- ¿Esta es la puerta del templo? - arrugó la nariz como muestra de desagrado al lugar – No sé, me esperaba otra cosa.

- Es una segunda entrada, causada por los estragos del tiempo, la principal está al otro lado.

Thuriel pasó las yemas de los dedos por los surcos de la piedra, mirando con detenimiento ese elementos tan familiares para él.

A su lado, Briëlle observaba esa construcción que ante ella se erguía detalladamente, buscando algo que le llamase la atención. Se esperaba algo más majestuoso y solemne, pero claro, esto no era como los cuentos que le contaban de pequeña, quisiera creerlo o no, este era el mundo real.

- ¿Y estos garabatos?

Durante unos segundos, Thuriel sintió cierta molestia por esa pregunta y la poca muestra de seriedad teniendo en cuenta el lugar en donde se encontraban, pero tomó aire y recordó que la chica que le seguía acababa de llegar a este mundo y su desconocimiento era comprensible.

- No son garabatos, son palabras.

- Pues parecen líneas sin sentido – la chica se acercó más - ¿Qué idioma es?

- Es una variante del dracónico. Un dialecto, más bien.

- ¿Y qué pone?

- Nada en especial, son palabras sueltas, algunas incluso se repiten - El alto elfo se giró para ver a su acompañante con una sonrisa en la cara - ¿Entramos?

Asintió y ambos se pusieron en camino. Sortearon las rocas y cascotes que parcialemente impedían el paso, entrando en el templo uno detrás del otro.

Como era de esperar, el lugar se encontraba en penumbra, apenas iluminado por la claridad que entraba desde fuera a través de ese boquete de la pared por el que habían accedido.

- Será mejor que iluminemos más la habitación.

Thuriel, acercándose a la pared más cercana, palpó la estructura hasta toparse con el soporte donde se encontraba una de las múltiples antorchas que había. La sacó de aquella base de hierro y la encendió.

- Listo, ya podemos continuar la exploración – dijo acercándose a la chica, la cual le dio una mirada de desconcierto alzando una ceja - ¿Ocurre algo?

- Como vamos a explorar nada si este lugar es enano – dijo cortante dando unos pasos adelante, molesta – ¡Este sitio es minúsculo, es imposible que aquí haya nada! - Thuriel suspiró y se desplazó hasta pararse casi en el centro del lugar mientras su compañera no se percataba de sus movimientos debido a su enfado.

- ¡Esto parece una broma de mal gusto, en serio! - El alto elfo se giró hacia la pared localizada a su espalda y palpó la piedra, entretanto la joven seguía dando vueltas sobre sí misma gesticulando airada. - ¡Es que no es normal!- farfullaba - ¿¡Me despeño por un terraplén y me destrozo las rodillas para nada!? - mientras el albino comenzaba a mover unas de las piedras hasta que su ornamentación formase un patrón lineal. Al escucharse un chasquido, las juntas de las piedras se unieron para convertirse en un solo panel - ¿Acaso os habéis confabulado contra mí para gastarme una broma? - Briëlle se giró repentinamente en el momento en el que Thuriel pulsó el panel y, rápidamente agarró del brazo a la joven y tiró de ella, atrayéndola hacia él.

Sin entender muy bien que pasaba, Briëlle pudo notar como el suelo retumbaba y comenzaba a moverse. Con apenas metro y medio de distancia desde sus pies, vio como las piedras del piso se desplazaban todas a la vez en la misma dirección – Pero qué...

- Eres muy impaciente - La chica miró hacía arriba encontrándose con la cara del albino a pocos centímetros de la suya y como ya era costumbre, no pudo evitar sonrojarse – Pero supongo que es parte de la naturaleza humana – añadió sonriente, soltándola.

El retumbar del suelo cesó, el desplazamiento de las piedras había dado lugar a unas escaleras de piedra que guiaban hasta lo que parecía un pasadizo subterráneo. Thuriel se acercó a la entrada y comenzó a bajar, seguido por la joven, avergonzada por su comportamiento.

A primera vista el pasadizo parecía algo angosto, pero no era así. Conforme iba avanzando, podía comprobar que era de un tamaño considerable, casi dos metros de alto por algo más de un metro de ancho. Era un pasadizo bastante común, con un diseño tosco y la piedra, de tonalidades marrones, era muy desigual, con un ambiente seco. En cuanto llegaron al final de la escalera, Thuriel se detuvo en seco y tardó unos segundos en continuar, no sin antes observar las paredes; sin decir nada, continuó, y la joven con él.

