NdA: Pues ya se ha acabado! Espero que os haya gustado y muchísimas gracias a todos los que habéis comentado. Un beso muy grande a todos los amigos del fandom Drarry que me habéis seguido hasta aquí y otro para los lectores nuevos que he encontrado con este fic.

LLP

Capítulo 7

Jim se despertó con un jadeo sobresaltado y apagó la alarma de un manotazo. Los detalles de la pesadilla se estaban desvaneciendo rápidamente, pero aún recordaba cosas aisladas. Un vulcano, una mujer… Como su madre, pero no era realmente su madre, como solía suceder en los sueños. Jim se limpió las lágrimas de la cara, un poco sorprendido al encontrarlas allí, y salió de la cama.

Después de pasar por el baño y darse una ducha, se sintió mucho mejor. Sabía a qué se debía todo aquello: eran simples nervios del primer día. Jim se sirvió una taza de café y se preparó un par de tostadas con sus dos últimas rebanadas de pan. Mientras desayunaba, leyó las noticias, complacido al ver que las negociaciones de paz con el Imperio Romulano seguían adelante, aunque fuera muy poco a poco. Habría sido una pena que todos los esfuerzos del embajador Selek se hubieran dejado marchitar tras su muerte, algo prematura para un vulcano. Los klingon, sin embargo, seguían dando problemas. Jim estaba seguro de que se acabaría cruzando con ellos antes o después. En mitad de la lectura le llegó un video-mensaje de sus padres, los dos deseándole suerte y diciéndole lo orgullosos que estaban de él.

Treinta y dos años. El capitán más joven de la Flota Estelar.

Y la Enterprise… Oh, la Enterprise era la mejor nave de todas. Chris Pike había puesto el listón muy alto, pero Jim estaba dispuesto a demostrar que era digno de sucederle en esa silla de capitán.

Jim se despidió de su apartamento, que no vería en los próximos cinco años, y se fue al cuartel de la Flota Estelar. En el hangar de las lanzaderas, para su sorpresa, estaban esperándolo su hermano Sam, su mujer y sus hijos.

-¡Sam! –exclamó, yendo a abrazarlos-. ¿Qué hacéis aquí?

-¿Crees que vamos a dejar que te estrenes como capitán sin venir a desearte suerte? –Su hermano mayor se reía-. Además, tengo órdenes de papá y mamá: quieren una foto para inmortalizar el momento. Vamos, chicos, abrazad al tío Jim. Aurelan, tú también.

Jim sonrió para la foto, sin querer pensar que probablemente tampoco vería a su familia en esos cinco años. Sus padres estaban destinados en una base espacial cerca de Andoria; su hermano, Aurelan y los niños planeaban irse a una colonia terrestre. "Los Kirk tenemos nuestro hogar entre las estrellas", decía a veces su padre. Una creencia que los unía y los separaba a la vez.

Después de despedirse de ellos, se subió a su lanzadera, ya lista para el despegue. En esa ocasión, él era el único pasajero. Bien, eso le daba un último rato de paz y tranquilidad antes de empezar a actuar como un capitán y aprovechó para repasar la información sobre sus oficiales. Sólo conocía realmente a dos de ellos: Finney, con quien ya no tenía buena relación a pesar de la amistad que les había unido en el pasado y Gary Mitchell, un viejo amigo con el que ya había servido en un par de ocasiones. El propio Jim lo había pedido como timonel, bien consciente de sus habilidades. Y había otros dos de los que había oído hablar: el jefe de ingenieros Montgomery Scott, con su fama de hacer milagros, y, por supuesto, el señor Spock. El único híbrido vulcano-humano de la Federación y el único nativo de Vulcano de la Flota Estelar. Y según Chris, "el mejor oficial científico que he tenido jamás". Jim lo tendría también de primer oficial y aunque no todo el mundo se sentía cómodo junto a los vulcanos, él estaba impaciente por la oportunidad de trabajar mano a mano con uno. Le parecía adecuado, un humano y un vulcano juntos. ¿No era eso de lo que trataba la Federación?

La Enterprise apareció por fin ante él y Jim la observó con ojos maravillados, apreciando sus líneas estilizadas. Cuatrocientos treinta tripulantes, catorce laboratorios, capacidad para mantener una capacidad de crucero de warp 9 y un armamento capaz de destruir todo un planeta, en el caso inimaginable de que algo así fuera necesario. Su chica era tan preciosa como peligrosa. "Voy a cuidarte como te mereces", le prometió, mientras se acercaban más y más a ella.

La lanzadera entró en el hangar y las puertas se cerraron herméticamente a su paso. Jim esperó unos segundos hasta que finalizara la presurización de la sala y respiró hondo una vez más antes de salir de la lanzadera: había llegado el momento de la verdad. Mientras descendía por la rampa, la otra puerta se abrió, dejando pasar a alguien de rostro ascético y orejas puntiagudas que sólo podía ser el señor Spock.

