Los personajes de esta historia no me pertenecen, son propiedad de Rumiko Takahashi autora de "InuYasha: un cuento feudal de hadas"

Sonfic de "Aún pienso en ti de Playa limbo" y de "Si puedo volverte a ver de Benny Ibarra"


Capitulo 7

Entonces despierto, siento mi cabeza húmeda por el sudor, aún me siento mareado y no puedo mover las manos. Miro a mi alrededor, todo está borroso por lo que decido dirigir mi mirada hacia el techo para que la luz blanca del foco me ayude a recobrar poco a poco la visibilidad, me doy cuenta que estoy en la camilla de emergencias de la enfermería del edificio, con mi mano vendada y éste terrible dolor de cabeza. Miroku, quien se encuentra sentado a mi lado dice que de pronto me desmayé y el corrió por ayuda.

—Mierda… —susurro con la garganta seca.

Lo pude haber tenido todo, pero justo ahora no me queda nada. No importa cuánto quiera, cuánto esté dispuesto a dar. Jamás podré volver a verte.

Subir aquellos numerosos escalones jamás me había costado tanto como lo estaba haciendo justo ahora. Aún me duele cabeza, lo último que recuerdo es mi sangre escurrir de entre mis dedos mientras yo no dejaba de gritar el nombre de aquella mujer…

De mi brazo izquierdo siento el agarre posesivo de Kikyo quien me acompaña a subir las escaleras, su mirada hacia el frente luce apagada, distante, triste. Me gustaría saber qué es lo que pasa por su mente, quisiera evitar a toda costa que ella también sufra. Pero me es imposible, me he quedado sin fuerza alguna. En menos de lo que puedo seguir perdido en mis pensamientos llegamos a la cima de aquellas escaleras. El silencio que se siente realmente me aturde, detengo mi caminata hacia la casa de los Higurashi y dirijo mi mirada hacia mi esposa, quien no aparta su mirada del frente esperando a que decida continuar hacia nuestro destino.

—Kikyo… —susurro con voz apagada, ella no me dirige la mirada pero suelta un suspiro que me hace saber que me escucha—. Mírame, por favor —ruego llevando mi mano hasta su mentón, ella se aparta de mí y sigue su camino sola hacia el templo. Me destroza el corazón pero no por su desaire, sino porque sé que ella también está sufriendo mucho.

La noche promete ser larga y muy abrumadora, mi mirada se centra en el Goshimboku, su porte es igual de depresivo y lúgubre que el de cualquier otra persona presente ahora mismo. Me pregunto si él se siente igual de desconcertado que yo ante nuestra realidad. Kagome ya no está.

Camino yo también hacia las puertas principales del templo, donde varias personas se encuentran reunidas. Algunas murmurando y muchas otras en completo silencio y expresión depresiva, cuánta gente apreciaba a Kagome, y cómo no, ella era una persona realmente especial. Y ahora sé que no sólo para mí lo era…

Justo en la entrada la madre de Kagome recibe a los asistentes, agradeciendo que acompañen a su amada hija, me dirige una mirada llena de ternura y tristeza. Una mirada que me llena de nostalgia. Me acerco hasta ella y sujeto su mano, ella la aprisiona con ternura y me dedica una sonrisa llana, de esas que anuncian que se está por llorar.

—Perdóneme —suplico con la voz apagada—. Le prometí cuidarla. Sólo perdóneme.

Ella me abraza con fuerza y yo correspondo su abrazo. Ahora me siento más ligero pero aún siento una enorme carga en mi espalda. Me alejo de ella y a lo lejos observo a Koga, su semblante es tranquilo, sigue transmitiendo una gran pena pero se ve convencido a salir adelante por su hija.

—Ya pensaba en salir a cazarte, imbécil —me reclama por llegar tan noche.

—No iba a fallarle —me defiendo de Koga mientras camino hacia adentro del templo—. No de nuevo.

Reconozco muchos rostros de los presentes, viejos amigos que vienen a despedirse de Kagome. Entre todas las cabezas alcanzo a ver a Sango siendo abrazada muy fuertemente por su esposo. Su rostro refleja una desolación y tristeza profundas. Se ve que pasó toda la noche sin parar de llorar, y siento una envidia terrible pues Sango si es lo suficientemente fuerte como para derramar lágrimas, mientras que yo soy tan débil que no he podido derramar ni una sola. Ni la más pequeña de las lágrimas. Me acerco a mis amigos y tomo de la mano a Sango, buscando consolarla.

