Disclaimer 1: Nurarihyon no Mago pertenece a su autor, Shiibashi Hiroshi, o en su defecto a las personas en las que haya delegado sus derechos. Yo sólo escribo esto por pura diversión.

Disclaimer 2: Ritsura, Ryuzan y otros personajes de la historia The Shin Sekai han sido creados por Lord Nayrael. Los incluyo con permiso del autor.

Summary: Rikuo y Yoshihira se enfrentan cara a cara, mientras el país sufre por la Manipulación Astronómica. Al final, nuestros héroes consiguen sobrevivir y evitar la destrucción del mundo. Un nuevo horizonte de paz y convivencia se abre ante humanos y yokai.


Epílogo

Habían pasado diecinueve años desde la derrota de los Gokadoin y el mundo había cambiado mucho... aunque había cosas que parecían seguir igual.

Una de ellas era la Mansión Abe. Tras su destrucción a manos de un onmyoji terrorista, había sido reconstruida exactamente igual que antes. Su estilo occidental destacaba en el tradicional perfil urbano de Kioto, y su enorme jardín seguía acogiendo los juegos de una miríada de yokai. El Clan Abe se había recuperado de la crisis más fuerte que nunca.

Estaba amaneciendo y una sonriente Tsurara se dirigía a despertar a sus hijos. Hoy era un día especial en su escuela, la moderna pero ya muy prestigiosa Academia Seimei, que admitía a humanos y yokai por igual. El Gran Tengu del monte Kurama había sido nombrado director y se iba a realizar una ceremonia en su honor. Como hijos de Abe Rikuo, señor del clan, se esperaba que los dos hermanos diesen buen ejemplo y acudiesen los primeros.

Primero fue a despertar al menor de los hermanos. Como siempre, Tsurara reprimió un gesto de disgusto al ver la gran cantidad de parafernalia exorcista que llenaba las estanterías del dormitorio.

—Despierta, Seimei —dijo Tsurara, sacudiendo con suavidad a su hijo.

—Ah... —Seimei abrió sus ojos—. Oh, buenos días, mamá. ¿No es un poco pronto para ir a la escuela?

—Normalmente sí, cariño, pero hoy es la ceremonia de bienvenida de vuestro nuevo director, ¿recuerdas? Así que tenéis que llegar antes.

—Ah, sí, cierto... —musitó él adormilado.

El chico se desperezó. A sus dieciséis años, Abe Seimei era un muchacho guapo, de ojos dorados y cabello negro que le caía hasta casi tocar sus hombros. Pero era también un chico taciturno. A Seimei le importaban bien poco la fama y el dinero de su familia, y no le gustaba ser el centro de atención. Pero eso era difícil, pues fuera donde fuera la gente le llamaba "el hijo del Mesías". No ayudaba que le hubiesen puesto el nombre de su abuelo, en cuyo honor había sido bautizada también la academia en la que estudiaba.

Por esa razón no tenía ganas de ir a la ceremonia. La consideraba otra ocasión más para que el Clan Abe presumiese de su poder e influencia. Y luego se extrañaban cuando los demás clanes yokai les tachaban de arrogantes. Además, sabía de buena tinta que el Gran Tengu había sido elegido para vigilarlos a él y a su hermana. Su padre se iba mañana al extranjero y no estaría allí para protegerlos.

"Ya no somos niños, pero parece que nadie se acuerda", se lamentó Seimei.

De repente, una bandeja con el desayuno apareció flotando en el aire. No era cosa de magia; debajo de la bandeja estaba Oryo, un espectro tsukumo nacido de una antigua copa de cristal para tomar hielo. Su madre la había convocado sin querer un día mientras visitaba el antiguo territorio de la abuela Setsura en Tokio, y desde entonces la pequeña hada del hielo había servido como la ayudante personal de la Yuki-onna.

—¡Aquí está el desayuno, señorito Seimei! —exclamó Oryo, dejando la bandeja sobre su cama.

—Gracias, Oryo.

La pequeña espíritu revoloteó con una sonrisa satisfecha.

—Bien, ahora voy a despertar a tu hermana —anunció Tsurara—. Deseadme suerte.

La Yuki-onna tenía razones para decir eso. Su hijo tenía sus excentricidades, pero en el fondo era obediente. Le habría gustado que renunciase a su malsana fascinación por el onmyodo, pero Tsurara se mordía la lengua al respecto. Primero, porque habría sido insultar la memoria del Clan Abe. El fundador había sido un famoso onmyoji e incluso Rikuo había recibido algo de entrenamiento exorcista. Segundo, porque habría sido una desagradecida. Seimei había sufrido en el pasado un grave incidente y había sido su pasión por el onmyodo la que le había sacado de su depresión.

"Le debemos mucho a Yura", pensó Tsurara.

En cuanto a la primogénita, rezumaba espíritu yokai de los pies a la cabeza. Pero aunque su aspecto era el de una Yuki-onna, la hija mayor de Rikuo y Tsurara tenía alma de kitsune. Y ese era el problema.

Mientras Seimei tomaba su desayuno, Oryo se posó a su lado y le dirigió una mirada de complicidad. Aunque Seimei no era tan popular entre los yokai como su hermana, la pequeña hada era una de sus confidentes.

—¿Qué opina, señorito Seimei? ¿Quiere apostar?

—De acuerdo. Veamos... Hoy es un día importante para la escuela y para el clan, y nuestra madre espera que tanto mi hermana como yo nos lo tomemos en serio. Así que... apuesto a que ni siquiera está en su habitación.

A modo de respuesta, un grito infrahumano resonó por todo el pasillo:

¡RITSURA! ¿DÓNDE TE HAS METIDO?

Oryo y Seimei intercambiaron un pequeño y amistoso choque de puños.

—Le debo otro favor. Como siempre, señorito Seimei, es usted el mejor de los adivinos.

—Me viene de familia, supongo.

Mientras tanto, Tsurara seguía poniendo la voz en el cielo.

¡AAAH, ENCIMA SE HA VUELTO A DEJAR AQUÍ EL MÓVIL! ¿SABE ALGUIEN DÓNDE ESTÁ MI HIJA?

Seimei perdió el interés por las andanzas de su hermana mayor y se concentró en su desayuno. Poco después, una mujer de cabellos castaños en los que ya despuntaban algunas canas se asomó con aire interrogante.

—Buenos días, abuela —le saludó Seimei.

—Buenos días, Seimei —respondió Wakana con una sonrisa. Aunque Tsurara se había convertido en la señora de la casa, el corazón de la Mansión Abe seguía siendo la madre de Rikuo—. ¿Ritsura ha vuelto a desaparecer?

El chico se encogió de hombros.

