LOS PERSONAJES DE ZOOTOPIA NO ME PERTENECEN, A EXCEPCIÓN DE MIS OC
Agradecimientos:
Byakko Yugure: gracias por tu review. Dw, tarde pero seguro xD Oye, no sé, quieres competir con escenas zukulentas? :v Tú me dices y saco mis herramientas para ver qué sale (? lKJLKASJDLASJDLASJDASJDA Cuando sepas quién es el asesino sé que fliparas, te dará un derrame, morirás y revivirás por la forma en que le he estado escondiendo :'v Loco paranóico; de nada (? Bueno, no te diré "lo sabrás después", sino que te darás cuenta más tarde si tenía o no razón xD Jajajajaja, si te soy sincero, yo cuando puse esa línea de díalogo pensé "verga, pero si con esta pregunta se resume SEPT" xD Hum... veremos si conviertes ese signo de interrogación en información, pero ya se verá xD Gracias por leer.
The Cronicler Fox: gracias por tu review. Hum... No responderé eso, porque puede que haga spoiler, puede que no. Y eso que apenas vas por el 3, imagina cómo te pondrás si es que captas las pistas que he dejado esparcidas como miguitas esporádicas disfrazadas xD ¿Influencia en un alma sedienta? ¿Pet, where are you? :v Ahhh, quiero comentar esa review, pero si lo hago cmo quiero arruinaré el suspenso que me está costando crear; no es justo que lances comentarios tan astutos; bueno, zorro al fin xD. Gracias por leer.
Blackcrow021: gracias por tu review. Ahhhh, perro, tú si sabes :v Aunque yo soy más de los que no le importa, pero depende; es cuestión de control (? Jajajaja, ¿te desarmé una teoría? Vaya, genial; veamos si logras acertar la siguiente. Espero que te guste este capítulo. Gracias por leer.
Darkkness666: gracias por tu review. Bueno, ya veremos cómo progresa el asesino; espero que este capítulo te guste. Gracias por leer.
osita: gracias por tu review. Me alegra que te haya gustado el cap. Gracias por leer.
Guest: gracias por tu review. Gracias por leer.
VI
Conejos, un gigante asesinado y gargantas profundas; no preguntes, sólo gózalo.
El sábado antes de que el sol se alzara sobre el horizonte, Zanahorias y yo ya estábamos en camino hacia BunnyBurrows. Yo había dicho que sí (en teoría no había dicho nada, pero tú sabes tanto como yo que a Judy no se le puede decir que no cuando se le mete una idea en la cabeza), aunque suponía que nos iríamos, no sé, a medio día, o a la una, tal vez, pero hacerme levantar a las cinco de la mañana para alistarnos y que no se nos olvidara nada, era pasarse de la raya.
No hace falta decir que me desperté con un humor de perros, tanto que Pelusa tuvo que sacarme la sabana de un tirón, dejándome abandonado al aterrador frío, que no tuve más opción que levantarme. Me di una ducha con el agua tan caliente que por poco no se me cayó la piel y Zanahorias me dio un café tan cargado que me puso enérgico en segundos.
Estuve dudando sobre qué ponerme, porque ya sabes, uno no conoce a la familia de su novia por primera vez todos los días. ¿Algo formal? ¿Casual? ¿Más campirano? No obstante, mis cavilaciones no importaron ya que Zanahorias me había escogido la ropa con la cual iría a la granja Hopps: mi pantalón marrón, camisa verde y corbata.
—Quiero que conozcan al Nick que yo conozco —me había dicho. Yo sonreí por lo tierno de la escena, y también por lo cómico: si los padres y familia de ella me conocían como ella me conocía, me meterían preso por abusar de la inocencia de una coneja, o lo más probable era que me fusilaran de un escopetazo.
Salimos de la casa y subimos al monorriel que nos llevaría a BunnyBurrows, mi posible tumba. Yo había pensado que saliendo a las cinco y treinta de la mañana no habría casi animales en el sentido Zootopia-Burrows, pero la estación estaba atestada de animales con aspecto de granjeros y trabajadores del campo, de unos que llevaban sacos de materias primas agropecuarias y, los de mi grupo, los que íbamos de visitas. El tren llegó, subimos y tomamos asiento en una sección entre comillas privada, donde en lugar de haber animales hasta la médula, estaban a duras penas una docena. Tomé asiento junto a la ventana, observando el cambiante paisaje.