Siguieron caminando durante un buen rato sin decir una palabra. Briëlle comenzó a notar cierto desnivel en el suelo y cuanto más se fijaba, más segura estaba de que, aunque lentamente, iban descendiendo. Continuaron así otro rato, hasta que Thuriel volvió a pararse. Se agachó, con su mano libre cogió una piedra del suelo, la lanzó ante él y esperó a que algo ocurriera, pero no fue así.

La chica notó que el cuerpo de su compañero se tensaba – Thuriel... - dijo - ¿Ocurre algo?

- Alguien ha estado aquí antes que nosotros.

- ¿Qué? - respondió nerviosa - ¿Por qué lo dices?

- Como ya sabes, o si no te lo había dicho, yo ya he estado aquí antes y sé perfectamente donde hay trampas. Al final de las escaleras debía de haber un péndulo con una cuchilla y aquí, debía de haber unos dardos de ácido, pero ninguna se ha activado. Eso significa que sus mecanismos han sido inutilizados.

- Entonces... ¿Hay alguien más en esta...mazmorra?

- No, si no la entrada al pasadizo habría estado abierta cuando llegamos.

- ¿Se habrán llevado las espadas?

- No lo sabremos hasta que las encontremos. Prosigamos.

Continuaron caminando por los pasillos de la mazmorra hasta que, al doblar la esquina, Briëlle notó algo diferente.

Poco a poco, según iban avanzando, la piedra del pasillo comenzaba a ser diferente, más grisácea y pulida, con una estructura menos rudimentaria que antes. Además, al contrario que antes, esta zona si tenía antorchas en las paredes, por lo que el alto elfo apagó su antorcha, pero la guardó por si acaso.

La chica observó las paredes del lugar. En algunos tramos del camino, podía ver una especie de mural adornando. En ellos se veían como unas criaturas de piel blanca, similares a los elfos, ayudaban a la gente de lo que parecían ser diferentes pueblos. Le llamó la atención las orejas de esas criaturas blancas: eran como las de Thuriel, pero algo más pequeñas y parecía bifurcadas en la zona del cartílago.

El mural proseguía y se podía ver como esas personas que antes fueron ayudadas perseguían a esas criaturas, pero lo peor fue cuando vió plasmada allí una batalla, no, más bien una masacre, de la que unos guerreros se alzaban contra lo que parecía el peor de los males, una sombra oscura con unas garras afiladas como cuchillas. Briëlle no pudo evitar estremecerse.

Le entristecía pensar que la gente que en un momento ayudaron esa raza se volvieran contra ellos.

- Thuriel – dijo después de estar tanto tiempo en silencio – Estos murales...

- Son parte de la historia de los Azahra – respondió serio. A la chica le pareció notar cierto matiz triste en su respuesta, pero creyó haberlo imaginado.

El pasillo le parecía interminable y le daba la sensación de haber estado caminando durante horas, pero por tercera ver, Thuriel se paró y ella le imitó, no sin antes ponerse a su altura.

Entonces Briëlle palideció.

Apenas dos metros de piedra los separan del enorme foso que ante ellos estaba. Miró hacia delante y vió que al otro lado de ese boquete había otro pequeño saliente de aparentemente dos metros, igual que en el que se encontraban, sin embargo, a diferencia del que tenían delante, el suyo tenía una bifurcación. De cada extremo del saliente de piedra había una pequeña continuación idéntica a su sitio.

- Imposible...¿Cómo vamos a pasar?

- Creo recordar el patrón de movimiento necesario para activar el camino, solo déjame pensar... - contestó Thuriel - ¿Ves los círculos del suelo? - La chica miró a sus pies y efectivamente, había tres círculos, con otros círculos más pequeños dentro de ellos, situados en el centro y los extremos del saliente de piedra.- Pues hay que pisar el centro de los círculos un determinado número de veces y en un determinado orden, si no no se activa el puente.

Thuriel se desplazó hasta estar situado en frente al círculo de la izquierda, quedando ella enfrente del círculo central – Debemos movernos de izquierda a derecha

- ¿A la vez? - preguntó Briëlle

– No, de uno en uno. Lo importante es la suma de los pasos en total. A mi señal, te mueves al centro del círculo. La chica asintió.