—Ya sabes cómo es ella, abuela —dijo Seimei—. Anoche se enfadó por lo que le dijo papá y seguro que ha ido a desahogarse a alguna parte. Y al cuerno con el clan y la ceremonia.

—No digas eso, Seimei. Tu hermana ama al clan más que a nada. Es sólo que a veces puede ser muy... impulsiva —Wakana suspiró—. Sólo espero que la pobre Tsurara pueda relajarse algún día. Aún recuerdo los problemas que me dio Rikuo cuando era pequeño.

La voz de la Yuki-onna volvió a retumbar en el pasillo.

¿EN LOS ARCADES? ¿DESDE ANOCHE? ¡HAKUZOZU, VEN CONMIGO! ¡TENEMOS QUE CAZAR A UNA FUGITIVA!

—Otra mañana típica en la Mansión Abe —dijo Seimei, dando el último bocado a su desayuno.

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Un salón de arcades en Kioto

—Sólo me queda... un juego... vamos... —declaró Ritsura.

La hija mayor de Rikuo y Tsurara era una linda joven un año mayor que su hermano Seimei. Como él, tenía los ojos dorados, pero su pelo era una combinación de blanco y azul. Con una bufanda al cuello, el parecido con su madre era más que evidente.

Estaba cansada y tenía ojeras por no haber dormido en toda la noche, pero se había propuesto llegar al top 5 de todos los juegos de aquella sala de arcades antes de que llegara la hora de ir a la escuela. Estaba a un paso de conseguirlo. Sólo necesitaba aguantar un poco más.

A su lado, un chico de buena planta, cabellos negros y revueltos, y con la misma cara de cansancio que ella, dio un sonoro bostezo.

—Ritsura, no soy el más indicado para hablar de cómo ha de saltarse uno las normas, ¿pero no deberíamos volver? Ha amanecido y nuestros padres se van a enfadar de lo lindo.

—¡NO! —exclamó ella—. ¿No lo comprendes? ¡Es un asunto de honor! ¿Qué diría la gente si la heredera del Clan Abe rompiese sus promesas? O peor, ¿y si piensan que no soy capaz ni de pasarme estos simples juegos? ¡Sería una mancha en mi reputación!

—Creo que acabar castigada hasta los dieciocho sí sería una mancha en tu reputación —se burló el otro.

—Pues invéntate una excusa. Es tu especialidad, ¿no, Ryuzan? ¡Confío en ti!

Keikain Ryuzan meneó la cabeza, pero no pudo evitar esbozar una sonrisa. Él y Ritsura habían sido amigos desde parvulario. Tenían la misma edad, iban a la misma escuela y a los dos les encantaba meterse en líos. Su padre solía decir que lo había heredado de su madre. De su padre lo que había heredado era su capacidad para mentir.

Sin embargo, era esa misma habilidad para el engaño lo que le permitía distinguir las mentiras de los demás.

—No me engañas. Sigues molesta por lo de tu padre —le dijo Ryuzan.

Ritsura gritó algo ininteligible. Las palabras de su amigo de la infancia la habían desconcentrado y ahora tenía que volver a repetir la partida.

—¡Claro que estoy molesta! —exclamó Ritsura—. Ahora que se va al extranjero, sería el momento perfecto para que me nombrase heredera oficial del clan, ¡pero noooooo, soy demasiado joven para eso! ¡Qué descaro! Según las leyes yokai, soy mayor de edad.

—Pero no según las leyes de Japón —apuntó Ryuzan—. Asúmelo, tu padre se preocupa por ti. Eso no es malo.

Ritsura suspiró.

—Pero es malo para el clan —dijo con un tono de voz menos bombástico—. Es necesario que la gente sepa que puede confiar en alguien si le pasa algo al líder actual. Además, así ciertos elementos dejarán de darle la murga a mi hermano. No les importa que Seimei no quiera ser líder, sólo quieren un peón para su juego político. Me da asco.

Ryuzan le dio una palmada en el hombro.

—Y luego la gente dice que no reflexionas las cosas. Idiotas. Por cierto, si no eres tú, ¿quién sustituirá a tu padre al frente del clan mientras está fuera? ¿Tu madre?

—Oh, no, ella es Abe por matrimonio, no por sangre —repuso Ritsura, centrándose en la pantalla—. Será la abuela Kuzunoha. ¡Gloria a la Señora de la Oscuridad!

Ryuzan hizo una mueca.

—Ugh, Hagoromo-Gitsune me da escalofríos.

—Eso es porque tus mentiras no funcionan con ella —replicó Ritsura, guiñándole un ojo—. Es la mejor abuela del mundo.

—¿No es tu bisabuela?

—Abuela, bisabuela, qué más da. Cuando cuentas las generaciones en tu familia por cientos de años, esas cosas dejan de tener sentido.

Ryuzan se hizo el ofendido.

—Perdón por ser un vulgar humano que en unas décadas morirá y se convertirá en polvo, oh poderosa señora Hokkyoku-Gitsune.

Ritsura se echó a reír.

—Tranquilo, ya guardaré tus cenizas en una lata de Coca-Cola o algo así. Ahora, deja que me concentre. Si termino este juego ahora, podré volver a casa antes de que mi madre...

—¿Antes de que yo qué, jovencita?

Ritsura se dio la vuelta lentamente. Ahí estaba su madre, furiosa a más no poder. A su lado, Hakuzozu montaba guardia con expresión seria.

—Oh, oh —musitó Ritsura.

En la pantalla del arcade se leyó el mensaje: GAME OVER.

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Casa ancestral de los Keikain

—Tu hijo ha vuelto a las andadas —le dijo Yura a su hermano mayor tras hablar con Tsurara por teléfono. La Yuki-onna la había puesto al corriente de lo sucedido en los arcades.

Keikain Ryuji levantó la vista del libro que estaba leyendo.

—¿Ritsura? —preguntó con el ceño fruncido.

—Ritsura —confirmó Yura.

Ryuji gruñó y apartó el libro. Estaban en la biblioteca de la mansión, un cúmulo de saber que se había visto ampliado en los últimos años. Había ido allí a documentarse para su próxima misión, pero la realidad se afanaba en interrumpirle.

—Le tengo dicho a ese chico que no confraternice con el enemigo. Me pregunto de dónde le vienen las malas influencias —dijo Ryuji, mirando de reojo a su hermana.

—A mí me parece que el verdadero problema es su indisciplina. Me pregunto de dónde le vienen las malas influencias —replicó Yura, aguantándole la mirada a su hermano.

Así estuvieron durante un rato. Habían pasado décadas desde que Yura se convirtiese en líder de la familia. Eran adultos, o eso se suponía, pero las rivalidades fraternales eran más fuertes. Al final, Ryuji se encogió de hombros.