Una sensación de intenso déjà vu lo dejó paralizado por un momento. Aquello ya había pasado, ya se conocían, ¿cómo podía ser?

-¿Capitán Kirk? Soy el teniente comandante Spock, su primer oficial. Bienvenido a la USS Enterprise.

Jim hizo lo posible por rehacerse y actuar con normalidad.

-Gracias, señor Spock.

-Si me acompaña, le presentaré al resto de la tripulación.

Jim asintió y echó a andar hacia la puerta por la que había salido el señor Spock mientras éste se colocaba a su derecha. Al otro lado le esperaba la tripulación al completo de la Enterprise, lista para la inspección. Su tripulación. Jim sonrió, contento y orgulloso, y fue saludando a los oficiales a medida que Spock se los iba presentando. Después pasó revista entre las filas del resto de la tripulación, todos en posición de firmes y guardando silencio; sin embargo, los hombres y mujeres con los que se detenía a hablar unos segundos tenían la mirada brillante y la sonrisa fácil. La disciplina no era tan severa como para aplastar su naturalidad y su entusiasmo: justo el equilibrio que le gustaba. Esperaba que eso siguiera igual bajo su mando.

Acompañado de Spock visitó la enfermería, el gimnasio, la sala del transportador, las salas de recreo. Jim no encontró nada fuera de su sitio, nada que enturbiara la sensación de estar viviendo el mejor sueño de su vida. Ni siquiera la seria inexpresividad de su primer oficial le incomodaba: no transmitía hostilidad ni altanería, sólo eficiencia y profesionalidad. Y cuando le llegó el turno a los laboratorios, hasta parecía un poco orgulloso de su equipo y todo.

La última visita fue a Ingeniería, donde el señor Scott estaba dando instrucciones a su alrededor con su espeso acento escocés.

-Tiene la sala impecable, señor Scott –le felicitó tras la inspección.

El hombre se hinchó visiblemente de orgullo.

-Sí, señor. Si usted quisiera, podría comer en el suelo.

Jim sonrió, pero su primer oficial habló antes de que él pudiera decir nada.

-¿Por qué querría el capitán comer en el suelo de la Sala de Ingeniería, señor Scott?

Parecía un reproche demasiado puntilloso y Jim estuvo a punto de corregirle con amabilidad, pero vio a tiempo que el vulcano estaba honestamente confundido y que había una pequeña sonrisa paciente en los labios de su ingeniero jefe.

-Es sólo una manera de hablar, señor Spock.

-Ah, entiendo. Mis disculpas, capitán, a veces los humanos utilizan expresiones en estándar con las que no estoy familiarizado.

-Las disculpas no son necesarias, señor Spock –contestó, reprimiendo una sonrisa. Se alegraba de no haber hablado demasiado pronto pues no sólo habría malinterpretado a Spock, sino que también se habría perdido un intercambio que había convertido a sus dos oficiales, especialmente al vulcano, en personas de carne y hueso.

Finalmente llegaron al puente. Jim saludó con la cabeza a todos los que estaban ya en sus puestos, intercambió un guiño de complicidad con Mitchell y se sentó en la silla del capitán. Dios. Ahí estaba. Era el capitán de la Enterprise.

Estaba listo para partir.


Los días siguientes fueron maravillosos y estresantes. Jim había servido bajo el mando de una docena de capitanes y aunque siempre había tratado de fijarse en lo que hacían, nada lo había preparado para la realidad. El peso de la responsabilidad siempre estaba presente y lo cambiaba absolutamente todo. Cuatrocientas treinta vidas dependían de él. Podía escuchar los consejos de sus oficiales, pero al final, la última decisión, para bien o para mal, era la suya.

Jim pronto comprendió que Spock y él iban a entenderse aún mejor de lo que se había atrevido a desear. Spock cumplía con todas sus obligaciones como oficial científico y primer oficial con eficiencia vulcaniana, pero eso era de esperar. Los pequeños detalles significaban mucho más. El atisbo de sonrisa en sus labios cuando Jim citó a Shakespeare y Spock identificó la cita al instante, como si fuera un juego. La pasión escondida en su tono de voz cuando hablaba de los experimentos que habían llevado a cabo durante todos aquellos años y su sutil satisfacción cuando Jim demostró un interés personal y sincero por alguno de ellos. Su expresión de intrigado desconcierto cuando algún humano –incluido el propio Jim- hacía algo que resultaba ilógico para un vulcano, una situación que se repetía al menos una docena de veces al día. Spock, sencillamente, le caía bien y le interesaba y hasta donde podía decir, ese sentimiento era correspondido. Jim había tenido la misma sensación al conocer a Bones y ahora era su mejor amigo.

