Disclaimer: Los personajes aquí utilizados no me pertenecen, son enteramente de Tadatoshi Fujimaki y sus ayudantes, patrocinadores, etc, etc... yo solo los tomo prestados un ratito cortito para escribir tonterías. Los personajes no han sufrido daño, trauma o lesión durante la realización de este relato y han sido devueltos a su respectivo propietario una vez finalizado el relato.
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Pasa y siéntate.
Escucha mi historia.
Una leyenda, de criaturas mágicas, protectores, mercenarios, duendes, druidas y oráculos.
El clan del cielo es pequeño, pero sus integrantes son muy valorados.
Dice la leyenda que el reino que posea a uno de ellos viviendo entre sus fronteras, atraerá la prosperidad a sus tierras y habitantes.
Durante siglos, los reinos han luchado por proteger sus criaturas, hasta el punto de mantenerlas prisioneras.
Pero el curso de la historia está a punto de cambiar.
AoKuro … y alguna sorpresa mas.
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Celestiales
Capítulo 07: Fuera del bosque.
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Daiki aspiró, profundamente.
Ese aroma a flores, azucarado, dulce y agradable, llenaba sus fosas por completo. Notaba la paz, recorriendo sus miembros, haciéndolos pesados y la tranquilidad, llamándole en un susurro.
Una punzada dolorosa le revolvió el estómago, al punto de inclinarse para vomitar sin apartarse a un lado.
Su aversión natural a la magia le protegía de un modo tan bizarro.
Dió gracias a los dioses de que ese hechizo aún funcionara. De algún modo, todos los que portaba en su cuerpo habían ido desapareciendo. El toque de Kuroko alejaba todo, tanto lo bueno como lo malo, y Daiki no tenía muy claro si, el hecho de limpiar su cuerpo de tatuajes, que no eran mas que prácticos diseños imbuidos en tinta mágica para su protección, era bueno o malo.
Por suerte, uno de ellos, mas antiguo y retocado que los demás, aún reaccionaba como debía hacerlo, aunque al guerrero le revolviera el estómago hasta el punto de dejarle sin fuerzas.
Ese lugar trataba de luchar contra su magia, esa bruja, Riko trataba de atraparlo.
Si por alguna razón lo conseguía, seria uno mas de sus animalitos inútiles y moribundos.
Y si quería cobrar su sueldo, debía entregar a Kuroko cuanto antes, y quedarse ahí con esa demente no entraba en sus planes.
Necesitaba concentrarse.
Era sencillo y al mismo tiempo terriblemente complicado.
Ese aroma a flores desviaba su atención. Atraía recuerdos de un tiempo en el que era feliz, en el que el mundo solo era aquello que su madre le contaba, lleno de seres fantásticos y tierras hermosas.
Una gran mentira. El tiempo, las heridas y lo que es peor, la propia experiencia le hizo consciente de las crueles mentiras de su madre.
Su mundo de cuento de hadas no existía, la vida era un cúmulo de actos egoístas para arrancarle al destino un minuto mas.
Sintió la mirada de la criatura en su nuca. Un simple giro le puso de cara a él.
Kuroko peinaba su largo cabello, lentamente, con los dedos. A un lado, se había acumulado gran cantidad de nudos, y trataba de un modo muy poco práctico desenredarlo.
Estaba mas que claro que sus deditos flojos no eran el mejor de los peines.
Concentrado en seguir las hebras, desde el nacimiento del cráneo hasta la punta, se liberó sin darse cuenta del efecto del hechizo de Riko.
Aún así, siguió mirando un rato más, perdido de algún modo extraño en la inusual largura y celeste tono de ese cabello. Parecía suave, y delicado.
Estiró los dedos, para comprobarlo, y tomó un mechón, solo uno, entre ellos.
Sus fuertes manos, trabajadas y acostumbradas al campo de batalla, al acero de la espada y el trabajo duro, sintieron casi de un modo irreal, la suavidad de ese pelo.