—Como quieras. Tendré una charla con Ryuzan cuando vuelva.

—Le va bien en sus estudios, sólo quiero que se tome su posición como onmyoji más en serio —se apresuró a decir Yura. Aunque a veces tenía la sospecha de que se burlaba de ella, su sobrino era mucho más tolerable que el tonto Ryuji—. En fin, dejémoslo. Tú tienes tu misión y a mí me toca enseñar a los aprendices esta tarde.

—¿El nieto de Seimei también viene?

—Pues sí.

Ryuji frunció el ceño.

—Ese chico no me gusta.

—¡A ti no te gusta nadie que tenga sangre yokai en las venas! —protestó una exasperada Yura—. Ese chico tiene mucho talento y no lo debería desperdiciar. Además, sabes lo que le pasó. El onmyodo es bueno para él.

—Lo dices porque te brillan los ojos cada vez que el hijo de tu amigo de la infancia te llama "Yura-sensei" —se burló Ryuji—. Ahora, si me disculpas, tengo trabajo que hacer, enana.

—¡Cuántas veces te tengo dicho que te dirijas a mí con respeto, hermano idiota!

—¿Y romper una larga tradición familiar? ¡Jamás! Además, creo que preguntan por ti...

Yura se volvió. Sí, allí estaban, un grupo de aprendices con preguntas, o encargos, o alguna otra cuestión para la líder de la familia exorcista más famosa de Japón. Así que, con un suspiro, dejó a su hermano a solas con sus libros y fue adonde ellos.

Los últimos años habían sido buenos para los Keikain. La familia conocía un tiempo de esplendor sin igual en su larga trayectoria.

Ahora que los yokai eran parte de la sociedad japonesa, la demanda de onmyoji era más alta que nunca. La policía requería sus servicios en crímenes relacionados con el mundo sobrenatural, empresarios y políticos buscaban guardaespaldas, y las empresas de seguridad buscaban su consejo. Además, cada año cientos de aspirantes soñaban con aprender las artes del onmyodo, así que sus filas no dejaban de aumentar día a día.

Pero no todo eran buenas noticias para los Keikain. Primero, porque las amenazas sobrenaturales seguían siendo un problema. Segundo, porque ahora tenían competencia.

"Qué mal me caen los Tsuchimikado", solía pensar Yura.

Hubo un tiempo en que los Tsuchimikado habían sido grandes onmyoji, pero la Restauración Meiji acabó con ellos. O eso pensaban muchos. Lo cierto era que habían sobrevivido y, aprovechando la actual popularidad del onmyodo y su antiguo renombre, se aliaron con otras familias como los Soma y los Kurahashi para abrir una Academia Onmyo en Shibuya. Desde entonces habían usado sus conexiones para trepar en la política y en la burocracia estatal, y eran ellos quienes decidían sobre los rangos oficiales y las normativas de onmyodo en todo el país.

—¿En serio los que no movieron un dedo para salvar el país de Sanmoto Gorozaemon o de los Gokadoin van a decirnos si somos buenos onmyoji o no? —había soltado Ryuji en una negociación entre las dos familias—. Si queréis jugar a los burócratas, hacedlo, pero no estorbéis el trabajo de los profesionales.

Desde entonces, los Keikain y los Tsuchimikado no se hablaban.

Por fortuna, la dispensa imperial que había permitido a los Keikain seguir operando cuando el resto de escuelas de onmyodo fueron abolidas también les autorizaba a ignorar las directrices de la Agencia Onmyo. Sin embargo, los choques entre las dos organizaciones eran constantes e irritantes.

"Ah, la política, siempre enturbiando las cosas", pensó Yura. Pensó en su gran familia. Akifusa se había casado y había abierto una escuela Keikain de forja de espadas en el monte Osore, Pato estaba de misión en Kyushu junto con otros onmyoji, Masatsugu administraba la fabricación de talismanes, y Ryoko había ido a ayudar a las autoridades en Tokio. Nunca faltaba trabajo para los Keikain. Pero esa era su fortaleza.

Allí donde hubiera un peligro sobrenatural, los Keikain defenderían a los inocentes. Pasase lo que pasase.

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Palacio de la Dieta, Tokio

Hagoromo-Gitsune colgó el teléfono con una sonrisa en sus labios.

—Parece que mi querida bisnieta sigue metiéndose en problemas.

—Siempre igual —suspiró Kyokotsu.

Las dos se encontraban en un despacho del edificio de la Dieta, el órgano legislativo de Japón. Hacía años que Hagoromo-Gitsune había delegado su posición como líder del Clan Abe en su nieto Rikuo, pero seguía siendo Presidenta de la Confederación de Partidos Sobrenaturales de Japón, tenía escaño en la Cámara de Representantes por Kioto, y, lo más importante, tenía el cargo de Ministra de Asuntos Sobrenaturales.

Oh, sí, la ministra Abe Kuzunoha había progresado mucho en la política japonesa. Aunque los yokai eran siempre minoría en todas las regiones, tenían un gran poder de convocatoria y en algunos sitios contaban con importantes minorías mayoritarias. También les votaban humanos: desde jóvenes antisistema que así protestaban contra los grandes partidos hasta ancianos conservadores que veían en los yokai la auténtica tradición japonesa. Además, en Kansai aún recordaban cómo habían sido los yokai los que les habían salvado de las garras de Sanmoto Gorozaemon.

El caso de Izumi era paradigmático: la ciudad llevaba dieciocho años de gobierno ininterrumpido del Partido Sobrenatural de Kansai, a pesar de la escasez de yokai en la zona. Cuando se les preguntaba al respecto, los vecinos del lugar solían decir:

—Aquí respetamos a nuestros dioses —y entonces señalaban el nuevo altar dedicado a Kuzunoha Inari, más grande y popular que el destruido por Sanmoto.

Los yokai se habían convertido en llave del gobierno en varios puntos importantes, lo cual había permitido a Hagoromo-Gitsune hacerse indispensable en las negociaciones. Así había conseguido mantener la cartera de Ministra de Asuntos Sobrenaturales con varios gobiernos distintos.

Para ser sinceros, era una posición más simbólica que otra cosa. Por ejemplo, los temas de seguridad sobrenatural, magia sin licencia y exorcismos dependían del Ministerio de Interior. Pero por algo se empezaba. Lo primero era que la gente se acostumbrase a verla en su puesto de ministra. Luego ya podría conseguir más competencias. Ella seguiría viva y negociando cuando los otros políticos fuesen viejos decrépitos y moribundos.

"Al final, este cuerpo sí me ha traído buena suerte", pensó Hagoromo-Gitsune. La sangre de Rihan que corría por sus venas la mantendría joven y fuerte durante algunos siglos más. Tiempo más que suficiente para garantizar un lugar para los ayakashi en el mundo.