Después de sólo tres días de viaje la Flota Estelar se puso en contacto con ellos para ordenarles que fueran al sistema Ross 240, donde había un planeta de clase M habitado por una raza humanoide pre-curvatura, capaces solo de viajes interplanetarios, y monitorizaran los asteroides que orbitaban la estrella para asegurarse de que no había ninguno que fuera a convertirse en un peligro. Cuando llegaron al planeta, Spock y el departamento de ciencias se pusieron manos a la obra y aprovechando la tranquilidad, Jim se obligó a encarar todo el papeleo atrasado. Al cabo de un rato, sonó su intercomunicador.

-Spock al capitán Kirk.

-Kirk aquí. ¿Qué ocurre, señor Spock?

-Le necesitamos en el puente.

Si hubiera sido algo peligroso Spock habría activado ya la alarma roja, pero debía de haber visto algo que se salía de lo normal. Intrigado (y un poco agradecido, a decir verdad), Jim dejó el papeleo y se dirigió al puente. Spock estaba sentado en la silla del capitán, pero se levantó con un movimiento fluido en cuanto lo vio entrar.

-Capitán, hemos descubierto que los Jah'magn han enviado una nave interplanetaria tripulada de camino al planeta vecino. Según nuestros sensores, tras el satélite de dicho planeta se oculta una nave estelar. Aunque no podemos determinar su origen, la teniente Uhura ha captado comunicaciones en una de las subfrecuencias habituales del Sindicato de Orión.

Jim frunció el ceño y miró a la teniente, recién ascendida del turno Gamma.

-Hay mucha estática, señor, pero creo que he captado algunas palabras en uno de sus dialectos.

Ayudarlos abiertamente estaba fuera de toda discusión. Los Jah'magn todavía no habían desarrollado la capacidad de viajar a velocidades superiores a la luz y por lo tanto se les aplicaba la Primera Directiva: la Enterprise no podía entrar en contacto con ellos. Sin embargo, la mera idea de dejarlos caer en manos de aquellos esclavistas le daba sarpullidos.

-Deben saber que estamos aquí –dijo Jim, pensando en voz alta. Normalmente, las naves del sindicato de Orión evitaban los enfrentamientos con las naves de la capacidad de la Enterprise y le extrañaba que no se hubieran marchado ya.

-Sólo los hemos descubierto gracias a la última actualización del sistema de sensores –dijo Spock-. Hace sólo unas semanas no habríamos sido capaces de detectarlos. Es probable que piensen que no sabemos que están ahí.

Jim tomó una decisión.

-Señor Mitchell, calcule un rumbo que nos coloque justo enfrente de la nave del sindicato. –El planeta también les serviría a ellos de escudo para no ser vistos por la nave de los Jah'magn. Jim apretó la alerta naranja y abrió el intercomunicador general-. Aquí Kirk, todos a sus puestos. Repito, todos a sus puestos.

-Listo, señor –dijo Mitchell.

-Warp cinco, señor Vázquez –le dijo al piloto-. Ahora.

-Sí, señor.

A esa velocidad y distancia, la Enterprise llegó a su destino en menos de un minuto.

-Los tenemos a mil kilómetros de distancia, señor –dijo Spock al momento, inclinado sobre su consola-. Nuestros sensores indican la presencia de treinta y cinco formas de vida a bordo.

Ya tenían prisioneros.

-Fijen fásers en sus motores warp, señor Vázquez.

-Fásers fijados y listos, capitán.

-Fuego.

Los cañones fásers dispararon y se estrellaron contra el escudo de la nave de esclavos, que resistió el ataque. Jim repitió la orden y la segunda andanada atravesó los escudos y alcanzó su objetivo. Jim hizo una mueca: ahora ya no podían escapar.

-Nos llaman, señor –dijo la teniente Uhura.

Jim le hizo un gesto para que esperara y avisó al señor Scott por el intercomunicador.

-Aquí Scotty.

-Reúna un equipo de seguridad y empiece a organizar el transporte de prisioneros.

-Sí, señor.

Tras avisar también al doctor Piper, Jim se arrellanó en su silla de capitán, consciente del modo en el que le latía el corazón, de la adrenalina.

-Conecte con ellos y pase a pantalla, teniente.

Un tipo furioso de color verde como una lima apareció en la pantalla.

-¿Cómo se atreve? ¡Esto no es espacio de la Federación!

-No, no lo es –dijo Jim con afabilidad-. Señor Spock, ¿qué puede decirnos de esas formas de vida que hemos detectado a bordo de la nave de estos caballeros?

-Hay siete humanos, dos tellaritas y dos vulcanos, capitán.

-Once habitantes de la Federación… como mínimo. –Jim abandonó sus pretensiones de amabilidad-. Por eso me atrevo.


Menos de un día después, los traficantes de esclavos y los prisioneros rescatados fueron depositados en la base espacial más cercana. No había habido bajas, los prisioneros estaban traumatizados, pero no habían sufrido demasiados daños físicos y Jim, en definitiva, estaba de muy buen humor por el éxito de su primera misión.

