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La seguí de mala gana, subiendo las escaleras y luego recorriendo el pasillo hasta mi oficina. Abrió la puerta y entró, haciéndome señas para que hiciera lo mismo. Pasé y cerró la puerta, caminó hasta mi escritorio y se sentó sobre él. Yo por mi parte me quedé inmóvil en medio de la sala, sintiendo un escalofrío subir por mi espina dorsal al ver como la pelimarrón reía y sus ojos tenían un brillo realmente extraño. Frotó sus palmas y luego de unos minutos que parecieron eternos, soltó un suspiro y la desquiciada expresión en su rostro cambió por completo a una de seriedad, se aclaró la garganta y me miró con determinación.
"¿Qué coño estará tramando?", pensé mirándola con los ojos entrecerrados, cruzando los brazos a la altura de mi pecho.
—¿Cómo te va con Mikasa? —preguntó simulando desinterés.
Rodé los ojos y me di la media vuelta para salir de la habitación, pero ella se posó ante mí con rapidez impidiéndome el paso. La fulminé con la mirada y traté de rodearla, por lo que dio dos largas zancadas hasta llegar a la puerta pegando su espalda de esta y negando fervientemente con la cabeza, sonriéndome y sin apartar sus ojos de los míos.
—¡No huyas, cobarde! —gritó sin moverse del lugar.
—Por Dios Hanji, deja de joder —le dije irritado, primero Erwin y ahora esta.
—No saldrás de aquí hasta escucharme —sentenció apuntándome con el dedo índice—. Así que cálmate y siéntate un momento, por favor.
Gruñí pasando una mano por mi cabello con impaciencia, me dirigí hasta el escritorio y me senté en mi silla. Le dediqué una mirada asesina y ella pegó un pequeño chillido emocionada, atravesó la sala con unos cuantos saltitos y se acercó, sentándose finalmente frente a mí.
—¿Tan difícil es responder esa pregunta? —se quejó haciendo un ridículo puchero, apoyando sus codos sobre el escritorio y acunando la barbilla entre sus manos.
—No es tu maldito problema.
Ella volvió a sonreír y luego puso una expresión pensativa. Yo la miré de reojo, ansioso por que terminara de hablar y me dejara ir a casa.
—No entiendo cuál es tu drama si se ven tan lindos juntos —murmuró con pesar—. Se ven tan, pero tan lindos, que he venido personalmente a aconsejarte.
—¿Aconsejarme?
Todo mi rostro delataba la incredulidad y la confusión que sentí en ese momento. Fruncí el ceño dibujando una mueca sobre mis labios, no entendía nada de lo que estaba sucediendo. Estaba muy, pero muy lejos de entenderlo.
—Sí, aconsejarte —asintió y volvió a sonreírme—. No creo que seas muy experto en este asunto de las chicas…
—¿En serio me estás haciendo perder mi tiempo en esta ridiculez? —pregunté con la molestia claramente presente en cada palabra pronunciada.
—Deja de ser tan cabeza dura, hombre —dijo pasando por alto mi disgusto—. Creo que deberías hacer algo por ella…
—¿Qué coño quieres que haga? —la interrumpí, hablándole cada vez con más rudeza.
Esa sonrisa desquiciada volvió a aparecer en sus labios, dejando salir una risilla traviesa. Me puse tenso en el asiento mientras sentía que perdía la paciencia. Estaba a punto de hacerlo…
—Podrías regalarle flores… —propuso luego de un largo silencio.
—Vaya, que innovador. De seguro con eso saltará a mis brazos y seremos felices por el resto de nuestras vidas —dije con sarcasmo.
—¡Le encantará, Levi! Apuesto que ni siquiera ha pasado por tu cabeza hacer algo como eso.
—¡Ni hablar! —me negué levantándome, acción que ella imitó.
Hanji no dejaría que me escapara de este lío.
—No es tan difícil —me miraba con un hilo de súplica en sus ojos y en sus palabras.
—¡Ya te dije que no lo haré! —repetí golpeando el escritorio con mi mano empuñada, furioso.
"Maldita loca de mierda", pensé.
—Sabía que no sería fácil convencerte —dijo encogiéndose de hombros, volviendo a ignorar por completo mi terrible reacción—. Por eso, te propongo algo a cambio.