Kyokotsu la distrajo de sus elucubraciones:

—Ritsura debería ser más considerada con la hermana Tsurara. No está bien que siempre la haga rabiar.

—Su madre será una Yuki-onna, pero Ritsura tiene el corazón de una auténtica kitsune —respondió Hagoromo-Gitsune. Adoraba a sus dos bisnietos, pero era un secreto a voces que Ritsura era su ojito derecho—. Es su naturaleza, no lo puede evitar. Yo era igual que ella a su edad. Además, seguro que está enfadada por la decisión de su padre. Rikuo debería haberla nombrado heredera oficial antes de marcharse. Mi querido nieto es tan ingenuo que cree que delegando en mí ha resuelto el problema.

Kyokotsu frunció el ceño. Había acompañado a su adorada maestra para aprender a moverse en el proceloso mundo de la política, tanto humana como yokai, así que intuía que la señora Hagoromo-Gitsune tenía un plan.

—¿Que pensáis hacer, mi señora?

—Oh, muy sencillo. No puedo andar todo el día entre Kioto y Tokio. Mis deberes políticos me reclaman. Así que, una vez Rikuo se haya marchado a los países bárbaros, anunciaré que durante mis ausencias el liderazgo del clan le corresponderá a Ritsura. Ser la sustituta de una sustituta no es lo mismo que ser la heredera oficial del clan, pero seguro que se alegra.

—No creo que al hermano mayor le guste eso —comentó Kyokotsu, pero en su boca se dibujaba una sonrisa. El ingenio de la señora Hagoromo-Gitsune no tenía rival.

—Entonces más le vale nombrar él mismo a su hija la próxima vez. Ritsura algún día será una gran líder, pero necesita ganar experiencia. Rikuo aprendió lo que aprendió por las malas; preferiría que mis bisnietos no tuvieran que pasar por lo mismo —dijo Hagoromo-Gitsune—. Cambiemos de tema. ¿Qué hay de Nura Rihan? Teníamos una reunión a las nueve. ¿No debería haber llegado ya?

Kyokotsu negó con la cabeza.

—Lo siento, mi señora. Parece que se ha retrasado. ¿Quizás ha sufrido un atasco de tráfico?

—¿Un atasco de tráfico? —Hagoromo-Gitsune puso los ojos en blanco—. Conociéndole, seguro que está medio dormido en un bar o en la cama de alguna mujer...

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Casa Nura, Ukiyoe

—Esto ha sido un error —dijo Setsura.

La Yuki-onna estaba de pie, envuelta en sábanas, bella y majestuosa como una montaña nevada. Detrás de ella, Nura Rihan sonreía con picardía desde la cama.

—Eso dijiste la primera vez —señaló el comandante supremo del Clan Nura—. Y la segunda, y la tercera, y...

Rihan decía la verdad. Al principio, había empezado de la manera más inocente: una noche de fiesta desenfrenada en la casa principal, dos almas solitarias que necesitaban ahogar sus penas, deseos insatisfechos... Los dos eran viejos conocidos, íntimos, prácticamente familia, pero nunca antes habían dado el paso. Hasta ahora.

—¡Ya lo sé! —exclamó Setsura enfadada—. Pero no puedo seguir así. Una locura pasajera está bien de vez en cuando. ¿Pero esto? Esto se está volviendo demasiado serio.

Rihan se levantó y se acercó a ella.

—¿Y qué hay de malo en ello?

Le cogió de la barbilla para darle un beso, pero Setsura se apartó.

—Los dos tenemos nuestros problemas, Rihan. Yo me pasé décadas tratando de conquistar a tu padre, sin éxito. Luego le vi morir delante de mis ojos. Y tú... No has olvidado a Yamabuki Otome, ¿verdad? ¿Crees que la olvidarás así?

Rihan se acercó de nuevo, pero esta vez la tomó de los hombros para que no se escabullese.

—No, no la olvidaré así. No puedo olvidarla, del mismo modo que tú no puedes olvidar a mi viejo. ¿Pero acaso no tenemos derecho a buscar algo diferente? —Rihan le guiñó el ojo—. Piensa que es el destino. Una vez dijiste que conseguirías los labios del Nurarihyon, aunque pasaran siglos. Y yo prometí que te haría mi esposa. Bueno, el momento ha llegado. Cásate conmigo.

Setsura enarcó una ceja.

—Rihan, yo estaba borracha cuando le dije eso a tu madre, y tú eras un niño cuando me prometiste eso. No creo que cuente como "profecía".

—Bueno, también dije que me gustaba todo de ti. Eso no ha cambiado.

—¿Y lo de que te llevase a caballito?

Rihan soltó una carcajada.

—Ahora que soy mayor, estoy abierto a todo tipo de posturas, tú ya me entiendes...

Setsura se puso roja.

—¿Por qué tienes que ser siempre tan tonto? —lo amonestó ella. Después se calmó y murmuró—: Está bien... Sí.

—¿Sí qué? —insistió Rihan.

—Me casaré contigo.

Con una sonrisa, Rihan acercó sus labios a los de Setsura. Esta vez, la dama de las nieves no se apartó. Así estuvieron durante un largo rato, hasta que por fin se separaron.

—¿Qué le digo yo ahora a Tsurara? —murmuró Setsura pensativa.

—¿Que estamos pensando en darle un hermanito? —sugirió Rihan, medio en broma, medio en serio.

—No seas... ¡Un momento!

De pronto, Setsura se lanzó sobre la puerta de la habitación. La Yuki-onna habría jurado que había oído a alguien toser en el pasillo. Y no se equivocaba. Cuando abrió la puerta, al otro lado estaban Kubinashi, Kejoro, Kurotabo, Aotabo, Kappa, Hitotsume Nyudo, Natto Kozo, Tofu Kozo, Ko-oni y otros yokai. Todos apelotonados y tratando de espiar su conversación.

Los ojos carmesíes de Setsura brillaron peligrosamente.

—¿Tenéis algo que decir en vuestra defensa? —preguntó la Yuki-onna con voz gélida y aterradora.

—Esto... ¿Enhorabuena? —contestó Natto Kozo.

Un segundo después, un torrente de hielo arrasó el pasillo y se llevó por delante a los infortunados espías.

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Morioka, prefectura de Iwate

—Odio estas ropas —gruñó Itaku de mal humor.

—Calla, calla, si te sientan muy bien —repuso Reira.

El ceñudo kamaitachi y la Yuki-onna de pelo rosa de la aldea oculta de Toono habían abandonado sus ropas tradicionales para vestir a la manera actual. No lo hacían por gusto. Morioka era la capital de la prefectura de Iwate, lo que significaba que allí estaban las sedes de los órganos regionales. Ahora que los yokai habían entrado en la sociedad japonesa, la aldea de Toono había pasado a formar parte de Iwate y su líder era requerido para reuniones importantes.

