Regina observó la cafetería y el movimiento de gente en ella. Todas caras sonrientes, con livianas charlas. Hacía ya un tiempo que Emma y ella habían salido públicamente como una pareja, y raramente las miradas curiosas y susurros indiscretos desaparecieron a la semana o dos.
Nueve meses transcurrieron desde que empezaron a estar juntas, y Regina no podía sentirse más serena. Miraba a Emma dando su pedido en el mostrador y sonrió inconscientemente. Era tan hermosa. Tan incorruptible. Regina podía sentirla y lo que ella sentía. Y notaba que era un buen día para ella. Bien, si era un buen día para Emma también lo era para Regina.
«... mamá. ¡Mamá!».
La llamada de Henry la hizo despertar de su ensimismamiento. No se veía avergonzada por el hecho de haber estado perdida mirando a Emma por unos completos cinco minutos.
«¿Sí, Henry?».
«Lo estás haciendo otra vez».
Regina frunció el ceño, confundida por su implicación.
«¿Haciendo qué?».
«Observando a mamá como si ella fuera un vaso de agua y estuvieras en el desierto».
«Muy gracioso, querido».
Pronto volvió Emma a su mesa y se sentó a su lado, ojeándolos con curiosidad.
«¿De qué hablan?».
«¡Nada!» se apuró a responder Regina, siendo la imagen de la inocencia.
Emma entrecerró los ojos un momento pero lo dejó pasar.
«Mamás, lo que quería decirles» empezó dando una mirada acentuada a Regina. «Está esta fiesta este finde y...»
«¿Quién la organiza?».
«¿Dónde es?» preguntaron Emma y Regina a la vez.
«¿Recuerdan Ava y Nicholas?».
«¿Hansel y Gretel?» la morena arqueó una ceja y su hijo asintió.
«Sí, y están invitando a todos en mi año. ¿Puedo ir? Por favor, por favorcito» rogó haciendo sus mejores ojos de cachorrito.
Las mujeres intercambiaron una mirada, mientras en su interior llevaban una conversación más compleja. En un momento, Regina le dio a Emma "la mirada" y unos segundos después ambas suspiraron.
«De acuerdo» dijeron. Antes de que Henry pueda chillar de alegría, Regina continuó: «pero vienes a casa temprano y nada de alcohol».
«Okay, okay...»
«¿Dónde es entonces?» preguntó Regina otra vez.
«Espera un segundo».
Henry sacó un bolígrafo azul de su mochila y miró a la mesa, luego a la mano de su madre. Acercó la mano a él antes de que Regina pudiera protestar y escribió en ella la dirección. Regina la ojeó y Emma se pegó a su hombro para leerla.
«Sabes, podrías simplemente haberla dicho, Henry. Yo creé el pueblo, después de todo. Sé dónde es aquí».
«Cierto, lo olvidé».
Un rato más tarde llegó el desayuno. Comieron y cada uno tomó su camino hacia el trabajo o estudio.
Era una rutina para ellas: se despertaban, duchaban, vestían juntas, iban a Granny's, mientras Henry iba a la escuela ambas iban a trabajar y regresaban para la cena, en la cual Mary Margaret y David solían autoinvitarse, no que las molestaban. De hecho, estaban más que cómodas con esa rutina, y sus beneficios, era familiar...normal. Después de tanta rareza y disgusto en sus vidas venía bien un poco de normalidad, dejando de lado el tema de la magia y el vínculo que sus almas compartían. Tampoco las molestaban.
Otra de las novedades: Mary Margaret estaba planeando un baile de invierno en Año Nuevo. En este ninguna tendría que aguantar los rasgos de casamentera de la madre de Emma, afortunadamente. De todos modos, Emma y Regina estaban menos que emocionadas por el baile. No era el tipo de escenario en el que se sentían cómodas, a decir verdad.