No conocía nada con ese tacto, nada. Era suave, delicado, incluso podía aseverar que cálido.
Se quedó estático, perdido en sus ojos, y sus propios pensamientos.
¿Qué tenía esa criatura, en realidad todos los de su raza, para formar a su alrededor ese aura tan pacífico?
Su duda quedó sin resolver cuando tras él vio aparecer, lentamente, algo que jamás creyó ver.
Un dragón.
Teppei fue apareciendo como un fantasma de pie tras Kuroko, que seguía peinado su cabello, tranquilo.
Sus partes se formaron lentamente, ante sus ojos. Era alto, como todos los de su raza, y sus escamas, de un azul irisado brillaron, llenando su piel por completo.
Unos ojos amarillos, fulgurantes, y críticos aparecieron en lo alto de ese extraño ser.
Los dragones tenían una habilidad de lo mas siniestra, podían cambiar su forma a placer. Y ese en concreto, era mucho mas peligroso que cualquiera de los dragones elementales.
Teppei dibujó una sonrisa, llenado sus labios de dientes afilados, escondidos tras un morro puntiagudo que fue menguando hasta adquirir aspecto humano.
Su cuerpo seguía cubierto completamente de escamas, diferentes formas y tamaños dependiendo del lugar del cuerpo.
Sus ojos, fijos, al acecho, en Daiki. Alzó la cabeza, olisqueando en su dirección un par de ocasiones.
De pronto cambió. Su pose amenazante desapareció y una mirada dulce reemplazó a la anterior en un parpadeo.
Caminó a cuatro patas, hasta ponerse junto al chico que custodiaba. Mostró su tercer párpado al mirarle mas de cerca, incluso llegó a lamer la mejilla de Kuroko, en un movimiento demasiado rápido para ser visto por el ojo de un humano normal y corriente.
Daiki miró alrededor.
¿Qué estaba pasando?.
A su alrededor se arremolinaban los seres mágicos, tenían que salir de ese bosque ya, o Kuroko acabaría rodeado por todas las criaturas de la región, atraídas por su aroma.
A flores, dulces flores.
Sus agudos sentidos le decían que algo ocurría, algo fuera de lo normal.
Unido al aroma floral otro nuevo aroma surgía, despacio, pero presente.
Riko salió de la cabañita destartalada que le hacía de vivienda, roja de rabia.
En sus manos un pequeño morral del que se adivinaba comida.
Kuroko se levantó, despacio, teniendo cuidado de no herir al imponente pájaro de su regazo y alargó las dos manos para tomarlo.
Daiki le apartó de un tirón.
No supo por qué razón, en sus entrañas sentía que no debía dejarle tocar a esa mujer, ni nada que viniera de ella.
Riko estrechó su mirada, puesta en el hombre moreno, rabiosa por que su plan había sido descubierto.
Aomine se quedó de piedra cuando Kuroko, a su lado, posó la mano con delicadeza en su rostro, solo para susurrarle que todo estaba bien.
No fue eso lo que le sorprendió si no el hecho de que él mismo había ladeado la cabeza para ajustarse al roce, y sentirlo el mayor tiempo posible.
Riko ensanchó la sonrisa hasta hacerla parecer vulgar, al ver con sus propios ojos como la criatura celestial tomaba su "comida" encantada de sus dedos; nada pasó.
Kuroko debería caer al suelo, y renacer convertido en un animal... y no ocurría nada.
El peliceleste seguía frente a ella, sonriendo, apenado.
Esa mujer había sufrido por culpa de un amor, y no hay enemigo mas terrible que una mujer despechada... y mucho peor si dicha fémina es una hechicera, de las buenas.
Los años de aislamiento, la habían convertido en un ser rencoroso y amargado, que se divertía atrapando a cualquiera que osara entrar en sus dominios.
Daiki reaccionó, al final. Levantó el paño que cubría la comida para hacer aparecer una pequeña tarta violeta, de moras silvestres.
