Capítulo VII

Cuando Linara despertó arropada por el abrazo protector de Obi-Wan, se sintió la mujer más feliz del mundo. Aún no podía creer lo que acababa de vivir con él esa noche, así que se giró con mucho cuidado para no despertarlo y se dedicó a contemplar su rostro masculino, que tanto amaba y que ahora se mostraba sereno y apacible. Le fascinaba esa barba castaña que él se había dejado crecer e, instintivamente, acercó sus dedos para acariciarla. Pero los retiró en el último momento. Quería dejarle descansar un poco más.

—Puedes hacerlo, si quieres. Llevo varios minutos despierto.

Ella le dedicó una mirada sorprendida, pues él aún no había abierto los ojos. Adoraba esos pequeños alardes arrogantes tan propios de él, así que sonrió encantada mientras le acariciaba la barba suavemente.

—Buenos días, preciosa. —Le dedicó una sonrisa cariñosa, aún con los ojos cerrados.

—Mmmmmm…. ¿Qué ha sucedido entre nosotros esta noche?

—Yo diría que hemos hecho el amor. ¿No te parece?

—¿Realmente hemos hecho el amor o tan sólo hemos practicado sexo?

—Cinco minutos más, Linn, por favor... —rogó, abriendo los ojos por fin para mirarla con cara de súplica.

—Nunca antes me habías llamado así. Cinco minutos más, ¿para qué?

—Antes de que tú y yo comencemos a discutir de nuevo.

Linara rió y lo besó.

—Te conozco bien, Linara Nordessenn. Si yo digo: "Hemos hecho el amor", tú dirás: "Tan sólo ha sido sexo para mí". Pero si a mí se me ocurriese afirmar que entre nosotros no ha habido más que sexo, tú me reprocharás, ofendida: "¿Para ti tan sólo ha sido sexo? Pues yo he hecho el amor". Duchémonos juntos, mi Reina.

Sin esperar su respuesta, la cogió en brazos y, en cuestión de segundos, el agua resbalaba por sus cuerpos desnudos.

—En serio. Necesito saber qué ha sido para ti —ella pidió, entre beso y beso—. No voy a pedirte nada que tú no estés dispuesto a darme, Maestro Jedi. Te lo prometo.

—Pero lo harás. —Clavó en ella una mirada firme, convencido de lo que acababa de decir. Aunque no dejó de enjabonar su cuerpo, sensual—. ¿Tú qué crees que ha sido para mí?

—No lo sé. Dímelo tú —le rogó con miedo en su voz.

—Ha sido amor, Linara. Siempre lo ha sido contigo.

—Una vez más, por favor…

Sintió cómo la mano de ella se deslizaba por su entrepierna peligrosamente, amenazando con hacerle enloquecer.

—Linn, por favor…

—Por favor... —Lo silenció con un beso tras otro, hasta no dejar ni un ápice de resistencia en él.

La desesperación y el desenfreno de la noche anterior habían desaparecido. Se entregaron el uno al otro totalmente, en cuerpo y alma, tan sólo disfrutando del placer de tenerse por un sólo momento, como si no hubiese un mañana. Minutos después salieron de la ducha abrazados.

—Ya está amaneciendo. ¡Amaneciendo! ¡Tu hermano! —él gritó con urgencia repentina.

—¿Mi hermano? ¿Lo conoces? —quiso saber, sorprendida y extrañada por igual.

—Sí. Ayer prometí, a él y a sus compañeros, que hoy, con las primeras luces del alba, me reuniría con ellos en el bosque para darles una fecha de reunión contigo. En su mayoría trabajan en el palacio, Linara. Hace tiempo que algunos de ellos están casados con algunas de tus Consejeras, a espaldas tuyas. Pero no pueden compartir con ellas casa ni lecho. Las parejas se reúnen esporádicamente, a escondidas, dónde y como pueden.

Linara lo miró con ojos desorbitados, incrédula.

—Si alcanzas un acuerdo con ellos, tendrás mucho ganado —argumentó decidido.