No importa la edad que se tenga, bien se sea un adulto, un niño o un abuelo, colocarse en el asiento que da a la ventanilla y ver hacia afuera era uno de los placeres de la vida.
El sol salió a los veinte minutos de nosotros haber salido de la estación, tiñendo el cielo con amarillos, dorados y tintes morados al pasar del púrpura de la madrugada al azul claro de la mañana; miré el reloj de mi móvil, faltaban diez minutos para las seis de la mañana, vaya que era temprano. Creo que era la primera vez que me levantaba tan temprano en sábado.
—Nick —me llamó Judy—, voy a echar una cabeceada. Llegaremos en veinte minutos, media hora máximo. Mantente alerta, por favor.
Asentí sin responder y Judy se acomodó en su asiento, tiró de la palanca en el extremo inferior de éste y lo reclinó un poco hacia atrás, cerró los ojos y en dos minutos cayó dormida.
Yo por mi parte no tuve nada que hacer; el vagón tenía unas pantallitas desplegables en uno de los reposabrazos, pero para alquilar alguna película debías colocar la tarjeta de crédito en un lector en el reposabrazos contrario a la pantalla y elegirla, y a treinta y cinco dolares una película la iría a comprar la abuela de Bogo disfrazada de Hello Kitty.
Sé que le había dicho a Judy que cuando no estuvieramos en el trabajo, no pensaría en el caso, pero no pude evitarlo, así que como tenía mi móvil en la pata, abrí Zoogle y busqué cosas relacionadas con la mitología nórdica. Digo, si vamos a estar contra un maniático que hace alusiones a dicha mitología, lo menos que podía hacer era informarme un poco antes de esperar enterarme de algo por una película.
Encontré el mito de la creación, abrí el enlace y leí.
En el principio, estaba Yggdrasil, el árbol del universo, el mundo de hielo, Niflheim, y el mundo de fuego, Muspelheim, y entre ellos estaba el Ginnunggap, un hueco profundo, donde nada vivía. En Niflheim había una fuente de aguas heladas, llamado Hvergelmir, el caldero rugiente, que borboteaba, y aquello que caía lo hacía en Ginnungagap. Al tomar contacto con el vacío se transformaba en hielo, hasta que al final el hielo terminó llenándolo. Las ascuas de Muspelheim caían sobre el hielo, creando grandes nubes de vapor, que al llegar otra vez a Niflheim creaban un bloque de hielo, del cual nacio el primer ser y primer gigante, Ymir, seguido de una vaca gigante, Audumbla, de la cual se alimentaba Ymir bebiendo su leche. Audumbla lamió el hielo creando así al primer dios, Buri, quien fue padre de Bor, quien a su vez fue padre de los primeros Aesir, Odín, y sus hermanos Vili y Ve. Ya que Ymir era hermafrodita, sus piernas copularon entre sí y creó él solo a las razas de los gigantes. Luego Odín, Vili y Ve mataron a Ymir y de su cuerpo crearon el mundo.
De la carne de Ymir, Odín creó Midgar, la tierra; de su sangre, el mar y los lagos; de sus huesos, Jotunheim, las montañas; y de sus dientes, las rocas. Con su cerebro crearon las nubes y con sus cejas los límites entre los mundos.
En la parte de arriba de Yggdrasil se construyó Asgard, mundo de los Aesir, dioses de la batalla, y en la parte más hermosa de Midgard, Vanaheim, mundo de los Vanir, dioses de la fertilidad.
Frey, dios Vanir, de uno de sus dientes creó Alfheim, el mundo de la luz, y a los elfos que viven en éste.
De los gusanos en la carne de Ymir, concediéndoles raciocinio por parte de los dioses, nacieron los enanos, y éstos fueron condenados a vivir bajo tierra, que la llamaron Nidavellir.
Por último, estaba Helheim, el mundo de los muertos deshonrosos, de los que no mueren en batalla, bajo Niflheim, en las raíces más altas de Yggdrasil.
Así es y será hasta el Ragnarok.
Luego de leer semejante información, me detuve, bajé mi celular posando mi pata en mi pierna y afinqué la frente contra el cristal en un intento de que no se me fundiera el cerebro. Habían muchos nombres, algunos con pronunciación extraña, pero bastantes a fin de cuentas; y claro que debería de ser así, es una mitología. Suspire, con la idea de que esto era el comienzo.
Al leer aquella leyenda de la creación encontré unas cosas en las cuáles pensar.
