrás verme como una mujer capaz de defenderse sola?!— Continuó los golpes como si fuera el colchón un saco de boxeo—. ¡No necesito tu protección, grandísimo idiota! —Su rostro comenzó a enrojecerse por gritarle a la almohada imaginando que él allí estaba, escuchándola.
Pero…
—Yo también soy una estúpida— congeló sus brazos dejándolos inertes en la colchoneta. Ladeó el rostro acomodando una mejilla sobre la almohada, la otra libre del algodón moldeado—. No debí permitirle marcharse sin antes gritarle todo esto. ¡Me hubiese cobrado una buena parte hastiándolo, aunque fuera solo unos segundos! Unos pocos segundos… Hubieran sido suficientes para mí…
La rabia se postró humillada frente a la tristeza.
Siempre acontecía.
Una vez encendido el fuego del cólera, un churrasco de tristeza lo apagaba quedando solo el humo oscuro de la melancolía.
En medio de ese humo ennegrecido que le aguaba los ojos, unos labios finos acompasados por una blancura espectral parecían danzar frente sus pupilas.
Un largo mechón rubio adornaba la mejilla descendiendo gracioso hasta rozar la barbilla.
"—Enojarme contigo por unos minutos no significa dejar de amarte, Yura—."
"— ¿Atem? —"
"No… Él no es aquél…"
"— ¿Atem? —"
"¡No lo llames! ¡No oses decir su nombre!"
"— ¿Atem? —"
"— ¡No, no, no, no! ¡NO! —"
Separándose de la almohada con la misma velocidad que ameritaba el pestañear, tomó asiento en la cama admirando sus manos temblorosas. Temblequeando se tocó también los labios, gélidos y blandos.
Entonces sus manos serpentearon trémulas hasta llegar a las sienes, masajeándolas cual si fueran arcilla en grumos mientras su cuerpo reproducía el movimiento automático de impelerse hacia delante y hacia atrás, piloteado por la ansiedad en persona.
"— ¡No, no, no, no! ¡NO! —"
"— ¡Él no es aquél! ¡ÉL NO ES AQUÉL! — "
En una de las sacudidas hacia delante, se encorvó para meter la mano entre los dos colchones sosteniendo la cama. De allí sacó un frasco de somníferos, los más potentes según la receta médica que falsificó.
Desenroscó la tapa con desespero arrojando en su boca tres pastillas, las cuales tragó de inmediato sin agua buscar.
El frasco encerró de nuevo entre los colchones, luego arropándose hasta el cuello con las sábanas revueltas pese a no sentir la impertinencia del frío invernal.
Cerró los ojos acurrucando a la vez su cabeza en la almohada.
—Katsuya…
"— ¡No soy tu niñero para estar protegiéndote! —"
— ¿Por qué?
¿Por qué aquellas palabras no podían ser un mal sueño?
Si tan solo todo pudiera ser un mal sueño.
—Katsuya…
Con aquel nombre endulzando el sabor de los somníferos, se precipitó al vacío de la inconsciencia con las mejillas húmedas.
*Izakaya es un típico bar o restaurante japonés, que además pueden encontrarse en las ciudades más cosmopolitas del mundo.
*Arubaitoes un término que viene de la palabra alemana arbeit, que significa "Trabajo', pero que en Japón se utiliza para referirse a un trabajo a media jornada o por horas, o simplemente a un trabajo temporal, mientras que para referirse al trabajo definitivo o de jornada completa se usa Shigoto. Por eso Jounouchi pronunció el término "Arubaito" y NO "Shigoto".
*Trato de ir de la mano con los aspectos de la cultura japonés pero NO DE TODOS, algunos no los tomaré en cuenta o los trataré con ligereza a fin de dar un toque personal al Fic.
¡MILLONES, BILLONES, TRILLONES DE GRACIAS POR LEER/COMENTAR!
