CAPÍTULO IV

LA LLEGADA A LA ALDEA

Este era el séptimo día. Ella apilaba sus pocas cosas en un rincón y las escondía en un pequeño arbusto; las cacerolas, el saco de dormir, y otras cosas por el estilo.

—Luego vendré por ellas.

—Oye, mujer, ¿de dónde sacaste todas esas cosas? Me pareció raro el día que las trajiste, ya que cuando nos encontramos por primera vez, no traías nada contigo ¿Acaso las robaste de alguna aldea humana? —le preguntó Jaken, curioso.

—No, las traje de mi casa. Pero ese es otro cuento ¡Mm...! ¿Sabes qué? Me gustaría conocer una aldea humana de este mundo. ¿A dónde se dirigen ahora?

—¿¡Qué!? ¿¡Acaso piensas acompañarnos!?

—Sí —ella sonrió—. No conozco a nadie aquí, creo que podría ir con ustedes, ¿no les parece?

Sesshomaru la observó de reojo mientras amarraba su obi.

—Si mal no recuerdo, tú misma dijiste que querías que esto acabara pronto para no tener que vernos más las caras —le rememoró hosco el inugami.

—Sí, pero creo que no sería una mala idea ir con ustedes, en estos últimos días nos hemos llevado mejor, y además tú aún no te has recuperado por completo, podría ayudarte. De ahora en adelante... ¡podría ser tu enfermera personal!

Esto último lo dijo bromeando dándole un palmazo en la espalda. Sesshomaru puso cara de perro. ¡De verdad esta era confianzuda en exceso! Pero se la aguantó, después de todo, lo había ayudado y sería una gran ingratitud asesinarla con sus garras venenosas, aunque lo pensó.

—¡Andando!

—¿¡Qué!? ¿¡Aceptará que esta mujer nos acompañe!?

—Iremos a la aldea, allá que haga lo que quiera, si se tira de un risco mejor. Luego nosotros seguiremos nuestro camino —concluyó imperativo.

—Eso quiere decir que iremos a ver a Lin, y además... ¡que nos encontraremos con el fastidioso de Inuyasha! —descifró Jaken, lamentándose.

La muchacha, por otro lado, se mantenía jugando y acariciando con si fuera un perro a la exótica mascota dragón de dos cabezas, mientras avanzaba detrás de ellos. Sinceramente en este mundo habían cosas interesantes, si no fuera por el carácter odioso de este sujeto de cabello plateado, definitivamente se sentiría como una princesa en un cuento de hadas.

Cuando comenzaron a llegar a su destino y aparecieron los primeros pobladores y las primeras casas, ella gritó entusiasmada:

—¡Ya entiendo! ¡Estamos en un país oriental! Y por las casas y la vestimenta de la gente, seguro que estamos en una época remota ¡Que emocionante! Toda mi vida siempre quise visitar un país oriental, y en todos mis viajes nunca di con uno, creo...

Y toda desinhibida comenzó a saludar emocionada a cuanta gente se le pasaba cerca. Sin embargo, notó que las personas tímidas y asustadas daban vuelta la cara o trataban de alejarse.

—¿Qué pasa aquí? —se preguntó. Luego dirigió la mirada al hombre que con actitud prepotente caminaba delante de ellos—. Probablemente, la gente tiene recelo de él —pensó. Se adelantó para hablarle—. Oye, creo que tu cara de perro asusta a la gente —dijo esto refiriéndose a su semblante frío. Él le dio una áspera mirada de reojo y Jaken se asustó, pero no sucedió nada. La muchacha se adelantó caminando feliz de la vida junto con Ah-Un, disfrutando del paseo. Jaken se detuvo y comentó:

—Por un momento pensé que la asesinaría.

Caminó rápido hacia Sesshomaru mientras lo llamó:

—¡Amo bonito!

Pero pudo ver cómo le dio la misma mirada de reojo. Se paralizó.

—Está enojado, lo mejor será no dirigirle la palabra. O si no, no viviré para contarlo.

Cuando llegaron, la muchacha no tuvo problemas en socializar, la verdad es que era muy desenvuelta, sin embargo, a veces esto hacia que la gente se sintiera algo intimidada. Fue recibida por la anciana Kaede, aunque más bien, por todo el pueblo en general, todo el mundo estaba pendiente de la extraña mujer que había llegado. Por otro lado, cuando Miroku la vio sus ojos brillaron:

—¡Bendito sea el día en que nació esta preciosura!

Sin embargo, ella pasó por alto al monje, y se fue directo a Inuyasha que venía al lado de él cargando algunos sacos de arroz.

—¿Y tú quien eres? Tienes una apariencia extraña.

Inuyasha se sintió incomodo ante el acercamiento, a su parecer, extremo de aquella chica.

—¿Eh? ¡Más bien quién eres tú! ¡Y mira quién es la extraña aquí! —le respondió inclinándose hacia atrás como para alejarse.

—Te pareces un poco a él —concluyó en su análisis—. Pero tus orejas... —ella comenzó a acariciarlas como si nada, sin importarle el consentimiento de su dueño. Inuyasha, por supuesto, se enojó, trató de correrse y sacársela de encima, a pesar de que llevaba los enormes bultos de arroz. Sin embargo no lo logró, la muchacha persistente siguió asediándolo.

—¡Ey, ya basta! ¡Ya déjame! ¡Quién eres mujer extraña! ¡Deja de tocarme!

Miroku sintió envidia.

Por esas causalidades Shippo acababa de llegar al pueblo, así que se encontró con la escenita y se exasperó:

—¡Ey, Inuyasha, te estoy viendo! ¡Te acusaré a Aome!

La muchacha se quedó paralizada al ver a la tierna criatura, y luego de un instante, su principal atracción dejó de ser Inuyasha. Se fue directo a Shippo. Este intentó correr pero le dio alcance y lo alzó en el aire.

—¿Y tú quién eres, cosa bonita? Pareces un niño, pero tienes una colita y unas patitas muy lindas —le sonrió de forma maternal. Shippo no pudo evitar sonrojarse, y ya luego de un instante, se encontraba moviendo su colita de pompón de un lugar a otro. Lo encantó en un abrir y cerrar de ojos.

—Soy un zorrito y mi nombre es Shippo.

—¡Ay que envidia! —suspiró Miroku—. Ojalá yo tuviera algo lindo con lo que ella pudiera jugar.

—Miroku, ¡sinvergüenza!, recuerda que eres casado —le reprochó Inuyasha—. ¿¡Pero quién rayos es esa mujer!?

—Mm... No lo sé. Tiene pinta de no ser de estas tierras ¿Eh? Inuyasha ¿Qué no es Sesshomaru el que está ahí?

—Oh, es verdad. Probablemente venga a visitar a Lin.