El hombre se desplazó hasta el centro del círculo y poco después le hizo una seña a la chica para que hiciese lo mismo, para luego él salir del círculo instantes después. Se movió con cuido, sin pisar de nuevo su círculo o pisar en el que se encontraba su acompañante, hasta llegar a círculo del extremo derecho del saliente. Le hizo otra seña a la chica para que retrocediera con cuidado de su lugar y él entró en el círculo derecho para volver a salir y otra vez volver a salir.

- Uno, uno, dos... - murmuraba mientras volvía al círculo del extremo izquierdo.

Se colocó en su posición inicial y realizó lo mismo que antes, pero esta vez con tres pasos.

Briëlle se quedó mirando al elfo – Los siguientes será cinco y ocho. - dijo

Thuriel miró a la chica sorprendido - ¿Cómo lo sabes?

- Es la secuencia de Fibonacci – respondió - Es un patrón de números generados al sumar los dos números anteriores en la secuencia – sonrió - No me esperaba ver algo así aquí.

- Eres una caja de sorpresa, Gabriëlle – sonrió él también - Sin embargo, ahora hay que saltarse el círculo en el que estás, pues es el último ¿vale?

La chica arqueó una ceja extrañada - No entiendo el por qué.

- Yo tampoco, al fin y al cabo yo no construí esto.

Al igual que antes, se cambió de sitio y entró y salió del círculo cinco veces y, al terminar, le indicó a su compañera que hiciera lo mismo, pero ocho veces. Cuando salió por octava vez del círculo, los tres círculos comenzaron a emitir un fulgor azulado y la tierra comenzó a temblar y, de ese foso que parecía no tener fin emergieron tres bloques de piedra que se colocaron en fila formando un puente de piedra. El temblor de la tierra cesó y con ello la luz de los círculos. La joven no podía salir de su asombro.

Cruzaron el puente y siguieron caminando en silencio, hasta que la chica lo rompió.

- Thuriel, yo... - dudó un poco – quería pedirte disculpas.

- ¿Disculpas? ¿Por qué?

- Por mi comportamiento desde que entramos aquí, bueno, no, más bien desde que comenzamos este viaje. Me he comportado como una cría, siempre quejándome y enfadándome a la mínima, además de ser una completa inútil.

- No tienes porqué disculparte. Como dije, está en vuestra naturaleza ser impacientes, al fin y al cabo vuestra vida es un pestañeo comparada con la de los seres de este mundo.

- Eso no ayuda – dijo desalentada.

- Ahora soy yo el que se disculpa – dijo rascándose la nuca – Lo que quería decir es que es normal que te sientas así. No sabes casi nada de nuestra historia y lo que te cuentan va a cuentagotas, yo también me sentiría así si estuviese en tu situación.

- No es solo eso, yo...

Ambos se pararon de golpe en cuanto vieron que el camino se bifurcaba.

- Oh, venga ya... - murmuró la chica.

Thuriel se quedó mirando ambos caminos serio durantes varios segundos que a Briëlle le parecieron eternos. ¿Y si escogían el camino equivocado? ¿Podrían dar la vuelta o sería un viaje de no retorno?

- Derecha.

Su voz, siempre serena, la sacó de sus pensamientos. Sin dudarlo, comenzó a andar, seguido de ella.

Caminaron por un largo pasillo hasta que se toparon con una puerta. Thuriel se acercó y con precaución le dio unos pequeños golpes, para luego apoyar la mano en ella. De pronto, esa misma mano comenzó a brillar por la zona de la palma y ese brillo amarillo abarcó toda la puerta de arriba a abajo, cambiando el aspecto robusto e intimidante de esa puerta de piedra de casi dos metros de alto a una apariencia más mundana y endeble. El elfo de blancos cabellos apartó la mano. Suspiró y se dirigió a su compañera.

- Hay que dar la vuelta, este no es el camino – dijo mientras andaba por el pasillo en dirección contraria.

- ¿Qué? ¿Cómo lo sabes? - respondió ella alcanzándole.

- Es una puerta falsa. Está hueca.

- ¿Y esa luz de antes?

- Un conjuro de disipación de magia. La puerta tenía un conjuro que cambiaba su aspecto para hacerle parecer lo que no era. Así que continuemos.

