Disclaimer: Lo desearía, pero no soy Masami Kurumada. Por lo tanto, ninguna de sus historias, siendo más específica SAINT SEIYA, me pertenecen.
¡Lamento la ENORME tardanza! Ya lo tengo hecho.
7. Runaway
Su cabeza no paraba de dar vueltas, y las imágenes de lo sucedido hace sólo unos momentos no paraban de repetirse en su mente.
No le interesaba el girar su cabeza para ver si le seguían, de igual forma no habría podido hacerlo. Ya que sus orbes se encontraban inundadas de lágrimas que no dejaban de fluir ni avanzar. Simplemente no cesaba de lagrimear.
Su respiración se encontraba agitada, sentía a sus pulmones llenos de aíre frío por el exceso de correr demasiado y sin tener la suficiente condición física como para exigirlo a su cuerpo en una situación improvista. Pero no por eso aminoraba el paso.
Sentía a sus sentidos adormilados. Sus oídos no podían escuchar nada más que los gemidos lastimeros que provenían de su boca, de igual forma esta no podía reproducir ningún otro sonido. Su tacto se encontraba solamente en el pecho y en sus pies que tocaban piedras salidas y filosas al paso que daba.
Tal vez y alguien le llamaba en la lejanía. Tal vez y alguien se preocupaba por lo que le sucediera en aquellos momentos, pero ese alguien no podía saber el dolor que soportaba en aquellos momentos por algo ocurrido en tan sólo un par de segundos.
Él había sentido como aquella flecha surcaba su propio pecho y le atravesaba los pulmones, sentía el ardor y como se ahogaba en su propia sangre. Como su propia vida pasaba a sus ojos, como la misma salía de ellos. Como odiaba aquella sensación.
Recordó sus últimas palabras, como le suplicaba que nada le pasase a él. Ahora era su deber protegerlo, ya que su hermano mayor no se encontraba más en este plano.
Lo había creído muerto antes de ser capturado, por lo que no le había dado demasiadas vueltas al asunto. Pero ahora, que lo había visto muerto frente a sus propios ojos quería negarlo. Quería que aquello sólo hubiese sido producto de sus propias alucinaciones debido a su estado famélico.
Pero no. La flecha que había disparado Aioros fue real, sólida y, lo peor de todo, directa. Le había dado en el centro del pecho, donde terminan los huesos de la caja torácica y el único lugar donde estos no lo protegían.
Había sido ignorancia del otro el haber disparado. Había sido su instinto de proteger a Saga de los enemigos, siendo el otro su comandante en jefe. Pero también había sido un asesinato, el de alguien cercano para él.
No quería culparle, no quería tener ningún resentimiento hacía el del signo de Sagitario. No quería odiarlo. Sin embargo no podía dejar de sentir aquella rabia, aquella impotencia que lo embargaba y no le dejaba pensar con claridad.
Necesitaba llegar con urgencia al campamento. Estaba harto. Buscaría a Afrodita y le pediría escapar en su compañía. Buscar alguna forma de evadir aquella estúpida y cruel guerra. Alguna forma de reconstruir sus vidas, lo más alejados posible de Grecia.
Ambos sabían chino. Podrían hacerse pasar de comerciantes y cruzar todo el continente hacía su región de nacimiento. El imperio chino.
Pero entre todo eso cabía la situación de que Afrodita negara aquella opción. De que primero pidiera explicaciones para poder partir de un sitio tan plácido como aquel. Él no quería ser el portador de malas noticias hacia el que había sido como un hermano durante la mayor parte de su vida. No quería decirle que ahora su sangre ya no circulaba más por un cuerpo de su carne y progenitores. No quería decirle, "Albafica está muerto."
Se negaba a aceptar aquella desgracia. Negaba que aquel evento había sucedido. Entonces, ¿Por qué se encontraba escapando? ¿De qué escapaba si no había nada a que temer? No tenía ni la más mínima idea. Sólo corría, corría del pasado. Probablemente del presente.
Sin darse cuenta, tropieza y trastabilla con una saliente bastante elevada. Su destino no termina de ser otro que el inminente suelo. Siente a sus huesos impactar contra la dura piedra, como algunos de ellos se parten y se comprimen entre ellos por la fuerza del impacto.
Duele. Siente el aire escapar de sus pulmones, como este no puede abrirse el paso. De inmediato entra en pánico e inhala, exhala en repetidas ocasiones. Con el fallido resultado de que no pasa nada del oxígeno que quería por su faringe. Es cuando se da cuenta que se ha sofocado.