-Nos merecemos un pequeño descanso, señor Spock. Dígame, ¿qué hacen los vulcanos para divertirse?

Su primer oficial ladeó ligeramente la cabeza y Jim podría haber jurado que había casi un atisbo de indulgencia en su expresión.

-Los vulcanos no nos divertimos, señor.

-¿No tienen deportes ni juegos?

-Practicamos artes marciales para mantenernos en forma mental y físicamente. También ejercitamos el cerebro con juegos de lógica y estrategia.

Jim sonrió para sus adentros, sintiendo que había hecho un importante descubrimiento: a veces las diferencias entre humanos y vulcanos eran puramente nominales.

-Así que ejercitan el cerebro con juegos de lógica y estrategia, ¿eh? –repitió lentamente, con un punto de ironía que no sabía si Spock captaría o no-. ¿Puede que uno de esos juegos sea el ajedrez tridimensional?

Spock lo miró inquisitivamente.

-¿Usted juega, capitán?

-Cuando tengo ocasión. ¿Qué le parece si jugamos una partida esta noche después de la cena?

-Encuentro su propuesta interesante.

Jim le sonrió más abiertamente, satisfecho con su respuesta.

-Entonces nos veremos allí esta noche, señor Spock.


-Jim, hay partida de poker esta noche en el camarote de Scotty –le dijo Mitchell después de cenar-. ¿Quieres venir?

-No, gracias, he quedado con Spock para jugar al ajedrez.

Además, todos se contenían un poco cuando él andaba cerca. Era inevitable, siendo el capitán y todo eso, pero echaba de menos la camaradería con los muchachos. Por suerte el doctor Piper se jubilaría en pocas semanas y él podría pedir a Bones como oficial médico: mientras Mitchell estuviera con sus compañeros y bebiendo el whisky de la destilería extraoficial de Scotty (y acostándose con media nave, si los rumores eran ciertos), él podría tomarse una copa con Bones y rememorar viejos tiempos.

-Todavía eres un empollón, ¿eh? –bromeó Mitchell.

-No me ha ido mal.

-Bueno, espero que dejes a la Tierra en buen lugar.

Sonriendo, Jim se despidió de él y se fue a reunirse con Spock en una de las salas de recreo. El vulcano ya estaba allí, preparando las fichas en el tablero. Mientras se acercaba a él, Jim observó a la gente en el resto de las mesas. Había un par de partidas de ajedrez más en marcha, algunos grupos jugando a las cartas, otros que miraban cosas en sus terminales de ordenador y otros que, simplemente, charlaban animadamente. Buen ambiente. En una misión de cinco años, resultaba más importante que nunca.

Spock y él se pusieron a jugar. Jim no había perdido en más de siete años, pero pronto comprendió que estaba frente a alguien que podía acabar su buena racha. Un reto, al fin. Spock también parecía complacido por la dificultad, un detalle que aumentó la simpatía que Jim sentía por él.

-Spock, hay algo que quería preguntarle. Conoció al embajador Selek, ¿verdad?

-Sí. Pertenecía a mi clan.

-Soy un gran admirador de su trabajo con los romulanos. Su muerte fue una gran pérdida. –Spock asintió con la vista puesta en el tablero-. Me habría gustado mucho conocerlo en persona. ¿Era tan brillante como parecía?

Spock alzó los ojos y se lo quedó mirando con una expresión casi… suave.

-No soy el más indicado para decirlo, capitán. Sin embargo, creo poder afirmar que el embajador Selek también le habría considerado a usted una compañía interesante.

-Vaya, gracias. Y llámeme Jim, no estamos de servicio. –La ficha que Spock estaba a punto de mover se escapó de sus dedos, tirando dos más. Y Spock, su imperturbable oficial vulcano, lo miraba como si hubiera visto un fantasma-. ¿Qué ocurre?

-Jim –repitió Spock, con voz ahogada-. ¿No… no prefiere James?

-No, en realidad todo el mundo me llama Jim –contestó Jim, bastante extrañado por todo aquello-. ¿Por qué? ¿Hay algún tabú vulcano sobre los nombres de pila?

-No, no. –El color estaba volviendo a su rostro, tiñendo sus mejillas de un delicado color verde-. Yo también estaba interesado en el trabajo diplomático del embajador Selek. Lo considero un ejemplo a seguir en muchos sentidos. Mi trabajo a bordo de la Enterprise no me permitió hablar con él tanto como habría querido, pero nuestras conversaciones tuvieron mucha influencia en mí.

A Jim no le pasó inadvertido que Spock estaba tratando de distraerlo hablándole de Selek, pero no vio razón para no dejarlo correr. No parecía importante.


Durante una misión, Gary Mitchell murió.

No. No murió. Jim lo mató. Tuvo que hacerlo porque una energía extraña había empezado a transformarlo en una criatura de increíble poder y deseos de dominar la galaxia. Porque ya había matado, porque había preparado una tumba para Jim. Y Jim tuvo que hacerlo caer en su lugar y enterrarlo bajo una lluvia de rocas, incluida una a modo de losa que debía pesar una tonelada.