Me quedé en silencio observándola lo más quieto que pude, tratando con todas mis fuerzas de mantener la poca calma que quedaba en algún lugar de mi cuerpo. Mi paciencia se había agotado, sí, y como de costumbre, no estaba de buen humor para lidiar con este tipo de niñerías. Y menos viniendo de Hanji. Respiré profundo e hice mi mejor intento para recobrar la compostura.
—Prometo que, si lo haces, dejaré de molestarte. ¡Por favooor!
Eché la cabeza hacia atrás y pasé una mano por mi cara, dejando salir un quejido de fastidio y molestia. Cerré los ojos y me quedé así por unos cuantos segundos, analizando las consecuencias de hacerlo o no. Realmente, el hecho de que esta cuatro ojos siguiera molestándome resultaba mucho peor que la primera opción… Creo.
—Si no lo haces, Levi, juro que te fastidiaré sobre esto por el resto de tus días. Y ten por seguro que lo haré a cada instante, cada momento que esté cerca de ti, considerando que es casi todo el tiempo… —decía haciéndolo sonar como una amenaza.
—¡Está bien, está bien, joder! —bramé pasando ambas manos por mi cabello con frustración, desordenándolo por completo—. Pero luego de esto no quiero que vuelvas a fastidiarme con tus malditas ocurrencias ni nada parecido.
Ella asintió enérgicamente una y otra vez, alzando ambos brazos como seña de victoria. Rodé nuevamente los ojos pasando por su lado; cuando estaba por abrir la puerta, vi el abrigo de la azabache guindado en el perchero y lo tomé. Había olvidado que ella tenía el mío.
—¡Ah, y asegúrate de hacerlo mañana! —agregó justo antes de que saliera.
Cerré la puerta con fuerza y salí del cuartel lo más rápido que pude, sintiendo alivio al ver que ya todos se habían ido. Sin embargo, esta sensación desapareció de inmediato al recordar lo que acababa de pasar. Mierda, todos estaban haciéndome este asunto cada vez más problemático y molesto, sentía un peso terrible sobre mis hombros de tan sólo pensar en cómo sería cuando se acercase el día.
El día…
Sentí un vacío en el estómago y una sensación de mareo. "Maldita sea Levi, componte", me reprimí mentalmente caminando cada vez más deprisa, queriendo llegar a casa y dormir a pesar de que eran apenas poco más de las cinco de la tarde. Era la única manera de olvidarme de todo esto por un buen rato.
Tomé algunos atajos evitando en lo posible encontrarme con cualquier conocido de camino a casa. Llegué en menos de quince minutos, tiré el abrigo en el sofá e hice mi camino escaleras arriba hacia mi habitación. Tomé una ducha caliente, me puse un suéter y un mono para protegerme del frío. Me acosté y cerré los ojos, haciendo todo lo posible para despejar mi mente, omitir todo por completo, pero no podía. No podía dejar de pensar en la azabache y en lo que tenía que hacer mañana si no quería soportar a la molestia de Hanji hasta el día de mi muerte.
Era sábado y la ciudad estaba más animada y movida que los días anteriores, el clima había amanecido relativamente más agradable ese día. El frío estaba presente, sí, pero no era tan insoportable; los rayos del sol se colaban a través de las nubes y el viento soplaba con fuerza de a ratos, haciendo que las hojas secas de distintos colores cayeran y se amontonaran en todas las calles.
Me asomé por la ventana de mi habitación y suspiré profundo, sin poder creer lo que estaba a punto de hacer. Era un poco después de las cinco de la tarde y juro que sentía que la cabeza me daba vueltas, me dolía muchísimo, como si acabase de despertar con una resaca de los mil demonios. Ojalá fuese por eso.
Me duché y me vestí con un jean azul oscuro, una chaqueta de cuero negra y unas botas militares del mismo color. Bajé las escaleras, agarré el abrigo de Mikasa y salí lo más rápido posible, antes de que me arrepintiera. Andaba sin saber exactamente a donde ir, no tenía ni la más mínima idea de dónde comprar flores o algo parecido, así que sólo me dejaba llevar siguiendo el camino atento a alguna tienda a la que pudiese ir.