– Al otro lado de esta montaña, encontrarás al oráculo. Hyuuga os guiará. – La voz de Riko sonó tan dulce y tranquila que todos los presentes la miraron.
La lengua bífida de Teppei surgió entre sus labios, agitándose en una vibración, cerca de la mujer.
Después se centró de nuevo en Kuroko, como si estuviera decidiendo algo de vital importancia.
– Gracias, por la tarta... y disculpa nuestra intrusión. – Solo miró un segundo a Hyuuga para que volviera a su ser, y lo mismo pasó con el resto. – Necesito un último favor, si no es mucha molestia.
– ¿C-como has?. – Su ropa ya no era un amasijo de remiendos desgastados y sucios, incluso ella, era preciosa, una mujer hermosa.
– Os ruego, os suplico un último favor. – Riko asintió, sorprendida. – Necesito que mi guardián pueda reunirse conmigo.
– Quitad esa mierda de trampa, bruja del demonio. – La diplomacia y la amabilidad no se encontraban entre las muchas y muy variadas cualidades del guerrero. Su paciencia era otra mas, aunque mas bien era su falta de ella.
Aunque no era por eso, si no por que no entendía para que le necesitaba, si había estado bien sin él.
Y entonces de nuevo, esa sensación de que algo iba mal.
Los pasos del pelirrojo se escuchaban como un terremoto cercano.
Aomine se dio cuenta de que no era eso, ciertamente era un batallón, caballería incluida, que obviamente había encontrado su rastro.
Su tiempo se terminaba y él ya estaba harto de tanta buena acción y tanto misterio.
Si lo que tenían que hacer era ir al oráculo, no sabía que hacían perdiendo el tiempo aún ahí.
Kagami le levantó de las axilas, haciendo su largo pelo ondular a su espalda, a un lado y luego a otro.
– ¿Estáis bien?, ¿No os ha ocurrido nada?. – Kuroko negó, frunció el ceño intrigado y tomó con la punta de sus dedos una esquirla dorada de entre el cabello de fuego de su guardián.
Miró a su derecha, donde para el resto de espectadores no había absolutamente nada mas que un matojo de hierba, al lugar exacto en el que Kise flotaba.
Al notar la mirada de Kuroko en él, agitó las alas mas rápido, haciendo el tintineo mas evidente y sonoro.
Kagami no pudo mantenerle la mirada mucho tiempo, y tampoco creía que el pequeño ser celestial pudiera entender lo que había estado haciendo con el hada para matar el tiempo y esas cosas. No necesitaba saberlo.
Y ciertamente era así, pero Aomine no era tan despistado o simplemente descuidado, él si sabía que había pasado, y sinceramente, lo único que deseaba en ese momento, era alejarse de ahí de una maldita vez, llegar al reino, entregar el pedido, cobrar, y gastárselo todo en un par de bonitas mujeres y un centenar de litros del licor mas fuerte que el tabernero pudiera venderle.
Tomó a Kuroko por el brazo y tiró de él, en la dirección que les había indicado Riko. Kagami gruñó por lo bajo, pero apretó el paso pasa ajustarlo al del moreno.
Hyuuga les seguía, a una distancia prudencial, haciendo oscilar su cola a los lados, en cada paso.
Ciertamente Kuroko les había liberado del hechizo, pero no de su condición de medio animal, de hecho esa parte animal era la que les había atraído a la magia de Riko en un inicio, y hasta él ahora mismo.
Teppei, con sus habilidades para pasar desapercibido también les acompañaba, de cerca pero al mismo tiempo alejado.
Cerca de la salida, el presentimiento de Daiki se hizo real. Hyuuga ciertamente les guiaba, pero no hacia la salida. Y el otro ser era su apoyo.
Eran tan obvios que casi parecían un par de cómicos.
El gato saltó frente a Kuroko, con la intención de atraparlo. Kagami le agarró por la cintura y lo subió a su pecho, saltando hacia atrás, para ponerle a salvo.