Cuando regresó a la nave, Jim se tomó un momento en su camarote para lamentar su pérdida, la todos los que habían caído en esa misión desastrosa, y luego apretó los dientes y volvió al puente para actuar como un capitán, poniendo su trabajo por encima de todo. Spock le cedió el sillón mientras le dirigía una mirada inquisitiva, como preguntándole sin palabras si estaba bien. Qué papel más difícil había tenido en aquella misión… Había habido momentos en los que Jim ni siquiera había podido soportar su presencia, dolido y furioso por la insistencia de Spock en que debían acabar con Gary antes de que fuera imparable. Pero había tenido razón desde el principio y ahora que lo veía claramente, Jim apreciaba que el vulcano hubiera estado dispuesto a decirle la verdad, por fea que fuera, y a mantenerse en su posición a pesar del rechazo que sus palabras creaban en todos.

Jim grabó el informe de la misión y anotó que tanto Gary como la doctora Dehner, que había sido afectada por la misma energía extraña, habían muerto en el cumplimiento del deber.

-Quiero que su hoja de servicios acabe así –le dijo a Spock, que después de comprobar un par de cosas en su puesto había vuelto a acercarse a la silla de capitán-. Él no pidió nada de lo que le pasó.

-Yo también lo siento por él.

No había esperado esa respuesta y al mirarlo, Jim se dio cuenta de que Spock realmente lamentaba la muerte de Mitchell y quiso creer que aquella pequeña admisión de emoción era una manera de compensarlo por la pérdida que acababa de sufrir.

-Creo que aún tiene remedio después de todo, señor Spock –dijo, con una pequeña sonrisa.

El vulcano se giró hacia él y Jim podría haber jurado que los labios de Spock se curvaban ligeramente hacia arriba. Algo en aquel intercambio le hizo sentirse un poco mejor. Igual que Spock, él también había tenido que tomar una decisión dolorosa y difícil. Y al final, la había tomado.

Gary, el Gary que él había conocido, se lo habría agradecido. No habría querido acabar convertido en un dios déspota y cruel.

Jim estuvo el resto del día ocupado –y esforzándose por mantenerse ocupado-, pero decidió irse a dormir temprano, aprovechando que la nave estaba tranquila, en ruta hacia la base estelar en la que tenían que dejar al doctor Piper y recoger a Bones, dentro de una semana. En cuanto se metió en la cama y apagó la luz empezó a pensar en Gary, en lo que le había sucedido, y se sintió de nuevo invadido por la pena. Iba a echarlo terriblemente de menos, habían pasado por tantas cosas juntos... Jim se dejó llevar por el dolor unos minutos y después respiró hondo y luchó contra él, sabiendo que era lo que debía hacer. Gary no era el primer amigo que veía morir durante una misión. Sirviendo en la Farragut, por culpa de aquella extraña nube-criatura, había perdido a una docena. Todos sabían a qué se arriesgaban cuando se alistaban.

Le costó, pero al final se quedó dormido.

Y llegó la pesadilla.

Estaba en medio de una montaña, de noche. Parecía la Tierra, aunque sus ropas eran muy antiguas. Y estaba cavando una tumba, en shock. La tumba de Spock. Jim quería aullar de dolor, llorar hasta acabar con todas las lágrimas del mundo, pero todo lo que podía hacer era seguir cavando con gestos mecánicos de robot. El cadáver de Spock estaba envuelto por completo en una manta. Cuando terminó, Jim salió del agujero por el lado que había dejado con una pequeña inclinación. Sus manos temblaron cuando fue a alzar el cadáver para bajarlo a la tumba. No podía pensar en lo que estaba haciendo; si lo pensaba, no sería capaz de seguir adelante. Así que lo hizo deslizarse hasta el fondo del agujero y sin mirar, casi con los ojos cerrados, empezó a echar la tierra por encima, sintiendo que el ruido que hacía al caer sobre el cadáver iba a perseguirlo para siempre.

Jim se despertó llorando como no había llorado en la vida. Sólo podía pensar en Spock, en su muerte innecesaria, estúpida y en el vacío terrible que había dejado tras él. Hecho una bola sobre la cama, los sollozos le arrancaban gemidos de la garganta. No había nada más excepto dolor, hasta que poco a poco la realidad empezó a filtrarse en su agonía. ¿Una pesadilla? ¿Estaba Spock vivo?

-¡Capitán! –A Jim le dio un vuelco el corazón: era Spock. Entró en su habitación sin esperar su permiso, vestido con ropa de dormir y con aspecto de haber llegado hasta allí corriendo y con la misma urgencia se plantó delante de su cama en dos zancadas, claramente alarmado-. Jim, ¿estás bien?

Jim le sujetó el brazo. Real, era real, Spock estaba allí.