Diez minutos después noté un pequeño puesto de arreglos florales de todo tipo de tamaños y colores, me quedé paralizado en el medio de la calle sosteniendo la respiración y sintiendo una punzada de dolor en la cabeza.
Joder, que difícil resultaba todo este asunto…
Solté un suspiro de resignación y me acerqué al lugar a paso lento, muy lento. Mis ojos recorrieron todas las flores que se exhibían afuera, todas eran tan diferentes… ¿Cómo demonios iba a saber cuáles flores le gustaría? Fruncí el ceño, realmente no había pensado en ello. No sé cuánto tiempo pasé ahí parado como un idiota, hasta que detrás de una puerta salió una muchacha de cabello marrón y ojos de un tono un poco más claro… Espera, ¿esa no es…?
—¡Capitán, que gusto tenerlo por acá! —exclamó acercándose a mí con una amplia sonrisa en sus labios.
Joder, esa era una de las chicas que estaba ayer reunida con el grupo en el jardín del cuartel. Mi cuerpo se tensó por completo, volví a contener la respiración y traté en lo posible de mantener mi rostro sin expresión alguna, para que no notase las ganas que tenía de que se abriese la tierra y me tragara de inmediato.
"Su nombre, ¿cuál era su nombre? Siempre lo olvido…", pensaba luchando por recordar siquiera cómo se llamaba. Se paró frente a mí y me miró con detenimiento.
—¿Está usted bien? —inquirió con preocupación.
Asentí intentando actuar con la mayor naturalidad posible. En mi mente yo sólo trataba de recordar su nombre.
—¿No deberías estar en el cuartel?
—No, hoy no. Esta floristería es de mis padres, así que trabajo aquí en mi tiempo libre –explicó encogiéndose de hombros.
—Ah...
No dije nada más, no sabía que decir. Un silencio incómodo se interpuso entre ambos, yo desvié la mirada de nuevo hacia las flores y ella no dejaba de observarme con una cordial sonrisa en sus labios.
—¿Son para Mikasa?
Volteé a verla de nuevo con los ojos muy abiertos, esta vez no pude disimular mi asombro. Me quedé inmóvil mirándola sin siquiera pestañear. Sus orbes también se abrieron mucho y sus mejillas se tornaron rosadas al darse cuenta de mi reacción ante lo que acababa de preguntar.
—No se preocupe, no le diré a nadie —dijo con timidez—. Si son para ella, le recomiendo los girasoles. Son sus favoritos.
"¿Girasoles? Ni siquiera los había considerado entre este montón de opciones", pensé desviando la vista hacia ellos, que reposaban con un alegre color amarillo en una esquina. Asentí lentamente apretando los labios, imaginando lo patético que debía verme en ese momento. Primero, comprando flores. Segundo, topándome con una integrante de nuestro grupo. Tercero y peor de todas, sabiendo que eran para la azabache.
—¡De acuerdo! Iré a prepararle los más lindos que tenga. En seguida vuelvo.
Dicho esto, se giró y entró de nuevo en lo que creía era una especie de almacén. Yo solté con un largo suspiro la respiración que inconscientemente estuve sosteniendo durante todo ese rato. Sasha, ese era su nombre. Había ingresado al equipo junto con Mikasa y formaba parte del grupo de exploración de Erwin. Y para completar, aparentemente buena amiga de la Ackerman.
Al cabo de unos minutos, la morena salió de nuevo y comenzó a armar el ramo sobre un mostrador, tomó unos diez girasoles de distintos tamaños, los envolvió en un papel marrón y los amarró con una cinta roja que resaltaba sobre el envoltorio. Yo la miraba de reojo, aparentando desinterés y no estarle prestando atención. La sonrisa no se borraba de sus labios y sus orbes brillaban con emoción, como si realmente le alegrase la idea de que le llevase esto a Mikasa.
Creo que a ella sí que le ha agradado la noticia.
Terminó su tarea, pagué y me dio el ramo, le agradecí y me fui de allí con rapidez, casi que corriendo. Caminaba y sentía los hombros tensos al notar que muchas personas volteaban a verme curiosos, sobre todo los que conocía. Yo avanzaba fingiendo no darme cuenta de nada, simulando no ver a nadie para que no tener que detenerme a saludar, evitando así que me hicieran preguntas o algún comentario respecto a lo que llevaba en mis manos. En una sostenía las flores y en la otra el abrigo de Mikasa.