—Vamos a ver… ¿Por qué demonios tú sabes mucho más de mi propia gente que yo? No, no me contestes. Conozco todos y cada uno de tus variados encantos. —Él enarcó una ceja, divertido—. Llévame con ellos, entonces.

—Pero Linara…

—¿Para qué esperar?

—Porque tú eres la Reina. Si vas a salir del palacio, debes hacerlo con ciertas garantías.

—¿Qué garantía hay mayor, que ir acompañada del Maestro Kenobi? —Le acarició la barba con ternura, sonriéndole—. Tienes razón: esa reunión es tan importante como dices. No podemos posponerla. Además, si vamos tú y yo a solas, no llamaremos la atención. Cuando alguien quiera darse cuenta de que hemos salido del palacio, nosotros ya habremos vuelto. Y ya han intentado matarme estando dentro…

—La Reina siempre llama la atención. Y temo que la amenaza ya no proviene de dentro, al menos por el momento.

—No me apartaré de ti y te obedeceré en todo. Te lo prometo.

—Está bien —aceptó. Aunque le devolvió una mirada escéptica.

—Verás cómo tengo razón. Voy a vestirme. —Lo besó—. Regreso en un momento.

Una vez solo, Obi-Wan suspiró. Intuía que aquella no iba a resultar ser una buena idea. En absoluto. Pero no podía argumentar nada más en contra de ella, al menos por el momento.

Media hora después, los dos se habían deslizado, sin ser vistos, hasta el surtido hangar del palacio.

—Tú conduces —él dijo señalándole uno de los spider. —Yo tengo que cubrirte las espaldas. —Montó en el asiento de atrás y esperó a que ella hiciese lo que le había ordenado.

Linara odiaba que la tomasen por inútil o por una mujer débil, necesitada de protección. Así que lo miró con cara de pocos amigos.

—Vos lo habéis dicho, Majestad: "El Maestro Kenobi protege a la Reina". ¿Quién es la Reina, aquí?

Asesinándolo con la mirada, ella ocupó el asiento delantero con malos modos. Arrancó el spider y salió del hangar a toda velocidad. Obi-Wan sonrió. Sabía que no había elegido a una mujer sumisa ni de fácil carácter. Justo como le gustaba. Cuando se adentraron en le bosque, él le indicó el camino por señas y pronto alcanzaron un claro, totalmente oculto, en el centro de árboles muy altos y frondosos, alejado de los asentamientos donde vivían los esclavos.

—Descenderemos ahí —dijo, señalando un grupo de árboles especialmente cercanos unos de otros. —Yo caminaré delante. Tú sigue mis pasos pegada a mi espalda.

—Se trata de mi hermano y…

—Haced lo que os pido, Majestad.

Al mirarlo a los ojos, Linara comprendió que, en aquel momento, Obi-Wan se había marchado, dando paso al Maestro Kenobi, para proteger a la reina Nordessen. Asintió, asumiendo su cometido real y devolviéndole una mirada severa. Aún así, no pudo evitar pensar que él había comenzado a mostrarse demasiado serio y excesivamente alerta. Caminó pegada a él como si fuese su sombra y entraron en el claro con pasos tranquilos, hasta alcanzar a varios hombres que aguardaban dentro de él.

—Maestro Kenobi —Norden saludó, solemne.

En respuesta, Obi-Wan les dedicó una leve inclinación de cabeza.

—¿Estás preparado para mantener una reunión con la Reina?

—Por supuesto, Maestro Kenobi, para eso estamos aquí, para que nos facilitéis fecha y lugar, tal y como ayer nos prometisteis.

—Perfecto, porque alguien me acompaña. ¡Majestad Nordessen! —llamó.

Con pasos majestuosos, la mujer que había permanecido tras él lo rodeó para encarar al grupo de esclavos quienes, una vez ella se hubo retirado la capucha que cubría su cabeza, no pudieron evitar lanzar exclamaciones de sorpresa. Algunos, incluso, hincaron una rodilla en señal de respeto y sumisión.

—Alzaos, por favor. No sé cómo voy a poder volver a confiar en mis Consejeras, si han sido capaces de ocultarme algo tan importante como el hecho de estar casadas con esclavos de mi propio palacio.