-Estás vivo.

-Sí, por supuesto.

Sí, estaba allí y probablemente pensaba que su capitán había perdido el juicio. El alivio de verlo sano y salvo se mezcló rápidamente con el horror y la vergüenza de estar llorando sin motivos delante de su primer oficial y Jim le soltó el brazo a toda prisa. Le costó más de lo que esperaba.

-No sé qué me pasa… –Se secó las lágrimas con la mano, abochornado. ¿Qué bicho le había picado? Ni siquiera había llorado así después de lo de Tarsus IV-. No entiendo…

Pero su primer oficial no le recomendó una visita urgente al doctor Piper.

-Está ocurriendo algo extraño. He sentido tus emociones y eso no debería ser posible sin un… -Spock abrió los ojos de par en par y soltó una exclamación en vulcano.

-¿Sin un qué? ¿Qué ocurre?

Spock se rehízo rápidamente de su sorpresa y su rostro recuperó su seriedad habitual, pero parecía demasiado ocupado encajando datos en su cabeza como para contestarle. Justo cuando Jim, impaciente, iba a usar el rango para exigir una respuesta, Spock se sentó en la cama cara a él.

-Jim, tengo una teoría acerca de lo que está pasando, pero necesito mirar en tu mente para ver si es correcta.

-¿Mirar en mi mente? –exclamó, algo alarmado-. ¿Y qué teoría es esa?

-Capitán… Jim, confía en mí. Si tengo razón, y creo que la tengo, esto lo aclarará todo. Tienes mi palabra de que respetaré tu privacidad.

Y aunque sólo habían pasado tres meses desde que se habían conocido, Jim descubrió que sí, podía confiar en Spock hasta ese punto.

-De acuerdo.

Spock puso la punta de sus dedos sobre el rostro de Jim.

-Tu mente a mi mente. Tus pensamientos a mis pensamientos.

Y todo cambió.

Están en el Nueva York de principios del siglo XXI. Apuestan, ganan dinero, alquilan una casa en Brooklyn. Rose, la amable Rose. Spock y su plan. Podemos avisar a Vulcano para que detengan a Nero. Seis mil millones de vidas. Su padre. Oh, Spock, Spock, ¿es que no entiendes todo lo que significas para mí? Angustia. Éxtasis. Nunca se ha sentido tan amado, tan seguro, tan completo. Tan feliz. Mulder y Scully. Museos. Nuestro vínculo Una pena tan grande al pensar que todo aquello se perdería. Hay que seguir adelante. Aquellos estúpidos chicos. No, no, no… Spock muerto bajo el cielo negro, sin suficientes estrellas. El plan arruinado. La tumba, la sangre verde en sus uñas, el agujero en su alma. Salvar a Spock, salvar a Spock, salvar a Spock. Una visita, una esperanza, una carta con el poder de arreglarlo todo. Y Jim llora al marcharse, rogando para encontrarse a Spock al otro lado del portal.

Cuando Spock rompió la conexión, Jim volvía a llorar, aferrado a él, pero esta vez ya no le importaba. Esta vez lo entendía.

-Spock… No sabía si funcionaría… No sabía si podría volver a verte alguna vez…

Spock le devolvía el abrazo, casi meciéndolo entre sus brazos, y Jim notó sus labios besándole el pelo una y otra vez.

-Sssht… Lo hiciste, Jim. Lo conseguiste. Fuiste tan listo… Mi madre recibió la carta. Me salvaste y salvaste Vulcano.

-Estás aquí… Estás aquí…

Lo besó, tenía que hacerlo: un beso salado, ansioso, feliz. Sabía familiar, pero también a primera vez. Spock le acarició la mejilla con dos dedos y Jim sintió su alegría, su asombro. El beso se volvió más intenso y Jim se aferró a las solapas de su bata con extrañas inscripciones vulcanas, aunque lo que quería era deslizarla sobre sus hombros, quitarle la camiseta negra que llevaba debajo, lamer cada centímetro de su cuerpo y sobre todo, no volver a separarse de él jamás. Al mismo tiempo, una parte de su mente insistió en entender lo que estaba pasando. ¿Era él realmente quien quería aquello o el Jim que había estado en el pasado con Spock? Todo era tan confuso…

-Estos sentimientos, Spock… ¿son reales? –preguntó, apoyando su frente contra la de él-. Estoy enamorado de ti, pero sé que no lo estaba hace sólo unas horas.

-Nuestro vínculo es real. No había notado su presencia hasta ahora, con tu pesadilla, pero sé que no podría existir si los sentimientos que lo han creado no fueran reales. Veo que las cosas que me llevaron a… amarte en esa otra línea temporal son cosas que ya había empezado a descubrir y apreciar en esta.

Sí, las líneas temporales… Lo había estado enfocando mal, ahora lo comprendía. Lo que estaba pasando ahora entre ellos no era un principio, era una continuación. Llevaban amándose desde hacía mucho, mucho tiempo. Y se amarían durante mucho tiempo más.