—Si hubiera sabido que me iba a pasar la vida teniendo que tratar con esos estúpidos humanos, jamás habría aceptado la oferta de Akagappa —rezongó Itaku.

—Akagappa sólo te propuso como candidato. Fuiste elegido porque confiábamos en ti —le recordó Reira con suavidad.

—Sí. Pero Amezo, Dohiko, Awashima y los demás están entrenando en la aldea, mientras yo tengo que aguantar esto.

—Yo estoy aquí —puntualizó la Yuki-onna.

Itaku suspiró.

—Sí, es cierto. Gracias —le dijo a su acompañante, algo arrepentido.

—No hay de qué.

Fueron caminando sin prisa a la zona gubernamental. La expresión de Itaku se fue volviendo cada vez más sombría.

—Reira, ¿me recuerdas otra vez por qué estamos aquí?

—Porque el gobierno regional quiere abrir Toono al turismo —respondió la Yuki-onna—. La aldea humana de Toono ya atrae a muchos visitantes gracias a las leyendas yokai, pero en nuestro pueblo son reales. El gobierno ve en Toono una gran oportunidad de negocio.

—Toono es un lugar de entrenamiento, no una atracción para turistas gordos y blandos —masculló Itaku de mal humor.

—Lo sé. Por eso estás aquí, para que cambien de idea.

—Haré lo que pueda.

Llegaron por fin a la sede del gobierno regional. En la recepción les miraron con curiosidad, pero enseguida acudieron unos secretarios para llevarlos a la sala de reuniones. Itaku se sintió cada vez más incómodo. Presentía que se avecinaba una batalla a vida o muerte, sólo que lucharían con palabras en vez de espadas. Sin darse cuenta, se puso en guardia.

—No estés tan tenso —le advirtió Reira—. Si no te relajas, se notará en tu discurso. Tienes que convencerlos, no matarlos. Ya sé, ¿qué te parece si cuando terminemos nos vamos a una de esas cafeterías tan elegantes que hemos visto cerca del templo de Hachiman? Así podrás relajarte.

—No sé. Creo que es un regalo para ti más que para mí.

—Siempre tan hosco —Reira se cruzó de brazos—. Es imposible invitarte a una cita.

Itaku se permitió esbozar una media sonrisa.

—Ah, ¿entonces es una cita?

Reira entrecerró los ojos.

—Tal vez. Si eso es lo que desea el alcalde de Toono...

Itaku pareció pensárselo durante unos segundos.

—Sí, creo que me gustaría —admitió al final, levemente sonrojado—. Ahora sigamos. Esos burócratas encorbatados nos esperan.

El kamaitachi entró en la sala, seguido de una sonriente Reira.

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Templo Yamaguchi Reijin, Matsuyama

Había caído la tarde. Un padre y un hijo estaban conversando sobre política mientras tomaban té, mandarinas y dulces tradicionales. La escena no habría tenido nada de particular si no fuera porque el lugar era un templo escondido en lo más profundo de un bosque de la isla de Shikoku, y porque los comensales eran Inugami Gyobu Tanuki y su hijo Tamazuki.

—Algún día superaré a esos malditos kitsunes —rezongó Tamazuki después de hablarle a su padre de sus aventuras en la política nacional—. Deberías romper con Kioto y unirte a mí, padre.

En el pasado, Tamazuki había intentado crear su propia Procesión Nocturna y atacar Kioto con la ayuda del Clan de las Cien Historias. Pese a algunas victorias iniciales, sus fuerzas habían sido aplastadas de manera humillante y su padre había tenido que prestar juramento de vasallaje a la señora Hagoromo-Gitsune para salvarle la vida.

Sin embargo, Tamazuki no se resignaba a ser un pelele a las órdenes de los kitsunes. Aprovechando las reglas democráticas japonesas, había fundado su propio partido, que cada vez estaba consiguiendo más adeptos en Shikoku. Aunque todavía no era capaz de arrebatarle el liderazgo a Kioto, Tamazuki estaba seguro de que algún día su Partido Sobrenatural para el Cambio Político sería clave en el mundo yokai.

—Paciencia, Tamazusa. Todo a su debido tiempo —le dijo su padre—. Algún día el clan será tuyo y podrás hacer con él lo que te plazca, pero hasta entonces yo respetaré mi palabra.

—Te he dicho que me llamo Tamazuki, no Tamazusa —le recordó su hijo ofendido.

—Veo que no has perdido tu ambición.

—¡Eso jamás! —exclamó Tamazuki, pero luego moderó su tono de voz al ver la expresión apenada de su padre—. Pero he aprendido de mis errores. Nunca más volveré a sacrificar a los míos. Te doy mi palabra.

El viejo y gordo Inugami Gyobu asintió.

—Te creo. Has cambiado mucho, hijo mío. Quiero decir, antes ni siquiera te gustaban los perros.

Tamazuki no pudo evitar esbozar una sonrisa divertida. Pues a su espalda había una auténtica jauría de canes, todos ellos alegres y bien cuidados. Desde que había adoptado a aquel cachorro años atrás, su "familia" había aumentado exponencialmente.

—¿Qué puedo decir? Los perros son mi debilidad —comentó Tamazuki.

—Ahora sólo necesitas una buena mujer con la que sentar cabeza.

—No empecemos otra vez, padre —protestó su hijo. Luego, tratando de cambiar de tema, comentó—: Me extraña no ver al resto de los tanukis por aquí. Normalmente, a estas alturas ya habrían intentado gastarme dos o tres bromas.

—Probablemente estén pegados a la pantalla. Es la hora del gran combate —le informó Inugami Gyobu con aire aburrido. Era evidente que no le gustaban nada los adelantos tecnológicos de los humanos—. Desde que Tsuchigumo sale en el programa, nadie en Shikoku se lo quiere perder.

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El Más Fuerte Bajo El Cielo, aguas internacionales

La revelación de los yokai había cambiado no sólo Japón, sino el mundo entero. Pues ahora que la gente sabía que las criaturas del folclore japonés eran reales, muchos se habían preguntado si no ocurriría lo mismo con los seres legendarios de otros países.

La respuesta era un rotundo sí.

Vampiros, hombres lobo, fantasmas, gigantes, pegasos y unicornios, sirenas, lamias, centauros, arpías y muchos otros seres salieron a la luz a consecuencia de lo ocurrido en Japón. Algunos de ellos estaban bien adaptados a vivir en la mascarada, e incluso tenían sus propias organizaciones, como la Camarilla internacional de los vampiros o los magos con sus escuelas secretas y sus Ministerios de Magia. Muchos de ellos no habían recibido de buen agrado aquel cambio, pero tenían que adaptarse. Otros, sin embargo, huyeron a las sombras, temerosos de perder su poder e influencia.