—Majestad, os lo ruego…

—Silencio. ¿A quién tengo el honor de tener por cuñada, Norden? —se encaró con su hermano, con voz grave.

Este miró a Obi-Wan, temeroso de ofrecer una respuesta que condenase a su esposa, y él asintió con la cabeza a espaldas de la Reina, cruzado de brazos.

—A la Dama Nora, Majestad.

—Valerosa mujer. Has elegido bien, hermano.

Él asintió con emoción, agradecido.

—Sé que aún no podéis creerme, pero quiero que sepáis que, para mí, todos sois hombres libres desde hace mucho tiempo. —Como esperaba, miradas de incredulidad y escepticismo se posaron en ella, pero nadie se atrevió a contradecirle—. Hace muy poco que he sabido que mis damas del Consejo opinan lo mismo que yo, como vosotros ya bien sabíais. Si antes creía que me encontraba sola y sin armas reales para poder luchar contra una sociedad injusta, ahora somos muchas, poderosas e influyentes. Pero no lo suficiente como para poder cambiar las cosas de un día para otro sin que haya de por medio un baño de sangre que no estoy dispuesta a permitir. Muchas mujeres de nuestro Clan se oponen aún a otorgaros plena libertad y derechos. Por no hablar de las Damas Rage, para quienes trabaja la inmensa mayoría de hombres de este planeta, aunque no les pertenezcan. Ellas van a constituir un auténtico problema en esta situación, que deberé manejar con tiento, sabiduría e inteligencia. En parte, por ello está aquí el Maestro Obi-Wan Kenobi: para guiarme en la ardua negociación con ellas.

—¿Eso es cierto? —uno de los hombres preguntó a Obi-Wan directamente, desconfiado.

—Lo es. Apoyad a la Reina y a sus Consejeras desde dentro del palacio. Garantizadles fidelidad, seguridad y protección tras esos muros, para que ellas y yo podamos centrarnos, tan sólo, en lograr un acuerdo que os proporcione esa libertad real que tanto ansiáis, y todos nos hallaremos mucho más cerca de lograrla.

—¿Y si al final no se logra ese acuerdo?

—Se logrará. Mi decisión no tiene vuelta atrás.

—¿Pensáis lo mismo, Maestro Kenobi? —Norden quiso saber—. ¿La apoyaréis hasta el final?

—Lo haré. Pase lo que pase.

—Siendo así, depositamos nuestro futuro en vuestras manos, Majestad. Y también todas nuestras esperanzas. Buscad la forma de liberar a todos los hombres de este planeta y dejad la seguridad del palacio bajo nuestra responsabilidad.

Ella asintió, incapaz de ocultar la emoción que la embargaba. Jamás había estado tan cerca de lograr su sueño de reinar en un entorno de igualdad de derechos y oportunidades para todos sus súbditos.

De pronto, Obi-Wan extendió una mano hacia ella e, inmediatamente, se vio lanzada por la Fuerza hacia su hermano.

—¡Norden, llévatela de aquí! —pidió al hombre mientras detenía un disparo de blaster con su espada láser—. ¡Norden, ahora! —insistió a voz en grito, a la vez que desviaba varios disparos más.

Los hombres, pillados totalmente por sorpresa, tuvieron una primear reacción de lanzarse al suelo para intentar cubrirse de los disparos provenientes de algún lugar entre los árboles, tras ellos. Pero al ver que Norden mantenía la sangre fría, al igual que Obi-Wan —quien, de un salto acrobático, ya se había interpuesto entre los disparos y todos ellos—, hicieron una piña en torno a la Reina y tiraron de ella para llevársela y ponerla a salvo.

—¡No! —ella gritó, revolviéndose.

—¡Obedeced! ¡Devolved a la Reina al palacio!

—¡Obi-Wan! ¡No!

Él no respondió a su llamada. Se dedicó por entero a devolver con su sable láser el mismo fuego que estaba recibiendo. Y cuando los disparos cesaron, se hallaba solo en el claro, tal y como había ordenado.