-Es el destino –murmuró.

-Nuestro mejor destino –dijo Spock a su vez.

Jim se echó a reír, feliz, y lo besó con fuerza, pasando los dedos por su pelo corto. Era la única diferencia porque sabía como lo recordaba, olía como lo recordaba. Pero en medio del beso, mientras Spock se colocaba a horcajadas sobre él, comprendió un detalle que se le había pasado por alto.

-Eh, un momento… ¡Esta no es la línea temporal original! Es imposible que tuviéramos esta conversación la primera vez. Y el incidente de la Narada se estudia en la Academia. Lo poco que se sabe de él, al menos.

Realmente la Flota Estelar se había tomado en serio aquella advertencia. Había sido imposible ocultarlo del todo, claro. No siempre se reúnen cinco naves de la clase Constitución, doce cruceros de guerra vulcanos, dos artilleros andorianos y cuatro equipos de cazas de la Flota Estelar a dos pasos del Imperio Klingon. Pero los libros sólo hablaban de que el objetivo había sido detener a una nave llamada Narada. Siempre había sentido curiosidad por conocer toda la historia.

-Eso es correcto –dijo Spock, tan tranquilo.

-¿Tú lo sabías?

Quiso sentirse un poco traicionado, pero Spock le empezó a contestar mientras le besaba por toda la cara, por el cuello.

-Sabía que vivíamos en una línea temporal alterada porque mi madre me contó el contenido de la carta cuando tenía catorce años. Por lo tanto, sabía también que el salvador de Vulcano era un humano llamado Jim, pero no sabía que eras tú hasta el día que descubrí que te llamabas a ti mismo Jim y no James. En el 2015 no lo entendí correctamente. La verdad es que nunca tuvimos una oportunidad de restaurar la línea temporal original. Nero la hizo desaparecer al atravesar ese agujero temporal. Sólo era posible sustituir la que él había creado por otra distinta e intentar que fuera lo más parecida posible a la original.

A pesar de las distracciones, Jim lo entendió enseguida.

-Porque cualquier interferencia nuestra, incluso la más mínima, ya habría sido algo que no existió la primera vez de todas.

-Afirmativo –contestó, mientras le quitaba la camiseta.

Jim se acordó del embajador Selek. Y pensar que esos últimos años había estado admirando a Spock sin saberlo…

-¿La paz con los romulanos? –dijo, ayudando a Spock a deshacerse de sus pantalones.

Ya desnudo, Spock volvió a colocarse a horcajadas sobre él y se detuvo para acariciarlo con una expresión tierna que borraba por completo la severidad angulosa de su rostro.

-Él me hizo ver que la lógica es el principio de la sabiduría, no el final. Y que hay emociones que vale la pena sentir. –Sus dedos chisporroteaban con amor casi reverente-. Quería que yo entendiera que compartir mi vida contigo es un regalo, Jim. Mi privilegio.

-Spock…

Jim había estado enamorado otras veces, había coqueteado un millón más y siempre había sabido qué decir. Una sonrisa, un "qué hermosa eres", un "me haces muy feliz". Esta vez, las palabras le fallaban. Jim sujetó la mano de Spock, la llevó con la palma abierta hacia uno de los lados de su propia cara, y trató de proyectar todos sus sentimientos, los que había recuperado de la otra línea temporal, los que ya habían nacido en esta. Quería que supiera que lo amaba todo de él: su inteligencia, sus cifras aproximadas de cuatro decimales, su sentido del humor, subterráneo como el agua de Vulcano, su lealtad, su desconcierto ante algunas expresiones humanas, su respeto por la vida, incluso la hostil. Spock hablaba de privilegios, pero era él quien se sentía afortunado por tenerlo a su lado como amigo, como primer oficial, como amante. Era él a quien el Universo le había dicho: "eh, Jim, me caes bien, aquí tienes a este vulcano maravilloso, complicado, adorable, exasperante y perfecto, de nada".

Spock, que había movido sus dedos para colocarlos en los puntos adecuados, esbozó una ligerísima sonrisa y lo besó lenta, posesivamente.

-No creo que el Universo sea capaz de hablar contigo o hacer esa clase de razonamientos.

-Entonces te equivocas porque eso es exactamente lo que pasó.

-¿Eres feliz, entonces? ¿Estás satisfecho con la línea temporal que creamos?

No había sido perfecta. Había visto morir gente a la que quizás, sólo quizás, podían salvar con el portal de los malgasianos. Incluidos los que habían muerto horas atrás en Delta Vega. Pero la vida nunca era perfecta, no podía serlo. Y si se obsesionaban con la posibilidad de salvar las vidas del pasado, no tendrían fuerzas ni tiempo para salvar las vidas del futuro.

Además estaba donde quería estar, con quien quería estar. Era hora de mirar hacia adelante. Jim le echó los brazos al cuello para atraerlo hacia él y dejó que esa fuera toda su respuesta.