—No sabes, cuánto lo lamento —susurro con tranquilidad—. Porque sé que no sólo perdiste a una amiga, sino a una hermana.

Sango suelta a Miroku y me abraza con fuerza, ambos sentimos la profunda tristeza de que jamás volveremos a estar los cuatro amigos reunidos, al menos no en esta vida.

—No sientas la culpa de nada —me aconseja Sango sin dejar de abrazarme, yo siento como si todo el peso de mi cuerpo se fuera a mis pies—. Deja que con ella se vaya toda culpa, todo "Y si hubiera…" Yo sé que ella no quisiera que tú vivieras amarrado a un pasado así.

Siento mis ojos llenarse de lágrimas, mi mejor amiga me acaba de quitar el peso tan desgastante que sentía sobre mis hombros. Siento como Sango acerca a su marido para unirlo al abrazo y así los tres tratamos de llenar el vacío que deja Kagome en cada uno de nosotros. Miroku es el único que permanece entero, en silencio, mientras su esposa y yo lloramos con gran fuerza. Miroku y Kagome siempre fueron nuestros pilares y cables a tierra, saber que ahora todo ese trabajo ha recaído en mi amigo me hace desear que él nunca se derrumbe.

La noche pasa de manera lenta y triste, el sol comienza a salir pausadamente sintiendo un gran peso encima. No cabe duda, hasta el mismo cielo puede sentir la profunda tristeza que existe en este templo. La ceremonia fúnebre, siendo dirigida por el abuelo de Kagome, pasa de manera tranquila llegando pronto a su fin. Los restos de aquella mujer a la que amé con gran fuerza ahora descansan en un fino jarrón de porcelana decorado con flores violetas. Veo a su esposo abrazar con fuerza ese jarrón y llorar en silencio.

Koga merecía todo el amor de Kagome, eso jamás podré discutirlo, luchó por ella hasta los últimos momentos de su vida. Algo que yo no me atreví a hacer. Merecía que le perteneciera sólo a él, merecía ser el padre de la única hija que dejó Kagome en este mundo. Y aún así, a pesar de haber sido capaz de todo por ella, el destino fue injusto con él y lo sentenció al mismo destino que a mí: arrebatárnosla de golpe, sin derecho a volver a verla, jamás sentir su mirada de nuevo. Un vacío, es lo que justo ahora siento en mi pecho.

El abuelo Higurashi hace sonar una pequeña campañilla que me despierta de mi ensimismamiento. Hace sonar una vez más aquella campañilla y dirijo mi mirada hacia Koga quien camina a paso lento hacia el jardín trasero del templo, el pequeño cementerio de los Higurashi. Familiares y amigos comienzan a seguir a Koga, así que espero que el paso se despeje un poco para seguirlo yo también.

Siento una delicada mano colocarse en mi hombro, me doy la vuelta para ver de quién se trata, es mi esposa, Kikyo. La miro desconcertado, durante toda la ceremonia estuvo distante, pareciese que me estuviera evitando y ahora estaba a mi lado. No lo cuestioné más. La abracé con gran fuerza y ella me devolvió el abrazo. Si no merecía a Kagome, tampoco merecía a Kikyo. Ninguna de las dos debía de pasar por tanto sufrimiento, no siendo las excelentes mujeres que tuve la dicha de conocer.

—Lamento, que no supieras jugar bien tus cartas —susurra mi esposa en mi oído. Siento un escalofrío al tiempo que ella deshace aquel abrazo. Me dedica una melancólica sonrisa y se aleja de mí, siguiendo a la multitud. Trato de detenerla sosteniendo su brazo, pero ella me esquiva. Me ha tomado por sorpresa y no sé cómo reaccionar.

Pronto la sala queda vacía y trato de reunir el valor suficiente para salir al jardín, entonces escucho unos pequeños pasos acercarse a mí. Me doy la vuelta para ver de quien se trata, tengo que bajar bastante la mirada para poder observarla, Akemi, ella no reflejaba tristeza o dolor. Su rostro demostraba una confusión enorme, no entendía por qué tanta gente lloraba en la casa de su abuela y, lo más doloroso, no entendía dónde estaba ahora su mamá…

A veces la vida nos da mil vueltas, a veces nos quedamos sin saber qué camino tomar. Aunque no estés aquí siempre navegarás por la sangre del único recuerdo que dejas en este mundo. Y en mi historia permanecerá una gran parte de ti.

Continuará. ~