—¡Puedo sentirte! ¡Estamos tú y yo solos! ¡Tus esbirros han muerto! ¡Muéstrate! —gritó al frente, con su sable láser aún enarbolado—. ¡No eres un Caballero Jedi! ¡Tampoco un Sith! ¡Eres tan sólo un cobarde!

Dos árboles cayeron al principio del claro con un gran estruendo, frente a él, segados limpiamente por la potencia de dos poderosos sables láser que una figura totalmente vestida de negro, enarbolaba con aparente destreza. A medida que esta avanzó hacia Obi-Wan lentamente, el Jedi pudo distinguir un rostro humano, sin duda masculino, surcado por lo que parecían macabras pinturas de guerra, que no eran sino enormes cicatrices. Una mirada cargada de ira acompañaba a una desproporcionada sonrisa que confería al hombre una apariencia demente.

—¿Quién eres?

No recibió más respuesta que el estridente choque de los sables láser contra la tierra. Por un momento, el polvo levantado por ellos hizo que Obi-Wan le perdiese de vista. Pero esto no le inmutó, pues sabía que el hombre no se había desplazado.

—Seas quien seas, puedo ayudarte.

De la garganta del extraño guerrero surgió un rugido cargado de rabia y como si aquellas palabras le hubiesen herido más que una certera estocada, lo embistió con toda la potencia de su ira. Lanzaba estocadas rápidas y potencialmente mortales a diestro y siniestro, con ambas manos. Pero pronto, Obi-Wan notó un derroche de energía desmesurado. No le costaba lo más mínimo intuir y bloquear todos los ataques, uno tras otro. Aunque hubo de reconocer que la potencia de aquellas embestidas era descomunal, casi sobrehumana. Y no toda ella procedía de la fuerza propia de su atacante.

—Acompáñame, por favor. El Alto Consejo Jedi te enseñará a canalizar toda esa frustración que te bloquea.

Un nuevo rugido, aún más furioso, atronó en los oídos de Obi-Wan y le vino justo para poder soportar la potencia de la última estocada recibida. Haciendo uso de la Fuerza rechazó el ataque una vez más y se aprestó a enfrentarse a la lucha con todas sus fuerzas. Atraparía a aquel hombre, fuera como fuera. No había hablado en vano al afirmar que no era un Jedi, ni tampoco un Sith. Pero era evidente que, de algún modo, estaba en contacto con la Fuerza. No había más remedio que llevarlo ante el Alto Consejo Jedi para que este dispusiera sobre él. Una amenaza semejante no podía dejarse sin control.

—¡Quedáis detenido, en nombre de la Reina del Clan del Aura Boos! —Obi-Wan escuchó a sus espaldas la voz autoritaria de Linara, acompañada del amartillamiento de numerosos blasters que comenzaron a apuntar a la negra figura. Contrariado, dedicó al vacío una mirada llena de fastidio.

El fiero atacante dedicó a la Reina una mirada de desprecio divertido, lanzó al Maestro Jedi un gesto de obsceno desafío y, con varias maniobras acrobáticas, desapareció del claro, a pesar del fuego de blaster que cayó inmediatamente sobre él a una clara orden de Linara.

—¡Alto el fuego! — La voz fría de Obi-Wan atronó sobre el estruendo de los disparos. Sabía que Linara había dado la orden de regresar, a pesar de lo que él mismo había ordenado para ella. Se mesó la barba con paciencia y, al girarse, buscó a Norden con la mirada.

—Acompáñame —le ordenó—. Los demás: vuestra única misión, a partir de ahora, va a ser proteger a la Reina DENTRO de los muros del palacio.

Su voz fue tan amenazadora por sí misma, que ninguno de los hombres osó desafiar sus órdenes por segunda vez. Pronto Linara se vio rodeada por un enjambre de escoltas dispuestos a conducirla, únicamente, hasta la seguridad que los muros del palacio le otorgarían. Cuando ella quiso negarse en redondo ante Obi-Wan, ya él se había marchado corriendo, seguido por Norden, hacia el origen de los disparos iniciales. Ambos hombres eran fuertes y estaban en plena forma así que, en cuestión de segundos, se toparon con los cadáveres de los dos hombres que habían perecido presas de su propio fuego, el cual había sido devuelto certeramente por el Maestro Jedi.