Aunque había muchas personas que sentían miedo, también había despertado una fiebre por el mundo sobrenatural. Internet se llenó de historias y pronto hubo algunos emprendedores deseosos de sacar tajada del asunto.

La idea del torneo El Más Fuerte Bajo El Cielo nació de la puerilidad de Internet: ¿quién ganaría una pelea entre un vampiro y un hombre lobo? ¿Quién es más fuerte, una gumiho o una kitsune? Y otras preguntas por el estilo. Viendo que había un filón por explotar, a alguien se le ocurrió la idea de crear un torneo de "artes marciales sobrenaturales", que no era sino una excusa para ver a dos monstruos darse de tortas. Como las regulaciones al respecto variaban de país a país, si es que no estaban completamente prohibidas, al final los promotores decidieron montar el espectáculo en una isla artificial situada en aguas internacionales.

Los resultados no se hicieron esperar. Con menos de tres años a sus espaldas, "El Más Fuerte Bajo El Cielo" era el programa online más visto del planeta, a pesar de que adultos escandalizados y legisladores políticamente correctos clamaban por su bloqueo.

En una sala adyacente al escenario de combate, una enorme figura con varios brazos esperaba tranquilamente su turno.

—Tsuchigumo, te toca —dijo uno de los asistentes.

—Voy.

Hacía siglos que Tsuchigumo no se divertía tanto. Él vivía para encontrar rivales de su talla, y aquel show tan divertido se los proporcionaba. Además, el gigante de Kyushu no era tonto; aunque había ayudado en las peleas contra Sanmoto Gorozaemon y los Gokadoin, sabía que muchos en Japón se la tenían jurada o que lo consideraban demasiado peligroso para andar suelto. Allí, en cambio, tenía toda la comida y peleas que uno pudiera desear. Además, estaba descubriendo lo divertido que era tener fans coreando su nombre en vez de víctimas aterrorizadas.

—¡Tsuchigumo, te queremos! —gritó un fan cuando salió al escenario.

—¡Aplástalos a todos, tío!

—¡Quiero un hijo tuyo!

Tsuchigumo sonrió. Sí, la vida era buena para él.

Cuando llegó al ring, vio a su contrincante. Tuvo que girar el cuello hacia arriba en vez de hacia abajo, pues esta vez su rival le superaba por mucho en altura. Era un coloso de la raza de los jotnar, que había venido desde las tierras de Noruega para probar suerte en el torneo y, según los comentaristas, llevaba una racha de victorias increíble. A fin de cuentas, se decía que los gigantes del hielo de las leyendas nórdicas tenían una fuerza capaz de rivalizar con la de los mismísimos dioses.

—Vaya, tengo que luchar con un enano —se burló el jotun con una sonrisa confiada—. Aún estás a tiempo de volver a casa.

Por toda respuesta, Tsuchigumo hizo crujir sus nudillos.

"Me encanta mi trabajo", pensó el yokai araña, y se lanzó a por su contrincante en cuanto sonó la campana y en las pantallas del escenario se leyó la orden: FIGHT!

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Prisión Onmyo, localización secreta

No todos los yokai habían sabido adaptarse al nuevo mundo. Muchos, de hecho, seguían causando problemas. Dado que ahora eran criminales según la ley japonesa, había sido necesaria la construcción de una prisión dedicada única y exclusivamente a contener amenazas sobrenaturales. Además de contar con los últimos avances tecnológicos, como los sistemas de seguridad marca Onieda, estaba administrada por un pequeño ejército de onmyoji.

La prensa no tenía acceso al lugar. De hecho, su localización exacta era uno de los secretos mejor guardados del gobierno japonés. Las malas lenguas decían que en la prisión se realizaban espantosos experimentos con los reclusos y que el trato que les daban era más propio de un campo de exterminio nazi. Otros, sin embargo, decían que el trato era correcto y que lo severo de algunas medidas era debido a la propia naturaleza de los prisioneros. A fin de cuentas, había que mantenerlos alejados de la sociedad, y era preferible que sufrieran ciertas incomodidades a que se diera carta blanca a los onmyoji para exterminarlos en el acto, sin juicio, como se hacía en el pasado.

Además, había que resaltar un importante detalle: los yokai no eran los únicos prisioneros.

Con el auge de las artes mágicas también llegó su abuso, y la Prisión Onmyo tenía varios reclusos salidos de las propias filas de los onmyoji. Entre ellos estaban los supervivientes de la familia Gokadoin que casi dos décadas antes habían aterrorizado el país.

La prisión estaba estructurada en niveles. Según se bajaba más, se llegaba a las alas de máxima seguridad. La celda más importante y más vigilada estaba suspendida en el vacío a varias decenas de metros por debajo de la superficie terrestre. En ella había una mujer, atada de pies y manos, con la boca tapada y los ojos vendados.

A uno de los guardias, un onmyoji novato recién llegado, se quedó mirando a la reclusa con cierta compasión.

—¿De veras es necesario todo esto, maestro Yasunori? —le preguntó a su supervisor.

—No dejes que la piedad se anteponga a tu deber, joven Asakura —le amonestó el otro con seriedad—. Esa de ahí es Gokadoin Yuiyui, la última líder con vida de la Casa Gokadoin. Puede controlar la mente de otros, y sabemos que sus camaradas eran capaces de crear castillos en el aire, desencadenar tormentas de rayos y manipular las fuerzas gravitacionales. Además, es inmortal. Cualquier descuido puede costarnos muy caro.

El maestro Yasunori tenía razón en lo que decía. Si hubiese podido leer la mente de su prisionera, habría podido confirmar todos sus temores.

"Los mataré", pensaba Yuiyui. "Tarde o temprano, los mataré a todos".

Se suponía que la habían condenado a muerte. Era la pena por terrorismo y asesinato múltiple. Sin embargo, el gobierno había decidido retrasar indefinidamente la fecha de ejecución, contentándose con tenerla encerrada en la Prisión Onmyo.

Gokadoin Yuiyui sabía por qué. Había dos razones principales: la avaricia y el miedo.

La avaricia, porque ella era la única onmyoji con vida que conocía el secreto de la inmortalidad de los Gokadoin. Muchos habían oído el nombre de Taizan Fukunsai, pero pocos entendían en qué consistía. Algunos habían intentado desarrollarla por su cuenta y riesgo, y sólo habían conseguido causar catástrofes inútiles. Habían interrogado a Yuiyui al respecto, con dureza, pero ella no había revelado nada. La espiaban a todas horas, pues sospechaban (y con razón) que su prisionera tendría que renovar el ritual tarde o temprano. Pero Yuiyui tenía más habilidad que ellos.