Regina suspiró, pensando que no tenía qué vestir para el evento que estaba a tan sólo unas noches de llegar, ahora hundiendo su cabeza en unos papeles y esperando su cita de las 10. Abrió un cajón a su derecha, pensativa como nunca, la cajita de terciopelo rojo siendo su más reciente tortura. Perfecto; así debía ser el momento. La idea del matrimonio había sido una tortura para ella siempre desde que Daniel murió (y tuvo que casarse con el rey), pero ahora, con Emma, casarse con ella sonaba como la más grande fantasía.
¿Qué diría ella? ¿Estaría eufórica? ¿O tal vez le tiraría el anillo por la cabeza, disgustada ante la idea de casarse? Porque esa era otra cuestión, nunca se sentaron a discutir sobre ello. Estaban bien como estaban. Sí, estaban bien así, ¿por qué cambiar la relación cuando no era necesario? Se trataba de un título. Un título que no colgaba real valor. Y si era así, ¿cuando era el problema de ser declaradas esposas?
Regina no podía estar más confundida. Dios, ¿y si estuvo pensando muy fuerte y Emma escuchó alguno de sus dramas? Se forzó a sí misma a relajarse, mientras oyó un golpe en la puerta. El reloj marcó las diez y ella había desperdiciado su poco tiempo de trabajo en aquéllas reflexiones que la llevaron a nada.
Permitió pasar al hombre, desbordando cortesía y elegancia y dejó perder su tren del pensamiento para regresar al 'modo negocios'. Intentó imposiblemente dejar el anillo en su cajón en el olvido, por media hora al menos.
Emma corría con emoción. Necesitaba contarle esto a Regina. Empujó la puerta y se adentró en la oficina, pero se detuvo en seco en la entrada.
«Oh, perdón» dijo a la morena y al hombre que la acompañaba.
La mirada de Regina podría matar. Aprendió la lección, no interrumpir, aunque no iría a en realidad seguir aquella lección. Poniendo los ojos en blanco cuando Emma sonrió nerviosamente, Regina intentó ocurrirse una excusa. Sin embargo, la tercera persona se adelantó.
«En realidad» dijo el hombre, agarrando una carpeta en su brazo. «Nuestra reunión acaba de finalizar».
«Cierto» carraspeó Regina.
Se levantó, pasando las manos por la falda para desvanecer invisibles arrugas, e hizo un gesto hacia la puerta. Cuando el hombre asintió y se dirigió allí, Regina rodeó el escritorio y lo acompañó. Se despidieron y ella cerró la puerta, girándose a Emma.
Para su sorpresa, la morena se limitó a regresar a su escritorio e ignorarla, sin desviar la vista de una carpeta. Eso frustró a Emma a más no poder.
«¡Regina!» la llamó.
La morena se giró hacia Emma, con una sonrisa al oír la voz de su amada.
«¿Sí?» dijo como si nada.
Emma decidió no hacer ningún comentario, aún emocionada por lo que descubrió, y siguió.
«A que no sabes lo que averigüé».
Regina arqueó una ceja, poco impresionada. Cada vez que Emma decía eso terminaba viendo algo repugnante, como la bola de goma de mascar que su novia hizo en su adolescencia.
«No, pero la verdadera cuestión es, ¿quiero saber?».
Emma se limitó a sacudir la cabeza, divertida, y proseguir.
«Estaba investigando un poco sobre esto de las Almas Gemelas...»
«¿Tú, con un libro? Avísame cuando llegue el huracán».
«Ja, ja...¿ahora puedo contarte?» Emma arqueó una ceja y la morena asintió. «¿Recuerdas cuando Henry escribió la dirección en tu mano? Te la borraste hace unos minutos».
«¿Cómo?».
«¿Lo supe?» completó Emma. «Porque se borró de mi mano también».
Regina arqueó una ceja.
«¿En serio? Bueno, no ha sido lo más disparatado que nos has pasado».
«Verdad, pero escúchame. Busqué en uno de esos libros que tienes en tu bóveda que usas sólo para decorar» Regina rodó los ojos, pero Emma no le prestó atención. «Es otro de los poderes».
A pesar de que era creíble a sus oídos, Regina no pudo evitar sentirse un poco escéptica. Después de todo, había pasado meses —un poco más de medio año— desde que habían descubierto el último de los efectos de su vínculo y su magia.