Varios minutos más tarde, la conductora anunció por el sistema de parlantes que todos se preparasen para arrivar. Fui a mecer a Pelusa, pero ella ya estaba despierta. Cuando el tren frenó, bajamos antes que todos los de nuestro vagón, aprovechando que no teníamos equipaje; Zanahorias usaría la ropa que conservaba en su casa, mientras que yo seguiría con este conjunto el día de hoy y mañana. Total, sólo serán dos días, y Pelusa me había dicho que si sudaba mucho o me ensuciaba, lo lavaría en la noche, razón por la cual me comprometí mentalmente a no ensuaciarme o moverme mucho, porque dormir sólo con ropa interior en la casa de mis suegros no es que me convenciera.
La estación era acogedora, no tan moderna como la de Zootopia, pero tenía ese encanto agreste que enamora. Miré a ambos lados cuando salimos de la estación hacia una gran plaza empedrada que tenía en el centro un círculo con una estatua de un conejo. La plaza parecía una gran dona redonda. Conejos y más conejos pululaban por aquí y por allá, unos charlando, otros con sus parejas y otros con cestas repletas de frutas o vegetales. La plaza, aunque circular, tenía unas carreteras que salían de la especie de rotonda que la circundaba como un anillo de protección, hacia el norte se adentraba hacia el pueblo, una iglesia y algo que me pareció un hospital, además de los cientos de casas; al este, más casas, y algo que parecía un hotel; al oeste, unas pocas casas y la carretera que se perdía a lo lejos, donde pequeñas granjas parecían puntos salpicados en un cuadro de acuarela; y al sur, más casas y carretera, de la cuál nacía la autopista BunnyBurrows-Zootopia y las vias del monoriel.
Inspiré aquel aire de campo y pueblo, olía a pan recién hecho, flores y moras, logrando atisbar un lobo por ahí, un zorro por allá y una nutria por acuyá, y sonreí. Nunca había ido a BunnyBurrows, pero me sentía como si hubiera vuelto atrás en el tiempo, si mis suegros me iban a ejecutar, me alegraba que fuera en aquel pintoresco lugar.
—Bienvenido a Burrows —dijo Judy, al lado mío—. Esta es la plaza de Erickson, pero le decimos La Dona.
—Muy descriptivo.
—Ven —dijo, caminando por delante de mí y haciéndome un gesto para que la siguiera—, tenemos que tomar un libre para llegar a la granja.
—¿Libre?
—Un taxi.
—Oh. —Empecé a seguirla—. ¿Queda muy lejos?
—Pocos minutos.
Y ciertamente, cinco minutos más tarde estábamos en la entrada de una granja. La casa era grande, como una residencial tamaño elefante, pintada con colores cálidos y con un gran techo de tejas rojas. Estaba a unos diez metros de la calle, donde un sendero llevaba a un portón metálico que era precedido por un buzón; a los dos lados del sendero se extendían campos de cultivo de en su mayoría zanahorias, pero también detecté moras y trigo. A unos cinco metros al noreste de la casa había un granero junto a un silo.
Zanahorias me tomó la pata y me la apretó para darme fuerza, yo le devolví el apretón y le acaricié el dorso con el pulgar; sus ojos me veían con un amor tan grande que me hacía pensar que ella estaba loca de atar (algo muy cierto) por amarme así.
—¿Listo? —me preguntó.
—Sí —dije—. Tal vez. No.
Judy rió.
—¿Cómo quieres hacerlo? —le pregunté.
—¿Te parece si lo hacemos ahorita?
—¿Ahora-ahora? —Diablos, Zanahorias iba con todo.
—Ahora-ahora —asintió—. Anímate, Nick. Mira el lado bueno, si nos rechazan podemos devolvernos a Zootopia.
—Si no muero antes.
Y antes de decir algo más, ya ella tiraba de mí. Judy estaba muy entusiasmada, pero su lenguaje corporal la delataba, casi podía sentir su nerviosismo a través de su pata. Podía comprender lo difícil que era para ella estar allí conmigo. Yo lo había pensado varias veces: ella era una hija de padres campesinos, criados a la antigua usanza, quienes tenían ideas preconcebidas sobre cosas que quizá ella no podría cambiar. Judy era muy emocional y familiar aunque no lo reconociera, y el miedo a que sus padres rechazaran que amaba a un zorro, que me amaba, era latente, si eso ocurría, se deprimiría y yo no quería que eso pasase.
Pasamos el portón y llegamos a la puerta de la casa, nos detuvimos y yo me afinqué en una rodilla y la miré a los ojos, estaban llenos de cariño y ansiedad.