Dieron la vuelta hasta que llegaron a la bifurcación de nuevo y desde allí torcieron a la izquierda. Continuaron andando otro tramo, incluso giraron varias veces la esquina y, una parte de Briëlle llegó a pensar que Thuriel se había equivocado ya que esto parecía un laberinto... Un laberinto que no paraba de descender, pues esa sensación de bajada no había cesado en ningún momento y se preguntaba a que altura del subsuelo se encontrarían ahora.

Chocó con la espalda de Thuriel, que otra vez se había detenido. La chica miró a lo que se encontraba delante de ambos. Una puerta de piedra, muy similar a la falsa que habían visto antes, pero esta tenía algo diferente. Tenía tres paneles que se encontraban de un pequeño boquete en medio de la puerta; los paneles poseían una especie de dibujos lineales en ellos y parecía que podían desplazarse por el hueco de la puerta.

El alto elfo se acercó seguro de si mismo y comenzó a mover los paneles bajo la mirada atónita de la joven. Tardó un rato en encontrar la solución y formar una especie de emblema con los tres paneles. Las juntas de los paneles se unieron para formar un solo panel, que Thuriel pulsó.

La puerta comenzó a retumbar y el panel se hizo uno con la puerta. Al parecer se trataba de una especie de mecanismo mágico, pues hizo que en la puerta se iluminase de un azul similar a la de los círculos de antes, y que apareciera una inscripción y, debajo de ella, algo que parecía un cuenco pequeño que formaba parte de la puerta.

Briëlle observó la inscripción, pero como era previsible, no entendió nada. Y su cara lo demostraba.

Thuriel pasó los dedos por la inscripción – Es una mezcla entre dracónico y el dialecto azahra, conocido como ahlerio.

El hombre leyó la inscripción en alto:

"No te fies de tus ojos, pues pueden traicionarte. Lo que la luz no puede revelar, solo la estrella roja de la vida mostrará la verdad"

Ambos se quedaron cavilando para ver si podían descubrir que significaba eso. Mientras Briëlle observaba el emblema que se había formado al unir los paneles pensado que eso le podía dar alguna pista. O directamente esperando a que las musas acudieran a ella. Thuriel, por su lado miraba esa especie de cuenco que había emergido de la puerta.

Al parecer las musas acudieron a él.

- ¡Ya lo sé! - dijo – Sabía que me sonaba de algo. "La estrella roja de la vida" es una metáfora, se refiere a la sangre.

- ¿Qué?

- Si, la inscripción habla sobre que no debemos fiarnos de las apariencias. En este mundo hay muchos seres y criaturas son capaces de adoptar múltiples formas y apariencias y que pueden engañarnos, pero que la sangre, el linaje de cada uno, no puede ser cambiado.

- Entonces... - hizo una pausa para tragar saliva - ¿Ese cuenco es para almacenar sangre?

- Sí.

De su faltriquera, bueno, más bien al lado, Thuriel desenvainó una daga – Solo hay que hacer un pequeño "sacrificio" de sangre para que la puerta se abra. - El elfo empuño firmemente el mango de la daga y estaba decidido a pasar el filo por la palma de su mano.

Pero otra mano le agarró de la muñeca de la mano que sostenía el arma - ¡Espera!

- ¿Qué ocurre? - preguntó sorprendido por la reacción de la chica.

- ¿Es realmente necesario? - dijo alterada

- Oh, tranquila Gabriëlle – dijo posando su mano en la cabeza de la chica – Será un corte pequeño, además después me curaré. No te preocupes por mi – respondió con una sonrisa tranquilizadora.

Como hábito que tenía desde que había conocido a ese hombre, la chica de sonrojó. Pero no duró mucho, pues dio paso a una mirada de determinación.

- Entonces deja que yo lo haga.

- ¿Qué?

- ¡Por favor, es lo mínimo que puedo hacer! - respondió alterada - ¡No he hecho nada útil desde que llegamos, todo lo has hecho tu!

- Bueno, al fin y al cabo yo ya conocía el lugar y sus trampas. Es normal.

- ¡Aún así! ¡No quiero ser una carga! - respondió severa – Me niego.

Thuriel se quedó mirando fijamente a los ojos de la chica. Podía ver determinación y una gran fuerza de voluntad, pero también algo de miedo. Quería demostrar su valía, aunque solo fuera en algo ínfimo como esto.