Debía admitir que con cada paso que daba, poco a poco iba entrando en pánico. A pesar de que por fuera era el mismo de siempre, por dentro estaba terriblemente nervioso. ¿Nervioso? Sí, eso. Jamás había regalado flores o algo parecido, siempre lo he considerado una cursilería bastante patética. Y miren, nada más y nada menos que Levi Ackerman caminando a casa de una chica que apenas lo soporta para darle un ramo de flores. Que ironía.
Por suerte, recordaba bastante bien su dirección. Caminé durante otro rato más y al reconocer el vecindario miré el reloj que siempre cargaba en la muñeca: eran casi las siete de la noche. Me detuve frente a la única casa blanca del pintoresco lugar, las luces de la sala y el porche estaban encendidas, y de ella salía un agradable y delicioso olor a pizza. Cerré los ojos y respiré profundo, tratando de calmarme y de poner mi típica fachada serena. Luego a paso lento me hice camino hacia la puerta, me posé ante esta y toqué suavemente con mis nudillos.
Mi corazón latía con fuerza en mi pecho, esa era una de las cosas más difíciles que había tenido que hacer en toda mi vida. Joder, ni siquiera ha abierto y ya me moría de vergüenza. En realidad, desde que salí de casa me sentía así. Ojalá esta fuese otra pesadilla más. Se escucharon pasos apresurados hacia la puerta, la cual se abrió de golpe.
—¡Armin, estaba esperando por...!
Su voz se cortó sin siquiera terminar de hablar. La sonrisa que traía en su rostro se borró de inmediato, sus ojos y su boca se abrieron por completo. Se quedó paralizada, como si hubiese visto a un fantasma. Podía jurar que su piel palideció y que sostuvo la respiración mientras sus orbes grises viajan de mi rostro a las flores y viceversa.
—Hey —me limité a decir como saludo.
"Hasta saludándola fracasaste, Ackerman. Patético", se quejaba mi subconsciente.
Yo esperaba paciente que saliera de su trance pero no lo hacía, ella no se movía. Transcurridos unos segundos que parecieron horas, sus brazos cayeron a sus lados, sus ojos no se apartaban de los míos. Poco a poco el color fue apareciendo de nuevo en sus mejillas y en sus labios, que luego comenzaron a ponerse rojos. Muy rojos. Demasiado rojos. De un momento a otro, parecía un tomate, más de lo que ya la había visto antes.
—¿Levi? —susurró dando un paso hacia mí, sin terminar de creer lo que veía.
—Traje esto para ti, mocosa —dije con un tono de voz neutro ofreciéndole el arreglo.
Sus ojos bajaron hasta lo que le estaba dando y los tomó en completo estado de shock. Acunó el ramo en uno de sus brazos y con la otra mano acarició con mucho cuidado los pétalos de una de las flores mientras una genuina sonrisa se manifestó en sus labios, el color rojo aún no desaparecía de sus mejillas. Volteó hacia mí de nuevo y nuestras miradas volvieron a encontrarse, y pude ver algo en sus ojos que hasta ahora no había visto, pero que tampoco podía decir con exactitud de qué se trataba. Sin embargo, de algo sí estaba seguro: el gris de sus orbes tenía un brillo inusual que los hacía lucir hermosos. Más de lo que ya eran.
—Mikasa, se va a quemar la pizza —decía una voz masculina que conocía bien. Su cuerpo se tensó por completo y su expresión se volvió seria, pero no se movió—. ¿Qué pasa? ¿Has visto a un fantasma? —bromeó y se asomó por detrás de la azabache.
El rostro del muchacho se oscureció y sus ojos se clavaron en mí. Si las miradas mataran, ya estuviese diez metros bajo tierra. Yo, en cambio, lo observaba con tranquilidad aunque por dentro sentía como gradualmente iban aumentando la rabia y la ira, recordando la disputa que tuvimos hace poco en el cuartel y el como todos nos miraban; de hecho, en su cara aún se podían notar los moretones. Se quedó inmóvil, claramente notaba sus ganas de saltar sobre mí y molerme a golpes tal como yo lo había hecho con él. La tensión del ambiente era tal que podía cortarse con tan sólo el pasar de una de las hojas secas que no paraban de caer.