Daiki lanzó un hilo de sustancia verde, y chasqueó un par de piedras entre sus manos.
Teppei mantenía en su boca una enorme bola fuego, dispuesta a dispararla, pero su plan se frustró por completo.
La sustancia era un explosivo, si escupía, volaría por los aires.
Su intento de atrapar a Kuroko para tenerle con ellos quedó en eso, en un vano intento.
Por fin salieron del bosque, a un camino de arena y musgo.
Un sendero de agradable aroma a tierra seca y brisa fresca.
El silencio llenaba el espacio a su alrededor. Solo el tintineo de las piezas metálicas de sus atuendos y sus pesadas botas sonaban por encima de sus respiraciones.
Kuroko, que aún portaba la tarta entre sus dedos, les dejó atrás, corriendo por delante de ellos.
Rodearon la montaña, y al girar completamente lo vieron, tumbado entre las dos montañas, bloqueando el camino que debían tomar.
Paseó bajo sus fosas nasales el dulce. Primero se limitó a abrir las aletas de su nariz, y sacudir su mano, espantando un mosquito imaginario que rondaba su nariz.
Ciertamente era enorme, mas que la montaña. Por hacer una comparación, Kuroko era del tamaño de uno de los agujeros de su nariz.
Dejó la tarta en el suelo, junto a su boca y corrió siguiendo la línea de su cuerpo, hasta llegar al pecho, donde se apoyó, brazos extendidos, para moverse con cada respiración del gigante.
Sus carcajadas le despertaron.
Una mirada violeta encontró el pastel a la primera pasada. Se sentó y puso el dedo sobre el dulce. Pegado a su huella dactilar lo llevó hasta la boca. Una lengua tan enorme como él surgió, tomando el pastel en su interior, haciendo una sonrisa.
Daiki caminó despacio hasta Kuroko, evitando así llamar la atención del gigante y tomó de nuevo su mano.
Este gesto ya se estaba convirtiendo en algo cotidiano para él.
Le mostró a Kagami el camino, junto a la cadera del gigante y caminó hasta ella con Kuroko de la mano.
Los tres pasaron conteniendo el aliento entre sus labios.
La guarida del Oráculo era visible desde ese punto, incluso veían las luces en su interior.
Aomine se detuvo, y olisqueó el aire a su alrededor, como un rastreador de lo mas eficiente.
– Huele a sangre. – Se volvió a Kagami, que abrió mucho los ojos ante tremenda afirmación. – Hace rato que lo estoy oliendo, pero hasta ahora no había podido hallar la certeza. ¿Estáis herido?.
– No, os lo puedo asegurar. – Daiki sabía que las heridas cerraban inmediatamente en el pelirrojo, y el aroma a sangre fresca se hacía mas intenso con el paso de los segundos.
Si ninguno de ellos dos estaba herido, y Kise no podía ser, solo quedaba Kuroko.
Los dos hombres le miraron, extrañados. Era cierto que el aroma era mas fuerte, pero a simple vista no parecía herido.
Ni daba muestras de dolor, ni de ligera molestia siquiera.
Taiga tuvo la certeza al rato. La mancha en la prenda blanca era mas que evidente.
Y eso solo hacía mucho mas peligroso su viaje.
Kuroko les ignoró, y entró solo en la cueva del oráculo, ya que les daría el siguiente paso a seguir... y esperaba que no incluyera entregar a Kuroko al cualquiera de los dos reyes...
Por que si era así, el destino de la criatura celestial ya estaba decidido.
Y solo le quedaba doblegarse a el y nada mas.
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Uyyyyyy
Juer, lo siento, pero ufff, estoy mega ultra super ocupadísisma.
Saco tiempo para cumplir las actus de mis minutos de sueño...
Pero en fin, tonterías a parte, espero que os guste el cap.
Besitos y mordiskitos
Shiga san