No dijo nada, simplemente le tendió la daga y, ella la cogió.

- Un corte pequeño en la mano será suficiente.

Briëlle acercó lentamente el filo del arma a su palma, pero no podía evitarlo, las manos le temblaban. No era la primera vez que tenía un arma cortante en las manos, es más, más de una vez cortó la piel de varios animales en algunas de las clases prácticas que tenía en la facultad de veterinaria. Pero esto era diferente. La idea de infligirse daño a si misma le aterraba. Sabía que no era una zona peligrosa para hacerse un corte pero aún así dudaba.

Sus ojos se fijaban cada vez en la hoja de la daga y podía notar como varias gotas de sudor bajaban por su espalda. El miedo le estaba ganando. Pero tenía que hacerlo.

- Gabriëlle

La chica cambió su foco de atención. El elfo la miraba con preocupación.

- ¿Estás segura de que quieres hacerlo?

- Sí. - respondió segura.

Su semblante cambió y sin pensarlo dos veces, hizo un corte rápido en la palma de su mano izquierda. Notó como el frío acero se hacía uno con ella por unos segundos, durante los cuales cerró los ojos. Cuando los abrió vio como la sangre comenzaba a salir de la herida. Le devolvió la daga a Thuriel, quién la limpió y volvió a guardar. La chica se acercó a la puerta y aproximó la mano al cuenco de la puerta.

Colocó su mano, que aun temblaba, y esperó a que algunas gotas cayeran en el cuenco. La sangre corrió por el recipiente y, a través de una casi imperceptible ranura, entró en la puerta. Al igual que antes, la puerta retumbó y un fulgor azulado volvió a inundarla completamente. Al cesar, el panel, el cuenco y las inscripciones habían desaparecido, dejando como resultado una puerta de piedra pulida que, lentamente comenzó a abrirse.

Antes de continuar, Thuriel curó la herida de la chica, no sin antes regalarle una sonrisa que Briëlle sabía que significaba que había hecho un buen trabajo. Entonces, ambos pasaron el umbral de la puerta.

Un enorme arco de piedra se erguía ante ellos mostrando una habitación, sin ornamentación ninguna más que algunas raíces entre las juntas, de dos metros de alto y casi cinco de largo. Dos pilares con ciertas similitudes a unas columnas dóricas se encontraban a cada lado de la habitación, la cual era mayoritariamente piedra pulida, pero esta vez, blanca, la cual se conservaba en buen estado. Un poco más adelante de las columnas se encontraban unos escalones que conducían a un pequeño altar donde se encontraba un cofre. Ambos se acercaron y lo divisaron mejor.

El cofre parecía estar hecho de madera de ébano, con remaches de acero en las esquinas. Era ancho, rectangular y no parecía tener mucho fondo, ofrecía similitud con los cofre donde se guardan los sables y parecía no tener ornamentación alguna.

Antes de continuar, Briëlle se detuvo y giró en el sitio para mirar al elfo, pues se había adelantado al acercarse al cofre y creyó que él le recriminaría dicha acción, pero no fue así. Thuriel la miraba con una sonrisa suave.

- Puedes abrirlo sin problemas, al fin y al cabo, tu has activado el mecanismo de la puerta.

- Pero tu has traducido la inscripción...

- No te quites méritos, anda – sonrió.

Cada vez que le sonreía así creía que todo podía ir bien, no podía entenderlo, pero confiaba en él.

La joven acercó lentamente la mano al cofre y tocó la superficie con la yema de los dedos con recelo, por miedo a que ocurriera algo, pero para su tranquilidad nada pasó. Entonces contuvo la respiración durante unos segundos para exhalarlo después y abrió el cofre sin ningún problema.

Ante ella se encontraban dos espadas cortas idénticas, situadas en paralelo dentro del cofre. Dos figuras de dragones entrelazados con una gema azulada en el medio formaban la guarda, mientras la empuñadura era de medio lazo con cruz recta de color violáceo, contrastando ese metal negro del que estaba hecho el mango de espada, con las colas enrolladas en la parte inferior. El pomo tenía un revestimiento metálico alrededor de otra gema como la que se encontraba en la guarda.