—¿Qué hace este imbécil aquí? ¿Acaso está molestándote? —preguntó furioso, ella no respondió ni tampoco se inmutó. El moreno apoyó una mano en el hombro de Mikasa para apartarla, pero ella no se lo permitió.
—Espera adentro, Eren —le pidió con firmeza sin siquiera voltearse.
Sus ojos se abrieron con sorpresa, estaba confundido, no tenía ni idea de lo que estaba sucediendo. Su mandíbula estaba apretada y sus manos empuñadas a sus costados, sus nudillos blancos por la presión que ponía en ellas. Me lanzó una mirada asesina y se perdió de mi vista, sus pisadas eran fuertes y rápidas. Hasta en eso se notaba su molestia.
—Esto es tuyo —le ofrecí el abrigo, ella lo tomó con timidez—. Nos vemos el lunes —agregué haciendo un pequeño ademán con la mano, dándome la vuelta para irme.
—¡Levi, espera! ¡Levi! —gritaba, pero yo no me detuve.
Atravesé en un abrir y cerrar de ojos el pequeño camino de la entrada. Llegué a la calle, recorriéndola con grandes y rápidas zancadas sintiendo el peso de su mirada en mi espalda, todo ese instante que aún estuve cerca no escuché la puerta cerrarse. Supongo que se había quedado paralizada en el umbral, sin poder de comprender lo que acababa de suceder.
El dolor de cabeza era mil veces peor, mis oídos zumbaban y con cada paso que daba sentía una ola de dolor desde mi nuca hasta la frente. Esto era lo que solía pasar cuando estaba bajo mucho estrés, aparte del mal humor.
Recorrí las calles en un tiempo récord. La adrenalina corría por mis venas, me sentía furioso por toda esta situación. Maldije mentalmente a Hanji, joder, que molesta era. Realmente nada, absolutamente nada de lo que pueda ocurrírsele termina bien. Todo siempre acaba siendo un desastre, ya estaba totalmente seguro de ello.
Llegué a mi casa, cerré de un portazo y me tiré en el sofá, respirando profundo y cerrando los ojos con fuerza. Me quedé quieto por un buen rato y luego me levanté con el fin de ir a la cocina para tomar una lata de cerveza del refrigerador. La abrí y le di un gran sorbo, estaba helada.
Me quité la cazadora y las botas, quedándome solo en pantalón. Me volví a echar en el sofá y bebía despacio, recobrando la calma. Al rato la ira se disipó y lo único que quedó fue el sentirme como un idiota, el idiota más grande del mundo. Había hecho el ridículo por la razón más absurda de todas. No volvería a hacerle caso a Hanji nunca más, al menos esperaba que cumpliera su palabra de no volver a fastidiarme. Realmente esperaba que no volviese a hacerlo jamás.
Bebí una tras otra sentado en el mismo lugar, ni siquiera había encendido las luces al llegar, con la luz de la luna que se colaba por la amplia ventana era más que suficiente. Estaba rodeado de paz y tranquilidad, oscuridad y silencio. Sin embargo, internamente estaba hecho un caos, una guerra se libraba en mi mente. Recordaba el transcurso de los hechos como si fuese una película, desde el instante en el que la castaña habló conmigo ayer hasta la cara que puso Mikasa cuando me vio frente a su puerta. Por Dios, ¿qué va a pensar de mí? De seguro pensará que soy un loco psicópata amargado y acosador que creyó que llevarle unas cuantas flores ayudaría en algo… O que, como dije antes, nos haría la pareja más feliz del mundo. Pfff, ni pareja somos.
Suspiré pesadamente, me recosté y cerré los ojos con la intención de conciliar el sueño, comenzaba a sentirme fatal, la pesadez y el cansancio que sentía eran indescriptibles. Pero justo en ese momento tocaron la puerta, me levanté de mala gana y caminé hasta esta. Por el día y la hora, sabía con seguridad de quién se trataba.
Petra.