Intenta contener las lágrimas, aún a su pesar de que estas ya habían invadido su rostro, incluso antes de aquel impacte con la fría corteza terrestre. Con un poco de esfuerzo intenta recargar su peso en ambos antebrazos, pero el tropiezo le sentó muy mal que ni siquiera tenía fuerzas en sus brazos y por ende estos terminaron colapsando.
Se siente impotente, débil y traicionado. Escucha pasos en la lejanía pero no le interesa, ahora, con su cuerpo en aquel estado ya nada le importa.
— ¡Aioros! —Escucha exclamar a la voz de Saga — ¡Ayúdame a voltearlo! ¡Se está sofocando!
Más lágrimas recorren sus mejillas mientras su mirada se mantiene perdida. Siente a su cuerpo siendo manipulado y se deja hacer. No tiene la suficiente fuerza para siquiera intentar oponer alguna clase de resistencia. ¿Qué acaso no veían que él quería morir ahí? ¿Por qué insistían en salvarlo? ¿Por qué si él era un prisionero? ¿Por qué?
De alguna forma, su mirada termina incrustada en algún punto del cielo. Entre lo frondoso de un árbol y finalmente en el rostro preocupado de Saga. Su mirada busca algún indicio de que siga vivo, de que se encuentre en condiciones más o menos aceptables para poder transportarlo hacía el campamento y que ahí lo mantengan en vigilancia.
Su garganta, con algo de dificultad comenzaba a dar paso a una mínima cantidad de oxígeno y este, sintiendo que por siglos se había privado de tan vital elemento inhaló de forma lenta y profunda. Intentando que el aire llegara hasta lo más profundo de sus pulmones y se quedara ahí, incrustado.
Cerró los ojos, sólo por el placer de suspirar sin tener que preocuparse por nada más que aquella acción, inclusive de las múltiples heridas que cubrían su cuerpo.
Por fin pudo respirar normalmente. Soltó todo el aíre que había acumulado durante varios segundos en un exhalo suplicante, casi pareciendo anhelado.
—Saga —alcanza a susurrar. Sus labios tiemblan y la palabra articulada fue levemente escuchada por el destinatario. Este se sobresalta de escuchar su nombre en los labios del menor pero acude a su petición de forma rápida y se acerca. Busca en su rostro alguna otra lesión o contusión de gravedad pero al no encontrar alguna le observa a los ojos esperando que continuara hablando de lo que sea que le iba a decir—. ¿Por qué?…
Saga se sorprendió por la pregunta misma. No le responde al acto… ¿Por qué… qué? No comprendía la cuestión del menor y no se sentía con ánimos de responderla. Sin saber la verdadera razón de sus acciones, levantó al menor en sus brazos y volteó en dirección de Aioros.
—Ve por Marin. Nos tiene que acompañar para curarlo, y tú dirigirás el resto del recorrido.
Aioros, quizá por el hecho de sentirse mal, después de saber a quién le había disparado sólo dio un ligero asentimiento de cabeza y se alejó en la dirección contraria a la que Mu había corrido frenéticamente. A los pocos minutos regresó con la mujer que Saga pedía siguiéndole un par de pasos detrás.
—Confío en ti, Aioros —acotó Saga antes de voltear en dirección al campamento y aumentar un poco el paso. Sin darse cuenta de la expresión depresiva que tenía el rostro de su amigo.
Mu no pudo evitar el dormir en el resto del trayecto. Hasta hace no mucho tiempo, (menos de un día, de hecho) el mayor había tenido que cargarlo de igual forma en sus brazos, inconsciente. Y en la otra ocasión de igual forma había estado preocupado por su estado de salud.
—Él parece la clase de persona que se tropieza varias veces con la misma piedra —dijo de repente Marin, sorprendiendo a Saga por la analogía utilizada. Este la miró confundido, en señal de que fuese más explícita —por más que se le diga u ordene, el será testarudo y no se dejará dominar.
Saga lo pensó durante al menos un par de minutos, caminando en silencio al lado de la chica.
—Eres casi menor de edad, ¿cómo es que puedes tener semejante sabiduría? —Se refugió en aquella pregunta. Marin bufó.
—La mayoría de las personas que se enlistaron en la guerra de Troya son menores de edad. Y él es un buen ejemplo, es mucho menor que yo —acotó astuta señalando al inconsciente Mu que se encontraba en brazos de Saga —además, la edad no siempre es medidor de sabiduría. Puedes tener la mayoría de edad y varios años de sobra. Pero te aseguró que no tienes los mismos conocimientos sobre el exterior que este niño que sólo tiene catorce años. Por su forma de actuar sé que ha pasado por más cosas de lo que tú en tu entrenamiento militar. Y el ser un gemelo te hizo alguien destinado a la grandeza según las leyes de Esparta, ¿No es así? ¿No son los gemelos personas enviadas por los dioses?