—Todo irá bien —la calmé. Había pensado que yo la tenía peor en esa situación, pero la verdad era que Zanahorias llevaba las de perder en grande. No era mi familia, no aún, no me dolería tanto si me rechazaran como le dolería a Pelusa—. Pase lo que pase, cuentas conmigo, mi Pelusa.
No respondió, y no me hizo falta, yo sabía que ella contaba con que estaría cuando me necesite. Que aunque el mundo se quemara y se redujera a cenizas, ahí estaría yo para ella.
Le di un beso en la frente y me puse de pie, llamando a la puerta con los nudillos. Nadie respondió.
—¿No debería haber más movimiento? —pregunté. A Pelusa se le había escapado hacía tiempo que tenía doscientos setenta y cinco hermanos y hermanas, y supongo yo que tal número de animales debía ser bullicioso.
—No —respondió—, toda la familia llega en el transcurso del día, y son poco más de las seis y treinta de la mañana. ¿No creerás que mis padres están para criar más conejos? —No respondí, no quería arriesgarme a decir algo y embarrarla—. ¡Nick, por favor!, sé que los conejos tenemos fama de... reproductores, pero sabemos cuándo parar. —Hizo una pausa—. La mayoría de las veces.
Miró hacia ambos lados, como escaneando el sitio.
—Pero si quieres llamar a mis padres, lo mejor es... —Tomó aire y gritó—: ¡Má, pá!
—¡Por aquí! —escuché una voz femenina gritar tras la casa.
Con una respiración profunda, Zanahorias me jaló tomándome de la pata hacia la parte de atrás de la casona; tuve un paralelismo fuerte de cuando una pareja te lleva tras una casa no para precisamente hablar con tus suegros, que me hizo soltar una pequeña carcajada. Ay, dioses, lo que hacen lo nervios.
Al girar en la esquina de la casa dimos hacia un patio trasero donde dos conejos entrados en años estaban colocando cientos de zanahorias en unos costales de tamaño industrial y otras en cajas de madera para, supuse, venderlas. Mis ojos se enfocaron en el que parecía más amable de los dos, la madre. Sabía que se llamaban Bonnie y Stu Hopps, me lo había dicho Pelusa. Bonnie era una coneja de pelaje gris, con rostro sensible y cariñoso, de madre comprensiva, y tenía los mismos ojos lilas que Zanahorias; ella llevaba un overol de trabajo crema, y sonrió cuando vio a su hija. El padre, Stu, era un caso distinto, se parecía a Bonnie en que ambos estaban algo rellenos, aunque lo normal en alguien mayor, tenía el pelaje marrón y los ojos de un marrón claro, como un chocolate con leche; llevaba también un overol, aunque azul, y se protegía del sol con una gorra verde, su rostro tenía aquel gesto precavido, como si temiera que algo pasase y lo tomara por sorpresa.
«El más difícil.»
Cada paso que daba hacia ellos, tirado por Judy, lo sentía como una caminata por el corredor de la muerte y el agarre de ella como una esposa caliente que me quemara la carne. La sonrisa de ambos padres por su hija se congeló cuando me vieron, y después sentí sus miradas cortándome como un rayo láser. La expresión de Bonnie pasó de la sonrisa congelada a una sonrisa más de comprensión, mientras que la de Stu seguía en una sonrisa de confusión.
Pelusa me soltó y fue corriendo a abrazar a sus padres, ellos la estrecharon con tal fuerza que creí le sacarían el relleno. Cuando se separaron, Judy me hizo un gesto para que me acercara; lo hice, pero con la cola baja y mirando sus ojos para encontrar valor. Me apretó la pata cuando llegué con ella tan duro que reprimí una mueca.
—Má, pá, él es Nick.
Un momento...
—¿Cómo que «él es Nick»? —pregunté—. ¿Tus padres sabían de mí?
—Sí —respondió Bonnie, con un tono comprensivo y estricto a la vez, aquel tono de madre bondadosa que no quieres hacer enojar y que carga el peso de la experincia materna encima—, Judy nos ha hablado de ti.
Okay, aquello era lo suficientemente raro como para estar en Los Expedientes X.
—Disculpe, señora Hopps, pero... ¿qué les ha dicho exactamente?
Bonnie movió la pata con despreocupación.
—Que eres su compañero y que la ayudas mucho.
Ahí comprendí que todo eso de venir a BunnyBurrows por una cena familiar era mentira; me volví hacia Pelusa.