—¿Los conoces?

—Uhm… Son Wren y Bass —Norden afirmó, después de haberlos observado de cerca—. ¿Cómo habéis hecho esto, Maestro Kenobi? —no pudo evitar preguntar, admirado.

—Llámame Obi-Wan. ¿Dónde trabajaban?

—En la mina de la Zona Sombría.

—¿La de los accidentes?

—¿Cómo sabéis… sabes… eso? Las Damas Rage han prohibido a los esclavos hablar de ese tema bajo pena de muerte.

—La misión de los Jedi es saber cosas. ¿Para qué nos pedís ayuda, si no? Lo siento, Norden —se disculpó, al darse cuenta de que su voz contenía acritud—. Hace días que estoy intentando contactar con Wren. Me dijeron que él encabezaría una posible rebelión de los esclavos de este planeta. Así que él era mi primera opción para empezar a negociar.

Norden asintió, conforme.

—Eso pretendía. Por ello, los esclavos que trabajamos en el palacio nos habíamos visto obligados a cambiar nuestros barracones ubicados en las aldeas de esclavos, por la relativa seguridad del bosque profundo. Al no querer amotinarnos directamente contra la Reina, nos habíamos convertido en una molestia que, tarde o temprano, Wren habría decidido eliminar.

—¿Desde cuándo estáis armados?

—Wren lleva meses desviando armas de las Damas Rage hacia sus propios hombres. Estas se las quitamos a él, antes de marcharnos.

Obi-Wan alzó una ceja, mirándole con escepticismo, pero no dijo nada al respecto.

—Ahora ya no puede contarnos nada. Regresemos, Norden. Cojamos el spider que nos ha traído aquí, a la Reina y a mí, y volvamos al palacio. Aquí ya no hay nada que hacer. Desde ahora, tus hombres y tú os ospedaréis en él y si estáis de acuerdo con ello, seréis los guardianes de la Reina.

—No es fácil estar enamorado de una de las mujeres de este planeta —Norden se atrevió a afirmar— y menos si esa mujer es una de las dos reinas que existen en él.

Obi-Wan lo traspasó con una mirada asesina.

—Lo siento. Pero es que la Reina… mi hermana… no nos ha obligado a regresar para salvar al Maestro Jedi, que también… sino porque te ama. La conozco muchísimo mejor de lo que ella cree. No seas muy duro con ella cuando la acuses de haberte frustrado la captura de ese… lo que sea. ¡Por todos los demonios! ¡Parecía un engendro sacado directamente del mismísimo Infierno!

—Quizá lo es. ¿Sabes que tu sagacidad es condenadamente alarmante? —bromeó y le palmeó la espalda con fuerza para decir—: No, no es nada fácil estarlo.

Norden sonrió abiertamente pero no dijo nada y los dos caminaron hacia el spider sumidos en sus propios pensamientos.


COMENTARIOS DE LA AUTORA:

¡Hola a todos!

Sí, ahora realmente es "a todos", porque he recibido un review al capítulo anterior, de una nueva lectora, "Los 3 silencios" (te agradezco infinitamente el review, pues me has hecho saber que me acompañas. No hace falta que me escribas siempre, todos andamos liados y te comprendo perfectamente. Con que, muy de vez en cuando, me comentes si te está gustando el fic, si cambiarías algo... te lo agradecería en el alma). Así que, oficialmente, ya somos tres los que estamos liados en este proyecto, jeje. Aprovecho para enviar un fuerte abrazo a "Devan4", el lector que me acompaña desde el momento en que comencé a publicar el fic.

En el capítulo anterior ya os comenté que la relación entre Linara y Obi-Wan no va a resultar ser un lecho de rosas, ni mucho menos. Menudos son esos dos, de armas tomar. Pero su amor es tan fuerte que podrá con todo eso y con mucho más (ahí va el pequeño spoiler). En el próximo capítulo es iréis enterando de porqué, al menos en parte.

Os dejo hasta entonces.

Un abrazo.

Rose.