Saga gruñó. Marin tomó eso como un sí, por lo que continuó.
—Él, en cambio, se nota en su simple mirada todas las pérdidas que la vida le ha tomado. Sólo se ha fiado de pocas cosas en este mundo y para su desgracia una de ellas fue muerta el día de hoy —su semblante se oscureció por un par de segundos. Lo bueno que en aquel instante no se encontraba Aioros, dado que se hubiera remordido la conciencia con aquellas palabras. Sabias y duras para venir de alguien tan joven.
La médico calló por un par de minutos, para darle tiempo a Saga de meditar las palabras que seguramente ya se sabe de memoria.
— ¿Comprendes lo que te digo? —preguntó observando cualquier reacción que este pudiera tener a tal cuestión. Muy para su pesar Saga comprendía las palabras y no tenía la imperiosa necesidad de meditarlas por tercera vez de las varias ocasiones que ya lo hacía.
—Sí —fue su corta respuesta.
Caminaron el resto del trayecto en absoluto silencio, sin ningún otro sonido que no fuese proveniente de sus pisadas. Cuando por fin llegaron al campamento se encontraron con Kanon observándolos extrañado. Anteriormente se encontraba hablando con DeathMask pero ahora había dejado de prestarle atención a su interlocutor para ver a los recién llegados. De la misma forma, el otro dejó de hablar para saber qué era lo que el otro observaba con tanta atención. Ambos se acercaron con la duda presente en sus miradas.
— ¿Qué ocurrió? —No pudo evitar preguntar el menor de los gemelos. Saga le dijo con la mirada que aquel no era buen momento para explicarlo. Que en otra ocasión lo haría, pero primero necesitaba la ayuda de Marin.
—Llevémoslo a tu tienda —sugirió la mujer. Saga asintió y la siguió un tramo hasta llegar a la susodicha estancia.
Kanon se quedó fuera de ahí lo que le parecieron horas. El sol apenas comenzaba a ponerse en el occidente cuando salieron ambos, por lo que no dudo que su predicción del tiempo haya sido muy errada.
—Gracias Marin —alcanzó a escuchar como su hermano le decía a la mujer —ahora vuelve con los demás. Seguramente te necesitarán.
La pelirroja asintió, partiendo con un elegante trote en dirección a las montañas de Agapeón, donde deberían estar los demás que conformaban el escuadrón. Cuando el menor observó a la mujer en distancia suficiente se acercó a su hermano y le preguntó con la mirada por detalles.
—No es algo muy plácido de relatar —respondió, incluso antes de que el otro le preguntase con palabras. Aquello no le sorprendió al menor, dado que en varias ocasiones este había leído sus intenciones.
—Mu no se encuentra aquí, por lo que no hay necesidad de preocuparse.
Saga suspiró resignado. Si tantas ganas de saberlo tenía… se lo diría.
—
Mu no tardó mucho tiempo en despertar. Tampoco le fue tan difícil como la primera vez que se había despertado en aquella cama. Simplemente abrió los ojos, sin sentir pesadez al momento de sentir la luz sin el filtro que le eran los párpados y sin tener que realizar un esfuerzo olímpico para levantarse de la cama, aún a pesar de que seguían doliéndole los lugares de más impacto que tuvo su tropiezo.
Como no vio a nadie en la periferia decidió levantarse por completo de la cama y estirarse un poco. Aprovechó que nadie se encontraba en la tienda para escabullirse con Afrodita y quedarse en aquella tienda. Tal vez y le explicaría el plan que había decidido hace un par de horas en su tiempo de debilidad existencial. Pero primero necesitaría aclarar un par de cosas.
Reconoció los cabellos zafiro de Saga, por lo que de la forma más discreta que le fue posible se regresó en sus pasos y rodeó la tienda para tomar el otro camino, uno que por supuesto Saga no vigilaba. Pues se encontraba entretenido hablando con su gemelo.
Cuando llegó a la tan aclamada tienda buscó los cabellos celestes de su amigo, quien se encontraba discutiendo algo con un chico rubio hasta que le observó entrar a la tienda y corrió en su encuentro.
— ¡Mu! —Exclamó abrazándolo. El menor no hizo otra cosa que dejarse rodear por sus cálidos brazos y aferrarse a estos, en un gesto demasiado fraternal escondió su rostro en el pecho del otro. Anegando su deseo de llorar y dejarse arrullar por él.
El que, hasta aquel momento recordó Mu, se llamaba Shaka decidió salir de la habitación. No sin antes asesinar con la mirada al de cabellos lilas. Este sólo lo observo salirse del lugar confundido.