Otros, más discretos, prometían dinero, venganza y un lugar a la mesa de los poderosos. Una invitación a una organización secreta y centenaria sonaba tentadora, pero ella ya era vieja cuando Toyotomi Hideyoshi y Tokugawa Ieyasu hacían planes y contraplanes para conquistar Japón. Gokadoin Yuiyui había nacido para dominar, no para servir a otros. Pero no les dio un no rotundo. A veces, las mejores marionetas eran las que creían estar manipulando a los demás.

El miedo era la segunda razón, y la más importante. Porque aunque las cosas parecían marchar bien, nadie había olvidado que los yokai y otras criaturas sobrenaturales eran peligrosos. ¿Qué haría el gobierno si, de repente, los ayakashi tratasen de dar un golpe de estado? ¿O si surgiera otro monstruo con el poder de Sanmoto Gorozaemon? El poder de una onmyoji Gokadoin todavía podía ser útil en caso de emergencia. Y Yuiyui lo sabía.

"¿Veinte años de paz? Cómo se nota que no son inmortales si piensan que dos décadas es una eternidad", se burlaba Yuiyui en su mente. "Nuestra familia contuvo horrores innombrables durante siglos. Ahora no hay nadie que los detenga. ¿Qué harán los líderes de Japón cuando vean que sus armas estúpidas, sus onmyoji de pacotilla y su querido Mesías no pueden protegerlos?".

Gokadoin Yuiyui se concentró. Aquellos años encerrada en la oscuridad habían ayudado a pulir su sentido espiritual. Podía notar hasta la energía de una mosca volando sobre su celda. Hacía planes.

"Vendrán a mí, pero yo ya no estaré aquí. Habré escapado y seré libre", se prometió la Quinta Líder de los Gokadoin. "Y entonces me vengaré".

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Mansión Abe, Kioto

—Esto es humillante —se quejó Ritsura.

—Lo siento, mi señora. Son órdenes de vuestra madre —se disculpó Hakuzozu.

Tsurara conocía a su hija. Sabía que después de las clases y de las actividades extraescolares del Club Onmyoji de Investigación Paranormal (el club más popular de la academia), Ritsura trataría de remolonear antes de volver a casa. Por eso le había asignado una escolta para evitar cualquier escapada. La joven Yuki-onna había tenido que regresar a la mansión sentada sobre Gashadokuro, el esqueleto gigante, mientras Hakuzozu revoloteaba a su alrededor.

Qué decir tiene que, a estas alturas, ningún vecino del barrio se sorprendía lo más mínimo por la presencia de yokai. Ver a un esqueleto gigante paseando por la calle no era lo más extraño que habían visto.

—¿Tenéis alguna queja, joven señora? ¿Quizás me he movido con demasiada brusquedad? —preguntó Gashadokuro compungido.

—¡No, no! Eres mejor que una limusina, Gashadokuro. Cuando voy encima tuyo, me siento como la abuela Kuzunoha en persona —se apresuró a tranquilizarlo Ritsura—. ¡Es sólo que soy demasiado mayor para ir andando con niñeras!

En el vano de la puerta, apareció su madre.

—Eso lo decidiré yo —dijo Tsurara—. Anda, arréglate y ven rápido a cenar.

Ritsura obedeció a su madre de inmediato (no convenía enojarla más de lo que ya estaba) y, tras cambiarse de ropa, bajó al comedor. Allí la esperaba su hermano, que le dedicó una pulla nada más entrar:

—¿Ya sabes en qué va a consistir tu castigo?

—Buenas tardes a ti también, hermanito —respondió Ritsura con una mueca—. No, no lo sé, pero seguro que mamá estará encantada de contarlo en la cena. ¿Y tú qué tal? ¿Cómo van las clases con tía Yura?

—Muy bien, como siempre. Tía Yura es una gran maestra... por mucho que tu novio no esté de acuerdo —apostilló Seimei.

Ritsura se sonrojó.

—¡No es mi novio! Y si él dice lo que dice, sus razones tendrá —repuso la Yuki-onna. Luego, en tono más comedido, añadió—: En el Club Onmyoji te echan de menos. Sobre todo las chicas. Hay una pelirroja en concreto a la que creo que le has partido el corazón. Eso, o tenía alergia.

Seimei meneó la cabeza.

—Lo siento, pero el club me estaba agobiando un poco. Y en cuanto a Araya, ya sabes cómo es. Tendrá algún plan entre manos que tendré que sufrir en mis carnes tarde o temprano —Seimei suspiró—. A veces no entiendo a las chicas.

—¿Ni siquiera a mí? —Ritsura se hizo la ofendida.

—Tú eres mi hermana. No cuentas como chica. De hecho, eres tan marimacho que a veces me pregunto si no...

Ritsura creó un mazo de hielo de la nada.

—¿Decías algo, hermanito? Ando un poco dura de oído últimamente.

Seimei sacó un talismán de su bolsillo.

—¿Quieres pelea, hermana mayor?

—¡Eh! —les gritó Tsurara—. ¡Nada de combates antes de cenar!

De repente, una figura se interpuso entre los dos hermanos.

—Chicos, escuchad a vuestra madre.

—¡Papá! —exclamaron Ritsura y Seimei al unísono.

Abe Rikuo había regresado a casa y, como siempre, se encontraba con algún lío causado por sus dos activos vástagos. La sangre de los kitsunes era fuerte en ellos, aunque Ritsura fuera más una Yuki-onna y Seimei hubiese optado por seguir los pasos de su abuelo. Pero era algo que a Rikuo no le importaba; cada cuál tenía su camino.

El propio Rikuo había madurado y crecido. Aunque siempre tendría los ojos amables y la sonrisa fácil de Wakana, ahora se apreciaban líneas más duras en su rostro, fruto del trabajo y la experiencia. Dirigir un grupo como el Clan Abe podía llegar a ser muy estresante. Sin embargo, era feliz. Tenía una esposa encantadora, dos hijos geniales, amigos íntimos y una familia extensa, y estaba ayudando a construir el sueño de su padre.

Aunque todavía había sombras en el camino.

—Os dejamos con vuestra familia, mi señor —dijo Shokera a su espalda. El líder de los yokai insecto del Clan Abe había estado ayudándole a preparar su viaje a Estados Unidos, pero ahora él también tenía que volver a su casa.

—Nos veremos mañana a la mañana —dijo Ibaraki-Doji con sequedad. Al igual que Shokera, el espadachín oni iba a acompañarlo en su viaje junto a algunos de sus guerreros. Nunca estaba de más ser prevenidos.