Cinco años después.

Vulcano era tan hermoso como en los recuerdos y sueños de Spock.

En su primera visita a ese planeta, Jim sólo había tenido ocasión de conocer la extraña construcción de piedra en la que se había casado formalmente con Spock y el interior de la alcoba en la que se las había visto con su primer pon farr. Apenas recuperados, habían vuelto a la Enterprise a toda prisa, él andando un poco raro y Spock todavía avergonzado por su absoluta falta de control, por natural que fuera: tenían órdenes de asistir a una estúpida ceremonia de inauguración en Altair VI porque la Federación quería allí a su nave estrella.

Políticos…

Esta vez era diferente. La Enterprise había vuelto a casa después de su largo viaje y estaba siendo reparada y actualizada en los muelles espaciales de San Francisco. Tardaría cinco o seis meses en estar lista para una nueva misión (una que pensaba capitanear, nada de despachos para él, gracias) y Spock y él no tenían nada que hacer en ese tiempo, excepto acudir a un par de ceremonias, dar alguna que otra conferencia y, sobre todo, descansar. Spock había expresado su deseo de viajar a Vulcano para ver a sus padres y a Jim le había parecido una buena manera de empezar sus vacaciones. Quería visitar el Monte Seleya, los volcanes, los pequeños mares interiores, los museos. Quería pasear por Shi'Kahr y conocer la escuela a la que había ido Spock, y que Amanda le enseñara fotos de Spock cuando era pequeño.

También querían presentar sus respetos a la tumba del embajador Spock.

Lo habían enterrado en las tierras familiares, junto a sus antepasados. Jim leyó con algo de dificultad la hermosa y complicada caligrafía vulcana. "Spock, hijo de Vulcano y de la Tierra, viajó por las estrellas y el tiempo y encontró su sol". Su propio Spock lo comparaba con el Sol lo suficiente como para que Jim comprendiera lo que quería decir aquella inscripción. Con un nudo en la garganta, le apretó disimuladamente la mano –en Vulcano era un gesto algo obsceno- y pensó en la tumba que había en la Tierra. ¿Tendría ese Spock también su otro Jim en el Más Allá?

-Los vulcanos no creemos en la vida después de la muerte, pero si existe, no creo que emparejar almas sea un problema.

-Mira, es el interior de mi cabeza, puedo ser todo lo ilógico que quiera.

Spock asintió ligeramente.

-Eso es justo.

Jim le dedicó una pequeña sonrisa, pero quizás por estar aún en el cementerio, no podía olvidarse por completo del tema.

-Visitaremos también la otra tumba cuando vayamos a la Tierra.

-Por supuesto.

Spock había comunicado a sus padres las coordenadas de aquella vieja, escondida sepultura, en cuanto la fusión mental entre Jim y él había revelado lo sucedido en el siglo XXI. Jim sabía que a Amanda le había faltado tiempo para ir a localizarla y cerciorarse de que los huesos estaban allí. Sin embargo, Spock había decidido que los restos de esa otra versión de sí mismo fueran trasladados al cementerio donde descansaba gran parte de su familia materna. A Jim también le había parecido adecuado, casi poético.

Decían que los vulcanos que visitaban la Tierra solían pasar por aquella tumba y depositaban sobre ella pequeñas placas de piedra con símbolos que representaban la filosofía de Surak, la ideología IDIC, el propio Vulcano.

Jim alzó la vista para mirar de reojo el rojizo, hinchado sol. Algún día, dentro de millones de años, engulliría a Vulcano igual que el Sol engulliría a la Tierra. Algún día, mucho antes, Spock y él morirían también y esa vez no habría líneas temporales a las que recurrir ni ases que sacarse de la manga en el último momento: la eternidad de la muerte alcanzaba a todo y a todos, tarde o temprano. Pero hasta entonces, uno al lado del otro, amarían, explorarían, llorarían, sufrirían, reirían. Hasta entonces, sencillamente, vivirían.

Y si existía la más mínima posibilidad, Jim estaba seguro de una cosa: incluso después de la muerte, fuera como fuera, volverían a encontrarse.

Fin


Elrick, lo disfrutarás, son más de 50 años de slash, jaja.

Leitorose, muchas gracias!

Dospiesizquierdos, lo entiendo, es un fandom muy grande y es un poco complicado saber por dónde hincarle el diente. De todos modos, me alegro de que estés disfrutando con el fic a pesar de todo. Muchas gracias!

Sjare, hola, guapísima, un saludo por aquí! Me alegra verte por este fic y saber que te está gustando. Eres un sol, gracias por comentar!

Enma, aquí tienes las respuestas a tus preguntas, jaja. Espero que te haya gustado el final, gracias por el comentario!

Kae chan, muchas gracias, justo estaba planeando subirlo ahora, así que no tendrás que esperar mucho, jaja.