—¡Me mentiste! —dramaticé, llevándome una pata al pecho—. ¡Me trajiste con engaños aquí cuando yo estaba muriéndome por cómo decirselos a tus padres!
—¿Decirnos qué? —preguntó Bonnie.
Al verla me percaté de que Stu estaba tan callado como una piedra, analizándome. Inspiré con deseos de cortarme la lengua por hablar de más, miré a Zanahorias y atisbé sus ojos preocupados matándome de miles de formas distintas.
«No lo arruines, no lo arruines, no lo arruines», pensé.
—Bueno, señor y señora Hopps, yo... este... como decirlo... —Hacía tantos aspavientos con mis patas y brazos que estaba a un giro de anudarmelos.
Stu se apretó el entrecejo.
—Eres la pareja de mi hija, ¿cierto? —preguntó con calma.
Oh, diablos, aquella serenidad con la que lo dijo me dejaba en claro una de dos cosas: o no le molestaba lo nuestro, o estaba tan enojado que la ira estaba en un plano más elevado, lo que era peligroso porque así se comportaban los asesinos seriales.
—Sí. —Podría darle una respuesta elaborada, pero pensé que valoraría la sinceridad, viniendo más de un zorro—. Soy el novio de su hija.
Aquella declaración cayó como una maza entre todos; Judy fingió demencia y ladeó la mirada, dando un paso atrás, mientras que Bonnie seguía con su expresión amable y Stu con la serena. Hubiera preferido que gritaran, que se enojaran, que nos insultaran, así sabría cómo reaccionar, pero que no hicieran nada me asustaba, y yo asustado decía cosas sin sentido.
—¿Por qué no se enfadan? —dije—. Se supone que tenían que enojarse, tenían que decir que una pareja interespecie no es natural y yo les diría que estaba mal su forma de pensar, y no lo están, y eso no me gusta. Tenía un plan...
—¿Tenías un plan? —me interrumpió Judy.
—Bueno, vale, no un plan como tal, más bien improvisaría sobre la marcha, pero que tus padres se lo tomen tan bien como que lo está arruinando.
¿No te dije que decía cosas sin sentido?
—Así que deberíamos ser malos, ¿eh? —Bonnie le dio un golpecito a Stu en el hombro con fuerza, pero no tanta porque no se quejó. Estuve a punto de gritar como cachorra exploradora porque ese mismo gesto era el que Zanahorias hacía conmigo—. Óyelo. —Me miró con gracia—. ¿Y por qué lo seríamos?
—Es que Zanahorias no me había contado nada de ustedes. En absoluto. Sentía que no conocía a sus padres.
—Y aún así aquí estás —dijeron Bonnie y Stu a la vez.
—Aquí estoy.
—La pregunta es cómo, o por qué.
—Porque Pelusa, quiero decir, Judy, me dijo que tendrían una especie de cena y quería que yo viniera para presentarme y conocerlos y vine porque la quiero y no quiero dejarla sola, porque la amo. Dioses, cuantas «ies». —Respiré, me estaba quedando sin aire.
Bonnie y Stu se dieron una mirada y ella le sonrió a su esposo, con gracia, como diciéndole: «Ay, amor, el amor joven es tan tierno».
—¿Quieres a mi hija? —preguntó Stu.
—Más de lo que creí posible —confesé—. Traté de luchar contra ello para no causarle el desprecio social por estar conmigo. En serio, pero...
Ellos esperaron. Demonios, tenía que continuar.
—Es que todo pasó de forma tan improbable. ¿Se los contó su hija? Nos conocimos de la forma más improbable. Yo estaba haciendo una estafa, cosa que ya no hago, y su hija me siguió, la descubrió y me confrontó; yo fui un patán con ella y traté de destruir sus sueños. ¿Y qué pasa después?, su hija me extorsiona. Descubrió que evadí impuestos y me obligó a ayudarla con el caso que tenía, fuimos al Club Naturalista, me arrastró al Servicio Automovilístico, a que casi nos matara un mafioso, luego a que casi nos matara un jaguar, cosas más, cosas menos. Discutimos, nos reconciliamos, casi hace que nos maten de nuevo, y entonces me hizo unirme a la policía. Hizo que volviera a tener esperanza en algo.