La chica cogió una, la desenvainó y levantó levemente, sintiendo algo extraño, como una especie de inofensiva corriente eléctrica que parecía brotar de la espada que le puso los pelos de punta. La hoja era no era completamente uniforme, pues aproximadamente en el tercio medio la hoja se ensanchaba para volver a estrecharse hacia la punta.

A Briëlle le parecieron preciosas, y no pudo evitar que sus ojos se iluminaran.

- Preciosas ¿no es cierto?

La joven pegó un salto en el sitio, sobresaltada. Volteó la cabeza para divisar a Thuriel que ahora se encontraba a su lado, con una sonrisa en la cara. Volvió a guardar la espada en la funda, para luego ofrecérsela a él, pero negó con la cabeza.

- Llévalas tú. Estarán bien contigo.

La chica hizo caso a lo que su compañero le había dicho y alargó la mano la mano para coger la otra espada, cerrar el cofre y guardar ambas en su equipaje. Cuando terminó de guardarlas, levantó la vista y se encontró completamente sola en la habitación. No había rastro de Thuriel.

Su rostro palideció.

No entendía lo que pasaba, hacía un momento él estaba con ella, sonriéndole ¿por qué ya no estaba allí? Comenzó a moverse por la sala alterada y a buscar algún indicio que le ayudase a averiguar algo sobre lo ocurrido. Registró absolutamente todo de la mejor manera que pudo, repitiendo su nombre varias veces, pero no encontró al elfo. Desesperada, comenzó a patear la pared que tenía delante para descargar su frustración hasta que el pie comenzó a dolerle un poco y paró.

- ¿Estás bien?

Briëlle miró a un lado y pegó un grito y, asustada y sorprendida, cayó al suelo de golpe con los ojos como platos.

Thuriel se encontraba ahí, en la pared. Literalmente. De la piedra emergía el alto elfo, aunque solo de cintura para arriba y, estupefacta, vió como el hombre salía poco a poco de allí hasta estar por completo dentro de la sala.

- Estabas dando golpes en la pared hace un momento ¿pasaba algo?

Tardó en responder, y su expresión de sorpresa dio paso a una de molestia y enfado.

- ¿Que si pasa algo? ¡¿Que si pasa algo?! - gritó desde el suelo – ¡Acabas de salir de la puta pared después de dejarme sola en la habitación!

Thuriel miró la pared por el rabillo del ojo para volver a mirar a la chica – Lo siento, estaba comprobando una cosa.

La joven, ya de pie, le volvió a encarar – ¿Comprobar qué, cuanto tiempo tardaba en darme un ataque de pánico?

- Quería mirar si el pasadizo era suficientemente ancho para los dos.

- ¿Pasadizo?

Thuriel miró al lugar de la pared del que antes había salido – Todos nosotros, tanto los altos elfos como los elfos comunes somos capaces de detectar puertas y pasadizos secretos, es un rasgo racial. Tú no puedes verlo, pero aquí – señalo esa zona determinada - hay un pasadizo que nos lleva directamente fuera del templo. Es una salida de emergencia, o un atajo si prefieres verlo de ese modo, mucho más rápido que dar toda la vuelta.

Como antes, Briëlle bajó la cabeza y apretó los dientes por culpa de su exagerada reacción, pero escuchó a Thuriel riéndose con dulzura, lo que le hizo levantar la vista de nuevo.

El hombre colocó su mano en el hombro de ella, para luego depositar un tierno y breve beso en la frente de la joven.

- ¿No pensarías que iba a dejarte sola, verdad? - dijo con una sonrisa, mirándola directamente a los ojos.

Al mirar fijamente ese ojos de un cristalino color azul, su enfado desapareció por completo, tiñendo su cara de un alegre color rojizo.

- Aunque tu no la veas, aquí hay una puerta, solo hay que pasarla y daremos al pasadizo que nos llevará fuera – El elfo cogía la mano de la joven suavemente - Vamos, no pasará nada – dijo.

Cuando vio que se acercaba cada vez más a la pared, por instinto la chica cerró lo ojos, pero cuando los abrió, vio que era cierto, se encontraban dentro de un túnel de piedra similar al que encontrar nada más entrar a la mazmorra. Se dio la vuelta y divisó perfectamente esa puerta mágica y la sala en la que se encontraba hace unos segundos. Este mundo no dejaba de sorprenderla.