«Pensé que ya los habíamos descubierto a todos».
«Esperemos que, con este, sí».
Inspirada por sus nuevas revelaciones a Regina, Emma buscó en el escritorio un bolígrafo y con él dibujó un pequeño corazón en la nariz de Regina (bajo protestas de la misma). Una sonrisa se estiró en el rostro de la morena cuando vió un pequeño, y un poco maltrecho, corazón formarse suavemente en la punta de la nariz de Emma. Eso le dio una idea.
Regina posó un beso en el dibujo del corazón como despedida un rato después, cuando Emma decidió irse. Con un cosquilleo en el estómago, abrió el cajón por segunda vez ese día y puso en marcha su plan.
Emma honestamente sentía que el mundo le sonreía. Ella no era del tipo que se aferraba a la esperanza, ni tenía una personalidad fina y delicada que la hiciera ver lo positivo a su alrededor —lo bueno, tal vez, sino no tendría a Regina. No, su comportamiento aquel día no se debía ello, se debía a Regina (como de costumbre).
Un día en el que descubrían otra forma en la que estaban conectadas indescifrable, pero divinamente, era un día feliz. Simplemente un día con ella era un día feliz. Por esas pequeñas cosas que descubría sobre Regina cada momento que pasaban juntas (otro vínculo, otra alegría), como aquella vez cuando le contó cómo averiguó que era bisexual, o cuando le confesó ser una persona de gatos pero alérgica a ellos.
Emma sabía que Regina tenía una fascinación por la magia en general, y con el tiempo descubrió que hacia su magia (la de Emma) también. No por el poder que poseía o ser la Salvadora, era por lo que Emma era capaz de hacer con ella. Emma aprendió más tarde que a Regina no solo la maravillaba la magia sino que era una nerd de naturaleza, impresionada por la química y, sorpresa, los cómics, los mismos que Henry leía.
Emma estaba segura que mientras aprendía sobre la morena, aprendía a amar aquellas partes desconocidas de ellas. No que era difícil hacerlo. Por más extraño, Emma solía sentir que amar a Regina era una de las cosas más sencillas en su vida, incluso con las antiguas riñas familiares de por medio.
Siempre había malos días, claro, pero últimamente solía carecer de ellos.
Ya en la mansión, se extrañó del silencio que reinaba en ella. Pensó que tal vez su familia no había llegado aún y, encogiéndose de hombros, buscó en el refrigerador un trozo de pizza fría y lo comió mientras subía las escaleras. Estaba oscuro allí, pero estiró un poco el cuello para espiar por la puerta entrecerrada de su cuarto y divisó una suave luz cálida.
Con la curiosidad picando, entró lentamente a la habitación, casi con miedo de arruinar la paz que la ocupaba. La fuente de aquella luz eran velas de llamas temblorosas pero potentes. ¿De qué se trataba todo eso? Quizás Regina estaba preparando algo especial. Sonrió, pensando en lo considerada que Regina era si se lo proponía.
Pronto sus ojos se atrajeron a la mesa de noche, divisando la caja de terciopelo rojo y la joya en su interior. Jadeó. No podía creerlo. Nunca habría pensado que Regina había considerado el matrimonio dado a su pasado, incluso tratándose de Emma. Una mezcla de emociones se desató en su interior. Se acercó a paso cuidadoso, como a quien le apuntan con un arma, y tomó el anillo sencillo pero precioso entre sus dedos, con la delicadeza con que se sometía a una figura de cristal.
Algo (probablemente Regina) la guió a mirarse el brazo, un cosquilleo. Las palabras escritas en la refinada caligrafía de su morena favorita lo trazaban. Emma pasó un dedo sobre las letras con ojos brillantes, admirando su significado.
'¿Qué tal si hoy hacemos el día en el que vencimos al Destino?'
Detrás de ella, estaba Regina mirándola con una sonrisa esperanzada. Su corazón latía a mil por hora. Respiró profundamente y respondió.