— ¿Qué te ocurre? —Preguntó Afrodita — ¿Te sientes bien?
Mu no respondió con palabras. De forma rápida acercó sus labios con los de Afrodita formando un ósculo. El de cabello celeste le observó confundido y dudando de las verdaderas razones del menor para tomar semejante delantera intentó alejarlo. Sin embargo, Mu no dio mucho de su esfuerzo para romper el beso.
Batalló durante algunos segundos con el menor para evitar que aquello pasara a mayores. Segundos que pasaron a un minuto y medio.
Por fin, utilizando un poco de verdadera fuerza, Afrodita alejó los labios del menor.
—Mu —comenzó. Al ver la reticencia del menor por alejarse agregó ¡Basta!
El otro bajó la vista, temblaba de pies a cabeza. Y eso lo pudo notar su amigo. De forma casi imperceptible, su respiración se volvió entrecortada; pero para él, quien llevaba casi toda su vida cerca de él; fue más que audible. Al tiempo que su sollozo se volvía un leve hipido, las facciones desconcertadas de Afrodita se suavizaban y se cambiaban por preocupación.
— ¿Mu? —Dudó. Posó sus manos en los hombros del otro, su rostro se encontraba observando el suelo. Sus orbes color primavera estaban cristalinizadas y a punto de expulsar su dolor. Un gemido murió en su garganta por culpa de su orgullo y fue reemplazado por un sonido ahogado. Dándose un poco de valor susurró unas pocas palabras.
—A-afro… —soltó un sollozo y apoyo sus manos en el pecho del otro. —Dita. —dijo con seguridad, a pesar de lo quebrada que sonaba su voz. Hace años que no le decía de esa manera. —Perdóname. —Pidió.
Acto seguido de murmurar aquello, dejó que las lágrimas cayeran libres por sus mejillas.
Afrodita lo observó, extrañado. Rodeándolo con sus brazos al tiempo que los deslizaba de arriba abajo, buscando brindarle confort.
—Perdón… perdón… perdón… —no paraba de gemir. Sollozando y sin darle una explicación al otro.
Y eso, le dolía a Afrodita.
—
Saga terminó de contarle la historia a su hermano, duró alrededor de media hora deambulando a su lado, explicándole cada detalle de lo ocurrido en la expedición. Cuando hubo finalizado se paró de abrupto, esperando que su hermano procesara todo y comprendiera lo delicado de la situación del troyano.
—Entonces —respondió Kanon después de unos segundos de meditar su respuesta —dices que ese Albafica era el hermano mayor de su… ¿Mejor amigo?
—Más que ser un lazo de amistad, parece un lazo de hermandad —le corrigió su hermano caminando en dirección hacía su propia tienda, para ver si es que el troyano ya se había despertado —y por lo tanto él, como el hermano mayor de su "hermano" debía ser una especie de figura paterna en el sentido figurativo.
—En resumen —acotó finalmente Kanon — ¿Fue como ver morir a su padre frente a sus ojos?
—Correcto —asintió Saga al tiempo que corría la cortina de su tienda, dejando de prestarle atención visual a su hermano para entrar en esta. Su expresión facial cambió en cuestión de milésimas, pues notó algo diferente en la habitación. A alguien que no debería encontrarse en ese lugar.
— ¿Shaka? —Preguntó. Dudoso si había atinado al verdadero nombre del chico hindú. Este asintió con la cabeza — ¿Qué haces aquí?
Este negó con la cabeza.
—No sé si ya haya notado la ausencia de Telikós en esta habitación y si en el remoto caso de que no lo haya hecho, le aviso que se encuentra con Afrodita, desahogándose.
Saga le observó confundido, buscando sentido a la razón de estadía del rubio.
— ¿A qué te refieres con desahogarse? —Repitió, seguramente esperando que el otro le dijese que tomaban alguna clase de vino extraño para ir a por él.
—Afrodita es su amigo de la infancia. En él deposita toda su confianza y por lo tanto, incluyen los temores y tristezas más profundos. Pero con todas las personas existe un momento en el que ya no pueden más con todo eso y necesitan a alguien reconfortándolas, apoyándolas. ¿Comprendes?
Saga chirrió los dientes, fastidiado de que el otro hablase en parte señas. Molesto dio una afirmativa.
—Sí.
—Bueno —dijo finalmente Shaka —sólo necesita un rato para desahogarse. Es probable que la misión le haya afectado por el hecho de no poder ayudar a su pueblo. Es por eso que no quise asistir a esa expedición. Que pasen una buena noche.
Y sin mediar otra palabra, salió de la estancia, dejando a Saga mucho más confundido. Y a Kanon en un estado pensativo. Dubitante si se le podía llamar de aquella manera.