Ambos caminaron durante un buen rato por el pasillo hasta que llegaron a unas escaleras, en cuyo final se podía divisar algo de luz. Cuando lograron salir la luz del sol impactó en ambos exploradores, que cerraron los ojos y se protegieron del sol lo más rápido que pudieron.

- ¿Es de día? ¿Cuánto tiempo hemos estado ahí dentro? - preguntó la chica mientras se habituaba a la luz.

- Apenas unas horas, quizás cuatro o cinco como mucho. Deben ser sobre las cinco y media de la tarde.

- ¿Tan tarde?

- La percepción del tiempo es diferente mientras se explora una mazmorra. Sería una buena idea que comiéramos algo y descansásemos para luego continuar el camino de vuelta al cuartel, aunque seguramente tendremos que acampar de nuevo.

Mientras el elfo hablaba, la chica observaba el lugar del que habían salido. Se trataba de un pasadizo similar al abierto en el templo, pero a su lado se encontraba una enorme piedra con unos adornos idénticos a los encontrados en la piedra de fuera del templo. Al parecer se había desplazado sola para permitirles salir. También divisó el templo de Vala varios metros más atrás de su posición actual. Cuando su compañero terminó de hablar, asintió.

La noche ya había llegado.

Igual que la otra noche, establecieron su campamento en un claro y cada uno se encontraba en su tienda, descansando. O eso deberían.

Briëlle no podía conciliar el sueño y se encontraba mirando fijamente el techo su tienda. No sabía por qué razón pero se encontraba llena de vitalidad y no notaba ningún ápice de cansancio en su cuerpo, así después de mucho pensar decidió salir y explorar un poco. Salió en silencio y con parsimonia, divisó la hoguera, que aún seguía encendida, y poco después, la tienda de Thuriel.

Una parte de ella deseaba abandonar la idea principal para, directamente, entrar en su tienda y compartir algo más que palabras él, pero sabía que eso no era buena idea. Es cierto que ya había pasado mucho tiempo desde que la joven había tenido pareja o algún encuentro casual, al fin y al cabo tenía casi veintiún años y era perfectamente consciente de lo que hacía o dejaba de hacer, pero no se debía a aquello; la atracción que sentía por Thuriel iba más a allá de lo que su raciocinio podía entender.

Sabía perfectamente que no estaba enamorada de él, le conocía desde hace muy poco y ella no era de esa clase de chica que se enamora a la mínima, aunque no podía decir lo mismo si se trataba de Nevra. Debía reconocer que el vampiro le gustaba.

La chica tragó saliva y apartó la vista de la tienda de su compañero, si no se dejaría llevar por su libido y se replantearía hacer algún tipo de avance con el alto elfo, y no quería eso. Bueno, solo en parte. No sabía por qué, pero le respetaba y no quería hacer algo inapropiado, por lo que decidió seguir con su idea principal de dar un paseo.

Comenzó a caminar hacía una zona del bosque que parecía segura. No le hacía falta llevar nada que iluminase el camino, pues una gran luna llena brindaba su luz a todo el lugar. No solo eso, la temperatura era muy agradable y soplaba una brisa que permitía que el paseo fuera más ameno.

Caminó hasta un claro cercano a la ubicación de su campamento y comenzó a fijarse en la naturaleza que la rodeaba. Allí todo era exuberante y extremadamente hermoso. Su vista se posó en la zona izquierda del claro; entre los arbustos vio unas flores de tonalidades azuladas que brillaban como el mismísimo cielo nocturno, y la reconoció. Era una gardenia de Amal. Eweleïn, la enfermera de la guardia, le había dicho que solo florecía a una hora determinada de la noche y que es una excelente planta medicinal. A pesar de no tener ningún tipo de material para llevarlas, la joven comenzó a recoger esas flores, al fin y al cabo, había muchas y seguro que la elfa le vendría bien tener unas cuantas más para poder realizar sus ungüentos. Ambas se llevaban bien y le gustaba ayudarla.

Con las flores recogidas formó un ramillete, y con una sonrisa en la cara se disponía a regresar, pero el sonido de ramas rompiéndose la puso en alerta. Levantó la vista hacía el horizonte, pero no le gustó lo que vio.

Unos profundos y brillantes ojos dorados la miraban.

No lograba divisar a la criatura que se ocultaba entre la sombra de los árboles y la oscuridad de la noche. Y eso le aterraba. Toda esa situación.