El mundo en el que vivían seguía teniendo sus peligros. No todos los yokai habían aceptado la convivencia pacífica con los humanos. Rikuo había oído noticias de cultos demoníacos e incluso de campos de entrenamiento paramilitares en Kyushu, pero las más problemáticas eran las leyendas. Aunque de vida corta, eran caóticas por naturaleza y encontraban su razón de ser en hacer sufrir a los humanos, lo cual emponzoñaba las relaciones con la comunidad sobrenatural. Además, con el auge de Internet y la revelación de que los yokai existían de verdad, ahora eran más numerosas que nunca.

Por sí solas, las leyendas urbanas no eran rivales para los yokai más avezados. Aunque dentro de sus historias tenían poder, su "miedo" fuera de ellas era risible. Sin embargo, últimamente se estaban organizando. El grupo más peligroso se había reunido en torno a la bandera de una tal "Shiori", una conocida ciber-terrorista que usaba las redes para propagar las leyendas urbanas. Autoproclamada defensora de "los seres oscuros que nadie quiere", algunos rumores sugerían que podía ser una descendiente del mismísimo Sanmoto Gorozaemon.

Pero no eran solamente los yokai los que causaban problemas. Con la revelación del mundo sobrenatural, los cazadores de seres legendarios habían regresado. En el mercado negro se pagaban cantidades astronómicas por dientes de vampiro, cuernos de unicornio, pieles de hombre lobo y un sinfín de productos más. Las autoridades luchaban contra aquel tráfico de illegal rares, como se lo conocía en los círculos internacionales, pero no era suficiente y había especies enteras al borde de la extinción.

Rikuo ayudaba como podía, normalmente dentro de los cauces legales. Sin embargo, había veces en que se necesitaba una investigación más exhaustiva. Por eso iba a viajar a los Estados Unidos de América. Creía haber dado con la pista de un grupo de cazadores bastante misterioso, pero necesitaba reunir más información. Su instinto le decía que podía tratarse de algo grande.

El señor de los Abe notó que sus dos hijos le dirigían miradas interrogantes.

—¿Qué es lo que os traéis Shokera, Ibaraki-Doji y tú entre manos? —le preguntó Ritsura a bocajarro.

—Sí, a mí también me gustaría saberlo —se apuntó Seimei.

—¡Vosotros dos! Dejad en paz a vuestro padre —intervino Tsurara—. Es hora de cenar y no quiero volver a ver un numerito como el de anoche. Eso va por ti especialmente, Ritsura. Recuerda que estás castigada.

—Jooooo... —protestó Ritsura.

—Venga, después de cenar, tendremos una sesión de entrenamiento en el gimnasio. Va a ser la única en varios días, así que espero que os empleéis a fondo. ¿Os parece bien? —ofreció Rikuo.

Seimei y Ritsura se intercambiaron una mirada de complicidad.

—¡Sí! —respondieron los dos hermanos a la vez—. ¡Esta vez te haremos morder el polvo, papá!

Rikuo y Tsurara sonrieron. Como había dicho la dama de las nieves en el pasado, su familia les había dado quebraderos de cabeza, les había hecho reír y llorar, pero vivían felices y estaban orgullosos de lo que habían conseguido. Aún quedaba mucho por hacer, pero las bases eran firmes.

El Señor de los Abe observó cómo sus dos hijos y su esposa se disponían a sentarse a la mesa. Sonrió. Aquel era el lugar al que debía volver. Su casa, su familia, su clan. Y lo haría. Los protegería siempre.

Palabra de kitsune.


FIN DE KITSUNE NO MAGO: GOKADOIN


Notas adicionales:

¡Se acabó! Aún queda un capítulo extra con omakes y escenas eliminadas, pero la historia en sí se ha acabado. Si algún día a alguien le apetece usar estos personajes para alguna historia, tiene mi permiso, pero lo que es yo, doy por cerrada esta aventura. Espero que no os haya aburrido demasiado.

Los recordatorios lacrimógenos llegarán el próximo capítulo, pero hoy no quiero irme sin recordar a mis lectores y reseñadores en esta mini-serie, que tanto me apoyan (y me alimentan el ego). Suki90, Nayrael, Dennou, RAYHACHIBI, poisonousgolem, Lonely Athena, Maho Kijutsu, Aspros, RIAS y OsoreKitsune, ¡gracias a todos!

Hablando de Osore, siento lo de la abuela. Eso siempre afecta. Y siento también lo del cosplay, pero eso pasa por hacer apuestas que no se deben ;)

Y ahora, las curiosidades:

* Algunos lectores habrán comprobado que este capítulo es muy similar al primer capítulo del fic The Shin Sekai, de Lord Nayrael. Ese fic es uno de mis favoritos y constituye una continuación en toda regla del manga Nurarihyon no Mago. Y si TSS es una continuación de NNM, entonces debe haber una versión alternativa en el universo de Kitsune no Mago, ¿no? Siempre con permiso del autor, por supuesto (thanks for all, my friend!). Ahora, corred a leerlo, que es genial (está en inglés).

* Oryo apareció en el manga en el capítulo 135. Es un espíritu tsukumo que apareció al usar Tsurara su magia sobre unas viejas copas de cristal para tomar hielo. En el canon, nuestra querida Yuki-onna tiene un clan entero de esos espíritus.

* Hokkyoku-gitsune es el nombre en japonés del zorro polar o zorro ártico.

* En este capítulo hay muchos guiños a otras series. Las referencias de familias onmyoji y la Academia Onmyo están sacadas de la serie Tokyo Ravens. La Camarilla procede de los juegos de World of Darkness. Seguro que la referencia a escuelas de magia no necesita explicación. Fans de Hiroshi sabrán de dónde sale la mención a los "illegal rares". Y no-premio para el que averigüe cuál es la referencia de "El Más Fuerte Bajo El Cielo".

* La idea de que Rihan y Setsura acaben juntos viene de largo. En la primera OVA de Nuramago se revela en un flashback que cuando Rihan era niño prometió que se casaría con Setsura.

* La idea de que Seimei, el hijo de Rikuo, tenga preferencia por el onmyodo la tomé de una idea de RAYHACHIBI para los extras. La pobre Tsurara debe pensar que el cielo le tiene manía: su hija es la protegida de Hagoromo-Gitsune y su hijo es el protegido de Keikain Yura.

* La escena de Itaku y Reira está inspirada en un fanart de Suki90 en que salen los dos en ropa de calle. Por cierto, hay una aldea llamada Toono en el Japón de verdad, pero obviamente no es la aldea oculta yokai.

Próximo (y último) capítulo: "Extras". Porque toda película que se precie merece un DVD o un BluRay con los extras, ¿no?