»Después de graduarme, me pusieron con ella y cedí. —Me dejé caer dehombros—. Ve lo increíblemente improbable que es que eso pase. Es como si el universo tratara de meterme por la garganta de su hija y ella tratara de demostrar que tiene la garganta profunda, y ahora que lo pienso, creo que no debí decir eso. Que me meto en la garganta de su hija, no que ella no puede hacer lo de garganta profunda. —¡Oh, maldita sea!, ¡rebobinar!, ¡rebobinar!, ¡¿por qué la vida no tiene un botón de rebobinar?!—. Bueno, las dos, de hecho. Miren, ¿pueden no pensar en mí teniendo sexo con su hija? Me alegraría el día, de veras.
Conseguí cerrar el hocico y con el silencio que se hizo me daban unas ganas de salir corriendo, cambiarme el nombre y volverme traficante de moras en la frontera. Stu tenía los ojos abiertos con un ligero tic, con el rostro rojo oscuro; Bonnie tenía una sonrisa de oreja a oreja (lo que es decir mucho) soprendida; y al mirar a Zanahorias, sus ojos no parecían ponerse de acuerdo en si matarme o reírse. Deseé que se riera.
—Yo... —Agaché la cabeza— me quedaré aquí a un lado, sin estorbar. Calladito. —Di un paso, pero Bonnie alzó la pata en un gesto de alto.
—No, Nick, está bien. Creo que nunca podré olvidar esa imagen mientras viva. Tranquilo. —No podía creer que mi suegra se tomara tan en calma que hubiera dicho que su hija tiene garganta profunda. Oh... ya entiendo—. Y con respecto a que creyeran ambos que fuéramos los malos, se equivocan.
—Somos de campo —dijo Stu—, no salvajes.
—Judy, hija, nos haz abierto la mente en unos aspectos, y tus hermanos en otros.
—¿Crees que serías la única en seguir su propio rumbo, Judy-duddy? Sí, tú abriste el camino, pero tus hermanos y hermanas te imitaron. No eres la primera pareja interespecie que vemos. Charlie está con una nutria, James está con una lince, igualmente Louis está con un zorro también, e incluso Camile está con un conejo que es chico, pero no es. —Frunció el ceño—. ¿Cómo era, cielo?
—Un chico trans, si recuerdo bien. —Conocía el tema, tenía una amiga así, sólo que era una chica: era un chica, pero con pene. Fue extraño en su momento porque la condenada es guapísima, y tuvo un amorío con Finnick, una zorra muy linda, aunque cuando fueron a tener sexo, Finnick salió traumado. Bonnie nos miró a los dos—. El punto es, Judy, Nick, que aunque tengamos nuestros años, sabemos y hemos aprendido que el amor viene de todos los colores y tamaños.
—De los géneros que sean y las especies que sean —apuntó Stu.
—Macho y hembra, macho y macho, hembra y hembra, un zorro y una coneja, da igual, con tal de que se amen mutuamente. —Se encogió de hombros—. «Las patas del conejo saltan más, las de la liebre son más largas, pero cuando ves un par corriendo por el campo, ¿quién logra distinguir la liebre del conejo?». Lo mismo aplica para ustedes. ¿Quién puede atreverse a decir que entre ustedes no hay amor?
Me quedé helado ante mi suegrita.
—Zanahorias —dije—, tu mamá es muy sabía.
—Exacto, muchacho —agregó Stu, tomándole cariñosamente la mano a Bonnie—. Ahora vamos todos adentro a desayunar como se debe.
Dicho esto, los dos conejos empezaron a caminar juntos, sin soltarse. Me dio envidia aquello, yo quería llegar a esa edad y estar así de enamorado de Zanahorias; y al ritmo que ibamos, creo lo lograremos.
Respiré soltando el aire que no me di cuenta que retenía y sonreí, aquello había salido bien. Demasiado bien. Zanahorias me dio un golpe que me sacó un quejido fuerte.
—¿Puedes explicar lo de «garganta profunda»? —me preguntó con las patas en la cintura—. Juro por todas las zanahorias de la granja que eres el único animal que dice eso cuando conoce a sus suegros por primera vez. —Negó con la cabeza—. Zorro idiota.
Ella sonreía, por lo que sabía que no estaba tan enojada como aparentaba, así que me agaché y me puse a su altura.
—Eso compensa que me trajeras aquí con mentiras, Cola de Algodón —repuse, acercando mis labios a su boca—. ¿Y acaso estaba mintiendo?
La besé antes de que pudiera contestarme. Me besó con tranquilidad, haciéndome sentir sus labios y lengua por toda mi boca.
Al separarnos la rodeé con mi cola mientras nos encaminábamos a la casa de mis suegros, y por primera vez me alegré de tenerlos.