Briëlle notó como un escalofrío recorría su espina dorsal y se quedó inmóvil durante unos segundos, pero después, poco a poco, con mucha parsimonia y sin realizar ningún movimiento brusco, comenzó a andar de espaldas para volver al campamento, pero cuando ella retrocedía, la criatura se acercaba. Entonces se quedó quieta, para ver si ese ser también hacía lo mismo.

- Quizás es inofensivo y solo juega a imitarme – pensó

Pronto se arrepintió de pensar eso, pues el ser continuaba acercándose con lentitud a ella.

Sabía que sería un error, pero igualmente decidió hacerlo. Con brusquedad se dio la vuelta y comenzó a correr lo más rápido que pudo. Y se arrepintió de nuevo.

En un abrir y cerrar de ojos la criatura saltó de su escondite y ahora estaba en su camino, impidiéndole avanzar, y la chica se encontraba indefensa en el suelo, pues por la sorpresa se había caído. Entonces pudo divisar a la criatura que se encontraba en el claro con ella.

Era un lobo de gran tamaño, de casi metro sesenta de alto y dos de largo, pero con una musculatura mucho más prominente. Tenía una especie de pequeña cresta que recorría toda la espalda de color gris claro y su pelaje era totalmente blanco.

Briëlle creyó que se trataba de un huargo, pues se parecían a las adaptaciones que había visto en series como 'Juego de Tronos' o en las películas de 'El Hobbit', pero se dio cuenta que estaba equivocada, o por lo menos en parte. La diferencia es que la criatura que ante ella estaba poseía unos colmillos de gran tamaño que sobresalían de la mandíbula, lo que le recordó a los tigres dientes de sable.

Sea lo que fuere, esa bestia la miraba fijamente y no le permitía avanzar, pero hay que reconocer que aunque quisiera hacerlo no podría, pues el miedo la había paralizado.

Quería gritar pidiendo auxilio, pero las palabras no salían.

La criatura se acercó a ella, poco a poco. Briëlle quería gritar pero no podía, y se maldecía por haber sido insensata y no haber cogido ningún arma. No habría hecho mucho, pero por lo menos no se sentiría tan desprotegida como ahora y podría haber intentado ahuyentarlo. Lo único que hizo fue cerrar los ojos, ladear la cabeza y rezar a Dios que le ayudase a que ese ser la dejase en paz. Aun con los ojos cerrados notaba el hocio de la criatura muy cerca de su cara, exhalando un aliento cálido y de fuerte olor, y olisqueándola.

Inesperadamente, una extraña voz, ronca y profunda, resonó en la cabeza de Briëlle.

- Erallys.

Briëlle abrió lo ojos y vio que la criatura, con semblante serio y aura intimidante, retrocedía. Clavó sus profundos ojos dorados en los violáceos de ella y se apartó del camino, dando la vuelta y marchándose con tranquilidad. La joven siguió a la criatura con la mirada hasta que su figura desapareció entre la maleza y la oscuridad nocturna.

Con la respiración acelerada, la chica se quedó en el suelo unos minutos, intentando asimilar lo ocurrido. Notaba como las piernas y las manos le temblaban, la boca se le había secado y tenía ganas de llorar. Respiró hondo e intentó tranquilizarse, pronto se dió cuenta que debía dejar de lamentarse y que era mejor volver cuanto antes al campamento. Se levantó, recogió las flores y se dirigió a su tienda.

Ahora sí le sería imposible conciliar el sueño.

Por la mañana ambos se levantaron y continuaron el camino de vuelta a la guardia en paz. A pesar de todo lo sucedido la noche pasada la chica pudo dormir, aunque tardó, pues se preguntó a si misma si sería conveniente contarle lo sucedido a Thuriel, pero decidió no hacerlo. La mayoría de la gente que la rodeaba no le contaba las cosas ¿por qué ella iba a hacerlo? Al fin y al cabo, también tenía derecho a tener secretos.

Caminaron y caminaron por los senderos del bosque, abandonaron Brighenn y se adentraron en el bosque que limitaba con la Guardia de Eel. Cada vez se acercaban más a su destino, hasta que Thuriel se paró en seco, y con él, Briëlle.

- ¿Ocurre algo? - preguntó

- Creo que algo no va b... - antes de que pudiera terminar la frase, un estruendo puso en alerta a ambos.

Aquel alboroto provenía del borde del bosque.